Capítulo 10 Vaivenes de la transferencia Julia Martin, Nicolás Maugeri, Diana Lozano y Selika Ochoa de la Maza


Tercera posición: paradojas del legado freudiano



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Tercera posición: paradojas del legado freudiano


Hemos visto que aún cuando Freud desaconseja el tratamiento analítico de las psicosis en razón del impedimento que circunscribe a la cuestión de la transferencia, no sólo se aboca al estudio de produc- ciones psicóticas sino que también recibe a dichos pacientes y ensaya su curación. Por otro lado, no resigna su optimismo en cuanto al tratamiento con psicóticos, puesto que piensa que el fruto de las investigaciones con ellos es susceptible de transformarse en un "poder hacer terapéutico" (Freud, 1916-1917: 234). Asimismo, nos encontramos con casos problemáticos que hacen sugerir la existencia de elementos que operaban de obstáculo para que Freud pudiera pensar a algunos casos como perte- necientes al campo de las psicosis, sobre todo en aquellas presentaciones que se avenían a la transfe- rencia con él, consintiendo a su método. 114

Las Memorias de un enfermo nervioso (Schreber, 1903) llegan a Freud en 1910 de la mano de Jung. Es así como las menciones sobre Schreber pueden encontrarse en la correspondencia entre ambos a partir del 17 de abril de 1910. No creemos que es una cuestión menor lo que ocurre entre Jung y Freud para el destino de las psicosis en el edificio freudiano: los alcances de la disputa personal inciden en la teoría en más de una ocasión.115 Todavía así, Freud no deja de tomar el texto de Schre- ber en clave analítica. A pesar de toda su renuencia al análisis con psicóticos, Freud deja a un lado el costado psiquiátrico del historial de Schreber para tomar su palabra testimoniada, intentando ubicar las coordenadas de su padecimiento, tal como hacía en sus historiales más clásicos y “neuróticos”.

Posteriormente, y sosteniendo la tesis sobre la imposibilidad transferencial de la psicosis, a pesar de las contradicciones ya señaladas sobre su ausencia y exceso en diversos momentos del proceso psicó- tico, en “Sobre un caso de paranoia que contradice la teoría psicoanalítica” (1915b), Freud confirma su hipótesis de que cierta economía de las mociones homosexuales resulta patognomónica de la para- noia. Se trata de una dama que consulta a un abogado, y éste, bajo la sospecha de que se trata de un conflicto patógeno, pide a Freud que vea a la muchacha, quien presenta como perseguidor a un hom- bre que la corteja. Como en Schreber, Freud vuelve a tomar en consideración un complejo de lazos libidinales, pero en este caso las cosas se reconducirán al complejo materno, verificando su tesis sobre la homosexualidad, y el juego de transferencias que posibilita la sustitución del objeto edípico por otro que lo rememora (Freud, 1915b: 266). En este caso en particular resalta que en realidad del primer objeto perseguidor –una anciana del trabajo que es su jefa y sabría de los encuentros con este hombre, y que haría recordar a su madre- se produce un desplazamiento hacia un objeto masculino -el hombre que la corteja-, en virtud del vínculo que los liga. Inicialmente, tanto con la anciana como con el hom- bre, se observa una transferencia de amor que se muda a un tono sentimental persecutorio.

Si bien la paciente anterior no es estrictamente analizante de Freud (Freud, 1916-1917: 387), en

“Sobre los mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad” (1922) menciona dos casos de paranoia que sí fueron tratados por él, excediendo al tratamiento de ensayo. Esto a pesar del pronunciamiento en contraposición a la intervención analítica en la psicosis que promulgara en 1912. El primer caso es diagnosticado por el creador del psicoanálisis como una paranoia de celos, mientras que el segundo como una paranoia persecutoria potencial. En palabras de Freud "probablemente no se habría clasificado en ausencia de análisis como paranoia persecutoria, pero me vi forzado a concebir a este joven como un candidato a ese desenlace patológico" (Freud, 1922: 219).

Interpretando al primero según la lógica que venía sosteniendo de la defensa contra el avance de la libido homosexual, Freud resalta la figura de un padre ausente y un temprano trauma homosexual. Desarrolla que todo marchaba bien hasta que, consecutivamente a una infidelidad cometida por el pa- ciente, "estallaron en él unos celos […] con los que pudo apaciguar los reproches que se hacía a causa de su infidelidad" (Freud, 1922: 221). Afirma Freud que una moción homosexual cuyo objeto era el suegro agravó el cuadro deviniendo una franca paranoia de celos. Si bien interpreta la inversión del afecto de amor a celos a partir de un conflicto de ambivalencia y continúa sosteniendo la concepción que supone la transferencia de una moción de amor materna hacia la esposa como objeto sustituto, no agota el esclarecimiento de la incidencia del avance de la libido homosexual en el caso. A su vez, y en relación con el análisis de los sueños, revela que los mismos se presentan exentos de delirio, conclu-





114 Véase el caso del hombre de los lobos en el capítulo 5 y el caso de la dama de los alfileres en el capítulo 8. 115 Véase un comentario al respecto en el capítulo 3.

yendo que "la paranoia no se introduce en los sueños" (Freud, 1922: 221). Por otro lado, señala que el análisis opera como aquel ámbito al que el paciente "podía acudir…para justificar sus celos" (Freud, 1922: 221).

En el segundo caso, enfatiza la relación de ambivalencia del paciente con su padre. Relación que, seña- la, obstruyó la salida hacia la mujer a raíz de la culpa que ocasionó al hijo el fallecimiento del progenitor. Por otro lado, es de destacar que el paciente no da crédito a sus pensamientos de persecución si bien el conte- nido persecutorio es representado en sus sueños a partir de figuras que reconoce como subrogados del padre. Freud interpreta la falta de valor atribuida a estos pensamiento a partir de la incidencia de un factor cuantitativo, es decir "el grado de investidura que estos productos puedan atraer sobre sí" (Freud, 1922: 222), pero cabría cuestionar el estatuto de estos pensamientos para el paciente.

Reintroduciremos aquí el problema de algunos diagnósticos en Freud. Como hemos señalado, ya en Estudios sobre la histeria (1893-1895) se hallan las primeras experiencias de Freud con presenta- ciones que él ubica en el orden de la tercera forma de neuropsicosis de defensa. Pero además de los casos que hemos presentado, están aquellos difíciles donde si bien Freud no duda en ubicar en el campo de la histeria, es posible poner en cuestión el diagnóstico a la luz de pensar la sintomatología y su lugar en la economía libidinal. Por ejemplo, el caso de Emmy von N., paciente con la que interviene a través del método catártico. Dentro de una constelación de síntomas diversos -somáticos, desazón, insomnio, abulia, fórmulas protectoras, entre otros- distinguimos algunos aspectos del caso que, consi- deramos, quizás no fueron suficientemente apreciados por Freud.

Según relata, la enfermedad data de 16 años atrás cuando, consecutivamente a la muerte súbita del marido, la mujer comienza con ideas persecutorias relativas a los parientes de éste que habrían difun- dido la idea de que fue ella quien lo envenenó. La paciente refiere haber recibido amenazas "con todos los procesos habidos y por haber" y quiere iniciar una investigación ya que un escritor "[…] enviaba a rondar unos agentes que le andaban al acecho, hacía publicar artículos calumniosos contra ella en los periódicos locales y luego le mandaba los recortes. De entonces le venía su aversión a la gente y su odio a todos los extraños" (Freud, 1893-1895: 84). A su vez Freud agrega, respecto al estado de la paciente luego de este suceso, que la paciente vivía en una extrema soledad, desconfiando de todos debido a las persecuciones de los parientes (Freud, 1893-1895: 120). Si bien Freud nos advierte que de estas ideas se desprende el "miedo a las personas" y resalta la desconfianza como rasgo que acompaña su vínculo con los otros, no se detiene en el estudio del estatuto de dichos pensamientos.

Por otro lado, en un período crítico del primer tratamiento con Freud encontramos la presencia de alucinaciones visuales y auditivas -"un ratón monstruo le corrió de repente sobre la mano y luego desa- pareció de pronto… ¿no escucha ud. los cascos de los caballos en el circo?" (Freud, 1893-1895: 84), entre otras- que, si bien para Freud consisten en "conclusiones tontas" (Freud, 1893-1895: 114), la paciente no duda en afirmar que "eso fue real" (Freud, 1893-1895: 84). A esto se suma la presencia de "graves reproches por ínfimas negligencias", "reminiscencias martirizadoras", "inclinación a empeque- ñecerse a sí misma" (Freud, 1893-1895: 86) que Freud procura suprimir mediante la instrucción. Finali- zado el primer tratamiento la paciente retorna al mismo a partir de un estado de "revoltijo en la cabeza" al que la misma define como una "frecuente confusión" (Freud, 1893-1895: 98). En este período su estómago se ve "arruinado" (Freud, 1893-1895: 101) a raíz de la indicación freudiana de tomar agua, lo que deriva en un resquebrajamiento de la transferencia. Tiempo después de la conclusión del segundo tratamiento, afirma Freud, si bien muchos de los síntomas no habían sufrido remisión, subsiste sobre todo lo que él llama "rasgos básicos de carácter" que se organizan en torno al "automartirio" (Freud, 1893-1895: 103). A su vez, este período es acompañado por la caída de la transferencia, sustrayéndo- se la paciente de los influjos de la hipnosis. Asimismo, posteriormente, solicita a Freud que la autorice a ser hipnotizada por otro médico a raíz de un nuevo agravamiento de su estado. De esta manera, Emmy se despide del creador del psicoanálisis según su "habitual mezcla de acatamiento y desconfianza" (Freud, 1893-1895: 97). Teniendo en cuenta estos elementos clínicos, sobre los cuales no encontra- mos una suficiente indagación, se ha discutido el diagnóstico de Emmy (Roudinesco y Plon, 1997).

Respecto a los alcances del tratamiento, dado que el logro terapéutico en este momento estaba da- do por el levantamiento de los síntomas a partir de la sugestión y la educabilidad del paciente, el caso pone en jaque las maniobras terapéuticas según los efectos conseguidos. En una nota al pie de ese mismo historial, Freud comenta el caso de una joven muchacha a la que interpreta como histérica, con un agregado del año 1924 donde aclara que algunos años después su neurosis se mudaría en una dementia praecox. En esta ocasión, Freud acepta el cambio de diagnóstico.

Asimismo debemos mencionar dos casos analizados por Freud que han sido considerados en estu- dios posteriores -y aún en el presente libro- como casos problemáticos: "el Hombre de los Lobos" y "la

Dama de las Alfileres".116 En ambos, al proceso terapéutico con Freud le siguió una desmejora de los pacientes que pone en cuestión la dirección de la cura y la eficacia del psicoanálisis. A esto se agregan investigaciones ulteriores que reformulan el diagnóstico efectuado por el creador del psicoanálisis abo- gando por el de psicosis. Debemos recordar que para Freud el caso del hombre de los lobos es diag- nosticado como una "neurosis obsesiva mal curada", mientras que el de la dama de las alfileres como una "neurosis obsesiva grave e incurable". Respecto a la transferencia, creemos encontrar un punto ciego en la posición de Freud. El hombre de los lobos se localiza como hijo predilecto y garante de la teoría freudiana, posición que Freud ratifica (Erbetta y Varela, 2013). La dama de los alfileres retorna insistentemente al análisis con Freud aun ante los intentos denodados del mismo por derivarla (Martin et al., 2013).

Si bien para Freud, el segundo caso no es permeable a la intervención analítica a diferencia del pri- mero, podemos considerar que la transferencia de Freud con los pacientes constituyó un punto de in- flexión que, no sólo no le permitió revisar el diagnóstico, sino que incidió en las posibilidades de manio- brar con la transferencia según vemos en sus efectos terapéuticos: reiteradas crisis subjetivas y recaí- das que sitúan al paciente en un análisis interminable en el primer caso (Erbetta y Varela, 2013); la pérdida del proceso vital con ideas de impureza que la forzaban al despliegue de extenuantes rituales de lavado y vigilancia externa en el segundo (Martin & al., 2013).

En otros términos:


[…] la intrusión de Freud en tanto sujeto… es la forma concreta que toma en este caso el fracaso de la destitución subjetiva del analista, acto imprescindible para alojar al paciente como sujeto en la cura analítica. Ahora bien, recordando las contraindicaciones de la te- rapia analítica en el criterio de Freud, podemos suponer que, en caso de haber llegado a un diagnóstico de psicosis, no hubiese tomado en tratamiento a este paciente (Lombardi, 2001: 6).
Por lo tanto si consideramos que "una de las formas de retroceder ante la psicosis consiste en re- troceder ante el diagnóstico de psicosis" (Lombardi, 2001: 8), la concepción freudiana que circunscribe la imposibilidad de transferencia, es decir, la imposible intervención analítica en el campo de las psico- sis, podría constituir un prejuicio que arroja sombras sobre un fondo de luces.

Encontramos que la psicosis fue introducida en el dispositivo analítico por el propio Freud, aún cuando lo contraindicara. Asimismo, cuando ya formuló su tesis donde localiza a la psicosis como neu- rosis no susceptible de transferencia, continúa sosteniendo una forma de la transferencia en la psicosis leída como reedición de complejo paterno o materno, solapando ambos términos, transferencia y repe- tición. Entender a la transferencia como repetición supone en términos freudianos:


[…] una especificidad determinada para el ejercicio de su vida amorosa, o sea, para las con- diciones de amor que establecerá y las pulsiones que satisfará, así como para las metas que habrá de fijarse. Esto da por resultado, digamos así, un clisé (o también varios) que se repite - es reimpreso- de manera regular en la trayectoria de la vida […] aunque no se mantiene del todo inmutable frente a impresiones recientes (Freud, 1912: 97-98).
En este sentido, la transferencia con el analista atenderá a un modelo preexistente en el paciente, es decir "insertará al médico en una de las ‘series’ psíquicas que el paciente ha formado hasta ese momento" (Freud, 1912: 98). Pero, siguiendo a Freud, si la transferencia por un lado constituye el mo- tor del análisis, por el otro se presenta como una resistencia. Será a partir del giro de los años ‘20 que Freud individualizará con mayor nitidez a la dimensión resistencial de la transferencia como un factor que puede conducir a la inercia psíquica. Las posibilidades de transferencia son, según el maestro, específicas de cada sujeto y salen al paso en la cura como resistencia.

Durante la misma época, Freud comienza a rectificar su concepción sobre la transferencia en la psi- cosis. En "Presentación autobiográfica" (1924) atribuye el insuficiente estudio de las psicosis a la "falta de perspectivas terapéuticas" (Freud, 1924: 56). Con esto refiere a que faltaría la transferencia positiva en la psicosis -o sea el motor del análisis-, lo que lo lleva a considerar otras formas de intervención. A lo que agrega que "a menudo la transferencia no está ausente de manera tan completa que no se pue- da avanzar cierto tramo con ella" (Freud, 1924: 56). Se destaca su naciente optimismo sobre el trata- miento analítico de la psicosis cuando agrega que "en las depresiones, la alteración paranoica leve, la esquizofrenia parcial, se han obtenido indudables éxitos con el análisis" (Freud, 1924: 56). Optimismo







116 Cf. capítulo 5 y 8 respectivamente.

que se ve replicado al resaltar su confianza en que el saber teórico recogido por él y sus contemporá- neos -Jung, Bleuler, Abraham- vea sus frutos prontamente en la práctica analítica.

Ya bien avanzada la obra de Freud, se ponen en cuestión las condiciones del análisis para toda forma del malestar. Freud tropieza con forzar las interpretaciones, en vez de manejar la transferencia, operador que introduce en su texto “Recordar, repetir y reelaborar” (1914b), escrito que resulta clave para el abordaje de casos graves, difíciles, pero también para los momentos duros del análisis de las neurosis que podemos llamar “más clásicas”, cuando se pone de plano el cierre del inconsciente y la vertiente real de la transferencia (Lacan, 1964). En definitiva, hay que formarse en la maniobra de la transferencia para conducir un análisis (Lacan, 1958: 564).

A partir de “Más allá del principio del placer” (1920) da razones al hecho clínico de la reacción tera- péutica negativa como "un refuerzo momentáneo de su padecer" (Freud, 1923: 50); así como la "roca" de la castración explicitada y desarrollada en “Análisis terminable e interminable” (1937a). De esta ma- nera se pone en evidencia que toda experiencia analítica, y no sólo la que pudiera realizarse con psicó- ticos, tiene un límite. Por lo tanto lo inanalizable en la psicosis es, en definitiva, un inanalizable entre otros.

La incredulidad de Freud respecto a la eficacia de la cura analítica sufre un incremento en “Análisis terminable e interminable” cuando afirma que "la eficacia profiláctica de un análisis (así como su resul- tado inmediato) dependería de consideraciones cuantitativas -vinculadas al relativo aumento que él hubiera generado en la robustez del yo y su relativo rebajamiento de la intensidad de las pulsiones" (Freud, 1937a: 216-217). Cae de este modo el argumento que enlazaba analizabilidad con promesa de curación.

Aún la transferencia, como vía óptima para el despliegue artificial de los conflictos inconscientes, ve coartada su posibilidad de operatoria cuando Freud, al interrogarse sobre las posibilidades de desper- tar un conflicto pulsional ausente con una finalidad preventiva, asevera que: "El analizado mismo no puede colocar todos sus conflictos dentro de la transferencia; y tampoco el analista puede, desde la situación transferencial, despertar todos los conflictos pulsionales posibles del paciente" (Freud, 1937a: 235).

No se agota aquí el examen de las limitaciones terapéuticas. Freud afirma que la situación analítica para llevarse a cabo requiere de una alianza entre el analista y el yo del analizado con el objeto de domeñar una exigencia pulsional, es decir, para integrarla en una síntesis del yo. En este caso la situa- ción de la psicosis no difiere respecto a la neurosis, ya que Freud desestima una diferencia radical en- tre el yo de uno y el del otro. En sus palabras:
El yo, para que podamos concertar con él un pacto así, tiene que ser un yo normal. Pero ese yo normal, como la normalidad en general, es una ficción ideal. El yo anormal, inutili- zable para nuestros propósitos, no es por desdicha una ficción. Cada persona normal lo es sólo en promedio, su yo se aproxima al del psicótico en esta o en aquella pieza, en grado mayor o menor, y el monto del distanciamiento respecto de un extremo de la serie y de la aproximación al otro nos servirá provisionalmente como una medida de aquello que se ha designado, de manera tan imprecisa, "alteración del yo" (Freud, 1937a: 237).
Estos diversos matices en la alteración del yo provienen de si dicha alteración es originaria o adqui- rida en la lucha defensiva.117 En el segundo caso, resalta, la posibilidad de intervención terapéutica resulta más alentadora, ya que la alteración del yo se adquirió en el curso del desarrollo del yo y su afán de mediar entre las exigencias del ello, de la realidad y, más adelante, del superyó; lo que nos permite entender a la alteración del yo como los efectos sobre el yo de la operación defensiva. Pero en la labor terapéutica, encontramos que los mecanismos de defensa empleados por el yo frente a peli- gros pretéritos se presentan del bando de las resistencias al restablecimiento, ya que "la curación mis- ma es tratada por el yo como un peligro nuevo" (Freud, 1937a: 240). Pero dado que estas resistencias son inconscientes, señala Freud, durante el levantamiento de las mismas el yo falta al pacto terapéuti- co contraído con el analista. En esta tarea se corre el riesgo de que se actualice la transferencia nega- tiva y se precipite la culminación del análisis. Por lo tanto, en este punto, resulta decisivo para la cura analítica "la intensidad y la profundidad del arraigo de estas resistencias de la alteración del yo" (Freud, 1937a: 241).

Es de destacar, debido a los interrogantes diagnósticos que suscita, que para ejemplificar clínica- mente la resistencia a la culminación de la cura Freud realice una referencia al primer tratamiento del hombre de los lobos. Manifiesta que, después de un período de estancamiento, ve resueltas las resis-







117 Este tema se ha desarrollado en detalle en el capítulo anterior.

tencias a través de la memorable maniobra de fijar un plazo para la terminación del tratamiento. Enton- ces escribe: "sus resistencias se quebraron, y en estos últimos meses pudo reproducir todos los re- cuerdos y hallar todos los nexos que parecían necesarios para entender su neurosis temprana y domi- nar su neurosis presente" (Freud, 1937a: 220).

Finalmente, y recién frente al inminente interrogante sobre los alcances de la intervención terapéuti- ca, advierte que en el análisis que realiza con Ruth Mack Brunswick los síntomas presentados por el paciente adquieren un estatuto paranoico que pone en juego remanentes transferenciales, dado que "algunos de esos ataques estaban referidos todavía a restos transferenciales; mostraron con nitidez, a pesar de su fugacidad, un carácter paranoico" (Freud, 1937a: 221).

Después de este recorrido podemos concluir que el genio de Freud lo condujo a iniciar la formaliza- ción de una experiencia con la que se enfrentó en más de un momento: los ensayos terapéuticos con sujetos psicóticos no le fueron ajenos, a pesar de sus propias resistencias, y es en ellas donde debe- mos buscar una parte de los atolladeros enunciados. Es esta posición paradojal, sintomática, la que fue motor y obstáculo en sus vaivenes con las psicosis. Lo que puede leerse en una primera lectura de la posición de Freud, es cierto hastío en lo que concierne a la cura de los pacientes psicóticos. Es decir, una vez más se trata no sólo de las dificultades o peculiaridades de estructura de las psicosis, sino también de la transferencia entendida con Lacan como lo que no sólo le acontece al analizante, sino también al analista, en suma, su contratransferencia es transferencia. Freud allí queda entrampado.

Dicho cansancio y rechazo se corrobora en varios registros historiográficos, que van desde sus co- mentarios sobre el famoso hombre de los lobos y el caso de la Sra.G. en la correspondencia epistolar con diversos discípulos, hasta la carta de Freud a Istvan, de 1928, donde explicita su intolerancia frente a los psicóticos:
Estimado doctor, habiendo advertido que olvidé agradecerle su último libro, espero que no sea demasiado tarde para reparar este descuido. No proviene de una falta de interés por el contenido o por el autor, cuya filantropía, por otra parte, he aprendido a estimar. Fue más bien provocado por reflexiones inconclusas que me siguieron preo- cupando mucho tiempo después de concluir la lectura del libro, lectura de carácter esencialmente subjetivo.

Mientras valoraba infinitamente su cálido tono, su comprensión y su modo de aborda- je, me encontraba sin embargo en una especie de oposición que no era fácil de com- prender. Finalmente tuve que confesarme que la razón era que no me gustan esos enfermos; en efecto, me enojan, me irrita sentirlos tan lejos de mí y de todo lo que es humano. Una intolerancia sorprendente que hace de mí más bien un mal psiquiatra. Con el tiempo, dejé de considerarme un sujeto interesante para analizar, mientras que me doy cuenta de que no es un argumento analíticamente válido. Por eso, sin embargo, no pude ir más lejos en la explicación de este movimiento de detención

¿Me comprende mejor? ¿No estoy conduciéndome como los médicos de antaño con respecto a las histéricas? ¿Mi actitud sería la consecuencia de una toma de posición cada vez clara en el sentido de la primacía del intelecto, la expresión de mi hostilidad hacia el ello? ¿O si no qué?118


Se lee aquí la honestidad de Freud enunciando su prejuicio respecto de las psicosis, el revés de su deseo por la histeria. Creemos que esta transferencia freudiana respecto de las psicosis, fortalecida por los avatares de la historia del movimiento analítico sobre todo respecto de la disputa con Jung, da ra- zones a gran parte del estancamiento que la apuesta analítica sufrió respecto de la posibilidad de aná- lisis de los psicóticos. Ello no impidió que ensayara su abordaje pertinazmente, que pusiera a hablar a Schreber haciendo de sus Memorias el punto de partida de una reflexión sobre esta estructura del suje- to, condición de posibilidad para lo que Lacan pudo después formular en su “Cuestión preliminar a todo tratamiento posible de las psicosis”; tampoco evitó que formulase al delirio como un intento de cura- ción, en subversión con lo que el orden psiquiátrico de la época proponía como desviación.

En este sentido, uno de sus últimos textos restituye al sujeto psicótico y sus producciones una dig- nidad homologable al padecer neurótico. En "Construcciones en el análisis" (1937b) introduce una va- riante al modo de concebir el delirio: en su núcleo supone un fragmento de verdad histórico-vivencial, de donde extraería su fuerza, a mismo título que las producciones neuróticas. De este modo:







118 Traducción de J-A Miller, 2008.

[…] probablemente valga la pena ensayar el estudio de los correspondientes casos pato- lógicos siguiendo las premisas aquí desarrolladas y encaminar también de acuerdo con ellas su tratamiento. Así se resignaría el vano empeño por convencer al enfermo sobre el desvarío de su delirio, su contradicción con la realidad objetiva, y en cambio se hallaría en el reconocimiento de ese núcleo de verdad un suelo común sobre el cual pudiera desarrollarse el trabajo terapéutico. Este trabajo consistiría en librar el fragmento de ver- dad histórico vivencial de sus desfiguraciones y apuntalamientos en el presente real- objetivo y resituarlo en los lugares del pasado a los que pertenece. En efecto, este tras- lado de la prehistoria olvidada al presente o a la expectativa de futuro es un suceso regu- lar también en el neurótico. […] Opino que tales empeños con psicóticos habrán de en- señarnos mucho de valioso, aunque el éxito terapéutico les sea denegado (Freud, 1937b: 269).


Cuidadoso señalamiento, que previene del furor curandis sobre el que Freud ya había hecho su crítica.

Se delinea de este modo un camino, diverso a la corrección del delirio o el pesimismo absoluto: se trata del pronunciamiento acerca de un tratamiento posible de la psicosis.







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