Capítulo 10 Vaivenes de la transferencia Julia Martin, Nicolás Maugeri, Diana Lozano y Selika Ochoa de la Maza


Segunda posición: la contraindicación



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Segunda posición: la contraindicación


Luego de las publicaciones conocidas como prepsicoanalíticas de 1894 y 1896 sobre las neuropsi- cosis de defensa, hubo que esperar hasta 1911 para que Freud volviera a ocuparse del tema de las psicosis en sus publicaciones, aunque no así en el intercambio epistolar con sus discípulos (por ejem- plo, cf. Freud y Abraham, 1907-1926). Cuando lo hace, sorprende que el material de análisis no sea un paciente de su casuística o de un colega, sino el testimonio de Daniel Paul Schreber, publicado como Memorias de un enfermo nervioso en 1903.

De allí que tenga que realizar consideraciones metodológicas sobre esta elección. Nos dice que en su práctica de consultorio a diferencia de la práctica que se realiza en hospitales, ve pocos psicóticos o los ve por poco tiempo, y por eso sólo excepcionalmente puede indagar en profundidad la estructura de la paranoia. Por otro lado, este tipo de pacientes muestran a cielo abierto por así decir, aunque con cierta desfiguración, lo que aparece como escondido en los neuróticos. Finalmente, los paranoicos dicen “sólo lo que quieren decir”, y por eso no se puede dirigir el tratamiento para vencer sus resisten- cias (Freud, 1911).



Ahora bien, ¿por qué Freud vería pocos psicóticos o los vería poco tiempo, teniendo en cuenta que, como vimos en el apartado anterior, publicó el análisis de una paranoica y comunicó a Fliess el análisis de otra? Es en la medida en que “nuestro tratamiento, afirma, tiene como condición el éxito terapéutico” (Freud, 1911: 11). Vemos aquí que para el análisis una condición es la de tener eficacia con respecto a cierta modificación de la relación entre el paciente y sus síntomas. ¿Cómo se puede obtener esta condición?

En primer lugar, debemos tener en cuenta que en términos de método, Freud ya no usa más que la asociación libre. Dicho método tiene eficacia sobre los síntomas a partir de llenar las lagunas del re- cuerdo que el relato del paciente presenta, o, desde el punto de vista del mecanismo psíquico, a partir de deshacer las represiones (Freud, 1904). Para ello se vale de las ocurrencias de los pacientes, que tienen el estatuto de un retoño de lo reprimido. Para la conexión entre la regla de la asociación libre y el pensamiento reprimido es necesaria la interpretación, que posibilitará finalmente vencer las resisten- cias que se oponen a la reproducción del recuerdo (Freud, 1904).

Pero: “La naturaleza del método psicoanalítico supone indicaciones y contraindicaciones, tanto con relación a las personas que deben ser tratadas cuanto al cuadro patológico” (Freud, 1904: 241). En cuanto a las personas que pueden ser tratadas, deben poseer cierta inteligencia y cierta ética. Además, no tener una edad muy avanzada, en donde es difícil contar con el tiempo necesario para las modifica- ciones que tiene como objeto el método. En cuanto a los tipos clínicos a los que se aplica, son los de la neurosis: histeria y neurosis obsesiva, excepto que estén en un periodo agudo, y entonces es necesa- rio esperar a que se encuentren en otro periodo, más calmo. El método además necesita de un estado psíquico “normal”, por lo que en momentos de depresión o confusión no está indicado. Y es en estos estados psíquicos “no normales” donde se ubican las psicosis (Freud, 1904).

En consecuencia, en los textos que se han dado en llamar prepsicoanalíticos Freud analiza psicóti- cos, pero no relaciona directamente las dificultades del tratamiento con el método. En cambio, en los textos ya analíticos no analiza psicóticos, pero vincula esta negativa con el método. En este punto nos preguntamos qué divorcio hay entre la “naturaleza del método” y la estructura de las psicosis, en tanto y en cuanto la posibilidad de la aplicación del método se ligará a la capacidad para la transferencia.

Antes de publicar el historial de Schreber, Freud justifica la aplicación del psicoanálisis a los niños con el caso del pequeño Hans (1909). Allí plantea que el análisis necesita del otro, dado que el psicoa- nalista va ofreciendo al paciente, en mayor o menor abundancia, representaciones expectativa que lo irán guiando para que pueda atrapar lo inconsciente, en tanto que el paciente solo no puede resolver más que perturbaciones leves (Freud, 1909). Pero advierte:
Cuando la esencia de una neurosis consiste en extrañarse del “otro”, como parece ser una característica de los estados reunidos bajo el título de ‘dementia praecox’, tales es- tados son, precisamente por eso, incurables para el psicoanálisis (Freud, 1909: 86).

Aquí Freud ya da una hipótesis de por qué el método no se aviene a la psicosis, solidaria de lo que ca- racterizaría a la demencia precoz: el extrañamiento del otro. ¿Pero qué es esta “necesidad del otro” en el tratamiento? Y por otra parte, este extrañamiento del otro, ¿es constante en las psicosis? Si se reduce a un momento, no es distinta la contraindicación para aquellos momentos agudos de la neurosis.

Esta “necesidad del otro” en el análisis puede vincularse con el concepto de transferencia. En el ar- tículo cercano al trabajo sobre Schreber, “Sobre la dinámica de la transferencia” (1912), la transferencia es pensada a la luz de la teoría de la libido, a partir del par fijación y frustración. Advertimos que la re- lación entre la etiología sexual en términos de teoría de la libido y el mecanismo psíquico es distinta que en los trabajos de la década de 1890, en donde la etiología sexual estaba vinculada a la teoría de la seducción. En este momento en cambio, la etiología sexual está vinculada con la teoría de la sexua- lidad infantil. La neurosis sobreviene cuando la libido no tiene un objeto con el cual satisfacerse y se vuelve a las fantasías las que, buscando realizarse por el incremento cuantitativo que generan, provo- can el displacer que pone en marcha la represión. La fantasía supone un punto de fijación, a un objeto o a una fase libidinal, desde donde retorna luego lo reprimido como síntoma (Freud, 1916-17).

En esta concepción, la cura apunta a volver consciente lo inconsciente y a tener la libido nuevamen- te a disposición para que el sujeto pueda ponerla en acto en su realidad, de otra forma que por la vía del síntoma. El psicoanalista es aquí un objeto de la libido insertado en una serie “psíquica” por el pa- ciente que, en tanto insatisfecho, tiene la libido aprontada en “representaciones expectativas” listas para articularse a algún objeto en la realidad. En el trayecto analítico que recorre el camino de forma- ción de síntomas, adviene la transferencia, como una resistencia inicialmente. En efecto, el paciente no va a abandonar esa posición neurótica tan fácilmente dado que, si bien le provoca malestar, también le provee una satisfacción sustitutiva. Una vez intervenido sobre esto, el tratamiento continúa cada vez más en dirección a que los síntomas devengan formaciones transferenciales (Freud, 1912). Aquí apa- rece la denominación de neurosis de transferencia para las neurosis que se ponen en forma en el dis- positivo analítico (Freud, 1914b).

Freud se plantea la pregunta de por qué la transferencia es el motor de cualquier tratamiento mien- tras que en el psicoanálisis se presenta como obstáculo. En realidad, la transferencia es obstáculo en tanto que transferencia positiva de tipo erótica, o negativa, mientras que como transferencia positiva de tipo tierna no lo es, y funciona aquí también como motor del tratamiento. Si en el psicoanálisis aparece la vertiente de la transferencia como obstáculo es porque en él se la aprecia como tal, mientras que en otros tratamientos pasa desapercibida, aunque no sus efectos para un observador atento (Freud, 1912).

Notamos entonces que la estructura de la neurosis y la naturaleza del método tienen cierta homo- geneidad. Aquí existe una capacidad para la transferencia, que es utilizada para la cura e implica una investidura de objeto sin perturbaciones. Si el parámetro son las neurosis, en las psicosis, al contrario, habría una “incapacidad” para la transferencia. ¿En qué consiste esta “incapacidad”? ¿A qué se debe?

En el historial de Schreber, siguiendo la búsqueda por la especificidad del mecanismo de la para- noia112, Freud afirma que en este caso el modo de operar la represión se articula mejor con el desarro- llo de la libido que el camino de formación de síntoma. Conceptualmente, el proceso puede separarse en tres fases: la primera, que corresponde a la fijación, la segunda, a la represión propiamente dicha, y la tercera, que implica el retorno de lo reprimido y el fracaso de la represión. Ahora bien, ¿qué conse- cuencias clínicas tiene esta caracterización de la represión en Schreber? O desde otro punto de vista,

¿Hay en el caso Schreber elementos que nos permitan inferir una represión propiamente dicha? Freud pone el acento sobre la fantasía, producida en el apogeo de la enfermedad, de que se había producido un sepultamiento del mundo para Schreber en el que él era el único hombre que quedaba, siendo las otras personas hombres de milagro, improvisados de apuro. De esto se deduce la sustracción de la libido de las personas y cosas del mundo, que provoca que todo se le torne indiferente. En esto consis- te la represión propiamente dicha en este caso: en el desasimiento libidinal de las personas y cosas. Pero este proceso es mudo, y si el paciente se lo explica es recién en un segundo tiempo (Freud, 1911).

De este extrañamiento del otro y de las cosas se comprende entonces la “incapacidad para la transferencia”. Pero la soltura de la libido del objeto no basta en sí misma para explicar esta incapa- cidad en las psicosis, en la medida en que sucede en otros tipos clínicos e inclusive en la vida nor- mal, como por ejemplo en el caso del duelo. Esta soltura de la libido en las psicosis, debe poder ca- racterizarse por algo específico, y Freud lo infiere del hecho de que la paranoia siempre muestra al menos algo de delirio de grandeza. Entonces, ese "algo" es que la libido liberada se vuelca al yo, al







112 Cf. capítulo 4.

narcisismo, el estadio en donde el yo es el único objeto sexual (Freud, 1911; 1914c). Antes de que Freud sostenga esta hipótesis, Abraham (1908) escribió un trabajo -sugerido por Freud- sobre la demencia precoz, en contrapunto con la histeria. Sostiene allí que es el repliegue de la libido al auto- erotismo lo que caracteriza a la demencia precoz, y lo que hace que el tratamiento psicoanalítico no esté indicado para ella. A diferencia del autoerotismo, el narcisismo implica una nueva acción psíqu i- ca que será la operación de constitución del yo (1914c). En el caso de las psicosis tenemos el dom i- nio psíquico de la libido liberada de los objetos por el delirio de grandeza, y de su frustración, resul ta la hipocondría113; y esto en contraposición con la introversión en la fantasía y su f rustración liberada como angustia en las neurosis (Freud, 1914c).

Sea por la regresión al autoerotismo o, posteriormente, al narcisismo, la transferencia no es posible en las psicosis. Ahora bien, tanto el autoerotismo como el narcisismo implican la libido sexual. Freud es taxativo al respecto, y se comprende el debate con Jung, que parece querer hacerle decir a Freud que la libido debe extenderse hasta coincidir con un interés psíquico general (1914c). Esta discusión no debe hacernos olvidar que la sexualidad se pone en juego en la transferencia.

Estas consideraciones sobre las dificultades de la relación entre el método y la estructura de la psi- cosis es algo que Freud advierte que hay que tener en cuenta a la hora de recibir un paciente por pri- mera vez (1913). Sugiere realizar antes del psicoanálisis propiamente dicho un tratamiento de ensayo o prueba, durante algunas entrevistas, a fin de saber si el paciente cumple con las condiciones de anali- zabilidad. O sea que una de las motivaciones del tratamiento de ensayo es diagnóstica. No obstante esto, este periodo de prueba debe ajustarse a las reglas del psicoanálisis mismo. De manera que, si se recibe a un paciente de quien se concluye que no es una neurosis de transferencia y sí una psicosis, se debería abandonar el intento terapéutico. No así el interés que las psicosis tienen para la investigación (Freud, 1916-17). A pesar de esto, como veremos en un apartado posterior, Freud ha tomado algunos psicóticos en análisis. En el apartado VII de "Lo inconsciente" donde Freud investiga sobre el síntoma esquizofrénico, habla de un paciente suyo a quien tiene “bajo observación” (1915a).

Ahora bien, Freud también afirma que la imposibilidad de transferir la libido al psicoanalista por parte del paciente psicótico se cumple, al menos, en el proceso patológico, es decir que no es en cualquier momento. Por otro lado, la soltura de la libido, a diferencia de lo que podría suceder con la amentia de Meynert, es parcial (Freud, 1911). En este punto nos interrogamos: ¿podría el sujeto psicótico hacer una transferencia al médico?

Si la represión consiste en un desasimiento libidinal y un correlativo vuelco de la libido al yo, el con- flicto por el cual es motivada en Schreber es el avance de una moción homosexual cuyo objeto es Fle- chsig, médico que lo atendiera en su primera enfermedad y en el inicio de la segunda. Las modalidades que adopta la relación entre Schreber y el Dr. Flechsig permiten a Freud delimitar diversos momentos en el transcurrir de la enfermedad. Inicialmente y en correspondencia con la primer epicrisis, el resta- blecimiento "sin incidente alguno que rozara el ámbito de lo suprasensible" (Freud, 1911: 35) zanja en el presidente "unos sentimientos de vivo agradecimiento hacia el profesor Flechsig, que por otra parte le expresé mediante una posterior visita" (Schreber, 1903: 35). Pero seguidamente a un intervalo de aparente salud, el recurso al médico ante la emergencia de nuevos síntomas acarrea diversas conse- cuencias. A continuación de un rápido deterioro, la figura de Flechsig se precipita como una amenaza. El presidente lo llamaba "almicida" (asesino de almas) e incontables veces lo increpó "¡Pequeño Fle- chsig!, acentuando con fuerza la primera de esas palabras" (Freud, 1911: 15). Si bien la construcción delirante prosiguió su camino encontrando una serie de perseguidores, el médico "siguió siendo el pri- mer seductor, a cuyo influjo sucumbió Dios" (Freud, 1911: 37).

La pregunta que se hace Freud (1911) es por qué en Schreber el vínculo tierno con el médico se transforma en un vínculo erótico que da lugar al conflicto. Para explicar esto, o sea el por qué del avan- ce de la libido homosexual sitúa en primer lugar una frustración en Schreber, vinculada con la edad y sus consecuencias en términos de involución para la sexualidad en el hombre y con la imposibilidad de tener hijos. Vinculado a esto, sitúa una transferencia con refuerzo erótico de las figuras del hermano y del padre hacia la persona de Flechsig. Lo peculiar del Dios de Schreber le permite a Freud interpretar que se trata de su padre. Dios entra en serie además con Flechsig, lo cual se constataría a partir del texto del delirio. Corroboramos entonces que Freud lee el caso a la luz del complejo paterno, es decir, a partir de la transferencia del complejo paterno sobre la persona de Flechsig.

Como podemos ver, la transferencia adopta primeramente un tono positivo para plasmarse luego en su vertiente negativa. De esta manera nos encontramos con la transferencia como motor y como obs- táculo en relación a los dos costados del padre y al conflicto subyacente, y no con ausencia de transfe-







113 Cf. capítulo 6.

rencia. Por un lado, el padre venerado cuya memoria "me es tan sagrada" (Schreber, 1903: 442); mien- tras que por otro, el padre se erige como obstáculo al goce sexual. De esta manera, formula Freud, el avance de la libido homosexual, que sitúa en la génesis de la enfermedad, toma la figura de Flechsig como objeto-sustituto sobre el que recae dicha moción.

Como podemos ver, el conflicto con Flechsig toma la forma de un delirio de persecución inicialmen- te, para resolverse en un segundo momento en un delirio de redención. Aquí Schreber acepta la fanta- sía homosexual en relación con Dios ya que implica fines acordes con el “orden del universo”, fantasía que se realizará asintóticamente (Freud, 1911). Ahora bien, el delirio tiene una función, es un intento de restitución de la libido a las personas y las cosas, de reconstrucción del mundo del sujeto. Aunque nun- ca es completo, lo mismo que el desasimiento libidinal.

Debemos precisar pues la afirmación que reza sobre la “incapacidad” de la transferencia para las psicosis. En efecto, en la causa del ocasionamiento y luego en el momento de la restitución no tene- mos desasimiento de la libido de los objetos, sino, al contrario, transferencias. Pero estas modalidades de la transferencia ¿son operativas para la cura?

En “Sobre la dinámica de la transferencia”, Freud llama a la transferencia de los paranoicos “esen- cialmente negativa”, y afirma que en estos casos “cesan la posibilidad de influir y curar” (1912: 104). Lo esencialmente negativo de la transferencia psicótica debe ponerse en contrapunto con la transferencia negativa en las neurosis, que siempre coexiste con una transferencia tierna. No obstante, Freud (1912) no deja de reconocer que es necesario un estudio sobre la transferencia negativa.

En este punto podemos concluir que, dado que la soldadura entre la naturaleza del método y la es- tructura de la neurosis no es la misma que en el caso de la psicosis, el tratamiento con psicóticos es contraindicado por Freud en este momento. Especialmente por lo que hace al estatuto de la transferen- cia. En esto habrá contradicciones aparentes: por un lado se afirma ausencia de transferencia, elemen- to divisorio en la nosografía, entre neurosis transferenciales y narcisistas; por el otro, se habla de pre- sencia de transferencia negativa. Consideramos que esto corresponde a dos momentos diversos de la posición del psicótico con respecto a la libido: el desasimiento del mundo y la restitución.



Sin embargo, si volvemos a Schreber, notaremos que el periodo de restitución de la libido tiene a su vez dos fases: la persecutoria y la de reconciliación. En ambas hay vuelta de la libido a los objetos, pero mientras la primera tiene el carácter de una lucha defensiva, la segunda implica una nivelación en la lu- cha (Freud, 1911). Schreber puede aceptar la moción de deseo homosexual y articularla con su manía de grandeza, pudiendo de esta manera ejercer la paternidad al procrear una raza nueva, aunque para esto habrá que esperar. Por otro lado, puede verse al espejo con adornos femeninos y sentir la voluptuosidad de Dios en su cuerpo también femenino. Finalmente, Schreber escribe sus Memorias, testimonia por lo que atravesó, se dirige a un público. Evidentemente aquí hay la posibilidad de transferencia.

¿Y no hay aquí acaso la posibilidad de que pueda establecerse una transferencia que no sea esen- cialmente negativa? Freud no parece explorar en profundidad esta posibilidad. Aunque por otro lado, en “Introducción del narcisismo” (1914c), delimita tres momentos de la posición del psicótico: el proce- so patológico, la restitución y la “normalidad conservada o la neurosis (manifestaciones residuales)”. Se trata del momento en que no hay represión ni retorno de lo reprimido, sino que el sujeto puede vivir con cierta homeostasis, a pesar incluso de tener síntomas. En Schreber encontramos un momento así en su primera enfermedad. Se trató de una hipocondría. Inclusive fue tratado por el mismo médico, Fle- chsig, quien se convertiría ocho años más tarde en su perseguidor, lo que implica que pudo mantener una transferencia que permitió un tratamiento, psiquiátrico desde luego.

¿Podríamos encontrar por esta vía una vertiente de la transferencia con la que se pueda maniobrar para dirigir el tratamiento de un psicótico? Freud parece contestar negativamente. En efecto, cuando propone un tratamiento de ensayo para poner en forma el dispositivo, plantea que una de las condicio- nes es poder pesquisar si se trata de una neurosis o de un estadio previo de una psicosis, pues en esos casos el psicoanalista “no puede mantener su promesa de curación” (Freud, 1913: 126).

Es decir que la promesa no puede mantenerse por el trayecto que seguirá la psicosis luego de ese “estadio previo”. ¿Pero, debe seguir ese recorrido necesariamente? En el contexto de la segunda tópi- ca, Freud plantea una nueva línea de investigación. Se pregunta si la relación entre el yo y sus vasalla- jes, siempre conflictiva y que deviene en una neurosis o en una psicosis según el tipo de conflicto, po- dría ser distinta: “Nos gustaría saber cuáles son las circunstancias y los medios con que el yo logra salir airoso, sin enfermar, de esos conflictos que indudablemente se presentan siempre” (Freud, 1925: 158). Si el “estadio previo” podría no resultar en una “enfermedad” necesariamente ¿tendríamos lugar para la transferencia y así para un tratamiento psicoanalítico de las psicosis? Ahora bien, notemos que el conflicto tiene su eje en un “malogro de la función del yo” (Freud, 1925: 158). Entonces, si fuera el

tratamiento analítico para las psicosis posible, ¿sería su pivote el restituir al yo en su función, como pareciera deducirse de las afirmaciones de Freud? Dejamos planteados los problemas.




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