Arturo jauretche



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B) EL HOMBRE MODELO

Las zonceras de Sarmiento las inventó Sarmiento.

En realidad, Rivadavia hizo zonceras, más bien que de­cirlas, en lo que estuvo bien, pues nos evitó su prosa que es de lo peor, hasta para los difusores de las zonceras. (Les jue­go cualquier cosa a que nunca le han dado a leer a usted el texto completo de un discurso o escrito del famoso prócer).

Esta es la razón por que las frases más conocidas sobre Rivadavia fueran inventadas por Mitre, al que parece no le bastaba con hacer las suyas. Explica también que la más rica vertiente de zonceras rivadavianas tenga un origen muy poste­rior al fallecimiento del personaje: está en la arenga que don Bartolo pronunció en la Plaza de la Victoria el 20 de mayo de 1886 celebrando el centenario del nacimiento de don Bernardino. (B. Mitre, Arengas selectas, Colecc. Grandes Escrito­res Argentinos, pág. 142, donde enumera los méritos de El hombre del canal. El más grande hombre civil de la tierra de los argentinos y El hombre que se adelantó a su tiempo, que veremos ahora, y aquello de Oponer los principios a la espada, que ya se vio).


Zoncera N° 20

I) El canal de Rivadavia

Vamos a ver ahora en qué consistía el famoso canal que figura en la arenga.

En 1826, cuando el canal nacía en el pensamiento rivadaviano, no se tenían noticias de los territorios que aquél habría de cruzar. Más allá de Luján, al Oeste, y del río Salado de Buenos Aires al Sur, todo era "térra incógnita", ocupada por indios. Lo sabía hasta Sarmiento, que en Facundo explica que "en la Campaña del Desierto dirigida por Rosas, se descubrió todo el curso del río Salado de la Pampa, o Chadi Leuvú, hasta su desagüe en las lagunas de Yauquenes". Pero este descubri­miento ocurrió en 1833, es decir, 7 años después del proyecto.

Pero dejemos de lado los datos de Sarmiento, sobre los que ya sabemos a qué atenernos, y vamos a Enrique Stiebens, que en su excelente trabajo La Pampa (Ed. Peuser, 1946) hace la historia de todas las entradas al desierto producidas durante el dominio español, las cuales dieron noticias "muy confusas" sobre el territorio pampeano ocupado por los indios. El mismo Stiebens agrega que después de 1810 prácticamente volvió a caerse en el desconocimiento de la zona por la multiplicidad y la agresividad de los indios que el autor atribuye a "la incitación de los españoles de Chile". Dice que para la fecha de la expedición de Rosas, la pampa había sido olvidada y sus moradores estaban ensoberbecidos. La situación se agra­vó después de la caída de Rosas cuando los indios sobrepasa­ron aún la frontera de 1820.

Así es que sólo después de la expedición al desierto de Roca, cincuenta años después del proyecto del famoso canal, se tuvieron los conocimientos elementales para pensar proyectarlo y se ocupó el territorio donde los indios hacían imposi­ble, primero el estudio, y después la construcción.

Recién entonces se pudo saber lo que Stiebens señala: "La naturaleza esteparia y estacional" y salitrosa del posible curso del Chadi Leuvú, lecho del presunto canal, impiden si­quiera pensar en la practicabilidad del mismo. Lo más a que puede aspirar la pampa, restringiendo el aprovechamiento mendocino de las aguas en los riegos, es a reconstruir condi­ciones de humedad relativas en lo que Stiebens llama la "Babel de los ríos", en la zona fronteriza de La Pampa, San Luis y Mendoza.

Todo lo que el señor Rivadavia sabía es que al Sur de Buenos Aires desemboca un río llamado Colorado. Presumía, además —sin ningún dato cierto—, una posible confluencia del río Desaguadero, que corre —cuando tiene agua— entre San Luis y Mendoza en dirección Sur y los ríos Atuel y Diamante que caen en dirección Sudeste. Con estos datos imaginó un mapa de la tierra desconocida y ocupada por indios y luego, mediante una regla y un lápiz, trazó una raya que unía los supuestos desagües de aquellos ríos con el supuesto recorrido del Colorado del Sur de Buenos Aires. Seguramente, este enor­me trabajo —que contribuyó tanto a que pasara a la historia ­lo hizo una noche en que estaba desvelado; a la mañana si­guiente, a la hora del desayuno, redactó un proyecto y lo hizo votar después del almuerzo. Para la hora del té ya había dis­traído 50 mil pesos que hacían falta para la guerra con el Brasil, para financiar los estudios de la rayita.

¡Y sobre esa base nos han vendido la imagen del canal frustrado, con otra que supone un grupo de empingorotados rivadavianos que en medio de los indios y en la tierra desco­nocida, han tirado las levitas a un lado y se empeñan con palas y picos en construir una zanja! ¡Y también otra: la de los caudillos y gauchos enemigos de Rivadavia que van, por atrás, tapándoles la zanja!

La verdad es que ningún rivadaviano se metió nunca por esos andurriales y que los caudillos y los gauchos andaban por entonces muy atareados para impedir que los indios ocupantes de aquellos territorios que cruzaría el imaginario canal se me­tieran en la Plaza de la Victoria y aún en el Fuerte, donde el señor Rivadavia se ocupaba de hacer rayitas en un mapa hipo­tético.
* * *
Esta zoncera nos sirve también para comprobar lo que se dijo en la zoncera Civilización y barbarie sobre las dos patas en que andan todas.

Veamos a la pata coja.

Paralelamente a la historia oficial, o abundando en la mis­ma, los pensadores mitro-marxistas del Partido Comunista, son también canalófilos.

En efecto, uno de los historiadores de turno aparentemen­te a la izquierda, es Galván Moreno ("Rivadavia el estadista genial". Ed. Claridad, págs. 452/53), quien dice:

"... Ese proyecto de una ruta permanente por agua que facilite desde los Andes hasta la Capital el transporte de todas las producciones de las provincias de tránsito presentado en la Sesión del 21 de abril de 1826... cuyo texto dice:

"Art. 1°: El Presidente de la República queda autorizado para hacer practicar cuantas diligencias considera conducentes a reconocer si es realizable la empresa de construir una ruta permanente por agua, que desde los Andes facilite hasta la Capital el transporte de todas las producciones de las provin­cias de tránsito.

"Art. 2°: Al efecto se le abre, por ahora, un crédito de 50 mil pesos.

"Art. 3°: Luego que se hayan reunido los conocimientos y datos necesarios, el Presidente presentará a la Legislatura Nacional el presupuesto de los gastos que demande la obra y su conservación".

Ahora leamos el comentario de Galván Moreno:

"¡Qué fantasía puede imaginar por otra parte los mil prodigios que significaría para nuestro país, para esas provincias centrales calcinadas por el sol y la sequía una ruta de agua por la cual, al mismo tiempo que circularan como por gigan­tescas arterias todas las riquezas de la región dejando a su margen afloraciones de tesoros insospechados... Llegaría tam­bién esa aventura que traen las grandes masas de agua como elementos reguladores del clima y las precipitaciones pluvia­les!".

No se sabe cuál es mayor fantasía: la de Rivadavia o la de Galván Moreno. Ni cuál es más macaneador.

Es que la macana no tiene nada que ver con el supuesto canal; tiene que ver con la zoncera, porque su objetivo es de­mostrar que si no hay agua, que si no hay ríos, que si no llueve, que si había indios, todo es por culpa de la barbarie que impidió la obra civilizadora de Rivadavia.

Y así queda como bárbara la gente con sentido común que no acompañó a Rivadavia en sus disparates, cuando quiso hacer algo sin sentido y que no se puede hacer aún ahora que no hay indios, que la pampa se conquistó y se pobló... y cuando tampoco hay agua para la navegación y mucho menos "las grandes masas de la misma que pueden transformar un clima".

Los ideólogos de toda laya comulgan con las zonceras en común; así ésta de Galván Moreno es ratificada por el mitro-marxismo del jefe del Partido, Rodolfo Ghioldi, que también infla a Rivadavia... y al canal.

En el único libro que Ghioldi ha publicado, Uzbekistán el espejo (Ed. Fundamento, 1956, pág. 65), nos dice:

"...Y si el problema del agua no se resuelve, no será por falta de proyectos e iniciativas, como que ya en 1826 don Bernardino Rivadavia había patrocinado la construcción de un gran canal...".

El nombre del librito de Ghioldi es acertado: "...El es­pejo". Es la misma técnica de Rivadavia. En lugar de mirar lo que debía mirar —y no podía mirar en este caso del canal-- mira a un espejo que refleja el mundo al que se siente unido. Por eso las zonceras son comunes a todos los ideólogos pues corresponden al método destinado a excluir el buen sentido y sustituirlo por la imitación, sin ataderos en la realidad.

El espejo en que Ghioldi mira son los ríos Sir Daria y Amur Daria cuyas aguas han permitido, desde los orígenes del hombre, el asentamiento de sucesivos pueblos y que el trabajo de los soviéticos ha encauzado ahora para regularlas, evitando las periódicas desviaciones de su curso que han provocado la discontinuidad de las civilizaciones allí asentadas. Pero a dife­rencia del canal del señor Rivadavia, este canal se construyó sobre territorios conocidos desde los orígenes de la historia... ¡y además hay agua!

Claro está que el señor Ghioldi, como los historiadores oficiales, no ignoran nada de esto; se trata simplemente de una contribución del mitro-marxismo al mantenimiento de las zon­ceras y, sobre todo, de las "autoridades" que las respaldan. 1


Zoncera N° 21



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