Charlas sobre Zen



Descargar 0.64 Mb.
Página10/11
Fecha de conversión10.04.2018
Tamaño0.64 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

Décimo Discurso:
Molestando

Cuando Teng Yin Feng estaba por morir, les dijo a quienes

lo rodeaban:

-He visto a monjes morir sentados y acostados, pero ¿ha

muerto alguno de pie?

-Sí, algunos -le respondieron.

-¿Y cabeza abajo? -preguntó Teng.

-No, eso nunca.

Entonces, Teng murió apoyado sobre su cabeza, y

su ropa también se levantaba, cerca de su cuerpo.

Decidieron llevarlo al crematorio, pero aún estaba

allí, sin moverse. La gente que venía desde lejos

y desde cerca contemplaba la escena con asombro.

Su hermana menor, una monja, estaba allí, por ca­sualidad.

Le rezongó:

-Cuando estabas vivo, no tenías en cuenta las leyes y las

costumbres; e incluso ahora que estás muerto, te estás

moles­tando a ti mismo.

Entonces, pinchó a su hermano con el dedo, y él cayó

dan­do un golpe. Después, se fueron al crematorio.

La muerte es la raíz de todos los temores; y, si hay temor, no puedes vivir. Con temor, no hay vida. Si tienes miedo, ya estás muerto. Éste es el círculo vicioso: te da miedo la muerte y, a raíz del miedo, no puedes vivir, ya estás muerto. Entonces, te asustas más, y tu temor se arrastra hasta tu centro mismo y te vuelves un temblor.

Como yo te veo, no eres más que un temblor. Si profundizas, siempre encontrarás el miedo a la muerte. Este temor es la raíz de todos los miedos. En todo temor, cualquiera sea su forma, en algún lado se oculta el miedo a la muerte. ¿Por qué la gente le tie­ne tanto miedo a la muerte? ¿Es en realidad la muerte un fenó­meno para temer?

Lo primero que hay que recordar es que no conoces la muer­te. No la conociste; entonces, ¿cómo puedes tener miedo de algo que no conoces? Es imposible. Puedes tener miedo de algo que conoces, pero de algo totalmente desconocido, absolutamente desconocido, ¿cómo puedes tener miedo? El miedo implica un objeto al cual temer.

No puedes, en realidad, tenerle miedo a la muerte; debes tener miedo de otra cosa. Esa otra cosa es una vida insatisfactoria. No has podido vivir, no has podido obtener satisfacción, no has po­dido rebosar, no has podido festejar. Tu vida ha sido un vacío, una cavidad, una nada.

La muerte se acerca y aún no pudiste vivir: es esto lo que ge­nera el temor. La muerte se acerca y ya no existirás. Perderás la oportunidad. A cada momento, estás perdiendo la vida y todavía no la has vivido: es esto lo que genera el temor. La muerte se acerca; ese no es el temor. El miedo radica en que todavía no has vivido y la muerte está llamando a tu puerta; ha llegado el mo­mento de irse y aún no estás satisfecho.

Si has vivido, sientes satisfacción, alegría y una profunda gra­titud. Has florecido; no hay nada más que lograr. Así, no tienes miedo a la muerte; más bien, le das la bienvenida. Lo has conse­guido. Ahora, la muerte llega como un sueño profundo después de un día de trabajo: todo un día de logros, de satisfacciones, de metas alcanzadas, de reuniones, de encuentros, de florecimiento; y, después, llega la muerte, como un sueño profundo. Le das la bienvenida. Cuando el árbol ha florecido, la muerte es bienveni­da; cuando el árbol aún está luchando por florecer, hay temor.

Si tienes miedo de morir, eso es una clara indicación de que tu vida entera ha sido un desperdicio. Ha sido como un desierto: na­da floreció en ella. Ha sido como un estanque, encerrado en sí mismo, sin moverse para ningún lado. No ha sido como un río que fluye, que danza, que corre hacia el infinito.


Cuando un río llega al océano, hay una muerte. Cuando se se­ca un estanque, se ensucia cada vez más, se evapora; eso también es muerte. Pero ambas muertes son absolutamente diferentes. Cuando un río llega al océano, hay satisfacción, pues allí el río morirá y se transformará en algo más grande. Es un salto, un sal­to de lo finito al infinito: el río se pierde a sí mismo, pierde su identidad, y se transforma en el océano. No pierde nada y gana todo.

Pero un estanque que se seca, que no sale a ningún lado, sin océano en ninguna parte, sólo secándose en sí mismo, también está muriendo. Tú eres como un estanque; por eso el miedo a la muerte. Sé como un río, y no tendrás miedo de morir.

La muerte en sí misma es como un sueño. El sueño es una muerte momentánea; entonces, si una persona tiene mucho mie­do de morir, seguro que también empezará a tener miedo de dor­mir. En Occidente, actualmente, el insomnio se ha vuelto un fenó­meno común: casi todo el mundo lo sufre. No sólo por las tensio­nes mentales existe este insomnio; más profundo que estas tensio­nes es el temor, el miedo a la muerte. No puedes librarte de él.

Conozco a una persona que le tiene tanto miedo a la muerte que no puede dormir, porque teme morir mientras duerme. Trata de quedarse despierto: habla, lee, escucha música, pero le da mie­do quedarse dormido. Y, si tienes miedo durante muchos, muchos días, esto se transforma en un hábito; sin saberlo, creas una ba­rrera contra el sueño.

En Occidente, a la gente le da miedo la muerte. Y, si tienes miedo, ¿cómo puedes quedarte dormido? El sueño es como la muerte. Entonces, lógicamente, tienen razón: si tienes miedo a la muerte, también debe asustarte dormir. Son fenómenos similares: el dormir es una muerte transitoria. Después del trabajo del día, estás agotado. Necesitas una muerte, para después renacer, para estar rejuvenecido, fresco y renovado por la mañana. Y, en el dor­mir, lo que se produce es exactamente una muerte.

¿Notaste el hecho de que, al dormir, no eres en absoluto la misma persona? No recuerdas quién eres, no recuerdas si eres ri­co o pobre, no recuerdas tu propio rostro, no recuerdas quién es tu padre y quién es tu madre; no recuerdas nada de lo que has aprendido, nada de lo que te ha cultivado. Dejas todo en la puer­ta y te vas a dormir. Por eso es tan refrescante, porque te desha­ces de ti mismo. Eres como una carga: la dejas en la puerta y te vas a dormir. El sueño abre una nueva dimensión, en la cual no existe identidad, ni yo, ni nada de este mundo. Por eso es tan fres­co, tan refrescante. Por la mañana, regresas a la vida: comienza un nuevo día, una nueva vida.

El miedo a la muerte creará automáticamente un miedo al sue­ño y un miedo al amor, pues el amor también es como la muer­te. En él, mueres. Por eso la gente no puede amar. Hablan del amor, fantasean, imaginan, pero nunca se enamoran. Incluso si lo intentan, tratan de manipular el fenómeno, no permitirlo, porque el amor también es como la muerte.

Cuatro cosas son similares: la muerte, el amor, el sueño y la meditación. Sus características son parecidas, y la principal es que tienes que disolverte. Y la gente tiene miedo de todas: si le temes a la muerte, tendrás miedo del sueño, del amor y de la medita­ción.

Muchos acuden a mí y me preguntan cómo amar. No es cues­tión de cómo, y cuando preguntas cómo tratas de manipular: te gustaría mantener el control, para poder apretar el botón de en­cendido o de apagado cada vez que tengas ganas. Te gustaría se­guir siendo el amo de toda la situación.

Pero nadie puede estar en posesión del amor. El amor te po­see a ti; tú no puedes poseerlo. El amor te controla a ti; tú no pue­des controlarlo. El amor implica que tú ya no estás allí, ha llega­do alguien más. Por eso el amor rejuvenece tanto. Incluso si un hombre viejo se enamora, notarás que su rostro se ve más joven, sus ojos ya no parecen de viejo. Su cuerpo puede ser viejo, pero la totalidad de su ser rejuvenece de repente. ¿Por qué sucede es­to? Por esta razón: puedes dejarte ir; te diriges hacia la fuente ori­ginal de energía, en la cual es posible renacer. Tocas el centro in­mortal. Únicamente tocas el centro inmortal cuando estás dis­puesto a morir: ésta es la paradoja. Tocas el centro más profun­do cuando estás dispuesto a morir. Si te apegas a la superficie y tienes miedo, miedo de dejarte ir, te quedas en la superficie, y la superficie es el cuerpo.

Quienes le tienen miedo al amor no le tienen miedo al sexo. El amor es peligroso; el sexo no, porque se lo puede manipular. Ahora, hay muchos manuales acerca de cómo hacerlo. Puedes manipularlo: el sexo se puede transformar en una técnica. El amor nunca se puede transformar en una técnica. Si en el sexo tratas de mantener el control, entonces ni siquiera el sexo te ayu­dará a alcanzar lo esencial. Llegarás a cierto punto y te retraerás pues, en algún punto, el sexo también requiere dejarse ir.

Por eso, el orgasmo se torna cada vez más difícil de alcanzar. La eyaculación no es el orgasmo; dar a luz a un hijo no es un or­gasmo. En un orgasmo participa todo el cuerpo: la mente, el cuerpo, el alma, todo junto. Vibras, todo el ser vibra, de los pies a la cabeza. Ya no estás en control: la existencia ha tomado po­sesión de ti y no sabes quién eres. Es como una locura, como un sueño, es como la meditación, es como la muerte.

Entonces, incluso en el sexo, te dejas ir hasta un punto, pero no la totalidad porque, si dejas ir a la totalidad, el yo no puede existir. Y éste es el problema: tienes miedo de la muerte porque no puedes vivir totalmente.

El amor, la meditación, el sueño: nada es total. En tu actividad, tampoco eres total porque, si lo fueras, también llegaría un mo­mento en que te perderías. Perderte se ha vuelto un problema: no puedes perderte, no puedes relajarte; tienes que hacer algo. En­tras al jardín y cavas un pozo, pero no eres total. Si fueras total mientras cavas el pozo, te olvidarías por completo de ti mismo; la autoconsciencia desaparecería.

Eres autoconsciente, pero no tienes consciencia de tu propio ser. Eres consciente, pero hay un yo. Eres consciente de lo total: los árboles, los rayos de sol, las brisas que soplan, los pájaros que cantan, tu actividad, el cavado del pozo, la tierra que sale. Tienes consciencia de todo, salvo de tu ser. Si tomas consciencia de tu ser, en ese momento tendrás una sensación orgásmica. Es como el amor profundo, es como el sueño, es como la muerte. Saldrás to­talmente diferente y renovado.

Si no apuntas a dejarte ir, la vida no se te puede dar. Se pro­duce a través de ese medio cuando no estás. Cuando no estás pa­rado en el camino, la vida se te da, y te sientes satisfecho. Cuan­do estás satisfecho, no hay miedo a la muerte. Cuando no le tie­nes miedo a la muerte, cada vez eres más capaz de dejarte ir.

Y, si verdaderamente conociste lo que es la vida, ¿a quién le preocupa la muerte? Si verdaderamente conociste lo que es la vi­da y la disfrutaste, la muerte no es el final; es la culminación, la cúspide, el dejarse ir más alto. Entonces, el amor no es nada, un orgasmo sexual no es nada, el sueño no es nada. Si viviste una vi­da buena, satisfactoria, la muerte es el placer más grande, pues es un dejarse ir superior. Cuanto más intenso y total sea el dejarse ir, mayor será el placer. Ésta es la regla, ésta es la ley.

Entonces, ¿qué hacer? Si quieres vivir, debes darle lugar tam­bién a la muerte. Son como dos ajas. No es algo que en algún punto llega, al final; es un proceso. Empezaste a morir el día que naciste. No es que aquí hay vida y allí muerte. No; no puedes se­pararlas. Están unidas; tienen que estarlo. La vida es muerte. La vida y la muerte son dos alas: el día que naces, ese mismo día em­piezas a morir. Es un proceso. Inhalas: es vida; exhalas: es muer­te. Por la mañana, te levantas: es vida; a la noche, te vas a dor­mir: es muerte. Trabajas, actúas: es vida; luego, te relajas: es muerte. Es continuo, está allí en todo momento. Y, si evitas la muerte, estarás evitando también la vida. Si no quieres exhalar con profundidad, ¿cómo puedes inhalar profundamente? Si no quieres relajarte, ¿cómo puedes actuar profundamente? No ten­drás energías.

Si tienes miedo de dormir, por la mañana no te despertarás fresco y tendrás sueño todo el día. Entonces, todo se confunde. No estás ni vivo ni muerto; sólo duras en forma tediosa. Y esto de sólo durar en forma tediosa es una mala situación. O estás vi­vo, o estás muerto; pero no te limites a durar en forma tediosa. Si estás completamente muerto, accederás a una vida más gran­de; si vives completamente, accederás a una muerte más grande. Porque son dos caras de la misma moneda. Una vez que puedes entender que la vida implica muerte, que todo acto de estar vivo es también un acto de muerte, puedes captar lo total.

Entonces, la vida no es seria, sino graciosa. Se torna seria por el miedo a la muerte. No te puedes reír con fuerza a raíz del mie­do a la muerte; no puedes disfrutar a raíz del miedo a la muerte; no puedes hacer nada a raíz del miedo a la muerte. La muerte siempre está a la vuelta de la esquina, como una sombra negra que te persigue. No te deja hacer nada. Entonces, te pones serio y empiezas a pensar cómo alcanzar lo inmortal, empiezas a bus­car la forma de volverte inmortal, de descubrir el secreto, el elixir.

Éstas son todas búsquedas insensatas; no son la verdadera bús­queda. En ningún lado existe algo químico o alquímico, como un elixir u una ambrosía; no. El secreto radica en ver la vida y la muerte como un único proceso. No puedes hallar el secreto en ningún lugar. La piedra filosofa no existe en ningún lugar; existe en este hecho de que la vida y la muerte están unidas. Son un úni­co proceso, un fenómeno unitario. Entonces, no tienes miedo. Más bien, por el contrario, le das las gracias a la muerte, porque únicamente se posibilita la vida a través de la muerte. A través de la muerte, se posibilita la vida; a través de la muerte, todo se re­nueva.

Por eso, la muerte no está en contra de la vida; no es lo con­trario, no es el rival. A través de la muerte se posibilita la vida: es­tás vivo porque puedes morir. Si no puedes morir, tampoco esta­rás vivo. Si pides la inmortalidad, no sabes lo que estás pidiendo: serás como una roca y, entonces, no podrás estar vivo.

Mira la flor que floreció esta mañana. Cerca de la flor, hay una roca. A la noche, la flor se habrá marchitado, pero la roca segui­rá ahí, porque la flor está más viva y la roca no lo está tanto. A la noche, la flor habrá muerto. ¿Qué quieres? ¿Ser un fenómeno pa­recido a la roca, o un fenómeno parecido a la flor? ¿Por qué mue­re tan rápido la flor? Porque está tan viva, tan intensamente viva, que la muerte le llega pronto, no se demora en llegar. La flor no duraba en forma tediosa: vivió el momento, lo vivió por comple­to; bailó bajo el cielo, gozó del sol y de la brisa. Por un momen­to, fue la eternidad. La flor rió, la flor cantó, la flor hizo todo lo que tuvo que hacer y, a la noche, la flor estaba lista para morir; y sin una sola lágrima en los ojos, sin llorar ni gemir.

Mira a la flor que se está muriendo: sus pétalos ya se han caí­do al piso, pero nunca puedes decir que sea fea. Es hermosa in­cluso en su muerte. Después, mira a un hombre que se está mu­riendo: se pone feo. ¿Por qué? Por el miedo. El miedo te vuelve feo. Si estás muy asustado, te volverás cada vez más feo. La flor está satisfecha; ahora, ha llegado el momento de descansar, y la flor se va a descansar; una vez que haya descansado, la flor retor­nará.

Una y otra vez... La vida es una eterna recurrencia. La muer­te es sólo un descanso. No necesitas preocuparte por eso; simple­mente, vive. Y, si vives, no eres serio. Si tienes miedo ante la muerte, entonces eres serio. Ser sincero es una cosa, y ser serio es otra. Un hombre que ama la vida es sincero, auténtico, pero nunca serio. La vida no es como una enfermedad. Si te fijas en la muerte y estás obsesionado con ella, la vida será únicamente se­ria: te transformarás en un malhumorado. Puedes ir a los monas­terios, a los templos, al Himalaya, pero seguirás siendo un malhu­morado. Es el miedo lo que te ha llevado al monasterio.

Recuerda que una persona auténticamente religiosa no se guía por el miedo, sino por el amor. Una auténtico religioso, en ver­dad, se hace religioso para gozar más de la vida, para disfrutarla absoluta y totalmente. No tiene miedo. Un hombre verdadera­mente religioso ve a la vida como un juego: no es un negocio; es un juego. Los hindúes lo llaman leela, un entretenimiento: ni si­quiera un juego; un entretenimiento. Hay una diferencia entre jue­go y entretenimiento. Los chicos se entretienen, pero tú puedes incluso hacer un juego, a partir del entretenimiento. Entonces, se vuelve parecido a un negocio: incluso al jugar, estás buscando la victoria, el éxito, la ganancia, la ventaja.

La vida es un entretenimiento. No hay nada para obtener de ella; ella misma es el objetivo; no hay un sitio al cual llegar, pues ella misma es lo esencial. La vida no es apuntar a lograr un obje­tivo; no es ir a ningún lado. Es como con los chicos que juegan: no les puedes preguntar por qué están jugando, cuál es el objeti­vo, pues se reirían de tu estupidez y te dirían que sólo están jugan­do, porque es muy lindo. No les interesa beneficiarse; tampoco tú deberías preocuparte por beneficiarte, sino por entretenerte.

La vida es un momento para festejar, para disfrutar. Haz de ella diversión, festejo, y entrarás al templo. El templo no es para los malhumorados; nunca fue para ellos. Mira la vida: ¿ves tristeza en algún lugar? ¿Viste alguna vez un árbol deprimido? ¿Viste alguna vez un pájaro agobiado por la ansiedad? ¿Viste alguna vez un ani­mal neurótico? No; la vida no es eso; para nada. Sólo al hombre algo le salió mal, y algo le salió mal porque el hombre se conside­ra a sí mismo muy sabio y muy inteligente.

Tu inteligencia es tu enfermedad. No seas demasiado sabio. Siempre recuerda parar y no llegar hasta el extremo. Un poco de tontería y un poco de sabiduría está bien, y la combinación justa te transforma en un Buda: un poco de tontería y un poco de sa­biduría. No seas solamente sabio; si no, además, serás un malhu­morado. No seas solamente tonto; si no, además, te volverás sui­cida. Un poco de tontería, la suficiente para disfrutar de la vida, y un poco de sabiduría para evitar los errores, estará bien.

Pero uno debe conocer la combinación justa, y la combinación justa es siempre diferente para cada individuo. Mi combinación justa no puede ser la tuya; nadie es modelo de otra persona. Tie­nes que encontrar tu propio equilibrio, pues todo el mundo es to­talmente único. Pero siempre recuerda no destruir por completo la tontería pues, en ciertos momentos, ser tonto es una forma de sabiduría.


Todo el mundo tiene que estar abierto. En ciertos momentos, debes ser como el niño, en ciertos momentos debes olvidarte simplemente de los asuntos de la vida, y únicamente disfrutar el momento, sin objetivo alguno, haciendo cosas tontas: bailar y cantar, juntar guijarros en la orilla y jugar con ellos. Y sin que na­die en tu interior te diga: "¿Qué tontería estás haciendo? Podrías dedicar este tiempo a ganar plata. A esta hora, podrías estar en la oficina o en el negocio, y tu cuenta bancaria podría estar cre­ciendo. ¿Qué estás haciendo? ¿Eres un niño?".

Si el niño que hay en ti está completamente perdido, nunca podrás ser religioso. La religión es para los niños. Por eso Jesús insiste en que sólo aquellos que son como niños podrán ingresar al Reino de Dios. ¿Pero qué significa ser un niño? Observa a un niño: es sabio. También es tonto pero, cuando se requiere sabidu­ría, puede ser sabio, muy sabio.


Estuve algunos días con una familia, y un pequeño de la familia estaba leyendo un libro. En la tapa del libro, había un dibujo de Atlas manteniendo la Tierra. Entonces le pregunté:

-¿Sabes quién es este Atlas?

-Sí -dijo-. Es un gran gigante que mantiene al mundo entero. Entonces, interrogué:

-Correcto, pero ¿quién mantiene a Atlas?

Razonó un momento y me dijo:

-Creo que se debe haber casado con una mujer rica.


Pueden ser sabios y son tontos. Cuando un niño es sabio, su sabiduría tiene la frescura de una gota de rocío en la mañana; no es algo añejo. Tu sabiduría es añeja, contaminada. La has reco­lectado, la has tomado prestada; la has tomado de otros, no es tu­ya. ¿Qué sabes que es tuyo? La has recolectado de muchas fuen­tes diferentes. Eso es conocimiento y no sabiduría.

La sabiduría es una respuesta, una respuesta fresca al momen­to; el conocimiento es algo viejo, deteriorado, recolectado. No respondes al momento; traes el pasado, el recuerdo a ti, y reac­cionas a través de él. La sabiduría es una respuesta, y el conoci­miento, una reacción. Tú ya tienes la respuesta, pero una res­puesta preparada antes de que surja la pregunta no es sabiduría. Un niño es sabio porque carece de conocimiento. Tiene que mi­rar a su alrededor, tiene que sentir, tiene que pensar, tiene que res­ponder: no sabe.


Se dice (es un mito cristiano) que, cuando Jesús llegó al mar, és­te se transformó en vino rojo. Los teólogos cristianos han intentado explicarlo: ¿cómo puede el mar transformarse en vino rojo? Han te­nido muchas dificultades, se han confundido, y todavía no han en­contrado respuesta alguna. Pero un niño pequeño halló la respues­ta, y ese niñito fue lord Byron, quien más tarde se hizo famoso como un gran poeta. Era un niño pequeño que iba a la escuela cuando se planteó la pregunta: ¿Por qué y cómo se transformó el mar en vino rojo cuando Jesús llegó hasta él? La respuesta estaba lista, prepa­rada; ya había sido enseñada. Todos los otros niños empezaron a es­cribir sus respuestas; sólo lord Byron esperó con los ojos cerrados, la maestra se le acercó muchas veces, pero él estaba tan meditati­vo que creyó mejor no molestarlo: estaba pensando mucho.

¿Ven qué puede pensar un niño? Porque siempre se piensa en lo conocido. Si sabes, puedes pensar. Si no sabes, ¿qué puedes pen­sar? ¿Qué estaba haciendo? Únicamente es posible pensar cuando sabes algo; entonces, puedes pensar. Pero si no sabes, no sabes. El niño estaba sentado en silencio, pero se veía tan hermoso. Final­mente, escribió una sola oración, y era la siguiente: "Al ver que el Señor ha llegado, al mar le dio vergüenza y se puso colorado”. Cuando Jesús llegó ("... el Señor ha llegado..”.), el mar, al ver que el Señor había llegado, se puso tímido, como una niña. Había llegado el amado, y esa timidez se encontraba en la cara del mar. Sólo un chico puede responder de ese modo, porque no sabe la respuesta. Pero esto es hermoso; todos los teólogos son, al lado de este niño, simplemente tontos. Él dijo lo correcto; lo explicó todo.


Existe una cierta sabiduría cuando eres inocente. Pero la ino­cencia es ignorancia y, por supuesto, hay cierto grado de tontería cuando eres ignorante. Un niño es hermoso porque es las dos co­sas: inocente, sabio en su inocencia, y tonto, tonto en su inocen­cia. Y un niño es la medida justa para ti. Recuerda que tendrás que acceder a una segunda infancia antes de poder ingresar al Reino de Dios.

Una segunda infancia es incluso más bella que la primera, por­que en la primera no tenías consciencia. En la segunda, estarás plenamente consciente. Es así como se comportan los maestros zen. A veces los verás simplemente tontos, y en ciertos momen­tos los encontrarás tan sabios que no podrás creer cómo puede coexistir esta tontería con un hombre tan sabio. Y tú, en tu cono­cimiento, también eres tonto; pero tu tontería está contaminada, no es inocente. Cuando la tontería es inocente tiene una sabidu­ría por sí misma; y, cuando está contaminada por el conocimien­to, es simplemente idiotez; no tiene sabiduría alguna.


Supe que Albert Einstein estaba con una mujer muy inteligente que sabía mucho. Por la noche, estaban sentados junto a una ven­tana, y la mujer dijo:

-Mire hacia afuera, Dr. Einstein. Esta estrella, esta Venus, es tan hermosa: parece una hermosa mujer.

Einstein replicó:

-Mi querida señora, no es Venus: es Júpiter. La mujer exclamó:

-Dr. Einstein, ¡usted es sencillamente sorprendente! ¡Hasta puede evaluar el sexo de un planeta desde tan lejos!
Con esto, ella le estaba diciendo: "¿Venus? Venus es femenino y Júpiter es masculino. ¡Usted es sorprendente! ¿Cómo puede evaluar el sexo de un planeta desde tan lejos?". Y la mujer era muy inteligente, profesora de alguna universidad, pero tonta en lo que hace a sus conocimientos.

Y, cada vez que eres tonto por tu conocimiento, eres idiota, simplemente idiota. Sé tonto como un niño: si no sabes, no sa­bes; no finjas. Un chico simplemente dice: "No sé”. ¿Puedes de­cir tan sencillamente que no sabes? Es muy difícil decir "No sé" porque, cuando uno lo dice, el "yo" cae. Y, si no puedes recono­cer que no sabes, nunca serás sabio. Sólo a través de la ignoran­cia cae el yo y, cuando no esté el yo, habrás alcanzado una segun­da infancia.

No podrás comprender a este maestro zen si no puedes enten­der esta característica de un tonto sabio, de la tontería en la pro­pia sabiduría: un hombre que toma la vida como diversión. Cuan­do toma la vida como diversión, también toma la muerte como di­versión. Para él, nada es un problema; él acepta todo, es festivo. Ahora, trata de comprender este hermoso relato.
Cuando Teng Yin Feng estaba por morir, les dijo a quienes

lo rodeaban:

-He visto a monjes morir sentados y acostados, pero ¿ha

muerto alguno de pie?

-Sí, algunos -le respondieron.

-¿Y cabeza abajo? -preguntó Teng.

-No, eso nunca.
La muerte se acerca, la muerte está por golpearle la puerta, y el maestro dice: "¿Cómo la recibiré? Viene este huésped, ¿cómo haré de anfitrión? ¿Cómo lo recibiré?".

Tú mueres; un maestro recibe la muerte. Tú mueres apegán­dote a la vida, sin estar preparado para morir. Es necesario arran­carte de ella; por eso todo tu ser se pone horrible. Un maestro se prepara; incluso pregunta por la postura: "¿En qué postura mori­ré?" ... Porque a la muerte hay que recibirla de un modo único: no llega todos los días; es un huésped extraño. Uno tiene que prepa­rarse; tiene que estar listo.

¿Y qué clase de maestro era este Teng para decir: "He visto a monjes morir sentados y acostados...”.? Por lo general, la gente muere recostada y de espaldas; ni siquiera sentada. Sólo algunos, quienes mueren en estado de meditación, quienes mueren de ma­nera meditativa, mueren sentados. De no ser así, el noventa por ciento de la gente muere en una cama. Preguntó:
pero ¿ha muerto alguno de pie?

-Sí, algunos -le respondieron.
Unas pocas personas, unas pocas y extrañas personas, murie­ron sentadas. También murieron de pie, por ser muy meditativas. Existen ciertas técnicas que sólo se pueden llevar a cabo de pie. Por ejemplo, las técnicas jainitas, las de Mahavira, todas se deben practicar de pie. Él meditó de pie durante años; se sentaba única­mente cuando estaba cansado; si no lo estaba, se quedaba de pie.

Si estás de pie en silencio, de inmediato te llega cierto silencio. Inténtalo en el rincón de tu habitación: sólo párate en el rincón, callado, sin hacer nada. De pronto, la energía también se pone de pie en tu interior. Sentado, sentirás muchas molestias en la men­te, pues ésta es la postura del pensador. De pie, la energía fluye como una columna y se distribuye equitativamente por todo el cuerpo. Esta postura es hermosa.

Hay pocas técnicas de meditación que se practican de pie. In­téntalo, ya que algunos lo encuentran muy, muy bello. Si puedes estar de pie durante una hora, es simplemente maravilloso. Sólo de pie y sin hacer nada, sin moverte, verás que algo se asienta en tu interior y se torna silencioso. Se producirá un centrado, y te sentirás como una columna de energía; el cuerpo desaparece.

Entonces, unos pocos meditadores han muerto de pie...


-¿Y cabeza abajo? -preguntó Teng.
Ponerse en una shirshasan, una postura de cabeza... ¡nadie ja­más ha muerto así! Ni siquiera puedes dormir en una postura co­mo esa; morir así debe ser muy difícil, porque la sangre circula ha­cia la cabeza. Entonces, nadie lo ha intentado. Teng es el único que no sólo lo intentó, sino que lo logró. Es absolutamente impo­sible morir en esta postura: si ni siquiera puedes dormir en ella.

Para dormir, es necesario cierto fenómeno en el cuerpo: la sangre no debe circular hacia la cabeza. Por eso usamos almoha­das, para mantener la cabeza un poco más levantada que el cuer­po, de manera que la sangre no vaya hacia la cabeza. Si la san­gre circula hacia la cabeza, ésta sigue pensando. Cuanto más ci­vilizados nos volvemos, tanto más aumenta el tamaño de nuestras almohadas; por eso, necesitamos una, dos, tres almohadas. Un gran pensador tiene que usar cinco, seis o siete almohadas, pues hay que detener la circulación de la sangre. Por eso, después de comer, es más fácil quedarse dormido: porque la sangre circula hacia el estómago. El cuerpo ahora tiene que cumplir una función más básica: digerir la comida. No se puede permitir pensar; sería un lujo.

Cuando comiste demasiado, no puedes pensar, y cuando estás muerto de hambre tampoco. Por eso, muchos religiosos usaron el ayuno como una meditación: es que, si ayunas, no puedes pensar. El cuerpo necesita energía para las funciones más elementales; no se le puede ceder energía a la cabeza: sería un lujo. Por eso los animales no piensan: aún no han llegado a ese nivel de vida.

Cuanto más rico es un país, más pensamiento hay. Cuanto más pobre es un país, menos pensamiento hay en él, pues no puede dedicar energías a pensar. Si ayunas, verás que, por las no­ches, es difícil dormir; es muy difícil pues, sin nada para digerir, toda la energía se va a la cabeza. El movimiento de energía hacia la cabeza debe ser detenido; sólo así podrás dormir. Es difícil dor­mir en una postura cabeza abajo.


-¿Y cabeza abajo? -preguntó Teng.

-No, eso nunca.
"Nunca hemos oído algo así, ¿de qué estás hablando? ¿Una persona parándose sobre su cabeza para morir...?".
Entonces, Teng murió apoyado sobre su cabeza, y su ropa

también se levantaba, cerca de su cuerpo.
Eso es posible. Hasta hace algunos años, hubiera sido sólo un mito, pero ahora hay explicaciones científicas para ello. Es posi­ble porque el cuerpo es electricidad, no es otra cosa que bioelec­tricidad. Cuando alguien muere, el cuerpo se convierte en una pi­la de energía, y esa pila abandona el cuerpo. Si es energía muy magnética, como debe serlo en el caso de un maestro, la ropa simplemente se magnetiza.

No sólo Teng murió cabeza abajo, sino que, además, su ropa se levantaba con su cuerpo, se adhería al cuerpo. Si te frotas la ropa en el cuerpo, sentirás que se puede generar cierta electrici­dad en la ropa. El cuerpo es eléctrico y, cuando el cuerpo muere, la electricidad lo abandona; es empujada hacia arriba. Sólo con esa corriente puede haberse levantado la ropa. No es necesario pensar en esto como mito o leyenda; es posible.


Entonces, Teng murió apoyado sobre su cabeza...
¿Es tan sencilla la muerte que puedes morir cabeza abajo? Sí, la muerte es sencilla siempre que hayas vivido. Entonces, puedes elegir el momento justo para morir. Debes haber escuchado que muchos santos hicieron predicciones de que morirían determina­do día, a determinada hora. La gente cree que sabe cómo leer el futuro. Eso no tiene sentido: nadie puede leer el futuro. El futuro alude a aquello que se mantiene invisible. Entonces, ¿qué hacen?

Si te digo "Después de que pasen siete días, moriré por la ma­ñana, a las seis en punto clavadas; no te olvides", ¿qué pensarás? Pensarás: "¿Cómo es posible?". La única posibilidad parece ser, para la mente, que de alguna manera conozco el futuro. Eso no es verdad: nadie conoce el futuro. Pero un hombre que ha vivido en forma total puede decidir cuándo morir. No está haciendo pre­dicciones; simplemente, está afirmando que ha decidido morir cierto día, a las seis en punto de la mañana.

Si has vivido (y cuando digo vivir, quiero decir vivir en forma total), sabes lo que es la energía vital. Llegas a conocer todos los escondites y las grietas de la energía de la vida; entonces, cono­ces todas sus mareas, cuándo sube la corriente y cuándo hay re­flujo de la misma, dónde hay un pico y dónde un valle. Entonces, conoces todos sus matices. Si has vivido totalmente, te conoces por completo. Entonces, puedes decidir cuándo morir; no hay problema. Es tan sencillo como afirmar: "Dejaré esta habitación a las seis en punto”. ¿Cuál es el problema? ¡A las seis en punto, dejas la habitación! Pero debes conocerte a ti mismo, conocer la habitación, y saber dónde está la puerta.

No tienes consciencia de quién eres; no tienes consciencia de lo que eres. Eres consciente sólo de un diminuto fragmento de tu ser (tu mente), y aun de éste no tienes plena consciencia. Nueve décimos de tu ser siguen siendo un continente oscuro; aún es co­mo África: nunca penetras allí. En tu ser íntimo, la geografía no está aún completamente medida, mapeada; no tienes tu propio mapa.

Una vez que conoces tu mapa, la geografía interna, la topogra­fía, cuando llegue el momento justo, simplemente, puedes decidir irte. Puedes abandonar este cuerpo, pues no es más que una ca­sa, un refugio; no eres tú. Un maestro no está identificado con el cuerpo y tampoco con la mente; puede decidir. ¡Por eso, Teng se puso sobre su cabeza y murió! Se puede utilizar incluso esta pos­tura imposible de estar sobre la propia cabeza. Si sabes cómo vi­vir, sabes cómo morir, pues son una misma cosa.

Otra cosa que hay que entender es por qué hacía bromas acer­ca de la muerte. ¡La muerte es un tema serio, y él se lo está to­mando en broma! Puesto sobre su cabeza, se está riendo de la muerte. Está diciendo que, si has vivido, si has tenido una vida de celebración, puedes morir celebrando: es divertido. Cuando sabes que vas a morir, algo en ti se vuelve eterno y, entonces, la vida to­da se vuelve diversión. Es una gran broma cósmica y puedes ju­gar con ella.

En su muerte, Teng estaba transmitiéndoles un mensaje a sus discípulos: "Todo es diversión, no se preocupen demasiado por nada. Simplemente, vivan el momento mientras dure. ¡Vívanlo y disfrútenlo!".

Ésta es también mi sensación: que, si hay algún Dios, no te va a preguntar qué cosas buenas y qué cosas malas hiciste, qué pe­cados cometiste y qué virtudes cultivaste; no. Si existe algún Dios, te va a preguntar si tu vida fue una fiesta o una tristeza. Es lo úni­co que se puede preguntar. Cuando toda la existencia festeja, ¿por qué te quedas aislado, solo, separado de todo? Y después sientes que eres un extraño. Cuando las flores florecen, ¿por qué te alejas? ¿Por qué no florecer? Cuando los pájaros cantan, ¿por qué te alejas? ¿Por qué no cantar, por qué no participar?

La religión es una participación en la mística que te rodea, en el misterio que te rodea. No es un esfuerzo por saber, sino un es­fuerzo por estar, por ser participante. Entonces, todo es hermo­so: la vida es hermosa y la muerte también; y puedes hacer una broma.

Este Teng era un hombre extraño. Los discípulos estaban muy asustados. ¿Qué hacer? Nunca antes había ocurrido algo así; na­die había muerto sobre su cabeza. ¿Qué hacer con un hombre así?


Decidieron llevarlo al crematorio, pero aún estaba allí, sin moverse.
Si fuiste una pila de energía en vida, una columna inmóvil, si lograste algo en la vida que se haya cristalizado, puedes utilizar inclusive tu muerte.

Hay muchas versiones de esta historia. En una de ellas, la her­mana viene y le dice: "¿Por qué te estás haciendo el tonto?". Teng se ríe y muere.


La gente que venía desde lejos y desde cerca contemplaba

la escena. Su hermana menor, una monja, estaba allí,

por ca­sualidad.
Ella vivía en otro monasterio, para mujeres. No vino porque el hermano hubiera muerto, sino sólo a ver qué tontería estaba ha­ciendo. Era como una hermana mayor para Teng, y pudo darle la última lección.
Le rezongó:
Cuando estabas vivo, no tenías en cuenta las leyes y las

costumbres; e incluso ahora que estás muerto, te estás

moles­tando a ti mismo.
Este Teng es uno de los maestros zen rebeldes. Vivió una vida sin leyes y sin regulaciones. Vivió una vida sin ninguna disciplina forzosa. No es que no fuera disciplinado; era absolutamente disci­plinado. De no ser así, ¿cómo se habría puesto sobre su cabeza para morir? No sólo fue disciplinado en su vida; también fue dis­ciplinado en su muerte. No puedes encontrar una disciplina tan absoluta sin disciplina forzosa. Esta disciplina provenía de su inte­rior; él seguía su propio camino, nunca siguió a nadie. Tenía re­glas, pero éstas no estaban establecidas por ningún código exter­no, sino que provenían de su propia consciencia. Por supuesto que era una molestia para otras personas.
Se dice de Teng que, cuando vivía con su propio maestro, siendo él un discípulo, dormía mucho más mientras todos los demás esta­ban despiertos y el monasterio entero estaba trabajando. Eran las nueve de la mañana y él todavía seguía durmiendo. Una vez, vino el maestro y le dijo:

-Teng, ¿qué estás haciendo? Esto es un monasterio: hay que le­vantarse en el brahmamuhurt, a las cinco.

Se dice que Teng respondió:

-Por supuesto que siempre me levanto a la mañana, ¡siempre me levanto en el brahmamuhurt!

Dijo el maestro:

-¿Qué dices? Son las nueve, el sol salió hace cuatro horas. Teng explicó:

-Cuando el Brahma que hay dentro de mí se quiere levantar, me levanto. Ese es el brahmamuhurt, el momento de Dios. Cuando el Dios que hay dentro de mí se quiere levantar. ¿Quién soy yo para crear reglas? Me levanto de inmediato; nunca pierdo un solo mo­mento. Cuando el Dios que hay en mí se quiere levantar, salto de la cama; cuando se quiere acostar, me meto de un salto en la cama. ¿Quién soy yo, maestro, para introducir una perturbación?

Y el maestro cedió:

-Tienes razón: has descubierto el verdadero brahmamuhurt.
Se dice que él nunca comía según las reglas. Porque, en un monasterio budista, tienes que seguir las reglas, todo está estable­cido. Eso en sí mismo tiene una belleza, y a algunos esa rutina fi­ja les viene muy bien. Pero no intentes seguir a Teng; no puedes ser un Teng.

Recuerda que, para algunos, alrededor del cincuenta por cien­to, la rutina sirve porque, cuando algo se transforma en una ruti­na, no necesitas preocuparte por eso, pues se arregla solo. Si son las cinco, tienes que levantarte. No necesitas decidirlo cada día, porque decidirlo cada día genera más ansiedad y más pensamien­to. Si son las seis, debes ir a la meditación; entonces, vas. Son las siete, así que vas a desayunar. En el desayuno, te sirven todos los días cosas establecidas; entonces, no necesitas pensar qué te ser­virán. Ni siquiera es necesario desear, porque no tiene sentido: el desayuno es fijo, es siempre el mismo. Y de esta manera continúa la rutina.

Poco a poco, se vuelve algo robótica a tu alrededor; estás com­pletamente exento de tomar decisiones. Puedes hacer otras co­sas: puedes meditar, puedes tomar consciencia; no necesitas preo­cuparte por las cosas triviales que te rodean. Para el cincuenta por ciento de la gente, esto encaja perfectamente; para el otro cin­cuenta por ciento, no encaja para nada. Entrar en una rutina se transforma en una preocupación y un motivo de ansiedad para ellos; no están hechos así.

Uno debe sentirse a sí mismo, uno tiene que sentir cómo está hecho y no guiarse por ninguna otra cosa; solamente guiarse por uno mismo. Y sólo hay dos posibilidades: puedes vivir una vida de espontaneidad, o bien puedes vivir una vida de disciplina. Ambas posibilidades son correctas, pues lo esencial es prestar atención y mantenerse alerta.

Teng nunca siguió reglas. Cuando tenía hambre, comía, aun­que fuera medianoche; cuando no tenía hambre, no comía, por más que pasaran varios días. No estaba ayunando, porque un ayu­no debe ser algo forzado. No era un ayuno; no tenía hambre y, por lo tanto, no comía. Muchas noches no se dormía, en caso de no tener sueño; y, cuando tenía sueño, dormía varios días segui­dos.
Cuando estabas vivo, no tenías en cuenta las leyes y las

costumbres; e incluso ahora que estás muerto, te estás

moles­tando a ti mismo.
La hermana también era una iluminada; si no, hubiera estado llorando y gimiendo. Ella no lloraba ni gemía; por el contrario, le estaba dando un buen consejo a este hombre que se moría: un tonto que siempre fue un molesto, ahora, en el momento de su muerte, también lo es. La hermana es de un tipo de mujer total­mente diferente.

Ésta es mi sensación: que las mujeres son del tipo de quienes necesitan una disciplina externa. En ese cincuenta por ciento de gente que necesita disciplina, cerca del cuarenta por ciento son siempre mujeres. Hay razones para ello. La naturaleza hace que las mujeres estén sujetas a una regla. Por eso, cada veintiocho días, les viene el período. El cuerpo sigue una rutina; si algo anda mal, esa disciplina se quiebra. Pero sólo si algo anda mal; si no, es absolutamente rígida.

El cuerpo de una mujer sigue reglas. Tiene que hacerlo, pues la mujer dará a luz a sus hijos, será madre, y no se puede dejar a un niño en manos de alguien que se comporta de manera indivi­dualista. Una mujer tiene un inconsciente colectivo, y no un in­consciente individual. Debe tenerlo porque, a través de ella, se cumple un objetivo. En nueve meses, el niño nace y, si la mujer es saludable, todo será rutinario. Si puedes cumplir con una ruti­na, todo saldrá bien. Por eso, la hermana pertenece al polo opuesto dentro de los tipos de mujer.

Desde el comienzo, sentirás que una niña no se comporta igual que un varón. Una niña es más graciosa, de formas más redon­deadas, más obediente; no es rebelde. Un varón es, desde el prin­cipio, un creador de problemas y un rebelde. Si le dices "No ha­gas esto", seguro que lo hace. Un varón es completamente distin­to. Una madre puede sentir ya en el útero si el hijo será varón o nena, porque el varón empieza a dar patadas dentro del útero. Puedes sentir que una nena se queda absolutamente quieta y re­lajada, mientras que un varón comienza a dar patadas. Inclusive en el útero, la energía masculina es diferente de la femenina.

Esta hermana debe haberle dicho siempre que se equivocaba.

Pero él fue auténtico consigo mismo, inclusive en su muerte. Fue auténtico consigo mismo mientras estuvo vivo y siguió siéndolo cuando murió. Había sido siempre un hombre real, auténtico, leal a su propio ser, sin seguir a nada que no fuera su propia energía vital, a cualquier lugar hacia donde ésta lo guiara. Pero la herma­na también era auténtica consigo misma: incluso cuando el her­mano estaba muerto, no llegó llorando y gimiendo. Le dio el últi­mo consejo que se le podía dar. Le dijo: "Fuiste un molesto en vi­da. Les creaste problemas a los demás, porque nunca prestaste atención a las leyes y a las costumbres. Y ahora, hasta en el mo­mento de tu muerte, te estás molestando a ti mismo”.


Entonces, pinchó a su hermano con el dedo, y él cayó

dan­do un golpe.

Después, se fueron al crematorio.
Ambos sabían que no existe muerte. Se dice que, cuando el hermano cayó dando un golpe, la hermana, simplemente, se vol­vió a su monasterio.

Si te tomas la vida como algo sencillo, si la disfrutas, si tu vida se torna satisfactoria, poco a poco, lo mismo pasará con tu muer­te. ¿Qué estamos haciendo? No estamos disfrutando de la vida; sólo nos estamos preparando para disfrutarla. Y la vida es aquí y ahora; no se necesita preparación alguna. Veo gente que siempre se está preparando: se están preparando para tener una gran vi­da en algún lugar en el futuro. Tendrán miedo a la muerte, pues en el futuro espera la muerte. Y tu vida también está en el futuro: te estás construyendo una casa, o te estás comprando un auto, y esto y aquello, acumulando cosas; simplemente, preparándote pa­ra vivir. Nunca estarás preparado y, en el momento en que lo es­tés, la muerte golpeará a tu puerta. Ese es el temor, que "la muer­te pueda llegar antes de que estés preparado".

Un hombre con capacidad de discernimiento vive la vida aquí y ahora; la vive en cada momento. Para él, no hay muerte, por­que no hay vida futura. Él agota el momento, lo vive completa­mente, lo disfruta, le agradece a Dios por él, está agradecido. ¿Dónde está el temor a la muerte, si en este momento estás vivo? Aquí, en este momento, estás vivo ¿dónde está el temor a la muerte? No intentes estar preparado para morir; sólo vive. Y te digo que todos, tal como somos, estamos preparados para vivir el momento presente.

No dejes pasar este momento y no pidas largos preparativos; así nunca estarás listo. Y la mente adquiere una modalidad habi­tual: siempre pensar en el mañana y el mañana, se queda fijada a esto. En el momento en que hayas conseguido el bienestar, la mente empezará nuevamente a decirte: "Mañana, mañana”. El mañana es la enfermedad de la mente.

Cuando vives el momento, una nueva vida toma existencia. Una vida nueva es una vida del "ahora". Entonces, ¿dónde está el temor? ¿A quién le preocupa la muerte? Así que, finalmente, pue­des hacer una broma. Y, si vives, empiezas a sentir lo que es la vi­da. Esto sólo se siente viviendo; no hay otra manera. Es como na­dar: nadas y aprendes. Se aprende a nadar, nadando, así como se aprende a vivir, viviendo.

Pospones, no sientes la vida, sientes muerte a tu alrededor. Posponiendo, sentirás muerte; viviendo, sentirás vida. Si sientes vida, es eterna; no habrá muerte para ella, nunca morirá; durará, durará y durará, y cada momento será eterno.

Recuérdalo lo más profundamente que puedas: no pospongas, no dejes las cosas para mañana. Aquí y ahora, está todo lo que necesitas. Disfrútalo y, cuanto más lo disfrutes, más te será dado. Eso quiso decir Jesús cuando afirmó que, si golpeas, la puerta se te abrirá; si pides, te será dada. En este momento, la puerta está allí. ¡Pide, golpea, vive! No lo dejes para después.

Ese es todo el mensaje de los que han tomado consciencia: al­canza con hoy; el mañana se ocupará de sí mismo. Y el mañana no llega nunca; siempre es hoy. Si conoces el arte de vivir aquí y ahora, podrás vivir cada momento cuando llegue. Incluso en el momento de la muerte, podrás vivir. Es lo que hizo Teng: vivió el momento de su muerte. Y, si puedes vivir el momento de tu muer­te, ¿cómo puedes morir? Entonces, también transformas tu muer­te en vida.

En este momento te está ocurriendo exactamente lo contrario: estás convirtiendo tu vida en muerte, a causa de las postergaciones. Siempre mañana, siempre preparándote, preparándote y preparándote; y, cuando llega el momento, tu mente todavía se está preparando. Deja de lado todas las postergaciones, golpea al momento, y serás tan hermoso como los lirios en el campo de los que habla Jesús: ni siquiera Salomón, en la cúspide de su gloria, era tan bello.
Tú eres bello, ¿por qué te desgastas? Eres divino, ¿por qué te desgastas? Eres lo esencial, ¿por qué te pierdes en mañanas, en preparativos futuros, en la mente? ¿Por qué malgastas tu energía vital en el desierto del tiempo? Está aquí y ahora, y este "aquí y ahora" se convierte en la puerta. Y la puerta siempre te está es­perando. Sólo golpéala. Con sólo golpearla, se abre.

Suficiente por hoy.






Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad