Cartas a una mujer sobre la anarquía Luigi Fabbri



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Cartas a una mujer sobre la anarquía” de Luigi Fabbri

CARTAS A UNA MUJER SOBRE LA ANARQUÍA*

Luigi Fabbri



PREFACIO A LA EDICIÓN EN ESPAÑOL

Bolonia, 8 de Noviembre de 1922.


Queridos compañeros de “La Protesta”:
Ustedes me piden consentimiento para traducir y publicar en español, en esa capital argentina donde nuestra idea tiene militantes numerosos y valerosos, uno de mis primeros trabajitos: aquellas Cartas a una mujer que nuestro óptimo y viejo compañero Camilo Di Sciullo quiso reunir e imprimir en Chieti hace más quince años.
Ustedes son demasiado buenos, amigos queridísimos, sea porque quizá dan más valor del que merece a este trabajo de mi juventud, sea por pedirme un consentimiento del que entre nosotros no hay necesidad, puesto que las cosas de la propaganda una vez publicadas pertenecen a todos, y quien las quiere reimprimir las reimprime. Y cuantas más cosas nuestras se publican mejor es -siempre, se entiende, que se trate de cosas no nocivas o no del todo inútiles-. Ustedes han juzgado que tales son mis “Cartas”; y a mí no me queda más que agradecerles el juicio lisonjero. Hagan, pues…
Y hasta debo excusarme con ustedes si, subido su deseo, les dejo publicar el libro así como está, sin aportarle las modificaciones y correcciones, sin hacerle los cortes y los agregados que ciertamente serían necesarios. Releyendo el librito, ahora, lo encuentro literariamente demasiado humilde y defectuoso. Acá y acullá hay afirmaciones demasiado axiomáticas, que sería necesario hacer seguir de demostraciones; algunas otras afirmaciones, o por lo menos ciertas expresiones, las quitaría completamente, etc.
Y luego, en estos últimos veinte años otros problemas se han presentado en el terreno de la discusión, y que hoy sería necesario discutirlos. Esto constituye una laguna en mis “Cartas”… Pero si debiera quitar al librito los defectos que ahora le veo, hacerle las correcciones necesarias, agregarle lo que le falta, tendría que rehacerlo desde el comienzo al fin. Más bien debería hacer un trabajo nuevo. Por lo demás creo que esto sucede con cualquier trabajo intelectual que su autor revive después de un largo período de tiempo. Dejen, pues, estas modestas, “Cartas” tal como están y tómenlas por lo poco que valen.
Pueden quedar cual son, como trabajo de propaganda, por una razón muy simple: porque las ideas expresadas no han dejado de ser ideas verdaderas y justas; porque por lo menos aquellas ideas son siempre las mías, de ellas estoy cada vez más convencido, a ellas soy más que nunca afecto y devoto, porque estoy firmemente persuadido de que corresponden más a ese ideal de verdad y de justicia que es el resorte principal del progreso humano. Y es grato también a mi corazón que estas cartas queden como me han salido la primera vez de la pluma modesta pero entusiasta, porque fueron escritas en un período simpático de nuestro movimiento y están ligadas a los mejores recuerdos, íntimos y políticos a la vez, de mi juventud.
Estas cartas fueron comenzadas a escribir a principios de 1902; y eran en su origen, realmente, cartas privadas escritas a una muchacha que más tarde fue y es todavía la compañera fiel de mi vida. Con estas cartas yo quería que ella aprendiera a amar conmigo, en mi persona, lo que para mí constituía entonces y constituirá hasta la muerte la parte mejor de mi alma: este ideal de la Anarquía, razón y sentimiento al mismo tiempo, en que se armoniza todo lo mejor que el pensamiento humano ha sabido concebir como aspiración de porvenir.
Era aquel un período floreciente de nuestro movimiento y de nuestra propaganda en Italia. El inolvidable Pedro Gori acababa de volver de la República Argentina y con su cálida palabra despertaba en el proletariado italiano las más radiosas esperanzas, encendía en nosotros, sus compañeros de fe, los mejores oradores del apostolado y de la lucha. Y esto mientras aún duraba y se continuaba en nosotros la influencia de otro apostolado, interrumpido por las persecuciones de 1898: el poderoso, tan denso de buen sentido, de razón y de pensamiento, de Errico Malatesta, que tanto había contribuido a volver el movimiento anárquico al sólido terreno, por breve período Internacional, de los principios y de la táctica de la primera Internacional federalista y revolucionaria que fue llamada, más o menos impropiamente, bakuninista.
Aquellas “Cartas” a la mujer amada, al principio personalísimas, fueron publicadas en L’Agitazione de Roma por consejo justamente de Pedro Gori, a quien mi novia le había mostrado algunas. Solo que, por un sentimiento natural de reserva, en el periódico aparecieron ligeramente modificadas como cartas de una mujer a otra mujer. En esa ocasión se les suprimió todo lo que tenían de personal y, se comprende, fueron algo completadas para las necesidades de la propaganda.
Fue en aquel período de tiempo, en las frecuentes visitas que Gori nos hacía en Roma, cuando nuestro amigo escribió en un álbum de la mujer a la que estaban dirigidas mis “Cartas sobre la anarquía”, dos estrofas dulcísimas que no puedo menos de reproducir aquí:
Buona fanciulla que mi domandate un ricordo per l’albo, il quale acoglie per vostra giovinezza strofe alate, fiori augurali e verdeggianti foglie, vo’dirvi dun rispetto a la cadenza la vera de la vita sapienza.
Allacciatevi a lui, che amate. Avvinti anime e bracia, passerete quali iridi serenanti in mezzo ai vinti de la tempesta, e verso gl’ideali ascenderete, ei baldo e voi felice, ei combatente e voi consolatrice.
Las “Cartas a una mujer” fueron continuadas en L’Agitazione por un año o dos -no recuerdo bien- y yo las había olvidado ya cuando a Di Sciullo se le metió en la cabeza publicarlas en volumen, en 1905. Entonces volvieron a ser, como en su origen, las cartas de un hombre a una mujer, y así quedaron y como tales han tenido en Italia, especialmente entre los compañeros, cierto éxito. ¡Pero ha pasado tanto tiempo desde entonces!... Y yo pienso en aquel tiempo lejano con un sentimiento de infinita nostalgia, ya que la guerra, con todas sus consecuencias, nos separa de él como si hubieran pasado siglos. ¡Y qué contraste entre la benignidad, aunque anhelante de pugnas más enérgicas, de aquellos tiempos de calmo apostolado, y la tempestad que ruge hoy sobre nuestras cabezas en el fragor de cien amenazas!
Quizá es por este contraste entre los recuerdos de entonces y la realidad actual, que yo miro hoy estas pobres “Cartas sobre la anarquía” tal vez con mayor indulgencia y complacencia de la que merecerían y no me desagrada que retornen a la luz más allá del océano -a distancia en el tiempo y en el espacio- en el armonioso idioma del antiguo hidalgo errante y del moderno gaucho rebelde.
Suyo siempre y por la causa de la libertad humana.
Luigi Fabbri.

CAPÍTULO I
ANARQUISTAS Y ANARQUÍA

… 9 de Enero.


Mi buena amiga:
Perdóname si públicamente respondo a cuanto me dices en la afectuosa carta recibida ayer; pero, lo que debo decirte puede ser útil, además que a ti, a tantas otras mujeres, que he pensado mejor hablarte por medio de la prensa, la cual puede comunicar mi pensamiento a muchas que, de otra manera, no sabría ni podría hablarles.
Sientes y te admiras por haber leído en un diario que, aquí, los anarquistas me han elegido para hablar en su nombre en un mitin público. Es útil que hoy te diga -si la ocasión se presenta otra vez te hablaré de ello-, cómo yo me he hecho anarquista; ahora solo quiero rebatir las pocas objeciones que tú hacías en tu carta a mis ideas y acciones.
En presencia del hecho, y más que del hecho (lo deduzco de las expresiones), en presencia de la palabra anarquía tú te has pasmado como si te hubieran hecho saber que había cometido una mala acción; como si te hubieran informado de que yo me había enrolado en una gavilla de malhechores.
Bien sé que no me dices francamente todo eso y más bien buscas disimular por todos los medios tu pensamiento; pero ese pensamiento yo lo leo entre líneas en tu carta, y no es tal por cierto que pueda lisonjearme mucho. Pero no por eso me ofenderé de tu manera de tratarme.
Después de todo comprendo muy bien lo que puede haber pasado en tu ánimo. En los diarios que comúnmente habrán caído bajo tus ojos, has leído, cada vez que se nombraba a los anarquistas, las cosas más extravagantes sobre nosotros, las más feroces calumnias que nada podía ayudarte a reconocer como tales. En nuestra desventaja militaba hasta ayer no sólo el testimonio de hombres sinceros, que se han lanzado contra nosotros porque ellos también habían sido engañados sobre lo que a nosotros se refiere, y porque los hábitos mentales y el ambiente se oponían a la formación de una idea exacta del anarquismo y de los anarquistas, sino también, lo que es peor, una cierta apariencia de verdad, debida a las peores calumnias por dolorosos hechos de represalia a que en la lucha entre anarquistas y gobiernos los primeros han sido arrasados por los segundos: hechos dolorosos, te repito, de los cuales, si lo quieres volveré a hablarte, pero que, desde ahora puedo decírtelo, no tienen ninguna correlación teórica con las ideas anarquistas y pueden ser juzgados -bien o mal- independientemente de las ideas y solo desde el punto de vista de las necesidades momentáneas y dolorosas de la lucha, sin la cual es imposible el triunfo de cualquier idea, aún de la más santa.
Volveré a hablarte de eso – pero es necesario que tengas la paciencia de escucharme antes de condenar tan desconsideradamente como muchos hacen, y como ciertamente tú también habrás hecho en tu corazón, a todo un partido, a toda una doctrina, a todo un conjunto de ideas y de hechos que solamente conoces por lo que sus enemigos han podido decir.
En lo que me escribes hay una cosa que me entristece porque me hace entrever una esfumadura de egoísmo que quisiera alejada de tu alma y de tu lenguaje: “Además -me dices- de cualquier manera que se piense con el cerebro, ¿por qué exhibirse y hablar en nombre de un partido tan mal mirado y tan triste como el anarquista?” Yo te diré que sí las ideas son justas no hay razón para quien las reconoce como tales, se rehúse a propagarlas; más bien creo que obraría mal el que, creyéndose en posesión de una parte de la verdad, no procurara comunicarla a otros.
Que el partido anarquista esté mal mirado, es cosa que no me importa y que además es cada día menos verdadera, ya que las más elevadas inteligencias de la sociedad moderna consideran a la anarquía como coeficiente importantísimo de la civilización, y sobre todo desde que las masas obreras han comenzado a libertarse del nefasto prejuicio del odio a lo nuevo y de la tradicional sumisión a todas las autoridades.
Si no fuera por esto, para enamorar de la idea de la anarquía a una persona inteligente cual eres tú bastaría el lado genial de esta idea; tanto es verdad que ella, surgida hace relativamente poco tiempo, y ha conquistado los más bellos ingenios, y el arte ha hallado en ella tesoros de inspiración para creaciones excelsas.
“Esa palabra anarquía contiene en sí algo de triste”, me dices.
Hasta cierto punto debo darte razón. Efectivamente, somos nosotros tan perseguidos, la calumnia más odiosa se complace tanto en querer denigrar nuestros nombres, las víctimas son tantas en nuestras filas, que no se puede evitar, yo creo, cuando de los anarquistas se oye hablar, el pensar con tristeza en los sufrimientos inauditos que con ese nombre inseparablemente se relacionan. Pero, si tú los conocieras, querida, a esos anarquistas de que tan mal se habla, si tú los vieras obrar, si los siguieras paso a paso, como yo hice, en la vida íntima y en la vida pública, especialmente los obreros -pues poco caso hay que hacen menos excepciones laudables, de los anarquistas del momento, que son tales por la moda o por sport, que de vez en cuando salen de entre los doctorzuelos incipientes de las universidades para desaparecer casi instantáneamente, apenas se han formado una posición o al primer soplar de cierzo -verdaderamente sentirías oprimírsete el corazón por una tristeza todavía más intensa, viendo almas tan nobles y tantos corazones delicados e indómitos incomprendidos, torturados y olvidados por una sociedad vil que no merece ser, como es, ¡el continuo objeto de sus pensamientos y de sus sacrificios!
Yo, que hasta ahora he hecho tan poco por la idea, que no he padecido casi nada, cuán pequeño me siento frente a mis compañeros que, todos o casi todos, pueden vanagloriarse de haber sufrido años y años de cárcel sin haber cometido ningún delito, cuya salud está profundamente sacudida y amenazada en sus más vitales fuentes, cuyas familias, que podrían vivir discretamente, viven una vida precaria y agitada; siempre con la policía pisando sus talones, que son expulsados del trabajo apenas el patrón sabe que son anarquistas, que ven cerrado el camino del bienestar y de la felicidad. Y todo lo sufren por amor a las ideas, por amor a la humanidad, sin compensaciones ni ambición, pues todos son soldados obscuros que no presentan, como hacen muchos de otros partidos, la cuenta de sus padecimientos y no piden sillones parlamentarios ni siquiera un mísero escaño de consejero comunal, enemigos como son de la acción legislativa y de toda legislación de poder.
Si fuera un sueño esta anarquía nuestra, este ideal de la vida asegurada a todos, de la solidaridad y del amor entre todos los hombres libres e iguales gozando en común del fruto del trabajo común, me parece que la gentileza de semejante sueño tendría que hacértelos simpáticos, por lo menos, sino impulsarte a aceptar sus esperanzas radiantes.
Y por lo contrario… ¡Ah! es triste, verdaderamente triste que tanta energía de altruismo y de sacrificio para inobservada así en este mundo d’oche e di serpenti como lo llama nuestra poetisa Ada Negri. Más es también bello, créelo, soberanamente bello combatir con ellos, tanto más cuando se sabe que la causa tan noblemente propugnada no es un sueño, más una causa justa, una causa de verdad. Si tú quieres, en otra ocasión volveré a hablarte de las ideas y te explicaré qué es esta anarquía tan mal comprendida, tan calumniada y perseguida.

Hoy quisiera que te convencieras de una cosa, por lo menos, de la necesidad de tu parte, de ti, tan buena e inteligente, de interesarte en la cuestión un poquito y de buscar la esencia de la idealidad anárquica. Tú estás en una gran ciudad y, con tal que lo quieras, también en las bibliotecas podrías hallar los doctos volúmenes de Bakunin, Kropotkin, Reclús, Malato, Grave y otros en que investigar nuestro pensamiento; yo también puedo prestarte algún libro, si quieres.


Pero, en nombre de nuestro amor, no estrelles sobre mí, como has hecho en la pasada carta, la desaprobación tan desconsiderada, solo porque he dado mi solidaridad de hombre consciente a mis compañeros de lucha, y no juzgues tan mal a mis amigos. Nuestro ideal es como todos los otros, mejor que los otros, y como tal debe ser respetado.
Tú no debes juzgarnos por lo que nuestros enemigos dicen, sirviéndose de armas hipócritas.
Ni debes creer sin discutirlas mis refutaciones o mis afirmaciones. Juzga por ti misma, con tu alma y tu mente. Razona antes de creer o de negar.
Estudia, y después… después verás que me darás razón, si de repente no has dejado de ser la buena, querida e inteligente doncella de siempre, si conservas un solo pensamiento bueno en el cerebro y un sentimiento gentil en el corazón.
Adiós.

CAPÍTULO II
LOS ANARQUISTAS Y LA VIOLENCIA

… 17 de Enero.


Mi buena amiga:
¡Ya imaginaba que para combatir mis ideas habrías adelantado esta objeción de la violencia anárquica! Intentaré, sin embargo, repetir lo que tantas veces he dicho a muchos amigos míos para vencer su repulsión por el anarquismo, explicable, si se piensa en la avalancha de prejuicios y de calumnias que todavía están, cual formidable muralla divisoria, entre nosotros y la mayoría del público.
Es cierto que, desde que la idea anarquista ha brotado, hubo no sé si veinte o veinticinco hechos de violencia aislada cometidos por anarquistas. Tú te impresionas por las víctimas que diligentemente enumeras y protestas en nombre de la inviolabilidad de la vida humana contra los autores de aquellos actos.
Admiro y alabo tu buen corazón; pero, por favor, permíteme preguntarte por qué, si tanto te enterneces por las lágrimas y la sangre de ilustres víctimas, tan pocas que fácilmente se pueden registrar en pocos renglones, no te acuerdas de tantas lágrimas aún más quemantes vertidas por la gente nuestra, en medio del pueblo, de la sangre -sin exageración- derramada a torrentes por el proletariado militante para su emancipación. ¿Queremos sacar la cuenta, amiga mía? No es para los que tú lloras que se necesitaría adicionar muchas cifras; de ese lado la suma pronto se hace. Pero de la otra parte la enumeración sería tan larga que, si se quisiera hacerla exacta y detallada, no sería suficiente un libro; más vale renunciar.

Piensa solo en los que desde hace treinta años, y aún menos, han sucumbido en todas las naciones, asesinados por los gobiernos en nombre de la justicia, por haberse rebelado contra su opresión; y te concedo la exclusión de los que murieron por ideas ya vividas y pasadas. ¿Cuántos son? Pregúntalo a la historia y ella te contestará con elocuencia terrible. También sobre ellos fue ejercida una violencia, también ellos tenían una madre o una mujer que ha llorado lágrimas de sangre por su muerte;… ¡sin embargo, tú no te enterneces por ellos!


Las persecuciones al pensamiento, en el 1878, 1889, 1891, 1894 y 1898, han poblado las cárceles y las islas del bel paese (por brevedad hablo de Italia solamente) de una muchedumbre de hombres a cuya existencia estaba ligada la existencia de familias enteras. Muchos de ellos han muerto durante o después de la odisea tormentosa, otros han sido precipitados en la más negra miseria, otros se volvieron enfermizos, inhábiles para el trabajo; todos han padecido, por todos han sido derramadas lágrimas de madres y esposas, de viejos padres, de niños inocentes;… ¡pero tú no te enterneces por ellos!
Luego, cuando se ha hecho una guerra, y no raramente, en los campos de batalla ha sido truncada la vida, en la flor de los años, y otros lutos innúmeros han desolado sus casas, han vestido de negro otras mujeres… ¿Pero esto no te pasó por la memoria ni te humedeció las mejillas con una sola lágrima?
Después está la tremenda guerra cotidiana, de las feroces victorias, de las doloras derrotas; la lucha por la vida que se libra alrededor del mendrugo de pan, peleando unos con otros en la afanosa ansia de conquistarlo; y esta lucha hace más víctimas que todas las guerras, las revoluciones y las represiones juntas; y las más numerosas y lastimosas víctimas están entre los débiles y los inocentes: mujeres, niños, viejos, enfermos, inhábiles, sin contar los que indirectamente sucumben por las mismas causas que hacen sucumbir a los otros directamente. Así cada día, proporcionalmente, la ciudad, el pueblo, la aldea, el tugurio, pagan su fúnebre tributo a la miseria.
Pero de esta tragedia que, sin embargo, se desarrolla cerca de ti, en tu ciudad, en tu casa, en el mismo rellano de tu escalera, del otro lado de la pared en que se apoya el lecho en que duermes los sueños más tranquilos; de este dolor humano, inmenso, universal y continuo no te apercibes… y encuentras tiempo para enternecerte si de vez en cuando una astilla se desprende de este multiforme engranaje de opresión y miseria, yendo a herir a algún raro privilegiado entre los que, por una espantosa injusticia, se reparten las alegrías y riquezas que ese engranaje produce.
Sé la respuesta a todo esto: la violencia de los unos, por más grande que sea, no justifica la violencia de los otros, sino que aumenta su suma.
Ahora, yo no justifico nada, yo explico; y te pregunto si, en una sociedad organizada sobre las bases de la violencia y la prepotencia, en la cual se está siempre en el dilema de comer o ser comidos, es posible escapar a la terrible sugestión del ambiente y, si es posible, viéndose atacados, rehusar defenderse.
Te hago notar también que las rebeliones aisladas contra los poderosos son un fenómeno de todos los tiempos: siempre, donde hubo opresión, alguien se rebeló, precediendo la acción colectiva, y cada uno pertenecía al partido más revolucionario de su tiempo, y su rebelión estaba determinada por las pasiones políticas y por las necesidades populares de entonces. A esta fatalidad histórica no han escapado ni los clericales, ni los patriotas, ni los republicanos, ni los socialistas; no pueden, por consiguiente, escapar los anarquistas, que son hombres como todos los otros -acuérdate de eso- a los cuales la violencia es sugerida, no por el ideal que han abrazado, sino por la insinuación incansable y funesta de la opresión y la miseria. De cualquier manera que se juzguen estos hechos, ellos son de tal naturaleza que ni la simpatía ni la contrariedad pueden bastar a provocarlos o a impedirlos; pues jamás la propaganda de una idea, por cuanto hecha violentamente, puede llegar a consecuencias tan extraordinarias, sino la presión violenta de toda una organización corrupta y provocadora.
Y además, es natural e inevitable que esos súbitos estallidos de indignación prorrumpan de entre los prosélitos de aquellas ideas, que, queriendo el más completo cambio de la sociedad, se atraen, por esto, a todos aquellos que al presente están descontentos del estado social de cosas.
Los mismos acontecimientos se producirían si no existieran anarquistas; cambiaría su nombre político, he ahí todo.
De una sola manera pueden evitarse algunos hechos: eliminando las causas que los determinan. Y nosotros los anarquistas somos los más lógicos en combatir la violencia, porque somos partidarios de un orden social en que el amor y la solidaridad sean norma de vida para los hombres, en lugar de la coacción; y porque educamos la conciencia en el respeto recíproco de la libertad y de la existencia. Si hoy la libertad y la vida humana no se respetan, porque una falsa organización social impulsa a la gente a devorarse, si entre los que se defienden y se rebelan contra la violencia hay también anarquistas, ¿qué culpa tienen las ideas y los que las sustentan?
Pero, tú me dirás, si no hicieran relampaguear su imposible utopía ante los ojos de los que creen, muchos de éstos no se rebelarían.
Dejemos ahora la utopía de la cual en otra ocasión te diré la posibilidad; pero, si se siguiera tu razonamiento, en el mundo no habría ni civilización ni progreso. Tú, por ejemplo, no enseñarías a la gente a lavarse con jabón por miedo a que alguien, no teniendo dinero para comprarlo, lo robara.
Ciertamente que el contraste entre las bellezas del ideal anárquico y las fealdades de la realidad presente, es una causa determinante de rebelión; pero, ¿debemos, por eso, abstenernos de propagar la anarquía?
Los anarquistas no son violentos; te lo confirma la luminosa idea de paz y de justicia que los guía. Si se hiciera una estadística se vería que el buen orden y el respeto a la vida ajena -de que tan tierna te muestras- son mayores en los ambientes en que el elemento anárquico es más fuerte. También un procurador del rey dijo una vez en un proceso que, desde que en su ciudad se había hecho más intensa la propaganda anárquica, habían disminuido sensiblemente los delitos contra las propiedades y las personas.
¿Qué cuentan, frente a esta obra de educación moral, los pocos actos de rebelión violenta que tú no apruebas, y que justos o injustos, son efectos inevitables del triste ambiente en que se desarrollan y que nosotros queremos transformar?
Solamente que el nuevo ambiente que nosotros queremos estará puro de cualquier mancha de dolor y de sangre; y, antes de acusar a los anarquistas de responsabilidades que no les pertenecen, júntate a ellos, con corazón bueno y gentil, para acelerar el día en que verdaderamente no sean más posibles en el mundo esas violencias que aborreces.

CAPÍTULO III


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