Arturo jauretche



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ZONCERAS COMPLEMENTARIAS DE

"POLÍTICA CRIOLLA"

Del peyorativo política criolla han nacido otras zonceras complementarias de las cuales se mencionarán algunas. Asados y empanadas. Juego, beberaje y peleas. Educar al So­berano. Quiera el pueblo votar.

Para los impugnadores de la política criolla, ésta ya está condenada desde el vamos, porque asados y empanadas acom­pañan al acto electoral, y son una prueba de la incapacidad política del nativo.

Al "maestro" Justo le hubiera bastado el más elemental marxismo, o siquiera historicismo, para comprender que el asado y las empanadas son una imposición de la geografía y el transporte, en su momento.

El día del comicio se reúnen en un insignificante villorrio dos o tres mil votantes que habitan en un radio de 30 ó 40 leguas cuadradas.

¿Cómo podrían comer sin asado y empanadas? Los parti­darios del P. S. además de ser muy civilizados no pasan de 5 ó 10, y pueden ir a comer a la fonda del pueblo cuya capa­cidad es de 15 ó 20 cubiertos. ¿Pero dónde comerán los 1.990 que restan?

Con esta simple observación de la realidad, la zoncera se viene al suelo. Si esto lo comprenden los viejos y atrasados caudillos de los partidos tradicionales, ¿por qué no lo entien­den los científicos secretarios del centro o fermentario socia­lista?

Además, aquellos caudillos saben perfectamente, especial­mente los conservadores, que la gente come donde le da la gana, y vota —cuando la dejan— por quien le da la gana, así como usa el vehículo que le resulta más cómodo, sea para viajar, sea para quedar bien. Si hubiera sido por los asados y las empanadas y los automóviles, ni los radicales ni los pero­nistas le hubieran ganado nunca a los conservadores que, por razones obvias, eran los que carneaban gordo, casi como para los ingleses... y de los buenos tiempos.



También la política científica le cargaba a la barbarie —política criolla— los borrachos, las tabeadas y los tajos fre­cuentes en los días de elección, en su incapacidad de com­prender que el acto electoral era a la vez la posibilidad de encuentro en el villorrio de gente desparramada en una gran extensión geográfica y la única circunstancia propicia a su encuentro. Así, el día de la elección tenía un significado de fiesta con esa aglomeración tan espaciada en el tiempo —una vez cada dos años—, donde la gente buscaba las diversiones típicas de las reuniones camperas; también se buscaban los que tenían algún "asunto" que arreglar. De aquello salía la bebida y el juego, que son efecto y no causa; de esto las pe­leas y los tajos. Ni más ni menos que en la feria de las pobla­ciones europeas. ¿Cuándo iba a jugar, a beber o a pelear? ¿Cuándo estaban solos?

De todos modos, son situaciones suscitadas por el medio y no por la política en sí y que se corrigen —como está ocu­rriendo— por la modificación de las condiciones del medio en su integridad. La política se hace con relación al medio y el que prescinde de él, no hace política, se queda en científico, porque el medio no es científico.

¿Pero es científico el medio donde se hace la política francesa o norteamericana, propuestas como modelo? ¿No fue el caudillo de los mercados en París una de las más altas fi­guras de la Tercera República y se jactaba de ello? ¿Y creen los políticos científicos que como caudillo su técnica era muy distinta de la de Sancerni Giménez o Rabanal, o la de don Alberto?

¿Han oído hablar estos científicos de que en los países de política científica los gangsters de Chicago organizaban la elección de los jueces, o del significado de Tammany Hall en Nueva York? ¡Por favor! ¿No han visto "Los intocables"? Va­yan y pregúntenle a Ness, y después me cuentan lo de política criolla.

¡Leyendo la vida de Lincoln de Emil Ludwig, encuentro un relato que viene "al pelo". Escasos de recursos. Lincoln y su rival Douglas, alquilan en común un coche para visitar a los electores. En una ocasión llegan a una granja, y como el granjero está en el campo, arando, Douglas va a verlo; Lincoln, más haragán o más psicólogo, prefiere "trabajarse" a la gran­jera que en ese momento está ordeñando y para ganarse su simpatía no se le ocurre mejor cosa que sacarle el banquito y ponerse a tirar de las tetas. De la vaca, por supuesto.

¡Lo que hubiesen dicho los detractores de la política crio­lla si Tamborini, Mosca, Perón o Quijano, u otros más recien­tes, por ejemplo Illia u Onganía, le hubieran ordeñado la vaca a la votante como don Abraham, ahora que las granjeras tam­bién votan! Es cierto que estas de aquí son chacareras, lo que es menos científico que ser granjera.

La filiación intelectual que enuncia la expresión política criolla es la misma de los rivadavianos y se origina en la inca­pacidad de comprender la realidad porque ésta se ha decreta­do negativa previamente. No hay que adecuar el proceso al medio sino derogar el medio para crear otro artificialmente.

De tal manera es imposible una política de multitudes desde que ellas pertenecen al medio y así, subconscientemente, la izquierda termina por identificarse con la derecha, aunque sus programas científicos sean inversos: lo mismo da que por razones de privilegio se sostenga el gobierno de la minoría o que se niegue la presencia de las mayorías a mérito de que son anticientíficas; en los dos supuestos, el concepto es el del despotismo ilustrado aunque unos utilicen la política criolla para mantenerlo y los otros lo nieguen, contribuyendo a su mantenimiento.

Todas estas cosas son tan elementales que parece impo­sible se le escapasen al talento de Juan B. Justo. Su falla no consistía, pues, en su falta de inteligencia. Consistió en lo que hemos señalado al hablar de todas estas zonceras.

I) Educar al Soberano.
Aunque la zoncera ésta no provenga del "maestro" Justo está implícita en la política criolla porque parte de un supues­to puramente pedagógico. La educación no es aquí el producto de una formación histórica sobre la vida, sino de una pura formación pedagógica.

Hace ya años, un periodista español exilado escribió en "La Nación" una nota en que equiparaba a Sarmiento y a Joaquín Costa, el polígrafo y político español, porque ambos habían tenido como lema la educación. Pero marcaba una di­ferencia, a la que no hacía juicio por inimportante, pues Costa había dicho "despensa y educación" mientras el sanjuanino había prescindido de enunciar la despensa.

¡Pavada de diferencia!

Despensa y educación significa la elevación de las con­diciones sociales en el orden material que la educación viene a complementar. Educación solamente, significa confiar ex­clusivamente en la eficacia del alfabeto. Mientras en el primer caso la educación se asienta en la realidad y produce frutos, en el segundo es como levantar agua con horquilla. En alguna parte he dicho que es inútil enseñar a bañarse a los santiagueños, pues con 42° de temperatura la gente se baña a palpito si hay agua: el problema entonces es de agua, más que de educación, pero los educadores del Soberano creen que basta con el adoctrinamiento teórico.

Esta zoncera corre pareja con la que sigue.

II) Quiera el pueblo votar.
Pero cuando el pueblo vota, como no vota científicamen­te, están todos de acuerdo en que vota mal porque no está suficientemente educado, y el resultado es que aún los mismos científicos que se aferran a lo de quiera el pueblo votar, ter­minan por coincidir con los menos científicos de la oligarquía que quieren conservar el poder, aunque no digan esto por poco científico.

No lo dicen, hacen. Y así ocurrió frente al yrigoyenismo y frente al peronismo, porque el juicio sobre la capacidad po­pular fue el mismo y será siempre: "no está suficientemente educado", es sólo "alpargatas" o "aluvión", en cuanto expresa el pueblo argentino de la realidad y no lo que corresponde al pueblo argentino de la imagen científica. La reacción sigue siendo la misma de los rivadavianos y el fundamento básico el mismo: civilización y barbarie. Y así el "educar al soberano", que es otra zoncera paralela de "quiera el pueblo votar", con­diciona ésta al cumplimiento de aquélla. Educar al soberano consiste en meterle las zonceras. Sólo puede votar cuando está azonzado y no conoce sus intereses.


Zoncera N° 13
ESTE PAÍS DE M...
Al tilingo la m... no se le cae de la boca ante la menor dificultad o desagrado que les causa el país como es. Pero hay que tener cierta comprensión para ese tilingo, porque es el fruto de una educación en cuya base está la autodenigración como zoncera sistematizada. Así, cuando algo no ocurre según sus aspiraciones reacciona, conforme a las zonceras que le han enseñado, con esta zoncera también peyorativa.

La autodenigración se vale frecuentemente de una tabla comparativa referida al resto del mundo y en la cual cada cotejo se hace con relación a lo mejor que se ha visto o leído de otro lado, y descartando lo peor.

Jorge Sábato me cuenta que en Nueva York, recibido por un grupo de norteamericanos a quienes acompañaba un ar­gentino, le faltó tiempo a éste para preguntarle como primera noticia de su Patria: —"¿Buenos Aires siempre lleno de ba­ches?" Jorge le dijo: —"Si, hay muchos y te podés romper una pierna. Pero si aquí te metés en el subterráneo después de las cinco de la tarde es casi seguro que te rompen algo... ¡Bueno, todo va en gustos! Yo prefiero romperme una pier­na... y en un bache".

Pudo agregarle que si se metía en Harlem podría ser víc­tima de la discriminación racial del poder negro, como podría serlo del poder blanco un "negro" argentino que se metiera en Little Rock.

Sin embargo, lo que pasa en el subterráneo de Nueva York, en ciertos barrios de Chicago o en Detroit entre negros y blancos, no nos autoriza, ni a los norteamericanos ni a noso­tros, a suponer que eso solo —y los demás aspectos desagra­dables— den la imagen total de los Estados Unidos. Y mucho menos a un norteamericano, que de ninguna manera dirá que su patria es un país de m... Seguramente pensará a la inversa. Tampoco le ocurrirá al francés, al alemán, al suizo, al inglés o al chino; no excluyo que haya zonzos en todos es­tos países, pero no en la cantidad que aquí y en posiciones dirigentes. Seguramente estarán más cerca de nuestro guaran­go, aquel que mide por el tamaño del bife la significación de lo nuestro. Ya lo veremos a éste, el que canta con Gardel "Mi Buenos Aires querido...".

Y aquí viene otra zoncera, que es la de afirmar que Buenos Aires está mal nominado porque tiene un clima intolerable. Lo cierto es que Buenos Aires sólo tiene 50 días, a lo sumo, de calores fuertes y no alcanzan a 60 días los fríos o lluviosos, a los que opone una temperatura media, una abundancia de días luminosos, de cielos increíblemente azules y de noches maravillosamente estrelladas, como creo que hay en pocas ciu­dades en el mundo. Pero el tipo, en cuanto transpira un po­quito y no puede estar en Mar del Plata o en Punta del Este, sólo atina a decir: "¡Esta ciudad de m...!".

En otros libros he hablado de estas dos actitudes opuestas entre el detractor y el guarango sobrador. La de este último es constructiva y no se apoya sobre una derrota previa. La fanfarronería —más porteña que argentina— es susceptible de corrección. ¿Pero cómo corregir al tilingo que es el fruto bus­cado de una formación mental a base de zonceras peyorativas que con el respaldo de próceres al caso, ha afirmado nuestra inferioridad como punto de partida inseparable de su "civili­zación"?

El técnico que se evade con contrato afuera, de preferencia en dólares, es uno de los que más emplea la expresión. Y también el que la justifica. Se comprende al primero pues tiene la mala conciencia de saber que se va del país sin devol­verle lo que éste le ha dado. (Nuestro estudiante universitario cree que su papá, o él mismo, si la trabaja de self made man, son los que le han pagado la carrera cuando en realidad no han contribuido sino con una alícuota ínfima porque aquí la enseñanza universitaria es un servicio público. Así en lugar de creerse deudor cuando se gradúa, se cree acreedor).

Lo mismo que el evadido pontifican los que lo defienden desde la prensa. No es sólo la Argentina sino el mundo entero quien proporciona técnicos al país de más recursos y de téc­nica más adelantada. Dicho sea en favor de los mejores de éstos que muchas veces van a perfeccionar sus conocimientos para luego retornar. Pero los justificadores de los evadidos para hacerlo apelan también a la denigración. Ahora somos un país de m... porque no los retenemos. Hace 25 años para la misma gente, cuando los técnicos se importaban porque no los había, éramos un país de m... por la razón inversa.

Pero en realidad se trata siempre del juego de la menta­lidad colonial.

Después de la guerra los técnicos de los países vencidos se propusieron trasladarse en gran cantidad a la Argentina que se encontró, en razón de su neutralidad durante el conflicto, con la posibilidad de adquirir gran parte de la técnica alema­na. En cuanto comenzaron a venir, algunos, los Santander y demás yerbas imputaron nazismo al gobierno que posibilitaba su venida e hicieron una campaña de difamación destinada a impedir que la Argentina adquiera ese capital. Entre tanto los rusos y los norteamericanos se los disputaban técnico por técnico valiéndose desde el soborno hasta el secuestro, y gran­de ha sido su contribución, tanto en los Estados Unidos como en la Unión Soviética, para el desarrollo tecnológico de los mis­mos. Después de la revolución de 1955 los pocos técnicos germanos que vinieron tuvieron que huir. ¿Adónde? A Rusia o a Estados Unidos. Y esto contó con el apoyo de la prensa que ahora se aflige por la evasión de técnicos. Como se ve, en este caso más bien que de un complejo de inferioridad se trata de una clara actitud de agentes provocadores.

¡Este país de m... que da refugio a los técnicos nazis! ¡Este país de m... que permite la evasión de sus técnicos! Palos porque bogas y palos porque no bogas.

En este momento se está renovando la cañería de gas de la calle Esmeralda, donde vivo. Y los mismos vecinos que protestaban porque escaseaba el combustible protestan ahora porque se están haciendo las obras que lo darán en abundan­cia. ¡Y siempre este país de m...! Lo dice el vecino y lo dice el conductor de vehículos que tiene que desviarse y el pasa­jero del colectivo. Ningún órgano de opinión se preocupa de explicarle a la población que las constantes aperturas de ca­lles —por el gas, la electricidad, las obras sanitarias, etc.— tienen su causa lógica en que Buenos Aires se modernizó jus­tamente a principios de siglo y de un solo golpe en la parte céntrica, por lo cual también al mismo tiempo termina la vida útil de las instalaciones dentro del radio céntrico. No así en los barrios cuya urbanización se escalonó en el tiempo.

Con un poco de amor al país todos los órganos de publi­cidad debían dar esta explicación pero no lo hacen porque subconsciente o conscientemente piensan que este es un país de m... y hay que provocar lamentos y no afirmaciones opti­mistas. En la misma página o en la siguiente nos informan que París se está blanqueando íntegramente, o de cualquier obra de progreso que se realiza en otro lugar del mundo, con los mismos inconvenientes transitorios para los pobladores... Pero cuando se trata de lo que ocurre en el exterior no se trata de un país de m... sino todo lo contrario.

No pretendo, caso por caso, señalar el empleo de esta amable, si que escatológica imagen del país, pero interesa a través de lo referido señalar cómo hay una natural predisposi­ción denigratoria que no es otra que el producto de una for­mación intelectual dirigida a la detractación de lo nuestro. El lector no tiene más que hacer memoria, y verificar en él mismo, el continuo uso que hacemos de la expresión. Porque también, yo pecador, empecé de niño fenómeno:

En el cielo las estrellas,

en el campo las espinas,

etc., etc.
Y ya crecidito más de una vez salí con lo de este país de m...
Zoncera N° 14



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