Ayn Rand el manantial d



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Catálogo: 2010
2010 -> Informacion práctica sobre la asignatura
2010 -> Asignatura: fundamentos de sociologia
2010 -> riesgo el cálculo del riesgo: seguridad pronosticable ante un futuro abierto 9
2010 -> El desafío de aristóteles
2010 -> Álvaro García González David Cajal Alcaine
2010 -> Capítulo I: el nivel sensomotor
2010 -> Psicología organizacional



Ayn Rand

EL MANANTIAL

D

EDITORIAL PLANETA



EDICIONES G.R



Titulo original:

THE FOUNTAINHEAD



Traducción de LUIS DE PAOLA
Portada de GRACIA
© Ayn Rand, 1958

© Editorial Planeta, 1975


Depósito Legal: B. 40.793-1975

ISBN: 84-0143976-6 (Obra completa)

ISBN: 84-01-43282-0 (Tomo I)

ISBN: 84-320-5407-0 (Publicado anteriormente por Editorial Planeta)


Difundido por PLAZA & JANES, S. A.

Esplugas de Llobregat: Virgen de Guadalupe, 21-33

Buenos Aires: Lambare, 893

México 5, D. F.: Amazonas, 44, 2.° piso

Bogotá: Carrera 8.a Núms. 17-41
LIBROS RENO son editados por

Ediciones G. P., Virgen de Guadalupe, 21-33

Esplugas de Llobregat (Barcelona)

e impreso por Gráficas Guada, S. A.,

Virgen de Guadalupe, 33

Esplugas de Llobregat (Barcelona) – ESPAÑA

PRIMERA PARTE


PETER KEATING

Howard Roark se echó a reír.

Estaba desnudo, al borde de un risco. Abajo, a mucha distancia, yacía el lago. Las rocas se elevaban hacia el cielo sobre las aguas inmóviles, como una explosión de granito que se hubiese helado en su ascensión. El agua parecía inmutable; la piedra, en movimiento. Pero la piedra tenía la detención que se produce en ese breve momento de la lucha en que los antagonistas se encuentran y los impulsos se detienen en una pausa más dinámica que el movimiento. La piedra relucía bañada por los rayos del sol. El lago era solamente un delgado anillo de acero que cortaba las rocas por la mitad. Las rocas continuaban, inalterables, en la profundidad. Comenzaban y terminaban en el cielo. De manera que el mundo parecía suspendido en el espacio, semejando una isla que flotara en la nada, anclada a los pies del hombre que estaba sobre el risco.

Su cuerpo se recortaba contra el cielo. Era un cuerpo de líneas y ángulos largos y rectos, pues cada curva se quebraba en planos. Estaba de pie, rígido, con las manos colgándole a los costados y las palmas vueltas hacia fuera. Tenía la sensación de que sus omóplatos estaban estrechamente juntos, sentía la curva de su cuello y percibía el peso de la sangre en las manos. Sentía el viento atrás, en el hueco de la espina dorsal. El viento agitaba sus cabellos contra el cielo. Su cabello no era rubio ni rojo; tenía el color exacto de las naranjas maduras.

Reía de las cosas que le habían ocurrido aquella mañana y de las que después tenía que afrontar. Sabía que los días venideros serían difíciles, que tendría que enfrentarse con varios problemas y preparar un plan de acción. Pero también sabía que no necesitaría pensar, porque todo estaba ya suficientemente claro para él, porque hacía tiempo que había dispuesto el plan y porque necesitaba reírse.

Trató de pensar en ello. Pero lo olvidó. Estaba contemplando el granito. Cuando sus ojos se detenían atentamente en el mundo que lo circundaba, no reía. Su rostro era como una ley de la Naturaleza, algo imposible de discutir, alterar o conmover. Tenía pómulos pronunciados que se levantaban sobre las mejillas, hundidas y descarnadas; ojos grises, fríos y fijos; boca despectiva, firmemente cerrada, boca de santo o de verdugo.

Miró el granito. "Hay que cortarlo —se dijo— y transformarlo en paredes." Miró un árbol: "Hay que partirlo y transformarlo en cabrias." Contempló una estría de herrumbre de la piedra y pensó en las vetas de hierro que existían debajo del suelo. "Hay que fundirlo en vigas —se dijo—; en vigas que se levanten hasta el cielo."

"Estas rocas están aquí para que yo haga uso de ellas —prosiguió diciéndose—. Están esperando el barreno, la dinamita, y que mi voz dé la orden; están esperando que las arranquen, que las corten, que las machaquen, que las rehagan; están esperando la forma que les darán mis manos."

Después meneó la cabeza porque recordó lo sucedido por la mañana y pensó en las numerosas cosas que tenía que hacer. Avanzó hacia la orilla, levantó los brazos y se zambulló en el cielo que yacía abajo.

Cortó rectamente el lago en dirección a la parte opuesta de la costa, y llegó a las rocas donde había dejado su ropa. Miró con pesadumbre en torno. Durante tres años, desde que vivía en Stanton y siempre que tenía momentos libres, lo que ocurría a menudo, iba allí para pasar el tiempo, para nadar, para descansar, para meditar y sentirse solo y animado. En su nueva libertad, lo primero que deseó fue ir allá, porque sabía que ya no podría volver a hacerlo. Aquella mañana había sido expulsado de la Escuela de Arquitectura del Instituto Tecnológico de Stanton.

Se puso la ropa: pantalones viejos de dril ordinario, sandalias, una camisa de manga corta a la que le faltaban casi todos los botones. Descendió por una estrecha senda, entre cantos rodados, hacia un camino que a su vez conducía a la carretera por una verde cuesta.

Andaba rápidamente, con movimientos desenvueltos y descuidados. Descendía por el largo camino, bajo el sol. A lo lejos y al frente, en la costa de Massachussets, extendíase Stanton, ciudad pequeña que parecía no tener otra misión que alojar la joya de su existencia; el gran instituto, que se erguía más lejos, sobre una colina.

El término municipal de Stanton comenzaba con un basurero, un montículo gris de desperdicios que se levantaba sobre la hierba y humeaba débilmente. Envases de latas brillaban al sol. Yendo por la carretera, más allá de las primeras casas, se encontraba una iglesia. La iglesia era un monumento gótico de ripia pintada de color azul paloma, y tenía gruesos contrafuertes de madera que no sostenían nada, ventanales con vidrieras de colores y pesadas tracerías que imitaban la piedra.

A partir de allí comenzaban las largas calles orilladas de césped. Más allá del césped se veían casas de madera que torturaban todas las formas: complicadas con gabletes, torrecillas y buhardillas; con porches sobresalientes; aplastadas bajo enormes techos en declive. Blancas cortinas flotaban en las ventanas. Recipientes con basura, llenos hasta el tope, veíanse junto a las puertas. Un viejo perro pequinés estaba echado sobre una almohada, en el escalón de una puerta, soltando babas. Unos pañales tendidos revoloteaban al viento sobre las columnas de un pórtico.

Cuando Howard Roark pasaba, la gente se volvía para observarlo. Algunos clavaban la vista en él, con súbito resentimiento. No podían explicar por qué lo hacían; era una especie de instinto que su presencia despertaba en la mayoría de las personas. Howard Roark no veía a nadie. Las calles estaban desiertas para él. Hubiera podido caminar desnudo por ellas sin que le importase un bledo.

Cruzó el corazón de Stanton, un amplio espacio verde rodeado de los escaparates de las tiendas. En ellas exhibíanse nuevos carteles que anunciaban: "¡Bienvenido el curso del 22! ¡Felicidad, curso del 22!" Aquella tarde se realizaba la colación de grados del curso del 22 del Instituto Tecnológico de Stanton.

Roark tomó por una calle lateral donde, al final de una larga fila de casas, sobre una verde barranca, aparecía la de la señora Keating. Él era huésped de ella desde hacía tres años.

La señora Keating se encontraba en el porche dando de comer a una pareja de canarios, encerrados en una jaula que pendía sobre la balaustrada. Su regordeta mano se detuvo en el aire apenas lo vio llegar. Lo observó con curiosidad y trató de dar a su boca una expresión de lástima, pero únicamente logró poner de manifiesto el esfuerzo que estaba haciendo.

Howard Roark cruzaba el porche sin advertir su presencia. Ella lo detuvo.

—¡Señor Roark!

—¿Qué?

—Señor Roark, lamento lo... —dijo, titubeando con gazmoñería—, lo que pasó esta mañana.



—¿Qué pasó?

—Su expulsión del Instituto. No puedo decirle cuánto lo lamento. Quisiera tan sólo que usted supiera que lo siento.

Se quedó mirándola, pero ella sabía que no la veía. "No —se dijo—, no es que no me vea. Él miraba siempre fijamente a las personas, y sus infames ojos nunca omitían nada; quería hacer sentir a todo el mundo que para él era como si no existiesen. De ese modo se quedó mirando, sin querer contestar.

—Lo que digo —continuó ella— es que si uno sufre en el mundo es siempre a causa de un error. Ahora, naturalmente, usted tendrá que dejar la carrera de arquitecto. ¿No es verdad? Pero un hombre joven puede ganarse la vida decentemente siendo empleado, comerciante o cualquier otra cosa.

Él intentó irse.

—¡Ah, señor Roark! —volvió ella a llamarlo.

—¿Qué?

—El decano llamó por teléfono mientras usted estaba fuera.



Durante un momento la mujer tuvo esperanzas de que él demostrase una emoción, y una emoción equivaldría a verlo derrotado. No sabía por qué razón siempre había sentido ganas de verlo derrotado.

—¿Sí? —preguntó.

—El decano —repitió con alguna vacilación, buscando el tono apropiado para producir efecto—, el decano mismo por intermedio de su secretaria.

—¿Sí?


—La secretaria rogó que le dijese que el decano necesitaba verlo apenas usted llegase.

—Gracias.

—¿Para qué supone que lo necesita ahora?

Él había dicho: "No sé"; pero a ella le pareció oír claramente: "Me importa un bledo"; y lo contempló sorprendida.

—A propósito —agregó—; Peter se gradúa hoy. Lo dijo sin intención aparente.

—¿Hoy? ¡Ah, sí!

—Hoy es un gran día para mí. Cuando pienso cómo me he esclavizado y he ahorrado para que el muchacho pudiera ir al colegio... Y no es que me queje. Peter es un muchacho brillante.

Se echó hacia atrás. Su robusto cuerpecito estaba tan ceñidamente encorsetado bajo los pliegues almidonados de su traje de algodón, que daba la impresión de que la gordura le reventase por las muñecas y los tobillos.

—Naturalmente —continuó con rapidez, retomando con ansiedad su tema favorito—, no soy tampoco de las que se jactan. Cada uno está en el lugar que le corresponde. Observe usted a Peter de ahora en adelante. No soy de las que quieren que su hijo se mate trabajando, y por mi parte, daré gracias al Señor por cualquier éxito que tenga en su carrera; pero si este muchacho no llega a ser el más grande arquitecto de los Estados Unidos, su madre querrá saber el porqué.

Howard hizo un ademán de irse.

—¡Pero estoy entreteniéndole con mi charla! —dijo jovialmente—. Usted tiene prisa; ha de cambiarse y salir corriendo. El decano lo está esperando.

Se quedó mirándolo a través de la puerta, de tela metálica, observando cómo se movía su flaca figura por el vestíbulo rígidamente pulcro. Cuando él andaba por la casa, ella experimentaba un vago sentimiento de aprensión, como si temiese que repentinamente se abalanzara para destrozar sus mesas de café, sus vasos chinos, sus fotografías con marcos, aunque él nunca había demostrado tener tales inclinaciones. Pero, sin saber por qué, ella continuaba esperando que la catástrofe sobreviniera.

Roark subió la escalera y se dirigió a su habitación. Era una pieza ancha y luminosa a causa del brillo limpio de las paredes blanqueadas. La señora Keating nunca tuvo, realmente, la impresión de que Roark viviera allí. Él no había agregado ni un solo objeto a los muebles imprescindibles que ella había colocado; ni cuadros, ni gallardetes, ni un alegre toque humano. No había llevado nada más que su ropa y sus dibujos; tenía poca ropa y demasiados dibujos; estos últimos estaban colocados en alto, en un rincón. A veces ella pensaba que eran los dibujos y no un hombre los que vivían allí.

Roark se encaminó hacia los dibujos. Eran lo primero que iba a empaquetar. Levantó uno, después el siguiente. Después otro. Se quedó contemplando las grandes hojas. Eran bosquejos de edificios que nunca habían existido sobre la faz de la tierra. Eran como las primeras casas edificadas por los primeros hombres, que nunca habían tenido noticia de la existencia anterior de edificios. No había nada que decir de ellas, salvo que cada construcción era inevitablemente lo que debía ser. No daban la impresión de que el dibujante se hubiese puesto a meditar concienzudamente en ellas, juntando puertas, ventanas y columnas según el dictado de su capricho o según se lo prescribieran los libros. Parecía como que los edificios hubiesen brotado de la tierra por obra de alguna fuerza viviente, completos, inalterables, correctos. La mano que había dibujado las líneas con trazos finos, de lápiz tenía todavía mucho que aprender; pero ninguna línea parecía superflua, ninguno de los planos exigidos había sido omitido. Las construcciones eran severas y simples, pero cuando se las analizaba detenidamente se comprendía qué trabajo, qué complejidad de método, qué tensión de pensamiento habrían sido precisos para obtener esa simplicidad. Ni el más simple detalle obedecía a una regla. Los edificios no eran clásicos ni góticos ni renacentistas. Eran solamente Howard Roark.

Se quedó mirando un bosquejo. Era uno que no le gustaba. Había nacido de uno de los ejercicios que se imponía a sí mismo, fuera de su trabajo escolar, con frecuencia. Cuando encontraba un terreno especial y se detenía a pensar qué construcción se le podía adaptar, se dedicaba a realizar ejercicios semejantes. Había pasado noches enteras con la vista fija en aquel croquis, preguntándose qué había omitido. Mirándolo ahora, distraídamente, notó el error que había cometido. Lo arrojó sobre la mesa, se inclinó sobre él y trazó líneas rectas en el prolijo dibujo. Se detenía de vez en cuando y lo contemplaba, apretando el papel con las yemas de los dedos, como si sus manos asiesen el edificio. Sus manos tenían dedos largos, venas duras, articulaciones y muñecas prominentes.

Una hora después oyó un golpe en la puerta.

—Entre —masculló, sin suspender el trabajo.

—Señor Roark —suspiró la señora Keating, mirándolo fijamente desde el umbral—, ¿qué diablos está haciendo usted?

Él se volvió tratando de recordar quién era ella.

—¿Qué me dice del decano? —se lamentó—. Del decano, que lo está esperando.

—¡Áh, sí! —dijo Roark—. Me había olvidado. La señora Keating preguntó sorprendida:

—¿Se había... olvidado?

—Sí.

Había un timbre de sorpresa en su voz, algo así como la extrañeza ante la sorpresa de ella.



—Bueno; todo lo que puedo decir —agregó, sofocada— es que usted se lo merece. Se lo merece. ¿Y cómo espera tener tiempo de verlo si la distribución de los diplomas empieza a las cuatro y media?

—Iré al instante, señora Keating.

No era solamente la curiosidad lo que la impulsaba a intervenir; era el secreto temor de que la sentencia del Consejo fuese revocada. Howard se marchó hacia el cuarto de baño, situado al final del vestíbulo. Ella le vio lavarse las manos y echarse el cabello hacia atrás para darle apariencia de peinado. Empezó a bajar la escalera, antes de que ella comprendiera que se marchaba.

—Señor Roark —dijo con sonidos entrecortados, indicando su ropa—, ¿piensa ir "así"?

—¿Por qué no?

—Pero ¡se trata de "su decano"!

—Ya no lo es.

Pensó, estupefacta, que él decía aquello como si se sintiera realmente feliz.

El Instituto Tecnológico de Stanton estaba situado en una colina. Sus muros almenados se elevaban como una corona sobre la ciudad que se extendía abajo. Parecía una fortaleza medieval, con su catedral gótica injertada en la parte, anterior. La fortaleza, con fuertes paredes de ladrillos, convenía al propósito para el cual había sido hecha; pocas aberturas, con el ancho suficiente para los centinelas; terraplenes para que los arqueros pudiesen ocultarse para defenderla, y torrecillas en los ángulos para arrojar desde ellas aceite hirviendo sobre el atacante, siempre que tal eventualidad pudiera sobrevenir en un instituto de enseñanza.

La catedral sobresalía en su recamado esplendor como una defensa frágil contra dos grandes enemigos: la luz y el aire.

El despacho del decano parecía una capilla. La detenida luz crepuscular penetraba por un alto ventanal, con vidrieras de colores, a través de santos rígidos, en actitud implorante. Una mancha de luz roja y otra purpúrea se posaban en dos gárgolas genuinas agazapadas en los ángulos de una chimenea que nunca había sido usada. En el centro de un cuadro del Partenón, suspendido sobre la chimenea, había una mancha verde.

Cuando Roark penetró en la habitación, los contornos del rostro del decano flotaban confusamente tras el escritorio tallado como un confesionario. El decano era un caballero bajo, más bien gordo, cuya indomable dignidad limitaba la expresión de su carne.

—¡Ah, sí, Roark! —dijo, sonriendo—. Siéntese.

Roark se sentó. El decano entrelazó los dedos sobre el vientre y aguardó la disculpa esperada, pero ésta no llegó. El decano aclaró su voz.

—Sería innecesario expresarle mi pesar por el suceso desdichado de esta mañana —empezó—, pues supongo que usted ha conocido siempre el interés sincero que he puesto en su bienestar.

—Completamente innecesario —dijo Roark. El decano lo miró indeciso, pero continuó:

—No es necesario que le diga que no voté en contra de usted. Me abstuve totalmente. Pero quizá le agrade saber que tuvo en la reunión un resuelto grupito de defensores. Pequeño, pero resuelto. Su profesor de ingeniería de construcción actuó enteramente como un cruzado en su favor, y lo mismo el profesor de matemáticas. Desgraciadamente, los que creyeron que era su deber votar por su expulsión excedían en número a los otros. El profesor Peterkin, el crítico de dibujo, convirtió en cuestión personal el asunto, llegando hasta amenazar con la dimisión si usted no era expulsado. Tenga en cuenta que usted ha provocado grandemente al profesor Peterkin.

—Es cierto —dijo Roark.

—Éste, como usted ve, fue el inconveniente. Me refiero a su actitud en materia de dibujo arquitectónico. Nunca le ha concedido usted la atención que se merece. Y, sin embargo, ha sido un excelente alumno en todas las obras materias de ingeniería. Nadie niega, naturalmente, la importancia de la ingeniería de la construcción para un futuro arquitecto. Pero ¿por qué ir a los extremos? ¿Por qué desdeñar lo que se puede llamar la parte artística, la parte inspiradora de su profesión, y concentrarse en todas esas materias áridas de técnica matemática si piensa ser arquitecto y no ingeniero civil?

—¿No es superfluo todo eso? —preguntó Roark—. Pertenece al pasado. No vale la pena discutir ahora mi elección de materias.

—Estoy tratando de ayudarlo, Roark. Debe ser justo en esto. No puede decir que no se le haya prevenido varias veces antes de que esto ocurriera.

—Es cierto.

El decano se movió en la silla. Roark le hacía sentirse incómodo. Tenía los ojos fijos en los suyos cortésmente. El decano pensó que el mal no consistía en que él lo mirase así; en realidad, era completamente correcto; más propiamente, cortés; sólo que lo hacía como si él no estuviese allí.

—Todos los problemas que se le han dado —prosiguió el decano—, todos los proyectos que ha tenido que dibujar, ¿cómo los hizo? Los ha hecho todos, en fin, no puedo llamarlo estilo, a su increíble manera, contraviniendo los principios que tratamos de inculcarle, contrariando todos los precedentes establecidos y las tradiciones artísticas. Usted cree ser lo que se llama un modernista, pero ni siquiera es eso...; se trata de una mera locura, si no le molesta que le hable así.

—No me molesta.

—Cuando se le daban proyectos dejándole la elección del estilo, y usted los transformaba en una de sus extravagancias, bueno, francamente, sus profesores lo aprobaban porque no sabían qué hacer; pero cuando se le dio un proyecto con un estilo histórico determinado: una capilla Tudor, un teatro lírico francés, y los transformó en algo que parecía un montón de cajones, sin razón y sin ritmo, ¿podría decir que era la realización del trabajo que le habían indicado o una insubordinación lisa y llana?

—Era una insubordinación —replicó Roark.

—Queríamos darle una oportunidad en vista de sus brillantes éxitos en todas las otras materias, pero cuando usted transforma en esto —el decano golpeó el puño sobre una hoja que tenía delante—, en "esto", una villa del Renacimiento para su último trabajo del año..., realmente, joven, ya es demasiado.

La hoja tenía el dibujo de un proyecto para una casa de vidrio y hormigón. En un ángulo había una firma de rasgos finos y angulosos: "Howard Roark".

—¿Cómo espera que lo aprobemos después de esto?

—Yo no esperaba aprobar.

—Usted no nos deja elección en este asunto. Naturalmente, ahora sentirá rencor hacia nosotros, pero...

—No siento tal cosa —repuso Roark tranquilamente—. Le debo una excusa. Por regla general, no permito que las cosas me ocurran. Esta vez he cometido un error. Yo no debí esperar a que me echasen; debería haberme ido hace tiempo.

—Vamos, vamos, no se desanime. Ésa no es la actitud que le conviene adoptar, sobre todo después de lo que le diré —el decano se sonrió, se inclinó hacia delante, gozando el preludio de una buena acción—. Éste es el propósito real de nuestra entrevista. Estaba ansioso por hacérselo saber tan pronto como me fuese posible. No quería dejarlo marcharse. Desafié personalmente el carácter del presidente cuando le hablé del asunto. Considérelo usted, si bien es cierto que él no se ha comprometido, pero... así quedaron las cosas. ¿Se da cuenta de lo importante que sería si usted se tomase un año para descansar, recapacitar, podríamos decir, para hacerse más hombre? Entonces podrá haber una posibilidad de admitirlo de nuevo. Considérelo usted; yo no puedo prometerle nada; esto que le digo es estrictamente oficioso; sería un poco irregular; pero, en vista de las circunstancias y de sus brillantes éxitos, podría constituir para usted una verdadera oportunidad.

Roark se sonrió. No era una sonrisa alegre ni agradecida. Era una sonrisa sencilla, fácil, divertida.

—Creo que usted no me comprende —repuso Roark—. ¿Por qué supone que yo quiero volver?

—¿Eh?

—No volveré. No tengo nada más que aprender aquí.



—No le comprendo —dijo el decano firmemente.

—¿Queda algún punto por explicar? Eso no es asunto que le concierna a usted.

—Por favor, explíquese.

—Ya que es su deseo, lo haré. Yo quiero ser arquitecto, no arqueólogo. No veo el objeto de hacer "villas" de estilo Renacimiento. ¿Para qué aprender a proyectarlas si nunca las edificaré?

—Querido joven, el gran estilo del Renacimiento está muy lejos de haber muerto. Cosas de ese estilo se edifican todos los días.

—Se edifican y se edificarán, pero no seré yo quien las haga —repuso Roark.

—Vaya, vaya, eso es una chiquillada.

—Yo vine aquí a aprender construcción de edificios. Cuando me daban un proyecto, el único valor que tenía para mí era aprender a resolverlo como si se tratase de un proyecto que había que ejecutar en realidad. He aprendido todo lo que podía aprender aquí en ciencias de la construcción, en lo que ustedes no me aprueban. Un año más diseñando tarjetas postales de Italia no me serviría para nada.

Una hora antes el decano deseaba que la entrevista se desarrollase lo más tranquilamente posible. Ahora quería que Roark mostrase alguna emoción; le parecía ficticio que estuviese tan naturalmente tranquilo en tales circunstancias.

—¿Quiere usted decirme que piensa seriamente edificar de esa manera cuando sea arquitecto, si llega a serlo?

—Sí.

—Pero, amigo, ¿quién se lo tolerará?



—No es ésa la cuestión. La cuestión es quién me contendrá.

—Présteme atención, y esto es muy serio. Lamento no haber tenido antes una conversación larga y seria con usted... Ya sé, ya sé, ya sé, no me interrumpa; ha visto uno o dos edificios modernistas y eso le ha dado ideas. Pero, ¿no se da cuenta de que todo el movimiento llamado modernista no es más que una fantasía pasajera? Usted debe comprender, lo que ya ha sido comprobado por todas las autoridades en la materia: que todo lo hermoso que hay en la arquitectura ha sido hecho ya. Hay una rica mina en cada estilo del pasado; nosotros solamente podemos elegir entre los grandes maestros. ¿Quiénes somos para mejorar lo que ellos hicieron? Sólo podemos intentar repetirlo respetuosamente.

—¿Por qué? —preguntó Roark.

"No —pensó el decano—, no ha agregado nada; ha sido una palabra inocente, no me está amenazando."

—¡Es evidente! —exclamó el decano.

—Mire —dijo Roark, señalando hacia la ventana—. ¿Ve el colegio y la ciudad? Mire cuántos hombres andan y viven allí. Bien; me importa un bledo lo que cada uno de ellos o todos juntos piensen de la arquitectura o de lo que fuere. ¿Por qué tengo que tomar en cuenta lo que pensaron sus abuelos?

—Esa es nuestra sagrada tradición.

—¿Por qué?

—Por el amor de Dios, ¿continúa siendo tan ingenuo?

—Francamente, no lo comprendo. ¿Por qué quiere usted que yo piense que "ésta" es una gran arquitectura? —dijo, señalando el cuadro del Partenón.

—"Ése" —dijo el decano— es el Partenón.

—Ya lo sé.

—No dispongo de tiempo para perderlo en disputas tontas.

—Muy bien. —Roark tomó del escritorio una regla larga y se encaminó hacia el cuadro—. ¿Quiere que le diga qué es lo que está podrido aquí?

—¡Es el Partenón! —exclamó el decano.

—¡Sí, que Dios lo condene, el Partenón! Golpeó el cristal del cuadro con la regla.

—Mire —dijo Roark—, ¿para qué están ahí las famosas estrías de las famosas columnas? Para ocultar las junturas de la madera, cuando las columnas se hacían de madera; pero éstas no son de madera son de mármol. Los triglifos ¿qué son? Madera, vigas de madera dispuestas en la misma forma que ellos los colocaban, cuando empezaron a construir chozas de madera. Sus griegos, cuando emplearon el mármol, copiaron sus construcciones de madera, sin razón, porque otros las habían hecho así. Después sus maestros del Renacimiento hicieron copias en yeso de copias de mármol de copias de madera. Ahora estamos aquí nosotros haciendo copias de acero y hormigón de copias de yeso de copias de mármol de copias de madera. ¿Por qué?

El decano, sentado, lo observaba curiosamente. Había algo que lo confundía, no por las palabras de Roark, sino por la forma en que éste las decía.

—¿Reglas? —prosiguió Roark—. Mis reglas son éstas: lo que se puede hacer con un material no debe hacerse jamás con otro. No hay dos materiales que sean iguales. No hay dos lugares en la tierra que sean iguales. No hay dos edificios que tengan el mismo fin. El fin, el lugar, el material determinan la forma. Nada es racional ni hermoso si no está hecho de acuerdo con una idea central, y la idea establece todos los detalles. Un edificio es algo vivo, como un hombre. Su integridad consiste en seguir su propia verdad, su único tema, y servir a su propio y único fin. Un hombre no pide trozos prestados para su cuerpo. Un edificio no pide prestado pedazos para su alma. Su constructor le da un alma, que cada pared, cada ventana, cada escalera expresan.

—Pero todas las formas de expresión hace ya tiempo que han sido descubiertas.

—Expresión ¿de qué? El Partenón no servía para el mismo propósito que su predecesor de madera, así como un aeropuerto no sirve para el mismo propósito que el Partenón. Cada forma tiene su propio significado, así como cada hombre crea su sentido, su forma y su fin. ¿Qué puede importar lo que han hecho los otros? ¿Por qué tiene que ser sagrado por el mero hecho de no haberlo efectuado uno? ¿Por qué todo el mundo tiene que tener razón? ¿Por qué el número de los demás toma el lugar de la verdad? ¿Por qué hacer de la verdad una mera cuestión aritmética y, en realidad, una simple cuestión de suma? ¿Por qué está todo retorcido, sin sentido para adoptarlo a los demás? Debe de existir alguna razón. No la conozco y nunca la he sabido; sin embargo, me hubiera gustado comprenderla.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó el decano—. Siéntese. Sería mejor. ¿No le parece más conveniente dejar la regla sobre la mesa? Gracias. Ahora escúcheme. Nadie ha negado nunca la importancia que tiene la técnica moderna para un arquitecto. Tenemos que aprender a adaptar la belleza del pasado a las necesidades del presente. La voz del pasado es la voz del pueblo. Nunca un solo hombre ha inventado nada en arquitectura. El proceso creador es lento, graduado, anónimo, colectivo, y en él cada hombre colabora con los otros y se subordina a las normas de la mayoría.

—Mire —respondió Roark con serenidad—. Tengo, digamos, sesenta años de vida por delante. La mayor parte de este tiempo lo emplearé en trabajar. He elegido el trabajo que me gusta hacer. Si no hallo alegría en él, resultará que yo mismo me habré condenado a sesenta años de tortura. Y sólo encontraré alegría si hago mi trabajo de la mejor manera posible. Pero lo mejor es una cuestión de normas, y yo establezco mis propias normas. No he heredado nada, ni estoy al final de ninguna tradición. Quizás esté al principio de una.

—¿Cuántos años tiene usted? —preguntó el decano.

—Veintidós —contestó Roark.

—Bastante excusable —dijo el decano; parecía sentirse aliviado—. Ya se curará usted de eso —sonrió—. Las viejas normas han vivido miles de años y nadie ha podido mejorarlas. ¿Qué son los modernistas? Una moda pasajera, exhibicionismo. Han tratado de llamar la atención. ¿Ha observado usted el curso de sus carreras? ¿Puede nombrarme uno solo que haya logrado alguna distinción permanente? Fíjese en Henry Cameron. Un gran hombre, un arquitecto sobresaliente hace veinte años. ¿Qué es ahora? Puede considerarse feliz si restaura un garaje una vez al año. Un vagabundo y borracho que...

—No discutiremos acerca de Henry Cameron.

—¿Es amigo suyo?

—No. Pero he visto sus obras.

—Y usted las encuentra...

—Dije que no discutiremos acerca de Henry Cameron.

—Muy bien. Debe darse cuenta de que le estoy permitiendo demasiada... libertad, diremos. No estoy acostumbrado a tener discusiones con estudiantes que se conducen como usted; sin embargo, estoy ansioso por impedir, si es posible, lo que parece ser una tragedia: el espectáculo de un joven de sus dotes intelectuales, que trata de complicarse la vida.

El decano se preguntaba por qué le habría prometido al profesor de matemáticas hacer todo lo posible por aquel muchacho. Simplemente porque el profesor, señalando un proyecto de Roark, había dicho: "Éste es un gran hombre." Un gran hombre, pensó el decano, o un criminal. Después se arrepintió. No estaba de acuerdo con lo uno ni con lo otro.

Recordó lo que había oído del pasado de Roark. El padre de éste había sido pudelador de acero en un lugar de Ohio y había muerto hacía tiempo. Los documentos de ingreso del muchacho no ofrecían dato alguno, de parientes próximos. Cuando se le preguntó acerca de esto, respondió con indiferencia: "Nunca he pensado en ellos; puede ser que los tenga, no sé." Le llamó la atención que tal cosa tuviera allí algún interés. No había tenido ni había buscado un solo amigo en el colegio, y no quiso ingresar en ninguna asociación. Se había pagado sus estudios en la escuela superior y en los tres años del instituto. Desde la infancia había trabajado como albañil en la construcción de edificios. Había servido como enyesador, como plomero, y se había ocupado en trabajos en acero. Había aceptado todas las tareas que pudo conseguir en su marcha de poblado en poblado para llegar a las grandes ciudades del Este.

El decano lo había visto el último verano, durante sus vacaciones, remachando en un rascacielos que se construía en Boston. Su cuerpo descansaba bajo un grasiento overall; sólo sus ojos estaban atentos y su brazo derecho se balanceaba con pericia de cuando en cuando para coger al vuelo la bola de fuego, en el último momento, cuando parecía que el remache ardiendo le pegaría en la cara.

—Vamos —dijo el decano con gentileza—. Usted ha trabajado duramente para educarse. Sólo le falta un año para terminar. Hay una cosa muy importante que considerar, particularmente para un muchacho de su situación. Hay que pensar en la parte práctica de la carrera de arquitecto. Un arquitecto no es un fin en sí mismo; es solamente una pequeña parte del todo social. La cooperación es la palabra clave de nuestro mundo moderno y de la profesión de arquitecto en particular. ¿Ha pensado en sus futuros clientes?

—Sí —respondió Roark.

—El "cliente" —dijo el decano—. El cliente. Piense en él sobre todas las cosas. Él es el que tiene que vivir en la casa que usted construya. Su único propósito debe ser servirle. Debe aspirar a darle una expresión artística adecuada a sus deseos. ¿No es esto todo lo que se puede decir al respecto?

—Bien; yo podría decirle que aspiro a edificar para mi cliente la casa más confortable, más lógica y hermosa que se pueda construir. Podría decirle que trataré de ofrecer lo mejor que tenga y que también le enseñaré a conocer lo mejor. Podría decírselo, pero no quiero, porque no pienso construir para servir ni ayudar a nadie. No pienso edificar para tener clientes para edificar.

—¿Cómo? ¿Piensa forzarlos a aceptar sus ideas?

—No me propongo forzar ni ser forzado. Los que me necesiten, me buscarán.

Entonces comprendió el decano qué era lo que le había dejado perplejo en las maneras de Roark.

—¿Ha pensado —dijo— que resultaría más convincente si en sus palabras se advirtiese algún interés por mi opinión respecto al asunto?

—Es cierto —dijo Roark—. Pero no me preocupa si usted está de acuerdo conmigo o no.

Lo dijo tan simplemente, que no pareció ofensivo; sonaba como la manifestación de un hecho que él advertía, perplejo, por primera vez.

—No sólo no le preocupa lo que piensan los otros, cosa que podría parecer incomprensible, sino que ni se preocupa por hacer que piensen como usted.

—No.

—Pero eso es... monstruoso.



—¿Sí? Es posible. No podría decirlo.

—Estoy encantado con esta entrevista —dijo el decano repentinamente, con voz demasiado fuerte—. Esto ha aliviado mi conciencia. Creo, como dijeron algunos en la reunión, que la carrera de arquitecto no es para usted. He tratado de ayudarle, pero ahora estoy de acuerdo con el tribunal. A usted no hay que alentarle; es usted muy peligroso.

—¿Para quién? —preguntó Roark.

Pero el decano se levantó, indicando con esto que la entrevista había terminado.

Roark salió. Marchó lentamente a través de amplios salones, bajó la escalera y salió al jardín. Había conocido muchos hombres como el decano, pero jamás los había comprendido. Sabía solamente que existía una diferencia importante entre sus actos y los de ellos, pero hacía tiempo que ello había dejado de molestarlo. Buscaba siempre un motivo central en los edificios y un impulso central en los hombres. Sabía qué era lo que motivaba sus acciones, pero ignoraba la causa de los demás. No le preocupaba. No había conocido el proceso del pensamiento en los otros, pero deseaba saber a veces qué los hacía ser como eran. Le llamó la atención nuevamente la manera de pensar del decano. Había un secreto importante envuelto en esa cuestión; había un principio que debía descubrir.

Pero se detuvo. Contempló el sol en el momento en que iba a desaparecer, detenido todavía en la piedra caliza gris de una línea de molduras que corrían a lo largo de los muros enladrillados del instinto. Olvidó a los hombres y al decano y los principios que éste representaba y que él quería descubrir. No pensaba sino en lo hermosas que parecían las piedras iluminadas por la tenue luz y en lo que él podría hacer con ellas. Imaginaba un amplio pliego de papel y veía erguirse de éste paredes de desnudas piedras, con largas hileras de ventanales por los que entraba a las aulas la luz del cielo. En el ángulo del pliego había una firma de rasgos finos y angulosos: "Howard Roark."




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