Caso práctico



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CASO PRÁCTICO

Manuel es un joven de 21 años que acude a la clínica por un problema un tanto confuso, relacionado con la bebida pero que en los últimos dos meses se ha ido complicando. Hasta ese momento, él consideraba que su vida era totalmente normal, similar a la de la gente de su entorno. Le cuenta al psicólogo que está estudiando 4º de Derecho en una universidad privada, próxima a una zona de bares de moda, así que los viernes, cuando termina las clases al mediodía, se queda tomando unas cañas de cerveza con sus compañeros, y las termina enlazando con las copas de la noche. Finalmente se va a su casa (vive con unos amigos en un piso) el sábado por la mañana, duerme todo el día y al atardecer, cuando se levanta, sale de nuevo de copas y las prolonga hasta la mañana del domingo. Entonces no se acuesta, continúa con sus amigos por ahí, toma unas cervezas al mediodía, come algo y continúa con las copas hasta el atardecer; sobre las siete u ocho de la tarde se va a casa y se acuesta hasta la mañana siguiente. El lunes va a clase y no bebe ni una gota de alcohol hasta el viernes al mediodía, momento en que vuelve a empezar. Manuel está convencido de que si bebiese una sola gota de alcohol en alguna ocasión de la semana, aunque sólo fuese un sorbo de cerveza, no sería capaz de parar y continuaría bebiendo todo el día, igual que hace los fines de semana. De hecho, de lunes a viernes lleva una vida de lo más organizada, va a clase por las mañanas, estudia por las tardes y no sale nada. Hasta hace dos meses, Manuel estaba satisfecho con la distribución de su tiempo de estudio y de ocio; a veces pensaba que los fines de semana se excedía, pero se decía que si lo que bebía en esos días se repartiera entre toda la semana, la cantidad diaria resultante no era mayor de lo que bebían muchas de las personas que él conocía. Por otra parte estaba satisfecho con dedicarle tanto tiempo a los estudios; en aquellos momentos estaba seguro de que no tendría ningún problema mientras no probase el alcohol durante la semana porque, eso sí, estaba seguro de que si lo hacía, el descontrol sería absoluto.

Pero hace dos meses, la noche del sábado empezó a sentirse mal. Había tomado ya varios whiskys (bebía cada tarde-noche unas 4 cervezas y después sólo era capaz de recordar hasta la sexta copa) y nada parecía que era diferente al resto de los fines de semana; pero estando en uno de sus bares preferidos, comenzó a sentir como el corazón se le aceleraba como nunca le había pasado. Sus amigos le ayudaron a salir del bar, le decían que al aire libre se le pasaría, pero no fue así: siguió la taquicardia durante un largo rato, hasta que finalmente se fue pasando. Esa noche se fue a su casa y el domingo ya no salió. Toda la semana estuvo inquieto, pero no se volvió a sentir mal. Sus amigos intentaban tranquilizarlo, diciéndole que probablemente le hubiesen puesto una copa de "garrafón" y que no tendría mayor importancia. Pero el viernes, cuando volvió al bar, nada más acercarse empezó a sentir que el corazón "se le ponía a mil". Entonces se empezó a poner nervioso, las palpitaciones aumentaron y se quiso marchar para casa; finalmente sus amigos lo convencieron para que continuase de copas, aunque no fueran a ese bar. Así lo hizo, y continuó bebiendo como siempre pero, decía Manuel, con cierto temor a que la taquicardia volviese.

Durante los dos meses que siguieron, hasta que acudió al psicólogo, no volvió a entrar en el bar donde se había sentido mal. De hecho, sólo pensar en aquel día empezaba a sentir el corazón acelerado y si algún amigo proponía acercarse por allí, las palpitaciones eran todavía mayores. Cuando se alejaban de la zona o decidían no entrar, se sentía mucho mejor. Pero en estos dos últimos meses su intranquilidad cuando bebía iba en aumento; ya no disfrutaba como antes, decía, y además se despertaba con resaca y, cada vez más, con taquicardias, cosa que nunca le había pasado. Eso hacía que comenzase a beber al día siguiente más temprano, porque había comprobado que esa era la mejor manera de que las molestias desapareciesen. Pero eso era un círculo vicioso, porque las resacas eran cada vez mayores y cada vez bebía más. Sus amigos insistían en que todo eso se le pasaría divirtiéndose y bebiendo y él se dejaba arrastrar. Entonces se preocupó: ya no llevaba la vida tan organizada, seguía sin beber durante la semana (para él, beber en semana significaría la pérdida total de control) pero se sentía agobiado, con miedo a volver a sentir esas palpitaciones; lo peor ocurría los fines de semana, ya que entonces sí que bebía cada vez más y sin llegar a pasárselo bien, como antes.



Cuando llega al psicólogo, se sentía confuso acerca de lo que le pasaba: nunca consideró que la bebida era un problema para él, que bebiese excesivamente, pero ahora ya se lo está empezando a plantear. Por otra parte, su mayor preocupación es el miedo a las taquicardias y la aparición de la resaca, que él atribuyó inicialmente a un posible deterioro orgánico que fuese responsable de ambas cosas. Por eso había acudido al médico quien, tras una exhaustiva revisión, lo encontró en perfecto estado de salud y lo envió al psicólogo.

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