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CAPITULO III


La manzana de las dos mordidas

Los primeros años de mi vida, como la de cualquier niño, fueron inundados con la más pura expresión de ingenuidad e inocencias propias de esa edad. Sin embargo cuenta mi madre que una mañana me aparecí con ella muy molesto, al preguntarme que cuál era el motivo yo simplemente le expresé que estaba harto de que lo que tenía entre mis piernas amaneciera erecto invariablemente cuando despertaba.

Luego del divorcio de mis padres cuando iba yo a cumplir ocho años, allá por 1973, comencé a conocer a los vecinos de la cuadra en una forma más sociable que el simple “hola”… y muy pronto me di cuenta que nuestros intereses eran absolutamente opuestos a una amistad sincera.

A fines de ese año ó principios de 1974 se mudó una familia de la Capital, casi al terminar la calle tenían una casa de 2 pisos. Cómo nos conocimos? Realmente no lo recuerdo con exactitud. Esa familia era numerosa, todos sus miembros eran mayores que yo, a excepción del menor de la casa quien frisaba apenas unos meses menos que yo en este mundo.

Juan Barboza se llamaba, y muy pronto nos hicimos amigos ya que hablábamos el mismo idioma… no solo en mentalidad sino en nuestra apatía en contra de los chicos de la cuadra, la famosa “pandilla” de la calle donde vivíamos; y ya lo decía Napoleón, si tu enemigo es el mío también… entonces somos amigos eternos… por lo menos mientras dure esta guerra!

Su hermana, Lizbeth, y yo nos hicimos “novios” porque ella así lo decidió… aunque era mayor que yo por algo más de un par de años, nuestra intimidad máxima consistió darnos un par de besos en los labios… de esos que se dan a los 8 y 11 años…!

Pero mis instintos se inclinaban más por Juan que por Liz… era algo que poco a poco me llamaba desde adentro… incluso entonces sabía o intuía que esto era algo no normal… no era algo que pudiera hablar abiertamente con alguien.

Una tarde que después de clases nos encontramos a solas en su recámara, como usualmente ocurría desde que nos hicimos amigos, comenzamos a jugar a que nos tumbábamos como en juego de fútbol americano…

Sin embargo mis sentidos comenzaron a despertarse y me percaté de que los suyos hacían lo mismo… pronto nos encontramos jugando al “doctor”, desnudándonos y acariciando nuestros infantiles cuerpos… era la primera vez que el deseo era sentido por mí, aunque fuera al calor de una travesura.

En Septiembre de 1974 ingresé al cuarto grado de primaria, ahí conocí a Joel Doblado, él tenía el número 12 en la lista y yo el 13, por tanto la lógica magisterial de entonces, era sentarnos por número de lista a fin de obviar el pasar la interminable lista de nombres.

El era tremendamente blanco y eso me atraía de alguna manera, ya que Juan y yo éramos un poco más obscuros de piel… pronto mi cerebro comenzó a fantasear con ese compañero de clase, pero nada ocurrió… era yo muy cobarde entonces para muchas cosas… entonces no lo sabía pero mi autoestima estaba absolutamente por los suelos, lo mismo que mi valentía.

Joel Doblado tenía las facciones todavía más finas que las mías, esto producto de ser español… una mañana que era día de asamblea Joel me dijo frente a todos los condiscípulos…

- Ya no hay sitio para que te sentés… pero si lo deseas

podrías hacerlo… justo aquí…!

Me dijo al tiempo de poner ambas manos en su cintura… él estaba sentado y prácticamente me invitaba a sentarme en su regazo… De verdad que entonces no lo pensé dos veces… y no por la razón que tal vez tengás en la cabeza… recuerda que solo contaba con casi 9 años.

Una vez que me senté en el regazo de Joel todos se quedaron primero atónitos por unos segundos, y luego comenzaron a hacerme burla, todos reían maliciosamente… todavía ahora resuenan esas carcajadas en mis oídos… Cuando me percaté de que algo no andaba bien, sin siquiera comprender la razón, el instinto me hizo levantar de su regazo al tiempo de exclamar…

- Joel..!!

Cierto es que me senté en su regazo, pero muchas veces lo había hecho en el regazo de mi padre y nada malo había pasado entonces… mi padre siempre ha sido muy afectuoso con nosotros… situación que se ha hecho incluso más patente con los años. Es un gran tipo.

A partir de entonces comencé a darme cuenta de que Joel me asediaba para todo, pero no lo hacía para irritarme sino simplemente para pasar tiempo conmigo… me buscaba para todo… me buscaba mucho. Hasta que un día se decidió a hablarme más claro…

- Hey… Cierra los ojos y dame la mano… - Me dijo sonriendo.

La maestra había salido y el salón era víctima de los gritos, el desorden y las travesuras que suelen hacer los chicos a esa edad… Como Joel se había ganado mi confianza accedí, no sin antes advertirle…

- No me vayás a hundir…

- Te va a gustar… ya verás…

Sin cruzar más palabra cerré mis ojos y sentí sus manos tomar la mía… sin más sentí la tela de sus pantalones en la palma de mi mano… y algo abultado y duro… el placer que sentí fue lo más excitante que me había pasado en la vida… Fingí que me había molestado, especialmente tras haberse arañado con el cierre metálico de sus pantalones.

Poco a poco me percaté que esas “travesuras” no eran tan poco comunes entre los demás niños, pero también me di cuenta de que eran algo que les producía menos placer que a mí… no sé cómo describirlo… era más una curiosidad comparativa y el deseo de sentirse acariciados por “alguien”… quien fuera!

Para mí era algo más profundo… algo que poco a poco se convertía en una pequeña obsesión. Una idea fija que me encontraba en cada momento del día… o de la noche. El mundo se convertía en una aventura de situaciones nuevas para mí… y yo realmente estaba impaciente por conocerlas.

Esos juegos se dieron por todo el año escolar. Alguna vez incluso nos encontramos en el baño de la escuela, y ahí me percaté de que no todas las entrepiernas de los niños son iguales, las había con y sin algo que las cubriera… y las había rosadas y blancas como la de Joel, o morenas como la mía.

Al año siguiente Joel Doblado tocó en otro salón y yo tuve que circunscribirme a las citas con mi vecinito Juan Barboza, a quien había relegado un poco por andar en mis juegos con mi compañero de clase en la primaria. Realmente recuerdo que extrañé a Joel ese 1975 y que Juan no podía de alguna forma reemplazarlo.

Ese año de 1975 terminamos Juan y yo nuestros juegos porque, según recuerdo, él ya no se sentía bien con eso…. Y yo me sentía ahogar con la falta de interacción corporal, la cual se limitaba literalmente a caricias. Aún a pesar de que me gustaban algunos otros amiguitos de clase, me seguía faltando el valor para conseguirme a alguien más… si tan solo tuviera la experiencia y la labia que tengo ahora!

Para principios de 1976 ocurrió algo muy doloroso para mí. Se cambió de casa Juan Barboza… No supe absolutamente nada de él por 5 años. Así que ese año no tuve más remedio… la soledad me hizo volver mis ojos a los odiados vecinos de la cuadra.

Los vecinos de la cuadra me hicieron a un lado por varias razones, primero porque sus padres hablaban mal de los míos por el “escándalo” del divorcio, luego porque yo viví tiempo fuera de mi casa durante los trajines de ese proceso legal y finalmente porque, entonces, era bastante cobardón y hasta afeminado.

El primero que se acercó a mí fue Miguel Paredes… quien era mi vecino de enfrente. Como miembro de la pandilla del barrio hizo política entre ellos para que yo perteneciera a ella muy pronto, pero mi debilidad de personalidad y carácter no eran cosa fácil de ocultar… especialmente en esa organización de adolescentes que pretendían ser los bravucones del mundo, conceptos de una conducta hormonal que yo no comprendía.

Miguel era morocho como yo, pero más bajito y mejor proporcionado de lo que yo era entonces. El me sacaba casi 3 años, y su voz era francamente más gruesa que la mía, su nariz era recta y sus labios delgados… terriblemente masculino, pero tan bravucón como los demás elementos de esa pandilla.

Miguel encontró tierra fértil conmigo… él sabía que era mi única amistad, sabía que su personalidad de alguna manera me llenaba de admiración ya que con sus bravuconerías me hacía querer ser como él, fuerte y seguro. Pronto consiguió que yo ingresara a esa pandilla, entré con el cargo del “Imbécil” de todos y en un par de años descendí de posición como 60 lugares.

Una tarde que jugábamos escondidas, Miguel decidió esconderse conmigo y al estar solos comenzó a acariciarme y yo lo dejé… Esta idea era una especie de deseo como el que sentí con el resto de los chicos, pero de una manera más fría, no sé cómo describirlo… Así mismo le acaricié y ahí concluimos esa vez.

Nuestras citas para encontrarnos se hicieron más frecuentes y ahí me di cuenta que su vello era ya de hombre, mientras que mi cuerpo permanecía absolutamente infantil. Esa situación me hizo entrar en tratos con otro vecino, al cual le aposté un peso que él estaba tan lampiño como yo… él tomó la apuesta y tras desnudarse frente a mí tuve que pagarle la moneda, cuya inversión fue la mejor del año!

Pasó el tiempo, mi relación con los chicos del barrio era cada vez más precaria y su forma de trato para conmigo eran peor que nunca, yo recuerdo que lloraba en mi cama cuando llegaba la noche por todas las humillaciones que me hacían. Entonces no sabía que Nervo tenía razón cuando escribió aquello de que “Fui el arquitecto de mi propio destino”.

El 22 de Diciembre de 1977, a un mes de yo de cumplir 12 años, ocurrió algo que me hizo darme cuenta de que el vello no era lo único que me separaba de Miguel…

- Lito… Vamos al patio trasero de tu casa para…

- Uhmmm… bien… p-pero hace frío…

Esa era una noche neblinosa, nuestras sombras se deslizaron ágiles y discretas por el pasillo obscuro que conduce al patio de atrás… sin embargo en el pasillo se detuvo, nuestra desesperación no nos dejó llegar a nuestro destino planeado, y en ese angosto corredor nuestras manos corrieron por nuestros cuerpos. Un ahogado gemido le hizo eyacular y su semen estaba en mis manos.

Ese blanquecino líquido viscoso, pegajoso, que salió de su vientre era una especie de cuestión de historieta para mí. Ya había yo leído de él en mis libros, pero nunca creí que fuera algo cierto… La masturbación era más cosa de fantasía que real, algo que los vecinos del barrio y los compañeros de la escuela contaban y que yo siempre pretendí haber experimentado desde hacía años, pero que ni siquiera supuse fuera verdad.

En 1978, luego de hartarme del fastidio de las humillaciones de la “pandilla”, decidí botarlos de mi vida. Recuerdo que tuve que decidir entre esa “amistad” con ellos ó verme en la más absoluta de las soledades, pero finalmente me fajé los pantalones y decidí comenzar a tomar cargo de mi propia vida.

Lo último que me hicieron, mejor dicho lo último que les permití hacerme, fue que me patearan entre todos. Las cosas estuvieron así. Un vecino se había suicidado y Mónica y yo nos fuimos al techo de la casa, escondidos, a fin de poder curiosear a los dolientes que llegaban del sepelio. Admito que esto no estuvo bien hecho, pero con nuestra curiosidad infantil no pretendíamos ofender a nadie.

Pero uno de los elementos de la “pandilla” nos sorprendió y me hicieron bajar del techo, mientras Mónica se iba a la casa, yo fui llevado casi a la fuerza a recibir un “juicio sumario” por esta acción, donde todos se resolvieron a darme de patadas, sentencia que debía sufrir de inmediato. Esa fue la gota que derramó el vaso, dejé su “amistad”.

Pero el haber terminado con la relación abusiva entre los chicos del barrio no significó que Miguel y yo concluyéramos con nuestras citas sexuales, para ambos significó un reto el llevarlas a cabo… pero ambos las deseábamos. Sin embargo había que mantenerlas más secretas que nunca. Por entonces su familia le regaló un auto, con lo que el “dónde” estaba resuelto…

- Lito…?

- Hola Miguel cómo estás?

- Bien, estoy llamando por teléfono para ver si nos damos una “vuelta”…

- Ahora??? P-Pero si son las 9:30 de la noche!

- Anda Noel, vamos… no te hagás del rogar, en media hora terminamos…

- Puessss…

- Cómo ves?

- Bien… de acuerdo. Te veo entonces al doblar la esquina…

- Paso por ti a eso de… Cinco minutos?

- Está bien…

La fría noche se sintió mejor cuando abordé su auto, el aire dentro era tibio aunque mis manos estaban heladas. La conversación entre nosotros era casual y el rumbo invariable era el último sector de la colonia Cumbres… No había mucha vigilancia y la iluminación era prácticamente nula.

Llegamos al sitio, apagó el motor y comenzó el jugueteo…

- Acaríciame Lito…

- Así…?


- No… Así!

Sin embargo a mí me sucedía algo inexplicable. Mientras él eyaculaba en medio de retorcimientos… yo lo hacía mecánicamente, sin que siquiera me tocara nadie… era una especie de eyaculación nocturna… con un pálido reflejo de lo que es un orgasmo. Nos limpiamos las manos, y casi sin conversación me llevó a casa.

Yo intuía que me estaba perdiendo de algo, los retorcimientos y la expresión de la cara de Miguel me lo decían sin palabras… La eyaculación debía ser algo más que la simple expulsión quasimecánica de semen a la que ya me estaba acostumbrando.

Precisamente por eso decidí una tarde enfrentar la masturbación, pero al poco rato yo estaba cansado y nada se asomaba de lo que era aquella sensación. Sin embargo esa situación estaba por cambiar para mí… más pronto de lo que imaginaba.

A mediados de 1979 Miguel concertó otra de esas “vueltas”, sin embargo en esta ocasión nos fuimos al estacionamiento de la Facultad de Odontología, y entre los autobuses amarillos que ahí yacían esperando el nuevo día de actividades, nos escurrimos Miguel y yo…

Como de costumbre su orgasmo era sonoro y muy lleno de expresión corporal, sin embargo yo no hice el esfuerzo de eyacular. Miguel se percató de esto… y de pronto se puso detrás mío a fin de maniobrar sobre mí mejor…

- Qué ha-hacés??

- Qué creés que hago?? Te voy a enseñar algo que no conocés y que ya va siendo hora de que sepas qué es.

Poco a poco me comenzó a recorrer una sensación tan desconocida como poderosa por toda la columna vertebral, mis sentidos comenzaban a fallarme y de golpe mis piernas flaquearon, pero no la intención de Miguel de continuar en su insistente maniobra. Miguel era menos corpulento y bajito que yo, por lo que al momento de mi primer orgasmo estaba prácticamente sosteniéndome en el aire, de no haber sido así me hubiera caído al suelo.

Esa sensación me había dejado tan sorprendido y confuso al mismo tiempo que estuve a punto de perder el sentido… no sé cómo explicarlo, pero al terminar esa escena sabía que mi vida no sería igual… finalmente había abandonado mi niñez definitivamente.

Esa noche recuerdo que no cruzamos palabra Miguel y yo en todo el camino de regreso, yo por dentro, tal vez en forma irreverente, daba Gracias a Dios por la experiencia sin paralelo que había tenido la oportunidad de vivir… Y hasta mis pensamientos desbocados llegaban incluso al grado de acariciar la idea de no volver a recurrir a Miguel en un futuro… ahora podía suplirlo con mi mano derecha… Que iluso fui.

El año de 1980 se presentó con un reto personal en la vida de mi madre, ella había decidido volver a la escuela y recibir educación en una disciplina necesaria en su trabajo, la Administración de Empresas. No era tanto un requisito en su trabajo, sino el natural instinto de superación que hay en ella lo que la decidió a ingresar otra vez en las filas académicas como estudiante.

Luego de un par de meses de asistir a esa escuela nocturna, fue transferida temporalmente a una de las sucursales foráneas de la Cadena de Laboratorios Clínicos donde laboraba entonces, por lo que dejaría los estudios. Sin embargo yo me ofrecí a asistir por ella a esos cursos, y los fines de semana ponerla al corriente a fin de que su espíritu de superación no se perdiera. Una vez que el Director aprobó nuestra descabellada idea, así sucedió.

La primera persona que vi en el salón de clases esa noche fue Pablo, un chico unos 7 años mayor que yo quien tenía un excelente cuerpo. Fue cálido conmigo desde que me conoció, esto en atención a la amistad que él y mi madre habían desarrollado en los escasos dos meses que se habían visto en el salón. Pablo era morocho obscuro, de facciones toscas, pero una sonrisa encantadora.

Una noche llegué como 30 minutos antes y en el salón de clases estaba solo Pablo, dibujaba algo en una de sus páginas de la libreta, al acercarme me di cuenta que era la silueta de una mujer desnuda. Cuando se percató de que estaba alguien observándolo cerró de cuajo la libreta, mientras sonreía nerviosamente…

Le sonreí de regreso y le pedí que me mostrara su trabajo, era bueno… bien proporcionado y hasta con cierto realismo. Le pregunté entonces si podía dibujar la silueta de un hombre en las mismas circunstancias… él me miró sorprendido y sin decir palabra comenzó a hacer los trazos…

- Pablo… Has besado a alguien?

- Claro que sí… Hay una muchacha que…

- Pablo -interrumpí- quisiera acariciarte… Puedo?

- Hablas en s-serio??

Sin despegarse nuestras miradas y sin palabras mi mano le tocó la rodilla y poco a poco comenzó a subir por el dorso de su pierna…

Tras unos 10 minutos los demás estudiantes llegaron y las clases continuaron para nosotros como de costumbre, sin embargo había ya unas miradas, más que casuales, entre dos estudiantes adornaban el salón esa noche… esos estudiantes éramos Pablo y yo.

Lo que en un principio fue una llegada temprana a las clases de Administración, se volvieron rutinarias entre Pablo y yo. De las aulas pasamos a la peligrosa privacía del baño del tercer piso. Una de esas noches recibí mi primer beso, lleno de la excitación de hacer algo prohibido y teñido de la culpabilidad de ser homosexual. De alguna manera sentí que estaba jugándole chueco a mi madre… y ni siquiera sabía la razón.

En una sola ocasión Pablo y yo hicimos algo que jamás repetí, creo que fue la peor hazaña que he hecho en cuanto al plano sexual se refiere… No! No lo maté mientras sosteníamos relaciones… Pero lo que pasó fue algo bastante irresponsable por parte de ambos. Por unos cuatro o cinco días no pudimos llegar a nuestras entrevistas tempranas y los dos estábamos desesperados por encontrarnos.

Una de las noches en que salimos más tarde que de costumbre enfilamos ambos al lecho del río Santa Catarina, el cual corre seco de oeste a este la ciudad, y a eso de la 1 de la mañana estabamos en nuestro juego sexual. Cuando concluyó y él partió por su rumbo y yo por el mío, la negrura de la noche y la desolación del sitio me hicieron recapacitar en los peligros a los que me exponía por el deseo.

Debido a eso decidí acabar con esas entrevistas sexuales… no solo era el peligro, sino que algo me decía que las cosas estaban cambiando por parte de Pablo y lo mejor era cortar por lo sano. Mi presentimiento resultó cierto y a eso del mes dejó la escuela, no por mí sino por regresarse a Culiacán.

Mis clases iban como siempre bien, y mi vida personal se centraba exclusivamente en los encuentros fugaces con alguien de mi mismo sexo… y mis fieles compañeros silenciosos, los libros. Con pasión leí los relatos de Historia que hablaban de otras épocas, de otras formas de pensar y hasta de conducirse.

Cuando llegó 1981 recibí a principios de año un feliz reencuentro. Juan Barboza y yo nos topamos por casualidad cuando caminábamos por la calle, nos dio mucho gusto reencontrarnos. Juan era aquel chico que vivía por casa y que se había mudado, mi primer compañero de juegos sexuales.

Una vez que nos vimos en la privacidad de la casa de sus papás, cuando sus hermanos habían salido, reiniciamos nuestros encuentros, pero con el tiempo me percaté que más difícilmente Juan alcanzaba esa excitación y su interés por estar con alguien del mismo sexo disminuía a pasos agigantados. Después de todo no era ciego para percibir que con el tiempo todos cambiaban… todos… menos yo.

Ese mismo año intensifiqué la amistad en bachilleres con un compañero que tuve desde la Secundaria, Mariano Berlanga. Mariano se había ganado no solo mi amistad sino el cariño de mi madre porque ella veía en él alguien que podía enseñarme muchas cosas, no del tipo que los libros contienen entre sus páginas.

Mariano era muy hábil con las herramientas y lo mismo sabía poner el empaque a una llave que instalar un boiler, por lo que poco a poco mi interés por esas cosas se fue dando, sobre todo porque al ayudar a Mariano en sus trabajos me ganaba algo de dinero, mi primer sueldo.

Un fin de semana lo invité a pasar la noche en casa de mi madre, y Mariano accedió. La oportunidad la pintan calva, así que cuando llegó la hora de estar en mi cuarto, cerré la puerta y le dije casualmente…

- Ah, por cierto, se me olvidó decirte que es costumbre de esta casa el dormir desnudo, te importa?

- No, para nada.

Nos desvestimos y nos metimos en la cama matrimonial, yo estaba nervioso porque Mariano era bastante masculino… un movimiento en falso y no solo echaría a perder nuestra amistad sino hasta se podría hacer un escándalo esa noche… Y si me diera un golpe por andar yo de maricón?

Increíblemente para mí fue él quien comenzó las avanzadas bajo las sábanas, yo fingí dormir y luego él hizo lo mismo. Sin embargo en un punto intentó hacer algo conmigo que nadie había hecho, tratar de penetrarme. Yo no me dejé y fingí despertar cuando entendí sus intenciones. El hizo lo mismo cuando yo traté de penetrarlo.

A la mañana siguiente actuamos como si nada hubiera ocurrido, esa mañana conocí el multirrecurrido pretexto de fingir demencia… debo decir amnesia? Pero a los pocos días, en la privacidad de su recámara le “confesé” que yo no dormía y él reconoció lo mismo. Lo demás era ya cosa de unos minutos. Intentó penetrarme otra vez, pero el dolor era tal que le dije que en su vida se le ocurriera volver a hacerlo.

Esas situaciones terminaron porque Mariano poco a poco comenzó a ser muy manipulativo de mi tiempo y de mis acciones en la cama, tras asegurarle que no pensaba permitirle que me atravesara con su falo, la cosa comenzó a declinar. Lo último que supe de él con los años es que embarazó a una chica de nombre Argentina y se tuvieron que casar.

Por tercer semestre del bachillerato, es decir en otoño de 1981, conocí a un alumno irregular de nombre Julio Anaya, estudiaba la Normal Básica y buscaba sacar el colegio al mismo tiempo. Sin embargo sus amaneramientos eran obvios hasta para mí. Precisamente por el exceso de materias en ambos planteles me di cuenta que solicitaba con frecuencia “repasos” de algunas de esas asignaciones, a lo que yo pronto me anoté para ayudar.

Julio era delgado, de cabellera algo larga, morocho pero blanco de piel, y una sonrisa bastante amplia y contagiosa. Poco a poco comenzamos a condescender y la oportunidad nos la brindó la propia escuela. Se había solicitado un trabajo para entregar como requisito de examen en una de las materias, y mi libro lo había dejado en casa de mi madre, yo tuve llave de esa casa desde los 13 años y usualmente estaba sola debido a que mamá trabajaba en dos lugares, un Laboratorio de Análisis Clínicos y la Administración de un Hospital privado.

- Si te urge el libro podemos ir a casa de mi madre por él.

- N-No te molesta?

- Molestarme? Para nada… Para eso estamos los amigos!

“Molestarme”??? Pero si de eso estaba yo pidiendo mi limosna! Llegamos a la casa de madre y en la solitud de esa casa le entregué el libro y le pregunté abiertamente…

- Julio… Sos homosexual???

Sin vacilar el chico me respondió…

- No… No soy homosexual….

Yo le entregué el libro, pero estaba muy nervioso por su sólida negativa y sin querer lo dejé caer al suelo, cuando lo levanté nuestras caras quedaron muy muy cerca… él no dejaba de mirarme a los ojos, mi corazón palpitaba tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos y sentirlo en mi garganta. Yo estaba paralizado, Julio se acercó poco a poco y me besó…

- Soy bisexual… - Me murmuró al oído.

Obviamente yo estaba confundido a morir, pero con ese beso me aseguraba que por lo menos se sentía atraído por mí, el que él se considerara a sí mismo homosexual o no realmente no importaba, mis dudas cayeron de mis pensamientos cuando cayó la última de sus prendas en el suelo.

Nuestros encuentros se dieron cada vez más frecuentemente entre nosotros, que si antes del examen de Trigonometría para romper la tensión nerviosa, que si luego del de Física para no sentirnos tan mal… esas citas en el baño del segundo piso se hicieron casi de diario durante las clases. Sin embargo con el paso de las semanas la asistencia de Julio se fue haciendo cada vez más escasa hasta que una mañana no volvió más.

La Normal Superior le demandaba mucho de su tiempo al grado de que ni siquiera se despidió de mí. Hasta ahora no sé si terminó la Preparatoria, pero sé de cierto que se graduó como Maestro, y hasta creo que se casó.

Llegó 1982 y con ese año me llegó hasta cierto punto la madurez, fruto de haber conocido en dos chicos el primer coqueteo de lo que una verdadera amistad era. Aunque debo admitir que esa situación se dio por medio del galanteo de la vana atracción sexual que tuve con uno de ellos, Edgar Garza.

A Edgar lo vi por vez primera como al tercer día de clases ese Cuarto y último semestre de la Preparatoria, bajo de estatura, blanco y de barba cerrada y bien afeitada y ojos color miel, me flechó en el instante en que lo vi. No perdí el tiempo y comencé a hacer amistad con él de inmediato.

Así averigüé que Edgar vivía en la calle de atrás de mi casa, el destino no podía haber sido más claro, las circunstancias de su vida me daban también la idea de que entre Edgar y yo podía haber algo más que una simple amistad.

Esas circunstancias eran que su mamá había muerto cuando él nació, que su papá viajaba con mucha frecuencia y por largos períodos de tiempo… y para rematar, quien cuidaba de él era una tía solterona llamada Victoria que de seguro nada sabía de enseñarle virilidad a un hombre.

Así le invité a casa, anochecía y la música de Vivaldi nos rodeaba, sin saberlo yo mismo, estaba siendo romántico con él. Entonces mi forma de pensar era bastante confusa, yo sabía más que de sobra que podía acostarme con otro chico, pero que la relación no era más que física y que su duración era más bien fugaz, que cuando uno desaparecía otro estaba por aparecer de alguna manera… a veces tras meses de desesperación.

Pero en lo que se refiere al corazón había una línea bastante definida, emocionalmente mis sentimientos estaban dirigidos a una mujer. No me podía ver a mí mismo llevándole flores ó cartas de amor a otro hombre… aún ahora uno de los sonidos más fascinantes para mí, son los producidos por los zapatos de tacón de una mujer a mi lado.

Ese 1982 me hizo acercarme a la mujer de nueva cuenta. Ya en 1981 le había dicho que “sí” a una de ellas de nombre Fátima, solo porque se portaba bien conmigo y me llevaba pasteles todos los jueves. Pero en 1982 las cosas cambiaron, y sinceramente me acerqué emocionalmente a otra mujer… también de nombre Fátima! Eran las dos las únicas que llevaban ese nombre en todo el bachillerato y con las dos anduve.

Edgar me presentó con dos amigos suyos y los cuatro nos hicimos inseparables por algún tiempo, Rubén López y Jorge Rossi. Edgar andaba por una chica que le hizo ver su suerte, Blanca y yo andaba con Fátima en una relación bastante estable… la cual obviamente no pasaba de besos y punto. Rubén tenía a una novia de fuera de bachilleres, así que pues la cosa estaba hecha. Jorge salió del grupo muy pronto por ser demasiado mojigato.

Ese último semestre de la Preparatoria fue excelente, me sentí aceptado no solo por Edgar, Jorge y Rubén, sino porque era como si los compañeros de ese grado fueran más maduros y menos hostiles, no solo hacia mí sino hacia el grupo en general. La noche de la Graduación fue excelente, todos fuimos con las novias luego de los usuales problemas de cortar y reiniciar del noviazgo, típico entre adolescentes. Todavía recuerdo a Fátima con su vestido largo… se veía hermosa, especialmente por la sonrisa que me brindó al saberme frente a ella.

Se llegó el verano y en Noviembre cumpliría yo mis 17 años. Como de costumbre me fui a México a visitar a mi abuela, exactamente como ininterrumpidamente había sucedido por los últimos 6 años. Mi madre nos acompañaría y mi hermana Mónica no podría ir debido a unos cursos de Alemán que estaba estudiando.

Mi madre y yo hemos sido los mejores amigos, nos confiábamos todo… bueno casi todo… nunca le hablé ni de mis encuentros con varones ni de que usaba su casa para ellos en ocasiones. Pero sí fui sincero con ella al confesarle que yo me había prometido acostarme con una mujer para los 17 años, lo cual era cierto.

De alguna manera yo creía que esta etapa de mi vida se acabaría eventualmente, aunque yo no deseaba que sucediera sabía que ocurriría tarde o temprano como al resto de mis amigos.

Precisamente por esa idea mía provoqué el inicio de mi cambio… de alguna manera supuse que el acostarme con una mujer sería la cura milagrosa para mi cambio… Pobre estúpido! De cualquier modo mi madre, como de costumbre, intentó ayudarme y me “amadrinó” la primera mujer de mi vida.

Una vez que mi abuelita se metió en su recámara a hacer sus oraciones, rezar por mi abuelo muerto, por los pecados del mundo y ayudar a redimir a alguna ánima del purgatorio, mi madre, Guillermo y yo nos reunimos en el comedor de la vieja casona que mi familia materna ha rentado desde tiempos inmemoriales en la colonia Roma.

Mi madre le dio 5 mil pesos de entonces a mi primo Guillermo, Memo como detesta que le llamen, a fin de que me llevara a rentarme una puta. Salimos Memo y yo a la Avenida de los Insurgentes y doblamos en la calle de Río Pánuco que era donde estaba una de las zonas más conocidas de trata de blancas….

- Esa Lito? - Preguntó con interés.

- Uhmmmm …. No… No. - Respondí nervioso.

- No te excita la idea de cargarte a tu primera tía Noel? Mirá! Que te parecé esa? No mejor esta… Y esa otra de allá? Se ve muy buena mírale las…

- Sí, esa sí me gustó…- Dije medio animado.

- Maldito… se ve de las caras… pero no siempre se tiene una

primera vez! La vas a disfrutar al máximo…

Orillamos el auto de Memo y la mujer de cabellos rubios platinados, piel blanquísima y labios de carmín se acercó…

- Buenas noches guapos…

- Cuánto le cobras a este? - Preguntó autoritario Guillermo.

- Cuatro mil quinientos y el cuarto… Cinco mil pesos para vos

mi amor. - Dijo en tono sobreactuadamente sexy.

- Subite. - Puntualizó mi primo.

Yo no pude ni decir palabra… la adrenalina subía por mis venas como si se tratara de plasma. Memo se encargaba de todo y yo observaba contemplativamente la escena, mis manos continuaban heladas, pero noté como empezaban a sudar.

- Y por dónde debemos ir? - Preguntó Guillermo.

- Por esa dirección dos cuadras querido.

- Y… cómo decís que te llamás? - Preguntó Memo.

- M- Mary! Y para quién es el servicio?

- Para este que es maricón. - Bromeó mi primo.

Memo había hecho ese comentario sin imaginarse lo cierto de sus palabras, pero no era momento de aclaraciones y menos de esa índole. Sin embargo sus palabras me recordaron mi naturaleza, una naturaleza que además de avergonzarme deseaba borrar de una plumada… debo decir de una cogida??

- Ya llegamos mi amor. - Le dijo a mi primo - Espéranos. Vamos querido? - Me dijo adelantándose.

Guillermo le dio la plata y le dijo en voz baja con mucha sinceridad y cariño algo que alcancé a escuchar…

- Hey… Trátalo bien que es su primera vez… De acuerdo?

Ella asintió sin palabras mientras me llevaba por los pasillos de ese estacionamiento. Llegamos a una especie de saloncito recepción donde un hombre le dio una llave a “Mary” y ella le dio algo de dinero y una boleta.

Me llevó ante una puerta sin número, en un pasillo angosto y sin mucha luz. Al abrir la puerta vi una alcobita tan pequeña que apenas cabía una cama matrimonial, un sanitario y un lavabo. Una de las paredes que encerraban ese minúsculo espacio, ostentaba un espejo enorme, mudo testigo de las miradas y las caricias del comercial deseo comprado por unas monedas.

Ella sonrió y se quitó los pantalones mientras yo hice lo mismo, mi profunda excitación era expresada por mi cuerpo… NINGUNA! Mi sexo estaba tan erecto como una rebanada de jamón. Ella se percató de la situación y con frotamientos trató de obtener de mí algún resultado, pero la respuesta seguía siendo la misma. Tras unos 10 minutos de que no pasaba nada ella me dijo con una sonrisa…

- Mirá mi amor, esto es por tiempo así que pues…

- Déjalo así. Solo te pido que no digás de esto ni una palabra.

- No te preocupés… esto le pasa a muchos la primera vez… no te sientas mal.

Obviamente yo estaba en estado de conmoción. Por principio de cuentas no había sucedido como en las películas, los besos, el contacto físico de estimulación… ni siquiera se había quitado la parte superior de su vestimenta! Por otra parte las cosas habían salido enteramente fuera de lo que yo había planeado o deseaba…

- Estás listo querido? La salida es por allá.

Salí de ese sitio con la cara tan larga como la cuaresma, mis ideas me estaban traicionando… cuando llegué con Memo él me dijo…

- Tan pronto?? - Me preguntó con sorpresa.

- Mirá vos…. - Respondí con trivialidad.

- Qué tal?? Bien Lito… Lito?? Pero que estoy diciendo! Se acabó el Lito y ahora sos Noel Ya dejaste de ser el niño de hace unos minutos para convertirte en todo un hombre… boludo!

Entramos en su auto y Memo estaba radiante… realmente de alguna manera no lo entendía pero ahora comprendo que era otra forma de tener algo más en común, ya que memo y yo éramos como hermanos.

Pero mi estado de ánimo no lo podía ocultar y mientras Memo viraba nuestro destino hacia un bar para por lo menos emborracharnos y celebrar mi “estreno” en las filas de la heterosexualidad, yo le dije secamente…

- Sabés? No me siento bien… Vámonos a la casa.

- P-Pero por qué Lito? Qué tenés estás muy callado…

- N-No me pasa nada… Solo vamos a la casa de abuelita.

- Ay vos… maricón… Bueno, pues vos te lo pierdes.

“Maricón” eso era lo que me repetía una y otra vez en mi cabeza… Pocas palabras me ofendían, esa era una de ellas… y aunque entendía que mi primo no lo decía con el afán de ofenderme yo ya no soportaba más esa situación… necesitaba que ese día acabara lo más pronto posible.

Al llegar y abrir la puerta mi madre nos estaba esperando, su estado de ánimo era el natural de una mujer medio desvelada. Sonrió y me dijo…

- Y qué tal te fue?

- B-Bien… - Respondí entre dientes.

- Qué bueno… Para que aprendas a hacerlo bien para tu esposa. Hay cosas que son importantes en un matrimonio y esta es una de ellas…

- M-Me voy a recostar ya mamá.

- Pero qué te pasa te ves pálido?

- N-Nada, solo estoy cansado.

Memo y mi madre se pusieron a charlar un poco y yo me fui a la recámara que compartía con Memo mi primo. Me desvestí y me metí en las cobijas… esa noche me sentí más homosexual que nunca… descubrí que la cura milagrosa que esperaba no había llegado… y quizás no llegaría. Mi panorama personal lucía más negro que la noche misma.

En Septiembre de 1982 entré a la Facultad y ese paso fue difícil para mí porque significaba separarme de Rubén y Edgar ya que cada quien estaba por emprender el camino personal en forma independiente. Qué sorpresas me esperaban en aquel enorme edificio de paredes desconocidas?

Mi papá había estudiado en esas mismas paredes y conocía a algunos de los maestros por haber sido compañeros de su generación… allá por 1800 Jajajaja… Realmente adoro a mi padre y sé que él nos adora a los tres hijos. Su consejo me ha servido invaluablemente tanto en los estudios como en mi vida personal.

Ese otoño de 1982 conocí en una de las clases que llevaba a Rebeca Menéndez, una mujer un año mayor que yo que tenía facciones muy finas y una personalidad magnética. Su carita de ángel inocente y puro solo era igualada por su astucia para manejar a los hombres. Sin saberlo mi cortejo se sumó a los de otros 4 chicos.

Esas tardes de salir y de convivir con ella me hicieron sentir muy bien, porque mi autoestima no estaba muy bien que digamos, especialmente en el plano femenino ya que mi falla sexual con aquella prostituta realmente me había afectado mucho. Para fin de año ella regresó a Ciudad Victoria y con eso se terminaron mis problemas de identidad emocional… de verdad que me sentía atraído a ella al grado de haber experimentado una excitación física en alguna ocasión.

Tras las vacaciones de Diciembre, en Enero de 1983 me sorprendió escuchar algo en uno de los pasillos de la Facultad, el eco de una voz feminoide llamó mi atención y al voltear, más por responder a un instinto homosexual que por curiosidad, estaba un chico delgaducho, de cara larga y hermosos ojos aceitunados, usaba bigote y de espesa e hirsuta cabellera. Intercambiamos miradas y ahí nos expresamos interés mutuo.

Esa noche no pude borrar su imagen en mi cabeza, tenía un excelente trasero y una cintura muy pronunciada. Al paso de los días nos seguimos encontrando en los pasillos y nuestras miradas en cada ocasión se decían el deseo que nos provocábamos mutuamente. El encuentro físico entre ambos era solo cuestión de tiempo.

Así que una de esas heladas noches cuando moría Enero le seguí, él noto mis pasos pero no se inmutó… siguió hasta su parada del colectivo, pero debido a la avanzada hora no había nadie en ese lugar más que él y yo. Una vez ahí tomé la iniciativa…

- Buenas noches.

- Buenas noches - me respondió sonriendo nervioso.

- Cómo te llamás?

- Alejandro… Alejandro Rentería… Y vos?

- Noel.


Al paso de nuestra conversación nos descaramos en nuestras ya obvias intenciones, por lo que antes de que abordara su colectivo acordamos en que al día siguiente iríamos a casa de mi madre y encontrarnos más privadamente. Sin embargo por la mañana se excusó diciendo que tendría Laboratorio y que le tomaría todo el día.

Por la noche lo esperé en su parada del colectivo, sabía que llegaría tarde, por lo que esperé paciente hasta que apareció y comenzamos a charlar. Las palabras poco a poco subieron de color al grado de elevarnos los niveles hormonales, por lo que decidimos regresar a la Facultad y entregarnos finalmente a nuestro deseo.

Nerviosamente entramos en el edificio del fondo, subimos al tercer piso, cuando íbamos ascendiendo las escaleras miré el reloj… justo las 9:30 de la noche. El sitio estaba completamente desierto… entramos en uno de los salones y cumplimos finalmente esa cita con el deseo.

Al concluir con nuestro encuentro corrimos escaleras abajo a fin de darnos cuenta de algo que ninguno de los dos habíamos contemplado… la puerta principal del edificio estaba cerrada! Me puse frenético y traté de forzar la cerradura, empujando de adentro hacia afuera las puertas para ver si se rompía el cerrojo, pero no ocurrió.

Mi mayor temor consistía en estar encerrado a solas con ese maricón tan afeminado y ser descubierto en esas circunstancias. Como las puertas eran de cristal mi desesperación por escapar de aquella situación incriminatoria era imperativo, así que tome una silla y cuando estaba por estrellarla en ellas, Alejandro me dijo con cierta tranquilidad…

- Salgamos por una de las ventanas.

Las ventanas! No se me había ocurrido siquiera esa salida… estaba tan concentrado en la puerta que había olvidado esa ruta natural de escape, ambos salimos de esa manera y la aventura había concluido para ambos finalmente.

El verano de 1983 acepté una invitación para asistir a una reunión que Sergio Mendoza, uno de los compañeros de la Facultad, estaba dando. No era entonces afecto de fiestas y reuniones ya que mis aptitudes sociables estaban completamente quemadas con mi experiencia infantil de la “pandilla” de la cuadra.

Sin embargo acepté y a eso de las 11 de la noche no pude dejar de escuchar una conversación entre Sergio, el anfitrión, y una de las invitadas…

- Por cierto Alejandra… Dónde está tu novio Tino?

- N-No vino… y la verdad no me dejó ni que viniera… Me siento tal mal… Qué hago Sergio? - Preguntó apenada.

- Andate de aquí… Si tu novio no te permitió venir no es correcto que andes en estos mitotes. - Respondió enfático.

- Creo que tenés razón. Gracias por todas tus…

En eso interrumpieron esa conversación, alguien le hizo saber a Sergio que había una llamada para él y que se trataba de una larga distancia ó algo así. Se disculpó con Alejandra y yo, que me encontraba solo como usualmente ocurría entonces, me acerqué y le dije…

- Hola, vos no me conocés pero no pude dejar de escuchar la charla que tenían Sergio y vos...

- Sí… Si ya me iba… - Me dijo de prisa.

- Eso es precisamente mi problema.

- Tu problema? - Preguntó sorprendida.

- No me parece que Sergio te haya dicho que te vayás solo por no contar con el consentimiento de tu novio. Si te vas es porque vos así lo decides, no porque ese chico ó Sergio te digan lo contrario. Es tu novio solamente, no se trata ni de tu marido ni de tu carcelero. - Expliqué enfático.

- V-Vos creés? - Me dijo con esperanza en sus ojos.

- Estoy seguro. Además nadie debe vivir tu vida por ti… solamente una vez se tienen 20 años y si no los aprovechas ahora… mañana será demasiado tarde. - Dije seguro.

Esa noche Alejandra del Moral y yo iniciamos una amistad que pocas veces se encuentra uno en la vida. Solamente comparada a la que Rubén y Edgar me habían brindado. Recuerdo que con el tiempo ayudé mucho a salir del cascarón a la pobre de Alejandra del Moral, ella cree que yo le di las ideas y lo que realmente hice fue darle la oportunidad de conocerse y contar con ella misma. La vida te pone sola demasiadas trabas como para que uno mismo se las ponga… no creés?

Me molestan mucho los sobrenombres o apodos, sin embargo a la gente muy muy especial le pongo uno… La primera persona que tuvo un sobrenombre fuera de mi primo Guillermo, a quien llamé siempre Pork, fue la apreciable señorita del Moral, a quien siempre me referí como “La Güereja Desabrida”.
Recuerdo que ella estaba tan limitada en su visión que lo primero que le enseñé fue a comer con las manos en un restaurante. Creo que ese fue el punto de partida… Le expliqué que el ser educado en ciertas ocasiones es importante, pero el sentirse libre en todo momento lo es más.
Por esas fechas había terminado con el novio con quien estaba, Tino, y se había hecho de otro… éste último era de Sonora, tenía muy buen cuerpo y una sonrisa preciosa, pero su personalidad era la de un moco embarrado en la pared.
Obviamente desde que nos conocimos ese novio y yo no nos caímos bien, especialmente porque nuestras ideas chocaban por su criterio de cuadrito. El sentía instintivamente que yo era un peligro potencial para su relación con la Güereja porque sabía que ella me adoraba, y que poco a poco comenzaba a compartir mis ideas.
Pensaba que se la estaba robando, sin embargo no competíamos por la misma clase de amor, pero explicárselo en su lenguaje hubiera significado sacarlo de su mentalidad de 1545! Y créeme que lo que menos me importaba era ser su redentor.
En uno de los viajes de este imbécil a Sonora, Alamos, Alejandra y yo nos largamos a un bailecito. A eso de las 10:15 de la noche La Güereja me abrazó y me dijo pálida…
- Lito… mi mamá me va a matar!

- Tu madre siempre te anda matando! - Dije sonriendo.

- Esta vez será en serio… - Habló preocupada.

- Y ahora por qué?? - Le dije con un suspiro.

- Hace 15 minutos yo debía estar hasta mi casa…!

- Ya son las 10 tan pronto??? - Le pregunté con trivialidad.

- 10 y 15! - Me dijo con cara de espanto.

- Me saludas al diablo cuando lo veas una vez que te sacrifique tu mamá a los dioses.

- Caradura - dijo riendo.

- Y ahora qué hago?? - Me preguntó como si yo fuera un hada milagrosa.


Tras unos segundos de cavilaciones le di el milagro que buscaba…
- Ya son 18 minutos que estás tarde, prácticamente ni con resucitación cardiopulmonar volvés a vivir… en pocas palabras sos un cadáver… correcto? - Le dije riendo.

- Gracias por los ánimos… - Me respondió sarcástica mientras sonreía.

- Mi punto es el siguiente… Si pudieras hacer lo que te diera la gana, sin represalias de ningún tipo… qué harías?

- Lo que fuera? Uhmmm…. Me iba de acá hasta las 12…

- Eso es justo lo que vamos a hacer…

- Estás loco?? - Me dijo extrañada.

- Tu madre solo te puede matar una vez… más vale que lo disfrutemos.
Pasaron 5 minutos y su cara larga no cambiaba, su terror por el castigo era inminente…
- Güereja… Cambia esa cara. Si no más vale que nos vayamos ya. Mirá, cuando tu madre te esté desmembrando con cuchara y extraiga con gotero tu sangre, por lo menos pensá que valió la pena y que te la pasaste de lo mejor!

- Tenés razón! - Me dijo convencida.

Esa fue la fiesta más inolvidable que pasamos juntos… esa ocasión celebrábamos su independencia maternal… La llevé a su casa pasadas las 12:45 de la madrugada… al dejarla en la puerta alcancé a escuchar un “Reza por mí” de los labios pálidos de la Güereja Desabrida… Al día siguiente sentí en su mirada mucho agradecimiento por mis consejos… ella me hizo sentir útil y querido… muy querido…

Sergio Mendoza y yo comenzamos a charlar y pronto me presentó a sus dos mejores amigos, Francisco de la Vara y Abel Bravo con quienes compaginé de inmediato. Nos reuníamos en la casa de alguno, incluyendo la de mi madre, a tomar y jugar baraja o dominó…

Pronto Francisco introdujo la modalidad de jugar de prendas y al primero que encueraron fue a mí. Esperé a que esa situación se abriera a algo más homosexual, pero eso nunca sucedió. Es más, con los años todos se casaron y Sergio casualmente formó un hogar con una de las Fátimas con las que me relacioné en un noviazgo durante Preparatoria.

A principios de 1984 Rebeca Menéndez volvió a la Facultad y con ello a mi vida, las cosas al parecer no le habían funcionado bien en Ciudad Victoria y había decidido regresar. Me enredé con ella de nueva cuenta y aún a pesar de que recibí suficientes advertencias que lo “hombreriega” no se le había quitado, yo no hice caso de “infames calumnias de gente perversa” como ella decía.

Pero algo debo aceptarle, jugaba sus cartas bastante bien, al grado de que una tarde me dejó esperando afuera de su casa por 4 horas y media a una cita que ella había olvidado, llegó en el auto de uno de sus pretendientes, me miró, se bajó de su vehículo y se subió a mi auto como si nada hubiera sucedido. Con sus mentiras me envolvió y yo como tonto le creí una a una sus patrañas…

No obstante el amor es el amor, y bajo esa lente cualquier cosa luce bien. Ella se convirtió en la excusa perfecta de flores, tarjetas, invitaciones, besos, y hasta versos…

PARA VOS…

Vive un concierto hoy mi corazón,

como fondo el eco de tu voz,

de artistas sueños vestidos de ilusión

y de escenario risas tildadas de amor.

(……………..)

Pero vamos, te tomo de la mano

y al salir me das la luz que a tu pelo ata,

te conquisto con ella en vano

mientras la luna nos cubre de plata.

La plata huyó y tornó en oro,

lo mismo que mi cortejo terminó en llanto,

mientras mi alma tu amor grita en coro

unido a los versos que hoy hacen mi canto.

Ahora que transcribo estos versos me doy cuenta de lo cursi que a los 18 años el amor puede ser, pero en fin. Rebeca y yo fuimos novios en una forma tan ambigua que cuando terminamos el pretexto que ella utilizó fue tan absurdo que no lo recuerdo.

Así se llegó 1985. Lo primero que recuerdo de ese año, por allá de Marzo, es que se hizo una cena en casa de Jorge Rossi, uno de los amigos de Edgar que había sido expulsado del grupo de Edgar, Rubén y yo por sus mojigaterías. Sin embargo de alguna manera se había hecho presente otra vez y yo intentaba de no ser la manzana de la discordia.

En esa reunión, que era de reconciliación, era más grande de lo que esperábamos ya que Jorge había invitado al coro de la iglesia en la que asistía y había como 30 personas presentes de todas las edades. Esa noche me presentaron a quien era el alma de la reunión, Salvador Iglesias.

Salvador tenía algo que me hacía identificarme con él… tal vez un ademán, el que fuera el alma de la fiesta… no lo sé con exactitud, pero su mirada era profunda. Le abordé y le dije que a mí no me engañaba con esa máscara de felicidad y teatro cómico. Le dije que si deseaba hablar con alguien lo esperaba en mi auto, bueno, el auto de mi madre que yo usaba mucho más usualmente que de vez en cuando. El me dijo que estaría ahí en 10 minutos.

Directamente me fui al auto, encendí la marcha y puse la calefacción, la noche era fría. Empecé a pensar que tal vez por miedo no llegaría a verme, sin embargo a eso de los 5 minutos apareció y yo le abrí la puerta desde adentro…

- Pasa hombre.

- G-Gracias…

La conversación se fue haciendo cada vez más íntima, a veces es más fácil confesarle a un extraño lo más secreto del corazón, que al mejor de los amigos. Por eso al poco no me sorprendí cuando me dijo nervioso…

- Es que a veces sueño cosas muy raras que me inquietan…

- Raras?? Como qué? - Pregunté.

- En mis sueños… no aparecen… mujeres.

- De veras? Has tenido sueños eróticos así?

- S-Sí. - Respondió nervioso.

Reconocimos nuestras tendencias homosexuales, y en un momento determinado incluso llegamos a acariciarnos brevemente, pero ambos comprendimos que era más que suficiente por esa noche, regresamos a la dichosa reunión, no sin antes citarnos a las 8:30 de la mañana siguiente, en las puertas de la iglesia donde tanto él como Jorge cantaban en el coro.

Esa noche apenas pude dormir, demasiadas ideas me llegaban a la cabeza, sobre todo la imagen de una silueta de chico de ojos profundos, sonrisa amplia y sociabilidad casi inmediata. El hecho de un encuentro a solas con Salvador era una de los pensamientos más recurrentes esa noche.

A la mañana siguiente de sábado estaba yo puntual a las 8:30 de la mañana frente a las puertas de la iglesia. Realmente estuve unos 15 minutos antes de nuestra cita, por lo que su llegada cinco minutos antes de la hora dejó tácitamente implícito nuestro gran deseo de vernos esa mañana.

Cruzamos unas breves palabras y enfilamos nuestros pasos al refugio de casa de mi madre, ella había tenido que salir ese fin de semana de la ciudad a un curso de capacitación a Torreón, por lo que el fin de semana tenía acceso libre a ese recinto.

Cuando todo concluyó entre Salvador y yo, estábamos en la cama extenuados y llenos de sudor. Nada nos dijimos tras esa comunión de deseos… mirándonos a los ojos él pronto cerró los suyos y su respiración agitada comenzó a hacerse más pausada. El eco de su sueño dio paso a mi curiosidad.

Con cuidado me levanté y estando frente a él comencé a observar su cuerpo desnudo comparándolo con el mío, las diferencias eran notorias. Aún a pesar de que él era menor que yo su cuerpo estaba más desarrollado que el mío, perfilándose franco vello en forma general, especialmente en brazos y piernas… mientras el mío estaba escasamente poblado, y hasta la fecha las cosas no han cambiado mucho en ese departamento.

Las próximas veces que hablamos Salvador me contó su vida. El era el mayor de 7 hermanos, su padre era ferrocarrilero, su carácter demasiado estricto le habían hecho recaer en él la responsabilidad de ser perfecto, lo cual se resquebrajaba en sus ocultos deseos homosexuales.

Traté de ayudarle con algunos consejos, pero a pesar de que él deseaba encontrarse conmigo, el cargo de culpabilidad era tanto que al poco tiempo desistió de nuestros encuentros, sexuales y no sexuales. No volví a saber de él.

En este punto quiero explicar que aún a pesar de la aparente falta de respeto y mal uso que hacía yo de la casa de mi madre, ese sitio al que yo debía de alguna manera mantener fuera de estas cuestiones, representó para mí no solo un lugar donde yo iba algunas veces a mantener relaciones sexuales con otros chicos, sino el sitio donde yo podía sentirme aparte de mi realidad cotidiana, de sentirme libre de la rutina y de sentir que podía estar solo conmigo.

No siempre que iba a casa de mi madre, fuera de visitarla a ella, era para estar con alguien más… muchas de esas veces ese alguien con quien deseaba encontrarme a solas era yo mismo… y cuando hubo alguien más nunca ocurrió algo fuera de mi recámara, si es que esto sirve de excusa… pero los adolescentes simplemente no tenemos otro sitio para poder tener este tipo de encuentros.

El verano de 1985 la mujer volvió a hacer acto de presencia en mi vida. Edgar Garza y Rubén López, mis entrañables amigos de Preparatoria, se habían coludido para que hiciéramos un viaje al Bajío… y yo no podía faltar! Era la primera vez que realmente experimentaba la libertad de estar sin alguien de la familia cerca de mí en un viaje. Tenía casi 20 años, y aún a pesar de las travesuras y viajes que hicimos Guillermo mi primo y yo… pues no dejaba de ser familia.

Viajamos por varias partes, y debo admitir que siendo tres los ocupantes de una recámara pues no podía yo apartar de mi mente que alguna vez tendría que compartir la cama matrimonial con Edgar, a quien desde que lo vi 3 años atrás, me atrajo como imán al metal. Pero aún cuando lo hicimos jamás sucedió nada y yo continué en mi espera.

Como punto obligado del viaje llegamos a Guanajuato, Gto. Visitamos la Alhóndiga de Granaditas y en ese hermoso museo ya mero no entrábamos porque sus puertas cerraban a determinada hora y eran 10 minutos después… gracias a nuestra verborrea nos permitieron entrar… no podía yo dejar de asistir a una cita con el destino.

Entre los salones de exposiciones estaban 3 chicas que usualmente se iban de la sala de exposiciones cuando nosotros llegábamos, pero el retraso de alguna de ellas nos permitía a nosotros comenzar el juego de las miraditas y las sonrisas. Como ellas eran tres y nosotros éramos tres pues la lógica era más que obvia. A la salida del museo nos esperaron y yo rompí el hielo con ellas, nos presentamos, y por la diferencia en nuestros itinerarios del tour que llevábamos, pues acordamos vernos a las 7 de la noche en la Placita de la Unión.

Pero había un problema… a Edgar y a mí nos había gustado la misma muchacha, una chica bajita de ojos verdes y cabello rubio cenizo de facciones bastante finas. Yo le dije a Edgar que lo mejor era no discutir… y menos por mujeres por favor! Se me ocurrió que lo mejor era llegar a la Placita de la Unión poco antes de la hora y dejar que ellas decidieran cuando se aparecieran cuál se iba con quién. Hasta entonces solo sabíamos que ellas eran de Sonora.

Las esperamos en frente del Teatro Juárez, llegaron y ellas aparentemente ya habían resuelto quién se iría con quién, la chica en disputa se dirigió conmigo, me tomó del brazo y así comenzamos nuestra charla en pareja. Ella era Imelda Bayardo, su conversación realmente me llamó la atención desde un principio, ya que no era la aglomeración de frívolas pavadas que habitualmente yo había relacionado con los tópicos femeninos.

Esa noche lo mismo pasábamos a hablar del arte helénico que de los sonetos escritos en el siglo XVII por Sor Juana Inés de la Cruz. Hablamos incluso de política exterior y de los cambios contemporáneos en el país… Imelda realmente sabía de lo que hablaba. Esa noche nos abrazamos y nos besamos en varias ocasiones.

Anduvimos por esas románticas y añejas calles de Guanajuato por varias horas… y finalmente las encaminamos hasta el hotel en que se hospedaban. Al despedirnos ella me insinuó con una mirada que subiera a su habitación, pero yo rehuí la invitación fingiendo no haberla entendido.

Esa noche realmente no pude apartar de mi cabeza la idea de Imelda y de su aparatoso encuentro de mujer conmigo, eso era algo que no esperaba y no pensé propiciar en forma alguna, especialmente porque el episodio de la prostituta “Mary” me recordaba a cada momento mi condena de impotencia sexual con una mujer.

No deseaba hacer el ridículo otra vez. Sin embargo era inminente que estaba pasando por una crisis de identidad nuevamente y quizás por eso no hice ninguna avanzada con Edgar mientras compartimos la cama matrimonial.

Al día siguiente ellas partieron por su rumbo y nosotros por el nuestro, curiosamente visitarían los mismos lugares en Michoacán, Jalisco y Guanajuato, pero lo harían un día antes que nosotros… por lo que no las veríamos más esas vacaciones. No obstante intercambiamos direcciones postales y teléfonos, aunque ese tipo de promesas, sabía incluso entonces, son difíciles de cumplir por la distancia.

Regresamos del viaje y, como sorpresa para mí, ya tenía un par de postales de Imelda y una carta. En ellas me decía de lo importante que para ella había sido el conocerme y de lo contenta que este hecho la hacía… qué puedo decir yo? Su presencia me había estrujado hasta los cimientos de mi homosexualidad… creo que ella ni siquiera supo nunca lo realmente importante que su encuentro había significado para mí.

Esas cartas de uno y otro lado pronto se convirtieron en llamadas telefónicas, de las que mi padre naturalmente renegaba pagar, pero lo hacía con la alegría de un padre que veía a un hijo intentar ser feliz.

Tras un par de meses, nuestro trato desembocó en una visita que Imelda haría a Monterrey… viaje que se mostraba como una promesa para ambos… y lo más sobresaliente es que yo no buscaba en ella una cura a mi homosexualidad, sino porque veía en ella el apoyo emocional que entonces yo necesitaba.

Una vez en la ciudad yo me esmeré en mostrarle la ciudad, aunque ella ya tenía su idea fija en mostrarme y demostrarme algo más. Se quedó hospedada en casa de los familiares de una amiga, con quienes tenía nexos desde hacía muchos años.

Recuerdo que la tarde siguiente a su llegada nos quedamos solos en casa… bueno casi solos ya que la Señora Panchita, quien se encargaba de ayudarnos con la limpieza de la casa, estaba en la cocina, pero rara vez se metía a la casa ya que en su cuarto tiene hasta televisión.

Imelda y yo estábamos a solas y las cosas se fueron dando más íntimamente entre nosotros, en el cuarto de la televisión comenzamos a besarnos… y de los besos pasamos a las caricias… Era el mismo juego que ya sabía, pero el matiz del respaldo emocional y la entrega que yo sabía estaba a un paso de ocurrir eran realmente excitantes.

Mi cuerpo había funcionado en la exactitud de un reloj de Inspector de Ferrocarriles, tal vez sucedió por la falta de presión que un par de años había yo experimentado, tal vez… tal vez… Al diablo con los razonamientos…!

Ambos estábamos ardiendo, y yo intuía que mi vida no sería igual a partir de ese momento… O sí?? Ella ya no tenía ropa de la cintura para arriba, y yo tenía los pantalones desabrochados… en unos minutos más viviría algo que por mucho tiempo había deseado.

Pero, como en las películas, en el momento culminante apareció Panchita y con su presencia simplemente desbarató el momento. Imelda y yo nos avergonzamos por el incidente y yo corrí a darle una explicación a Panchita, pero quien se disculpó fue ella por habernos interrumpido.

Al regresar con Imelda ella ya estaba completamente vestida e intuí que el momento había pasado. Estaba nuevamente confundido y ahora más que nunca, especialmente conmigo mismo… Una oportunidad como esa era difícilmente repetida en la vida de cualquiera… la química, el momento, la ocasión y sobre todo la naturalidad del curso que las cosas habían tomado…

Y ahora que escribo estas líneas percibo lo mucho que mi vida hubiera cambiado y lo distinto que mi panorama hubiera sido en los años que siguieron, si tan solo Imelda y yo hubiéramos compartido nuestros cuerpos en ese clima de pasión, deseo y acercamiento humano… en pocas palabras, en ese clima de amor.

Si tan solo hubiera Panchita llegado 30 minutos después… esa media hora hubiera representado para mí una liberación de la condena que “Mary” había colgado en mí tres años atrás… Y no es que base la totalidad de mi sexualidad en esa frustrada relación con “Mary”, pero fue uno de los más traumáticos momentos en mi vida; las primeras impresiones son difíciles de borrar… sobre todo cuando son malas, especialmente en el aspecto sexual..

En fin, la vida sigue y a la mañana siguiente el sol salió como de costumbre por el Este… La noche anterior excuso decir lo poco que dormí, supongo que ella pasó por las mismas, pero yo estaba determinado a repetir el evento del día anterior… esta vez era yo quien deseaba estar, no con una mujer… sino con ella,… con Imelda Bayardo.

Pero nuestra entrevista sucedió de un modo diferente, la noté distante y hasta distraída… Mientras enfilamos nuestros pasos al Mol de la Colonia del Valle, ella apenas si dijo palabra, por lo que al sentarnos a la mesa de uno de los sitios que entonces habían de bocadillos, ella me miró a los ojos fijamente…

- Noel debo decirte algo. - Me dijo seriamente.

- Ya era hora de que articularas una frase completa… Qué es lo que te pasa? Por qué se asoma una lágrima en tus ojos?

- E-Es que vos no sabés por lo que yo he pasado. - Dijo con tristeza.

- No te preocupés, lo pasado pasado es… Lo que sea te ha pulido en el ser que ahora tengo frente a mí… Y es precisamente eso lo que…

- Tenés idea de la edad que tengo??? - Me dijo casi en llanto.

- Bueno, sos mayor que yo por unos tres o cuatro años, pero eso no es tan importante. Mis abuelos eran menores que mis abuelas cuando se casaron.

- Cuántos años tenés vos Noel?

- Voy a cumplir 20 en Noviembre…

Sin decirme nada abrió su bolso, yo suponía que buscaba algo con qué limpiarse las lágrimas por lo que cortesmente le acerqué mi pañuelo, pero ella lo ignoró. Sacó su billetera y me mostró las fotografías de dos pequeños de unos 3 y 6 años aproximadamente…

- Dios Mío! Sos casada?? - Le dije con absoluta sorpresa.

- Divorciada… - Expresó tranquila.

Comenzó entonces un relato lleno de sinceridad. Ella se había casado en Hermosillo con un chico de Navojoa por lo que en ese lugar vivía. Tuvo esos dos niños con él y su divorcio había sido definitivo un año y medio atrás, yo era la primera oportunidad que se daba para conocer a alguien. Ella frisaba entonces los 34 años.

No tuve un exabrupto como ella esperaba, tomé las cosas con calma. Sin embargo entendí entonces que el otoño de ese año sería un buen recuerdo y nada más. Esa noche la llevé al aeropuerto y nos besamos por última vez. Las llamadas poco a poco se fueron haciendo más espaciadas y las cartas igualmente se hicieron más escasas.

La última vez que supe de ella fue el 23 de Octubre de 1986 por una llamada telefónica. En ella me decía que su padre la había heredado en vida una finca ganadera grande y que el único requisito que le había impuesto era el estar casada…

- Y en calidad de qué me querés Imelda?

- De mi esposo. Serías el Administrador de esa estancia.

Yo me negué a esa propuesta. Las cosas para ella eran diferentes y su vida en Nogales, sitio de la estancia, era una realidad de la que yo ya no podía formar parte, porque para entonces mi vida había tomado un curso definitivo y mi realidad homosexual ya no estaba en tela de discusión.

Poco después de esa conversación telefónica recibí una tarjeta postal de Nogales, las últimas líneas que de ella recibí, misiva fechada el mismo día de nuestra última llamada, en ella me escribió…

“Sabés? Hace tiempo te escribí y no tuve respuesta por parte tuya, considero que tenés demasiados compromisos, pero me gustaría que en un momento libre me contestaras, ya que sería muy agradable para mí saber que aún a pesar del tiempo y de la distancia, no me has olvidado.

Quiero que no te sientas presionado por esta carta, ya que si lo nuestro no fue posible como los dos hubiéramos querido, o tal vez aún lo deseamos, sí podamos ser buenos amigos.

Te quiere siempre

Imelda.”


Imelda Bayardo se convirtió en uno de los recuerdos femeninos más importantes para mí. Ojalá que la vida le haya dado todo lo que una extraordinaria mujer como ella se merece, y que sus hijos se hayan convertido en apoyo para ella y en gente de bien. Cuando sus líneas y sus palabras me alcanzaron a fines de 1986 yo estaba en una situación imposible de aceptar esa proposición tan generosa, que tal vez me hubiera hecho cambiar los pasos que seguí en los años por venir.

Una vez que me quedé solo, tras la partida de Imelda, me di cuenta que la única presencia femenina en mi vida era la de… Alejandra del Moral; por lo que decidí cortejarla. Ella, me dio a entender que no estaba particularmente enternecido por el hecho, pero que toleraría mis galanteos… que no fueron pocos!

Que si me dio una esperanza Alejandra…??? La misma que de encontrar una tormenta de lluvia en el desierto… Pero ella maduramente comprendió que estaba yo confundiendo una amistad con algo más y supo actuar con sabiduría para permitirme expresar lo que yo sentía en ese momento y no dañar nuestra amistad.




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