Arturo jauretche



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"LA VICTORIA NO DA DERECHOS"

Esta es una zoncera intrínseca. Puramente conceptual, pe­ro se articula con todo el pensamiento antinacional que pre­side las zonceras ya vistas que se refieren al espacio.

Como en todas, nos repiten y repican con ella hasta el punto de que nos parezca obvio, y lo obvio es, precisamente, que es una zoncera, y de las más disparatadas.

Después de haber comprobado cómo una derrota puede ser presentada como una victoria —cosa que usted habrá he­cho después de leída la zoncera La libre navegación de los ríos y que la extensión es un mar— le será fácil comprender cómo durante años pudimos haber repetido esta otra zoncera sin analizarla.

La pedagogía colonialista, que tuvo capacidad para pre­sentar como victorias las derrotas, previo el caso de una posi­ble victoria y pensó de qué modo neutralizarla. ¿Qué mejor manera de esterilizar una victoria que privarla de sus frutos?

Es más. Es una forma pedagógica de impedir siquiera la lucha: ¿para qué luchar si el vencer es infructuoso? Esto lleva a aceptar la derrota de antemano y generar la indefensión. El que tiene esta posición está de antemano vencido y dispuesto a ceder, a entregar. A cualquier cosa, pero no a combatir... ¿Qué digo combatir?, ¡ni siquiera a discutir! Porque... ¿para qué vencer si la victoria no da derechos?

Pero lo terrible es que la derrota los quita y así se elabora una mentalidad que más que al campo de la política pertenece al de los juegos infantiles del gana-pierde. Si gana, no puede ganar en función del principio que profesa. Si pierde los demás, desde el "vae victis" de Breno —si es que el bárbaro sabía latinajos— a los sutilísimos tratados destinados a proteger la civilización y a asegurar el imperio de la libertad para los pueblos, le aplican las disposiciones que el vencedor impone al vencido. Y las normas de paz que se crean son aquellas des­tinadas a asegurar el mantenimiento de lo ganado por la vic­toria.

Claro está que este principio de la victoria no da derechos lo aplicamos exclusivamente cuando se trata de los intereses de la Nación.

Otro caso es cuando se trata del interés patronal, o del sindical, del partido político o del grupo de presión, o simple­mente los negocios particulares de cada uno o de un grupo social y hasta deportivo. Entonces el que gana, gana, y el que pierde, pierde. Y se acabó lo de la victoria no da derechos. Y si usted no lo cree, vaya y sáquele a Estudiantes la copa que le ganó al Manchester y verá lo que le dicen los "hinchas".

Pero esto es precisamente lo que propone la zoncera: que seamos zonzos cuando se trata del país y vivos cuando se tra­ta del club de fútbol, de la Sociedad Rural, del sindicato de plomeros, del ejército, de la marina, de los civiles, de los par­tidos, del alquiler, de todo. De esa manera podemos ser do­blemente zonzos: no sabemos sacar el fruto de la victoria cuan­do ganamos como Nación y profesamos un principio que invi­ta a la derrota antes de la pelea; pero cuando se trata de lo particular somos tan vivos que no cedemos un tranco de pollo y nos dividimos profundamente, con lo que contribuimos a la debilidad del conjunto que es la del país 1y 2.


Zoncera N° 10

“LA NIEVE CONTIENE MUCHA CULTURA”

Esta zoncera la recogió Sarmiento de Emerson y la hizo suya.

En los países donde nieva se piensa así, y se dice. En los que no tienen la suerte de padecerla se piensa lo mismo aun­que se dice menos, ahora. Pero persiste en el subconsciente.

Juan José González Arigós me contaba que en Estados Unidos, para borrar la peyorativa imagen de "South America" cuando se habla de la Argentina lo más eficaz es exhibir foto­grafías de Bariloche. Con nieve a la vista la actitud de los oyentes es otra, pues reconsideran los supuestos basados en palmeras y bananeros.

Es curioso que a pesar de creer en la zoncera, Sarmiento se empeñó en perder cultura ofreciendo las nieves de la Patagonia a los chilenos. Tal vez porque los onas —indígenas hoy só­lo sobrevivientes en la palabra de cuatro letras de las cruzadas, suerte que no comparten los alakaluf y los yaganes, también extinguidos— eran más bien un argumento en contra de la cultura que contiene la nieve.

Puedo pensar que los norteamericanos al adquirir Alaska, no fueron en busca de cultura, máxime teniendo presente que se la compraban a los rusos que tampoco eran la cultura. (A pesar de la nieve, pues como sabemos por la canción: "...Mos­cú está cubierto de nieve y los lobos aúllan").

Alaska era un desierto como la Patagonia; un desierto nevado y sin embargo inculto. ¿O es que la nieve de Alaska aporta cultura y no la de Tierra del Fuego?

Es muy posible que Emerson haya viajado a Florencia, después de dicha la zoncera, para mejorar su cultura artística, y tal vez navegado por el Egeo visitando las ruinas del Partenón; y luego, las Pirámides y los templos egipcios "que el sol calcina". Fechaba sus cartas en números arábigos y veía la hora en números romanos y leía autores clásicos que en su vi­da se abrigaron apenas con una sabanita. ¡Porque hubo esas culturas sin nieve, en que hasta los dioses vivían a la intem­perie, en templos abiertos a todos los rumbos!

A pesar de todo lo cual nuestro zonzo dirá tal vez como Emerson:

¡Ah, si la pampa estuviese cubierta de nieve como el Nue­va York de invierno o como el Moscú de la canción! ¡Cómo seríamos de cultos!

En julio de 1918 nevó intensamente en Buenos Aires. En lugar de aprovechar la oportunidad para culturizarme, yo que estaba en el Colegio Nacional me subí las frazadas hasta la cabeza y como el frío siguió varios días, me quedé libre. Evi­dentemente yo no estaba organizado para la cultura y me per­dí la oportunidad; si hubiera estado dispuesto para ser un ni­ño modelo —cosa que veremos más adelante— hubiera aprove­chado la oportunidad para asistir a clase justamente esos días que eran los cultos de "primera" y no de "segunda" como los habituales en un país sin nieve.

Esta zoncera está en el filo de las que se refieren al es­pacio geográfico y las de autodenigración, que vienen en el capítulo que sigue. El comprobar que éste es un país sin nie­ve, lo que lo disminuye para la "intelligentzia", autorizaría su inclusión en este último capítulo. Pero como su referencia es a lo geográfico —en cuanto a clima— se ha preferido incluir esta zoncera en las que tratan del espacio, reservando para las autodenigratorias las que tratan el hombre y los pueblos.

En el siglo XVIII Hume dijo: "Hay alguna razón para pensar que todas las naciones que viven más allá de los círcu­los polares o entre los trópicos son inferiores al resto de su especie". (Ensayo Of National Character, 1758). El Iluminismo y el Racionalismo europeo y el poder momentáneo de esa Europa generaban la doctrina de los caracteres nacionales que serviría de sustento filosófico y científico a su predominio so­bre los pueblos atrasados. Ya en el Renacimiento Jean Bodin había expresado esta idea de manera categórica: "Los más gran­des imperios se han propagado siempre hacia el Sur y casi nunca del Sur al Norte". Voltaire continúa esta tradición climática europea al afirmar: "Cabe hacer sobre las naciones del Nuevo Mundo una reflexión que no ha hecho el Padre Lafitau, y es que los pueblos alejados de los trópicos han sido siempre invencibles, y que los pueblos más cercanos a los tró­picos han estado sometidos a monarcas, casi sin excepción". A su vez Montesquieu en su Espíritu de las Leyes declara solem­nemente: "Esto se comprueba en América: los imperios des­póticos de México y Perú estaban próximos a la línea ecuato­rial y casi todos los pequeños pueblos libres estaban y están aún hacia los polos". (No explica si los "pieles rojas", los onas o los araucanos representaban una cultura superior a la azteca o al incario).

Poco cuesta comprobar que los griegos partían de un supuesto inverso, pues miraban de Sur a Norte.

Así Aristóteles en Política, Libro VII, afirma "que los pue­blos de clima frío de Europa tienen brío (léase así: brío, no frío, porque esto es cierto) pero son de escasa inteligencia y de escasa capacidad de organización. Los pueblos del Asia en cambio, son inteligentes y de ingenio, pero carecen de empu­je. Entre los dos, los griegos, por estar ubicados en una re­gión intermedia por su posición geográfica son a la vez brio­sos e inteligentes y viven en libertad y con buenos gobiernos".

Como se ve, Hume, Voltaire, y Bodin y también Montesquieu están en buena compañía. Sólo que el Peripatético par­tiendo de un mismo determinante, la temperatura, afirma to­do lo contrario, con lo que el frío —o la nieve— es una contra para la cultura.1

Basta pues enfrentar griegos o romanos con nórdicos para percibir el macaneo de todas estas doctrinas climáticas desde que "la civilización" de los países está vinculada a su momen­to histórico respectivo, y no a una decisión de la naturaleza que haya establecido cuáles serán de primera y cuáles de se­gunda o tercera.

Nuestros ilustrados iluministas y románticos pudieron op­tar por el punto de vista de los griegos. Pero fueron conse­cuentes con su actitud simiesca en cuanto a las doctrinas racistas y climáticas que profesaba la parte de Europa que para ellos representaba la civilización, desde que identificaban con civilización la de un espacio y de un solo momento de la his­toria. Pero si el problema de la raza y la cultura inferior —lo que llamaban barbarie— se propusieron resolverlo por la sus­titución de los hombres y modos, no podían hacer lo mismo en cuanto a la geografía, de dónde resultó, por la adopción de las teorías climáticas que estábamos indefectiblemente condenados a ser un país de segunda en la medida en que la naturaleza había dispuesto las cosas de una manera distinta —inferior pa­ra ellos— al modelo donde se daban las condiciones óptimas.

Ya hemos visto cómo se achicó el espacio para aproximar­nos a la "civilización". Pero esto no bastaba desde que no po­dían mover los trópicos y el círculo polar, ni cambiar nuestras montañas, ni el régimen pluvial, o las erupciones volcánicas, ni nuestros ríos, por los del modelo, ni suprimir las particula­ridades americanas restantes, ni incorporar las europeas faltantes. Nuestro destino estaba limitado en la geografía, en cuanto no coincidía con las supersticiones científicas que habían asimilado como verdades inconclusas y en las que se suponía el destino condicionado por el clima.

De aquí también que limitaran la imaginación prohibién­dose concebir el país de otra manera que conforme al modelo. Lo geográfico inmovilizaba el desenvolvimiento; tenía que hacerse por los carriles ya establecidos en la civilización que in­tentaban reproducir, y así el progreso sólo se podía dar como se dio en Europa y en las condiciones de Europa.

Antes he hablado de la extraordinaria imaginación de Sarmiento. Ved ahora a qué poca cosa queda reducida cuando mira a la distancia, limitado por los prejuicios geográficos que constituyen una de las bases de su pensamiento civilizador:

"Al Sur, desde el Río de la Plata a Magallanes, no tiene territorios por la opulencia y la variedad de su vegetación, por la profundidad y utilidad de los ríos que desembocan en el Océano, que prometan ser asiento de grandes y florecientes ciudades... No debemos, no hemos de ser nación marítima. Las costas del Sur no valdrán nunca la pena de crear para ellas una marina... No. No hemos de ser nación marítima, líbrenos Dios de ello y guardémonos nosotros de intentarlo... Las marinas son las manos de hierro con que las grandes na­ciones, nadie más que ellas, extienden sus dominios a través de los mares... No salgamos de nuestros ríos. La naturaleza nos ha indicado nuestros dominios acuáticos río adentro."

"Colonicemos río arriba: colonicemos alrededor de nues­tras ciudades y no imaginemos El Dorado; porque el país no vale la pena de correr los azares de una población lejana... Bahía Blanca será algún día algo, aunque nada le ha impedido serlo en tres siglos que está colonizada". (En realidad, recién se empezó con Rosas). "Pero no queremos ponerla en conser­vatorio creando marina para ir a recoger algunos huevos y plumas de avestruces... Una cincuentena de guardiamarinas que serán luego pilotos lemanes de nuestros ríos, con bastante saber para embelesar una coriza... Nada de mar, así que nos veamos libres de cuestiones con los que en el Pacífico tienen hartos mares".

("El Nacional", 7 de julio de 1879).

Leed ahora la proclama de Napostá, que Juan Manuel de Rosas dirige a sus tropas al terminar la Campaña del De­sierto:

"... Las bellas regiones que se extienden hasta la Cordi­llera de los Andes y las costas que se desenvuelven hasta el afamado Magallanes quedan abiertas para nuestros hijos."

¿Tenía Rosas más imaginación que Sarmiento? ¡No! ¡Qué iba a tener! Simplemente tenía buen sentido, porque partía de no subalternizar lo propio y apoyarse en las realidades geográficas y humanas y no en un falso cientificismo.2

Y sin embargo el sistema de la zoncera ha querido que Sarmiento, que contribuyó a disminuir lo que era —el mal que aqueja a la Argentina es la extensión— y propugnó despreciar lo que restaba, pasa por el conductor del progreso, en lugar de serlo quien conservó lo que restaba y abrió el horizonte del futuro. Este, por el contrario, es según el sistema de las zon­ceras, el símbolo del antiprogreso, porque la zoncera utiliza la expresión progreso como una abstracción conceptual, válida contra el sentido común que es concreto y exige conservar lo que es, tierra y hombre, y asegurar lo que todavía no está logrado. El visionario se mueve sobre la nebulosa de las ideologías de moda; el hombre de estado se mueve sobre el piso firme de la realidad. Eso es todo y de ahí la necesidad de la zoncera para robarnos el piso.

Y sin embargo Sarmiento tenía delante de sus ojos los Estados Unidos, que tanto admiraba, que estaba realizando su "civilización" sin las limitaciones que las teorías climáticas imponen a las posibilidades geográficas. Veía surgir Califor­nia y Texas y Utah, Arizona y Colorado, en zonas que están muy lejos de corresponderse con las exigencias climáticas que su visión europea de la civilización le impone. Está viendo la técnica de Europa asimilada y traducida para crear en lo que fue desierto, para transferir al Pacífico lo que es del Atlántico y al trópico lo que está en la nieve, adecuándolo y creando nuevas modalidades o nuevas técnicas que ya no exijan las condiciones europeas. Propone el modelo pero no ve la posi­bilidad de creación que éste enseña, pues se aherroja en esas leyes inmutables que la superstición de lo europeo, como clima necesario de la civilización determinan. Se cierra para imagi­nar lo impensable —tal vez esto de la electricidad, del petró­leo, del uranio— y al cerrarse cierra nuestro destino porque lo limita a lo pensable dentro de las leyes que acepta como váli­das. Cuando enuncia ese pequeño destino ¿qué sabe del carbón, del hierro, del cobre, del azufre, de toda la riqueza potencial que está en ese país más allá de "nuestros dominios acuáticos río adentro", de "nuestras propias ciudades"? ¡Pensar eso es imaginar "Dorados"!

Basta con esto. En esta zoncera de que la nieve contiene mucha cultura, a contrario sensu están contenidas las leyes de nuestra limitación dada por la geografía adversa que es adversa sólo porque no es europea. Vendrán paralelamente las doctrinas económicas destinadas a condicionarnos como nación dependiente. Ya veremos cómo estas zonceras y las denigratorias cuartean aquéllas, para que seamos sólo lo que podamos hacer en el limitado espacio geográfico que se parece a Euro­pa, y donde ella puede copiarse sin intentar nada propio y creador aunque más no sea por la simple adecuación de la técnica o por la creación de técnicas nuevas.

Aparentemente esto de que la nieve contiene mucha cul­tura es una zoncera intrascendente, pero si la articuláis con todas las zonceras paralelas que llevan a la subestimación de lo propio habréis comprendido su significación en conjunto y su resultado que es crear una mentalidad asentada en el su­puesto de la propia inferioridad. Así nuestros teóricos de la civilización hacen todo lo contrario de la civilización que aspi­ran a reproducir, porque al aceptar como leyes definitivas aquellas en que está fundada su superioridad como producto de sus propias condiciones, acepta la inferioridad nuestra, hija de nuestras condiciones, en cuanto distintas a las que se en­tendían por óptimas para el desarrollo de la civilización.

Estas son cosas que ya no se pueden discutir seriamente y nadie se atrevería hoy a enunciarla como doctrina. Pero es­tán metidas en el substrato de nuestra "intelligentzia" y van implícitas en cada una de las puerilidades que se siguen sem­brando por el aparato de la "pedagogía colonialista". Y si no, pregúntese usted mismo, si no se siente más hijo de la cultura, con un gorro de astracán, si pertenece a la izquierda, o con un stetson londinense, si a la derecha, que cuando se cubre con un amplio sombrero de paja mejor avenido con nuestro clima de segunda.

El objetivo de la zoncera no es desde luego atribuir a la nieve en sí actividades culturales. Es mostrar una inevitable incapacidad generada en la temperatura como ambiente de­terminante de la alternativa de "civilización o barbarie".
B) ZONCERAS SOBRE LA POBLACIÓN (O de la autodenigración)
"La tesis de la debilidad o inmadurez de las Américas —dice Gerbi— nace con Buffon a mediados del siglo XVIII". Es el traslado a los animales y al hombre de la idea de la in­ferioridad geográfica que acabamos de ver en la zoncera "la nieve contiene mucha cultura". "Uno de los descubrimientos más importantes de Buffon, y uno de los que más lo enorgulle­cían es éste: que son diversas las especies de animales del mundo antiguo y de la América Meridional. Diversas y, en muchos casos, inferiores, o más débiles las del mundo nuevo". Así recuerda Gerbi que para Buffon el león, el rey de los ani­males del viejo mundo en su versión sudamericana carece de melena y además "es mucho más pequeño, más débil y más cobarde que el verdadero león". Agrega Gerbi que la intuición surgida de confrontar el puma con el león se extiende fulmi­nantemente a toda la serie de los grandes mamíferos.1

Así compara el elefante con el tapir y éste le resulta un paquidermo de bolsillo. No se puede comparar la alpaca y la llama con el camello. Como muy bien dice Gerbi, Buffon hace desfilar los animales como si bajaran uno tras otro del Arca de Noé. "Una primera conclusión se impone: la naturaleza viva es aquí mucho menos activa, mucho menos variada, y hasta podemos decir que mucho menos fuerte".2

La segunda conclusión viene enseguida y es que los ani­males domésticos llevados por los europeos a América corren la misma suerte que los animales salvajes. Dice Gerbi citando a Buffon:

"Los caballos, los asnos, los bueyes, las cabras, los cerdos, los perros, todos estos animales se han hecho allí más pequeños; y... aquellos que no se transportaron, sino que fueron allá por sí mismos —(seguramente del Arca de Noé previa es­tadía en el viejo continente)—, como los lobos, las zorras, los ciervos, los corzos, los alces, son así mismo notablemente más pequeños en América que en Europa, y esto sin ninguna ex­cepción" (Buffon, Oeuvres Completes, vol. XV. pág. 444).


En conclusión, la naturaleza sudamericana es hostil al desarrollo de los animales. Y enseguida del criterio geográ­fico viene el criterio genético. Así Buffon descubre que la naturaleza del nuevo mundo es opuesta al desarrollo de los grandes gérmenes. Y aquí ya no se trata de los animales en general sino del hombre en particular. Nos dice: "el salvaje es débil y pequeño por los órganos de la generación; no tiene pelo ni barba, ningún ardor para con su hembra..." (Oeuvres Completes, tomo XV, págs. 443-446).

Sirva saber que la tesis despectiva de nuestra América y su hombre, tenía el respaldo eurocéntrico de la ciencia para comprender en cierta manera esta autodenigración que carac­terizó la "intelligentzia" en los primeros pasos del país y aún en el período en que el eurocentrismo se afirmó en todos los terrenos durante el siglo XIX. La deformación producida por el esquema de civilización y barbarie, explica en gran parte una actitud de pajuerano deslumbrado por las luces del cen­tro y hace inteligible el descastamiento despectivo del propio origen, de la propia cultura y de las propias posibilidades. Pero lo que fue un error en el mejor de los casos, al que se sumaba la "leyenda negra", ahora es un crimen deliberado y consciente que se continúa practicando masivamente por la "intelligentzia" a través de todos los instrumentos de informa­ción y cultura. Así se opuso el inmigrante al nativo como se habían opuesto civilización y barbarie. Si el país venció hacien­do suyo al descendiente del inmigrante, fue venciendo a la "intelligentzia" que buscó el proceso inverso. Iremos viendo algunos aspectos de la autodenigración.


Zoncera N° 11
"GOBERNAR ES POBLAR"

(Con permiso de Mc. Namara y el B.I.D.)
Al hablar de la población no hay frase más adecuada que la enunciada por Alberdi. Pero no se trata de una zoncera en sí, sino todo lo contrario. Se convirtió en zoncera exclusiva­mente porque el mismo Alberdi le imprimió un sentido autodenigratorio que analizaremos a renglón seguido.

La famosa frase pertenece a las "Bases" y dice lo siguien­te: "La población en todas partes y esencialmente en América forma la sustancia en torno de la cual se realizan y desenvuel­ven lodos los fenómenos de la economía social". Esto no pasa­ría de ser una simple perogrullada si no adquiriera su carácter de zoncera al subrayar su autor la frase "esencialmente en América". ¿Por qué esencialmente "en América", cuando se tra­ta de un principio general de orden lógico? Simplemente por­que poblar en América tiene un sentido especial. Y aquí es donde ya vemos que "gobernar es poblar" no significa lo que literalmente expresa, sino poblar de determinada manera y con determinada población.

Las zonceras concernientes a la población, en otras pala­bras a las características del pueblo argentino, que se dijeron ayer y se siguen reiterando hoy para el mismo pueblo del mis­mo origen y para el proveniente de la inmigración, no están enunciadas en la forma habitual de las zonceras. En el fondo se trata de las presuntas incapacidades de los argentinos. Al­gunas de ellas se analizarán para que se vea la zoncera que constituye su esencia.

Pero aunque la idea —gobernar es poblar— era básicamen­te buena, el europeismo reinante en la Argentina del siglo XIX la arruinó por completo; si el clima era dañino para la buena salud de las instituciones, como lo enseñaban los sabios de la Europa, y las razas nativas, mestizadas de españoles, no eran mejores, se imponía introducir otras razas, ya que el cli­ma era inmodificable. Ante un país desierto, que sólo necesi­taba grandes masas de población para explotar sus recursos vigentes. Alberdi condensó un programa de gobierno en la célebre fórmula. Como su modelo de nación civilizada era Inglaterra (anglomasía compartida hasta por la opinión públi­ca de los países europeos) redondeó en "Bases" la idea de que un peón criollo jamás saldría un buen operario inglés. (Que le contesten a Alberdi los torneros cordobeses de Kaiser o Fiat, que hace cuatro o cinco años pastoreaban cabras en la sierra). En otras palabras, poblar era para Alberdi acarrear inmigración inglesa, que encastase con las mujeres criollas: para lo único que éstas servían era para echar hijos al mundo. Por este extraño mecanismo de un intelectual —y Alberdi fue en reali­dad el único pensador auténtico de la Argentina del siglo XIX, pues Sarmiento no fue un pensador: era más bien un poderoso artista de la palabra— una buena idea de gobierno se trans­formó en una de las zonceras de este Manual.

La realidad, como siempre, vino a jugarles una mala pa­sada a Sarmiento y Alberdi. Los únicos ingleses que vinieron al Plata fueron gerentes ferroviarios, que se instalaron en Hurlingham o Lomas de Zamora. Del país no les gustaban ni las mujeres, contrariando así las esperanzas de Alberdi, pues importaban, por las estipulaciones de la Ley Mitre, no sólo carbón, vagones y tinta para escritorio, sino también esposas. El carácter abstracto de los sueños alberdianos se demostraba acabadamente cuando las mujeres de los ingleses empleados en los ferrocarriles debían dar a luz. Al llegar el momento, la empresa les pagaba el viaje a Inglaterra, para que los chicos de los gerentes y altos empleados abrieran sus ojos en las le­janas islas, sacaran sus papeles en un registro inglés y volvie­sen poco después a Hurlingham, ida y vuelta pagadas a costa del flete argentino. Contra todas las previsiones de los teóri­cos, los inmigrantes fueron españoles, italianos, eslavos y hom­bres procedentes de Europa Oriental. ¡Sarmiento quedó ano­nadado! Y Alberdi, que ya estaba viejo, vivía demasiado pre­ocupado con otros temas para detenerse a examinar en la realidad social el destino de sus quimeras juveniles. Pero como hay más sarmientinos que alberdianos y casi todos los sarmientinos son hijos de inmigrantes, la mejor lección que puedo ofrecerles es remitirlos a las páginas despreciativas que dirige Sarmiento a los italianos, españoles y judíos en su libro La condición del extranjero en América. ¡Ya verán allí qué de­mócrata y cosmopolita es el autor de Facundo! Pues los teóri­cos de la inmigración sólo querían poblar las pampas con escandinavos y anglosajones: vinieron en cambio los inmigran­tes menos refinados, aunque más enérgicos y laboriosos que sí se integraron al viejo país criollo y dieron origen a la Argentina contemporánea. Jamás sospecharon que sus hijos y nietos serían educados en una zoncera anglófila y que la des­cendencia admiraría justamente a próceres que hicieron burla y menosprecio de sus padres gringos.

Decíamos que hay menos alberdianos que sarmientinos y es preciso explicarlo. Los dos eran provincianos de genio. Pero Sarmiento se conchabó enseguida con la oligarquía porteña y a pesar de sus ocasionales rebeldías dio expresión literaria a los gustos e intereses de Buenos Aires. Alberdi, en cambio, que fue hasta el fin de sus días un europeísta convencido, en su ancianidad comprendió aspectos de la vida argentina que per­manecieron inescrutables para Sarmiento. Alberdi fue siempre enemigo de Mitre y lo hizo picadillo históricamente, como a Sarmiento. Esas páginas de Alberdi no son bien conocidas. Circulan, en cambio, todas las atrocidades que escribió en su juventud contra los criollos y en favor de los ingleses. (La oligarquía no sólo tiene la manija del poder, sino la bocina de la gloria. Así, lo han maquillado a Alberdi para mostrarlo a los jóvenes con la cara preferida por la oligarquía liberal. Sólo se habla de "Bases" en la liturgia conmemorativa. Y "Ba­ses" no es el pedestal de su estatua, sino la lápida de su sepul­cro). Si no lo cree, lector, léala ahora mismo y comprobará lo que digo. Gobernar era poblar... con hombres y mujeres laboriosas de cualquier parte del mundo que quisiesen tener hijos y nietos argentinos. Pero como no vinieron los suecos ni los escoceses, la oligarquía se vengó con el aparato cultural y pobló el país de cipayos, sin necesidad de importarlos, sólo con la escuela y la universidad. De donde un gran pensamien­to de gobierno se quedó en pura zoncera. 1


Zoncera N° 12



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