Arturo jauretche el medio pelo


LA ARGENTINA PREINDUSTRIAL



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LA ARGENTINA PREINDUSTRIAL

¿Pudo, a nivel histórico 1853, planearse una política económica nacional? ¿Existía la posibilidad de surgimiento de una burguesía nacional que cumpliera ese papel?

Existía. Y Juan Manuel de Rosas había sido su máxima expresión. Lo que hay que saber es si Rosas no fue combatido por eso mismo y si el propósito de los vencedores no fue precisamente aniquilar toda posibilidad de economía integrada, que él acababa de demostrar. Vencido políticamente, quedaba su camino económico para recorrer.

Rosas es uno de los pocos hombres de la alta clase que no desciende de los Pizarros de la vara de medir que en el contrabando y en el comercio exterior fundaron su abolengo. Por eso no tuvo inconveniente en ser burgués. Fundó la estancia moderna y después fundó el saladero para industrializar su producción, y fundó paralelamente el saladero de pescado para satisfacer la demanda del mercado interno. Y defendió los ríos interiores y promovió el desarrollo náutico para que la burguesía argentina transportara su producción; integró la economía del ganadero con la industrialización y la comercialización del producto y le dio a Buenos Aires la oportunidad de crear una burguesía a su manera. Pero además, con la Ley de Aduanas, de 1835, intentó realizar el mismo proceso que realizaba los Estados Unidos; frenó la importación y colocó al artesanado nacional del litoral y del interior en condiciones de afirmarse frente a la competencia extranjera de la importación, abriéndole las posibilidades que la incorporación de la técnica hubiera representado, con la existencia de un Estado defensor y promovedor, para pasar del artesanado a la industria1.

Pequeño intento, se dirá, pero para muestra basta un botón. Un botón construido mientras los unitarios, en insurrección permanente, obligaban a la guerra constante, y los grandes Imperios de la hora. Francia e Inglaterra y el vecino Brasil, agredían las fronteras argentinas, atacaban la navegación, bloqueaban los puertos, cañoneaban las fortificaciones y desembarcaban sobre nuestro territorio con la complicidad de sus aliados internos.

Pequeña muestra, pero grande si se ve lo que ocurrió después.

Transcribo, también de "Política y Ejército", lo que sigue: "Martín de Moussy señalaba los efectos de la libertad de comercio que Mitre había inscripto en las banderas del Ejército según su arenga: La industria disminuye día a día a consecuencia de la abundancia y baratura de los tejidos de origen extranjero que inundan el país y con los cuales la industria indígena, operando a mano y con útiles simples, no puede luchar de manera alguna.”

Dice José María Rosa: Los algodonales y arrozales del Norte se extinguieron por completo. En 1889 el primer Censo Nacional revelaba que en provincias enteras apenas si malvivían madurando aceitunas y cambalacheando pelos de cabra. ("Defensa y pérdida de la Independencia económica"). Ramos, de quien extraigo esta cita ("Revolución y Contrarrevolución en la Argentina"), nos informa que en 1869 había 90.030 tejedores sobre una población de 1.769.000 habitantes, y en 1895 sólo quedaban 30.380 tejedores en una población de 3.857.000. Lejos de importar máquinas de producción, el capitalismo europeo en expansión nos enviaba productos de consumo. No venía a contribuir a nuestro desarrollo capitalista, sino a frenarlo.


LA POSIBLE BURGUESÍA FRUSTRADA DE LA "PATRIA CHICA"

Ni los pálidos exiliados de Montevideo que echaron sebo después de Caseros, ni los generales uruguayos brasileristas traídos por Mitre para la guerra de exterminio de la población nativa, ni los pobretones doctores de la Constituyente, podían haber constituido una burguesía. Pero estaba vivita y coleando esa burguesía federal que se le había dado vuelta a Rosas después de la derrota o en sus vísperas, con la parentela del "tirano" a la cabeza, y ese mismo Dr. Vélez Sársfield, que venía directamente de los salones de Manuelita. Ellos pudieron pesar para que, aceptando la estructura liberal que se plagiaba de los Estados Unidos, se condicionase ésta al interés nacional como los mismos Estados Unidos habían hecho, asumiendo ellos mismos el papel económico que el "dictador" había representado y sostenido.

Pero aquellos doctores habían adquirido ya el hábito de actuar como agentes internacionales, y lo siguieron haciendo desde sus bufetes donde fundaron la dinastía de los abogados de empresas y maestros del derecho y la economía conveniente a la política antinacional. Los burgueses de Buenos Aires prefirieron disminuir los recursos de la Aduana —que a Rosas le habían servido para establecer el orden nacional— para facilitar el orden de la dependencia y excluyeron la protección económica que significaba la posibilidad de integrar una economía.

Desde Pavón se aplicó la política del país chico. Ahora los recursos aduaneros, que se limitaban y habían servido para pelear contra lo extranjero, serían útiles para aniquilar al interior; y la protección, que había sido la defensa económica de éste, desaparecía para abrir camino al importador. Ahora el interior no es más que un desgraciado remanente del país hispanoamericano, sólo tolerable en la medida que no estorbe la adaptación de las pampas al destino que le tenía reservado la división internacional del trabajo. Es lo que le permitiría decir a Sarmiento: "Pudimos en tres años introducir cien mil pobladores y ahogar en los pliegues de la industria a la chusma criolla inepta, incivil, ruda, que nos sale al paso a cada instante". Pero ya sabemos de qué industria habla Sarmiento, según lo dicho más arriba.




SEGUNDO FRACASO: LA BURGUESÍA PROSPERA SE SIENTE ARISTOCRACIA

Hacia el 80 se abre otra perspectiva. Es el momento en que comienza la brusca expansión agropecuaria del país.

Aldo Ferrer (Op. cit.) sintetiza de manera general el proceso de integración de los países productores de materias primas en el mercado mundial. Dice (pág. 96) : "La apertura de los mercados europeos a la producción de alimentos y materias primas del exterior fue consecuencia del proceso de industrialización de los países de Europa, la Especialización creciente de éstos en la producción manufacturera y la mejora de los medios de navegación de ultramar que rebajaron radicalmente los costos de transporte. Esto abrió en las economías de los países ajenos a la revolución tecnológica y a la industrialización de la época, llamados más tarde de la periferia, grandes posibilidades de inversión en las actividades destinadas a producir para los mercados de los países industrializados. Naturalmente, según se apuntó antes, los que más posibilidades ofrecían fueron aquellos de grandes recursos naturales y escasa población". Señala más adelante, llamando a estos países de "espacio abierto", que "la Argentina fue un caso típico de integración a la economía mundial de un espacio abierto". Agrega, también, que las "inversiones se presentaron tanto en las actividades puramente exportadoras como en la ampliación del capital de infraestructura, particularmente transportes, y también en los campos vinculados a las actividades de exportación, sus mecanismos comerciales y financieros, y en el desarrollo de actividades destinadas a satisfacer las demandas de países periféricos".

Ya Scalabrini Ortiz en su "Historia de los FF.CC. Argentinos" ha mostrado cómo la inversión fue muy relativa y se hizo por capitalización del trabajo nacional; lo mismo puede decirse de los servicios públicos en general, uno de los cuales, el de la electricidad, ha historiado minuciosamente Jorge del Río. En cuanto a los mecanismos comerciales y financieros, conviene recordar que los exportadores y los importadores se financiaron antes y después del IAPI, a través de la banca por el ahorro nacional, es decir que lo mismo que el IAPI, pero con la correspondiente diferencia de destino de los márgenes que resultan del comercio exterior. Estos márgenes se convierten con el sistema restablecido después de 1955, en nuevas inversiones extranjeras cuando no son utilidades que se van.

Pero dejando de lado la cuestión del origen de esas inversiones, el hecho que anota Ferrer es el mismo que hemos señalado poniendo las iniciales a la política inteligentemente trazada; las inversiones en la infraestructura no están dirigidas a desarrollar el país sino a facilitar su deformación en el sentido de un desarrollo dependiente.

La clase propietaria de la tierra, enriquecida bruscamente por la ampliación de sus dominios con la Conquista del Desierto, por el orden y la juridicidad, por el progreso técnico —alambrados, aguadas, genética, etc.—, por la contribución de los brazos inmigratorios y, sobre todo, por la demanda mundial dirigida a las producciones de la pampa húmeda, ha cuidado minuciosamente de mantener su hegemonía territorial, limitando por esto mismo la posibilidad de la formación de una fuerte burguesía de origen inmigratorio que podría haber nacido de una mejor distribución de la tierra y de una más amplia distribución de los frutos del trabajo.




EL ROQUISMO Y LA APARICIÓN DE UNA IDEA INDUSTRIALISTA

Pero en cambio el interior ha vencido a los portuarios y la federalización de Buenos Aires abre las perspectivas de una visión política nacional sustituyendo la exclusivamente porteña. Otro pensamiento económico que el vigente hasta ese momento acompaña a los vencedores. Avellaneda, con la modificación de la Tarifa de Avalúos, parece volver a la política económica señalada por Rosas. Están los dos Hernández, Vicente López, Roque Sáenz Peña, Estanislao Zeballos, Nicasio Oroño, Carlos Pellegrini, Amando Alcorta, Lucio Mansilla, el mismo Roca. Pellegrini sintetizará el pensamiento de esa generación: "No hay en el mundo un sólo estadista serio que sea librecambista en el sentido que aquí entienden esa teoría. Hoy todas las naciones son proteccionistas, y diré algo más: siempre lo han sido, y tienen fatalmente que serlo para mantener su importancia económica y política. El proteccionismo puede hacerle práctico de muchas maneras, de las cuales las leyes de Aduana son sólo una, aunque sin duda la más eficaz, la más generalizada y la más importante. Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto"

En el plano de la inteligencia política las cosas han cambiado; la generación del 80 parece no estar arrodillada ante "los apóstoles del libre cambio", como Mitre, ni creer en la ineptitud congénita de los argentinos como Sarmiento. Con Roca llegan al gobierno nacional, si no la "chusma incivil" que dijo el sanjuanino, la "gente decente", los principales de provincia cuyos intereses difieren de los portuarios.

Pero todo queda en vagos enunciados teóricos. Primero la lana, después la carne y los cereales, multiplican las cifras de la exportación; el roquismo, como tentativa de grandeza nacional, se desintegra en las pampas vencido por los títulos de propiedad que adquieren sus primates, ahora estancieros de la provincia.




UNA TRISTE PÁGINA DE HISTORIA

Quizá una de las páginas más tristes de la historia argentina es aquella entrega de la banda y el bastón que el general Roca hace al nuevo presidente Quintana. Es el mismo Quintana abogado del Banco de Londres y América del Sud que habla amenazado al ministro de Relaciones Exteriores de Avellaneda, Bernardo de Irigoyen, con movilizar la escuadra inglesa por un incidente bancario en el Rosario.

Esos eran sus títulos, y los de gran señor con su atuendo londinense, su oficio y filiación política mitrista que definen su ideología.

Abelardo Ramos (Op. Cit. Tomo II) nos relata el episodio:



Rodeado de un puñado de amigos y con un velo melancólico en sus ojos saltones, el general Julio Argentino Roca entregaba las insignias del mando al Dr. Manuel Quintana, con su perilla blanca, retobado y despreciativo, enfundado a presión en su célebre levita.

... El mandatario saliente pronunció algunas banales palabras de cortesía. Quintana contestó al ceñirse la banda presidencial: “Soldado como sois, transmitís el mando en este momento a un hombre civil. Si tenemos el mismo espíritu conservador, no somos camaradas ni correligionarios y hemos nacido en dos ilustres ciudades argentinas más distanciadas entre sí que muchas capitales de Europa”. En esta respuesta desdeñosa, Quintana componía su autorretrato: se había sentido siempre más próximo a Londres que a Tucumán. Su alusión al común espíritu conservador no era menos que transparente: comprendía perfectamente el íntimo sentido de la declinación del roquismo y su incorporación al “statu quo” de la oligarquía triunfal.

Del soldado de Pavón, la Guerra del Paraguay, Santa Rosa y la Conquista del Desierto al estanciero de “La Larga”. Lo que no pudieron las armas lo hizo la estancia. Continuaría su hijo el mismo camino de declinaciones que ahora se rubricaban con la traición a Pellegrini.

En su mensaje al Congreso, Quintana sería más concreto advirtiendo sobre el final de toda tentativa de economía nacional. Se imponía reducir los impuestos, ahorrar en los gastos públicos y renunciar a “ciertos excesos del proteccionismo aduanero”. El mismo autor agrega que se renunciaba a la orientación proteccionista que había sido una forma desde la presidencia de Avellaneda en 1875 y que a pesar de su moderación había permitido crear las industrias nacionales en el último cuarto de siglo de la influencia roquista. Quintana agregaría en el mensaje; “... corregir las tarifas de otras naciones y aplicarlas sobre avalúos de verdad... moderar la protección de industrias precarias si hemos de asegurar con ello la prosperidad de las industrias capitales”.


LOS “CIVILISTAS” UTILIZAN A LOS MILITARES

Desde entonces, con una sola excepción, los generales que llegaron al poder terminan por entregarlo a civiles que enuncian estos “sanos” propósitos bajo la mirada complacida de las metrópolis económicas; convierten las armas nacidas para instrumento de la grandeza nacional en el recurro cómodo de esa clase de civilidad de que Manuel Quintana puede ser el símbolo.

Esto es lo que en definitiva dice también José Luis Imaz al hablar de las Fuerzas Armadas en "Los que Mandan" (Ed. Eudeba): Sin funciones manifiestas no ha habido guerras—, el aparato bélico de las FF.AA. ha terminado por ser visualizado, por todos los grupos políticos, como instrumento potencialmente útil para satisfacer sus propios objetivos. Así, el recurso de las FF.AA. como fuente de legitimación ha terminado por ser una regla tácita del juego político argentino.

La regla es válida para la generalidad de los golpes militares, con sus "Batallones de Empujadores” y sus "Regimientos de Animémonos y Vayan" (civiles), que se saben herederos pero no para el caso de 1913 que se engloba en el juicio. Aquí el Ejército falló a los viejos partidos políticos, a quienes el juego se les fue de la mano. Lo que sucedió al golpe de Estado fue un proceso nuevo y distinto que instrumentó la única tentativa seria de economía nacional que hemos tenido. Porque la cuestión que define el hecho militar, es la de saber si éste se produce para restablecer el status quo de los viejos partidos políticos como guardianes de la economía dependiente, o para abrir las perspectivas de una política nacional para el país y para el mismo ejército, rompiendo el esquema preestablecido en obsequio al acceso al poder de la parte de sociedad capaz de realizarse nacionalmente porque no está ligada a la vieja estructura.

Pero no nos apartemos del tema que es el fracaso de la burguesía.

La burguesía argentina fracasa pro segunda vez.




FRACASAN LOS DEL "OCHENTA"

Ese momento de la incorporación de las pampas al mercado mundial, también ocurrió en Estados Unidos con sus cereales y carnes.

Entonces la burguesía norteamericana capitalizó la riqueza así generada. Complementó la producción con el manejo de la comercialización, de la navegación y de la banca. No se limitó a producir y vender sobre el lugar de producción entregando la parte del león a los exportadores. La hizo suya, la reinvirtió y proyectó los recursos logrados sobre el desarrollo interno, acompañando la marcha hacia el Oeste.

Ya hemos visto que la burguesía inmediata a Caseros fue incapaz de continuar el papel económico señalado por Juan Manuel de Rosas. Puede ella justificar su incapacidad para cumplirlo en la gravitación de las ideologías, en la caída del pensamiento nacional, en la conducción política en manos del odio que quería borrar todo el pasado, y en su propia debilidad económica para emprender en ese momento la tarea.

Pero la situación es muy distinta del 80 en adelante; esa burguesía se encuentra bruscamente enriquecida y plena de poder. Tiene conductores políticos que señalan un rumbo de economía nacional; las provincias pesan en las decisiones del Estado; sólo les basta asumir su papel como burguesía ilustrándose con el ejemplo de sus congéneres contemporáneos de los EE.UU. y de Alemania. Y, sin embargo, no lo cumple; por el contrario, absorbe en sus filas a los políticos y pensadores que pudieron ser sus mentores, los incorpora a sus intereses y los somete a las pautas de su status imponiéndoles, junto con su falta de visión histórica, la subordinación a los intereses extranjeros que la dirigen.


LOS AUSENTISTAS EN SU HORA DE "MEDIO PELO"

Es que esa burguesía de los descendientes de los Pizarro de la vara de medir prefiere creerse una aristocracia. Es la alta clase ausentista que reproduce en sus estancias los manors británicos y en sus palacios a la francesa el estilo de la alta sociedad parisiense. Es la burguesía ausentista que sube, en París y en Londres, la escalera del refinamiento finisecular después de haber saltado los escalones del rastacuero y se identifica con las grandes metrópolis del placer, la cultura, el dinero; entrega sus hijos a manos de "misses" y "mademoiselles" o a colegios pensionados de dirección extranjera, cuando no extranjeros directamente; se desentiende de la conducción del país, que deja en manos de protegidos de segunda fila —con todo, mejores que ella, porque no se han descastado totalmente—. Imita a la burguesía norteamericana en el dispendio y le disputa el matrimonio de sus hijas con los títulos de la nobleza tronada. Pero pretende ser una aristocracia, a diferencia de la "yanqui", que en su simplicidad arrogante se afirma como burguesía.

Carga sobre la espalda de esa burguesía argentina el complejo de inferioridad anti-indígena. anti-español y anti-católico, y en lugar de ser como la "yanki", ella misma, prefiere ser imitadora de la alta clase europea. Tal vez remedando al príncipe de Gales, que después será Eduardo VII es un poco continental y un poco isleña y fabrica ese híbrido anglo-francés que después traslada a Buenos Aires en la arquitectura, en los modos y hasta en el lenguaje.

Los racistas habituales imputarán este fracaso psicológico de los terratenientes argentinos a la supuesta incapacidad hispánica heredada, cuando si de algo se ocuparon esos "burgueses" es de borrar toda huella de lo español.

Puestos a imitar, no imitaron a esta burguesía poderosa y constructiva y sólo quisieron reproducir la imagen de los landlords en sus dominios territoriales. Anticipan el "medio pelo" contemporáneo en su arribismo de aquella etapa, porque en París y en Londres son el "medio pelo" de la alta sociedad; "medio pelo" que cree cotizarse por sus propios valores, hasta que la declinación de la divisa fuerte le destruye todo el fundamento de su prestigio internacional1.

BUENOS AIRES Y SU CITY
No supieron ser en su país los hombres de la "city" y la "city" fue extranjera. Por la estúpida vanidad de esa clase, el país frustró la ocasión de capitalizar para el desarrollo nacional la oportunidad que la historia le brindaba. Dilapidaron en consumo superfluo la parte de la renta nacional que la burguesía extranjera les dejó a cambio de la renuncia de su función histórica; cuando la divisa fuerte se acabó dejaron de ser ''los ricos del mundo" y volvieron para ser "los ricos del pueblo", no en razón de la riqueza que pudieron crear, sino del privilegio que les permitió acumular su condición de titulares del dominio, en la valorización de las tierras originada en la transformación y lo poco que invirtieron en la producción primaria. Volvieron a cuidar aquí ese orden en virtud del cual, ya pobres en el mundo, se les permitía ser ricos en el país por comparación con los más pobres, a condición de garantizarle a la infraestructura extranjera de la producción el cómodo usufructo del intercambio.

Así, la expansión agropecuaria, que fue la más grande oportunidad que tuvo el país de capitalizarse, como consecuencia del fracaso de su burguesía sirvió para consolidar su situación de dependencia.

En la medida que esa clase no cumplió el papel que correspondía a una burguesía, se resignó a ser la fuerza interna dependiente cuya misión ha sido impedir toda modificación de la estructura. Es lo mismo que pasa con los ejércitos en todos los países periféricos: o intentan la realización nacional cumpliendo como tales con su destino histórico, o se convierten en una mera policía del orden conveniente a los de afuera. Esa diferencia que hay entre el soldado y el cipayo ocurre en el orden económico según la burguesía cumpla funciones nacionales o simplemente sea un sector dependiente.


LOS "PROGRESISTAS" DEVIENEN ANTIPROGRESISTAS

Cuando la producción agropecuaria llegó a los topes previsibles y la población siguió creciendo, ya no sólo dejó de cumplir su papel como burguesía, ante el peligro de que la realidad, imponiendo las leyes de la necesidad, alterase la estructura a que se ligaba. De la euforia del progreso y su hipertensión, que vivió tirando manteca al techo, pasó a la lipotimia del miedo a la grandeza.

Quiero aquí recordar la frase de ritual de la vieja oligarquía que he dicho al principio de la nota: '"Cien millones de argentinos conducidos por la azul y blanca ante el trono del Altísimo". Y agregar dos citas que no me cansaré de reiterar, porque definen los dos extremos entre la euforia de los triunfadores y la derrota de los sometidos que quieren someter el país.

En 1956 el Dr. Ernesto Hueyo, ex ministro de la Década Infame y personaje representativo de su clase, sostiene en un artículo de "La Prensa" que el país tiene exceso de población y sólo se le ocurre una solución: que emigre el excedente de argentinos innecesario para la economía pastoril. En 1966 el presidente de la Sociedad Rural, Sr. Faustino Fano —un nuevo incorporado a la alta clase— expresa el pensamiento de la misma diciendo en el habitual banquete de la prensa extranjera —donde los primates del país van a dar examen de buena conducta e higiene mental— que la población conveniente a la República está en la relación de cuatro vacunos por cada hombre. Ajustándonos al cálculo de este último, y partiendo de una existencia presumible de 45 a 50 millones de vacunos, hoy no debería tener más de 12 millones de habitantes. Si tiene 25 millones se ha excedido en el 100 por ciento. ¡A esto ha llegado la élite que se dice continuadora de la que jugaba a los 100 millones de habitantes y los prometía ante el trono del Señor!

Y lo terrible es que tiene razón si el esquema económico argentino ha de ajustarse al destino que le tienen reservado al país los que se creen sus dirigentes por derecho propio, los que habitualmente sacan al Ejército de sus cuarteles, los que habitualmente vuelven a meterlo en los mismos y los que ponen al frente de la economía a los expertos profesionales que se turnan en su dirección.


EN LOS LIMITES DE LA PAMPA

En 1914 —y no en 1930, como lo entiende Ferrer— el país ha llegado al límite potencial de su riqueza agropecuaria. Habrá coyunturas circunstanciales, como la excepcional demanda posterior a la primera guerra o la falta de competencia internacional, o condiciones climáticas extraordinarias que permitan en algunos años superarlo.

De todos modos se sumará a los factores adversos la cada vez más adversa relación de los términos del intercambio; ya ni el préstamo internacional ni los saldos favorables de la balanza comercial podrán compensar la demanda creciente del mercado interno, que, además, afecta los saldos exportables, ni tampoco el servicio de amortizaciones y de intereses. Todo lo que el país avance sólo dependerá de la expansión del mercado interno —de lo que el país sea capaz de producir y consumir para sí, es decir, de la diversificación de la producción y el alza de los niveles de consumo generada por el desarrollo de las fuerzas internas, de la producción al salario—, de su capacitación para integrar una economía nacional que no repose en los saldos del comercio exterior. Este dejará de ser eje para ser sólo complementario, como lo es en EE.UU. y en todos los países que los "'expertos" cipayos nos proponen como ejemplo. Ese problema de población que preocupa a Hueyo y a Fano, la eliminación del excedente de 13 millones de habitantes, sólo tiene dos soluciones: el genocidio que puede consistir en el no te morirás, pero te irás secando de un pueblo condenado a la miseria endémica, que además facilite mano de obra barata para complacer con el bajo costo "el mercado tradicional", o tomar el toro por las astas —el toro o el dueño del toro— y marchar hacia la integración de la economía.

Para un argentino no hay otra alternativa que la segunda solución en lo inmediato. En lo mediato, volver a la expansión internacional, pero con la producción y los mercados diversificados.




AVANCES Y RETROCESOS

Desde 1914 estamos en eso: en la lucha del país nuevo y real con el país viejo y perimido, que para vivir él impide el surgimiento de nuestras fuerzas potenciales. Es un andar y desandar continuo; un avanzar tres pasos y retroceder dos. En ese andar hacia adelante muchos sectores del interior han encontrado su solución transitoria en el crecimiento del mercado del litoral y sólo por él; el algodón del Chaco, el vino y la fruta de Mendoza y Río Negro, la yerba y el té de Misiones, los citrus de la Mesopotamia y del Norte, el tabaco, el azúcar, el arroz y la variada gama de productos que han permitido avanzar a algunas provincias de las condenadas a vegetar miserablemente en el mecanismo exportador-importador del litoral.

Las dos grandes guerras, la de 1914 y la de 1939, y la neutralidad mantenida a pesar de todas las presiones, rompieron en dos oportunidades críticas el esquema agro-importador y dieron lugar a un incipiente desarrollo industrial en la primera, que tuvo carácter mucho más, definido y profundo en la segunda. Las condiciones históricas favorables fueron relativamente acompañadas en la primera oportunidad, por el gobierno de Yrigoyen, con medidas imprecisas pero que ayudaron, como el cierre de la Caja de Conversión, el incremento de la actividad del Estado como promotor y el primer reconocimiento de los trabajadores como fuerza dinámica de la realización argentina en la segunda, desde la política inicial de Castillo, con la creación del Banco Industrial y la creación de la Marina Mercante, a la decidida y enérgica política de Perón, ejecutada audazmente por Miranda y con la efectiva acción de los trabajadores que, con la lúcida conciencia de su papel, ocuparon el lugar vacante de la burguesía en la conducción nacional, pues la burguesía que surgía entonces, al amparo de condiciones favorables, tampoco tuvo conciencia de su valor histórico ni de la línea política de sus intereses.

1930 y 1955 son fechas equivalentes, y la Década Infame y la Revolución Libertadora se identifican en los fines, en la técnica revolucionaria, en los equipos de gobierno y en el mismo aprovechamiento de las fuerzas militares destinadas al increíble papel de frenar la grandeza nacional y cerrarle al país —cuya expresión armada de potencia son— el camino que les abriría la posibilidad de ser potencia.

No se trata aquí de hacer el análisis de la política económica del gobierno caído en 1955. Sólo bastará con decir que, cabalgando la única tentativa de política económica nacional en gran escala después del precario ensayo que pudo hacer Rosas. (Ésta analogía que quiso ser injuriosa resultó un cumplido y lo resultará cada vez más a medida que se vaya conociendo la historia verdadera de las “Tiranías Sangrientas” y la de sus adversarios). El establecimiento de prioridades, la concentración de la banca y el manejo de las divisas para proyectar sus recursos sobre las mismas, el manejo del comercio de exportación y el control de la infraestructura económica y la paralela redistribución de la renta, con la consiguiente promoción social del país, son caminos que habrá siempre que recorrer, corrigiendo errores, perfeccionando aciertos y aportando nuevas soluciones y perspectivas, porque son los únicos caminos posibles de una integración económica nacional.

EL TERCER FRACASO DE LA BURGUESÍA

Esta vez también la burguesía traicionó su destino. Y ahora no fue la burguesía tradicional, ya ligada definitivamente al anti-progreso como expresión del país estático frente al país dinámico, porque el proceso de desarrollo que se cumplió en la etapa 1945-1955 significaba la oportunidad de la aparición de un capitalismo nacional con fines nacionales.

Era el avance hacia una frontera interior de progreso donde todavía el capitalismo tiene un amplio margen de posibilidades y una tarea que cumplir. También los trabajadores lo comprendían, demandando como precio el ascenso social que ese avance generaba, aceptando los márgenes de capitalización y reclamando sólo una distribución digna de la capacidad del consumo. Sociedad ésta signada por el inmigrante con la voluntad de los ascensos individuales, levantó con el mismo sentido las masas criollas del interior secularmente resignadas a ser marginales de la historia; el movimiento social tuvo así características propias del país, en que se conjugaron la demanda gremial de las reivindicaciones gregarias y la individual afirmación de las posibilidades personales; porque el movimiento social se da en un país de frontera interior en las dos dimensiones que la riqueza en expectativa permite, lo mismo que la fluidez de las situaciones de trabajo, originadas en una economía de expansión.

EL MEDIO PELO Y LA NUEVA BURGUESÍA
A la sombra de esa expansión del mercado interno y el correlativo desarrollo industrial surgió una nueva promoción de ricos, distinta a la de los propietarios de la tierra que venía de las clases medias, y aun del rango de los trabajadores manuales, y se complementaba con una inmigración reciente de individuos con aptitud técnica para el capitalismo.

Pero esta burguesía recorrió el mismo camino que los propietarios de la tierra, pero con minúscula.

Bajo la presión de una superestructura cultural que sólo da las satisfacciones complementarias del éxito social según los cánones de la vieja clase, buscó ávidamente la figuración, el prestigio y el buen tono. No lo fue a buscar como los modelos propuestos lo habían hecho a París o a Londres. Creyó encontrarla en la boite de lujo, en los departamentos del Barrio Norte, en los clubes supuestamente aristocráticos y malbarató su posición burguesa a cambio de una simulada situación social. No quiso ser guaranga, como corresponde a una burguesía en ascenso, y fue tilinga, como corresponde a la imitación de una aristocracia.

Eso la hizo incapaz de elaborar su propio ideario en correspondencia con la transformación que se operaba en el país, hasta el punto que los trabajadores tuvieron más clara conciencia del papel que les tocaba jugar a esa clase. Basta leer, después de 1955, la literatura sindical y la de la burguesía —con la sola excepción parcial de la CGE— para verificarlo.

Esta nueva burguesía evadió gran parte de sus recursos hacia la constitución de propiedades territoriales y cabañas que le abrieran el status de ascenso al plano social que buscaba. Fue incapaz de comprender que su lucha con el sindicato era a su vez la garantía del mercado que su industria estaba abasteciendo y que todo el sistema económico que le molestaba, en cuanto significaba trabas a su libre disposición, era el que le permitía generar los bienes de que estaba disponiendo. Pero, ¿cómo iba a comprenderlo si no fue capaz de comprender que los chismes, las injurias y los dicterios que repetía contra los "nuevos" de la política o del gremio eran también dirigidos a su propia existencia? Así asimiló todos los prejuicios y todas las consignas de los terratenientes, que eran sus enemigos naturales, sin comprender que los chistes, las injurias y los dicterios también eran válidos para ella. Como los propietarios de la tierra en su oportunidad, perdió el rumbo. Pero no se extravió como la vieja clase en los altos niveles del gran mundo internacional. Se extravió aquí nomás, entre San Isidro y La Recoleta, y no la llevaron de la mano los grandes señores de la aristocracia europea, sino unos primos pobres de la oligarquía que jugaron ante ella el papel de vieja clase.

El tema del "medio pelo" es un filón inagotable para humoristas del lápiz y de la pluma. Tanto han "cargado" éstos que parece inexplicable la subsistencia de la actitud que lo caracteriza. Esto revela que se trata de algo más que una de esas modas pasajeras que constituyan las frivolidades de nuestra tilinguería; es que estamos en presencia de un verdadero status correspondiente a un grupo social ya conformado.

Si este grupo social estuviera aislado no tendría importancia y hasta podríamos agradecerle la diversión que nos proporciona su espectáculo; pero lo grave es que ejerce magisterio y se extiende hasta ir absorbiendo la nueva burguesía y parte de la clase media con sus pautas de imitación, con su calcomanía de una supuesta aristocracia, y esto perjudica al país en el momento que reclama una urgente transformación que debe contar con el empuje creador de la clase hija de esa transformación, en riesgo de cometer el mismo error de la burguesía del 80, confundiendo esta vez el oro fix de sus mentores porteños con el oro viejo de los que guiaron a aquellos.
CAPITULO II
LA SOCIEDAD TRADICIONAL

FUNDACIÓN DE BUENOS AIRES Y DESPUEBLE

El "Diccionario de los conquistadores del Río de la Plata", de Lafuente Machain, sólo incluye por excepción algún apellido correspondiente a la actual guía social de Buenos Aires; en cambio son frecuentes en los sindicatos, tanto en los "cabecitas negras" provenientes del interior, como en gente de origen paisano de la provincia de Buenos Aires.

Es que a diferencia de Europa —donde la sociedad aristócrata proviene de la nobleza feudal— en Buenos Aires la alta clase es directamente de origen burgués.

Allá los estamentos feudales, basados en el dominio territorial y en la espada, fueron penetrados por la burguesía a medida que el desarrollo del estado moderno rompía la estructura política feudal, paralelamente con la desaparición del aislamiento geográfico. Aquí la alta sociedad no proviene de un feudalismo prexistente: nace directamente de la incorporación del Río de la Plata al mercado mundial; es burguesa desde sus orígenes.

Buenos Aires se funda como un fuerte y la plata de su engañoso reclamo metálico no existe. Tampoco la posibilidad de la encomienda que permite asentarse a los colonizadores sobre una base de vasallos o siervos, en un remedo de la sociedad medieval europea. Además de la falta de mano de obra indígena, el clima y el suelo no son propicios al establecimiento de la plantación, en la que el esclavo pudiera reemplazarlos. Ni existen ganados, ni la agricultura del clima templado es posible porque el transporte marítimo, a una distancia tan grande como la del extremo sur, sólo es hábil con su menguado tonelaje para el comercio de los metales preciosos o las mercaderías agrícolas de primera como el añil, el tabaco, el algodón, el azúcar, etc., que toleran altos fletes.

Así la propiedad privada de la tierra no tiene sentido más allá de las pocas chacras necesarias para el abastecimiento del fuerte. Buenos Aires no es más que “una puerta de la tierra”, pero de entrada, no de salida, en el camino al Perú de los metales. Su creación es una exigencia política que Gil Munilla esclarece en su libro sobre la fundación del Virreynato del Río de la Plata: poner un obstáculo al avance portugués y crear una base en el Atlántico Sur para cerrar el acceso del estrecho de Magallanes a los navíos holandeses e ingleses cuyo objetivo son los puertos en el Pacífico.



El fuerte fundado por don Pedro de Mendoza carece de abastecimientos y no puede subsistir: sus pobladores emigran al Paraguay, donde se establecen.

Allí el repartimiento de los indios, más dóciles y abundantes, y que conocen algunas artes de agricultura, y la variedad de los frutos de la tierra que proporciona alimentos sustitutivos o complementarios de los habituales del europeo, hacen posible una economía doméstica de auto-satisfacción1.


SEGUNDA FUNDACIÓN

De Asunción bajan ochenta años después, con Juan de Garay, los autores de la Segunda Fundación. Pero las circunstancias han cambiado por el milagro de la multiplicación de las haciendas provenientes de Europa: las pampas se han poblado de baguales y cimarrones y esta nueva riqueza hará del nuevo fuerte una villa y de la villa una metrópoli. Así vacunos y yeguarizos signarán por siglos el destino del Río de la Plata constituyendo su riqueza básica, sobre un medio geográfico que parece estuvo a la expectativa de este destino desde los orígenes de los tiempos2.

Ahora el mantenimiento y prosperidad de la fundación está asegurado porque existe su base elemental: la alimentación proporcionada sin necesidad de una mano de obra prexistente, en una ganadería que más se aproxima a la caza que a la producción rural. Además, los nuevos pobladores tienen experiencia americana: son los "mancebos" de la tierra, hijos puros de españoles o mestizos, hábiles ya en las artes necesarias para la vida americana. Sobre la base del abastecimiento de carnes y cueros —cuyo aprovechamiento en sustitución de otros recursos permite hablar de una "civilización del cuero"— los repartimientos de las tierras colindantes con la villa bastan para complementar, desde las "chácharas", el mantenimiento de la misma con tambos y huertas.

Es una economía como la asunceña, autosuficiente, sin perspectivas de riqueza, con intercambios domésticos, modestas construcciones y hábitos elementales de convivencia social.

La misma ganadería, que ha resuelto el problema de la subsistencia, provocará el cambio incorporando a Buenos Aires al mercado mundial, dando vida al puerto que genera la base de una economía burguesa de riqueza en expansión. De aquí provendrá el establecimiento de la burguesía que es raíz histórica de la actual clase alta argentina.

El pregón hecho en Asunción y repetido en Santa Fe por el caudillo Juan de Garay, recluta "vecinos" de estas ciudades y "estantes". El "vecino" tiene privilegio por nacimiento, como los hijosdalgos españoles, entre los que cuenta el de los cargos públicos y el poder solicitar "merced" de tierras con reparto de indios. Aquí se crea un derecho típico del Río de la Plata: el de "accionar" contra "cimarrones" y "baguales", es decir, hacer "vaquerías", apropiándose de estas haciendas; además, desde que contrae matrimonio y tiene casa poblada puede ingresar al Cabildo como Alcalde o Regidor. Su obligación esencial es empuñar las armas.

Los "estantes" que se han incorporado a la fundación respondiendo al pregón: "constituidos por domiciliados llegados recientemente de España o descendientes de "vecinos" de las ciudades fundadoras adquieren también condición de "vecinos" en la nueva población con todos sus privilegios. (José María Rosa, "Historia Argentina").

Así derechos patrimoniales y cívicos se van fijando en la clase constituida por los descendientes de los fundadores juntamente con las obligaciones que surgen del servicio de las armas3.

Toca ahora explicar por qué esos hidalgos fundadores desaparecen del primer plano social hasta el punto que se ha señalado al principio de que sus linajes no existan en la alta sociedad porteña.


APARICIÓN DE LA BURGUESÍA PORTEÑA. CONTRABANDO Y TRATA DE NEGROS

Como consecuencia del derrumbe de la economía española empezada bajo los Austria y acelerada por la influencia del oro de América, que convierte a la metrópoli en un poderoso comprador externo en beneficio de las industrias francesas, flamencas e italianas, y en perjuicio de la interna, en España se van creando las condiciones que reflejará la literatura picaresca: un país de gran des señores, lacayos y mendigos en la misma medida que decaen las artesanías y el agro. Ahora no emigran a América los hombres de espada, sino cirujanos, maestros, artesanos y menestrales, comerciantes, y hasta jornaleros para las chacras a falta de indios encomendados o negros esclavos.

Desde fines del siglo XVII van llegando a Buenos Aires judíos portugueses, catalanes, vascos, asturianos, que no son simples emigrantes de la metrópoli; son gente con recursos monetarios atraídas por las posibilidades económicas que crea el negocio del contrabando de cueros y la importación de esclavos. En poco tiempo se constituye una burguesía poderosa que consigue que los cargos del Cabildo sean puestos a la venta con lo que, por la posesión del dinero, desplazan a los descendientes de los fundadores en las funciones públicas. Así ocurre con todos los privilegios de éstos y aun con sus obligaciones de la milicia; los viejos herederos son desplazados políticamente —como ya lo habían sido económicamente con la venta en remate de su antiguo privilegio de las "vaquerías"— a medida que Buenos Aires deja de ser una pobre villa de economía cerrada y se incorpora al mercado internacional.

Dice José María Rosa, a quien estamos siguiendo: Una nueva manera de vivir sucede en el siglo XVII a la heroica del siglo XVI, corre el dinero y las mercaderías de contrabando mientras se desvalorizan los productos de las chacras. Ya no habrá "vecinos" ni "domiciliarios", sino ricos y pobres, "clase principal", también llamada "sana y decente", y clase inferior.



Los principales, dueños del dinero, sustituyen a la vieja aristocracia vecinal; la burguesía mercantil al feudalismo militar4.

Recién en este momento surgen las estancias pues las excesivas “vaquerías”, en competencia con las incursiones de los indios araucanos, ahora dueños del caballo que les permite cruzar los desiertos intermedios entre la cordillera y la pampa, y hacer sus arreos hacia Chile, amenazan terminar con “baguales” y “cimarrones”.5

Se hace necesario “aquerenciar” las haciendas y llevarlas a la propiedad privada, pues hasta ese momento “baguales” y “cimarrones” eran propiedad de la Corona, sólo concedida al “vecino” accionero para su aprovechamiento en las “vaquerías”. Así junto al origen de la estancia argentina está la propiedad privada de las haciendas6.

Conviene señalarlo, pues hay una larga tradición, especialmente en cierta izquierda, que en el afán de atribuir a América los fenómenos sociales y económicos de Europa, supone que necesariamente la estancia fue anterior al desarrollo de la burguesía, y hace surgir a ésta de la estancia, cuando el proceso fue precisamente inverso. Hasta ha inventado un término al caso –feudal-burgués-- para hacer conciliables la realidad que no está en sus libros, con las lecciones importadas.

De este cambio de situaciones originado, como se ha dicho, en la transformación de la villa-fuerte en puerto comercial –vinculado al comercio mundial por el contrabando y las sucesivas excepciones al monopolio hasta llegar a la libertad de comercio—surge el hecho que el siglo XVIII contempla ya consolidado: la burguesía y sus dependientes urbanos que constituyen la clase principal de la sociedad, mientras lo que pudo ser una aristocracia fundadora, proveniente de la hidalguía del “vecino”, pasa a constituir la clase inferior, predominantemente suburbana o rural. Es así, por esta inversión de las clases que los linajes fundadores de los hidalgos, provienen el orillero y el gaucho, en tanto que la burguesía inmigrada posteriormente constituirá lo que se ha de llamar la aristocracia argentina.


EL DESCLASAMIENTO DE LOS VECINOS FUNDADORES

La nueva y alta clase, la de los ricos, va comprando los lotes urbanos bien situados y el crecimiento de la Villa asiste a la sustitución del caserío de adobe y "chorizo", por las casas de ladrillos de los nuevos. Los descendientes de los fundadores, cuyos derechos y privilegios han pasado a los ricos, ceden su lugar en la urbe a los descendientes de contrabandistas y comerciantes y se van retirando hacia el suburbio como peones de las matanzas ("matanzeros"), carreros, jornaleros o vagos sin oficio. Aun los que conservan las chacras en propiedad y atienden con los tambos y las huertas al abasto de la ciudad, según se multiplican se van desclasando, y el conjunto de los descendientes de unos y otros van poblando la campaña, unas veces como intrusos en las mercedes reales, otros como peones de las mismas; o simplemente se asientan en las tierras no repartidas, atendiendo a su subsistencia con los recursos que proporcionan las habilidades del gaucho carente de propiedad. Terminarán prácticamente adscriptos a la estancia de los nuevos en una servidumbre atenuada por la posibilidad permanente de evasión que ofrece al gaucho la amplitud del espacio y la abundancia de recursos naturales.

Contra éste se alzarán las Leyes de Vagos vigentes hasta finales del siglo pasado destinadas a resolver a favor de los propietarios, el conflicto entre los derechos reales del titular y los consuetudinarios del ocupante, para quien campo y hacienda continúan siendo res nullius.


GENTE PRINCIPAL (PARTE SANA Y DECENTE DE LA POBLACIÓN) Y GENTE INFERIOR

Esta constitución de la sociedad en dos clases: la gente principal o decente, parte sana de la población, y la gente inferior estará vigente en la sociedad argentina hasta fines del siglo XIX 7.

Pero no es simplemente la riqueza la que determina la caracterización de estas dos clases, pues si en la clase inferior” todos son pobres, no toda la "gente principal o decente" es rica; esta se integra con un amplio sector de habitantes urbanos que en ciertas artesanías o en funciones dependientes de las actividades comerciales u oficiales gozan relativamente del mismo status.

Este sector, si desprovisto de los medios de los ricos, por su residencia urbana participa de la vida cívica y religiosa y comparte sus pautas, sobre todo en una vida familiar conforme a las exigencias éticas de la clase principal.

En cambio, el habitante de los suburbios y la campaña, radiado de hecho de esa convivencia por las distancias y el aislamiento, va perdiendo el hábito de las normas cívicas y religiosas que practicó originariamente.

Excluido de las normas de la vida urbana se resiente principalmente en su organización familiar, pues la dificultad de transporte y la azarosa vida de la naturaleza sin control social, civil y religioso, destruye la práctica de las uniones matrimoniales legítimas, dificultosas y muchas veces imposibles, y no exigidas por el consenso del medio. Así la ilegitimidad del nacimiento se va convirtiendo en un elemento característico de la "clase inferior", y con él hasta la pérdida de la memoria del linaje, a diferencia de lo que ocurre en el medio urbano donde los pobres de la "clase principal" se aferran a las prácticas que le aseguran su permanencia en la misma. Dice Juan Agustín García en "La Ciudad Indiana": desaparece la familia cristiana en la clase proletaria, deshecha por el nuevo medio".

Estos dos estratos —"principales" e "inferiores"— si bien se corresponden con diferencias económicas, no coinciden con la habitual distinción de las clases en altas, intermedia y bajas; definen la estructura social de la Colonia y aun la posterior a la independencia durante casi todo el siglo XIX y persisten hasta que se organiza la producción agrícola y ganadera en vasta escala, conjuntamente con la incorporación de los inmigrantes al país (En todo caso la distinción entre las clases altas y las medias sólo podría hacerse dentro del esquema de la "clase principal") Para ser "gente decente o principal" no es imprescindible ser rico, aunque obste una pobreza extrema que puede desplazar hacia la clase inferior por sus efectos mediatos, que ya se han visto al hablar del desclasamiento de los fundadores de Buenos Aires. Lo inexcusable es no practicar las pautas sociales comunes a toda la "gente decente" ajustándose a la ética y al modo del medio urbano cívico-religioso, cosa posible mientras hay un mínimo económico; así el cuidado de su situación se hace obsesivo en los estratos más pobres de la "gente principal" pues perderlo significa sumergirse en el abismo de la ''gente inferior" a la que le está cerrada toda posibilidad de ascenso futuro. La condición sine qua non para pertenecer a la "gente decente" se vincula esencialmente a un elemento cultural: el linaje, cuya única exigencia es la filiación legítima transmitida familiarmente. El individuo antes que por sus hechos significa por su correcta situación de familia. Aquí está el elemento de separación entre los dos estratos que hace de los "inferiores" algo parecido a una casta de intocables con las atenuaciones de una sociedad reducida y de religión católica.

En Buenos Aires los gauchos provenientes de los primeros pobladores, constituyen el grueso de la "gente inferior" que tiene una situación peculiar; no es la del siervo de la gleba por la inexistencia previa del feudalismo territorial; son hombres libres, pero sin posibilidades de ser propietarios. Marginales en la economía viven en la alternativa del peón estable u ocasional y del gaucho alzado8.




EL CAUDILLO "SINDICATO DEL GAUCHO"

La guerra de la Independencia, y la Independencia misma, no alteran la situación de fondo. Pero la guerra da a la clase inferior una movilidad que la saca de su situación pasiva al incorporarla a la milicia. La caída económica del interior con el derrumbe de su artesanado a consecuencia del comercio libre desplaza también hacia la clase inferior a sectores cuyas actividades económicas le habían permitido mantenerlo en el estrato casi marginal de la "gente decente".

Aparece el caudillo. Será primero el caudillo de la Independencia, militar o no, que hace la recluta de sus soldados en la clase inferior, lo cual es ya un motivo de fricción de la "gente principal" con el jefe, salido generalmente de la misma, porque al hacer soldado al peón, lo priva de su brazo perjudicando la explotación de sus bienes. En este conflicto el caudillo, jefe militar, hostilizado por la "gente principal" se hace fuerte en la solidaridad que la guerra crea entre la tropa y el mando. De esta manera el militar deviene caudillo, y más en la medida que la guerra de recursos hace depender el éxito de una absoluta identificación, que para esa guerra es más eficaz que los reglamentos de cuartel y el arte académico de mandar.

Dice José María Paz en sus "Memorias" (Ed. Cultura Argentina, 1917) refiriéndose al general Martín Güemes: Principió por identificarse con los gauchos en su traje y formas..., ...desde entonces empleó el bien conocido arbitrio de otros caudillos, de indisponer a la plebe con las clases elevadas de la sociedad. (Como se ve, esta terminología está todavía vigente, cuando se altera el predominio exclusivo de la clase principal).

Agrega: Adorado de los gauchos que no veían en su ídolo sino al representante de la ínfima clase, el Protector y Padre de los Pobres como le llamaban.

(El abuso de la expresión carismática, en cuanto ésta implica una elección de los dioses, es en mi concepto un modo de retacear la verdadera significación del caudillo como hecho social, pues tiende a darle un carácter de magia o brujería a una adhesión consciente de la masa en el terreno de los intereses, aunque ésta se haya hecho subconsciente una vez dados los elementos de prestigio y autoridad y el acatamiento consiguiente. No otra cosa he querido significar en “Los Profetas del Odio” cuando digo que el Caudillo es el sindicato del gaucho).




FEDERALES Y UNITARIOS ANTE EL HECHO SOCIAL

Joaquín Díaz de Vivar (Revista del Instituto de Investigación Histórica "Juan Manuel de Rosas". N° 22: Pág. 147), refiriéndose a la única institución consuetudinaria de nuestra Constitución vigente, el Ejecutivo fuerte, dice que los Estatutos Provinciales Constitucionales que lo crearon se inspiraban en la realidad social a que estaban destinados: Por su parte las organizaciones lugareñas, las de las provincias argentinas en las que convivían políticamente su clase principal, cuyos representantes ocupaban una silla curul en su legislatura y frente a ello, su más importante magistratura, el Gobernador que era —casi siempreel jefe natural de las muchedumbres rurales, sobre todo, y a veces también de las urbanas; el gobernador, que era una especie de personalidad hipostasiada de ese mismo pueblo, de esas masas que habían hecho la historia argentina y que se expresaban a través de su natural conductor, ese aludido gobernador, que indistintamente era plebeyo como Estanislao López o el "Indio" Heredia (no obstante su casamiento con la linajuda Fernández Cornejo) o "Quebracho" López o Nazario Benavídez, o que era un hidalgo como Artigas, como Quiroga, como Güemes y desde luego como Juan Manuel de Rosas.

Lo dicho por Díaz de Vivar trasciende al Derecho Público y explica en mucho las substanciales diferencias entre federales y unitarios, pues revela que los primeros comprendieron la relación entre el derecho y el hecho social, frente a los revolucionarios teóricos, nutridos de ideologías y de proposiciones importadas cuyo supuesto igualitarismo democrático era el producto de la consideración exclusiva de uno de los estratos sociales: el de la "gente principal" o "decente" y prescindía de la existencia de los inferiores. Mientras para los federales el pueblo tenía una significación total —ahora dirían totalitaria— para los unitarios es sola la clase principal, la parte “sana y decente” de la población como ahora.

Veamos el debate sobre el sufragio en la Constitución Unitaria de 1828. En el artículo 6° se excluía del derecho al voto a los criados a sueldo, peones, jornaleros y soldados de línea. Galisteo expresa la oposición federal diciendo: El jornalero y el doméstico no están libres de los deberes que la República les impone, tampoco deben estar privados de sus voces... al contrario, son estos sujetos, precisamente, de quienes se echa mano en tiempos de guerra para el servicio militar.

Dorrego dice: He aquí la aristocracia, la más terrible, porque es la aristocracia del dinero... Échese la vista sobre nuestro país pobre: véase qué proporción hay entre domésticos, asalariados y jornaleros y las demás clases y se advertirá quieres van a tomar parte en las elecciones. Excluyéndose las clases que se expresa en el artículo, es una pequeñísima parte del país que tal vez no exceda de la vigésima parte... ¿Es posible esto en un país republicano?... ¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es penoso y odioso en la sociedad, pero que no puedan tomar parte en las elecciones?... Señalando a la bancada unitaria agregó: He aquí la aristocracia del dinero y si esto es así podría ponerse en giro la suerte del país y merccarse... Sería fácil influir en las elecciones; porque no es fácil influir en la generalidad de la masa, pero sí en una cierta porción de capitalistas... Y en ese caso, hablemos claro: ¡El que formaría la elección sería el Banco! Con razón Estanislao López escribía en 1831: Los unitarios se han arrogado exclusivamente la calidad de hombres decentes y han proclamado en su rabioso despecho que sus rivales, es decir, la inmensa mayoría de los ciudadanos argentinos, son hordas de salvajes y una chusma y una canalla vil y despreciable que es preciso exterminar para constituir la República (José María Rosa, ''Historia Argentina", tomo, IV, pág. 53 y sig.). En el mismo debate Ugarteche protestaba por los derechos que se le negaban a los nativos y los privilegios que se le acordaban a los extranjeros: Yo quisiera saber en qué país hay tanta generosidad... Todas nuestras tierras las vamos vendiendo a extranjeros y mañana dirá la Inglaterra: esos terrenos son míos, porque la mayor parte de tus propietarios son súbditos míos, luego yo soy dueña de esas propiedades. Y lo que no se pudo el año 1806 con las bayonetas cuando todavía éramos muy tontos se podrá con las guineas y las libras inglesas...

Trasladémonos ahora al escenario actual y percibiremos las verdaderas filiaciones históricas que no son las que distribuyen los profesores de Educación Democrática; también se ve clarito que los jefes federales percibían la identidad de la voluntad popular con los intereses nacionales, y la de los privilegiados con los extranjeros.

Con la caída del Partido Federal y los caudillos la clase inferior deja de ser elemento activo de la historia; su presencia en la vida del Estado no alteraba la situación en la relación de los estratos sociales entre sí, pero obligaba a contarla como parte de la sociedad.

Después de Caseros, y más precisamente de Pavón, deja de jugar papel alguno y es sólo sujeto pasivo de la historia. Sus problemas no cuentan en las soluciones a buscar, ni sus inquietudes nacionales perturban las directivas imperiales. La política será cuestión exclusiva de la "gente principal" durante más de cincuenta años.




LA CLASE ALTA SE AMPLÍA

Volviendo a la gente principal, veamos ahora como se va conformando dentro de ella la clase alta porteña.

Ya se ha visto su origen burgués; por lo mismo nunca fue muy exclusivista. Durante la Colonia era muy reciente su estabilización para que obstaculizase la incorporación de los nuevos ricos y además muy escasos los contactos exteriores que permitiesen la relación con la hidalguía metropolitana; en este sentido sólo contaron las alianzas matrimoniales con funcionarios reales o sus descendientes que daban prestigio social a la burguesía. (Así don Bernardino González Rivadavia contaba entre sus numerosas vanidades la muy importante de haberse casado con la hija del Virrey del Pino).

Las sucesivas capas de burguesía comercial iban integrando la alta clase en la medida de su ascenso económico, y hasta los bolicheros de campaña tuvieron sus descendientes en ella cuando sus recursos le permitieron pasar al contrabando primero, o hacerse estancieros directamente. La estancia, a su vez iba dejando de ser un complemento del comercio, como originalmente, para pasar a fundamento de la riqueza y la posición social; así de la estancia, sin haber pasado por el mostrador vienen por ejemplo los Ugarte; de un modesto vasco cuyo hijo, un notable jurista saltó en primera promoción a la alta clase, y ya cuenta entre la gente de peso en la primera mitad del siglo pasado, caso parecido al de los Unzué, que tampoco provienen de la burguesía de los siglos XVII y XVIII 9.

La permeabilidad se hizo mayor con el contacto que el comercio libre estableció con el mundo europeo. Se despertó entonces la preocupación por estilos y modos de sociabilidad que importaban los primeros viajeros comerciales y que mucho después, en el apogeo de la economía agropecuaria, se iría a buscar a Europa, pagando el derecho de piso en la etapa de los “rastacueros” y el "guarango" cuando brasiliens et argentines aparecieron en los grandes hoteles o en el mundo de las demimondaines, tirando manteca al techo. (Porque la alta clase argentina tuvo su época correspondiente al "medio pelo" actual y jugó su papel en otra dimensión geográfica y cultural —lejos del país y con resonancia apagada en el discreto "cotorreo" de los ya iniciados, y ante la sonrisa complaciente de una sociedad acostumbrada a los traspiés del pródigo “meteco”, que iba pasando las etapas del guarango y del tilingo hasta llegar al asentamiento.)

El más numeroso núcleo de viajeros comerciales fue el de los súbditos británicos que nos visitaron y recorrieron el país, unas veces como corredores de comercio y siempre como informantes del Imperio en expansión, por lo que nos han dejado una abundante y muy ilustrativa literatura sobre la época; se trataba de jóvenes procedentes de las clases medias inglesas y vástagos de la burguesía comercial e industrial que estaban cumpliendo el aprendizaje del mundo que sus padres les exigían antes de incorporarlos a sus negocios. Muchos quedaron aquí, en el asiento local de los mismos, de la banca y el comercio exterior. Otros fundaron establecimientos rurales.

Sabido es que el más modesto hijo de John Bull en el exterior trata de practicar entre los nativos –aun lo hace hoy hasta entre los nativos norteamericanos, sus primos rurales—las maneras del gentleman, que frecuentemente sólo conoce por referencia y a costa de un sacrificado entrenamiento. Lo ayuda la seguridad, que aun sigue siendo la típica del inglés en el exterior, de que los extranjeros son los indígenas y el aplomo que le da una diferenciación que como gentleman cuida minuciosamente en los modos; está, además, vigilado por los otros residentes británicos, pues todos están atentos a que un connacional no desmerezca la imagen que el Imperio exhibe para el exterior. Muy "patán" tiene que ser el recién llegado que no perciba las venteas que le reporta el cuidado de su condición de "gentleman" entre “natives”.

Fácil les fue a los "nuevos" acceder a los salones porteños de la más alta categoría que se honraron en recibirlos y obsequiarlos, así los entronques familiares y de fortunas se realizaron con facilidad a medida que las danzas europeas desplazaban a los bailes típicos de la colonia y el mate era desalojado de los salones por el té.

También hubo una numerosa incorporación de otras procedencias europeas, constituida en especial por ex oficiales de los ejércitos napoleónicos, algunos de los cuales participaron en nuestra guerra de la Independencia, burócratas o miembros de la pequeña nobleza bonapartista en derrota con la Restauración, igual que secundones de la minimizada nobleza centro-europea, o del abigarrado y confuso nobiliario italiano de los bajos rangos; también muchos profesionales y hasta artistas y artesanos de calidad: plateros, dibujantes, pintores, etc. De tal manera no es sólo la relación en los niveles del alto comercio y la propiedad lo que determina la incorporación de estos extranjeros. Se estaba a la búsqueda del “buen tono” europeo que ellos aportaban en sustitución del que había caracterizado las formas tradicionales de la Colonia.


CASEROS Y LAS NUEVAS INCORPORACIONES

Después de Caseros se producen otras incorporaciores.

La literatura de los expatriados ha hecho creer durante mucho tiempo que ellos representaban lo más granado de dicha sociedad, olvidando que ya para la época rosista la propiedad de la tierra, aun en los provenientes de la burguesía originaria había pasado a ser rasgo de más alta calificación que el comercio. Si Rosas dice despectivamente y para menoscabar a sus adversarios agiotistas y especuladores del puerto de Buenos Aires, es porque ya se ha establecido una diferenciación cualitativa a favor de la clase estanciera. La verdad es que al principio los ganaderos y terratenientes habían constituido la base originaria de los federales porteños; pero después gran parte de ellos —los '"Libres del Sur"— se habían alzado contra el "Tirano" por su política nacional que perturbaba, con los bloqueos, el comercio exterior, afectando el valor de las haciendas. Muchos no se sublevaron, porque no les dio el cuero para tanto, pero ya Rosas —como expresión del interés general de la Nación que los perjudicaba— había perdido el apoyo de los grandes terratenientes y éstos se incorporaron enseguida al bando de los vencedores; el conflicto con el gobierno de Paraná dio oportunidad a los rezagados para incorporarse. Los que no lo hicieron lo pagaron con un “luto social” y quedaron marginados de la alta clase, por lo menos en la acción pública, durante varios decenios.

Por la brecha abierta entraron nuevos aportes provenientes de familias principales de provincias que habían hecho mérito en la expatriación, y otros de extracción más modesta, como Mitre y sus generales uruguayos. También la victoria y el poder político los proveyó de recursos para establecerse en el nuevo nivel social.

La incorporación de nuevos a través de la fortuna comercial y territorial, o el ejercicio destacado de las profesiones liberales o de la política, se fue haciendo paulatinamente con argentinos de primera y segunda generación.


"PRINCIPALES" PORTEÑOS Y PROVINCIANOS

Esta permeabilidad de la alta clase pareció tener una solución de continuidad en la crisis del 80 como consecuencia de la derrota política de los viejos porteños. Con Roca pasan a la esfera política nacional figuras de la “gente principal” de provincias; en esa medida el roquismo significa una integración nacional pues después de Pavón sólo habían contado los porteños y aporteñados. Ahora el poder estaba en manos de la “liga de gobernadores” y el caudillo del ejército, también provinciano.

La alta clase resistió la incorporación de estos “nuevos” a pesar de que por su origen arribeño ostentaban mejor genealogía que sus antepasados, comerciantes abajeños. La actitud del riflero del 80 continuando a los pandilleros contra los chupandinos –al margen de las motivaciones político-económicas del unitarismo porteño—corresponde a una postura de rechazo social, en su esquema mental que sigue siendo el que originó "civilización y barbarie". A la oposición ciudad-campaña en cada provincia, identificada con la oposición gente decente-plebe en lo social, se corresponden la oposición del puerto, ciudad de las luces, a los “catorce ranchos”.

Bien está que la gente principal de provincias ejerza su despotismo ilustrado, —que sigue siendo la idea democrática de los liberales aun hoy— como representante local de la alta clase porteña; pero resulta inadmisible que esos provincianos intenten ponerse a su nivel político y social en Buenos Aires.

Vencidos los porteños, la alta clase opuso a los vencedores llegados a las altas funciones de gobierno una reticencia despectiva y una agresividad humorística, mayor que a los "parvenus" surgidos del agio y la especulación en el ''boom" económico de la época. La literatura porteña de fin de siglo alterna la ridiculización del "rasta" cuyos troncos Orloff y los Landós, Victorias y Cupés ofendían sensibilidad de los antiguos, con la de las maneras y modos de decir de los provincianos. Esta actitud también cuenta en la confusa motivación de la Revolución del 90, a la que no fue ajena el revanchismo de los vencidos en Los Corrales y Puente Alsina.

Pero los políticos provincianos se aporteñaron rápidamente a la vez que se afincaban como estancieros de la provincia de Buenos Aires. Juárez Celman estanciero dejará pronto de ser el “burrito cordobés” como Roca y Avellaneda han dejado de ser tucumanos.


CAPITULO III



Arturo jauretche
El marco económico de lo social y los tres fracasos de la burguesía
El "ausentismo" de la alta clase
Nota - pág. 25.



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