Capítulo 7 vida dehoniana de oracióN



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Capítulo 7
VIDA DEHONIANA DE ORACIÓN
(Juán José Arnáiz Ecker)
Palabra de Dios - Oración - Eucaristía - Adoración
1. Presentación
El objeto de fe y seguimiento, la sacralidad central, es la Persona de Cristo. Y Él es, ante todo, Misterio. Misterio enmarcado entre la Encarnación y la Pascua, en el que la existencia histórica de Jesús manifiesta y, a la vez, esconde la intimidad con la que lo divino se hace presente en el mundo.
Nuestra vida de oración, es la raíz que alimenta la llamada al seguimiento de Cristo en vida religiosa dehoniana, así como la experiencia nuclear, que equilibra las dificultades serias que se plantearán a lo largo de la vida consagrada (cf. CST 76 y 79b).
En este capítulo presentamos nuestra acción litúrgica como comunidad y como religiosos. Por la liturgia, actualización del misterio de Cristo a través de signos cultuales que se dan en la Palabra, en los Sacramentos y en la Oración de la Iglesia (cf. SC 83), nos insertamos en el culto público del Cuerpo de Cristo en su totalidad de Cabeza y miembros (SC 7). En este marco litúrgico se inserta nuestra devoción especial al Sagrado Corazón de Jesús, como sentimiento religioso de piedad hacia Cristo que nos lleva a cumplir particulares ejercicios de piedad en su honor. Esta actitud interior se expresa, pues, en actos externos concretos; como un “sentir” que llena el “hacer”. Esta piedad nace con la acogida del anuncio de la Palabra para después fructificar en una vida de fraternidad y comunión. Expresiones de oración comunitaria o individual, que celebran el misterio del amor de Dios, usando fórmulas bíblicas o litúrgicas, estos ejercicios contribuyen a completar la conformación litúrgica de nuestra vida espiritual1.
Un tema de resolución formativa es la relación entre liturgia y vida espiritual2. La liturgia expresa y cumple, en forma de concreción simbólica y eficaz, la meta de la vida espiritual: la unión de la vida con Cristo (cf. SC 10 y CST 6, 14, 18...). La eficacia pide una “correcta disposición de ánimo” (SC 11) que es elemento constitutivo y necesario de la estructura de la acción litúrgica. Nuestra tradición orante recoge medios recomendables para cultivar nuestra vida espiritual, siendo la liturgia criterio de sentido y referencia para evaluar su autenticidad3.
Se hace, así, necesario tomar como contenido formativo en esta área los libros de oración que cada entidad de la Congregación, en mayor o menor medida, ha compuesto. Todos ellos son “hijos” del Thesaurus Precum, libro claramente orientado al culto del Corazón de Jesús dentro de una actitud de ofrenda personal y comunitaria y con intención reparadora.
Este libro mantiene su importancia histórica, en cuanto contiene las oraciones escritas para los dehonianos con el fin de dar un culto especial al Corazón de Jesús. Por su sintonía con el dogma y las prescripciones de la Iglesia es vehículo de una tradición espiritual, que anima el carisma de vida religiosa recibido por nuestro Fundador, en un contexto histórico-cultural, y que continúa en los que compartimos su carisma a través del tiempo. En él podemos descubrir una historia, un camino y una pretensión.
Así pues, en el presente trabajo presentamos algunos elementos orientadores que pueden ayudar a profundizar dehoniamente en la escucha de la Palabra de Dios (CST 77), la celebración de la Eucaristía (CST 80)4, de la Liturgia de las Horas (CST 79c-a.), así como de dos de los elementos más característicos de nuestro carisma hecho oración: el Acto de oblación y la Adoración eucarística (cf. DG 79c).
2. Fuentes


    • Regla de vida

A. Palabra de Dios: CST 17, 57 y 77




CST


17

Fieles a la escucha de la Palabra y al compartir del Pan, estamos invitados a descubrir cada vez más la Persona de Cristo y el misterio de su Corazón y a anunciar su amor que excede todo conocimiento.


57

Prestamos atención a lo que el Espíritu nos sugiere mediante la Palabra de Dios recibida en la Iglesia y por los acontecimientos de la vida.


77

Nos ponemos con frecuencia a la escucha de la Palabra de Dios.

B. Eucaristía: CST 5, 80 y 81

DG 69.4, 80.1, 81 y 83.1


CST





DG

5

[Esta adhesión a Cristo] se expresa y se concentra en el sacrificio eucarístico, de modo que toda su vida viene a ser una misa perpetua (cf. Couronnes d’amour, III, p. 119).





69.4

Todos los años, en la semana que sigue a la conmemoración de los difuntos, todos los sacerdotes celebrarán una misa por todos los difuntos de la Congregación, y los otros religiosos participarán en la Eucaristía por la misma intención.


80

Toda nuestra vida cristiana y religiosa encuentra su fuente y su cumbre en la Eucaristía (cf. LG 11). La celebración del memorial de la muerte y de la resurrección del Señor es para nosotros el momento privilegiado de nuestra fe y de nuestra vocación de Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.





80.1

Para expresar mejor el sentido de la Eucaristía, en la medida de lo posible, cada comunidad favorecerá la concelebración.


81

Llamados a participar diariamente en el sacrificio de la nueva Alianza, nos unimos a la oblación perfecta que Cristo presenta al Padre, a fin de participar en ella con el sacrificio espiritual de nuestra vida. […] Testamento del amor de Cristo que se entrega para que la Iglesia se realice en la unidad y anuncie así la esperanza para el mundo, la Eucaristía repercute en todo lo que somos y en todo lo que vivimos.





81

Al Padre Dehon le gustaba tener una intención reparadora en su Eucaristía diaria. Con ese mismo espíritu, intentaremos dar a nuestra celebración eucarística ese sentido particular de nuestra vocación, y de vez en cuando celebraremos con esta intención.










83.1

1. Cada casa tendrá su oratorio donde se celebrará y conservará la Eucaristía (cf. Can. 608).

C. Oración:



[Nota: Como recordatorio global, de todas las dimensiones de la vida de oración, incluimos las referencias a la oración en general y la personal que aparecen en la Regla de Vida]


    1. Oración en general: CST 78, 79 y 144




CST


78

Acogiendo el Espíritu que ruega en nosotros y viene en ayuda de nuestra debilidad (cf. Rm 8, 26ss.) queremos alabar y adorar, en el Hijo, al Padre que cada día realiza entre nosotros su obra de salvación y nos confía el ministerio de la reconciliación (cf. 2 Co 5,18). […] Haciéndonos progresar en el conocimiento de Jesús, la oración estrecha el lazo de nuestra vida común y la abre constantemente a su misión.


79

Así como Jesús se complacía en conversar con el Padre, nosotros nos reservamos tiempos de silencio y de soledad, para dejarnos renovar en la intimidad con Cristo y para unirnos a su amor a los hombres.


144

Seguros de la indefectible fidelidad de Dios, enraizados en el amor de Cristo, sabemos que nuestra elección de la vida religiosa, para que permanezca viva, exige el encuentro con el Señor en la oración, la disponibilidad de corazón y de actitud para acoger el HOY DE DIOS.





    1. Oración personal: CST 79 y 104




CST


79

Sin el espíritu de oración, la plegaria personal se debilita […], Además, cada uno se procurará un tiempo suficiente de oración cotidiana, según las orientaciones del Directorio de su Provincia y la recomendación del Fundador: Para afianzaros en la vida interior, dedicaréis todos los días media hora a la oración mental por la mañana y media hora a la adoración reparadora (Test. Esp.)


104

Todo religioso renovará frecuentemente en la oración su conciencia de estar consagrado a Dios; y se preguntará cómo responder fielmente a esta consagración, en las cambiantes circunstancias de la vida.





    1. Oración comunitaria - Liturgia de las Horas: CST 79 (en la formación: 91 y 92)




CST


79

Sin la oración comunitaria, la comunidad de fe languidece. […]
a. Cada comunidad cuidará del fijar los tiempos y las formas de su plegaria común, que expresan el espíritu de nuestra vida religiosa y nos hacen participar en la oración de la Iglesia, especialmente mediante la liturgia de Laudes y Vísperas.


91

Todos los miembros de la comunidad, colaborando lealmente y respetando la función de cada uno, se esforzarán en crear comunión de vida, en un clima de oración, de trabajo y de servicio apostólico.


92

[La comunidad] le hará participar en el convivir comunitario y se esforzará en ser un estímulo para que él se forme en la vida de oración; así, por una reflexión continua y proporcionada a su nivel evolutivo, el candidato asumirá la responsabilidad de su formación, aprendiendo a discernir la voluntad de Dios y a responder a ella.


D. Acto de oblación: CST 58

DG 79c


CST





DG

58

Para el Padre Dehon, el Ecce venio (Hb 10, 7) define la actitud fundamental de nuestra vida, hace de nuestra obediencia un acto de oblación y configura nuestra existencia con la de Cristo, para la redención del mundo y para la gloria del Padre.





79c

En comunión con la plegaria de la Iglesia, nuestra oración cotidiana toma su inspiración propia del espíritu de la Congregación, en particular mediante el acto de oblación y la adoración eucarística.

E. Adoración eucarística: CST 31, 79, 83 y 84



DG 34, 79c y 83.2


CST





DG

31

Para el Padre Dehon, pertenece a esta misión, en espíritu de oblación y de amor, la adoración eucarística, como un auténtico servicio a la Iglesia (cf. NQ 1.3.1893).





34




79

b. Además, cada uno se procurará un tiempo suficiente de oración cotidiana, según las orientaciones del Directorio de su Provincia y la recomendación del Fundador: Para afianzaros en la vida interior, dedicaréis todos los días media hora a la oración mental por la mañana y media hora a la adoración reparadora (Test. Esp.)





79c

1. En comunión con la plegaria de la Iglesia, nuestra oración cotidiana toma su inspiración propia del espíritu de la Congregación, en particular mediante el acto de oblación y la adoración eucarística.


83

En la adoración, estrechamente unida a la celebración eucarística, meditamos las riquezas de este misterio de nuestra fe, para que la carne y la sangre de Cristo, alimento de vida eterna, transformen más profundamente nuestra vida. […] Con la adoración eucarística respondemos a una exigencia de nuestra vocación reparadora, y deseamos alcanzar una unión más profunda con el sacrificio de Cristo para la reconciliación de los hombres con Dios.





83.2

2. La fundación de «casas de adoración» fue un deseo siempre acariciado por el Padre Dehon. En ellas veía un aspecto de la misión de la Congregación. Prestaremos atención a este deseo, que puede corresponder a la necesidad sentida en la Iglesia actual de suscitar «casas de oración».


84

El culto eucarístico nos hace estar atentos al amor y a la fidelidad del Señor en su presencia en nuestro mundo. Asociados a su acción de gracias y a su intercesión, estamos llamados, de por vida, al servicio de la Alianza de Dios con su Pueblo, y a trabajar por la unidad entre los cristianos y entre todos los hombres. […] De este modo queremos responder a la invitación, al encuentro y a la comunión que Cristo nos dirige en este signo privilegiado de su presencia.














    • Algunos escritos del P. Dehon

A. Palabra de Dios




Fuente





Texto

CAM: OSP 2, 261-262





Algunas consideraciones sobre el Evangelio
El Evangelio es, como la Sagrada Eucaristía, el sacramento del Corazón de Jesús. Este divino Corazón está ahí, bajo la letra, escondido con su amor y sus tesoros de gracias; sus palabras son espíritu y vida. Nosotros debemos amar y estudiar todos los Evangelios, pero hay uno por el cual nosotros debemos apasionarnos: el de san Juan. Por tanto, para tener buen resultado en la predicación, lo principal no es estudiar a Massillon, Bourdaloue y Bossuet o, con más razón, los autores absolutamente profanos como Cicerón o Quintiliano. Es preciso estudiar al Sagrado Corazón en el Evangelio: está todo ahí.
Recordemos las promesas hechas por Nuestro Señor a aquellos que predicasen la devoción al Sagrado Corazón. Estas promesas son infalibles. Tengamos una confianza absoluta. Esta confianza puede producir milagros. Aquellos que trabajan por la salvación de las almas, decía Nuestro Señor a la Beata, tendrán el arte de tocar los corazones más endurecidos y trabajar con un éxito maravilloso, si ellos mismos estuviesen penetrados de una tierna devoción a mi divino Corazón.
Meditemos y desarrollemos las bellas páginas de San Juan5 sobre el regreso del hijo pródigo, sobre la resurrección de Lázaro, sobre las bodas de Caná, sobre la conversión de la Samaritana. Estudiemos estas parábolas del Buen Maestro sobre el Buen Pastor, sobre la Viña mística y las efusiones de su Corazón en el discurso tras la Cena. Todas estas enseñanzas tienen una eficacia particular. Brotan directamente del Corazón de Jesús.


CAM: OSP 2, 274





Sus parábolas
Lee, en el Evangelio, las profundas parábolas en las que Nuestro Señor expresa su misericordia. ¿Tendrá el buen pastor un corazón de juez, que ofrece todos sus cuidados a algunas ovejas fieles y deja que se pierda la pobre oveja perdida? Por el contrario, por una aparente revolución de toda la justicia, deja a las ovejas fieles para correr detrás de la oveja desafortunada y la trae sobre los hombros. Nosotros vemos lo mismo en la parábola de la dracma perdida. Y, cuando el hijo pródigo regresa a casa paterna, ¿encuentra un corazón de Juez, decidido a dar toda su ternura al hijo más viejo, que no lo abandonó, y a expulsar de su presencia al hijo ingrato? No, por una nueva revolución de la justicia, concede todos sus favores al culpado y parece dejar al hijo que le permaneció fiel, alejamiento que el más viejo le reprueba formalmente. El pobre herido en el camino de Jerusalén a Jericó ve pasar ante sí muchos jueces; estos son del parecer que es preciso dejarlo en su aflicción, que está bien en su lugar, que se sufre por su culpa, que bien lo mereció por causa de sus pecados; pero, en cuanto al buen samaritano, ese no tiene un corazón de juez, sino un corazón de padre, de hermano, de amigo. Y vosotros, ¿sabéis quién es el buen samaritano? Es Jesús.
Nosotros debemos predicar esta misericordia del Sagrado Corazón por los pecadores, en el creer firmemente y practicarla. Acordémonos de que una sola imagen de este divino Corazón por sí solo puede ser suficiente para convertir los pecadores. Podemos también tener confianza que un hijo, que se consagrase seriamente a este divino Corazón, no se podría perder: “Eum qui venit ad me non ejiciam foras: ¡A quien venga a mí, no lo rechazaré!”. La misericordia del Sagrado Corazón lo reconducirá al redil antes de la muerte.

B. Eucaristía




Fuente





Texto

CAM: OSP 2, 419-420





La presencia eucarística de Nuestro Señor es una extensión de la Encarnación
No encontrándose más sobre esta tierra la humanidad santa, la fuente de la gracia parece agotada, o transferida a una inconmensurable distancia de nosotros. Porque, lo sabemos bien, toda la gracia es producto del Sagrado Corazón de Jesús, brota de Él como la sangre material; se identifica con su sangre y su amor. Pero, si este Corazón se apartaba de nosotros, igual que nos dejó los otros sacramentos, ¡qué soledad se haría para nosotros aquí abajo! ¡Qué aislamiento! ¡Qué vacío! ¡Nuestro tierno hermano, nuestro amigo ya no estaría ahí con nosotros! ¡Su Corazón de hombre ya no escucharía directamente nuestros suspiros y nuestras lágrimas! ¿En qué nos convertiríamos?
Pero su tierno Corazón supo arreglarlo todo para permanecer siempre con nosotros, inventó el sacramento del amor. No vemos a Jesús, pero Él está ahí; solo las pequeñas apariencias eucarísticas nos separan de Él, y tenemos la fe para penetrarlas, y tenemos un corazón que vuela al Corazón de Jesús, haciendo más compasivo que nunca el Corazón de nuestro hermano y de nuestro amigo. Así es como el Corazón de Jesús cumple su promesa: “No os dejaré huérfanos”.Así es como la Eucaristía continúa el misterio de la Encarnación y multiplica por todas partes Belén y Nazaret. La Eucaristía hace al mismo Señor más próximo a nosotros que el misterio de la Encarnación y, cuando reflexionamos bien en esto, vemos que Él no se apartó del hombre por la Ascensión sino para estar más cerca de él por la Eucaristía, porque las condiciones de la vida mortal no permitían al Salvador hacerse presente en todos los puntos del espacio, en todo el corazón que lo amase y que desease su visita, pero su vida gloriosa le permite la omnipresencia del amor; su Corazón está en todas partes, lo encontramos en todos los santuarios y, si nuestra ligereza y nuestra indiferencia no impidiesen las efusiones de este amor insaciable en el don de sí mismo, se nos permitiría, como a los primeros creyentes, guardarlo en nuestras casas y llevarlo siempre en nuestro corazón. Tal había sido la condescendencia de este Corazón generoso, si la Iglesia no hubiese tomado, en cierto modo contra Él mismo, el cuidado del respeto que le es debido.
Pero si este privilegio no se nos concede, podemos, sin gran fatiga y cuando quisiésemos, a toda hora del día y de la noche, aproximarnos al Corazón eucarístico, hablarle, abrirle todo el corazón, atraerlo a nosotros y hacer de Él todo lo que quisiésemos. Porque, en la santa Eucaristía, su Corazón se hizo dependiente de nosotros, pero más aún de lo que era en Belén y en Nazaret. Es, ciertamente, fácil coger un niño, abrazarlo y acariciarlo, pero es aún 420 más fácil tomar un pequeño pedazo de pan, colocarlo donde se quiera. Y, cuando se piensa que, bajo esta débil apariencia, justamente el Corazón de Jesús está ahí, cuando se piensa en este amor que quiso hacerse dependiente de nosotros hasta este punto, ¡cómo no llorar, como hacía el santo Cura de Ars, exclamando: “Hago de Él lo que quiero, lo coloco donde quiero!” Porque el privilegio de disponer de la humanidad santa se hizo uno de los más preciosos privilegios que pueden tener las manos sacerdotales. Pero es meditando en la vida eucarística escondida como nos será permitido profundizar este prodigio de amor. Para hoy, nos basta verificar este primer punto.
Por la santa Eucaristía, la Encarnación se multiplica en todos los puntos habitables de la tierra; en toda parte donde nos es dado dirigir nuestros pasos, encontramos el Corazón de nuestro hermano y de nuestro amigo, siempre preparado para recibirnos, siempre preparado para consolarnos, siempre dispuesto a colmarnos de gracias, a iluminarnos, a levantarnos y a perdonarnos. Así, en esta nueva Encarnación, es sobretodo el Corazón de Jesús el que está presente; Él esconde todo el resto, su divinidad, su humanidad, para dejar ver mejor su Corazón; y, si los ojos del cuerpo no pueden ver, como lo ven los ojos del corazón y ¡cómo saben penetrar los velos que lo envuelven! ¡Ah! ¡Por qué no nos es concedido multiplicar también nuestro corazón para dar a este Corazón que se multiplica por nosotros! Por lo menos, arranquemos nuestros pensamientos, nuestros afectos al mundo, a nosotros mismos, para darlos todos al único Corazón que nos ama; y, si no podemos superarlo, ni siquiera igualarlo en amor, al menos que todo nuestro amor le pertenezca, todo, absolutamente todo; y aún, tras esto, digamos que no somos sino siervos inútiles.


CAM: OSP 2, 486-487





La santísima Misa
Ya hablamos de la dignidad y del mérito infinito de la santísima Misa. El sacrifício eucarístico es el acto soberano de amor, de reparación y de acción de gracias, al mismo tiempo que es un acto de oración.
Formulemos la intención de ofrecer siempre la santa misa para la mayor gloria y el mayor amor del Sagrado Corazón de Jesús, juntamente con la intención especial de cada día.
Asociémonos de todo corazón al Sagrado Corazón de Jesús que se ofrece y se inmola a su Padre. Por el resto, el Sagrado Corazón de Jesús no es más que el amor, la reparación y la acción de gracias vivas y encarnadas. Esta asociación se hace de un modo más o menos perfecto, conforme lo quisimos, con más o menos fuerza, más o menos amor. Todo nuestro corazón debería abismarse en esta unión sacerdotal al Sagrado Corazón de Jesús, sacerdote y víctima. Es el ejercicio más sublime, más fecundo, lo que nos sustrae más a nosotros mismos y las criaturas, y que obtiene siempre su efecto, desde que estamos en estado de gracia.
La unión al sacerdocio del Sagrado Corazón de Jesús, la ofrenda sacerdotal que de Él hacemos y de nosotros mismos con Él, su es hecha con un amor real y una gran confianza, apaga en un instante todos nuestros pecados veniales, porque es un acto de amor perfecto; paraliza nuestras más disposiciones y nos dispone a prestar, de hecho, una enorme gloria, un enorme amor y una eficacísima reparación al Sagrado Corazón de Jesús.
Ex opere operato, toda la Misa, igual que fuese celebrada por un padre indigno, es esencialmente un acto infinito de amor, de reparación y de acción de 487 gracias de parte de Nuestro Señor; pero cuando nosotros nos asociamos a estas disposiciones sacerdotales del Sagrado Corazón de Jesús, a través de un acto positivo y personal, obtenemos ex opere operantis, gracias incalculables destinadas a formar el Corazón místico de Jesús en la Iglesia.
Como dijimos, es como hace la santísima Misa sea nuestra devoción especial y nuestro elemento. ¿Tal vez tengamos mucha negligencia para reprobarnos a este respecto? Estemos convencidos de que su corrección será uno de los frutos más excelentes de este retiro. Pero para volver muy real a nuestra unión al Corazón sacerdotal de Jesús, es necesario que estemos unidos a Él por el ejercicio de la contemplación continua.


DSP II. 1. 5




En la Eucaristía, el Señor nos ofrece el modelo de nuestra vida interior. Allí es su vida, principalmente, una vida escondida, silenciosa, amante, sacrificada. Así ha de ser también la nuestra.
La Eucaristía es, a la vez, un sacrificio y un sacramento; es también el medio por el que el Señor vive con nosotros y reina entre nosotros. Diariamente se ofrece el sacrificio eucarístico sobre el altar y ante la cruz. Allí el Señor nos da ejemplo de sacrificio y de inmolación.
Él desea darse a nosotros en la sagrada comunión. Se convierte voluntariamente en el alimento de nuestras almas, anhela el momento de entregarse. También nosotros debemos desear con avidez recibirlo.
Jesús pone sus delicias en vivir entre nosotros, y para ello se expone a todos los olvidos e incluso a todos los ultrajes. Nos invita a visitarle con confianza y con amor. ¿Amamos ardientemente sus altares y sus tabernáculos? ¿Le visitamos con gusto? ¿Le manifestamos con alegría al pie de sus altares nuestro amor, nuestro agradecimiento, nuestra compasión? Passer invenit sibi domum, altaria tua, Domine virtutum [Hasta el gorrión ha encontrado una casa…, tus altares, Señor de los ejércitos] (Sal 83,4).
Él desea santuarios en los que esté expuesto a la veneración y donde sea visitado, amado y consolado. ¿Tenemos también nosotros el mismo deseo? Si dedero somnum oculis meis donec inveniam locum Domino, tabernaculum Deo Jacob [No daré sueño a mis ojos…, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob] (Sal 131,4-5).
El salmista, al recordar los beneficios con los que Dios le había colmado, a él y a su pueblo, y previendo los que Dios destinaba al pueblo elegido de la nueva alianza, exclamó: Quid retribuam Domino pro omnibus quae retribuit mihi? [¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?] (Sal 115,12). Y él mismo se contesta: Calicem salutaris accipiam et nomen Domini invocabo [Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor] (Sal 115,13). La santa Iglesia aplica estas palabras principalmente a los sacerdotes, a quienes ha sido otorgado el honor, la dicha, la sublime dignidad de tomar entre sus manos el cáliz de la Nueva Alianza, el cáliz lleno de la sangre del Hombre-Dios, de la sangre del Cordero-Víctima que quita los pecados del mundo. Esto ocurre cada vez que el sacrificio del Calvario se renueva de una manera incruenta sobre el altar; cuando la víctima, el mediador entre Dios y los hombres, se ofrece de nuevo por las manos del sacerdote y se inmola a su Padre celestial.
El sacerdote debe unirse a este sacrificio, el más sublime, el más puro y el más santo de todos, y ofrecerse a sí mismo como víctima.
No obstante, las palabras del salmista se aplican también a todas las almas que quieren seguir al Señor y hacerse víctimas con él, a ejemplo suyo y por su amor. En este sentido, el Señor dijo antes de su pasión: “El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?” (Jn 18,11). Y durante su agonía: “Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mi este cáliz: pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres” (Mt 26,39). Así, pues, el cáliz de los sufrimientos, de las angustias y de la muerte, el cáliz del sacrificio, del abandono y de la inmolación, que al mismo tiempo es el cáliz de la salvación, no es otro que el mismo que hemos de aceptar en reconocimiento de los beneficios del Señor, de nuestro Dios y Redentor .

“Tomaré el cáliz de la salvación e invocaré el nombre del Señor” (Sal 116,13); pediré su ayuda, su gracia, su fortaleza para beber este cáliz, tan amargo a la debilidad humana, y beberlo hasta las heces. Debemos invocar el nombre del Señor y su asistencia, no sólo para nosotros mismos sino también para todos nuestros hermanos, de modo que este cáliz sea para todos un cáliz de salvación y a todos se extienda su eficacia. Vemos al Señor en su agonía dirigir a su Padre celestial una súplica humilde, llena de confianza filial y de entera sumisión, y su oración fue escuchada: un ángel vino del cielo a confortarle.


El Evangelio menciona también el cáliz, cuando la madre de los apóstoles Juan y Santiago vino a pedir al Señor que sus hijos se sentasen a su derecha y a su izquierda. Jesús respondió a los dos discípulos: “No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Contestaron: lo somos. Él les dijo: mi cáliz lo beberéis, pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre” (Mt 20,22-23). Por lo tanto, los asientos en el reino de Dios serán distribuidos conforme se haya tomado parte en el cáliz de los sufrimientos del Señor, en el cáliz del trabajo, de la ignominia, del sacrificio, que él mezcla y da a beber a cada uno. Los dos apóstoles bebieron y participaron del cáliz de su divino Maestro.
Es sabido de qué manera lo bebió el discípulo amado; bebió el cáliz de dolores en toda su plenitud, pero también bebió largamente el cáliz del amor divino en el Corazón de su Dios. Su hermano Santiago fue el primero entre los apóstoles al que cayó en suerte el dar su vida como víctima por la doctrina de nuestro Señor, por su nombre y por puro amor a él.




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