Arturo jauretche



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"LA TROYA AMERICANA"

Después de la zoncera anterior ésta viene al pelo, porque también explica cómo se fue colocando "el algodón" y cómo los primeros uruguayos eran vascos, franceses, italianos y gen­te sin nacionalidad, como unitarios, etc., que peleaban contra los orientales que los sitiaban.

La defensa de Montevideo frente al ejército argentino-oriental comandado por Oribe, se convierte, con esta zoncera, en un hecho "homérico".

Pero hay una diferencia que salta a la vista: los defenso­res de Troya eran troyanos; los sitiadores eran, con los aqueos a la cabeza, los griegos, extranjeros y adversarios de aquélla. En esta Troya americana los sitiadores eran precisamente los troyanos, es decir los orientales.

Para evidenciar el disparate de esta zoncera me basta transcribir lo que al respecto dice Ernesto Palacio hablando del sitio que duró más de diez años, única analogía con lo que ocurrió en Troya según Homero. Y nos atendremos a lo que dice Mitre, el Hornero de la Troya americana, que Palacio en su Historia de la Argentina, A. Peña Lillo editor, Bs. As., cita:

"Sobre las características de la ciudad tenemos un testimo­nio insospechable en el general Mitre que actuaba entonces como artillero de Rivera. Según sus referencias, Montevideo contaba entonces con algo más que 31.000 habitantes de los cuales sólo 11.000 eran nativos, la mitad negros emancipados. El resto —contando a nuestra emigración— eran extranjeros, principalmente franceses".

He aquí cómo se organizaría la defensa, dice Palacio trans­cribiendo a Mitre: "Los proscriptos argentinos formaban una legión de más de 500 hombres... Los franceses se organizaron en batallones en número de más de 2.000 hombres... Los es­pañoles... 700 hombres... Los italianos... 600 hombres. El núcleo del ejército de la defensa lo componían cinco batallo­nes de infantería y un regimiento de artillería de negros liber­tos, mandados en su mayor parte por oficiales argentinos. El resto, hasta el completo de 7.000 hombres, lo formaban tres batallones y algunos escuadrones de la guardia nacional, que en gran parte se pasaron a Oribe por pertenecer al partido Blanco". Hasta aquí el historiador don Bartolomé Mitre, dice Palacio.

Continúa ahora Palacio, dejando a Mitre: "Más que una ciudad, como se ve, se trataba de una especie de factoría in­ternacional, con población aventurera y adventicia", cuyos ver­daderos ciudadanos —agrego yo—, ínfima minoría de la po­blación, soportaban la situación con disgusto y lo demostraban desertando en masa a las filas nacionales que eran las de Ori­be. "En esta compañía heterogénea de agentes internacionales y masónicos, agiotistas, mercachifles, piratas y aventureros de toda laya... los emigrados de la Comisión Argentina preten­dían llevar contra su patria la guerra de la civilización", sigue Palacio.

Como se ve, la situación era opuesta a la de Troya; los Aquiles, Patroclos, Agamenones sitiadores, estaban dentro de la ciudad sitiada; Príamo y los suyos, afuera. Los sitiados aquí son los intrusos; los sitiadores, los dueños de casa. Como se ve, no hay ninguna similitud con Troya.

¿Y lo de americana? ¿Qué clase de americanos eran esos traidores a su patria, de la emigración? Pero sobre todo, ¿qué clase de americanos son los franceses, italianos y españoles que constituyen la parte más numerosa de la defensa? Tal vez lo fueran los negros, pero libertos precisamente al precio de con­vertirse en soldados.

Ahora resulta evidente que la Troya americana no era más que el puerto de desembarco de los nuevos conquistadores; la base de operaciones de una nueva colonización. Decid Zan­zíbar, Goa, Guantánamo, Panamá, Hong Kong, Macao y lo­graréis un acertado parangón. Pero no con Troya.

Si lo de Troya americana es mala literatura, es peor histo­ria. Pero mala literatura y peor historia están estrechamente unidas en esta zoncera.

Digamos de la Troya americana que lo que tenía de Troya era el caballo.

Meter el caballo, es lo mismo que "meter el perro" pero con los héroes adentro. Esta zoncera es pues un caballo troyano que nos meten a argentinos... y uruguayos.


Zoncera N° 8
"LA LIBRE NAVEGACIÓN DE LOS RÍOS"
Esta es una zoncera por inversión del concepto que com­plementa y concurre a la política de reducción del espacio.

Funciona como si se asentara en los libros colocando en el Debe lo que corresponde al Haber, y en el Haber lo que es del Debe.

Es la primera zoncera que descubrí en las entretelas de mi pensamiento y con ello quiero demostrar una vez más que "an­che ío sonno pittore", es decir zonzo, por lo que me las sigo buscando mientras lo invito a usted a la misma tarea.

En la escuela primaria no era de los peores alumnos y con­taba con cierta facilidad de palabra, motivos por los que fre­cuentemente fui orador de los festejos patrios. En uno de esos había bajado ya de la tarima, pero no de la vanidad provoca­da por los aplausos y felicitaciones, cuando mi satisfacción em­pezó a ser corroída por un gusanillo.

Entre las muchas glorias argentinas que había enumerado estaba esta de la libre navegación de los ríos, y en ella empezó a comer el tal gusanito.

El muy canalla —tal lo creí entonces— me planteó su inte­rrogante, tal vez aprovechando lo vermiforme del signo:

—"¿De quién libertamos los ríos?".

Y en seguida, como yo quedaba perplejo, agregó la res­puesta:

—"De nosotros mismos. ¡Je, je, je" —agregó burlonamente.

—"¿De manera que los ríos los libertamos de nuestro pro­pio dominio?" —pensé yo de inmediato, ya puesto en el dis­paradero por el gusano. Y continué—: "Pero entonces, si no eran ajenos sino nuestros, y los libertamos nosotros mismos, ¿se trata sencillamente de que los perdimos?".

Busqué entonces algunos datos y resultó que era así: la libertad de los ríos nos había sido impuesta después de una larga lucha en la que intervinieron Francia, Inglaterra y el Im­perio de los Braganzas. Y en lo que no se había podido impo­ner por las armas en Obligado, en Martín García, en Tonelero, por los imperios más poderosos de la tierra, fue concedido —co­mo parte del precio por la ayuda extranjera— por los liberta­dores argentinos que aliados con el Brasil vencieron en el cam­po de Caseros y en los tratados subsiguientes.

Entonces me pregunté qué habrían hecho los norteame­ricanos si alguien les hubiera impuesto liberar el Mississipi. Y los ingleses de haberle ocurrido eso con el Támesis. O los alemanes en el caso con el Elba. O los franceses con el Ródano. Y ahora pienso en Egipto con el Nilo, y así, hasta no acabar.

Se me ocurre que hablarían de la pérdida del dominio de sus ríos y que lógicamente en lugar, como nosotros, de conver­tir en triunfo esa liberación y darse corte con ella, habríanse dolido de esa derrota y hecho bandera del deber patriótico de retomar su dominio.

Los mismos brasileños que tanto hicieron por la "libertad" de nuestros ríos, tienen una tesis distinta cuando se trata de los ríos de ellos, aún cuando esos ríos sean el acceso marítimo a otros países. En el caso del Amazonas, sostienen la tesis inversa a la que sostuvieron en el Plata y mantienen celosamente su dominio porque entienden que "su navegación es cosa que rige el que controla su cauce inferior".

Y esto no significa obstaculizar la navegación de los que están en el curso superior. Pero se trata de conceder a los que están en el curso superior ventajas lógicas, convenidas, producto del acuerdo entre los ribereños, cosa muy distinta a la renuncia de la soberanía como en el caso de la proclamada libre navegación, "urbi et orbi", que es la pérdida del dominio de cada uno en la parte que le corresponde. Con lo que se ve que la mentida "libertad" que significa nuestra pérdida no es siquiera la determinada por el común uso y vecindad, sino una disposición en beneficio de las banderas imperiales ultra­marinas y en perjuicio de la formación de una propia creación náutica.

También para eso se impuso al Paraguay la libre navega­ción después de la guerra de la Triple Alianza, porque todo es un complemento del pensamiento de los Apóstoles de Manchester que Mitre ejecutaba como instrumento de la política de los Braganza, a su vez instrumento de otra política, pero sacando ventajas propias. Y ainda mais. Pero aquí entra a jugar otra zoncera que se verá más adelante.



La-libre-navegación de los ríos fue una derrota argentina que nos presentan... ¡como una victoria! Y encima nos ense­ñan a babearnos de satisfacción y darnos corte, como vence­dores, allí, justamente donde fuimos derrotados.

¿Comprenderéis ahora por qué se oculta la Vuelta de Obli­gado donde, a pesar de la derrota impusimos nuestra sobera­nía sobre los ríos, y se celebra, en cambio, Caseros, donde di­cen fuimos vencedores, y la perdimos?

¿Será porque la victoria no da derechos?

Pero ésta es la zoncera que sigue 1 y 2.


Zoncera N° 9



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