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CAPITULO II


Yo soy yo…

Supongo que el comenzar por el principio te ayudará a que nos conozcamos mejor vos, que leés mis palabras, y yo. Mi madre me dijo que fui más que bien planeado… Habían pasado ya 4 años desde que había concebido al que era mi hermano mayor, y mis padres estaban decididos a mejorar el producto familiar con… una niña! Como todo matrimonio buscaban la parejita.

En aquellos años eso de las cuentas estaba muy de moda para embarazarse y así mi madre sabía que sería fértil del 25 de Febrero al 5 de Marzo, más o menos, y aguardaba paciente a que la fecha se llegara. Con lo que no contaba era con que su mamá, mi futura abuela, llegaba de visita inesperadamente y por dos semanas, aniquilando así cualquier posibilidad de ambiente sensual entre quienes se convertirían en mis padres.

No obstante la decisión de la mujer que sería mi madre era tal, que una tarde se puso sus pestañas postizas, se arregló el pelo con laca y, después de ponerse sexy, se fue a visitar a mi padre a su oficina, al despacho 902. Ya que llegó, ella misma se encargó de darle la tarde libre a la secretaria una vez que se canceló al último paciente del día. La joven esposa de entonces frescos 27 años, comenzó a seducir a mi papá y el diván estaba a punto de ser testigo de mi concepción.

Nueve meses después intentaba llegar yo al mundo en Monterrey, capital del Estado de Nuevo León, aquella tarde soleada y fresca de otoño, era el mes de Noviembre de 1965… Venía el autor de estas líneas 20 días tarde a la vida, el parto nunca sucedió y al ser éste inducido terminó en cesárea, no lo sabían los médicos entonces, pero yo tenía amarrado el cordón umbilical en el cuello y por esto la Naturaleza no me permitía nacer.

Al inyectarle el anestésico en la espalda, mi madre entró en paro cardiaco, por lo que la cesárea tuvo que ser hecha en sus cinco sentidos… en más de una forma estaba yo por darle dolores en su vida a esa mujer. Conmigo nacía también la regencia de Sagitario.

Sabiendo de seguro que no era niña, sino varón, la misma noche de mi nacimiento mi madre decidió cambiarme el nombre de Maricela que ya tenían escogido, y tras cavilar un poco decidió ponerme Noel. Se empeñó en ese nombre pues le sonaba muy varonil, sin embargo la vida me llamó a transitar por caminos muy diferentes.

Sin saberlo, en mis primeros años, fui testigo inocente del resquebrajamiento del matrimonio de mis padres… Para colmo de problemas mi madre quedó nuevamente embarazada de mi hermana Mónica, sucediendo esto en uno de los puntos más álgidos de su relación con papá. Yo tenía 2 años de edad.


Pero Mónica les dio a mis padres la posibilidad de tener la tan ansiada niña y, modestia a parte, con los años se puso tan bonita que realmente fue el último hermoso soplo de un amor que había nacido entre dos personas, entonces ocho años atrás, en 1959. Ella representó una especie de segunda oportunidad para su matrimonio, lo cual nos unía como familia de nuevo ese 1967. Pero todo tenía un límite.
Luego de un período de tensa calma entre ellos, cuando cumplí yo 6 años, mis padres llegaron al colmo de su paciencia y discutían casi a diario… lo hacían en inglés para evitar que entendiéramos lo que ocurría, sin embargo olvidaron que el lenguaje de un niño es el del corazón, así que el idioma de las palabras salía sobrando.
Poco tiempo más tarde, una noche que recuerdo como si hubiera sido hace un par de semanas, mi madre tomó parte de su ropa y se fue a dormir la pieza de Mónica mi hermana, dejando para siempre el dormitorio donde mi padre jamás volvió a compartirlo con otra mujer.
Sin embargo las cosas continuaron de mal en peor y mi madre comenzaba a ser grosera con él al grado de literalmente aventarle el plato de comida a mi padre en la mesa frente a nosotros… Realmente no la juzgo pues sus procederes eran más bien los de una mujer decepcionada… y un corazón decepcionado es capaz de manifestarse de la peor forma.

Por entonces, alguna de esas “amigas” de la clase alta que le llenaron a mi madre la cabeza con ideas que no eran suyas, le recomendó que visitara a un psiquiatra, dándole el nombre del Dr. Víctor Pereira, un hombre alto, blanco, de porte demasiado fino y elegante… De inmediato le indicó a mi madre que era importante meternos a todos en terapia de grupo…


Así, a mis apenas 6 años, estaba ya en “El Grupo”, como le llamaban a esas citas de los lunes y jueves a las 4 de la tarde… la clínica era un suntuoso lugar de una planta en la privilegiada Colonia del Valle, a un costado del parque. Ese sitio afortunadamente desapareció con los años, no lo suficientemente a tiempo para evitarme el suplicio que ahí viví.
Ese primer Lunes asistimos puntuales, mi madre estaría en un grupo de señoras (unas 6 ó 7) bajo la dirección del mismo Dr. Víctor Pereira, mientras mi hermano mayor (4 años de diferencia y con quien jamás llevé una relación de hermandad) estaría bajo la supervisión de Dalia, la esposa del Dr. Pereira, en un grupo de chicos de 12 a 15 años (unos 6 chicos) y mi hermana Mónica y yo en el grupo de niños de 5 a 6 años donde estaban otros 5 niños a cargo del desgraciado del hermano del ilustre Víctor Pereira… Ernesto.
“Ernesto”… ese ser repugnante vestía impecablemente de traje elegante con corbata, de cínica sonrisa como su carta de presentación. Los consultorios de los adultos (incluyendo a mi hermano) estaban casi a la entrada, todos comunicados por una sala de espera… el de los niños, que estaba a cargo de Ernesto, estaba independiente, al fondo de un patio trasero.

Tal vez esa pieza ubicado premeditadamente en sitio ajeno a la construcción principal, se escogió para los niños a fin de evitar la molestia por gritería de los que debíamos estar ahí dentro jugando… nada más lejano de la realidad. Ese cuarto siempre estaba lleno de silencio, un silencio que es signo de que algo muy malo ocurre dentro


Ernesto nos llevó a ese cuarto, habían juguetes tirados en el suelo, pero no nos era permitido usarlos… Se acercó a un enorme pizarrón que estaba en una de sus paredes y dibujando un sanitario (retrete) dijo ante la atónita mirada de nuestros infantiles ojos…
- Así ha de cagar Augusto... - Dijo cínicamente.

Augusto era uno de nuestros compañeritos, quien ya llevaba un semestre más de “terapia”, era un muchachito introvertido, de gruesos lentes, vestido de trajecito y con protuberantes dientes superiores los cuales no podían ser cubiertos por sus gruesos labios… Creo que hasta ligero retraso mental tenía.


- Pfffttt! - Hizo el ruido de un gas intestinal con sus labios.

Augusto solo asomó lágrimas en los ojos. Continuó con mi hermana y finalmente remató con un comentario similar sobre mí. Yo estaba muy confundido por todo aquello… En casa jamás se nos había hablado en esa forma, aún a pesar de los problemas que existían entre papá y mamá siempre existió el respeto… los besos y abrazos de ellos para con nosotros eran algo infaltable en rutina diaria…

De pronto, luego de hacernos llorar a todos, Ernesto hizo algo inconcebible, en tres cajones de puertas deslizables con llave, encerró a tres de nosotros, mientras a mi hermana Mónica y a otro niño los enrolló en cada extremo de la alfombra que estaba sobre la otra que recubría el resto del suelo, dejándolos unidos por esa cárcel de felpa roja…
Al sexto, el más pequeño de estatura, (Augusto) era puesto en una caja de madera, entre la basura de papeles y aserrín de lápices a los cuales se les sacó punta, cubriéndolo Ernesto con una manta de terciopelo café. Apagaba la luz y se iba de ahí cerrando tras de sí la puerta de ese cuarto de tortura, dejándonos a obscuras y solos por espacio de una hora y cuarenta y cinco minutos, que en tiempo de un niño parecía una eternidad.
Una vez que pasaba ese lapso, justo 5 minutos antes de las 6 de la tarde - la hora de salida - aparecía Ernesto, encendía la luz… nos sacaba de nuestras cárceles y decía algún sarcasmo que nuestras mentes infantiles la mayoría de las veces no comprendían pero que traducía el corazón en algo feo que nos insultaba, mientras nos hacía que acomodáramos todo a su estado original, la caja de basura, doblar la manta de terciopelo café, la alfombra de color rojo.
Invariablemente nos daba una galleta de chocolate justo antes de abrir la puerta de la sala de espera y, con ese premio en la mano nos entregaban nuevamente a nuestros familiares en medio de su sonrisa cínica, a fin de que nuestros padres vieran que salíamos “contentos”.

El desgraciado de Ernesto, especialmente cuando nuestras madres lo observaban en la sala de espera, nos obligaba a darle un beso de despedida en la mejilla y nos daba la sentencia de costumbre…


- Nos vemos el próximo Jueves… - Nos decía con una sonrisa bien actuada.

Luego se implicaba en alguna charla casual con las mamás, y finalmente les decía de nuestros “progresos” en conducta, sociabilidad y otras cosas. Cuando recuerdo esto me lleno de rabia y sabiendo donde se encuentra el infeliz, no pienso cobrarle venganza, Dios lo hará por mi, por nosotros… ahora es viejo y retirado, imposible de defenderse y de hacer daño a alguien más.


Ninguno de nosotros comentó nunca nada, porque en la tierna mente de un niño siempre se piensa que todo lo que ocurre es normal, y que esa realidad debe ser la compartida por el resto de los niños. Si tan solo le hubiera dicho a mi padre… si tan solo hubiera hablado con mi madre…
Sé que esto te suena demasiado grotesco para ser cierto, sobre todo en un período como el que se vivía en casa, pero mi hermana Mónica y yo lo hemos comentado un par de veces ahora de adultos y sus recuerdos son tan detallados como los míos… incluso los de otro compañero con quien me encontré en Secundaria ratificó nuestra versión… Dios mío, cómo pudieron hacernos esto?
Pasó el tiempo, cosa de un año… Para Marzo de 1973 mi madre y su hermano, mi tío Gerardo, se pusieron de acuerdo para que mi Madre huyera abandonando a mi papá… cuestiones nunca vistas ni escuchadas en la sociedad del Monterrey de entonces… Mi tío Gerardo vivía en la Ciudad de México de donde mi madre es originaria. Las cosas se perfilaban poco a poco para lo inevitable, la disolución del vínculo matrimonial.
Esa mañana fuimos como de costumbre a la escuela, yo a la primaria y Mónica mi hermana al kinder… sin embargo al filo de las 11 de la mañana mi madre nos sacó a mi hermana y a mí, nos puso en un taxi con ella y mi tío y partimos en avión a la Capital, cargando en el equipaje nuestra confusión de no saber por qué mi hermano no nos acompañaba y el porqué ni siquiera nos despedimos de papá.
Tiempo después supe que mi hermano se quedó esperando hasta las 3 de la tarde a que mi madre lo recogiera. Tras averiguar que ella había pasado por nosotros antes de la hora de salida, como pudo ese niño de 10 años, le llamó a mi padre para que pasara por él… y al llegar ambos a casa se encontraron nuestra ausencia en el recibidor y la falta de ropa y unas maletas en la habitación. No sabían donde estábamos.
En casa de mi tío Gerardo, mi madre pasó a ser prácticamente la sirvienta de la casa y los insultos y humillaciones para mi madre por parte de mi tía Norma estaban a la orden del día… nosotros no los comprendíamos, pero lo cierto es que mi hermana Mónica y yo éramos felices por haber interrumpido la terapia en “El Grupo” y nuestros primos nos recibieron muy bien… salvo Yolanda, la mayor.
Mi tío Gerardo no hizo distinción entre sus hijos y nosotros, hasta nos daba para gastar el mismo peso diario (en billete!) que les daba a sus hijos, pagando sin duda las colegiaturas de mi hermana y mía. Se portó como un padre con nosotros por el tiempo que estuvimos ahí, esperándolo con verdadero gusto cuando llegaba a eso de las 6 de la tarde del trabajo.
Un mes más tarde papá apareció con mi hermano mayor. Nos subieron a los cuartos, pero logré escapar hasta la escalera donde le escuché rogarle a mamá que regresara, que no era bueno para nosotros sus hijos estar separados, que había hecho mal en dejar a mi hermano mayor sin avisarle nada…
Ella le respondió cínicamente que si lo había dejado era porque él, mi padre, lo había hecho su cómplice en vigilarla y lo había envenenado tanto contra ella que no le quedó más remedio. Bueno, para que seguir con esto… Papá le ofreció incluso que construiría un piso superior en la casa que tenemos todavía, a fin de que vivieran separados pero juntos, por nuestro bien, ella no transigió… deseaba su libertad a toda costa.
Finalmente una orden judicial nos hizo regresar a Monterrey la noche del 9 de Mayo de ese 1973… fecha que recuerdo perfectamente. Tomamos un autobús de vuelta a Monterrey, mientras mi tía Norma nos despedía sonriendo feliz por haberse deshecho de un tajo en su casa, nosotros.
Tras volver no vimos a mi papá y mi madre nos ordenó no hacerle saber a papá donde estábamos, habíamos parado en casa de una amiga de mi madre. Luego supe que papá, una vez que se enteró que estábamos en Monterrey, se iba en el auto con mi hermano a las colonias nuevas a ver si nos podía ver por las calles aunque fuera por casualidad, y esa casualidad se dio… aunque de otra forma.
Una tarde estábamos jugando mi hermana y yo en un parque, con la sirvienta fiel de mi madre, la cual abandonó a papá tan pronto regresamos. Ahí nos topamos con mi hermano brevemente y a mí se me ocurrió darle la dirección donde estábamos para que “me escribiera”… ya que mi madre nos había prohibido ver a papá. De ahí fue cuesta abajo la situación para mi madre, quien finalmente perdió nuestra custodia en una forma nada caballerosa por parte de mi padre… pero “A grandes males, grandes remedios” y su divorcio fue final.
Debido a los vericuetos del divorcio, palabra a la que tuve que acostumbrarme desde los 8 años, nos quedamos con papá los tres hijos y las cosas evolucionaron a partir de ahí lo mejor posible para todos… Mi madre tendría visitas semanales los sábados de 12 del mediodía a 7 de la noche… mis secuelas por la separación fueron invariables dolores de cabeza los domingos, lo mismo que el morderme las uñas hasta sangrarme los dedos. Los dolores de cabeza acabaron como a los dos años y la mala costumbre de las uñas desapareció hasta que cumplí los 17.
La situación estuvo demasiado tensa (y con razón por ambas partes) por varios años. Luego de 1982 el trato entre mis padres se volvió diplomático y con los años esto se volvió genuina y sincera amistad, la cual se expresa en los cientos de cenas que en casa de mamá se han hecho y de las diarias conferencias telefónicas que amenamente se dan mutuamente todos los días. Ni hablar, ya lo dice el refrán, “Después de vejez, viruelas”.
Ellos, mis maravillosos padres, nos enseñaron a cada uno de nosotros que éramos queridos, independientes y, sobre todo, diferentes entre nosotros… Con todos estos problemas, especialmente después del alejamiento familiar con el divorcio, descubrí que yo era yo y que a dónde quiera que fuera me tendría que enfrentar a mí mismo.
Aprendí con todo este drama que, independientemente de los problemas que como pareja mis padres debían enfrentar, su devoción y apoyo para con nosotros estaba intacto, y eso me sirvió en los años por venir para saber quien era yo como persona.

NOTA ACLARATORIA
Te has fijado que siempre hay un lugar llamado “Aclaración” en casi todo libro científico? Pues por mariconería ó “tradición literaria”, yo también incluí estas dichosas líneas!
Ahora sí, en tono más serio, quiero decirte que el inicio de estas líneas comenzará de un modo meramente sexual, que no pasó muchas veces de ser más cuestión mental que física, y a medida que ahondes en las páginas de este libro, aparecerán ya claras ideas, actitudes y sentimientos homosexuales en forma madura...
Pero de ningún modo soy uno de esos obvios que cualquiera le grita marica al verlo caminar por la calle… me toma cinco minutos para mostrarlo… ja, ja, ja! De acuerdo, mal chiste. Lo cierto es que cualquiera que desconoce este submundo homosexual se asombraría del número real de homosexuales que no parecen...y son!
Bueno, pero he desviado, como de costumbre en mis conversaciones, un poco el punto; decía yo que este escrito comenzará con los primeros encuentros sexuales con otros niños curiosos, pero poco a poco se irán definiendo otras situaciones homosexuales más profundas.
Esto lo atribuyo a que todo ser de este reino animal posee, en su más oculto inconsciente, el instinto… y a medida, que se va madurando en lo mental y emocional, se dan esas ideas y sentimientos propios de cualquier relación afectiva entre dos personas; muy independientemente de su identidad sexual. Muchas veces es precisamente aquí donde se inicia esta búsqueda de una parte de la identidad propia que es tan importante, como la sexual.
Te ruego imaginar que las primeras líneas son como el tallo de un árbol viejo, puede parecer poco atractivo, corrugado y hasta carente de vida… pero a medida de que se va ascendiendo por este tronco, van apareciendo ramas, hojas, flores, frutos y... hasta nidos de aves ajenas al propio árbol!
Te reitero que el único fin de este escrito es el de desmitificar un poco, del modo más objetivo que pude hacerlo, este gran mundo de la homosexualidad; que de ningún modo digo sea excelente, mejor ó peor que el heterosexual... simplemente distinto. Mundo que existe y del cual se tiene una idea distorsionada, en la generalidad de las personas, a este respecto...
Bueno, bueno, dejémonos de tanta palabrería que más parezco un analista ó filósofo que escritor… y pasemos al relato de mi vida doble... Al momento de escribir estas líneas estoy por cumplir los 23 años, soy un joven alto de ojos obscuros y de profundo mirar a decir de mi madre. Tengo el cabello negro y piel morena clara. Mido 1.82 mts. y peso 67 kilos, los cuales moldean mi silueta delgada, tengo las facciones finas y soy homosexual.

Con todos estos antecedentes, y tras haberte asomado a mis primeros años de vida en los que me conocí como persona, realmente quisiera que te sintieras especial, pues a punto de convertirte en mi testigo y confidente de lo que nunca confesé a nadie… mi relato homosexual.


Monterrey, N. L. Domingo 25 de Julio de 1989.-






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