Arturo jauretche el medio pelo


DE BURGUESÍA A ARISTOCRACIA DEPENDIENTE



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DE BURGUESÍA A ARISTOCRACIA DEPENDIENTE

La alta clase había olvidado por completo el origen comercial de su posición y con el boom de la prosperidad, el manejo del comercio internacional se le fue de las manos, lo mismo que el de la banca para pasar a las corporaciones extranjeras que instalaban sus sucursales en la city porteña y concentraban en manos imperiales —lógicamente de Gran Bretaña en su mayor parte— la exportación, la importación, el flete y el seguro.

Ya hemos visto que la prosperidad momentánea pudo dar las bases de la formación del capitalismo nacional que, consolidado sobre los márgenes que dejaba la producción argentina, entre su costo chacra percibido por el productor y el resultante de la venta en el exterior, permitiese el desarrollo de un proceso de integración económica, tal como se había aprovechado en los EE.UU., que capitalizó los frutos del comercio exterior —en mucha parte cerealero— para desarrollar las bases de la expansión interna.

Pero la riqueza territorial era un regalo de los dioses y no el producto del esfuerzo y la aptitud capitalista de esa clase. Aun la misma modernización de las razas ganaderas, donde la clase territorial cumplió una tarea efectiva, careció los fines típicos del capitalismo y correspondió más a la preocupación estética de reproducir el estilo de la clase territorial europea en cabañas y estancias paralelas a los modelos propuestos, con parques y cascos que rivalizaban con los castillos y "manors", provocando el asombro de los viajeros de primera clase.

El aprovechamiento comercial —en el nivel internacional— de la producción agropecuaria, era por completo ajeno a esa clase, y así la estancia moderna fue más que nada una prolongación del frigorífico que demandaba esa transformación de las razas, y el frigorífico una prolongación del único mercado posible y estimable: el británico.

El progreso nacional debió ser otro: mercado, nave, seguro, frigorífico, ferrocarril, como prolongación de la chacra y de la estancia.

Vender, comprar, fabricar, navegar, asegurar, bancar, disputar clientes, abrir mercados, son cosas de burgueses: los ricos argentinos se han propuesto como modelos a los príncipes rusos, los nababs, y los lores ingleses, no a esos groseros norteamericanos que se jactan de serlo, hinchas de baseball, que casan la hija con un noble y publican a gritos el precio de la dote y utilizan el título para una marca de fábrica y que en lugar de imitar el inglés de Oxford se envanecen en su idioma norteamericano. (No saben ver la realidad detrás del aire displicente del lord que disimula sus actividades burguesas que le permiten mantener el costoso castillo)9.

Si Buenos Aires fue el puerto de la riqueza argentina, los ricos argentinos sólo conocieron del mismo el desembarcadero de la Dársena Norte, en tránsito a los camarotes de la Mala Real o los paquebotes franceses. 10

Buenos Aires será un puerto típicamente colonial, porque lo que distingue esencialmente al coloniaje es que la colonia vende F.O.B. y no C.I.F., que es como venden las metrópolis.

El comprador está aquí y no en el puerto de destino. Así la exportación no se diversifica hacia los posibles mercados de compra, como ocurre cuando el país productor tiene sus vendedores en el destino de la mercadería; no se va a la conquista de mercados sino que el comprador exterior conquista el mercado productor, unifica la demanda y lo hace suyo obstaculizando la diversificación y la competencia internacional; es el comercio de factoría que el genio político de Gran Bretaña ha descubierto que es más importante que la conquista imperial que seguían practicando las demás metrópolis europeas empeñadas en la disputa del remanente de posiciones ultramarinas. El comercio de importación sigue la misma suerte como complemento de esa política comercial que no necesita el manejo de los territorios, pues basta con el control económico de los puertos y que es pronto control de la política y la cultura. (Ver nota en el Apéndice).

El grupo económico-político extranjero organiza correlativamente el sistema de transporte dirigiendo sus inversiones para crear una geografía económica adecuada: la red afluente al puerto concebida en función de su producción para esos fines, como la ha demostrado hasta la saciedad Scalabrini Ortiz en si “Historia de los ferrocarriles argentinos”, que documenta, además, el carácter minoritario de esa inversión, que en su mayor parte salió del propio esfuerzo nacional. Cosa parecida ocurre con la banca que permite a las filiarles de los bancos extranjeros –y aun a los bancos nacionales- capitalizar los ahorros del país dominado para hacerlos instrumentos de la colonización en lugar de factores de desarrollo interno: el ahorro nacional es puesto al servicio de la importación y en contra de la promoción interna.

Del dominio económico surge el dominio cultural. La gran prensa es el instrumento más efectivo para sembrar entre la "gente culta" el ideario conveniente que es facilitado por las comprobaciones del éxito inmediato, que parece evidente, de la teoría del progreso ilimitado a lograr por esos carriles; sólo se necesita mantener como dogma indiscutible los enunciados liberales impuestos después de Caseros, y que constituyen el fondo común del pensamiento ilustrado de la Universidad, la escuela y el libro. Ya veremos cómo la falsificación de la historia es una complementación útil al mantenimiento de esa dogmática.

La alta clase se ha imbuido de una concepción aristocrática a la que repugna cualquier actividad burguesa ajena a la única forma digna de la riqueza; además, si alguno de sus miembros supera el complejo cultural que tipifica a la clase, el manejo de los medios económicos se encargará de acreditar con el fracaso y la ruina de sus negocios, que los argentinos no hemos nacido para eso —como también lo dijo Sarmiento— y su ejemplo servirá para la irrisión de los que no se apartan de la actividad tradicional: será a lo sumo "un loco lindo" que se mete en lo que no entiende.

En cambio hay un destino reservado para la alta clase, cuando los patrimonios entran en decadencia, o cuando no se está en los niveles más elevados: la Facultad de Derecho provee de abogados a las empresas de capitales extranjeros, y la guía social de Directores a las Sociedades Anónimas, que son la representación local de aquellos intereses. Abogados y directores son baratos, pues reciben como un favor el que hacen; es la mentalidad del cipayo que hasta cree estar sirviendo a su país cuando sirve directores extranjeros; el sistema se perfecciona con gobernantes, jueces y maestros de la misma mentalidad.

Ser burgués disminuye, ser cipayo o vendepatria, jerarquiza. Luego esa incapacidad aprendida se imputará también a la herencia hispánica, católica, indígena, etc.

El país ya está realizado para quienes tienen del mismo la idea do que el país son ellos, y contemplan al resto, como desde la metrópoli contemplan al conjunto.




LA ESCISIÓN DE LA "GENTE PRINCIPAL": POBRES Y RICOS

Esta brusca prosperidad de los propietarios de la tierra, refleja sus efectos en los sectores de la "gente principal" que no han alcanzado los beneficios de aquella: se produce en ella una solución de continuidad.

La sencillez de las costumbres y la modera riqueza de los más altos, había permitido antes una relación regular entre los distintos niveles de la "parte sana de la población": las diferencias de fortuna, de jerarquía política y hasta cultural, eran atenuadas por la sensación de que todos pertenecían al "todo Buenos Aires". Las viejas amistades de familia y los parentescos minuciosamente recordados, y que no era extraño se ratificasen con nuevas alianzas a pesar de las diferencias económicas, facilitaban la comunidad de un status que venía desde la colonia, entre los grandes propietarios y la gente de condición más modesta constituida por profesores, magistrados, altos funcionarios, profesionales destacados, y más abajo, la generalidad de los empleados públicos, pequeños rentistas, profesionales, militares, pequeños estancieros, artesanos calificados, maestros de escuelas, etc.

Las barreras que establecían las diferencias de rango dentro de la misma, no eran rígidas y se disimulaban bajo el manto do las costumbres patriarcales; por alto que estuviera colocado un hombre de la "clase principal", conocía a todos sus congéneres, sus apellidos les eran habituales si no sus fisonomías, sus vinculaciones de familia y se estaba atento a los acontecimientos familiares, a sus celebraciones y especialmente a sus duelos. No se ignoraban recíprocamente y el perteneciente a los grados más inferiores de "gente decente", sentía que era parte de ese "todo Buenos Aires", atribuyendo las diferencias de rango exclusivamente a la situación de fortuna. Además, el límite de clase establecido por la rígida separación con la "gente inferior", la "plebe", le daban la sensación del status común con sus congéneres altos de la "clase principal" que ejercían una especie de protección patriarcal auxiliando en los apuros poniendo el hombro y la "recomendación" a su servicio. Había una etiqueta de las "visitas" recibidas y "pagadas" rigurosamente, entre los niveles no muy diferenciados y aun las relaciones más pobres, si no tenían acceso a los "recibos", cuando el hábito se generalizó, tenían entrada a las grandes casas, a las horas que no eran de cumplido, acercándose a la vida íntima de la familia. Solían ser comensales frecuentes en la mesa tradicional y el hábito del mate en "las visitas" de media tarde era compartido por todos en las ruedas íntimas en que la boca de la bombilla marcaba una igualitaria consideración.

Se compensaba el desnivel con la intimidad.

Pero la alta clase se fue distanciando con un lujo y un boato inabordable para los que no estaban en situación y a medida que los "viejos" iban muriendo, se interrumpían las relaciones: el "todo Buenos Aires" se achicaba para reducirse a un núcleo más selecto, memos numeroso y más exigente, incompatibles para la gente de situación modesta y aun para las medias fortunas, cuanto más para los pobres vergonzantes que vivían “tirándole la cola al gato”.

Al mismo tiempo la ciudad crecía e interfería con nuevas promociones de origen inmigratorio en la solución de continuidad creada en los dos niveles de la "gente sana", y los más bajos de ésta se confundían con los que venían del ascenso y de los que se encontraban cerca económicamente.

Pronto los descolocados comenzaron a tener sólo referencias lejanas del “todo Buenos Aires” por la “vida social” de los periódicos. En este distanciamiento astronómico de la alta clase, los sectores postergados de la clase principal se adecuaron al hecho, y prefirieron ser cabeza de ratón que cola de león, ubicándose como parte distinguida de la clase media que surgía. Los más tilingos no se resignaron y ellos y sus descendientes han vivido desde entonces una dura ficción de “primos pobres”, manejándose por pautas de imitación. Es la gente que Silvina Bullrich pinta en “Los Burgueses”, desacertadamente en el título, pero acertada en la descripción de esos parientes pobres de los Barros, humillados por dentro en su actitud de obsecuencia al tío remoto; y también se humillaban al cronista social –que puede ser la señorita Pérez Yrigoyen-, de cuya voluntad dependía la mención en la columna periodística, que otro, en la misma situación, leerá con la “sonrisa verde” con que las mujeres se ponderan sus vestidos. Ellos formarán el plantel básico del “medio pelo”, muchos años después, cuando aparezca una nueva burguesía ansiosa de recorrer el camino que hizo la clase alta, pero sin el desplazamiento europeo que la divisa fuerte le permitió a aquélla, y que además permitía ocultar las gaffes de los primeros pasos, a la sombra de un mundo internacional heterogéneo.

A principios de siglo ya la estructura tradicional está perimida, pero esto no era todavía perceptible para los actores de la clase alta.


UN TESTIGO DEL "900"

Dejemos que hable un contemporáneo.

Tengo delante un librito de Don Felipe Amadeo Lastra titulado "Recuerdos del 900", cuyo autor fue mozo paseandero por aquellos tiempos (Dios lo conserve por mucho, y pido reciprocidad).

Su crónica podrá ser inimportante literariamente, pero además del valor testimonial, de cuya importancia he hablado en la introducción de este libro, tiene un valor especial porque no expresa la observación objetiva del sociólogo o del historiador, sino la subjetiva del actor y del medio a que pertenece: importa el consenso de su grupo social.

Felipe Amadeo Lastra todavía no percibe la escisión en la "gente principal", pero ésta salta a la vista para el que lee: basta comparar la larga lista da la muchachada "paseandera" que el autor trae con su excelente memoria, en la mucho más restringida de las familias que veraneaban en la Bristol de Mar del Plata y especialmente los jóvenes, los que en el mismo balneario hacían roncha dragoneando de leones...

Los más de aquellos apellidos de los "paseanderos", comenzaban ya a ser en los barrios, las cabezas sociales de la clase media.

Su descripción de la muchachada que “andaba” es bastante definitoria de lo que para esa fecha todavía se entiende por “gente principal”, “parte sana” de la población; así los apellidos que cita enumerativamente son todos tradicionales, o corresponden a descendientes de inmigrantes “situados” con dos o tres generaciones. No se trata de ricos aunque abundan entre ellos; aunque tampoco de pobres, por más que a algunos les falte sólo una pluma para volar.

Allí se ve que no es la fortuna la que define la clase sobre la base de un minimum necesario para mantener el nivel. Amadeo Lastra habla de “gente modesta” y “no modesta”, que son sus correspondientes a “inferior” y “principal”, y precisando más el concepto, hace la calificación por el factor fundamental que ya hemos señalado, la familia cuando define: gente de ascendencia culta, y la que no tiene esa ascendencia. “Cultura”, en este caso, no se refiere a la preparación filosófica ni artística ni a los estudios realizados, ni siquiera a la buena o mala letra; los conocimientos de esos “muchachos”, sobre todo de los “divertidos”, eran los imprescindibles para la generosa firma de un pagaré o un cheque “volador”.

“Cultura” es una remisión al status familiar, que es el que determina la situación por la observación continuada de las pautas definitorias de la “parte sana de la población”, principiando por la más importante, que es la filiación legítima continuada. La cultura se refleja en el género de vida, actividades económicas y prácticas sociales, cívicas, religiosas y de comportamiento de la familia que evitan el desclasamiento y no del individuo. Por el contrario, este seguía siendo “culto” a pesar de él mismo.

En la clase modesta, agrega, había los compadritos y los que no lo eran. Clase modesta es, lógicamente, un eufemismo de “clase inferior” que el autor divide en compadritos y los que no lo eran, es decir, trabajadores con una amplitud que comprende a obreros, peones, artesanos, domésticos y comerciantes minoristas, etc.

La clase alta no veía el cambio social que se estaba operando; Amadeo Lastra es terminante: Casi no existía la clase media. (Existía, sí; se estaba conformando sobre los pobres de la “clase principal” y sobre los que comenzaban a emerger con preferencia desde la inmigración. Pero esto no se percibía desde la visual de la clase alta, que no veía los entresijos de la nueva sociedad).

Dice el autor: Era común que el núcleo de personas de cierta alcurnia, es decir de “ascendencia culta”, se las denominase con el adjetivo “Bien”, que sigue vigente. Así se decía “gente bien”, “niño bien”, y respecto a estos últimos, a los que gustaban la jácara continua, refiriéndose al “niño bien”: César Viale los llamó “indios bien”, denotando con ello su pertenencia a familias de elevada clase social, por su cultura o ascendencia. Lo de “indios” deja bien precisado que no es la conducta, ni la cultura individual, lo que determina la condición de “bien”.
CAPITULO IV



Arturo jauretche
El marco económico de lo social y los tres fracasos de la burguesía
El "ausentismo" de la alta clase
Nota - pág. 25.



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