Arthur j. Lenti



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«Cada vez que hablaba con él aprendía alguna lección de celo sacerdotal y recibía algún buen consejo. Durante los tres años que pasé en la Residencia Sacerdotal, me invitó muchas veces a ayudarle en las funciones sagradas, a predicar y confe­sar juramente con él, de modo que ya conocía, y casi me era familiar, el campo de su trabajo en el Refugio. Hablamos muchas veces extensamente sobre el modo de ayudarnos para visitar las cárceles y cumplir los deberes que nos confiaban».55

En otoño de 1844, el teólogo Borel, a petición de Don Cafasso y con consenti­miento de la marquesa Barolo, admitió en el Refugio a Don Bosco, que necesitaba un lugar en el cual vivir, con el puesto de capellán del Hospitalito y ayudante suyo. Desde entonces, el teólogo Borel se convertiría en el mejor amigo y más fiel com­pañero de Don Bosco en la labor del Oratorio.




54 MO, 81. Don Bosco recuerda este consejo el día de su ordenación al subdiaconado.

53 MBe II, 190.

56 E. Ceria, Borel, 17.

El teólogo Borel recuerda que, cuando Don Bosco llegó por primera vez a Tu­rín, daba la impresión de que era tímido y no sabía qué hacer, cuando se veía obli­gado a mendigar ayuda para su Oratorio. Había sido él quien le había ido presen­tando gente de buena posición, que más tarde llegarían a ser sus bienhechores. Primero entre ellos fue el caballero Marcos Gonella, con el cual el teólogo Borel mantenía buena relación; alabó a Don Bosco ante esa familia y le urgió a que les hiciera una visita. Don Bosco al principio rehusó, pero al fin, fue a visitarlos. Fue una grata visita y los Gonella quedaron muy impresionados. Los Gonella dieron a Don Bosco 300 liras y se hicieron sus bienhechores56. El teólogo Borel ayudó igual­mente a Don Bosco en otras ocasiones, pues tenía muchas amistades entre la no­bleza tarinesa. Sostuvo y defendió a Don Bosco durante la fase itinerante del Ora­torio (1844-1846) y actuó en su nombre, por ejemplo, cuando el Oratorio tuvo que dejar San Pedro ad Vincula (1845) y trasladarse a la Capilla de San Martín en los Molinos del Río Dora.

A principios de 1846, en una reunión de párrocos, se sometió a discusión el Ora­torio y se expresó el temor de que interfería el trabajo de las parroquias. El teólo­go Borel se alzó en su defensa y fácilmente convenció a los párrocos. Fue en esta ocasión cuando algunos sacerdotes «bienintencionados» intentaron mandar a Don Bosco al manicomio.

Don Bosco sugiere que el teólogo Borel llegó a dudar de él en un momento da­do y lo abandonó.57 En realidad, no lo hizo, aunque otros sí lo hicieron. Estuvo a su lado en el campo de los Filippi, un momento crítico, y ayudó económicamente en el alquiler y la compra de la propiedad de Pinardi. Cuando se estableció el Ora­torio allí, el teólogo Borel inauguró la capilla y continuó ayudando a Don Bosco con la predicación, el ministerio de las confesiones, las relaciones públicas y la ad­ministración. Llevaba los libros del Oratorio, anotando las limosnas recibidas con algún comentario. Anota, por ejemplo, que los jóvenes que celebraron la fiesta de san Luis en 1846, ascendían a 650.58

Hacia finales de 1845 la salud de Don Bosco era preocupante. El teólogo Borel había escrito a la marquesa Barolo, quien a la sazón se hallaba en Roma, que Don Bosco ya no podía seguir por más tiempo trabajando en la capellanía y en el Ora­torio. La Marquesa, preocupada, le respondería que Don Bosco habría estado en­fermo desde que dejó el Convictorio. Cuando Don Bosco cayó enfermo de grave­dad en 1846, el teólogo Borel lo asistió personalmente y le rogó que pidiera a Dios su restablecimiento. Durante la convalecencia en I Becchi (de agosto a noviembre), el teólogo Borel dirigió el Oratorio, con la ayuda de don Vola, don Cárpano, don Trivero y don Pacchiotti. Escribe Goffredo Casalis:



Estos cuatro sacerdotes, juntamente con don Borel, durante un período de cua­tro meses, reemplazaron al fundador del instituto y cumplieron su programa de modo que no tardaron en ganarse la estima y el afecto de todos los muchachos. Tal estima y afecto tenían que ser ganados, como en el caso del fundador, a cos­ta de paciencia, aguante e incontables sacrificios. Pues en sus comienzos, esta instítución era mucho más pobre que lo es actualmente; los muchachos eran re­voltosos y faltos totalmente de educación, y muchos de ellos, muy a menudo, no tenían nada que comer, vestían sólo harapos y estaban extremadamente sucios. Más aún, como sucede siempre cuando alguien se dedica a la caridad, aquellos sacerdotes tuvieron que aguantar fuerte oposición de muchas personas.59

El 8 de diciembre de 1847, Don Bosco estableció el Oratorio de San Luis cerca de Puerta Nueva que, más tarde, se convertiría en la principal terminal ferroviaria. El teólogo Borel inauguró este Oratorio, como había inaugurado el cobertizo Pi­nardi en Valdocco; contribuyó a que siguiera adelante, como había cooperado al es­tablecimiento del Oratorio del Ángel de la Guarda (1849) en el barrio de Vanchiglia.



57 MO, 119.

58 Memoriak dell'Oratorio en ASC A220ss; Persone, FDB E4-12.

39 Goffredo Casalis, Dizionario geográfico, storico-statistico-commerciale degli Stati di S.M. il Re di Sardegna, vol. XXI, Torino, 1851, 716.


El teólogo Borel era un predicador de estilo popular; a menudo, se le solicita­ba para predicar sermones y misiones en la ciudad y en la diócesis. Nunca rehu­

saba una petición. Sus sermones eran sencillos, con una chispa de gracia, llenos de humor y de ejemplos, pero profundamente cristianos, conmovedores y eficaces, según atestigua el mismo Don Cafasso:



Era tal vez el mejor orador de la diócesis por su facilidad para hablar en pia­montés, por los refranes, ocurrencias y frases ingeniosas que brotaban de sus la­bios, y por la claridad con que explicaba cualquier dificultad doctrinal.60

En el ejercicio de este ministerio estaba siempre disponible para Don Bosco. Un domingo, después de pasar toda la mañana en los servicios litúrgicos en dife­rentes iglesias, recibió el aviso de que se le necesitaba en el Oratorio para un ser­món. El mensajero lo encontró en el jardín tomando un trozo de pimiento con pan. Unos minutos más tarde, se hallaba en el pulpito de la capilla Pinardi predicando a una muchedumbre de chavales que le habían estado esperando.61

En la iglesia de San Francisco de Sales, edificada en 1852, don Borel se unía a Don Bosco en sermones dialogados, de ordinario en el papel de «chivo expiatorio». Se sentaba entre los chicos y hacía preguntas de manera cómica, como si fuera un penitente, un mozalbete, un pillo, mientras Don Bosco, desde el pulpito, instruía y sacaba la moraleja. La noticia de que el teólogo Borel «iba a dialogar» sobre al­go el domingo era suficiente para que se llenase la iglesia de ávidos oyentes.62

En 1849 el teólogo Borel, con la ayuda de don Borsarelli, don Ponte y don Gas­taldi, predicó unos Ejercicios Espirituales durante siete días, del 22 al 28 de di­ciembre, a los chicos de los tres oratorios (San Francisco de Sales, San Luis y Án­gel de la Guarda), en la iglesia de la Archicofradía de la Merced. Fueron un gran éxito.




60 MBe U, 189. Muchos sermones del teólogo Borel, tenidos con ocasión de la devoción de las
«40 horas» en ciudades cercanas, y otros predicados a las Magdalenas, se conservan en los Ar-
chivos Del Centro Studi Don Bosco en la UPS.


61 MBeVTJI, 90.

62 Una interesante selección se recoge en la Crónica de Bonetti. Don Bosco, que había oído
confesiones desde las 6.30 hasta las 9, estaba diciendo a algunos de sus ayudantes que siempre
que el pecado de "blasfemia' se mencionaba en confesión, él sentía náuseas. Alguien advirtió que
el teólogo Borel en sus sermones, cuando hablaba de blasfemia, contaba a veces escogidos ejem-
plos. Don Bosco replicó que no se podía negar que el teólogo Borel era un ejemplo de celo y lo-
graba muchas conversiones con sus sermones, pero que él se sentía enfermo con sólo oír tales
palabras. «Yo le había advertido, de hecho rogado muchas veces (que no lo hiciera), pero a veces,
la fuerza del hábito y el arrebato de la elocuencia le traicionaban» [G.
Bonetti, Annali II (Pascua,
20 de abril de 1862), FDB 922 B7; MBe VTJ, 120].


Hacia el año 1854, con la llegada de don Víctor Alasonatti como administrador, y la formación de un grupo de jóvenes en torno a Don Bosco, el primer núcleo de la Sociedad Salesiana, comenzó un nuevo período para Don Bosco y su labor en los oratorios. La multiplicación del trabajo en los oratorios hizo necesaria una dis­tribución del personal. Al mismo tiempo, por un aumento de encomiendas en las instituciones Barolo, el teólogo Borel se vió obligado a disminuir sus actividades en Valdocco. Continuó, sin embargo, ayudando a Don Bosco sin disminuir en na­da su entusiasmo, pero manteniéndose en un segundo plano.

El estilo de vida del teólogo Borel y su régimen cotidiano eran evangélicamen­te sencillos y extremadamente frugales. Tenía un señor en su casa al que ayudaba con miras al sacerdocio, a cambio de las tareas de casa y cocina. Al preguntar al teólogo Borel qué tomaba para comer, respondía invariablemente, «las cebollas hervidas de costumbre». Puesto que no se había preocupado de sí mismo durante los sesenta años de su vida, su salud se resintió. Comenzó a quedarse en sus habi­taciones y en la cama en el Refugio con demasiada frecuencia.

El 25 de marzo de 1869, Don Bosco había vuelto de Roma con la noticia de la aprobación de la Sociedad Salesiana. Desde su habitación en el Refugio, a poca dis­tancia, el teólogo Borel oyó a los chicos del Oratorio que gritaban y a la banda que tocaba. Eran cerca de las 8 de la tarde. Se levantó de la cama, se echó calle ade­lante apoyado en su bastón y empezaba a cruzar el patio cuando Don Bosco iba a su habitación. Cuando se encontraron, el teólogo Borel se enteró de la aprobación. «Deo gratias. Ahora muero contento», exclamó. Y sin añadir nada más, dio la vuel­ta, volvió al Hospitalito y se metió en la cama.63

El 8 de mayo de 1870, en reconocimiento de toda una vida de ministerio en­tregado y de trabajo dedicado a la caridad, se le concedió uno de los mayores ho­nores del reino: «Caballero de la Orden de San Mauricio y San Lázaro».64

Durante los períodos de alivio ocasionales, ejercía pequeños trabajos sacerdo­tales, pero en los dos últimos años de vida, se quedaba en la cama. No tenemos in­formación sobre la grave enfermedad que terminó con su vida, a los 72 años de edad, la víspera del 8 de septiembre de 1873. La causa inmediata de su muerte pue­de haber sido una hemorragia cerebral. Cuando murió, no encontraron en su ca­ja fuerte suficiente dinero para pagar el funeral. Un grupo de directores salesianos, que estaba reunidos en Valdocco para las conferencias anuales, llevó a hombros el ataúd. Todos los muchachos lo siguieron precedidos por la banda de música del Oratorio.65


63 MBe LX, 505.

64 Calendario genérale [...], 66 (Florence: Tip. Barbera, 1871); documentos en el archivo de
la Orden. Lemoyne da cuenta del acontecimiento y añade que cuando le pedió una razón del
motivo, don Borel le contestó graciosamente: «No estoy seguro, pero sospecho que en recono-
cimiento por mi heroísmo cuando un día salvé la vida de la reina María Teresa, al apagar un
incendio que había sido provocado entre las flores de papel sobre el altar de la capilla real»
[MBe VIII, 90-91].


65 MBe X, 1093-1994 (elogio de Amadeo de Borel).

66 MBe II, 18-189. Este manuscrito de una página está en ASC A220ss: Persone, FDB, 553, A10.

67 Latín de la Vulgata, 1 Cor 9:22; cf. FDB 553 Al 1 (A10-12: notas biográbcas de Borel).

Lemoyne, al hablar de la entrega del teólogo Borel a Don Bosco y al Oratorio, transcribe una elogiosa carta con el título: «Un cura turinés bien conocido», que habría encontrado entre los papeles de Don Bosco;65 es un tributo de agradeci­miento a un gran sacerdote y a una gran persona. Bajo el cuadro de san Francisco de Sales, que colgaba en la prácticamente desnuda y desamueblada habitación, ha­bía colocado esta inscripción: «Ómnibus omniafactus» (Hecho todo para todos).67

RESEÑA BIOGRAFICA DE LA MARQUESA BAROLO, JULIE FALLETTT, NACIDA COLBERT DE MAULÉVRIER (1785-1864)

Julia Victurnienne Francisca Colbert, descendiente del famoso ministro de Luis XTV, nació en el castillo de Maulévrier, Vendée (Francia), el 27 de junio de 1785. Recibió una esmerada educación cristiana, que «completó», a pesar de las trágicas experiencias de su infancia y adolescencia. Perdió a su madre a la edad de 7 años. Su abuela materna fue guillotinada durante el Reino del Terror, en la Revolución Francesa. Durante este período, vivió en destierro en Alemania y Holanda con su padre, un hermano y una hermana. Su familia, rehabilitada por Napoleón, regre­só a París en 1800 y formó parte de la corte imperial.

Fue en la corte donde encontró al rico caballero piamontés, Carlos Tancredo Falletti, marqués de Barolo (1782-1838), por entonces vinculado a la corte de la Ca­sa Saboya. El mismo Napoleón arregló su matrimonio en 1807. Hasta el año 1814, la pareja vivió alternativamente en París y en Turín. Pero en 1814, con la caída de Napoleón y la Restauración, hicieron de Turín su residencia permanente y vivie­ron en el elegante palacio Barolo del siglo xvn. No tuvieron hijos; circunstancia que, unida a una fe profunda y ardiente caridad, les impulsó a dedicar sus grandes riquezas a obras de caridad.

Durante los primeros años de la Restauración, Turín experimentó una terrible crisis. El número de pobres y gente que necesitaba asistencia básica, era enorme. En sus viajes, los Barolo tuvieron la oportunidad de conocer lo que se hacía en el ámbito de la asistencia y caridad en Francia, especialmente en París, y comenza­ron a hacer lo mismo en Turín. Cuando el marqués falleció en 1838 y dejó a Julia en propiedad de muchos bienes, continuó lo que ella y su marido habían comen­zado juntos, fundando y sosteniendo innumerables obras en pro de los pobres y de los necesitados. El escritor, y patriota, Silvio Pellico, empleado en el palacio, a su salida de la cárcel, donde estuvo encarcelado, le ayudó con el cargo de secretario y bibliotecario.

Borino informa que un día de 1819, durante la semana de Pascua, al arrodi­llarse en la calle al paso del Viático que llevaban a los enfermos, la Marquesa oyó una blasfemia, que pronunció desde una ventana enrejada una de las mujeres en­carceladas allí. Entró en la cárcel, pidió hablar con aquella persona, y después de pasar por muchas puertas enrejadas, contempló el horror del local y la abyecta con­dición en la que vivían aquellas mujeres. Desentendiéndose de las objeciones de amigos, de las autoridades de la cárcel, e incluso de su confesor, comenzó a visitar regularmente a las mujeres de la cárcel, a enseñarles higiene, los rudimentos de las letras y de la religión. A pesar de la oposición, logró establecer una clase, un taller y Ejercicios Espirituales en la cárcel. Como consecuencia de esta experiencia, ella y su esposo consiguieron que se edificara una cárcel apropiada para mujeres y que se nombraran capellanes para ejercer el ministerio en prisiones.

Las desesperadas condiciones de los pobres en el barrio norte de la ciudad, de­cidieron a los Barolo a involucrarse activamente en la reforma social y en obras de caridad. Fundaron varias instituciones, algunas de las cuales han sobrevivido has­ta hoy. Además del apoyo a las obras existentes, los Barolo crearon la Fundación de



las Obras de Caridad (Opera Pia Barolo), que todavía existe hoy. En 1819, lograron traer desde Francia a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, para que dirigieran todas las escuelas de primaria de la ciudad. En 1821, los Hermanos de las Escuelas Cristianas empezaron en Turín las escuelas primarias para niñas y las dotaron de personal, llamando a las Hermanas de San José de Chambéry (Saboya).

La experiencia de la cárcel alertó a ella y a su esposo de la situación difícil que sufrían las muchachas en riesgo y las jóvenes y mujeres recién salidas de la cárcel. Puestos en contacto con la obra del sacerdote Légris Duval en París, los Barolo fun­daron en 1821-1822, la Pía Obra de Nuestra Señora, Refugio de los Pecadores, vul­garmente llamada el Refugio, que desde 1840, bajo la dirección espiritual del teó­logo Borel, acogía y daba enseñanza a unas 300 jóvenes.

En 1825, con el consentimiento del rey Carlos Félix, trajeron a las monjas del Sagrado Corazón (Dames du Sacre Coeur) a Turín, para la educación de las jóve­nes de familias nobles. En 1829, siguiendo el ejemplo de Mme. Pastoret en París, los Barolo instalaron en su propio palacio la primera guardería infantil para crios de ambos sexos.

En 1832, comenzaron una escuela de enseñanza gratuita y una cocina para los pobres, que servía 250 sopas diariamente, a las que se añadía un plato de carne y verdura los domingos. Durante el invierno, todos recibían un complemento sema­nal de leña para calentarse y para cocinar.

En 1832, junto al Refugio, fundaron el Convento o Retiro de Santa María Mag­dalena, para las mujeres que, después de dos años de residencia en el Refugio y tres de noviciado, se sentían atraídas hacia una vida de semiclausura. A éstas se les co­nocía con el nombre de Penitentes de Santa María Magdalena, o sencillamente como Magdalenas. En 1832 también erigieron una casa, próxima a las Magdalenas y bajo su cuidado, para albergar a chicas abandonadas, menores de 12 años. A es­ta comunidad se la conocía como las Oblatas de Santa María Magdalena, o senci­llamente como Pequeñas Magdalenas.

En 1834, establecieron la Congregación de las Hermanas de Santa Ana y la Divi­na Providencia; abrieron una institución de educación bajo la dirección de las her­manas, para muchachas de clase media inferior, próxima a la iglesia de la Conso­lata. Y también, en unión con la comunidad de Hermanas de Santa Ana, los Barolo construyeron una residencia para unas 30 huérfanas Qas 'julietas'), quienes, al con­cluir su educación, recibían 500 francos de dote. La Marquesa, sin entrometerse en los asuntos internos, estaba muy ligada a la Congregación de Santa Ana, cuya aprobación oficial de la Iglesia la obtuvo en 1846.

Después de la muerte de su esposo, la Marquesa, al tiempo que continuaba su­pervisando las obras de caridad, emprendió otras fundaciones o contribuyó a ellas. Apoyó la fundación del convento de las Adoratrices del Santísimo Sacramento, pa­ra las mujeres que deseaban abrazar la vida contemplativa, asegurándoles una asig­nación económica importante. Hizo lo posible para establecer en Turín la Asocia­ción de la Adoración Perpetua.

En 1844, la Marquesa fundó las Terciarias de Santa María Magdalena con un grupo de muchachas del Refugio, que no se sentían llamadas a la vida religiosa, pe­ro estaban comprometidas en la vida y el servicio cristiano. En 1845, el Hospitali­




to de Santa Filomena estaba terminado y preparado para albergar a unas 120 mu­chachas impedidas, niñas de 3 a 12 años, condición ésta que hacía difícil su ad­misión en otros hospitales. Puso el pequeño hospital bajo el cuidado de las Her­manas de San José (de Chambéry).


68 Tras la terminación de la iglesia en 1866, el Oratorio de Don Bosco del Ángel de la Guarda de aquella zona se clausuró y las actividades del mismo se trasladaron al cercano de Santa Julia. Como mencionamos arriba, Don Bosco había asumido aquel Oratorio de don Juan Cocchi en 1849. Don Cocchi lo había establecido en el barrio de Moschino en 1840, antes de transferirlo a Vanchiglia en 1841.

La Marquesa fundó también otras obras. Son dignas de mención las Familias o Talleres de María, José, Ana. Eran residencias para albergar a grupos de mucha­chas que aprendían un oficio y se preparaban para el matrimonio, bajo el cuidado de una «madre». Subvencionó, en fin, la construcción de la parroquia y Oratorio de Santa Julia, empezado en 1862 y terminado en 1866, después de su muerte. La iglesia se edificó en especial para el cuidado pastoral y espiritual de la gente de Van­chigha, uno de los barrios más pobres del norte de Turín.68

La Marquesa era una mujer competente y extraordinaria. Era también her­mosa, tanto que la gente no creía que pudiera permanecer «buena mujer» en su viudedad. Su vida fue santa, sin mancha, totalmente dedicada a la caridad. Go­zaba de la estima de la corte y la nobleza; participaba alguna vez de la vida so­cial de clase alta. Era buena escritora, buena conocedora del arte, y mantenía ele­gantes recepciones palaciegas al estilo francés, con gente tan notable como Pellico, Balbo, Cavour, De Maistre, Lamartine, De Boglie o Dupanloup. De nobles senti­mientos e independiente, no era en modo alguno, una persona mundana. De he­cho, era profundamente espiritual; y se hizo aún más, bajo la dirección espiri­tual de maestros como don Pío Brunone Lanteri, don Luis Guala y don José Cafasso. Vivía vida de oración y usaba vestidos de asceta. Sus devociones ordi­narias eran la Santísima Trinidad, el Sagrado Corazón de Jesús, el Santísimo Sa­cramento, la Agonía (las Tres Horas), la Consolata, la Madre Dolorosa, el Ángel de la Guarda y las Benditas Almas del Purgatorio. Sus santos favoritos eran san José, santa Teresa, santa Julia, santa Inés, santa María Magdalena, san Cosme y Damián y santa Filomena.


69 Cf. MBe Vn, 515.

Murió el 19 de enero de 1864, después de hacerla disposición testamentaria de sus riquezas a favor de las obras de caridad.69 Ha sido introducida recientemente su causa de beatiñcación.

Capítulo XVII
COMPROMISO VOCACIONAL DEFINITIVO DE DON BOSCO (1844-1846)

En sus Memorias, al hablar del Oratorio durante su período itinerante, y antes de contar la historia de su instalación en la propiedad del Sr. Pinardi, Don Bos­co trata de la oposición que tuvo que afrontar por causa de su compromiso con los jóvenes en peligro.

Se presenta, en primer lugar, como objeto de la hostilidad de los párrocos locales que intentaron tildarlo de loco. Reacciona diciendo que los jóvenes de su Oratorio no pertenecen a ninguna parroquia. Los párrocos aceptan final­mente que Don Bosco esté con su Oratorio hasta que no se decida otra cosa.1

A continuación viene la historia de la «persecución» de Don Bosco como potencial revolucionario por parte del magistrado marqués Miguel de Cavour. Don Bosco consigue aplacarlo «durante un tiempo».2




'MO, 110. 2MO, 113,130-131. 3MO, 116. 4MO, 117.

Luego relata cómo los hermanos Filippi le notifican la prohibición de cual­quier uso de sus prados y se considera a sí mismo como abandonado por sus ayudantes y dejado sólo en la lucha. Incluso don Borel y don Pacchiotti le aban­donaron en «sus visiones» de patios de juego, casa, iglesias y colaboradores.3 Finalmente viene el remate, un ultimátum de la marquesa Barolo para que es­coja entre su empleo y los muchachos.4 ¿Qué pensar de todo esto?

1. Cuestiones preliminares

Dado el carácter de las Memorias,5 se puede suponer que Don Bosco ha enfa-tizado y dramatizado estas dificultades; pero es improbable que las creara de la nada. Tenemos a disposición, de hecho, un testimonio anterior, de peso, en tal sentido. El Apunte Histórico de 1854, escrito 20 años antes que las Memo­rias, habla casi en los mismos términos de la protesta de los párrocos, de la oposición del magistrado Cavour y de las autoridades civiles, y de las dudas del teólogo Borel sobre la cordura de Don Bosco.

Hay, no obstante, otros documentos que parecen poner en cuestión ciertos aspectos de la historia tal como la narra Don Bosco. Su relato requiere, como señala Braido, algún comentario; algunos de estos 'estereotipos' están necesi­tando una evaluación crítica o corrección.
¿Los párrocos se oponen a Don Bosco?

Las objeciones de los párrocos del lugar está relatada con cierta «impaciencia» como ejemplos de incomprensión o de oposición arbitraria. Ciertamente, Don Bosco se encontró con oposición, sobre todo al comienzo, pero las resistencias de los párrocos no parecen ser totalmente ilógicas comparadas con la deter­minación y la estrategia de Don Bosco de autonomía total en su ministerio ora-toriano. Don Bosco aparecía como un «francotirador» que reunía a los jóvenes en las afueras de la ciudad y al margen de las estructuras parroquiales. For­maba parte también de un programa pastoral (el Convictorio), que estaba aún tratando de encontrar la aceptación del clero de Turín.


Don Bosco, ¿perseguido por «revolucionario»?


5 Cf. P. Braido, Memorie del futuro 97-127.



6 MO, 113, 130, y el Cenno storico de 1854. (Tal vez el Apunte Histórico sirviera de fuente pa­ra estos pasajes de las Memorias [1874-1875]. El marqués Miguel de Cavour [1781-1850] era el padre del [marqués] Gustavo y [conde] Camilo [futuro primer ministro y el líder político de la unificación de Italia]. El Marqués ejerció de vicario, magistrado que gobernaba la ciudad en nom­bre del rey [Vicario e sovraintendente di política e polizid], desde 1835 a 1847. Antes de 1848 [el año de las revoluciones y constituciones], la ciudad era gobernada por un Vicario real, ayudado por dos «síndicos» y un Consejo de la ciudad de cincuenta y siete oficiales [decurioní]. Después de 1848, la ciudad fue gobernada por un alcalde [sindaco], nombrado igualmente por el Rey, y un Consejo de ciudad).

En el contexto y desde la experiencia de los levantamientos revolucionarios du­rante el período de la Restauración, y con la creciente presión para el cambio político en los años cuarenta del siglo xrx, era inevitable que las autoridades vieran con suspicacia reuniones como las del Oratorio. En las Memorias, y en el Resumen Histórico de 1854, el Vicario de la ciudad de Turín, marqués Mi­guel de Cavour, está retratado con dureza, como opuesto a la obra de Don Bos­

co.6 No obstante, su intransigencia aparece menos creíble, si se considera la documentada y leal defensa que hace de la autoridad constituida, y su defe­rencia para con ella. Don Bosco estaba dando catequesis a los jóvenes con el permiso y la ayuda de esa autoridad: el respetado arzobispo Fransoni y su ma­jestad el rey Carlos Alberto, por nombrar sólo a las más altas autoridades. Ade­más, Don Bosco estaba trabajando con la colaboración de laicos y sacerdotes de probada línea conservadora, conectados con la casa real: el conde José Pro-vana di Colegno, don José Cafasso, don Juan Borel y don Sebastián Pacchiot­ti, habiendo sido los dos últimos los dos más cercanos auxiliares de Don Bos­co en el trabajo del Oratorio desde el principio.7

El reciente descubrimiento de una carta dirigida por Don Bosco al Marqués, fechada el 13 de marzo de 1846, que contiene una nota breve del marqués en el reverso, hace aún menos verosímil esta representación hostil de Cavour.8 La carta revela, entre otras cosas, que el Magistrado había sido en el pasado sim­patizante y que Don Bosco tenía razón al creer que le mostraría su buena vo­luntad cuando el Oratorio estaba a punto de instalarse en la casa Pinardi.

«El papel que juega su Excelencia en todo lo que afecta al bien público, tan­to cívico como moral, me lleva a esperar que dará buena acogida a un in­forme sobre un programa de catequesis que hemos comenzado. Como su fi­nalidad es el bien de los jóvenes, usted mismo ha mostrado en muchas ocasiones su favor y ayuda [...]. Vd. es una persona de buen corazón, y to­ma en serio todo lo que contribuye al bien común de la sociedad. Por esta razón, buscamos su protección para nuestros desvelos [...].

(Aprobación autógrafa de Cavour para su secretario:) Respuesta. He habla­do con su Excelencia el muy Reverendo Arzobispo y con el conde Colegno (sic) y estoy de acuerdo en que, sin duda alguna, se puede ganar mucho con un programa de catequesis. Me será grato ver al reverendo Don Bosco en mi oficina a las 2 p. m., el 26 de marzo. Benso de Cavour.

Notar la aprobación autógrafa de Cavour. Pero, según lo narra Don Bosco en el Apunte Histórico (1854) y en las Memorias (1874), el encuentro fue todo menos «feliz».


Don Bosco, ¿abandonado y solo?


7 Cf. G. Bracco, Don Bosco y la sociedad civil, 231-236; id., Don Bosco e le istituzioni, en Tori­no e Don Bosco. I, 123-126.



8 G. Bracco, Don Bosco y la sociedad, 233; en con mayor detalle, id., Don Bosco e le istitu­zioni, 126-128 (el texto de la carta), 128-130 (comentarios). La carta está editada críticamente en Epistolario I Motto, 66-68.

La dramática representación de Don Bosco abandonado y solo con sus jóve­nes en los prados Filippi, aparece aún más dudosa. En sus Memorias escribe:

«Llegó el mtimo domingo en que me permitieron tener el Oratorio en el pra­do [...]; encontrándome solo sin nadie que me ayudara, sin fuerzas, en un es­tado de salud deplorable y sin saber dónde reuniría en lo sucesivo a mis mu­chachos. Me sentí profundamente turbado. Me retiré a un lado paseando a solas y, por primera vez quizá, me conmoví hasta las lágrimas».9

Cierto que Don Bosco experimentó dificultades y tuvo discrepancias con los colaboradores. Pero no se han de generalizar las dificultades. La presencia con­tinua, a lo largo de la vida de Don Bosco, de ayudantes de confianza, tanto sa­cerdotes como laicos, está documentada durante los primeros quince años del Oratorio. Estas personas le auxiliaron en su trabajo, prestándole ayuda moral y económica.

Hablando de las actividades del Oratorio en el prado de Filippi, escribe Don Bosco:

«Enseñábamos el catecismo como buenamente podíamos, se cantaban al­gunas letrillas y las vísperas; después, el teólogo Borel o yo subíamos a una pendiente o sobre una silla para la plática a los jóvenes, que se acercaban an­siosos a escucharnos».10

En conversaciones familiares con salesianos, Don Bosco habló varias veces de aquel último domingo en el prado Filippi. Barberis, en su crónica autógra­fa, narra una de esas conversaciones, en la que Don Bosco dice:

«Era el último domingo en que podía usar el prado, y aquí (el Sr. Pinardi) se me presenta de nuevo. Yo paseaba por el borde del prado absorto en mi pen­samiento, mientras el teólogo Borel estaba predicando».11


9MO, 119.



10 MO, 111.

11 G. Barberis, Crónica Autógrafa, libreta, 49-50,1 de enero de 1876; FDB 835 D12-E1.

12 F. Giraudi, LOratorio, 60-107 (con reproducción de fotografías del contrato, etc.).

Don Bosco no estaba, pues, solo aquel domingo en el prado Filippi. El teó­logo Borel estaba predicando un sermón y posiblemente otros colegas del Ora­torio estuvieran con los muchachos: trescientos o cuatrocientos muchachos. Que no estuvo solo queda confirmado también por la mencionada carta al Ma­gistrado de Turín, conde Cavour, escrita sobre las negociaciones con el Sr. Pi­nardi, unas negociaciones que iban bien. «Finalmente, al principio de esta se­mana nosotros (el Rev. Dr. Borelli, don Pacchiotti y yo) entablamos negociaciones con el Sr. Pinardi por el lugar». La confirmación se basa, además, en el hecho de que el contrato por el préstamo del cobertizo durante tres años fue entre el Sr. Pinardi y el teólogo Borel.12

A la vista de estos testimonios, deja perplejo que Don Bosco afirme en sus Memorias que el teólogo Borel y don Pacchiotti creían que se había vuelto lo­co y que lo abandonaron.13 Escribe Bracco:




«Una cosa me pareció obvia desde el mismo momento en que empecé a bus­car en los archivos de la ciudad documentos relativos a Don Bosco: Don Bos­co nunca estuvo solo. Trabajaba con un grupo de sacerdotes que parecían compartir todos el mismo objetivo, es decir, hacer algo por los no privile­giados y afrontar el desasosiego social, usando métodos que ya se habían in­tentado mucho antes».14

2. Asentamiento del Oratorio en la propiedad del Sr. Pinardi

La versión de las Memorias de Don Bosco15


13 MO, 119.



14 G. Bracco, Don Bosco y la sociedad, 233.

15 MO, 120-121.

En una conversación familiar en 1875, recogida por Barberis en su Crónica, Don Bosco rememoró el establecimiento del Oratorio y narró a los salesia­nos cómo se le comunicó la disponibilidad de un lugar apropiado para «la­

boratorio».16 Contó la historia, que situó en el domingo de Ramos de 1846, casi en los mismos términos que en sus Memorias, que había concluido po­co tiempo antes. Quien le había traído la buena noticia fue un señor de nom­bre Pancracio Soave, que le habló de un edificio propiedad de un señor lla­mado Francisco Pinardi.

Francisco Pinardi era un inmigrante de Arcisate (Várese, Lombardía). El 14 de julio de 1845, compró una casa de dos pisos y sus tierras colindantes a los hermanos Filippi, por 14.000 liras. Los hermanos Filippi poseían una exten­sión bastante grande en la zona con casas en ella. El 10 de noviembre de 1845, Pinardi arrendó la casa y la propiedad a otro inmigrante, Pancracio Soave, de Verolengo (Turín). El Sr. Soave estaba empezando un negocio de manufactu­ras de almidón, que montó en la planta baja de la casa. Estaba explícitamente excluido en el contrato Pinardi. Soave: «Excluyendo el cobertizo que se está construyendo detrás de la mencionada casa y de la propiedad aneja a ella».17

El Sr. Soave notificó a Don Bosco la disponibilidad del cobertizo, al verlo angustiado porque iba a ser echado del campo de los Filippi y no sabía dónde reunir en adelante el Oratorio. Don Bosco escribió que se sentía profundamente turbado.18 Ante la noticia del Sr. Soave, Don Bosco actuó inmediatamente; de­jando el Oratorio al cuidado de don Merla,19 que casualmente «apareció allí», siguió al Sr. Soave para ver el sitio...


Reconstrucción de la historia del asentamiento

La mencionada carta de Don Bosco al magistrado Cavour, de 13 de marzo de 1846, ofrece los elementos de referencia para una reconstrucción de la tran­sacción. Escribe Don Bosco:



16 G. Barberis, Cronaca Autógrafa, cuadernillo I, 27, entrada de 26 de mayo de 1875.

17 El lugar estaba situado cerca del río Dora (hacia el norte), donde las lavanderas ejercían su
oficio. Esto explica por qué el Sr. Soave emprendió un negocio de almidonado y por qué el Sr. Pi-
nardi estaba construyendo una lavandería.


18 MO, 120.

19 Don Pedro Merla (1815-1855) ayudó en el Oratorio de Don Bosco hasta 1852, después de
lo cual, emprendió obras especiales de caridad por su cuenta (MO Silva, 154).


20 Don Bosco, desde que fue nombrado capellán del Pequeño Hospital de Santa Filomena de
Barolo vivió en la Residencia de Nuestra Señora del Refugio
(Rifugio) de Barolo como los otros
capellanes, don Borel y don Pacciotti.



Por fin, al principio de esta semana, empezamos a negociar sobre un sitio con el Sr (Francisco) Pinardi. Convinimos en la suma de doscientos ochen­ta francos por una amplia sala capaz de usarse como «Oratorio» con otras dos habitaciones y una franja de terreno adyacente. Pensamos que este lo­cal sería apropiado para nuestro propósito; primero por su proximidad al Refugio,10 luego por su situación, lejos de cualquier iglesia, pero suficiente­

mente cercano a varias casas.21 Lo que necesitamos conocer es, si es acep­table para usted, desde el punto de vista de la vecindad».

De acuerdo con la afirmación anterior, se contactó con el Sr. Pinardi entre el domingo 8 y el viernes 13 de marzo. Habiendo recibido la información so­bre el cobertizo (de parte del Sr. Soave, como se dice en las Memorias), los ca­pellanes de Barolo (Don Bosco, don Borel y don Pacciotti), que dirigían el Ora­torio, actuaron de inmediato. Contactaron con el propietario y negociaron los términos; después, delegaron en Don Bosco para que lo notificara por carta al magistrado Cavour y solicitara su permiso y ayuda. Basándonos en esta carta, podemos concluir que el Sr. Soave, en nombre del Sr. Pinardi, llevó la infor­mación de la disponibilidad del arriendo no más tarde del domingo, 8 de mar­zo, pues las negociaciones para el alquiler estaban ya en marcha esa misma se­mana. Don Bosco había insinuado al Magistrado: «Si desea hablar conmigo o con mis colegas, estamos a su entera disposición; en verdad, estaríamos deseo­sos de servirle».

El magistrado Cavour en una nota a su secretario, consigna- «Me será gra­to ver al reverendo padre Don Bosco en mi oficina el lunes, 30 de marzo a las 2 p. m. 28 de marzo - Benso Cavour». El secretario respondió a Don Bosco el 28 de marzo.22 Don Bosco llamó a la oficina del Magistrado; el 30 de marzo tu­vo la deseada autorización. El contrato para el arriendo se redactó y firmó por parte del Sr. Pinardi y el teólogo Borel, el 1 de abril de 1846.23

No obstante, según las Memorias, tanto en el borrador original como en la copia de Berto, el Sr. Soave avisó a Don Bosco de la disponibilidad del cober­tizo, el domingo de Ramos, que Don Bosco fechó erróneamente el 15 de mar­zo de 1846. Don Bonetti se dio cuenta del error y se tomó la libertad de cam­biar esa fecha (15 de marzo) en la copia de Berto, por el 5 de abril, ya que la Pascua de 1846 cayó el 12 de abril. Estos son los datos que aparecen en la His­toria del Oratorio de don Bonetti, en los Cinco Lustros (Apostolado de Don Bos­co en los primeros tiempos) y en las Memorias Biográficas.
Comentario


21 El lugar estaba situado al norte, en las afueras de la ciudad; su población dispersa, en el ba-
rrio de Valdocco. El Oratorio no estaba, por tanto, unido a ninguna iglesia parroquial, aunque
tampoco totalmente aislado.


22 El vicario Cavour a Don Bosco, 28 de marzo de 1846; FDB 228 Es. MBe n, 333. Lemoyne,
en su reconstrucción de las relaciones entre Cavour y el Oratorio, sigue básicamente las
Memo-
rias
de Don Bosco al hablar de la constante oposición del magistrado. Algo difícil de entender.

23 F. Giraudi, LOratorio 65-65 (fotocopia de la primera página del contrato Pinardi-Borel, en
página 69).
Epistolario I Motto 68; MO Silva 147.

Ni la carta ni el contrato Pinardi-Borel describen el lugar como «cobertizo» (tet-toia), nombre que se pone en las Memorias. La carta habla de una «sala amplia capaz de usarse como "Oratorio" con otras dos habitaciones». Lo confirma el

contrato, que habla de «una sala rectangular de tres cuerpos con un gran patio delante y a los lados». Obviamente, la «sala amplia» se refiere materialmente al sotechado construido en la trasera de la casa del Sr. Pinardi. Las dos habitacio­nes adicionales, separadas, eran secciones traseras al margen del colgadizo, no habitaciones de la casa Pinardi, que era parte del alquiler del Sr. Soave.

La casa Pinardi era un edificio de dos pisos de modestas dimensiones: cer­ca de 20 metros de largo, 6 metros de ancho y 7 metros de altura. Tenía cuatro habitaciones y espacios adicionales en la primera planta y seis habitaciones en el segundo piso. El «camerone», al que se refiere como «cobertizo» sólo porque no era un edificio separado, medía el largo de la casa misma (20 m) y tenía igual anchura (6 m), pero no más de 2,5 metros de altura. La parte principal serviría de capilla y las dos partes más pequeñas, de sacristía y almacén, res­pectivamente.24 Es probable que el cobertizo empezara a adaptarse para usar­se de capilla, incluso antes de firmar el contrato el 1 de abril, y se siguiera arre­glando después de su inauguración.

Entonces, según las Memorias de Don Bosco, «terminados los trabajos, el día... de abril, el Arzobispo concedía la facultad de bendecir y consagrar al cul­to divino aquel "modesto edificio". Lo que tuvo lugar el domingo ... de abril de 1846».23 Las fechas no constan ni en los manuscritos de Don Bosco ni en los de don Berto. En las Memorias Biográficas, Lemoyne hace notar que Don Bos­co tenía todas las pertenencias necesarias, entre ellas, un pequeño cuadro con la imagen de san Francisco de Sales, que había traído del Refugio y de la cha­bola del prado Filippi. Luego continúa:

Don Bosco bendijo el modesto edificio aquella misma mañana (domingo de Resurrección, 12 de abril de 1846) y lo dedicó al culto divino en honor del Santo; celebró la Santa Misa, a la que asistieron numerosos muchachos, ve­cinos de los alrededores y algunas personas de la ciudad.26


24 F. Giraudi, VOratorio, 100.



25 MO, 125.

26 MBe n, 324.

27 Lemoyne, según declara en los Documenti, sabía que el teólogo Borel fue delegado para
bendecir el nuevo Oratorio, y que realizó la ceremonia el 13 de abril, el segundo día de Pascua (F.
Giraudi, VOratorio, 63).

No obstante, el documento oficial que garantizaba esa facultad, fechado el Viernes Santo, 10 de abril de 1846, delega en don Borel la realización de la ce­remonia. En el reverso del decreto del Arzobispo, el teólogo Borel escribió que «bendijo el Oratorio el 13 de abril, segundo día de Pascua». No es probable que se equivocara. Hay que concluir, pues, que la capilla se usó antes, el día de Pascua, 12 de abril, y el teólogo Borel la bendijo al día siguiente.27


Don Bosco, en sus Memorias, admite que el lugar no era más que una ca-sucha y que sus vecinos cercanos, la casa Pinardi (que tenía anejo un coberti­zo) y la casa Bellezza al lado, eran lugares de mala fama.28 Pero, al fin, el Ora­torio contaba con un lugar que podía llamar suyo propio, o casi. Y Don Bosco podía esperar el día en el que la propiedad Pinardi fuera suya.

3. Enfrentamiento con la marquesa Barolo. Opción vocacional definitiva de Don Bosco

Antecedentes


28 MO, 125. En la crónica autógrafa de Barberis, Don Bosco, al narrar la historia del asenta­miento a algunos salesianos después de la cena, cuenta que dijo: «Os contaré cómo se compró la primera casita, pero es una larga historia. Estuvo en este mismo espacio ocupado ahora por el comedor. (Fue demolida en 1856 para hacer sitio a un edificio más grande). Lo primero que hay que saber es que era una casa de citas». (G. Barberis, Cronaca Autógrafa, cuadernillo ELT, 49, en­trada de 1 de enero de 1876: FDB 835 DI2).

Don Bosco había sido contratado por la marquesa Barolo como capellán del Pequeño Hospital de Santa Filomena, que atendía a muchachitas discapacita­

das. Cuando todavía estaba en construcción, la Marquesa accedió a que el Ora­torio podía usar los «locales del capellán» para sus reuniones. Pero era inevi­table que, al acercarse la terminación de la construcción del hospital, el Ora­torio debiera encontrar otro lugar para reunirse. Los jóvenes, que aumentaban cada vez más en número, llegaron a ser un serio gravamen para las institucio­nes de Barolo. El Oratorio se marchó del Pequeño Hospital el 18 de mayo de 1845, y pasó por un período de continua peregrinación que le llevó hasta cin­co diferentes lugares. Por fin, el 1 de abril de 1846 se asentó en la propiedad de Pinardi, su definitiva residencia.

Cuando se inauguró el Pequeño Hospital, el 10 de agosto de 1845, Don Bos­co empezó a ejercer de capellán del mismo, un trabajo por el que la Marquesa lo había contratado en primer lugar. Según se comprueba por un intercambio de cartas entre el teólogo Borel y la marquesa Barolo, Don Bosco había estado enfermo desde que salió del Convictorio en 1844, y su enfermedad se iba ha­ciendo progresivamente más delicada. Pero, a pesar de ello, los domingos, con la ayuda de don Borel y de don Pacciotti, Don Bosco pasaba todo el día con sus muchachos y se mantenía disponible para ayudarlos en sus necesidades tam­bién durante la semana.

La Marquesa tenía proyectos sobre su joven capellán, a quien admiraba y valoraba mucho; deseaba hacer todo lo que estuviera en su mano para hacer­le recuperar la buena salud y mantenerlo en sus instituciones. Don Bosco, no obstante, por esta época, ya había tomado un firme y, de hecho, irrevocable compromiso con el Oratorio. Se hacía inevitable, pues, tener que renunciar a su capellanía. La Marquesa veía las cosas desde otro punto de vista. Creía te­ner la seguridad de que Don Bosco renunciaría «a sus vagabundos» y trabaja­ría a tiempo pleno como capellán de sus obras. Este es el contexto del enfren-tamiento de la Marquesa con Don Bosco y de su «ultimátum», según cuentan las Memorias del Oratorio, y se recogió, añadiendo algún material, en las Me­morias Biográficas.19


Delicada salud de Don Bosco y los sucesos que le llevaron al enfrentamiento


29 Para una descripción del enfrentamiento y el «ultimátum», ver MO, 117. Hay que tener en cuenta que Don Bosco sitúa el suceso antes del asentamiento del Oratorio en la casa Pinardi. Ver la versión de Lemoyne en MBe II, 345-354.

Hacia finales de septiembre de 1845, la marquesa Barolo había ido a Roma a gestionar la aprobación de las constituciones de sus congregaciones, las Hermanas de Santa Ana y las Hermanas de Santa María Magdalena. Fueron necesarios varios meses de difíciles negociaciones antes de que pudiera con­seguir la aprobación y pudiera volver a Turín. Mientras estaba ocupada en Roma en estos asuntos, el teólogo Borel, por medio de una carta del 3 de fe­brero de 1846, la informó sobre el deterioro de la salud de Don Bosco y so­

bre lo que se estaba haciendo para ayudarle. Habían arreglado el horario de las misas en el Refugio y en el Hospitalito para permitir a Don Bosco un ex­tra de sueño por la mañana. Le habían hecho prometer asimismo que, des­pués de Epifanía, se tomaría un largo período de descanso lejos del Oratorio y de la capellanía.

Don Guala y Don Cafasso insistieron en ello.30 Don Bosco no cumplió su promesa y optó, al contrario, por quedarse en el Oratorio, que el 4 de enero de 1846 había empezado a reunirse en la casa de don Moretta (cuarta «estación» del peregrinaje). Después de arduos meses en Roma, cumplidas con éxito sus aspiraciones, la Marquesa volvió a Turín el 6 de mayo de 1846. Fue recibida con gozo por parte de sus comunidades religiosas y sus capellanes. Las Her­manas de Santa Ana y sus constituciones habían sido aprobadas definitiva­mente. El Oratorio se había instalado recientemente en el cobertizo de Pinar-di el pasado 1 de abril, inaugurada la capilla el domingo de Resurrección, 12 de abril, y bendecido por el teólogo Borel al día siguiente. Por una larga carta, que ella escribió al teólogo Borel, para «evitar» reunirse con él cara a cara, se deduce que los dos no hablaron vis a vis sobre Don Bosco y su trabajo en el Oratorio. La carta lleva la fecha del 18 de mayo de 1846. Merecen conocerse sus párrafos más interesantes:

[limo, y Rev. Sr. Teólogo] Después de una entrevista que he tenido con Don Cafasso, creo debo dar a usted una explicación (acerca de Don Bosco) [...].

Cuando el Hospitalillo vino a aumentar el número de éstas, creímos que era necesario nombrar un capellán para dicho hospital [...].

Usted eligió al óptimo Don Bosco y me lo presentó. Me gustó también a mí, desde el primer momento, y encontré en él aquel aire de recogimiento y de sencillez propios de las almas santas. Nuestro conocimiento empezó en oto­ño de 1844, cuando el Hospitalillo no podía abrirse y, en efecto, no se abrió hasta agosto de 1845. Pero el deseo de asegurar la adquisición de un sujeto tan «bueno», hizo que se anticipara su entrada con el estipendio de su em­pleo. Pocas semanas después de establecerse en su compañía, M. R. Sr. Teó­logo, lo mismo la Superiora del Refugio que yo, observamos que su salud no le permitía ningún esfuerzo. Recordará usted cuántas veces le recomendé que se cuidara de él [...].



30 El teólogo Borel a la marquesa Barolo, el 3 de enero de 1846 en ASC A049; Persone, FDB D9, recogido MBe II 269 (corregida la fecha por el 3 de enero de 1846). Tal vez Guala y Cafasso se habían ofrecido a apoyar su «vocación».


La salud de Don Bosco empeoró hasta mi partida para Roma. Seguía traba­jando y esputaba sangre. Fue entonces cuando recibí una carta de usted, se­ñor Teólogo, en la que me decía que Don Bosco no estaba en condiciones de desempeñar el cargo que se le había confiado. Yo respondí enseguida que es­taba dispuesta a continuar dando a Don Bosco su estipendio, a condición de ,que no se ocupara de nada: y sigo dispuesta a cumplir mi palabra [...].

Su caridad, señor Teólogo, es tan grande que seguramente me estoy mere­ciendo la opinión desfavorable que de mí tiene, dándome claramente a co­nocer que yo quiero impedir la enseñanza del catecismo, que se imparte los domingos a los muchachos, y los cuidados que se toma de ellos durante la semana. Creo que la obra es óptima en sí y digna de las personas que la han emprendido; pero creo por mi parte que la salud de Don Bosco no le permi­te continuarla y, por otra, que la reunión de estos muchachos, que antes es­peraban a su director a la puerta del Refugio y ahora lo esperan a la puerta del Hospital, no es conveniente. Como creo en conciencia que el pecho de Don Bosco necesita de reposo absoluto [...].

Resumiendo: 1.°, Apruebo y alabo la obra de la instrucción a los mucha­chos, pero encuentro expuesta a peligro la reunión a la puerta de mis es­tablecimientos, dada la clase de personas que en ellos se encuentran. 2.°, Como creo en conciencia que el pecho de Don Bosco necesita de reposo absoluto, no seguiré dándole el pequeño estipendio, que él quiere agrade­cerme, si no es a condición de que se aleje de Turín, para evitar la ocasión de dañar gravemente su salud, por la cual me intereso mucho, dado lo mu­cho que le estimo.

Yo sé, M. Rdo. Sr. Teólogo, que no andamos de acuerdo en estos puntos: si no atendiera a la voz de mi conciencia, estaría bien dispuesta, como siem­pre, a someterme a su opinión. [...].31


El enfrentamiento

La carta de la Marquesa revela con claridad la alta estima que mantenía por Don Bosco como persona y por la obra de su Oratorio. Es evidente, también, que deseaba mantenerlo en sus instituciones y lo deseaba sano. Hacía mucho tiempo que ella sentía pena por el deterioro de su salud y sinceramente —en conciencia— deseaba resolver el problema. Parece, por tanto, que el inevitable enfrentamiento no se realizó como un descarado ultimátum. De cualquier ma­nera, la propuesta de la Marquesa llegaba demasiado tarde. Don Bosco había llegado a un pacto con su Oratorio; no iba a romper su resolución en modo al­guno, con salud y sin ella. Al consejo de la Marquesa de que debía renunciar al trabajo en su Oratorio y seguir de capellán permanente en sus instituciones, Don Bosco, como escribe él en sus Memorias, replicó:



31 La marquesa Barolo al teólogo Borel, el 18 de mayo de 1846, en ASC A099ss; Persone FDB 541 B5-8; MBe II, 348.


Usted tiene dinero y encontrará fácilmente cuantos sacerdotes quiera para sus instituciones. No ocurre lo mismo con los chicos pobres. Si en este mo­mento me retiro, todo acaba en humo; por tanto, como hasta el presente, se­guiré haciendo lo que pueda en el Refugio; cesaré oficialmente en el cargo y me entregaré de lleno al cuidado de mis muchachos abandonados.

La Marquesa le advirtió que, enfermo como estaba y sin nada para vivir, no podría subsistir. Y le dio «un consejo maternal»:

Seguiré pasándole la paga y se la aumentaré si quiere. Vayase a pasar uno, tres o cinco años a cualquier parte y descanse; cuando esté perfectamente restablecido, vuelva al Refugio y será siempre bien recibido. De lo contrario, me coloca ante la desagradable necesidad de despedirlo de mis institucio­nes. Piénselo seriamente.

Don Bosco respondió sin dudarlo:

Ya lo he pensado, señora Marquesa. He consagrado mi vida al bien de la ju­ventud. Le agradezco su oferta, pero no puedo alejarme del camino que me ha trazado la divina Providencia.

En este caso, concluyó la Marquesa, «queda despedido desde este momen­to»32. Para prevenir comentarios maliciosos, la Marquesa convino en permitir que Don Bosco mantuviera su habitación en el Refugio durante tres meses más. Pero, despedido ya de su capellanía, se quedó sin salario y, además, tendría que buscar nuevo alojamiento. De ahí que Don Bosco y el teólogo Borel de inme­diato buscaron realquilar tres habitaciones en la casa Pinardi, a pesar de que era una casa «de mala fama». El notario público refiere la transacción de esta manera:

El día del Señor, 5 de junio de 1846, Pancracio Soave, el teólogo Borel y don Juan Bosco, aquí presentes, han convenido en realquilar tres habitaciones colindantes en la parte este del segundo piso de la casa propiedad de Fran­cisco Pinardi. La casa en este momento está arrendada al mencionado Pan­cracio Soave. El presente contrato tendrá valor desde el 1 de julio (1846) has­ta el 1 de enero de 1847 [...].

Turín, 5 de junio de 1846

[Firmado:] Pancracio Soave Don Juan Borel Jorge Chiodo, Notario Público.33


32 MO, 118.

33 F. Giraudi, LOratorio 53.

34 Las palabras dichas por Don Bosco y recogidas en la crónica original de Barberis descri-
ben la estrategia: «Algún tiempo después, descubrí que la casa adyacente era en realidad una ca-
sa de citas. ¡Podéis muy bien imaginar mi desconcierto! Empecé por alquilar un par de habita-
ciones, pagando el doble de lo que valían, pero no las usé. Como continué alquilando más
habitaciones, el amo me urgió que me trasladara a ellas. "En realidad ahora no las necesito", le
contesté. "Nos iremos a ellas tan pronto como las haya conseguido todas en alquiler"». (Cuader-
nillo I, 27-28, entrada de 26 de mayo, 1875. FDB 833 Dl-2).



Al parecer el plan de Don Bosco era tomar en renta las habitaciones tan pronto como fuera posible, hasta que pudiera adquirir todo el segundo piso de la casa, con las seis habitaciones, y sus inquilinos fueran desalojados.34

4. La enfermedad de Don Bosco de 1844 a 1846

Los años 1844-1846, el difícil período de su deñnitivo compromiso con los jó­venes «pobres y abandonados», estuvieron marcados por una grave enferme­dad, que le puso al borde de la muerte.


Enfermedad y agravamiento

La marquesa Barolo, en la citada carta al teólogo Borel, señalaba el avance de una muy grave enfermedad de Don Bosco. Enfermo desde su salida del Con­victorio, seguía enfermo cuando se trasladó al Refugio, en octubre de 1844; más aún, su salud había ido empeorando progresivamente.35

Varios factores concurrieron para agravar la situación. En mayo de 1845, el Oratorio había abandonado los locales del Hospitalito y había empezado su mar­cha itinerante. Cuando el Hospitalito abrió sus puertas, en agosto de 1845, Don Bosco empezó a cumplir sus deberes de capellán, mientras atendía al Oratorio. Por entonces, solía trabajar hasta muy tarde por la noche; una labor que agra­vó todavía más la situación. Este es el período de sus primeras obras escritas.

Además de la Biografía de Luis Comollo escrita mientras está aún en el Con­victorio y publicada en octubre de 1844, Don Bosco fue capaz de enviar a sus editores varias otras obras redactas durante esos años, fruto de sus trabajos nocturnos: El devoto del Ángel Custodio (1845), la Historia Eclesiástica (1845), Seis domingos en honor de San Luis (1846), Ejercicio de devoción a la miseri-cordiadeDios (sin fecha), el Joven Cristiano (1847) yla Historia Sagrada (1847).36 El esfuerzo y la fatiga de trabajo tan intenso fueron los responsables de la gra­ve condición descrita en la carta de la marquesa Barolo al teólogo Borel.




35 Don Bosco no era el atleta indomable que presenta la biografía popular. Estuvo amenaza-
do por la enfermedad desde su juventud. Mientras estuvo en la escuela secundaria en Chieri, así
nos lo dice él en sus
Memorias, tema la costumbre de leer hasta entrada la noche. Y añade: «Es-
to arruinó de tal modo mi salud que durante varios años, mi vida parecía encontrarse al borde
de la tumba» (MO, 54). Al dejar el Convictorio en 1844, pensé en entrar en los oblatos para ser
enviado a misiones; Don Cafasso, según las
Memorias Biográficas, le habría objetado: «Usted no
debe ir a las misiones [...]. No es capaz de aguantar una milla y estar un minuto en un coche ce-
rrado sin sentir graves molestias de estómago [...] ¿y quiere atravesar el mar? ¡Se moriría en el
camino!» (MBeLT, 163).


36 Cennistoricisull vita delchierico Luigi Comollo (...) Torino, Speirani e Ferrero, 1884; ttDi-
voto dell'Angelo Custode.
Torino, Paravia, 1845; Storia Ecclesiastica ad uso delle scuole titile per og-
niceto dipersone (...).
Torino: Speirani e Ferrero, 1845; Le sei domeniche e la novena di san Lui-
gi Gonzaga.
Torino, Speirani e Ferrero, 1846; Esercizio di divozione alia misericordia di Dio. Torino:
Eridi Botta, sin fecha; //
Giovaneprovvedutoperlapratica dei suoi doveri (...). Torino, Paravia,
1847;
Storia sacra per uso delle scuole (...). Torino, Speirani e Ferrero, 1847. Para el texto de estas
obras, ver
Opere Edite dentro del año de su publicación.

Al principio de octubre de 1845, la enfermedad volvió a recrudecerse y for­zó a Don Bosco a tomarse una pequeña vacación. Marchó de Turín a I Becchi a pie, con un grupo de siete jóvenes del Oratorio, pero en Chieri se derrumbó.

Al día siguiente se reanimó y pudo llegar a su destino. Pasó los cuatro días pos­teriores en cama. Sabemos esto por una carta dirigida de Don Bosco al teólo­go Borel; una carta, no obstante, que no pudo acabar por falta total de fuer­zas.37 Por una segunda carta tenemos noticia de que los días siguientes (era tiempo de vendimia) su indisposición empeoró. Se recuperó gradualmente, pe­ro la enfermedad continuó molestándolo.38

De vuelta en Turín y al trabajo en el Hospital y en el Oratorio, no se sintió mejor. «Seguía trabajando, aunque esputaba sangre», escribe la Marquesa. En diciembre de 1845 don Borel y don Pacciotti reorganizaron el horario de tra­bajo para permitirle más tiempo de descanso. El teólogo Borel, el 3 de enero de 1846, se lo comunicaba a la Marquesa, que estaba en Roma. Y continúa:

«Sin embargo, como no se podía decir que estuviera restablecido del todo y, de acuerdo con las insinuaciones de V.S. de que descanse por algún tiempo en completo reposo, libre de las ocupaciones del Refugio y de todo servicio en el Hospital hasta su completo restablecimiento, yo abrigo de este modo seguras esperanzas de verle muy pronto totalmente restablecido. Hoy mis­mo me ha dado la respuesta decisiva sobre lo que piensa hacer y, al día si­guiente de Epifanía, se someterá a la obediencia; y tendrá que entendérselas con el Muy Rvdo. Sr. D. Guala y D. Cafasso, si no cumple la promesa».39

No la cumplió. El Oratorio, que entonces se reunía en casa de don Moret­ta, lo necesitaba. Al final del invierno, su situación se deterioró aún más. El teó­logo Borel le sugirió que rebajara la actividad del Oratorio, restringiéndola a un pequeño grupo de los muchachos más jóvenes. Don Bosco respondió, alu­diendo al sueño de 1844, que los locales del Oratorio estaban ya preparados, sólo esperaba encontrarlos. ¿Se había vuelto loco?40


37 Don Bosco al teólogo Borel, sin firma ni fecha, pero sellada el 11 de octubre de 1845. Epis-
tolario
I Motto, 60; MBe U, 246.

38 Don Bosco al teólogo Borel, el 17 de octubre de 1845; Epistolario I Motto, 61-62; MBe II,
248. La enfermedad la llama «malestar»
(flusso), que puede significar lo mismo diarrea que pér-
dida sanguínea, hemorragia o algo semejante.


39 El teólogo Borel a la marquesa Barolo, 3 de enero de 1846; en ASC 123: Persone, Borel, FDB
552 D9; MBe II, 268.


40 MO, 116.

No recuperado, tuvo que afrontar, primero, el desahucio de la casa de don Moretta y reunirse en el prado Filippi, antes de poder alquilar el cobertizo de Pinardi al principio de la primavera 41 Y, después, el enfrentamiento con la Mar­quesa y el despido de sus servicios. Mientras, daba junto al teólogo Borel los primeros pasos para asegurarse un lugar en la casa Pinardi, alquilando algu­nas habitaciones.

La crisis

Inmediatamente después, a primeros de julio,42 Don Bosco estuvo de nuevo al borde del desastre. El teólogo Borel le envió a pasar algún tiempo con el pá­rroco de Sassi, una población de laderas saludables en las afueras del norte de Turín. No funcionó. Como el lugar estaba a la distancia de un paseo, los jóve­nes del Oratorio, los alumnos de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y otros no le dejaban en paz 43

Volvió al Refugio gravemente enfermo con neumonía bronquial y cayó en cama. Llegó a estar al borde de la muerte y fue desahuciado. Pero las oracio­nes y votos de los muchachos consiguieron la gracia de su curación.44

Tan pronto como el médico le permitió abandonar su habitación del Refu­gio, al principio de agosto, Don Bosco, como se había convenido,45 se marchó e hizo trasladar sus pertenencias a la casa Pinardi. Puede que las habitaciones que había alquilado allí no fueran todavía aptas para vivir en ellas, o que pre­firiese no trasladarse antes de haber conseguido todo el piso segundo de la ca­sa. De cualquier modo, la segunda semana de agosto se retiró a I Becchi para pasar un largo tiempo de convalecencia.46 Don Borel dirigió el Oratorio con la ayuda de otros sacerdotes (don Juan Bautista Vola, don Jacinto Carpano, don José Trivero y don Sebastián Pacciotti).

El 3 de noviembre de 1846, Don Bosco, no recuperado del todo, volvió a Tu­rín con su madre Margarita. La Marquesa había permitido que Don Bosco si­guiera en las habitaciones del Refugio durante «tres meses» después de su des­pido.47 En agosto, Don Bosco hizo trasladar sus pertenencias del Refugio a la casa Pinardi.

Ahí fue donde Don Bosco y su madre residieron a la vuelta de I Becchi. Lle­varon con ellos algunos objetos indispensables y algo de dinero procedente de la venta de algunos terrenos y un majuelo. Mamá Margarita mandó a buscar su ajuar de novia, que con el tiempo, proporcionaría paños y tela blanca para la iglesia.48




42 MO, 139.

43 MO, 137.

44 MO, 139.

45 MO, 122.

46 Se han conservado unas cuantas cartas (de Don Bosco al teólogo Borel) de este período.
Epistolario I Motto, 68-74; MBe II, 375-376.

47 MO, 118.

48 MO, 140.

49 MO, 140.

Se ha especulado sobre las razones que llevaron a Mamá Margarita a re­nunciar a su vida tranquila con su hijo José en I Becchi, y marchar, a la edad de 58-59 años, a una ciudad extraña. A parte de la necesidad por salvaguardar la reputación de su hijo en aquella casa de «mala fama»,49 seguro que desearía

estar cerca de su hijo para cuidarlo, estando aún con una salud precaria. No obstante, el hecho de que llevara consigo el ajuar de boda parece indicar que pensaba permanecer definitivamente. Quizá, como cristiana comprometida que era, al ver la situación de los muchachos, quisiera compartir el trabajo de su hijo por los pobres y ser madre de los muchachos. Pero, aunque tuviera ta­les excelentes motivos, pudo muy bien, en la práctica, simplemente no querer ser una carga para su hijo José y su mucha familia; especialmente aquel in­vierno, en que la cosecha de trigo había fallado y amenazaba la hambruna.


P. Stella, Economía 76, nota 12 y el texto expuesto.

Esa hambruna, una de las más duras del siglo, afectó a varias naciones de Europa. La marcha de Mamá Margarita se podría ver así como una pequeña muestra de la extensa grave crisis que llevó a la revolución de París en 1848 y al Manifiesto Comunista de Marx.50

Apéndice

CARTA DEL TEÓLOGO BOREL A LA MARQUESA BAROLO SOBRE LA SALUD DE DON BOSCO51

Ilustrísima Señora Marquesa:

La caritativa sugerencia de V. S. en favor del carísimo Don Bosco y el donativo que se ha dignado enviarle, muestra bien a las claras su interés por la salud de es­te celoso sacerdote. Él no dejará de aprovecharse de ello y yo se lo agradezco a V. S. de todo corazón.

Desde primeros de diciembre, viendo que necesitaba reposo, empezó don Pac­chiotti a celebrar la Santa Misa en el Hospital, dejando para Don Bosco la segun­da Misa en el Refugio. Fue un remedio excelente, visto el feliz resultado obtenido. Sin embargo, como no se podía decir que estuviera restablecido del todo y, de acuer­do con las insinuaciones de V. S. de que descanse por algún tiempo en completo reposo, libre de las ocupaciones del Refugio y de todo servicio en el Hospital has­ta su completo restablecimiento, yo abrigo de este modo seguras esperanzas de ver­le muy pronto totalmente restablecido.

Hoy mismo me ha dado la respuesta decisiva sobre lo que piensa hacer y, al día siguiente de Epifanía, se someterá a la obediencia; y tendrá que entendérselas con el Muy Rvdo. Sr. D. Guala y D. Cafasso, si no es puntual en cumplirla. Los dos se han ofrecido gustosamente a enviar un sacerdote para la segunda Misa del Refu­gio, y en el caso de que nuestro diligente servicio no bastase para cubrir las nece­sidades de la Casa, recurriré al reverendo padre Rector de los Oblatos para que nos mande uno de los confesores de costumbre.

Entretanto, cuando Dios quiera darme a conocer un sacerdote dotado del es­píritu necesario para esta Casa, no dejaré de poner al corriente de ello a V. S. y mos­trarle así lo agradable que me resulta la presentación de un compañero más, etc.

3 de enero de 1845


51 ASC A 099ss, Persone, Borel. MBe ü, 268.


Atto. y s.s. T. J. Borel

CARTA DE DON BOSCO AL VICARIO REAL, MARQUÉS MIGUEL DE CAVOUR

Turín, 13 de marzo de 1846 Excelentísimo Señor:

El papel que vuestra Excelencia desempeña en todo lo que se refiere al bien pú­blico, tanto en lo cívico como en lo moral, me lleva a esperar que acepte el infor­me sobre un programa de catequesis que hemos empezado.52 Como su finalidad es el bien de los jóvenes, Vd. mismo ha mostrado en numerosas ocasiones su favor y ayuda.03

Este programa de catequesis empezó hace tres años en la iglesia de San Fran­cisco de Asís54, y como era una obra de Dios, Dios la bendijo, y los muchachos acu­dían en mayor número de lo que el lugar podía alojarlos. Más tarde, en el año 1844, como empecé a trabajar (como capellán) en la Obra Pía del Refugio, fui a vivir allí. Pero aquellos maravillosos jóvenes seguían acudiendo al nuevo lugar, ansiosos de recibir instrucción religiosa. Fue en esa época en la que nosotros, el Dr. Juan Bo­rel, don (Sebastián) Pacciotti y yo mismo juntamente, presentamos una solicitud a su Excelencia el Sr. Arzobispo de permiso para cambiar una de nuestras habita­ciones en oratorio,55 y nos autorizó a hacerlo. Allí se enseñaba catecismo, se oían confesiones y se celebraba la Santa Misa para los mencionados jóvenes.

Pero, como su número creció hasta el punto de que los locales no podían ya alo­jarlos, nosotros solicitamos a las ilustrísimas autoridades de la ciudad el permiso para recolocar nuestro programa de catequesis en la iglesia de San Martín, cerca­na a los molinos de la ciudad, y su respuesta fue favorable. Allí, acudían muchos jóvenes, y con frecuencia excedían los doscientos cincuenta.


52 En toda la carta, «programa de catequesis» traduce el italiano «catecismo», por el que Don Bosco casi con seguridad, quiere significar el «Oratorio» como tal. En otras palabras, él habla del Oratorio como un «programa de instrucción religiosa».

33 Esta última frase parece suponer que Cavour estaba sobreaviso de la instrucción catequé-
tica en el Oratorio y la aprobaba.


34 Como esta carta fue escrita en 1846, «hace tres años», esa sería la fecha de los comienzos
del programa de catequesis (oratorio) en 1843. Más adelante en esta carta, Don Bosco, de nuevo,
habla de «tres años». Esto puede suponer que 1843 fue el año en que el grupo que se reuma en
San Francisco de Asís, adquirió consistencia y llegó a ser considerado como obra de Don Bosco.


55 Este «oratorio», con el significado de «capilla» estaba en el Hospitalito, aunque los ca-
pellanes vivían en el
Refugio. El uso de la palabra «oratorio» y las actividades que se describen
en conexión con ella, manifiestan esencialmente el impulso religioso de las actividades de Don
Bosco.


56 La administración de los molinos había presentado la queja de que «los chicos bajo la di-
rección del Rev. don Borel (... estaban) causando problemas y molestias, manchando además el
lugar»
(Epistolario I Motto, 68). Los dos síndicos que estaban a las órdenes del magistrado se en-
contraban al cargo de un área de gobierno y administración.


Resultó que los síndicos de la ciudad nos avisaron de que a principios de ene­ro, nuestras clases de catecismo deberían retirarse de esa iglesia a otro lugar. No se dieron las razones de tal orden.56 Como resultado, nosotros nos encontramos con serios dilemas, porque sería una pena grande interrumpir el buen trabajo que

habíamos empezado. Solamente su Excelencia el Conde (José María Provana di) Collegno, después de haber hablado con Vd., nos dio ánimos para continuar.

Durante el invierno, el programa de catequesis se realizaba, algunas veces en nuestra casa, otras veces en alguna habitación alquilada.57 Finalmente, al princi­pio de esta semana, empezamos a negociar con el Sr (Francisco) Pinardi por un lugar.58

Convinimos en la suma de doscientos ochenta francos por una amplia sala ca­paz de usarse como «oratorio» con otras dos habitaciones y una franja de terreno adyacente.59 Pensamos que este local será apropiado para nuestro propósito; pri­mero por su proximidad al Refugio, luego por su situación, lejos de cualquier igle­sia, pero suficientemente cercano a varias casas. Lo que necesitamos conocer es si es aceptable para Vd., desde el punto de vista de la vecindad y de una más amplia comunidad.

La finalidad de este programa de catequesis es reunir a los muchachos que, abandonados a sí mismos, no asistirían a la instrucción religiosa en ninguna igle­sia los domingos y días festivos. Nosotros los animamos, acercándonos a ellos de modo amigable, dándoles la bienvenida con palabras amables, promesas, regalos y cosas así. Los principios que siguen son básicos para nuestra enseñanza: 1) apre­cio por el trabajo; 2) la recepción regular de los sacramentos; 3) respeto por toda autoridad superior; y 4) evitar las malas compañías.

Estos principios, que nosotros, con ingenio, tratamos de inculcar en el corazón de los jóvenes han producido maravillosos resultados. Durante tres años, más de veinte entraron en la vida religiosa, seis están estudiando latín con vistas a la vo­cación sacerdotal y muchos otros han cambiado para mejor y ahora acuden a sus propias parroquias. Este es un gran resultado si se considera el tipo de muchachos que, aunque por lo general, tienen de diez a dieciséis años de edad, están faltos de educación, tanto religiosa como secular.

De hecho, la mayoría ha sucumbido al mal y está en peligro de ser problema público o de ser llevada a correccionales.

Usted es una persona de buen corazón, y toma en serio todo lo que pueda con­tribuir al bien común de la sociedad. Por esta razón, pido su protección para nues­tros esfuerzos. Como usted puede muy bien ver, las ganancias no son en absoluto nuestra motivación. Nuestro solo fin es ganar almas para el Señor.




37 Estas serían las habitaciones arrendadas en la casa de Moretta.

58 Esta carta fue escrita el viernes, 13 de marzo. Por tanto, estas negociaciones sobre el co-
bertizo de Pinardi tuvieron lugar entre el domingo, 8 de marzo, y el jueves, 12 de marzo. En sus
Memorias, no obstante, Don Bosco pone una fecha y un escenario diferentes (MO, 122, nota 210).

59 No hay mención aquí del famoso «cobertizo Pinardi». Don Bosco concuerda con el con-
trato original de arriendo, firmado el 1 de abril de 1846, que hace mención de una «gran habita-
ción con otras dos habitaciones y una franja de terreno adyacente»
(Epistolario I Motto, 68). El
material de referencia, no obstante, es sobre el cobertizo Pinardi.


El coste que debemos afrontar para adecuar todo lo que requiere el lugar es grande.

El conde Collegno, gratamente mencionado antes, ha ofrecido su generosa ayu­da. Además, nos ha concedido permiso para mencionar el hecho a Vuestra Exce­lencia; después de lo cual, él mismo le explicará el asunto con detalle.

Si desea hablar conmigo o con mis colegas, estamos a su disposición; en ver­dad, estaríamos deseosos de servirle.

Le ruego tome a bien la libertad que me he tomado, y le deseo a Vd. todas las bendiciones del Señor. Con mis sentimientos de la más alta estima y del mayor res­peto, tengo el gran honor de profesarme el más humilde obediente servidor de su Excelencia,

Padre Juan Bosco,

Director Espiritual del Refugio


Anotado por Cavour para su secretario: «Respuesta. He hablado con su Ex­celencia el muy Reverendo Arzobispo y con el conde Colegno60 y estoy de acuer­do en que, sin ninguna duda, se puede ganar mucho con un programa de cate­quesis. Me será grato ver a Rvd. padre Don Bosco en mi oficina el lunes, 30 de marzo, a las 2 p. m.

26 de marzo Benso de Cavour».



CARTA DE LA MARQUESA BAROLO AL PADRE BOREL61

limo, y Rev. Sr. Teólogo:

Después de una entrevista que he tenido con Don Cafasso, creo debo dar a us­ted una explicación. Prefiero hacerlo por escrito, mejor que de palabra; sobre to­do porque cuando tengo el honor de hablar con usted, no me permite expresarle el aprecio que tengo a su persona y mi admiración por su virtud, juntamente con mi agradecimiento por los cuidados que con tanto celo se ha tomado y continúa tomándose por mis Obras. Cuando el Hospitalillo vino a aumentar el número de éstas, creímos que era necesario nombrar un capellán para dicho hospital.


60 El conde José Mana Provana di Colegno (1785-1854) era cercano al rey Carlos Alberto y su
gobierno. Fue también amigo de Don Bosco y del Oratorio.


61 En ASC A099ss, Persone, Barolo. MBe H", 348.

62 De acuerdo con esta afirmación, fue el teólogo Borel quien tomó la iniciativa de que se nom-
brara a Don Bosco capellán del Pequeño Hospital, y la Marquesa no había conocido a Don Bos-
co antes. Por tanto, presumiblemente, el teólogo Borel consultó a Don Cafasso y este llevó ade-
lante su propuesta, según se describe en las MO, 86.


En nadie mejor que en usted podía yo poner mi confianza. Usted eligió al ópti­mo Don Bosco y me lo presentó. Me gustó también a mí, desde el primer momen­to, y encontré en él aquel aire de recogimiento y de sencillez propios de las almas santas62. Nuestro conocimiento empezó en otoño de 1844, cuando el Hospitalillo no podía abrirse y, en efecto, no se abrió hasta agosto de 1845. Pero el deseo de ase­gurar la adquisición de un sujeto tan «bueno», hizo que se anticipara su entrada

con el estipendio de su empleo. Pocas semanas después de establecerse en su com­pañía, M. R. Sr. Teólogo, lo mismo la Superiora del Refugio como yo, observamos que su salud no le permitía ningún esfuerzo. Recordará usted cuántas veces le re­comendé que se cuidara de él y lo dejara descansar, etc. Él no me hacía caso; de­cía que los sacerdotes debían trabajar, etc.

La salud de Don Bosco empeoró hasta mi partida para Roma. Seguía traba­jando y esputaba sangre. Fue entonces cuando recibí una carta de usted, señor Teólogo, en la que me decía que Don Bosco no estaba en condiciones de desem­peñar el cargo que se le había confiado. Yo respondí enseguida que estaba dispuesta a continuar dando a Don Bosco su estipendio, a condición de que no se ocupara de nada: y sigo dispuesta a cumplir mi palabra. ¿Cree usted, señor Teólogo, que no es hacer nada el confesar, el hablar con centenares de muchachos? Yo creo que es­to perjudica a Don Bosco y creo que es necesario vaya lejos de Turín, para no can­sar de este modo sus pulmones. Porque cuando estaba en Gassino, los muchachos iban a confesarse con él y él les volvía a llevar a Turín.

Su caridad, señor Teólogo, es tan grande que seguramente me estoy merecien­do la opinión desfavorable que de mí tiene, dándome claramente a conocer que yo quiero impedir la enseñanza del catecismo, que se imparte los domingos a los mu­chachos, y los cuidados que se toma de ellos durante la semana. Creo que la obra es óptima en sí y digna de las personas que la han emprendido; pero creo por mi parte que la salud de Don Bosco no le permite continuarla, y por otra, que la reu­nión de estos muchachos, que antes esperaban a su director a la puerta del Refu­gio y ahora lo esperan a la puerta del Hospital, no es conveniente.

Sin hablar de lo sucedido en el pasado, en lo cual está totalmente de acuerdo conmigo el M. Rdo. Sr. Durando,63 diré solamente lo que sucedió ayer mismo. Me avisó la Superiora del Hospital que entró, con la familia de una enferma, cierta mu­chacha de mala vida, salida del Refugio por no ajustarse a las normas, y que venía con ella la madre de otra hija del Refugio de la que había sido separada su hija por consejo del párroco de la Anunciación. Las dos fueron despedidas por mí.

Pocos momentos antes me había encontrado yo a la puerta del Hospitalillo con un grupo de muchachos y al preguntarles qué hacían allí, me respondieron que es­peraban a Don Bosco. Había entre ellos algunos bastante mayores. Así que aque­lla muchacha de mala vida y la mujer despachada del Hospitalito, que estaban bas­tante enfadadas, pasaron por en medio de estos muchachos. ¿Y si ésta hubiera dicho algo de su oficio a los discípulos de Don Bosco?




63 El P. Marcos Antonio Durando era el Visitador (Provincial) de los Sacerdotes de la Misión (Paúles). Era altamente considerado como predicador, maestro de retiros y confesor.

Resumiendo: Io Apruebo y alabo la obra de la instrucción a los muchachos, pe­ro encuentro expuesta a peligro la reunión a la puerta de mis establecimientos, da­da la clase de personas que en ellos se encuentran. 2o Como creo en conciencia que el pecho de Don Bosco necesita de reposo absoluto, no seguiré dándole el peque­ño estipendio, que él quiere agradecerme, si no es a condición de que se aleje de Turín, para evitar la ocasión de dañar gravemente su salud, por la cual me intere­so mucho, dado lo mucho que le estimo.

Yo sé, M. Rdo. Sr. Teólogo, que no andamos de acuerdo en estos puntos: si no atendiera a la voz de mi conciencia, estaría bien dispuesta, como siempre, a so­meterme a su opinión.

Repito mi testimonio de inmutable veneración y profundo respeto con el que tengo el honor de profesarme.

De V. S. Lima, y Rvdma. 18 de mayo de 1846

Atentísima servidora Marquesa Barolo, nacida Colbert



INSTRUCCIÓN CATEQUÉTICA EN EL ORATORIO DE DON BOSCO

Al hablar del trabajo de Don Bosco en el Oratorio, no se puede dejar de señalar la importancia que daba a la instrucción religiosa. El verdadero «Oratorio» sugiere un lugar para rezar donde el culto, la instrucción religiosa era la razón central. Cuando encontró tal lugar, pudo decir a sus muchachos que el Oratorio tema su hogar, a pesar de que todo lo que había era un cobertizo para la capilla y una pe­queña franja de terreno: «¡Ánimo, hijos míos!, ya tenemos un Oratorio más esta­ble que en el pasado; tendremos iglesia, sacristía, locales para clases y terreno de juego»;64 en estas palabras aparece ya lo que se conocerá como «modelo oratorio».


La instrucción catequética, una prioridad en el Oratorio de Don Bosco

La mención de una «iglesia» y unas «clases» indica el propósito catequético del Oratorio. Tenemos, además, la declaración de Don Bosco de que «el Oratorio en sus comienzos fue simplemente una catequesis».65 Hay que recordar el primer com­promiso de Don Bosco con los jóvenes «pobres y abandonados» tuvo lugar a raíz de las lecciones de catecismo que Don Cafasso mantenía en la iglesia de San Fran­cisco de Asís. Se debe tener presente, también, la mención de encuentro con Ga­relli, que concluyó con una lección de catecismo.66

Estas afirmaciones expresan la prioridad de Don Bosco por la instrucción reli­giosa como la esencia de la obra del Oratorio. La obra de Don Bosco tuvo una fi­nalidad educativa desde el principio. Don Bosco concebía la educación, en cuan­to desarrollo de la persona, sólo como guía doctrinal y moral que proporciona la fe y la ética católicas. Por ende, hay que señalar que, históricamente, la instrucción catequética fue la actividad central en el primer Oratorio de Don Bosco.


64 MO, 122.

65 Memorándum dirigido a Mons. Pedro Ferré de Cásale (1868). Cf. MBe LX, 68.

66 MO, 89.

Así es como la marquesa Barolo habla del Oratorio en su carta al teólogo Bo­rel: «Ustedes me han acusado de estar contra la enseñanza religiosa que estos mu­chachos reciben todos los domingos, y contra los cuidados que Don Bosco les de­

dica durante la semana. Por el contrario...». En el Resumen Histórico de 1862, Don Bosco describe las actividades de los domingos:



Por la mañana, los que quieren confesarse tienen la oportunidad de hacerlo; luego hay misa, seguida de una narración de un hecho de la Biblia o de la His­toria de la Iglesia, o por una explicación del Evangelio del día; luego, recreo. Por la tarde, tenemos instrucción de catequesis por clases. Vísperas, una bre­ve instrucción desde el pulpito, Bendición del Santísimo Sacramento, seguido del recreo normal.67

Don Bosco da una explicación similar de las actividades del Oratorio en sus Me­morias.^

Tal vez la primera amplia declaración sobre la finalidad catequética del Orato­rio sea la carta de Don Bosco del 13 de marzo de 1846 al marqués Miguel Benso de Cavour, vicario de la ciudad de Turín. En esa carta, describe en la práctica el Oratorio en términos de instrucción de catequesis de los jóvenes abandonados. No se puede pensar que el énfasis sobre la instrucción de catequesis fuera simplemente parte de una estrategia diseñada para atenuar los temores del Magistrado. No es­taba jugando con los sentimientos del Magistrado; tenia la certeza de que, como católico y representante de un rey católico, no se opondría a un «programa para la instrucción de los pobres muchachos en la fe católica». Era un hecho: la instruc­ción religiosa era una prioridad en el Oratorio de Don Bosco. Una parte de la car­ta afirma:

El papel que vuestra Excelencia desempeña en todo lo que se refiere al bien pú­blico, tanto en lo cívico como moral, me lleva a esperar que acepte el informe so­bre un programa de catequesis que hemos empezado. Como su finalidad es el bien de los jóvenes, Vd. mismo ha mostrado en numerosas ocasiones, su favor y ayuda. Este programa empezó hace tres años [...]. Allí se enseñaba catecismo, se oían confesiones y se celebraba la misa [...]. La finalidad de este programa de ca­tequesis es reunir a los muchachos que, abandonados a sí mismos, no asistirían a la instrucción religiosa en ninguna iglesia los domingos y días festivos.69

La apostilla del Magistrado a la carta, con instrucciones para su secretario, ex­presa el mismo conocimiento: «Estoy de acuerdo en que, sin duda ninguna, se pue­de ganar mucho con un programa de catequesis».




67 Cenni storici de 1862. Sección «Comentarios generales».

68 MO, 111 (un domingo normal).

69 El programa de catequesis es la traducción de «catecismo» en italiano, por el que Don Bos-
co casi con seguridad, quiere decir el Oratorio como tal. En otras palabras, él habla del Oratorio
como «un programa de instrucción religiosa».


70 De los escritos de Don Bosco se tratará en capítulos posteriores.

La mayoría de los primeros escritos de Don Bosco tienen una finalidad cate­quética, además de apologética: la Historia Eclesiástica (1849), la Historia Sagrada (1847), Amigo de la Juventud (1847, 1851), Avisos a los Católicos (1850, 1851) y el Católico Instando en su religión (1853).70 La actividad estrictamente catequética del Oratorio se continuó con diversas modalidades de clases (dominicales, diarias

y nocturnas) que Don Bosco había ido montando para responder a las necesida­des de los jóvenes. Todas eran parte de un programa comprensivo de instrucción y educación religiosas.71

Años más tarde, cuando las autoridades eclesiásticas de Turín pedían que los candidatos salesianos al sacerdocio estudiaran y residieran en el seminario dioce­sano, Don Bosco objetó, entre otras razones, que eran necesarios en casa para lle­var las clases de catecismo. Escribió al cardenal Felipe de Angelis sobre la petición del arzobispo Riccardi: «Si permito que mis estudiantes clérigos residan en el se­minario [...]. ¿Dónde encontraré los cien y más maestros que enseñen catecismo en otras tantas clases?».72
El catecismo usado en el Oratorio

Vista la prioridad dada a la instrucción religiosa en el Oratorio, parece apropiado tratar brevemente del catecismo usado, y de la idea de Don Bosco de cómo debe­ría ser en contenido y estilo el catecismo para jóvenes.

El arzobispo Luis Fransoni en 1846 publicó ün catecismo diocesano para jóve­nes, Catecismo Breve para niños.13 Este catecismo estaba basado en el antiguo Com­pendio de la doctrina cristiana.74 Estos eran los catecismos que Don Bosco usaba en los oratorios: el Compedio, hasta 1846, y el Breve Catecismo para Niños, después de 1846.

El más antiguo Compendio diocesano tenía estas secciones:



  1. Oraciones diarias y devociones.

  2. Un pequeño catecismo para niños de preparación para la Confesión y la Pri­mera Comunión.

  3. Un catecismo intermedio para jóvenes que hubieran hecho la Primera Co­munión.

  4. Un catecismo más amplio para adultos.

  5. Instrucciones para actos de fe, esperanza, caridad y contrición.


71 Se ha de notar que las clases nocturnas para lectura básica, mencionadas antes en cone-
xión con la estancia del Oratorio en la Institución de la marquesa Barolo, teman por objeto el dar
a los jóvenes los medios para su posterior educación religiosa, y como herramienta de lectura.


72 Don Bosco al cardenal De Angelis, 9 de enero de 1868, en Epistolario U Motto, 479.

73 Breve catecismo per li fanciulli che si dispongono alia confessione e prima conmnione e per
tutti quelli che hanno da imparare gli elementi della dottrina ciistiana, ad uso della diócesi di Tori-
no
(Breve catecismo para niños que se preparan para la confesión y la primera comunión y para
todos aquellos que han de aprender los elementos de la doctrina cristiana, según se usa en la dió-
cesis de Turín), Torino, Tip. e Libr. Canfari, 1846.


74 Compendio della Dottrina cristiana ad uso della Diócesi di Torino (Compendio de la doctri-
na cristiana para uso en la diócesis de Turín), Torino: Libr. Giovanni Battista Binelli, sin fecha.


Básicamente, sólo las dos primeras secciones se usarían para la instrucción de catequesis de los jóvenes del Oratorio. El Catecismo Breve del arzobispo Fransoni de 1846, que era apto para la instrucción religiosa básica, sólo contema las dos pri­meras secciones del antiguo Sumario, revisado considerablemente y puesto al día:

  1. La primera sección, que contenía las oraciones diarias y las devociones, ser­vía como un tipo de «liturgia personal» en la tradición católica piamontesa. Este ejercicio fue diseñado para consagrar el día entero a Dios en unión con Cristo y la Virgen María, desde levantarse a acostarse.

  2. La segunda sección contenía el catecismo básico en forma de preguntas y respuestas. Estaba dividido en 14 lecciones, precedidas de una lección pre­liminar sin número, con un total de 329 preguntas.


Propuesta de Don Bosco para un Catecismo más sencillo

Don Bosco, que desde 1846 usaba el Breve Catecismo para Niños diocesano, lo en­contraba demasiado largo y difícil para la preparación de los sacramentos. Por eso, en 1855 sometió al canónigo Alejandro Vogliotti de la Cancillería una versión re­visada y abreviada del Breve Catecismo diocesano, que lo haría más asequible pa­ra niños en conceptos y lenguaje.

El Canónigo lo revisó, pero siguió sin publicarse. El manuscrito se titulaba: Bre­ve catehismo pei fanciulli ad uso della Diócesi di Torino» (Breve catecismo para los niños en uso en la diócesis de Turín).75 Don Bosco simplificó la sección primera re­duciéndola a las oraciones de la mañana y de la noche. Añadió una segunda sec­ción: una pequeña historia sagrada, pues consideraba que el catecismo diocesano era demasiado doctrinal y no suficientemente bíblico.76 Finalmente, simplificó am­pliamente el propio catecismo reduciéndolo a nueve lecciones y 79 preguntas.
Líneas-guía para la instrucción catequética en los Oratorios

Las Memorias Biográficas traen un conjunto de «Instrucciones que repetidamente dio Don Bosco a los hermanos antes de 1870 para la dirección de los muchachos». En ellas hay una sección con el título de «Reglas para las clases dominicales de ca­tecismo». Estas normas, se cree, representan las líneas-guía para la instrucción re­ligiosa, dadas por Don Bosco a los catequistas en el primer Oratorio. Estas eran:



73 Este breve catecismo ha sido publicado por Pietro Braido, Roma, LAS, 1979.

76 Breve catechismo pei fanciulli che si dispongono alia confessione e prima comunione e per tutti quelli che hanno da imparare gli elementi della dottrina cristiana, ad uso della Diócesi di Tori­no: G. Bosco, Maniera facile per imparare la storia sacra ad uso del popólo cristiano, en Lecturas Católicas 3, 10 y 25 de marzo, Torino, Paravia, 1855. Ver el texto en OE, año 1855.


  1. Explicar el catecismo breve.

  2. No perderse en disertaciones o ejemplos. Se trata de instruir a los mucha­chos en la ciencia de la salvación. El tiempo de la catequesis es breve; por tanto, empléese en explicar palabra por palabra las respuestas. El mover los afectos toca al predicador. No nos dejemos arrastrar por la pequeña vanidad de hacernos alabar. El Señor nos pedirá cuenta de si hemos instruido a los muchachos y no, si los hemos divertido.

  3. No apartarse nunca del catecismo para hacer ostentación de ciencia teoló­gica. Explicarlo fielmente a la letra. Los muchachos no entienden ciertos ra-

Capítulo XVIII
LA REVOLUCIÓN LIBERAL

Y EL RISORGIMENTO ITALIANO

(1848-1849)

Antes de continuar exponiendo la historia del Oratorio tras su establecimien­to en casa Pinardi, Valdocco, parece oportuno recordar los turbulentos suce­sos ocurridos en los años cuarenta del siglo xlx. Aunque nuestro interés se cen­tre en la escena italiana, lo aquí acontecido no era más que parte y efecto de una agitación política más amplia y dramática que afectaba a toda Europa.


1. Hacia la Revolución liberal de 1848

'La Joven Italia' y el ideal republicano de Mazzini

José Mazzini (1805-1872) era el fundador de la Asociación La Joven Italia, una de las fuerzas políticas más poderosa en la Italia del Risorgimento. Según los estatutos por él redactados, la Asociación era «una hermandad de italianos que creen en la ley del progreso y el deber, y están convencidos de que Italia está destinada a ser una nación». Los medios con los que se conseguirían esos fi­nes serían «la educación y la insurrección que se debían asumir al mismo tiem­po». La expulsión de los odiados austríacos era requisito previo; pero la gue­rra la debía realizar el pueblo de Italia para Italia. Ninguna confianza se debía poner en la ayuda extranjera o en los dirigentes de las dinastías regionales. De­bía abandonarse la idea federalista. Mazzini era un «demócrata republicano» y su agrupación, La Joven Italia, surgía para educar al pueblo italiano en ese ideal político; una vez que se alcanzara la unidad nacional, se dejaría elegir al pueblo la forma específica de gobierno por medio del sufragio universal.

El programa político de Mazzini se extendió como fuego descontrolado en­tre los jóvenes idealistas italianos; y surgieron a lo largo y lo ancho de la pe-
Capítulo XVIII
LA REVOLUCIÓN LIBERAL

Y EL RISORGIMENTO ITALIANO

(1848-1849)

Antes de continuar exponiendo la historia del Oratorio tras su establecimien­to en casa Pinardi, Valdocco, parece oportuno recordar los turbulentos suce­sos ocurridos en los años cuarenta del siglo xrx. Aunque nuestro interés se cen­tre en la escena italiana, lo aquí acontecido no era más que parte y efecto de una agitación política más amplia y dramática que afectaba a toda Europa.


1. Hacia la Revolución liberal de 1848

'La Joven Italia' y el ideal republicano de Mazzini

José Mazzini (1805-1872) era el fundador de la Asociación La Joven Italia, una de las fuerzas políticas más poderosa en la Italia del Risorgimento. Según los estatutos por él redactados, la Asociación era «una hermandad de italianos que creen en la ley del progreso y el deber, y están convencidos de que Italia está destinada a ser una nación». Los medios con los que se conseguirían esos fi­nes serían «la educación y la insurrección que se debían asumir al mismo tiem­po». La expulsión de los odiados austríacos era requisito previo; pero la gue­rra la debía realizar el pueblo de Italia para Italia. Ninguna confianza se debía poner en la ayuda extranjera o en los dirigentes de las dinastías regionales. De­bía abatídonarse la idea federalista. Mazzini era un «demócrata republicano» y su agrupación, La Joven Italia, surgía para educar al pueblo italiano en ese ideal político; una vez que se alcanzara la unidad nacional, se dejaría elegir al pueblo la forma específica de gobierno por medio del sufragio universal.

El programa político de Mazzini se extendió como fuego descontrolado en­tre los jóvenes idealistas italianos; y surgieron a lo largo y lo ancho dé la pe­

nínsula grupos de La Joven Italia. El ideal republicano de Mazzini era una fuer­za con que contar; pero otros liberales de los estados regionales italianos te­nían ideas distintas respecto a la unificación de Italia. Buscando, ciertamente, la independencia de Italia y cierta clase de unidad política, pero no por los mé­todos que defendía Mazzini y La Joven Italia. Algunos proponían una federa­ción de estados regionales bajo el liderazgo del Papa; otros, miraban hacia Pia­monte y la Casa de Saboya.1


Vicente Gioberti (1801-1852)

Quienes postulaban al Papa como líder eran llamados partido neogüelfo.2 Los neogüelfos esperaban que el Papa se pusiera al frente del movimiento patrió­tico, arrimado por la exigencia y ejemplo de la reforma liberal en los Estados regionales, y los uniera en una federación italiana bajo su presidencia. El por­tavoz de este proyecto político era el sacerdote Vicente Gioberti, que, como otros filósofos políticos (Balbo, D'Azeglio, Cavour, etc.), era piamontés y sub­dito del rey Carlos Alberto.

Nacido en Turín en 1801, Gioberti estudió para sacerdote y se ordenó en 1825. Fue nombrado capellán del rey Carlos Alberto, pero se implicó profun­damente en los movimientos políticos. En 1833, la época del intento revolu­cionario de Mazzini, fue arrestado acusado de conspiración por defender una Italia unida. Estuvo encarcelado brevemente; aunque nunca fue juzgado, se exilió. Pasó los quince años siguientes en París y Bruselas. En Bruselas publi­có en 1843 su famoso, e influyente, libro La primacía moral y civil de los italia­nos (Ilprimato moróle e civile degli itáliani). Marcos Minghetti, primer minis­tro de la Italia Unida en los años 1860 y los 1870, en sus Memorias remarca el significado de esta obra:


1 Cf. J. A. R. Marriott, Makers of Modem Italy [...], Oxford, University Press, 1931,57-59.

2 El nombre nos retrotrae a una de las dos facciones que existió en la Italia medieval y en Eu­ropa durante las luchas entre el imperio y el papado (siglo xn y xm). Los güelfos, apoyaban los derechos del Papa frente al Emperador. La otra facción, los Gibelinos, apoyaban tradicionalmente al Emperador. La palabra güelfo se deriva Welf, nombre de una familia alemana. La palabra gi-belino deriva de Waiblingen, el nombre de una propiedad perteneciente a los emperadores Ho-henstauffen.


El libro parecía a algunos una extravagancia, a otros, una revelación [...]. Su objetivo era probar que Italia, aunque no enteramente reconocida por las naciones extranjeras, reuma en sí misma todas las condiciones para el resurgimiento moral y político. Para llevar esto a cabo, no había necesi­dad de revoluciones o de modelos o intervenciones extranjeras. La unidad e independencia se podrían alcanzar con una Confederación de los varios estados bajo la presidencia del Papa; mientras que la libertad se podría conseguir con reformas internas, llevadas a cabo por los diversos Prínci­pes de cada Estado.3

Tal proclama era, en realidad, una convocatoria a despertar, pero el pueblo no estaba acostumbrado a considerase «italiano» o parte de una Italia unida. Gioberti había sobrestimado la voluntad o la capacidad del gobernador regio­nal para activar las reformas. Y aunque la elección de Pío LX en el año 1846 y sus reformas iniciales parecían justificar el optimismo de Gioberti, mientras Metternich gobernara Italia desde Viena, no se podrían conseguir ni la inde­pendencia ni la libertad.

Como había percibido Mazzini, la expulsión de los austríacos era el primer paso esencial. No obstante, la argumentación patriótica de Gioberti procla­maba que «Italia sola tenía las cualidades necesarias para llegar a ser líder de las naciones, y que estaba en sus manos el recuperar esa posición».4

Pío LX, su actitud en los acontecimientos del 1848-1849, hizo añicos el sue­ño de Gioberti y la postura neogüelfa se desvaneció. Gioberti mismo, después de haber sido amnistiado por el rey Carlos Alberto en 1846, volvió a Turín en 1848; ejerció brevemente de Primer Ministro bajo la nueva Constitución y, du­rante un breve período, de Ministro en el gabinete de Víctor Manuel II. Final­mente se le confió una misión en París, donde murió en 1854.5


El conde César Balbo (1779-1853)

Más práctico, con mayor claridad en la visión política y con no menos entu­siasmo que Gioberti, era el conde César Balbo, descendiente de una noble fa­milia piamontesa. Desde 1808 a 1814 sirvió en diversos puestos y lugares bajo Napoleón; durante la Restauración, habiendo entrado a formar parte del ejér­cito piamontés, trabajó principalmente en misiones diplomáticas en Londres y París. Sospechoso de conspiración en la insurrección de los carbonarios de 1821, abandonó el ejército, huyó a Francia y, durante un tiempo, hasta 1826, vivió en el exilio. A su vuelta a Turín, no ejerció cargos políticos, pero escribió varias obras importantes: Historia de Italia bajo los bárbaros (1830), Vida de Dante (1839), Meditaciones históricas (1842), Sobre las esperanzas de Italia (1844) y Cartas de política y literatura impresas y no impresas (1847).


4 J. A. R. Marriott, Makers of Modem Italy, 61.

5 J. A. R. Marriott, Makers of Modem Italy, 62. En su último libro Sobre la renovación civil de Italia (Del rinnovamento civile d'Italia. 1851), trata los problemas relacionados con la renovación moral y civil de la sociedad italiana.

6 George Mar™, Tlie Red Shirt and the Cross of Savoy, New York, Dodd, Mead & Co, 1969, 273.

Se ganó así el reconocimiento como filósofo político, hombre de Estado y patriota. Fue nombrado Primer Ministro bajo la nueva Constitución, en 1848. Desde entonces, hasta su muerte en 1853, colaboró con Camilo Benso de Ca­vour en el periódico 77 Risorgimento, que fue publicado por vez primera el 15 de diciembre de 1847. El título «más adelante, resultaría totalmente proféti-co».6 Su obra más importante y justamente famosa, Sobre las esperanzas de Ita­lia, se publicó en París en 1843.

Como Gioberti, Balbo pensaba en la Italia unificada como una federación de estados regionales; una federación era la única solución política posible7. Como Mazzini, se dio cuenta de que no había solución política factible mien­tras los austríacos no fueran expulsados de Italia. Con una visión política ex­cepcional, creía que el Imperio Otomano en los Balcanes estaba a punto de des­hacerse, y que el Imperio austríaco buscaría encontrar allí compensación, por lo que aflojaría su presión sobre Italia. Un ejército italiano podría entrar en ac­ción entonces.


Máximo Tapareíli d'Azeglio (1798-1866)

Nació en Turín de una noble familia piamontesa. Vivió allí durante varios años y estudió pintura, un arte en el que llegó a ser eminente. Después de la muer­te de su padre en 1834, marchó a Milán y vivió en esa ciudad «austríaca» du­rante doce años. Allí se casó con la hija del escritor liberal Alejandro Manzoni, tras lo cual se dedicó decididamente a la literatura, sobre todo de carácter po­lítico. En 1845, emprendió un viaje extraoficial por los Estados Pontificios y las Legaciones (los Estados Pontificios más al norte). Con sus aparejos de pin­tor para no suscitar sospechas, viajó de «contacto» en «contacto» de manera encubierta. Su misión era advertir a los revolucionarios que aguardaran su tiempo y que pensaran en Carlos Alberto como soberano.

Producto de estos viajes fue un corto, pero significativo, libro en el que des­cribe de primera mano, las atrocidades que siguieron a la fallida insurrección de Pedro Renzi en Rimini, en septiembre de 1845. El libro, en realidad un ver­dadero panfleto, apareció en Florencia en 1846 con el título Gli ultimi casi di Romagna (Los últimos casos de Romaña). Hacía una excelente descripción de la brutalidad de la represión y enfatizaba la incompetencia y corrupción del gobierno en las Legaciones papales (Romagna). Minghetti escribe sobre el sig­nificado del libro de d'Azeglio:


7 «Si Balbo pensaba en Roma o en Turín como procedencia del presidente de esta Federación, es un tema discutido; tan velado y prudente fue su llamamiento» (J. A. R. Marriott, Makers of Modem Italy, 62). Por otra parte, otros historiadores (tales como G. Martín, The Red Shirt 273) creen que él pensaba en Turín y en la Casa de Saboya, más que en Roma y el Papado. «Como leal subdito de Carlos Alberto, él pensaba en su rey, más que en el Papa, para liderar cualquier confederación futura».


Los «casos de Romaña» fue la primera exposición práctica de un programa que exigía sustituir la discusión de los asuntos de Italia de las sociedades se­cretas y los complots, por una discusión pública, pacífica, seria y valiente. El libro condenaba la insurrección de Rimini por imprudente, ineficaz, desas­trosa; pero al mismo tiempo, descubría con claridad los peligros de gobier­no eclesiástico.8

A pesar de su inmediata supresión, el panfleto se leyó por toda Italia. D'Aze­glio, expulsado de Toscana, volvió a Turín, donde llegó a ser una de las mayo­res fuerzas políticas por su participación en el Gobierno y por sus ulteriores es­critos políticos. Mis Recuerdos, publicados después de su muerte en 1867, ofrecen una visión retrospectiva de una carrera política destacable.




Aunque D'Azeglio no toma postura sobre la regulación definitiva del orden político de la Italia unida, parece que se inclinaba más por una monarquía par­lamentaria que por una federación. Pensaba que una Italia unida no se podría conseguir sin la cooperación papal. Pero respecto al liderazgo del Risorgimen­to italiano, no dirigía su mirada a Roma, como hizo Gioberti, sino a Piamon­te. Recibió, de hecho, la promesa del rey Carlos Alberto, cuando éste fue in­formado sobre la misión de exploración por los Estados Pontificios: «Que estén seguros de que, cuando llegue el momento, mi vida, las vidas de mis hijos, mi espada, mis recursos, mi ejército, todo será empleado en la causa de Italia».9

El papa Pío IX (1846-1878)


9 G. Martin, Hie Red Sltiit, 258.



El cónclave que siguió a la muerte de Gregorio XVI en 1846 actuó rápidamen­te para obviar la intervención de Metternich y eligió al cardenal Juan María Mastai Ferretti, arzobispo de Imola de 54 años de edad, que tomó el nombre de Pío LX. Su largo pontificado como Papa, 32 años, fue sin duda el más me­morable y fecundo de los tiempos modernos. Por las reformas que instauró en su diócesis, llegó a la Sede de Pedro con la reputación de reformador liberal. Su elección fue saludada con entusiasmo por los liberales italianos, aunque no fuera liberal en sentido político alguno. En sus primeros años de pontificado,

inició, no obstante, reformas importantes porque vio la necesidad de enmen­dar errores pasados y porque deseaba conseguir que sus dominios fueran hon­rada y eficientemente administrados. El gobierno de Roma y de los Estados Pontificios estaba totalmente en manos de eclesiásticos; era inepto y corrupto. Los procedimientos de los tribunales de justicia eran absolutamente medieva­les. No había control sobre la inmoralidad, el Hbertinaje y la mendicidad. La prensa sufría estricta censura.

El Papa nombró al liberal' cardenal Gizzi, Secretario de Estado, y se ini­ciaron reformas importantes. Se ofreció la amnistía a los prisioneros políticos y se permitió la vuelta de los exiliados. Se concedieron derechos civiles a los ju­díos. Se permitió, por primera vez, la publicación de periódicos extraoficiales. Un mes más tarde, el Papa estableció la Consulta, una especie de Senado, for­mado casi en exclusiva por laicos, que serían nombrados por su distrito res­pectivo. En junio del mismo año, el Papa nombró un Consejo de Ministros, to­dos eclesiásticos, y en julio, creó la Guardia Cívica.10 Estas reformas escanclalizaron e hicieron sufrir a los eclesiásticos reaccionarios. No obstante, el Papa siguió adelante con sus reformas: aprobó la creación de un Gobierno autónomo mu­nicipal en Roma (octubre de 1847) y luego, de acuerdo con la Consulta, desa­rrolló y publicó un amplio plan de reformas.

Las acciones del Papa movieron al canciller austríaco Metternich a tomar medidas «preventivas». Reforzó la guarnición austríaca de Ferrara, una de las Legaciones papales, a pesar de las protestas del Legado Papal. Duplicó la fuer­za de ocupación austríaca en las regiones lombardo-vénetas e, intuyendo los signos de los sucesos recientes, avisó a los estados regionales italianos que no hicieran concesiones al Hberalismo, fueran radicales o moderadas, ya que to­dos los liberales eran proclives a la Revolución. Y al tiempo que mantenía un estricto dominio sobre Ferrara, amenazaba a Toscana, a Piamonte y a la mis­ma Roma con la intervención austríaca.



2. El año de la Revolución - La I Guerra de Piamonte contra Austria (1848-1849)

En vísperas de la revolución de 1848, el fermento de las ideas y el ansia de li­bertades hervían por toda Italia. La situación era curiosa, paradójica incluso. Por una parte, el Papa era pionero de las reformas que le ganaron la reputa­ción de liberal; por otra, Austria amenazaba con intei^enir contra el Papa, al que se había comprometido defender.


La Guardia Cuica era una fuerza de policía, distinta de la policía del Estado y de la militar.

Toscana, donde era muy alto el descontento económico y político, siguió el ejemplo del Papa. En 1847, el Gran Duque permitió alguna libertad de prensa y creó la Guardia Cívica; prometió instaurar un Consejo de Estado según el mo­

délo de la Consulta romana. Módena y Parma estaban demasiado bajo el es­trecho control de Austria como para poder hacer algún cambio liberal. En el sur, los movimientos liberales en Sicilia fueron fácilmente reprimidos y la Uni­versidad de Nápoles fue clausurada.

En Lombardía y Venecia, en los Estados Pontificios, en Toscana y en Pia­monte, las reformas despertaron un nuevo espíritu y desafiaron el dominio de Austria. La Constitución no estaba todavía vigente, pero los gobiernos roma­no y toscano no eran ya rígidamente autocráticos. Se liberalizó la prensa que daba a conocer los agravios y se permitió al pueblo enrolarse en la Guardia Cí­vica para defender las libertades civiles.

En Piamonte, las reformas del Papa encendieron el tímido liberalismo de Carlos Alberto. Se había mantenido indeciso durante diecisiete años, que le ha­bían merecido el mote de «Rey Vacilante» (Re Tentenna). Ahora decidió, por fin, unir su fuerza a la de los patriotas y hacer una declaración pública en una carta dirigida al Congreso Agrícola que se había reunido en Cásale, el 7 de sep­tiembre de 1847, y al Congreso Científico que tendría lugar en Génova una se­mana después. El Rey escribió de forma un tanto grandilocuente:

Austria ha declarado su intención de retener Ferrara [...]. Si la Providen­cia nos llama a una guerra por la independencia de Italia, yo montaré en mi caballo y con mis hijos marcharé a la cabeza de mi ejército [...]. Glo­rioso será el día en que podamos lanzar el grito de guerra por la indepen­dencia de Italia.11

Nunca antes Carlos Alberto había aludido a la posibilidad de una guerra con Austria. Sus palabras levantaron el más amplio entusiasmo entre los delega­dos que habían .llegado de todas partes de Italia. El Congreso de Cásale res­pondió pidiendo que el Rey encabezara el movimiento italiano como «espada de Italia» y se levantara contra Austria. Promesas de cooperación llegaban de todas partes y de todas las clases sociales. Antes de acabar el año, Metternich cedió a la presión, acuciado en particular por Inglaterra, y el 16 de diciembre de 1847 retiraba las tropas austríacas de Ferrara.


La extensión de las revoluciones en 1848 y el fin de la era Metternich

Metternich había sabido «leer los signos de los tiempos»; anticipó que 1848 se­ría un año decisivo. El año se abrió con la Revuelta del Tabaco que irrumpió en Milán a principios de enero. Fue una huelga diseñada para cortar los im­puestos de Austria por la venta de tabaco; eso llevó a represiones sangrientas en las que se perdieron muchas vidas. Era sólo la primera de las numerosas in­surrecciones que iban a seguir en el transcurso del año. Gran significado tuvo

la revolución del 22-26 de febrero en París (1848), el golpe que derribó a Luis Felipe, de la Casa de Borbón-Orleans, e inauguró la corta LX República.12

En Italia, 1848 fue el año en que Piamonte desafió a Austria en la I Guerra de la Independencia, y en el que todos los Estados italianos tuvieron que en­frentarse a revueltas y creciente presión por formas de gobierno más libres.

En Palermo, el reino de Sicilia, estalló una revolución el 12 de enéro. En fe­brero el estallido se produjo en Nápoles, Roma y Turín. En marzo estalló la re­volución en Milán y Venecia, las dos regiones directamente sometidas a Aus­tria. El 22 de marzo se proclamó la República de Venecia con Daniel Manin como Presidente.13

Fuera de Francia e Italia, las insurrecciones de los liberales vieneses en mar­zo produjeron la caída y la huida de Metternich. Al mismo tiempo, la revolu­ción de Berlín y la revuelta magiar en Hungría consiguieron las libertades ci­viles y algunas reformas políticas.

Estos sucesos parecían justificar la creencia de Mazzini de que la hora de la liberación y unificación había llegado, anunciando un nuevo mundo repu­blicano. No llegó a producirse. Las insurrecciones en Italia no fueron un es­fuerzo concertado asumido por consenso mutuo. Eran, más bien, revueltas re­gionales de las clases medias y grupos de obreros reunidos por miembros de la nobleza progresista. Las revoluciones exigían específicamente gobiernos constitucionales, mayor gobierno y libertades civiles en las regiones. En el nor­te y el sur tenían como objetivo la liberación del dominio de Austria o de los Borbones y la unificación de Italia.


12 Luis Felipe de Orleans había sido elevado al trono en la revolución de 1830-1831, que de-
rribó a Carlos X, el monarca de la Restauración. La II República duró poco, ya que en 1852, por
un golpe de Estado, Luis Napoleón (1808-1873) fue proclamado emperador de Francia con el
nombre de Napoleón III. Era sobrino de Napoleón I, hijo del hermano de Napoleón I, Luis y Hor-
tensia de Beauharnais.


13 Daniel Manin y Niccoló Tommaseo habían sido arrestados por la policía austríaca y en-
carcelados el 18 de enero por sospechosos de actividades revolucionarias, pero como Milán se es-
taba preparando para luchar contra los austríacos, la ciudadanía de Venecia se levantó en masa
el 17 de marzo, y liberó a todos los prisioneros políticos.


14 Se habían acabado los días del canciller Metternich. En el curso de una larga y brillante ca-
rrera, desde el Congreso de Viena (1814), había intentado con bastante éxito, frenar las fuerzas
del liberalismo y la revolución. Ahora, su régimen estaba deshaciéndose. Políticamente, las na-
ciones súbditas sufrieron la expansión del espíritu de la revolución; la administración austríaca
había perdido su poder sobre ellas. Económicamente, las finanzas del Imperio no tenían base.
La revolución del febrero francés proporcionó el ejemplo y los incentivos. Básicamente, el fallo
del sistema se debió a la incapacidad o a la desgana de Metternich de ir con los tiempos.


Este era el caso específico de Lombardía. La señal para la acción había si­do la noticia, llegada desde Venecia, de que el pueblo se había levantado con­tra el Gobierno en la capital austríaca y otras partes del Imperio austríaco, y que Metternich había huido del país y no volvería nunca más.14 La noticia lle­gó primero a Milán desde Viena, el 17 de marzo; los milaneses se dieron cuen­ta de que había llegado el momento propicio. La insurrección sería conocida

como «Los Cinco Días de Milán». Los austríacos, bajo el mando del Mariscal Radetzky, fueron expulsados y se retiraron al «Cuadrilátero».15

Mientras tanto en Turín, el rey Carlos Alberto aguardaba su oportunidad, pero la perdió permitiendo reagruparse a los austríacos. Con todo, y a pesar de la deficiente preparación militar, declaró la guerra a Austria.
Las Constituciones de 1848

Sicilia se había alzado el 12 de enero de 1848 pidiendo la autonomía admi­nistrativa de Nápoles y la Constitución (española) de 1812. La revuelta se ex­tendió a Nápoles, donde el rey Fernando se enfrentó a la demanda de una Constitución, que se vio forzado a conceder el 10 de febrero. Una semana des­pués, Toscana consiguió también su Constitución. El 4 de marzo, Carlos Al­berto, sucumbiendo a la presión pública y a la insistencia del periódico del conde Camilo Cavour, II Risorgimento, aceptó la Constitución, que llamó Sta-tuto, evitando el término más democrático: fue la única Constitución de 1848 que perduraría.16

Pío LX también sucumbió ante el movimiento que, repentinamente, había conquistado la mayor parte de Italia. El 15 de marzo reconoció un Statuto semejante. Las Constituciones de 1848, con la excepción del Statuto de Car­los Alberto, eran provisionales. Pero comportaron un reconocimiento gene­ral de los principios constitucionales y desbarataron el programa más drás­tico de los republicanos de Mazzini y de los demócratas. Estas constituciones básicas introdujeron a los Estados italianos en un tipo de hacer política que había adoptado Francia en la Revolución de 1830, pero que iba a desechar con la Revolución de febrero de 1848, que destronó a la monarquía Orleans y estableció la II República.


15 El «Cuadrilátero» consistía en cuatro ciudades fortificadas: Peschiera, Mantua, Legnano y
Verona. Dominaban el valle de Mincio y el río Adigio, así como también las rías militares hacia
el paso Brennero y hacia Austria.


16 El Statuto de Carlos Alberto permaneció como constitución básica en la monarquía en Ita-
lia hasta la caída de la monarquía en 1946, a la que siguió una constitución republicana.


Los Estatutos establecían las salvaguardias elementales de la libertad indi­vidual y política, la seguridad de la persona y de la propiedad, el derecho de pe­tición, prensa libre, así como la responsabilidad ministerial, el control parla­mentario de los impuestos y el establecimiento de una guardia ciudadana o nacional. En cada Estado, también en Piamonte, la Iglesia mantenía sus privi­legios y exenciones, y el derecho de sufragio excluía a las clases obreras. Por el momento, no obstante, la agitación constitucional se dio por satisfecha. Aho­ra, pues, el movimiento patriótico se podía concentrar en el desafío a Austria, con la esperanza de que conseguiría la independencia. Lombardía, que estaba bajo administración austríaca, dio la orden de guerra.

«Los Cinco Días de Milán» (18-22 de marzo de 1848)

Milán sufría aún la represión que había seguido a la «revuelta del tabaco», pe­ro recuperó ánimo con el progreso de los movimientos constitucionales. El éxi­to de la Revolución de febrero de París, el levantamiento de Viena (13 de mar­zo) que echó del poder al reaccionario Metternich y consiguió la Constitución, puso la base para la revolución en Milán. Carlos Alberto recibió la petición de auxilio con la advertencia de que, si no respondía a la llamada, Milán procla­maría la República. Con el fin de evitarla revolución, Viena anunció concesio­nes del emperador por medio de carteles públicos: libertad de prensa, Asam­blea de Estados...17

La noticia de que Metternich había huido de Viena a Inglaterra, donde se juntó con otros reaccionarios en el exilio, se supo en Milán el 17 de marzo. La revuelta estaba planeada para el día siguiente. Sin esperar a Carlos Alberto, que estaba retardando su respuesta, los liberales milaneses lanzaron su arriesgado ataque a la poderosa guarnición austríaca. Del 18 al 22 de marzo el combate se extendió a las calles. Los austríacos fueron expulsados no sin abundante de­rramamiento de sangre.

Al mismo tiempo, se levantó Venecia. Los prisioneros políticos fueron libe­rados y se restauró la antigua República. Voluntarios de todas partes se unie­ron a Lombardía-Venecia: un destacamento de 12.000 voluntarios de los Esta­dos Pontificios, un destacamento de regulares de Nápoles, voluntarios de Florencia, Parma y Módena. Desde todos los rincones de Italia se urgía al rey Carlos Alberto de Piamonte-Cerdeña a encabezar la lucha por la independen­cia. Cavour escribió en su periódico II Risorgimento: «Ha llegado el momento supremo para la monarquía sarda».


Carlos Alberto y la I Guerra de la Independencia

No sin vacilaciones, Carlos Alberto decidió entrar en la guerra el 22 de marzo. Tres días después, su ejército penetraba en Lombardía. La guerra terminó por ser ineficaz en su conducción y desalentadora por su resultado. Radetzky man­tuvo su posición, atrincherado en el Cuadrilátero hasta que le llegaron refuer­zos. Carlos Alberto alcanzó un pequeño éxito contra Peschiera, una de las ciu­dades del Cuadrilátero, que cayó en sus manos el 30 de mayo. Pero fue su última conquista. La falta de coordinación, mala dirección bélica y las defecciones de los que se esperaban que se unieran a la guerra, les llevaron a la derrota.




17 «Estados» significa una asamblea organizada de los representantes de los diversos estratos
de la sociedad.


18 Alocución papal es un comunicado dirigido a los cardenales en consistorio privado sobre
un asunto importante; a veces incluye las relaciones internacionales en la política de la Santa Se-


No mucho después de que Carlos Alberto declarara la guerra a Austria, Pío LX hizo pública su postura en su famosa alocución, el 29 de abril de 1848.18 El

Papa no era amigo de Austria ciertamente, pero el riesgo de un cisma, el mie­do de perder la Romagna y la oposición a unirse a la guerra contra un país ca­tólico, motivaron su decisión de retirarse de la causa. No se uniría a la coali­ción contra Austria, aunque no impediría a sus súbditos que entraran en el conflicto como voluntarios bajo su propia responsabilidad.

En una afirmación central de la alocución, el Papa explicaba por qué no se podía unir a la guerra: «Ello es, porque Nos, aunque indignos, estamos en la tierra como representante de Aquel que es el Autor de la paz y el Amante de ca­ridad. Por ende, de acuerdo con el deber de nuestro supremo mandato apos­tólico, Nos acogemos y abrazamos a todas las razas, pueblos y naciones» [.. .].19

La Alocución enfureció prácticamente a todos. Al día siguiente de su publi­cación, los representantes piamonteses y toscanos fueron recibidos por el Papa; pero Pío LX, aunque simpatizaba con la causa italiana, mantuvo su postura con firmeza. Que sinceramente deseaba la liberación de Italia lo prueba el hecho de que, en una carta del 2 de marzo de 1848, urgió al emperador de Austria a reco­nocer a Italia como nación. Pero el pueblo italiano no apreció la distinción que hacía Pío LX entre el papado y los otros gobernantes. Con su alocución del 29 de abril y su clara declaración sobre la guerra, parecía que el Papa abandonaba las aspiraciones de Italia y se desentendía del sueño de la federación giielfa.

El rey Fernando de Nápoles siguió con gusto el ejemplo de Pío LX. Se reti­ró de la causa de la independencia italiana. Los republicano-demócratas de Mazzini, que intentaron tomar Nápoles, fueron derrotados en guerrillas urba­nas y el rey revocó todas las libertades concedidas con anterioridad, incluyen­do la misma Constitución. Nápoles se perdió para la causa patriótica. Sicilia fue duramente castigada por secesión y las tropas y la flota fueron retiradas.

En Roma, la reacción fue violenta. Pío LX tuvo que huir de la ciudad, don­de se declaró la República Romana.


La derrota de Carlos Alberto - El armisticio de Vigevano (9 de agosto de 1848)


de. En este caso, la alocución trató de la participación por parte de los Estados Pontificios en la primera guerra de independencia contra Austria. Pío IX da las razones por las que rehusa tomar parte en el conflicto. En las Memorias Biográficas no se hace referencia a esta importante decla­ración papal.

19 G. Martin, Tlte Red Shirt, 314.

Después de su éxito inicial contra Peschiera, Carlos Alberto no aprovechó la ventaja. No se podía contar con Nápoles en la causa de la unificación italiana, pero Parma, Módena y Milán determinaron unirse con Piamonte. Venecia, a pesar de su constitución republicana, siguió el ejemplo de Milán. Así y todo, Carlos Alberto no confiaba en su ejército mal conformado, compuesto en su mayoría por voluntarios, y temió el poder de Austria. Su indecisión le llevó a la derrota; con él, a la de los patriotas de Lombardía-Venecia.

Entretanto, llegaron refuerzos de Austria. Radetzky entró en batalla con fuerzas superiores y mejor mando militar, cuando en julio se reanudó la cam­paña. Derrotado en Custoza (24-25 julio), Carlos Alberto volvió a acosar a Mi­lán, pero no pudo mantener el sitio. Así que entregó Milán a Radetzky el 6 de agosto y se retiró a Piamonte. El 9 de agosto, el Rey concertó un armisticio en Vigevano que restauraba el statu quo.

Lombardía volvió de nuevo a Austria. Venecia prolongó su resistencia du­rante un año más. Piamonte se salvó de la ocupación de Austria, aunque sólo fuera por el miedo a una intervención de Francia.

La desafortunada campaña militar produjo en toda Italia una profunda de­cepción. Suscitó una reacción contra los liberales moderados, bajo cuyos auspi­cios se había llevado la campaña. Y echó por tierra los gobiernos liberales mo­derados que habían surgido en los estados regionales del centro y norte de Italia. En concreto, el armisticio de Vigevano constituyó un momento decisivo; después de la derrota, Piamonte no podía cumplir por sí solo el compromiso liberador, que se había empezado sin muchas ganas. De ahí que tanto Milán como Turín se mclinaran por pedir ayuda a Francia, por más improbable que fuera lograrla por entonces. Fue una época de debilidad e incertidumbre. Los demócratas y re­publicanos de Mazzini vieron su oporttrnidad. En la última mitad de 1848, pre­sionaron en todas partes para alcanzar el control, también en Piamonte, ya que Carlos Alberto estaba buscando desesperadamente cualquier ayuda disponible. En Toscana obligaron al Gran Duque a poner un ministro democrático.


Asesinato de De Rossi (1848) y la República Romana (1849)

En la crisis que siguió a la Alocución del Papa del 29 de abril de 1848 se produ­jeron airadas revueltas en las calles de Roma. Como la situación se iba deterio­rando, los demócratas presionaron a Pío LX para que aceptara a su jefe, el con­de Terencio Mamiani della Rovere, como su Primer Ministro. Los ministros del Papa renunciaron y Pío LX, para aquietar a la oposición, aceptó el nuevo gobierno. El alboroto en Roma continuaba y algunos países se alarmaron. En agosto, el go­bierno británico envió un barco ofreciéndose a recoger al Papa para salvarlo. Pe­ro Pío LX determinó permanecer en Roma. Como las condiciones empeoraban, el ministro Mamiani dimitió. La muchedumbre continuó amotinada en Roma y cuando el 8 de agosto los austríacos atacaron Bolonia (una Legación de los Es­tados del Papa) en represión por la participación de los voluntarios papales en la guerra, el pueblo pidió una declaración de guerra contra Austria.




20 Pellegrino Rossi, aunque era italiano, había sido profesor universitario en Francia. En 1845 el gobierno francés lo envió a Roma para negociar la supresión de los jesuitas en Francia. Se pre-

Como respuesta, el Papa decretó el final del gobierno democrático. Retra­só la convocatoria de las Cámaras y nombró ministro al conservador Pellegri-no Rossi. El 15 de noviembre, cuando se iban a abrir las Cámaras, Rossi fue asesinado20. El 16 de noviembre, el Papa tuvo que enfrentarse a la petición de

un ministro democrático, que debería convocar una Asamblea constituyente y declarar la guerra a Austria. Sería presidido por don Antonio Rosmini-Servati como presidente, y de nuevo Terencio Mamiani como ministro de Asuntos Ex­teriores. Rosmini lo rechazó al momento.

Como la situación empeoraba, el 24 de noviembre, Pío LX, disfrazado de simple cura, huyó de Roma y se refugió en Gaeta. Ciudad fortaleza situada en­tre Roma y Nápoles, bajo la protección de rey Fernando de Nápoles. Casi de inmediato, el Gran Duque Leopoldo de Toscana fue expulsado de Florencia y se reunió en Gaeta con el Papa. Se formó en Florencia un gobierno democrá­tico provisional. Daba la impresión de que casi toda la Italia central quedaba bajo el control de los republicanos.

En Roma, las Cámaras eligieron un Comité Supremo de Estado que reunió inmediatamente una Asamblea Constituyente, elegida por sufragio universal, para diseñar la nueva constitución de los Estados Pontificios. Mazzini llegó rá­pidamente desde Inglaterra, se le declaró ciudadano romano y fue elegido pa­ra la Asamblea constituyente. Aprovechando la «abdicación papal» (así inter­pretó Mazzini su huida), la Asamblea constituyente abolió el poder temporal del Papa, y el 9 de febrero 1849 proclamó la República de Roma, al tiempo que Mazzini presionaba a la Asamblea para que declarara la guerra a Austria.

Al denunciar Carlos Alberto el armisticio de Vigevano el 12 de marzo de 1849 y reanudar la guerra contra Austria, Mazzini convocó a la guerra contra Austria cada vez más insistentemente. Ni siquiera la rápida y completa victo­ria de Austria sobre Piamonte, el 25 de marzo, cambió la postura de Mazzini. Pensaba que una declaración de guerra mostraría al país que lo que no pudo hacer la Monarquía, lo haría la República.

Cuando llegó a Roma la noticia de la derrota de Carlos Alberto, la Asam­blea, creyendo que Austria bajaría hasta Roma y que la guerra sería inevitable, el 30 de marzo, instauró un triunvirato para gobernar la República, con Maz­zini al frente.


Reanudación de la Guerra de Piamonte contra Austria -Derrota de Novara (1849)

sentó a Pío LX como opuesto a los demócratas y a los que se oponían al poder temporal del Pa­pa. Al salir de su coche para abrir el Parlamento que había convocado, un grupo de demócratas le rodeó y lo asesinó.


Después de la derrota a manos de Austria y de haber aceptado sus términos en el armisticio de Vigevano (9 de agosto de 1848), Piamonte mantuvo su gobier­no, una monarquía constitucional. Cuando estalló en Viena una nueva revuel­ta, en octubre de 1848, Carlos Alberto recibió nuevas presiones para que rea­nudara la guerra contra Austria. El establecimiento de la República Romana y la certeza de que Austria intervendría exigía una acción rápida. Pero Carlos Al­berto no pudo encontrar aliados. Luis Napoleón Bonaparte, entonces aún Pre-

sidente de la II República Francesa, quería mterverúr, pero sus ministros no es­taban tan dispuestos.21 Piamonte desafió a Austria en solitario, una aventura gallarda, pero que estaba destinada al fracaso.



El 12 de marzo de 1849, Carlos Alberto denunció el armisticio de Vigevano. Una semana después, avanzó sobre Milán. Sólo Brescia, entre las ciudades de Lombardía, se levantó en su auxilio. Radetzky terminó la guerra con facilidad. Con un movimiento de rodeo, el 23 de marzo de 1849 empezó el ataque a los piamonteses en diversos puntos cerca de Novara (noreste del Piamonte). Se combatió «en una batalla de tres días de guerra». Carlos Alberto fue totalmen­te derrotado y abdicó a favor de su hijo Víctor Manuel II la noche de su derro­ta. A continuación, se exilió voluntariamente y murió en un monasterio de Oporto (Portugal) el 28 de julio de 1849.22


21 Luis Napoleón Bonaparte fue elegido Presidente de la II República Francesa que, estable-
cida en 1848, expulsó a Luis Felipe de Orleans. Hacia el 1849 se las arregló para terminar con la
II República y hacerse consagrar emperador, Napoleón III.


22 El cuerpo de Carlos Alberto volvió a Turín el 13 de octubre, fue honrado con un solemne
funeral y enterrado en la cripta real de la Basílica de Superga.



El primer acto del rey Víctor Manuel II, nuevo soberano de Piamonte, fue firmar un armisticio. Éste exigía la retirada del Piamonte de las tropas y la flo­ta del Adriático, mantener una guarnición mixta austrosarda en Alessandria y el pago de una indemnización de 3.000.000 de esterlinas a Austria.

La victoria de Austria la confirmó como poder dominante en Italia. No so­lamente sometió Lombardía-Venecia, sino que Toscana, Parma y Módena vie­ron que se restauraba su anterior gobierno y se abolía su constitución. Aunque derrotado, no obstante, Piamonte, único entre todos los estados italianos, se mantuvo firme. Ni siquiera la oferta austríaca de renunciar o reducir la enor­me deuda de guerra fue capaz de inducir al rey Víctor Manuel II a rescindir el Statuto (constitución) de su padre.


Luis Napoleón Bonaparte y Roma -

La caída de la República Romana y la reinstauración de Pío LX

La República Romana y sus irreales esperanzas de una Italia unificada esta­ban condenadas al fracaso. Se enfrentaba con la certeza de una intervención en favor de Pío LX. Austria, Francia y Nápoles se comprometían a asegurar la restauración del Papa. Francia se dio cuenta de que, permitir a Austria plena libertad de intervención, colocaría de nuevo a Italia entera bajo el control de Austria. Luis Napoleón por tanto, decidió intervenir.

La opinión pública francesa estaba de acuerdo con la intervención en favor del Papa. Aunque el Parlamento sólo le autorizó establecer una guarnición en Italia, como advertencia a Austria, Luis Napoleón no tuvo escrúpulos en ampliar el uso de la fuerza de que disponía. El 24 de abril de 1849, el general Nicolás-Car­los Oudinot, al mando del ejército francés, desembarcó en Civitavecchia, puerto a corta distancia al norte de Roma. Exigió enseguida la supresión de la Repúbli­ca Romana, al tiempo que sus tropas ocupaban la ciudad y reponían al Papa.


23 José Garibaldi (1807-1882) participó por vez primera en una acción müitar en Italia en 1848 en la I Guerra de la Independencia, al frente de un batallón de voluntarios; ahora lucha­ba por la defensa de la República Romana. Huyendo de Roma y de los franceses, Garibaldi y sus hombres marcharon hacia el norte pretendiendo encontrar descanso en Venecia, que aún estaba bajo el cerco de los austríacos. No obstante, el grupo, muy reducido en número por las deserciones, fue interceptado y dispersado por un contingente austríaco cerca de San Marino. Garibaldi, con apenas 250 hombres, consiguió embarcarse en unas pequeñas barcazas hacia Venecia, pero los barcos de la flota austríaca del Adriático se deshicieron de ellos. Anita, la es­posa de Garibaldi, que siempre le había acompañado, murió de malaria en los pantanos al sur de Rávena. Garibaldi sobrevivió; perseguido por los austríacos, consiguió escapar a Génova. Allí fue arrestado en septiembre (1849) y condenado al exilio. No pudiendo ser admitido en Tú­nez, se estableció en Cerdeña.

La República determinó resistir. El 30 de abril, Oudinot fue rechazado cuan­do intentaba tomar la ciudad. José Garibaldi y sus voluntarios lucharon en la vanguardia. Oudinot, después de recibir refuerzos, atacó de nuevo en junio y, tras un duro bombardeo, entró en la ciudad. Mazzini dimitió, mientras Gari­baldi y unos cuatro mil soldados que habían luchado a sus órdenes lograron huir.23 El 14 de julio, Oudinot proclamó la restauración del poder temporal del Papa. En el mes de abril de 1850, Pío LX volvió a Roma. Luis Napoleón le acon­sejó que concediera una amnistía, que pusiera en manos de laicos su adminis­

tración, que adoptara el código civil napoleónico y continuara las reformas li­berales. Pío LX, alertado por su triste experiencia, pensó que no debía ser dé­bil; el consejo del Emperador cayó en el vacío.


Capitulación de Venecia

Después de la derrota del Piamonte, Austria reclamó Lombardía y Venecia y la hegemonía en Italia. Pero la ciudad de Venecia se mantuvo aún bajo el gobierno de Daniel Manin, presidente y heroico defensor de la República. En abril de 1849, Austria la sitió, pero la ciudad resistió hasta agosto. Cayó por fin, el 27 de agosto de 1849, derrotada por el hambre y el cólera, y por las bombas que caían sobre la ciudad desde unos globos (¡). Daniel Manin se exilió en París, donde murió en 1857.


3. Perspectivas políticas después de 1849

Piamonte seguía estando solo. Era el único Estado italiano en el que se podía confiar para luchar por la independencia. Los Borbones, en el sur, habían de­mostrado su ineficacia. La postura católica del Papa le impedía su participa­ción. Los demás soberanos regionales estaban bajo la influencia de Austria di­recta o indirectamente. Piamonte y la Casa de Saboya, por el contrario, durante la tregua de los 10 años que siguieron (1849-1859), fueron considerados líde­res del movimiento nacional. Y Piamonte volvería a intentarlo. Pero no podía llevar a cabo solo el movimiento nacional. La intervención de Francia, que ha­bía conseguido deshacerse de la República Romana y restaurar al Papa, apor­taba una nueva dimensión a la lucha por la independencia y la vinificación de Italia. Fue una lección que no despreció Cavour, el futuro Primer Ministro, que por entonces estaba subiendo los peldaños del liderazgo político.

Aún se debería tener en cuenta a Mazzini, Garibaldi y demás republicano-demócratas radicales, el republicanismo había perdido su papel como cons­tructor de la unidad de Italia. Ese papel iba a asumirlo con decisión Piamonte, con la ayuda del emperador francés, Napoleón Bonaparte UI. El rey Víctor Ma­nuel LX, el Primer Ministro conde Camilo Benso de Cavour, e incluso Garibaldi, serían los protagonistas en el drama de la unificación italiana (1859-1961).

Después de 1849, al ser un Estado regional Ubre en Italia, Piamonte se con­virtió en el asilo de refugiados políticos procedentes de otros Estados. Fueron miles en número, entre ellos algunos de los más profundos pensadores de Ita­lia, cuya influencia en los años 1849-1859 fue decisiva para preparar el cami­no hacia la Revolución liberal y el Risorgimento. Los años cincuenta fueron un período de preparación, de actividad intelectual y de crecimiento económico e industrial en Piamonte. El futuro de Italia dependía del Piamonte, de sus ins­tituciones liberales y de sus estadistas, siendo Cavour, sin duda, la personali­dad más decisiva.



Apéndice

NOTA BIOGRÁFICA DEL PAPA PÍO IX (1792-1878)

Juan María Mastai-Ferretti nació el 13 de mayo de 1792. Fue elegido Papa con el nombre de Pío LX el 16 de junio de 1846. Murió el 7 de febrero de 1878.

Nacido en Senigallia, en la costa adriática. Juan María padeció epilepsia de ni­ño, una enfermedad que le impidió seguir su primera vocación, el ejército. Se di­ce que se hizo sacerdote por indicación de Pío VII, que le ordenó en el año 1819. Su rudimentaria educación en Viterbo y Roma, poco más amplia que la de los es­tudios clericales, apenas le permitieron abrirse al mundo de artistas y científicos. Recién ordenado, acompañó a Mons. Muzi en una misión diplomática en Perú y Chile. Su ascenso en la jerarquía fue rápido, sin llegar a ser meteórico; fue sucesi­vamente nombrado Arzobispo de Spoleto (1827), Obispo de Imola (1832) y Car­denal en 1840.

Cuando fue elegido Papa en 1846, a la edad de cincuenta y tres años, y tras un cónclave de sólo dos días, tenía fama de liberal. Había simpatizado con las aspi­raciones nacionalistas aunque mantenía los criterios tradicionales sobre los Esta­dos Pontificios. Ayudado por su Secretario de Estado, el cardenal liberal Pascual Gizzi, fomentó importantes reformas políticas y sociales: la creación de una asam­blea consultiva, un Consejo de ministros y el pleno Gobierno municipal para Ro­ma. En marzo de 1848, Pío LX estableció una constitución a los Estados Pontifi­cios, por vez primera en su historia. Dentro de ciertos límites, se concedió libertad de prensa, se introdujeron el ferrocarril y el gas, y se instauraron reformas en la agricultura y en la educación.

A finales de 1848 la situación cambió radicalmente. Pío LX rehusó apoyar la Guerra de Piamonte contra Austria, una negativa que irritó a la opinión naciona­lista italiana. Asesinado su Primer Ministro, se vio forzado a huir al destierro en Gaeta, tras la revolución que surgió en los territorios papales y que desembocó en el establecimiento de la República Romana de Mazzini (1849). Pío LX se había ya enfrentado resueltamente al liberalismo en todas sus formas. Lo demostró con el nombramiento del Secretario de Estado, el cardenal Santiago Antonelli, un ultra­conservador.

La República Romana terminó con la intervención francesa. Pío LX volvió a Ro­ma en abril de 1850. Pero los problemas políticos del Papa no acabaron. A princi­pios y a mediados de los años cincuenta, continuó la secularización de la vida ita­liana; se cerraron conventos y monasterios; se decretaron leyes contra la Iglesia. En los años 1859-1860, durante y después de la II Guerra de Independencia italia­na, a pesar de las medidas tomadas por su ministro de Guerra, Xavier de Merode,

la mayoría de los Estados Pontificios se habían rebelado, fueron invadidos y ane­xionados por Piamonte y pasaron a formar parte de la Italia unificada. El anticle­ricalismo configuró la vida de las regiones que antes habían sido gobernadas por el Papa.

José Garibaldi fue el mayor impulsor de la unificación de Italia por medio de la conquista del reino de Nápoles y Sicilia en 1860. Sus continuos ataques contra Roma, todavía bajo el gobierno papal, fueron rechazados por las tropas francesas. El emperador Napoleón ILI era en esta época el único valedor de la independencia política papal. Con la mejor intención y contra el consejo que le llegaba desde nu­merosos ámbitos, el Papa no supo aceptar las nuevas realidades políticas.

La encíclica Quanta Cura de 1864, a la que se unió el Syllabus Errorum (con­dena de ochenta proposiciones) declaraba el rechazo de Pío LX de las modernas ideas secularistas y liberales. Esos documentos denotaban el intento del Papa de reafirmar la primacía de la autoridad social y espiritual de la Iglesia, al perder su autoridad política, ante el avance del liberalismo.

Más tarde, en febrero de 1868, se enfrentará con el pensamiento político impe­rante con el Decreto Non expedit, donde prohibía a los católicos participar en los asuntos políticos italianos.

En septiembre de 1870, tras la derrota de Francia en la guerra franco-prusia­na, el ejército italiano ocupó Roma, mientras se celebraba el Concilio Vaticano I. Lo que quedaba de los Estados Papales fue anexionado a Italia por un referendo. Roma pasó a ser la capital de Italia, lo que significó el fin del poder temporal del Papa. Pío LX rechazó la Ley de Garantías y todas las propuestas del gobierno ita­liano y se retiró a un «confinamiento» autoimpuesto en el Vaticano.

Al final de su poder temporal, se produjo un asombroso crecimiento de la im­portancia del papado en la vida de la Iglesia. En 1854 Pío LX había definido el dog­ma de la Inmaculada Concepción; en 1863 se habían reunido con el Papa, obispos procedentes de todo el mundo para celebrar la canonización de los Mártires Japo­neses y de nuevo, en 1867 para celebrar el XVLTI Centenario de San Pedro y San Pablo. Después, vino la definición de la infaMbihdad del Papa en el Concilio Vati­cano I. A partir de aquí se va afianzando la autoridad y el papel del Papado en la vida espiritual de la Iglesia y crece la dependencia de los obispos del Papa, como centro de la unidad, de quien se ha afirmado su supremacía en la fe y la moral24.



24 El Concilio Vaticano I (1869-1870) agrandó el ámbito de la autoridad papal muy conside­rablemente. La declaración de la Infalibilidad Pontificia, el 18 de julio de 1870, fue aprobada por una inmensa mayoría: 533 contra 2. No obstante, más de cincuenta y cinco obispos, en su ma­yoría alemanes, franceses y piamonteses, se habían marchado del Concilio antes de que se emi­tiera el voto.


Los últimos años del papado de Pío LX los ensombreció el Kulturkampf en Ale­mania. El canciller Otto Bismark intentó recortar la libertad de la Iglesia expul­sando a los jesuitas, encarcelando a obispos y sacerdotes y promoviendo numero­sas limitaciones en el culto y en la vida católica. Pío LX condenó esta corriente con la encíclica Quod nunquam, del 5 de febrero de 1875.

Pío LX fue sin duda el Papa más importante del siglo xrx. Sus fracasos no en­sombrecieron sus muchos logros. Negoció numerosos concordatos. Un acuerdo con el Imperio Otomano facilitó la creación del Patriarcado Latino de Jerusalén en octubre de 1847. Restableció la jerarquía en Inglaterra (1850) y en Holanda (1853). Encabezó una enorme expansión de la Iglesia en Estados Unidos y en el Imperio británico.

Para promover la piedad, canonizó una cantidad sin precedentes de santos y animó a la devoción del Sagrado Corazón de Jesús. Fundó dos periódicos L'Osser-vatore Romano y el periódico de los jesuitas Civiltá Cattolica, el 6 de abril de 1850, como instrumentos de la política papal antiliberal y de la teología del Primado del Papa. Falló al no comprender la corriente de cambio social y político que surgía en la Europa Occidental; se aferró a las formas tradicionales, que consideraba ín­timamente relacionadas con la religión. Sus desastres políticos y los sufrimientos que tuvo que soportar se interpretaron en la Iglesia Católica como ataques contra la fe católica.

Tras su muerte, el 7 de febrero de 1878, surgieron voces pidiendo su canoniza­ción. Fue beatificado por el papa Juan Pablo II el 3 de septiembre de 2000.

Pío LX es considerado, en la tradición salesiana, como el gran protector de la Congregación Salesiana y honrado como el «Papa de Don Bosco». Hubiera sido muy difícil que la Sociedad Salesiana y las Constituciones hubieran conseguido la aprobación de Roma sin el interés y la favorable intervención de Pío LX. El gran número de cartas que Don Bosco dirigió a Pío LX cuando se hallaba en muchos de sus momentos difíciles, muestran a las claras la devoción personal de Don Bosco por el Papa (Pío LX).

EL STATUTO DEL REY CARLOS ALBERTO

El año 1848 es conocido con frecuencia como «el año de las Revoluciones». Unas cincuenta revueltas, insurrecciones y revoluciones tuvieron lugar en Europa ese año; muchas de ellas en los estados regionales de Italia. El rey Fernando de Nápo­les, el gran duque Leopoldo de Toscana y el papa Pío LX se vieron forzados a con­ceder constituciones a sus respectivos súbditos.

En Piamonte, el rey Carlos Alberto, anticipándose a la revolución, aceptó tales peticiones y concedió un Statuto (Constitución). El arzobispo Fransoni tuvo que dispensarle del voto que había hecho de no ceder a las presiones liberales.

Aunque el Rey mantenía mucho poder, en la práctica, con el Statuto de Carlos Alberto, el Reino de Cerdeña se transformó en una monarquía constitucional. El Parlamento y los ministros, en especial el Primer Ministro Cavour, llegaron a ejer­cer cada vez más poder en la determinación de la política del Estado. El Statuto si­guió siendo la ley de la Italia unida hasta la eliminación de la monarquía y la pro­clamación de la República en 1946.

El Statuto de Carlos Alberto contenía importantes disposiciones. Merecen men­ción algunas:


  • La religión católica seguía siendo la religión del Estado, pero de acuerdo con la ley, se toleraban otras religiones.

  • Había dos cámaras o casas: la Cámara de diputados (elegible) y el Senado (nombrados por el rey). Ellas compartían el poder legislativo con el Rey.

  • Se garantizaba la libertad de la persona, del culto y de prensa.

  • Todos eran iguales ante la ley.

  • La casa de toda persona y la propiedad eran inviolables.

  • Arzobispos y obispos podían ser nombrados miembros del Senado; los se­nadores y diputados no tendrían derecho a ningún sueldo.

Capítulo XIX
PRIMEROS PASOS DEL ORATORIO

Los acontecirnientos de la Revolución de 1848 son el marco histórico global en el que el Oratorio conocerá su afianzamiento y su desarrollo. Fueron tiempos turbulentos que pedían valentía y prudencia, en especial a una persona que te­nía certezas teológicas inamovibles sobre el poder papal, como Don Bosco.


1. Desarrollo del Oratorio de San Francisco de Sales

Situado ya el Oratorio en la propiedad Pinardi en 1846, Don Bosco desarrolló un plan de ampliación sistemática de los locales con vistas a una posterior ex­pansión.1


Adquisición de la casa y del terreno Pinardi (1846-1851)

El contrato Pinardi-Borel para el alquiler del cobertizo se había firmado el 1 de abril de 1846 con una validez de tres años. Poco más tarde, se subarrenda­ron otras tres habitaciones del segundo piso de la casa, por escritura firmada por el Sr. Soave y el teólogo Borel el 5 de junio de 1846. Según Lemoyne,2 Don Bosco tomó en renta una cuarta habitación antes de abandonar Turín en agos­to y marchar a I Becchi para una convalecencia que duró cuatro meses.




1 Sobre las compras y ventas de propiedades de Don Bosco de 1848 a 1884, tal como se re­cogen en la Oficina de Escrituras de la ciudad de Turín, cf. j. Bracco, Don Bosco e l'istituzioni, 145-150.

2 MBe H, 375.

El 3 de noviembre, Don Bosco regresó de I Becchi con su madre. Un mes después, el 1 de diciembre, subarrendó al Sr. Soave toda la casa Pinardi y el te­

treno adyacente por 710 liras anuales (más 59 liras extra), por un tiempo que terminaría el 31 de diciembre de 1848. El Sr. Soave reservó una sección de la primera planta para su negocio de almidón, hasta el 1 de marzo de 1848. Por vez primera, Don Bosco firmó como contratante.3

Cuando expiró el tiempo de renta del Sr. Soave, el teólogo Borel, actuando de nuevo como contratante, lo sustituyó como arrendatario y firmó el al­quiler de la casa y la propiedad con el Sr. Pinardi por 150 liras más al año. El contrato cubría el período del 1 de abril de 1849 al 31 de marzo de 1852. A cau­sa de un asesinato en los locales de la vecina casa Bellezza, el Sr. Pinardi ofre­ció vender la casa y la propiedad a Don Bosco, con la participación del teólo­go Borel, Don Cafasso y don Roberto Murialdo, por 28.000 liras. La escritura se firmó el 19 de febrero de 1851. El Oratorio de San Francisco de Sales que­daba definitivamente asentado en su domicilio permanente.
Comienzos y primeros pasos de la Casa Aneja (1847)

Establecido ya en casa Pinardi (1846), Don Bosco, respondiendo una vez más a una necesidad apremiante, abrió un asilo o residencia juvenil,4 es decir, una casa para los jóvenes necesitados y sin hogar (1847). Seguía el ejemplo de mu­chos santos de tiempos anteriores: san Felipe Neri (1515-1595), san José de Ca-lasanz (1556 -1648), sn Vicente de Paúl (1581-1660), san Juan Bautista de la Salle (1651-1719). También algunos de sus contemporáneos habían respondi­do de manera semejante a las mismas necesidades.5

La provisión de una casa fue un paso de máxima importancia en el desa­rrollo de la obra de Don Bosco. La concebía como expansión del Oratorio; que­ría que fuera un hogar para los chicos realmente más pobres del Oratorio. Ello hace de la casa aneja una institución, si no idéntica, al menos la más cercana a la obra del Oratorio. De hecho, fue su lógica expansión, tanto que, cuando puso esta obra en el texto de las Constituciones por primera vez (1858), Don Bosco escribió:


3 Don Bosco había traído algo de dinero de casa, que consiguió de la venta de un poco de te­rreno (MO, 141), pero eso no llegaba a 769 liras. Se cree que Don Cafasso (y otros que sostenían la obra del Oratorio de Don Bosco) pondrían el resto.

4 El nombre que daba Don Bosco era «Casa annessa airOratorio di San Francesco di Sales» (Casa aneja al Oratorio de San Francisco de Sales, también descrito como Ospizio [Albergue, Hos­picio]).

5 Cf. P. Stella, Vita, 113.


Nos dimos cuenta de que algunos (jóvenes) se encuentran tan abandonados que, a menos que se les proporcione cobijo, cualquier cuidado que se espe­re de ellos sería inútil. Por lo mismo, en cuanto sea posible, se habrán de abrir casas de acogida en las que con los medios que proporcione la divina Providencia se les provea de albergue, alimentos y ropa. Mientras se les ins­

truye en las verdades de la fe, se les iniciará también en algún oficio o arte de trabajo, como se hace al presente en la casa aneja al Oratorio de San Fran­cisco de Sales de esta ciudad.6

La importancia de la casa radica también en el hecho de que, casi desde el principio, fue un espacio en el que el Fundador amplió su experimento en la educación de la juventud, tanto de los aprendices como de los estudiantes, in­cluyendo a los que, con el tiempo, llevarían adelante su propia obra.




Con esta iniciativa, y por medio de ella, «lo que se hizo en el Oratorio de San Francisco de Sales» se convirtió en modelo de la obra salesiana en todas par­tes. Fue así como «la experiencia del Oratorio» llegó a ser normativa.

Inicio de la residencia en Casa Pinardi y sus primeros internos


6 Constituciones de la Sociedad Salesiana (1858), 'El fin de esta Sociedad', artículo 4, en F. Morro, Costituzioni, 74. Un similar intento se expresa en el artículo 2 de las Constituciones de la Sociedad de Caridad a beneficio de los jóvenes huérfanos y abandonados de Turín, fundada por don Cocchi y otros el 1849. Este es el grupo que construyó el «Colegio de los Artesanos» (P. Ste­lla, Spiritualitá 114-115, nota 37).

Una tarde lluviosa de mayo de 1847, según recuerda en sus Memorias, Don Bos­co y Mamá Margarita alojaron a un huérfano de Valsesia de 15 años, que no tenía hogar. Margarita le dio una charla antes de llevarle a la cama. No se cita

el nombre. Don Bosco añade: «Muy pronto tuvimos un compañero para él».7 Según Lemoyne, Don Bosco encontró este segundo muchacho en Corso San Mássimo, también huérfano y sin hogar, llorando mientras apoyaba su cara contra un árbol.8

En el Apunte Histórico de 1854, después de reseñar el alquiler de las habi­taciones anejas en casa Pinardi, Don Bosco continúa describiendo muy breve­mente el inicio de la Residencia: «Dos jovencitos recibieron alojamiento. Eran pobres, huérfanos y sin oficio, ignorantes en materia religiosa. Así es como em­pezó la casa; nunca dejó de crecer».9

Es posible que estos dos muchachos que presenta como los primeros in­ternos de la Residencia sean los mismos que se mencionan en las Memorias; su condición social es la misma. Concuerda también la secuencia de la narra­ción en los dos documentos. Se debe notar, no obstante, que en las Memorias el comienzo verdadero se hace en mayo con un muchacho (el muchacho sin nombre, huérfano de Valsesia), mientras que en el Apunte Histórico de 1854, el comienzo sin fecha tiene lugar con dos chicos.

En el Oratorio, los registros los llevaban ciertos departamentos de la admi­nistración. Algunos libros contienen información referente a los residentes en aquellos primeros tiempos. El primero a tener en cuenta se titula Anágrafe (Re­gistro de familia o población) desde 1847 a 1869.10 Anota los nombres de in­ternos aceptados en Valdocco durante cada año escolar: 2 en 1847, 1 en 1848, 2 en 1849, y así en adelante, hasta 375 en el año 1869. Con la reserva de que «el registro familiar está compilado tardíamente, realizado en 1870 o incluso más tarde», Stella escribe:

En el año 1847 se apuntan en el registro dos muchachos que vienen a rivir en el Oratorio como internos, los dos nacidos en Turín: Felipe Reviglio y Ja­cinto Arnaud. Reviglio, nacido en 1831, entró como estudiante interno el 10 de octubre de 1847, y salió en septiembre de 1858. Se ordenó más tarde de sacerdote y fue párroco de la Iglesia de San Agustín en Turín. Arnaud, naci­do en 1826, entró como interno artesano el 25 de octubre de 1847, y salió el 5 de febrero de 1856. Ninguno de los dos se corresponde con el joven de Val­sesia del que habla Don Bosco [en sus Memorias].11




7 MO, 146.

8 MBe III, 170. Corso San Massimo es ahora Corso Regina Magherita.

9 Apunte Histórico de 1854, párrafo final en el Apéndice más adelante.

10 P. Stella, Economía, 175 lo describe (en 1980) como «el primer libro mayor del primer gru-
po que entró en ASC de la oficina del secretario de la casa salesiana de Valdocco, no catalogado».


11 P. Stella, Economía, 175-176.

Hay que añadir que tampoco estos dos jóvenes se corresponden con los dos que Don Bosco describe en el Apunte Histórico, arriba citado, excepto en el número.

Stella luego alude «a un registro más antiguo, enteramente de mano de Don Bosco, que se titula Fichero doméstico, el cual trae información sobre personas que residían en Valdocco entre los años 1847 y 1853».12 Es un borrador ele­mental en el que Don Bosco anota nombres, fechas, cuotas de pago, expedien­tes referentes a algunos individuos en particular, pero según aparece, ni eran exhaustivos ni estaban en riguroso orden.

La información que Don Bosco ofrece sobre algunas personas que ingresa­ron como residentes en el año 1847, se puede resumir así: 16 de octubre, Ale­jandro Pescarmona, cuota mensual, 55,50 liras; 23 de octubre, don Carlos Pa-lazzolo, cuota mensual 35 liras; del 29 de octubre de 1847 al 20 de febrero de 1848, don Pedro Ponte, cuota mensual 50 liras; 2 de noviembre, el seminaris­ta (Juan Bautista) Bertagna, cuota mensual, 50 liras; 9 de noviembre, «el mu­chacho Luis Parone vino con Don Bosco» (no se anota la cuota). (Siguen las anotaciones de más años).

No está claro lo que representa este «listado doméstico» para el comienzo de la Residencia del Oratorio. Son evidentes ciertos datos. Primero, que en el Oratorio residían otras personas además de los chicos internos: en 1847, dos sacerdotes y un seminarista. Éstos pagaban de ordinario su habitación y alo­jamiento, como también hacían algunos de los chicos. Segundo, que la anota­ción empieza en octubre, no en mayo, fecha en que se dio cobijo al huérfano de Valsesia, según dicen las Memoiias. Tercero, que no es probable que éste sea el registro completo de los muchachos acogidos como residentes, ya que a los dos mencionados aquí, Pescarmona y Parone, se deben añadir los dos men­cionados en el Registro familiar, Reviglio y Arnaud. Además, se sabe que hacia finales de 1847 los jóvenes a «quienes se daba albergue» en la Casa eran 6 o 7, incluyendo un par de estudiantes. Cuarto, y más importante, que a Alejandro Pescarmona no se le llama huérfano de Valsesia, ya que era hijo de Juan B. Pes­carmona, un labrador acomodado, anterior alcalde de Castelnuovo. La pensión y otros asuntos se acordaron en un contrato privado entre el Sr. Pescarmona y Don Bosco.13 El muchacho Luis Parone «que llegó con Don Bosco», indican­do tal vez que era un acto de caridad, no se ha de tener en cuenta, puesto que fue recibido en noviembre, no en mayo.

La descripción de los comienzos de la Casa en los Apuntes Históricos de 1862, aunque sea específica, es lo suficientemente detallada como para ofrecer una alternativa a la relación tradicional. Merece la pena citarla.


12 P. Stella, Economía, 176. Este «registro doméstico» está en ASC A220ss. Cuadernillos-re-
gistro doméstico: el Oratorio del 16-10-1847 al 14-8-1853,1-40: FDB 753 C6-E12. Trascrito en Ste-
lla,
Economía, 559-571.

13 Documento firmado por Don Bosco en ASC 132: contratos autógrafos, Pescarmona, FDB
1099 C8.



La Casa Aneja al Oratorio de San Francisco de Sales. Entre los jóvenes que acudían a este Oratorio, se encontraban algunos que eran tan pobres y aban­donados que todo el cuidado que se les ofreciera habría sido de poca utili­

dad, a menos que se les diera alojamiento en algún lugar y se les suminis­trara alimento y vestido. Nosotros tratamos de suplir esta necesidad con la Casa Aneja, llamada también (simplemente) Oratorio de San Francisco de Sales. Empezamos allí por tomar en renta una pequeña casa en 184714, y pro­porcionar una casa a unos cuantos de los más pobres. Por entonces solían ir a trabajar fuera en diversos sitios de la ciudad, y volvían a la Casa del Ora­torio para comer y dormir. Pero la grave necesidad que se sentía en diversas localidades de la provincia (de Turín) fue la causa de nuestra decisión de am­pliar la admisión también a quienes no acudían al Oratorio de Turín. Una cosa llevó a la otra. Por todas partes, aparecían jóvenes abandonados en ban­dadas. Fue entonces cuando se estableció la regla por la cual se admitirían solamente a los muchachos de entre los doce y dieciocho años, huérfanos de ambos padres, y que estuvieran en un estado de mísera pobreza y no tuvie­ran a nadie que se cuidara de ellos.15

El motivo de alquilar la casa se narra aquí casi con las mismas palabras que en el borrador de las Constituciones Salesianas del mismo período. La des­cripción del establecimiento de la Casa en 1847 (el «tomar en renta una casa», para proporcionar un hogar a unos cuantos de los más pobres») es suficiente­mente genérica como para permitir una ulterior especificación. Pero nada su­giere que se iniciara en mayo con un joven huérfano de Valsesia.
Posible carácter simbólico del «huérfano de Valsesia»


4 Esta es la casa Pinardi.

5 Los Apuntes Históricos de 1862 se ponen en un capítulo posterior.

Como ya se ha visto con el episodio de Garelli, que pretendía narrar los co­mienzos del Oratorio en las Memorias, es posible que la historia del huérfano de Valsesia, que señala el inicio de la segunda institución de Don Bosco, tenga también carácter simbólico. No se puede en modo alguno subestimar la im­portancia de la Casa Aneja en la expansión del Oratorio como punto de parti­da del enorme desarrollo que siguió. Se puede decir, por tanto, que la historia de los comienzos de «la casa aneja al Oratorio» con un huérfano (sin nombre) de Valsesia forma un díptico, por el contenido y la retórica, con la historia del comienzo mismo del Oratorio con un huérfano (¿Garelli?) de Asti. No ha de obviarse el supuesto de que ambas historias pudieran ser simbólicas más que históricas. El tipo de «joven huérfano en peligro, sin hogar, abandonado», mar­ca no sólo el origen de los comienzos, sino que también define el carácter de la obra durante su desarrollo. Esa idea la mantuvo constante Don Bosco en su pensamiento y en sus declaraciones, incluso cuando, por ejemplo, a su escue­la del Oratorio, y más adelante a las demás escuelas en otras partes, acudieran jóvenes que tenían hogar, no eran abandonados, ni huérfanos, ni siquiera es­taban (estrictamente) en peligro.

Estudiantes y artesanos vivieron en la Casa desde el principio, como Pes­carmona y Reviglio. Eran estudiantes en el grado de secundaria (bachillerato). Otros nombres, identifícables con facilidad, aparecen en los registros: Ángel Savio (1850), Juan Cagliero (1851); los dos, como Pescarmona, eran de Cas­telnuovo. Miguel Rúa, Juan Bautista Francesia (1852), ambos de Turín, habían frecuentado el Oratorio. Por esta época, los internos en la Casa eran cerca de 30: unos 20 aprendices y unos 10 estudiantes. Todos ellos vivían con Don Bos­co y Mamá Margarita en la casa Pinardi, que lógicamente estaba en exceso habitada.16


La iglesia de San Francisco de Sales (1852)

Aunque la casa necesitara un nuevo edificio para residencia, después de ad­quirir la casa Pinardi y la finca en 1851, el principal proyecto de edificación de Don Bosco fue la iglesia de San Francisco de Sales, inaugurada el 20 de junio de 1852.17 Todavía no contaba Don Bosco con un grupo de bienhechores sufi­ciente. Para este proyecto, Don Bosco lanzó su primera campaña a gran esca­la en busca de fondos, por medio de una rifa benéfica o lotería, la primera de las nueve que haría después.18 Don José Cafasso, por entonces Rector del Con­victorio, reunió también fondos.


Residencia en el ala este de la «Casa de Don Bosco» (1853)


16 También el P. Francisco Puecher, en su informe al P. Rosmini en junio de 1850, señala que


los internos en la residencia (casa Pinardi) eran cerca de
30.

17 Para una detallada descripción de los planos y construcción de la iglesia, dedicada a san
Francisco de Sales, cf. F.
Giraudi, LOratorio, 111-120. Para la historia de los edificios construi-
dos entre
1851 y 1859, cf. P. Stella, Economía 86-100.

18 Las solicitudes de Don Bosco a las autoridades, por el significado de esta primera rifa y de
otras que siguieron, cf.
J. Bracco, Don Bosco y le istituzioni, 130-138. La respuesta del Ayunta-
miento a las peticiones de Don Bosco que pide permiso para emitir loterías fue siempre razona-
ble y positiva.


19 Cf. F. Giraudi, LOratorio, 127-132.

La residencia era hasta ahora la casa Pinardi. Pero el número de aprendices y de estudiantes internos iba creciendo poco a poco. Por lo mismo, después de la inauguración'de la iglesia de San Francisco de Sales, Don Bosco empezó a hacer planes para levantar un edificio amplio que reemplazara la pequeña ca­sa Pinardi como «residencia aneja al Oratorio de San Francisco de Sales». Iba a estar situada entre la iglesia de San Francisco de Sales hacia el oeste y la ca­sa Filippi, no comprada todavía, al este, comprendiendo el espacio que ocu­paba la casa Pinardi. Pero como difícilmente podía permitirse eliminar la ca­sa Pinardi, decidió levantar solamente la parte este del edificio proyectado.19

La obra iba bien, hasta que el 20 de noviembre de 1852 parte del segundo piso en el este se derrumbó. Tres obreros se lesionaron gravemente. Don Bos­co mandó que se reparara el daño sin dilación. El trabajo siguió adelante, pe­ro, cuando la estructura llegaba a la techumbre, en la medianoche del 2 de di­ciembre de 1852, el edificio entero se derrumbó, dañando también la sección de la casa Pinardi, donde se situaban las habitaciones de Don Bosco. A la ma­ñana siguiente, mientras los inspectores municipales estaban viendo el edifi­cio, se cayó la pared que quedaba. Como era invierno, la obra se paralizó. Pa­ra seguir con el programa en la Residencia, Don Bosco transformó la vieja capilla Pinardi en dormitorio y dispuso las clases diurnas y nocturnas en la igle­sia de San Francisco de Sales.

En la primavera de 1853 se reanudó la obra. En marzo, la comisión muni­cipal paralizó el trabajo y exigió que se contara con un arquitecto y un contra­tista titulados. El primer contratista fue multado por negligencia. El edificio se acabó en octubre de 1853, e inmediatamente se ocupó, no sin riesgo, ya que el mortero no se había secado por entero. La vieja capilla Pinardi se transformó ahora en clase y sala de estudio. Don Bosco se cambió a una habitación en el tercer piso del ala este de la nueva casa, conocida desde entonces como «casa de Don Bosco». Más tarde, con los nuevos añadidos sucesivos en esta ala, esa habitación se transformó en sala de espera de las habitaciones de Don Bosco.

En ese año, del total de los residentes, 100 muchachos, un 65% eran apren­dices que trabajaban, mientras que el resto, un 35%, eran estudiantes. Por en­tonces (1853) se empezaron a montar los talleres en la Casa.


La construcción del ala oeste de la Residencia. Demolición del cobertizo y de la casa Pinardi (1856)

Con la construcción de una segunda sección de la casa de Don Bosco en 1856, se emprendió una ulterior expansión.20 Reemplazaba la casa Pinardi, que fue demolida, no sin mucha pena, al mismo tiempo que el cobertizo-capilla. De nuevo, durante la construcción, sucedió un accidente cuando se retiraban el andamiaje y las vigas de sostén. Una de éstas penetró por el techo del piso al­to, el cual se derrumbó arrastrando con él parte de los pisos inferiores. El da­ño se reparó y el edificio pudo ser ocupado en octubre de 1856.


20 Cf. F. Giraudi, ¿'Oratorio, 127-132.

21 Cf. P. Stella Economía, 86-100.180-181; F. Giraudi, LOratorio 111-131. También MBe IV,
509.


Los residentes llegaron a 200; ahora, los estudiantes superaban en número a los artesanos de 65% a 35%.21 Por esta época (1855-1856) se introdujeron los cursos de secundaria (ginnasio: bachillerato) en la Residencia.

Desarrollo de la escuela y del grupo de estudiantes en la Casa

Desde octubre de 1847, cuando Don Bosco había aceptado al primer estudiante, hasta 1851-1852, Don Bosco, ayudado por don Merla, había sido maestro en la enseñanza secundaria.5 A partir del curso 1851-1852, Don Bosco empezó a mandar a los estudiantes a escuelas privadas de la ciudad. Los maestros parti­culares, Carlos Bonzanino y don Picco, aceptaron gratuitamente a los mucha­chos pobres de Don Bosco. Los chicos eran propuestos como modelos de de­dicación a sus deberes y de buena conducta a los demás estudiantes, la mayoría de los cuales eran de familias acomodadas.

En 1855-1856, Don Bosco introdujo un programa de estudios secundarios en la Casa, dentro de la reforma escolar de Boncompagni (1848), empezando por el curso tercero del bachillerato (ginnasió) de cinco años, con el veterano seminarista salesiano de 17 años, Juan Francesia, de maestro. En el año 1859­1860, consiguió establecer un programa completo en régimen de internado de los estudios de secundaria, con cinco cursos de ginnasió (bachillerato), siguiendo la programación escolar de Casati (1859).6

Desde entonces, el grupo de estudiantes fue adquiriendo importancia cre­ciente por varias razones. La primera de todas, porque Don Bosco, en línea con la nueva política de educación popular que adoptó el Estado, se sintió com­prometido cada vez más en la educación por medio de las escuelas para los po­bres, con la finalidad de hacerlos «buenos cristianos y honrados ciudadanos». En segundo término, como el número de estudiantes era cada vez mayor, lle­gando a superar poco a poco, en la proporción de 2 a 1, al de los artesanos, por­que la escuela se convirtió en el mejor vehículo para el «experimento» educa­tivo de Don Bosco. En tercer lugar y más importante, porque a través de la escuela, Don Bosco pretendía cultivar vocaciones para el sacerdocio y, en su caso, para la Sociedad Salesiana, entre los muchachos (pobres) que dieran muestras de buena conducta, buena voluntad e inteligencia.

Por lo que se refiere a esto último, la escuela del Oratorio, al tiempo que in­tentaba curnplir la ley en materia de enseñanza, estaba dirigida como hubiera

podido serlo en tiempos de la Restauración, es decir, como un auténtico semi­nario menor.

Incluso, antes de que se estableciera el programa completo de estudios se­cundarios en el Oratorio, Don Bosco empezó a hacer propaganda sobre la re­sidencia y la escuela del Oratorio, recalcando su finalidad y carácter caritati­vo. Estaban pensadas para «huérfanos» que fueran «desamparados y sin hogar» (¡i). El 7 de noviembre de 1857, un informe del diario católico L'Armonía, publicaba un anuncio señalando las condiciones de admisión. Constituían, idealmente, un manifiesto de su opción por los pobres:


  1. El muchacho ha de tener doce años cumplidos y no pasar de los die­ciocho.

  2. Debe ser huérfano de padre y madre, y no tener hermanos, hermanas u otros parientes que puedan atenderlo.

  3. Ha de ser totalmente pobre y abandonado. Caso de cumplir las dos pri­meras condiciones, si tuviere algún bien personal, debería llevarlo con­sigo para ayudar a sufragar gastos, porque no sería justo que viviera de la caridad de otros.

  4. El muchacho ha de estar sano; no tenga ninguna deformidad física y no sufrir enfermedad repugnante o contagiosa.

  5. Serán admitidos preferentemente los que asisten al Oratorios de San Luis, del Ángel de la Guarda y de San Francisco de Sales, pues la Casa está especialmente destinada a recibir a los muchachos totalmente po­bres y abandonados.7

Como hace notar Lemoyne, esta declaración de intenciones pretende resal­tar «públicamente» la opción preferencial por «los pobres y abandonados» que había inspirado en primer lugar la creación de la Casa. Pero, aunque muestre en general la situación de la comunidad de los artesanos, no reflejaba realmente la comunidad de los estudiantes. Buen número de estos muchachos, aunque pobres en general, no eran ni huérfanos ni abandonados; algunos de ellos, al menos en parte, pagaban pensión por el alojamiento, residencia y enseñanza. Se sabe por los registros del Oratorio, tales como el Registro Doméstico del mis­mo Don Bosco.8

Don Bosco no hizo esta declaración por motivos estrictamente publicita­rios; con ella expresaba su auténtico compromiso con los necesitados. Baric­co, en su descripción de Turín escrita en 1868, en las dos partes dedicadas a las instituciones escolásticas y de caridad, hace notar que los Oratorios de Don Bosco pertenecían a la última categoría:

El Oratorio de San Francisco de Sales, que dirige Don Bosco, debe ser cla­sificado como institución de caridad más que como académica. Los hono­rarios que se cobran por la habitación y alojamiento son modestos en extre­mo, y la mayoría de sus alumnos son mantenidos gratis. Tal vez menos de un centenar pagan la suma de 24 liras al mes. De los 504 estudiantes de la residencia del instituto, 445 están matriculados en la escuela secundaria [...].

En el programa de estudios se matriculan jóvenes de buena conducta que han terminado los cursos de estudios elementales. Se les acepta gratis total (y estos son la mayoría) o abonan un modesto emolumento que va desde 5 a 24 liras al mes. Por otra parte, los aprendices obreros son admitidos gra­tuitamente. Deben tener al menos doce años y ser huérfanos de padre y ma­dre, y no tener a nadie que pueda atenderlos.9

Hay que recordar también que los oratorianos, los domingos y días festivos, seguían acudiendo al Oratorio en número siempre creciente, para las funciones religiosas, la instrucción de catequesis y la diversión. Los internos de la Casa se unían a ellos en estas actividades, algunos como encargados y animadores.

Como el número de muchachos que acudían al Oratorio de San Francisco de Sales los domingos y días festivos llegaba ya a varios centenares, se sintió la necesidad de abrir un segundo Oratorio y, poco después, un tercero. El Orato­rio de San Luis se estableció en 1847 en la zona de Puerta Nueva en la parte sur de la ciudad, y el Oratorio del Ángel de la Guarda de don Cocchi, en el ba­rrio de Vanchiglia, lo reabrió Don Bosco en 1849.


2. El Oratorio de San Luis en Puerta Nueva (1847)10

El número de muchachos que acudían al Oratorio de San Francisco de Sales iba creciendo sin parar, debido, en gran manera, a los esfuerzos de Don Bosco y del teólogo Borel para proporcionarles instrucción secular y religiosa. En los días de fiesta, los chicos eran tantos que solamente un grupo podía entrar en la capilla. Cerca de doscientos permanecían en el patio mientras se celebraban las funciones religiosas. Tampoco el patio, aunque era grande, era lo suficien­temente amplio como para permitir el juego de tantos muchachos.


Proyecto de un nuevo Oratorio

Después de las funciones de la tarde, un día de fiesta del mes de agosto, Don Bosco llamó aparte al teólogo Borel y le dijo: «Habrá usted notado hace ya unos domingos, y hoy especialmente, que la cantidad de muchachos que viene al Oratorio llega a ochocientos. Como ve, en la iglesia no caben todos y los que

entran están tan apretujados que dan lástima. Y cuanto más tiempo pase, se­rá peor. No conviene dismmuir el número dejando fuera una parte, porque se­ría como abandonarlos, o peor, exponerlos al peligro de perderse. ¿Cómo ha­cer, pues, señor Teólogo?».

«Ya lo he notado», respondió éste, «y me he convencido de que un sitio que, al principio, parecía bastante espacioso, ha quedado muy estrecho. ¿Tendre­mos que marchar de nuevo y emigrar a otra parte, como hacen cada año las grullas y las golondrinas?11

«Me parece», replicó Don Bosco, «que podemos arreglarnos sin tener que dejar este lugar. Por indagaciones que he hecho, sé que la tercera parte de los muchachos viene desde la parte oeste de la ciudad y a algunos les toca hacer uno y hasta tres kilómetros de camino. Ahora bien, si abriéramos otro Orato­rio por aquellas partes, ¿no le parece que obtendríamos nuestro deseo, aun per­maneciendo aquí?».

La salida de Don Bosco dejó al sabio teólogo un tanto pensativo; después, exclamó con aire alegre: «Magnífica propuesta». «Así conseguiremos dos ven­tajas», continuó Don Bosco; «al cüsminuir el número de muchachos de este Ora­torio podremos atender mejor a los que quedan; y además atraeremos al nuevo Oratorio a otros muchos que no vienen hasta aquí por estar demasiado lejos».

Los dos amigos estaban perfectamente de acuerdo. A la mañana siguiente, se presentó Don Bosco a monseñor Fransoni y le expuso la necesidad y el pro­yecto de un segundo Oratorio para las reuniones de los días festivos, pidién­dole su apoyo y su iluminado consejo. El dignísimo Arzobispo alabó y aprobó el práctico proyecto y, conocedor como era de las necesidades de la población que le estaba confiada, sugirió que el nuevo Oratorio se instalase en el mismo centro de la ciudad. Reanimado con esta respuesta, Don Bosco visitó la zona y buscó un lugar apropiado cerca de Porta Nuova.
Elección del sitio y negociación para su alquiler

Tras sopesar las ventajas e inconvenientes de una u otra opción, Don Bosco de­cidió elegir un sitio llamado Rambla del Rey, hoy avenida de Víctor Manuel LT, en las cercanías del Po. Aquel lugar, en la actualidad cubierto de magníficas edificaciones, cruzado por espaciosas calles y deliciosos jardines, no era en­tonces más que un amplio terreno lleno de yerbajos, con algunas casuchas es­parcidas desordenadamente y sin ningún plan, habitadas casi todas por la­vanderas.

Como era una zona libre fuera de la ciudad se prestaba para reuniones po­pulares. Sobre todo los días festivos se reunían allí pandillas de muchachos va­gabundos y allí permanecían muchos durante la hora del catecismo y de las

funciones parroquiales, creciendo en la ignorancia religiosa, expuestos a todo mal. Era, pues, un lugar a propósito para el fin que perseguía Don Bosco, que, como experto capitán, lo eligió expresamente como posición estratégica para establecer su campamento.

Había allí una casita, con un mísero sotechado y un patio. Preguntó de quién era y supo que su propietaria era la señora Vaglienti.12 Fue a visitarla, le expli­có su plan y le rogó que le alquilara aquel local. La buena señora estaba dis­puesta al contrato, pero no había forma de llegar a un acuerdo sobre el precio del alquiler. La discusión se prolongaba y ya estaban a punto de romper los tra­tos, cuando un caso singular vino a deshacer toda dificultad. Estaba el cielo en­capotado. De repente, retumbó el estruendo de un rayo fragoroso. La piadosa señora, espantada, se dirigió a Don Bosco suplicante: «Que el Señor me libre del rayo y le cedo la casa por la suma que usted me ofrece». «Gracias, señora», respondió Don Bosco, «pido al Señor que la bendiga ahora y siempre». Pocos minutos más tarde, cesaba el rumor del trueno, se apagaron los relámpagos y se firmaba el contrato por cuatrocientas cincuenta liras. Se diría que hasta el rayo favorecía a Don Bosco y se convertía en benévolo intermediario. En cuan­to despidió a los inquilinos, llegaron los albañiles para preparar la capilla.
Se anuncia a los chicos del Oratorio

Un domingo reunió Don Bosco a su alrededor a los muchachos y les anunció que pronto se abriría un segundo Oratorio, utilizando un ejemplo apropiado.

«Mis queridos hijos», les dijo, «cuando las abejas se han multiplicado de­masiado en una colmena, un enjambre sale de ella, constituye una nueva fa­milia y vuelan para habitar en otro sitio. Como veis, aquí somos tantos que no podemos rebullirnos. En el mismo patio a cada instante tropieza uno con otro, cae por tierra y se rompe las narices. En la iglesia estamos como sardinas en banasta. ¿Qué hacer? Vamos a imitar a las abejas: formaremos otra familia e iremos a abrir un segundo Oratorio».

Estas palabras fueron acogidas con un grito de alegría. Esperó a que se cal­mara el juvenil entusiasmo y el buen sacerdote reanudó su charla diciendo:

«Ahora tenéis la curiosidad de saber dónde se va a abrir el nuevo Orato­rio y quiénes de vosotros irán allí; queréis saber cuándo se abrirá, si pronto o tarde; y qué nombre se le va a dar. Haced silencio y os lo diré. El Oratorio se abrirá hacia Puerta Nueva, cerca del puente de hierro sobre el río Po. Por tanto, deberán ir allí los que habitan por aquella parte; porque les pilla más cerca y también para atraer, con su ejemplo, a otros muchachos de aquellos contornos».

«¿Y cuándo se abrirá?»

«Ya están trabajando los albañiles para preparar la capilla y yo espero que el día ocho del próximo diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de Ma­ría, podremos bendecirla. Así, lo mismo que hicimos con el primero, abrire­mos un segundo Oratorio en un día dedicado a la Madre de Dios, y lo pondre­mos bajo su poderosa protección».

«¿Y cómo lo llamaremos?»

«Lo llamaremos Oratorio de San Luis por dos motivos: el primero, para ofre­cer a los muchachos un modelo de inocencia y de virtud como el que nos pro­pone la misma Iglesia en San Luis Gonzaga e imitarle; el segundo, en recono­cimiento y gratitud a nuestro arzobispo monseñor Fransoni, que tanto nos quiere, nos ayuda y nos protege. ¿Qué os parece? ¿Estáis contentos?»

Una estruendosa salva de «Sí, sí» fue la respuesta, seguida de repetidos vi­vas. La noticia corrió en boca de los muchachos al seno de sus familias y a las escuelas y talleres de la barriada. Empezaron a verse grupos de muchachos que iban a visitar el sitio del nuevo Oratorio. Al ver que era a propósito para sus juegos, quedaban satisfechos, pero cada día que pasaba sin abrirlo les parecía un año. Resultó de este modo que algunas semanas antes de la inauguración ya era conocidísimo el Oratorio por todas aquellas partes.


Inauguración en la fiesta de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre de 1847)

Acercándose el día de la apertura, se pidió a monseñor Fransoni facultad para bendecir la capilla del nuevo Oratorio. El celoso y siempre benévolo Arzobis­po concedió facultades amplísimas y sin restricción de ningún género.

El domingo anterior comunicó Don Bosco que la inauguración del anun­ciado Oratorio se celebraría en la próxima fiesta de la Inmaculada e invitó a ella a los muchachos de la parte sur de la ciudad para que estuvieran por la ma­ñana temprano en el lugar ya conocido; que habría comodidad para confesar­se y que después se bendeciría la capilla y se celebraría la Misa en la que po­drían comulgar los que estuvieran preparados.

«Sí», les dijo «dirigios allí muchos con devoción, queridos hijos, porque se trata de honrar debidamente a nuestra queridísima Madre y Reina del Cielo María Inmaculada. Se trata de rogarle que vuelva sus ojos misericordiosos al nuevo Oratorio, que lo ponga bajo su manto, que lo defienda y lo haga pros­perar para el bien de muchos muchachos. Los que son de esta zona que hagan lo mismo en el Oratorio de San Francisco de Sales. Así en ese día memorable, formaremos como dos familias que, aunque separadas corporalmente, estarán unidas en espíritu, celebrando en los dos extremos de Turín a la más santa, la más amable de todas las criaturas, a la gran Madre de Dios, siempre pura e In­maculada».

Al salir de la iglesia, una turba de muchachos rodeó a Don Bosco y al teó­logo Borel y uno prometía llevar al nuevo Oratorio a su pariente, éste a su ve­

ciño, aquél a su amigo. Los dos sacerdotes tuvieron el feliz presagio de que, por la misericordia de Dios, la nueva obra no fracasaría.

La víspera de la gran fiesta de la Inmaculada ya estaba preparada la capi­lla, que se iba a dedicar a san Luis. La caridad de varios bienhechores y bien­hechoras, que constituían entonces los llamados cooperadores de Don Bosco, había preparado un cuadro del santo, candeleros, velas, manteles, alba, casu­lla, capa pluvial, bancos, reclinatorios, un pequeño armario y una mesa para la sacristía. Algunas piadosas señoras bordaron la mayor parte de los orna­mentos. Los pocos objetos que aún faltaban para las funciones sagradas, se lle­varon del Oratorio de San Francisco de Sales o se pidieron prestados a la pa­rroquia cercana.

Amaneció el ochó de diciembre de 1847 en medio de una nevada espesa y abundante. Era el tercer aniversario de la bendición, en el Hospitalillo de la marquesa Barolo, de la primera capilla del Oratorio de San Francisco de Sales que, a partir de aquel día, tomó el nombre del dulcísimo Santo y empezó a en­sancharse de modo sorprendente13. En prenda de que también este segundo Oratorio proporcionaría, como el primero, mucho bien a la juventud.

El mal tiempo no impidió que los muchachos acudieran al Oratorio en gran número. A las siete de la mañana, esperaban ya algunos para confesar­se y, alrededor de las ocho, estaba llena la capilla. El teólogo Borel realizó la ceremonia puesto que Don Bosco debía atender el Oratorio de Valdocco. Ben­dijo la capilla, celebró la Misa y después dirigió a los muchachos un ser-moncito afectuoso.
Director y equipo animador

Se adoptó el Reglamento del Oratorio de San Francisco de Sales; todo se ha­cía según los mimos métodos. Como Don Bosco no podía estar al frente del nuevo Oratorio en persona, consultó con el teólogo Borel y decidió confiarlo a varios celosos sacerdotes, que en las fiestas llevaban con ellos a algunos mu­chachos mayores e inteligentes de Valdocco para ayudarles.

El teólogo Jacinto Cárpano fue el primer director del nuevo Oratorio, al que Don Bosco y el teólogo Borel hacían frecuentes visitas.14 Don (Pedro) Ponte fue el siguiente, al que sucedió don (Pablo Francisco) Rossi, un hombre muy ce­loso, pero cuya salud no era del todo buena. Murió aún joven, a los 28 años. Siguió un intervalo de varios años en que no hubo un director fijo. Por enton­ces tuvo Don Bosco a su disposición varios seminaristas que enviaba al «San Luis» los domingos y días festivos. Todas las semanas comprometía a un sa­

cerdote de Turín que iba allí para confesar y decir la Santa Misa, así como pa­ra predicar. En ocasiones, pudo contar con un sacerdote para la plática y de­vociones de la tarde.




Algún tiempo después, Don Bosco pidió a don (Leonardo) Murialdo que aceptara el puesto de director del Oratorio de San Luis. Mucho aprovecharon los muchachos mientras don Murialdo estuvo con ellos. Permaneció hasta que le nombraron director de la Escuela de los Artesanos, otra institución muy útil de Turín.15 Don (Teodoro) Scolari fue el siguiente director; trabajó allí duran­te algunos años con admirable celo. Finalmente, Don Bosco lo confió a diver­sos sacerdotes de Valdocco. El Oratorio existe todavía, vinculado ahora a la es­cuela y a la iglesia de San Juan Evangelista erigida en la misma propiedad.

Oposición desde varios frentes

El Oratorio de San Luis fue una de las fundaciones de Don Bosco que sufrió más duramente la persecución desde el principio. Empezaron los ataques las

lavanderas que vivían en aquel sitio. En cuanto se enteraron de que Don Bos­co había alquilado el local para establecer un Oratorio, se pusieron furiosas; tras fuertes discusiones entre ellas, determinaron acosar juntas al pobre sa­cerdote y disuadirlo de su contrato, a base de amenazas e injurias.16 Así que, un día en que Don Bosco y la señora fueron a visitar los locales alquilados pa­ra ver lo que se podía arreglar, se vieron cercados por una docena de aquellas mujeres, que protestaban con toda clase de amenazas e insultos. Don Bosco intentó calmarlas, pero en vano. La dueña las convenció por fin:

«Estáis equivocadas, mis queridas inquilinas; vosotras creéis que este sa­cerdote viene a quitaros el pan, y es al contrarío, viene a dároslo. Ahora pone aquí un Oratorio, después pondrá un colegio para los muchachos y os dará ro­pa a lavar, calcetines para zurcir, camisas y sábanas para remendar y todo lo demás. ¿Entonces por qué os ponéis contra él en vez de agradecérselo? Para vivienda, yo misma os prepararé otra aquí cerca. Así seguiréis estando cerca del Po, tendréis comodidad para lavar y tender al sol la ropa y, al mismo tiem­po, tendréis más trabajo y más ganancias.»

Las palabras de la señora surtieron el efecto deseado. Las lavanderas se tran­quilizaron y pidieron perdón a Don Bosco por su insolencia. Después de este pequeño incidente, dejaron al Oratorio y a su fundador en paz.

Otras dificultades mayores le esperaban a Don Bosco. Una solicitud pre­sentada por diversos ciudadanos al rey Carlos Alberto pidió la emancipación de judíos y valdenses.17 Recibida la aprobación, los judíos llegaron a ser, en po­co tiempo, los más ricos propietarios del Piamonte. Los pastores valdenses sa­lieron también de los valles y de los montes donde habían vivido aislados y se extendieron por las principales ciudades del norte de Italia, ingeniándoselas por todos los medios para sembrar por doquiera la cizaña de sus perniciosos errores, tratando de atraer gente a las doctrinas de Waldo. Para mejor conse­guir su intento, repartieron libros, abrieron escuelas, dieron conferencias, le­vantaron capillas y construyeron templos.

Don Bosco y su Oratorio de San Luis Gonzaga fueron de los primeros en probar los amargos frutos de la libertad, porque los valdenses, instalados en Turín, fueron a establecerse cerca de dicho Oratorio. Allí, con el pretexto de explicar la Biblia, hablaban con vehemencia contra el Papa, los obispos, los sa­cerdotes, el celibato, la confesión, la Santa Misa, el purgatorio, la invocación de los santos y, sobre todo, contra María Santísima. Creyeron que suscitarían gran entusiasmo entre la gente y atraerían a personas sensatas que los escu­chara; pero, muy pronto se desengañaron, puesto que poquísimos turineses se atrevieron a renunciar a su fe y a frecuentar las asambleas. No pasaron de unas

docenas los seducidos: jovenzuelos ociosos, ignorantes y de malas costumbres, que sólo esperaban un pretexto para no practicar su religión.

Hubo entre ellos un tal Pugno, pobre zapatero que, harto de manejar la lez­na y la pez, llegó a ser uno de los predicadores más rabiosos. Fue varias veces a visitar a Don Bosco para discutir con él; y, de no ser por la compasión que despertaba aquel pobre hombre, hubiera sido el caso de reír a carcajadas, oyen­do fanfarronear a un remendón convertido en teólogo y apóstol ¡de la noche a la mañana! Cuando vieron los protestantes que no podían hacer muchos pro­sélitos entre los adultos, adoptaron otro método que desgraciadamente resul­tó siempre a propósito para descarriar las almas. Tenían dinero y lo usaron pa­ra corromper a la juventud, que no sospechaba los propósitos de los valdenses. Ese propósito lo llevaron enseguida a la práctica y el primer objetivo fue el Ora­torio de San Luis, que estaba al lado y era entonces frecuentado por casi qui­nientos muchachos. Así que, un domingo, algunos de aquellos sectarios se si­tuaron en el camino que llevaba al Oratorio; otros, se colocaron lo más cerca posible del lugar de recreo; y, ora con palabras de halago, ora con frases pi­cantes, procuraban atraerse a los muchachos: «¿Qué vais a hacer allí? Venid con nosotros, y os llevaremos a divertiros a vuestro gusto; oiréis cosas intere­santes y os regalarán ochenta céntimos y un libro muy bonito».

Los que conocen la volubilidad juvenil, y el proverbio poderoso caballero es don dinero, no se maravillarán de que algunos muchachos se dejaran embau­car con tales promesas. Y así, unos cincuenta muchachos fueron a las reunio­nes de los valdenses. Después del sermoncillo, cada muchacho recibió los ochen­ta céntimos prometidos y el libro del famoso apóstata De Sanctis contra la confesión.

Después de recibir la paga y la invitación para volver, varios muchachos, sin darse cuenta de la trampa en que se habían metido, se presentaron ingenua­mente aquella misma tarde en el Oratorio y contaron lo sucedido. Entonces, el sabio director, teólogo Cárpano, se dio cuenta de que los lobos atentaban con­tra la vida de los corderos que Don Bosco le había confiado y se encendió en santo celo para impedir los estragos. Retiró enseguida todos los libros que pu­do hallar y después, valiéndose de la parábola evangélica del Buen Pastor, del mercenario y del lobo, descubrió tan bien a los muchachos la trama de los he­rejes, les infundió tanto horror a sus reuniones, que todos le prometieron no ir más allí, ni por todo el oro del mundo. Pero las batallas siguieron siendo tan furiosas y repetidas que Don Bosco, el teólogo Borel y el teólogo Cárpano pa­saron días y horas tremendas.

Al domingo siguiente volvieron los secuaces de los valdenses a esperar a los muchachos para sacarlos del Oratorio; pero esta vez no les resultó la cosa tan fácil; porque los muchachos mayores, prevenidos por sus superiores, los vigi­laban, espiaban sus pasos y apenas los veían dirigirse a los chicos del Oratorio les decían que siguieran sin decir nada directamente al Oratorio tan deprisa como pudieran. Los discípulos de Pedro Valdo, ante réplicas tan vivas, hubie­ran querido responder con golpes; pero, viéndose inferiores en número y te­

miendo recibir, en vez de dar, se retiraron por el momento diciendo: «Nos vol­veremos a ver». De este modo amenazador de proceder se desprendía que pa­ra la fiesta siguiente la cuestión revestiría aspecto más grave. Por ello, a fin de evitar peligros y percances lamentables, se aconsejó a los muchachos que en adelante, cuando vieran acercarse a aquellos desgraciados, les volvieran la es­palda sin proferir palabra y entraran en el patio del Oratorio.

En efecto, llegó el domingo siguiente y se cumplieron los augurios. Después del mediodía, se presentaron a cierta hora en el campo vecino de treinta a cua­renta muchachotes. A su vista, los chicos del Oratorio, obedeciendo la consig­na recibida, se retiraron como corderillos a su propio redil; pero aquellos lo­cos empezaron a lanzar piedras con furia. Caían piedras contra las puertas, piedras contra las ventanas, piedras por los tejados, piedras entre los chiqui­llos atemorizados, algunos de los cuales quedaron descalabrados.

Y no fue esta la única vez en que ocurrieron escenas tan dolorosas. Duran­te varios meses se renovaron casi en cada fiesta, con el pesar de Don Bosco y de sus ayudantes, como es fácil de imaginar. Los herejes y sus iniciados, al no lograr envolver a los jóvenes en sus redes, se ingeniaron para, al menos apar­tados del Oratorio, amedrentándolos con sus amenazas. La emprendían a pe­dradas con ellos cuando iban en pequeños grupos y las más de las veces aguar­daban a que estuvieran reunidos en la iglesia; entonces lanzaban una verdadera granizada de piedras contra la puerta y las ventanas que espantaba y hacía llo­rar a los pequeños, y obligaba al Director a suspender las funciones sagradas. Y aún hubo que sufrir algunos sucesos lamentables. Un día, estaban en la sa­cristía, revistiéndose para dar la bendición, el teólogo Borel y el teólogo Cár­pano. Un sicario, subido a la ventana que daba a la calle, les disparó dos tiros de pistola, y las dos balas, rozando la cara de los sacerdotes, fueron a dar en la pared opuesta. Son de imaginar el pánico que cundió por toda la iglesia y la alegría que siguió al ver fallido el golpe. Claramente se ve que los enemigos no actuaban en broma: querían a toda costa cerrar el Oratorio. Pero Don Bosco y sus ayudantes tuvieron tanta constancia y fortaleza que acabaron haciéndose dueños de la situación.

Han pasado muchos años desde entonces y el Oratorio de San Luis ha se­guido prosperando. Además, sobre la pequeña capilla donde se dispararon las balas, se erige ahora la hermosa iglesia de San Juan Evangelista, uno de los más bellos edificios religiosos de Turín. Con la generosidad de los Salesianos Cooperadores, Don Bosco pudo erigir esa iglesia como permanente muestra de afecto y gratitud a Pío LX18.



3. El Oratorio del Ángel de la Guarda en el barrio de Vanchiglia (1849)
El Oratorio del Ángel de la Guarda de don Cocchi

Al noreste de la ciudad de Turín existe el barrio de Vanchiglia, habitado en su mayor parte por las clases sociales más bajas. En esa época, existían en la par­te más al sur del barrio, un grupo de casas de nombre Moschino, cuyos habi­tantes, en especial los jóvenes, eran un grave problema para la policía. Cerca de este lugar, don (Juan) Cocchi, uno de los sacerdotes de la parroquia de la Anun­ciación, fundó un oratorio similar en los fines al nuestro.19 A él acudían mayo-ritariamente, chicos mayores que venían atraídos sobre todo, por los juegos y diversiones que les ofrecía. Con estos medios, el buen sacerdote conseguía man­tenerlos alejados de malas compañías y de lugares de diversión peligrosos.


Razones del cierre del Oratorio en 1849

Pero en 1849 se cerró el Oratorio, principalmente por su insolvencia. Se había reanudado la guerra entre Italia y Austria, que encendió el ascua patriótica y el ardor guerrero entre aquellos jóvenes, que ya estaban acostumbrados a mane­jar la espada y el rifle en combates de ficción. Ansiosos de ver un ejercicio béli­co real, muchos de ellos se alistaron y se enrolaron en el ejército. En un princi­pio estaban muy animados, y en su imaginación se creyeron capaces de realizar actos de valor y volver cubiertos de gloria. Sin embargo, después de una larga marcha y antes de que consiguieran alcanzar el campo de batalla, se enteraron de la derrota del ejército del Piamonte. Esto supuso un duro golpe y el fin de sus imaginarias esperanzas, por lo que se volvieron tristes, camino de Turín.

Pero además del abandono de gran número de muchachos, otra dificultad contribuyó al cierre del Oratorio. Don Cocchi había soñado con una Casa pa­ra los artesanos pobres y había empezado por tomar en renta una pequeña ca­sa y acoger a varios muchachos. Como era pobre, se vio obligado, como Don Bosco, a buscar en la caridad los medios para llevarlo adelante, y esta labor ca­ritativa, junto a sus muchas ocupaciones en la parroquia, le impidieron reabrir el Oratorio.
Reapertura del Oratorio en 1849

Así siguieron las cosas durante muchos meses, hasta que Don Bosco y el teó­logo Borel, dándose cuenta de la gran necesidad de un oratorio para los do­

mingos y días festivos en el barrio de Vanchiglia, hablaron sobre el asunto con don Cocchi. Era su opinión que Don Bosco cogiera la obra; así que, poco des­pués, al comienzo de octubre, con la aprobación del Arzobispo, el Oratorio se reabrió con el mismo nombre de Ángel de la Guarda.

Don (Jacinto) Cárpano fue nombrado su primer director20. A él le sucedió don (Juan B.) Vola y más tarde don (Roberto) Murialdo. Este último sacerdo­te, bien conocido por su piedad y celo, dirigió esta difícil obra durante varios años y bajo su dirección el Oratorio floreció y alcanzó una prosperidad más allá de lo esperado. Los muchachos que lo frecuentaban llegaron con frecuen­cia a los trescientos, y alguna vez a cuatrocientos; de modo que, en poco tiem­po, la pequeña capilla no pudo contener a todos y hubo que hacerla más gran­de. Las funciones religiosas, las prácticas de piedad, los juegos, etc. que se practicaban aquí eran los mismos que estaban en vigor en el Oratorio de San Francisco de Sales y en el de San Luis.


Clausura del Oratorio del Ángel de la Guarda y

anexión al Oratorio de Barolo, anejo a la Parroquia de Santa Julia

El Oratorio del Ángel de la Guarda continuó en el mismo lugar, bajo la guía de Don Bosco hasta el año 1866. Ese año la señora marquesa Barolo erigió la igle­sia parroquial dedicada a Santa Julia. Esta rica y caritativa señora también con­tribuyó a erigir un oratorio al lado de la iglesia, con el fin de dar instrucción religiosa a los chicos durante la cuaresma y los domingos y días festivos. Cuan­do se abrió, Don Bosco, viendo que ese era suficiente para atender a las nece­sidades de la vecindad, cerró el viejo Oratorio, y envió a los sacerdotes y semi­naristas al Oratorio de San José, en el suburbio sur de San Salvario, donde eran muy necesarios.21



Apéndice

EL MARQUÉS LUIS FRANSONI (1789-1862), ARZOBISPO DE TURÍN

El marqués Luis Fransoni nació en el seno de una noble familia genovesa el 29 de marzo de 1789. Durante sus primeros años, en plena Revolución francesa y el pe­ríodo napoleónico, él y su familia vivieron exiliados, viajando por toda Italia (Flo­rencia, Nápoles, Roma). Esta experiencia dejó en el corazón de Luis una profun­da aversión a los movimientos revolucionarios de los que su familia había sido víctima.

Por tradición familiar y por temperamento personal, abrazó la causa conser­vadora. Es probable que su tardía postura contra las reformas liberales (la educa­ción de las masas, el establecimiento de programas sociales, el desarrollo de la in­dustria y tecnología), estuviera, en parte, fundada en las experiencias personales. Era también resultado de una política intransigente en defensa de las prerrogati­vas que la Iglesia había mantenido hasta entonces como propias.

Un hermano suyo, Santiago, 16 años mayor que él, era sacerdote en Roma, y más adelante llegó a Cardenal y Prefecto de la Sagrada Congregación de Propa­ganda Fide. Luis empezó el estudio de la Teología en 1810, pero no recibió el há­bito sacerdotal hasta su vuelta de Génova en 1814. Su formación pastoral tuvo una orientación antirrigorista Pero su educación en general y su formación teológica en particular carecieron de la profundidad que demandaban los importantes asun­tos con que tendría que enfrentarse. Esto se reflejaría después en actuaciones con­cretas referentes a los seminarios y a la formación del clero.


Arzobispo de Turín y la llegada de la Revolución liberal

En 1821, a la edad de 32 años, fue nombrado obispo de Fossano. Diez años des­pués, a la muerte del arzobispo Colombano Chiaveroti en 1831, fue nombrado Ad­ministrador de la Archidiócesis de Turín y, el 24 de febrero de 1832, a propuesta el rey Carlos Alberto, su Arzobispo, cargo que mantuvo durante 30 años, hasta su muerte en el exilio en 1862.

Los primeros doce años de su mandato en la archidiócesis de Turín fueron pa­cíficos. Se caracterizaron por una buena relación con la monarquía y las autori­dades del Estado. Pero de 1844 a 1847, al empezarse a implantar las reformas li­berales y sin que la situación política hubiera cambiado, esas relaciones se quebraron y terminaron en enfrentamiento y oposición. En 1844, el rey Carlos Alberto fundó en la universidad una Escuela Normal de Maestros e invitó a un famoso educador,

don Ferrante Aporti, a dar una serie de lecciones sobre metodología. El Arzobispo, contrario a ese nombramiento, prohibió al clero la asistencia a sus clases. En oc­tubre de 1847, en un clima de creciente euforia liberal, se aprobaron los decretos sobre libertad de prensa y religión. Estos decretos permitían la edición y circula­ción de libros y periódicos de diferentes tendencias políticas y concedían los dere­chos civiles y la libertad de culto a judíos y valdenses.

La oposición del Arzobispo a las reformas liberales, que ya había expresado en diversos ámbitos, se radicalizó todavía más. Las primeras personas que se vieron afectadas por ese erifrentamiento fueron los seminaristas y las Facultades de Teo­logía de la Universidad y del Seminario. Siguió un período (1847-1849) de alboro­tos y profunda crisis entre el clero y el laicado católico. Se puso a prueba, en espe­cial, la identidad vocacional de los seminaristas y de los sacerdotes jóvenes, porque se encontraron atrapados entre lealtades conflictivas, aparte de la atracción hacia esas ideas y de la euforia patriótica y el nerviosismo dominante a causa de la Re­volución liberal.

Las justas demandas de los ciudadanos, los importantes y urgentes asuntos en debate (reformas liberales, constitución, Guerra de Independencia italiana contra Austria, etc.) entraron en conflicto con la inquebrantable oposición del Arzobispo a todas las reformas liberales. Pensaba que todo cambio político y social era obra del malvado espíritu revolucionario, que buscaba deshacer la obra de la Iglesia y el estilo de vida tradicional. Las rígidas normas del Arzobispo prohibiendo a los se­minaristas y al clero tomar parte en manifestaciones y actos públicos de naturale­za patriótica causaron gran malestar. Muchos seminaristas y sacerdotes ignoraron tales directrices. El Arzobispo reaccionó suspendiéndolos de órdenes o del ejerci­cio del ministerio. En febrero de 1848, cerró el seminario. Los seminaristas que aceptaron las normas del Arzobispo fueron readmitidos en los seminarios de Chie­ri y Bra.

A partir de febrero de 1848, Mons. Fransoni empezó a recibir ataques perso­nales en la prensa y otras manifestaciones de hostilidad; tuvo que soportar inclu­so insultos en público. Sus apariciones públicas eran ocasión de demostraciones de hostilidad por parte de provocadores anticlericales y del populacho. Con conni­vencia policial, a menudo llegó a estar en peligro. Se había convertido en el sím­bolo de la ruptura que se estaba realizando entre el Estado liberal y la Iglesia.
Exilio «voluntario» y el retorno

El Arzobispo estaba dispuesto a permanecer en su sitio. Pero en marzo de 1848, por las presiones que le llegaban desde varios ámbitos, y por «invitación» del Go­bierno, se exilió «voluntariamente» en Suiza, donde permaneció hasta 1849, en que volvió al reino de Chambery (Saboya) siguiendo una invitación del Arzobispo del lugar. En ese tiempo, se presentó una petición de regreso, firmada por un millar de sacerdotes de Turín, al ministro de Asuntos Eclesiásticos y Justicia, el conde Cle­mente Solara della Margherita. El arzobispo Fransoni volvió a su diócesis el 26 de febrero de 1850.



Prisión y exilio definitivo

El tiempo de su exilio «voluntario» había sido una época de caos. La alocución pa­pal de 29 de abril de 1848, en la que Pío LX declaró su neutralidad en la I Guerra de la Independencia, produjo una sacudida en el pueblo y señaló el colapso del movi­miento neogüelfo. A esto siguió el sobresalto de la huida del Papa de Roma y la de­claración de la República Romana de Mazzini (1848-1849). A la confusión política, se añadió la derrota del ejército italiano en la guerra y la abdicación del rey Carlos Alberto. El 25 de febrero de 1850 vino a añadirse la lamentable aprobación del pro­yecto de ley Siccardi de abolición de los antiguos privilegios de la Iglesia. El retorno del Arzobispo, por tanto, no pudo llegar en un momento más crítico. Víctor Manuel II y su Gobierno intentaron persuadirle de que se marchara de nuevo. De hecho, aho­ra estaban decididos a quitarle de en medio. Pero él rehusó. La Ley Siccardi le pro­porcionó la oportunidad de dirigir una circular a los miembros del clero de la archi­diócesis prescribiendo un modus operandi temporal que se había de cumplir (en el caso de que, por ejemplo, un sacerdote fuera llevado ante un tribunal civil), hasta que la Santa Sede decretara la norma a seguir. La carta fue considerada un delito y el Ar­zobispo llevado ante un tribunal. No hizo caso de la citación y fue condenado en re­beldía a un mes en la cárcel en la fortaleza militar de la ciudad y a pagar una multa. Nada más salir de la cárcel (2 de junio), tuvo que hacer frente a una nueva crisis. El ministro de Agricultura y Comercio, el conde Pedro Derossi di Santarosa, que como miembro del Gobierno D'Azeglio había votado a favor del proyecto de Ley Siccardi, estaba a punto de morir. Como era católico practicante, pidió los últimos sacramen­tos. El Arzobispo solicitó el asesoramiento de una comisión de teólogos, que incluía a don José Cafasso, y su opinión fue que el conde debía reparar el escándalo con una retractación pública. Él se negó y falleció sin recibir el Viático, aunque sí la absolu­ción sacramental, y se le dio cristiana sepultura en la Parroquia de San Carlos. El fu­neral se convirtió en un motín; el párroco y su comunidad, los Siervos de María, fue­ron expulsados de la parroquia y de su monasterio.

El Arzobispo fue acusado de abuso de poder, de actividades contra el Estado y de quebrantamiento de la paz. El 7 de agosto, fue detenido en su casa de campo y encarcelado en la fortaleza de Fenestrelle. Posteriormente, fue condenado a exi­lio perpetuo. El 28 de septiembre de 1850, una escolta le acompañó hasta la fron­tera francesa. Optó por instalarse en Lyon. Desde allí, durante doce años, se man­tuvo en contacto con su diócesis a través de una red de hombres de negocios dignos de su confianza, que transmitían informes a los vicarios de la diócesis, por medio de don Anglesio Cottolengo, que actuaba de intermediario. De este modo, «gober­nó», aunque no satisfactoriamente, la archidiócesis. Se había negado a dimitir, a pesar de que, en Turín, el Gobierno trató de conseguir su renuncia aun cuando la sugerencia de que debería hacerlo le llegó del mismo Santo Padre. El arzobispo Fransoni murió en Lyon el 26 de marzo de 1862.

El arzobispo Fransoni fue un hombre de gran integridad, así como de una con­ciencia honesta y entusiasta. Fue, sobre todo, un Obispo valiente. Dio abundantes pruebas aun con gran costo personal, por su decidida defensa de los que conside­raba derechos de la Iglesia. Fuera por formación o por carácter personal, no supo estar a la altura de la ocasión histórica; muchas veces identificó la causa de la Re­ligión y de la Iglesia con la causa de un conservadurismo extremo. Se aferró sin

concesiones a los ideales del antiguo orden político y social y se opuso a los de­mócratas revolucionarios, quienes intentaban, y lo consiguieron, hacer del Risor­gimento una cruzada contra la Iglesia, considerada enemiga del progreso y, en ge­neral, del bienestar del pueblo italiano.
Mons. Fransoni y Don Bosco

El arzobispo Fransoni ordenó a Don Bosco en 1841, después de permitirle que hi­ciera privadamente el cuarto curso de Teología durante el verano de 1840. En los años de su estancia en el Convictorio, Don Bosco dialogó con frecuencia con el Ar­zobispo, quien escuchó los planes de su Oratorio y le concedió su aprobación y bendición pastoral. Se estableció una gran familiaridad entre el santo prelado y el celoso sacerdote. Don Bosco no dio un paso sin consultarlo primero con el Arzo­bispo. Sólo después solicitaría de la Iglesia la aprobación de su obra. «Desde que en 1841 empecé la obra de los oratorios, con un simple catecismo... todo lo hice con el consentimiento y bajo la dirección de monseñor Fransoni».22 «Como no em­prendía nada sin informar de palabra o por escrito a monseñor Fransoni, acudía con frecuencia a visitarlo a palacio, donde siempre era bien recibido [...]. Además de esto, con sus visitas al palacio arzobispal, participaba Don Bosco de las penas y alegrías de su superior eclesiástico».23

Todo parece indicar que Don Bosco visitó a Mons. Fransoni durante su encarce­lamiento. Aparte de su verdadero afecto y su sentido de lealtad, es de suponer que Don Bosco compartiese los puntos de vista políticos conservadores de su Arzobispo.

El Arzobispo apoyaba a Don Bosco en su labor y le concedió cierta «jurisdic­ción», después de comunicárselo a los párrocos, sobre los chicos del Oratorio pa­ra prepararlos y admitirlos, por ejemplo, a la primera Comunión y Confirmación, y para el cumplimiento del precepto pascual24. Don Bosco entendió por ello, que el Oratorio podía funcionar como una «parroquia». El Arzobispo visitó por pri­mera vez el Oratorio en la fiesta de San Luis, el 21 de junio de 1847, para admi­nistrar la Confirmación. El Oratorio de San Luis (1847) fue así llamado en ho­nor del Arzobispo.25

En la época de la crisis del Oratorio (1849-1852), producida por diferencias de criterio en asuntos de administración, educación y política, el Arzobispo, que se encontraba en el exilio, nombró a Don Bosco director espiritual único de los tres oratorios con un decreto oficial del 3 de marzo de 1852.26 Don Bosco citaría este decreto más tarde como prueba de que la Iglesia aprobaba su Pía Sociedad.

El arzobispo Fransoni continuó favoreciendo a Don Bosco, incluso contra el consejo de su Cancillería; como, por ejemplo, en el tema de la admisión y forma­ción de los seminaristas diocesanos en el Oratorio, que funcionó, en la práctica,

como «seminario sustituto» de la diócesis desde 1849 a 1863, los años en que es­tuvo cerrado el seminario de Turín.

En 1858, pudo Don Bosco mostrar a Pío LX una carta en la que Mons. Franso­ni le urgía el establecimiento de una institución permanente para continuar con la obra de los oratorios. En 1860, Don Bosco envió al arzobispo Fransoni en el exi­lio, un primer borrador de las Constituciones Salesianas, firmado por 22 miem­bros. El Arzobispo lo animó, aun cuando declinó expresar su opinión. Don Bosco le mostró su gratitud haciendo que el arzobispo Fransoni estuviera representado en el relieve de las puertas de bronce de la iglesia de San Juan Evangelista, en el Oratorio de San Luis.



TEÓLOGO JACINTO CÁRPANO (1821-1894)

Jacinto Cárpano nació en Turín en agosto de 1821, donde moriría el 26 de mayo de 1894. Fue uno de los primeros colaboradores de Don Bosco en tiempos del Oratorio ambulante. En 1844, recién ordenado sacerdote, Don Cafasso lo «asignó» ayudante de Don Bosco y con su ayuda, reanudó Don Bosco las clases nocturnas, que habían funcionado con aUscontinuidad por falta de maestros.27 Cuando el Oratorio se esta­bleció en el cobertizo Pinardi (abril de 1846), don Cárpano ofreció una pieza de tela muy fina para hacer los manteles del altar.28 En el verano de 1846, mientras Don Bos­co convalecía en I Becchi, don Cárpano entre otros sacerdotes y bajo la dirección del teólogo Borel dirigieron el oratorio. Don Cárpano proveyó con frecuencia el dinero para la comida en las excursiones de los muchachos. Compuso versos a los que don Luis Nasi ponía música, y que los muchachos cantaron para celebrar la recupera­ción y regreso de Don Bosco, el 8 de noviembre de 1846.29

El 29 de junio de 1847, se celebró por primera vez la fiesta de San Luis en el Oratorio. Mons. Fransoni aceptó la invitación, pero no pudo usar la mitra en la ca­pilla por ser el techo demasiado bajo. Como diversión, el teólogo Cárpano esceni­ficó una farsa titulada Un Cabo de Napoleón.41


47MBein, 186.



Las Memorias Biográficas narran un incidente extraño en el otoño de 1847. Don Bosco se encontraba visitando al padre Rosmini en Stresa y se había quedado al cargo del Oratorio el teólogo Cárpano con dos muchachos de nombre Barretta y Costa. Estos jóvenes ayudaban en el Oratorio y cantaban en el coro como voces principales. Aquel fin de semana el teólogo Cárpano y los dos jóvenes no acudie­ron a cumplir sus deberes en el Oratorio. Don Bosco adivinó lo sucedido y a la vuel­ta los enfrentó por separado. Don Cárpano se sintió muy molesto, pensando que los muchachos se lo habían contado a Don Bosco. Pero aceptó con humildad el re­

proche cuando se enteró de que había sido el mismo Don Bosco quien se había en­terado de su ausencia.48

El Oratorio de San Luis empezó a funcionar el día de la fiesta de la Inmacula­da Concepción en 1847 y el teólogo Cárpano fue nombrado su primer director. Tu­vo que sufrir mucho, y hasta atentaron contra su vida cuando se preparaba para dar la bendición con el Santísimo.49

En 1849, don Ponte fue nombrado director del Oratorio de San Luis y el teólo­go Cárpano marchó como director del nuevo Oratorio del Santo Ángel de la Guar­da en el barrio de Vanchiglia, un puesto en el que siguió tal vez hasta el año 1853. Las Memorias Biográficas narran la difícil situación del Oratorio del Ángel de la Guarda y cómo se hacía amigos a los chicos de Vanchiglia.50 Sobre la caridad de don Cárpano, escribe Godofredo Casalis:



Me gustaría mencionar los planes del teólogo Cárpano para abrir una residencia para obreros que habían sido despedidos de los hospitales y no pudieron encon­trar enseguida un empleo, o no tuvieron la posibilidad de volver a trabajar. Está completamente decidido a continuar y concluir el proyecto, si la deseada ayuda no se hace esperar.51

Cuando don Cárpano fue nombrado capellán del Cementerio de la Santa Cruz (San Pedro ad Vincula), renunció al Oratorio del Santo Ángel de la Guarda. Pero no dejó de trabajar por los «pobres y abandonados». A su muerte, el 26 de mayo de 1894, se le tributó un homenaje en una Misa que presidió el padre Bartolomé Roetti, su­perior de la Pequeña Casa de la Divina Providencia, en la que actuó el coro del Ora­torio de San Francisco de Sales y en la que pronunció el panegírico don Francesia.52


SAN LEONARDO MURIALDO (1828-1900)

Don Leonardo Murialdo, el primo más joven de don Roberto Murialdo, nació en Turín el 26 de octubre de 1828 en el seno de una familia acomodada. Estudió con los Padres de las Escuelas Pías; entró en el seminario y obtuvo el doctorado en Teo­logía en la Universidad de Turín. Se ordenó en 1851. Trabajó en los oratorios co­mo colaborador de don Cocchi y de Don Bosco y, más adelante, fundó la Sociedad de San José para trabajar por los jóvenes en peligro. Ya antes de su ordenación, es­tuvo trabajando en el Oratorio del Ángel de la Guarda en el barrio de Vanchiglia. Ese Oratorio había sido fundado por don Cocchi y confiado a la dirección de don Roberto Murialdo, quien tuvo que vérselas con las bandas que aterrorizaban la zo­na. Cuando su primo Leonardo se unió al «equipo», había conseguido dominar la situación. Las buenas maneras y la paciencia de Leonardo contribuyeron para con­seguir apaciguar a muchos jóvenes y neutralizar a otros.



48 MBe m, 201.

49 G. Bonetti, Chique lustri, 113-117.

50 MBe DJ, 431-32. Don Juan Vola sucedió al teólogo Cárpano como director. El Oratorio tu-
vo dificultades a causa de la banda de Vanchiglia, como describe José Brosio, el
Bersagliere en sus
memorias (cf. MBe
ni, 430-434).

51 G. Casalis, Dizionario (...) XXI, 718 (Centros de educación).

52 Bollettino Salesiano (1894), 84, en E. Valentín!, Preistoria dei Cooperatori 134.

Aquí pasó los primeros años de su sacerdocio. Don Bosco estableció el Orato­rio de San Luis cerca de Puerta Nueva, al sur de la ciudad, en locales alquilados en renta a la Sra. Vaglietti. Lo mismo que en Valdocco, la fundación de este nuevo Oratorio se debió al desarrollo de aquella zona debido a la inmigración de labra­dores empobrecidos, de la industrialización incipiente y, en especial, a la presen­cia y actividad en la zona de los valdenses. Una mañana Don Bosco encontró a don Leonardo Murialdo en Vía Dora Grossa (más tarde Vía Garibaldi, donde vivía) y le invitó a desayunar en un café cercano. Nada más verlo, lo contrató para director del Oratorio de San Luis. A este cargo él aportó no sólo su celo, sino la experien­cia adquirida en el Oratorio del Santo Ángel del barrio de Vanchiglia.

Don Murialdo y el Sr. Bellingeri (que actuaba como vicedirector) remodelaron la capilla y los locales del Oratorio y pusieron en marcha clases de música instru­mental sostenidas con sus propios recursos. El equipo, al mando de don Murial­do, incluía el Sr. Ernesto Murialdo, abogado, al conde Francisco Viancini di Vian-cino, al marqués Ludovico Scarampi di Pruney y, un grupo de Valdocco: los seminaristas salesianos Rúa, Cagliero, Albera, Durando, Cerruti y otros. El traba­jo más difícil fue el establecimiento de las clases diarias para competir con la es­cuela de los valdenses, que disponía de mayores recursos. Dirigido por don Mu­rialdo, el Oratorio prosperó. Don Murialdo trabajó allí hasta 1865.

En 1865-1866, deseoso de ponerse en contacto con las diversas experiencias pe­dagógicas y con la escuela francesa de espiritualidad, marchó a París y frecuentó el Seminario de San Sulpicio. Al volver a Turín en 1866, se le ofreció la dirección del Collegio degli Artigianelli (Colegio de los pequeños artesanos) que había funda­do en 1861-1863 don Juan Cocchi, bajo los auspicios de la Sociedad para jóvenes huérfanos y abandonados. Tenía por finalidad proporcionar cristiana educación y un oficio a los jóvenes pobres entre los 8 y 20 años. Uno de los socios del proyecto de don Cocchi, don Berizzi de Biella, fue su director, cuando don Cocchi marchó a otras labores. Cuando su Obispo reclamó a don Berizzi, éste convenció a don Mu­rialdo para que aceptara ser director.

Don Murialdo lo rechazó al principio a causa de la inseguridad económica de la Residencia. Pero, cuando vio la necesidad y el mucho bien que se había realiza­do, aceptó. Bajo la dirección de don Murialdo, la escuela alcanzó una gran repu­tación por sus métodos modernos de acompañamiento vocacional y por el exce­lente equipo académico.

En 1873, don Murialdo fundó en los Artigianelli la Pía Sociedad de San José, una obra cuya labor, en muchos aspectos, era similar a la de la Sociedad Salesia­na. Consiguió reconocimiento por otras actuaciones.




53 Con la ocupación de Roma, los sectores de católicos «intransigentes», los que defendían a ultranza el derecho papal contra el «usurpador» Estado italiano, y los defensores del absten­cionismo político, se impusieron a los católicos moderados, que estaban a favor de un acuer-

Fue uno de los primeros que promovieron en Italia el movimiento obrero ca­tólico y fundó en Turín Asociaciones Obreras Católicas, en 1871, La Voce dell'Ope-raio (Voz del Obrero). Para llevar a efecto la renovación cristiana de la sociedad y conseguir libertad para la Iglesia, Murialdo participó activamente en la Obra de los Congresos,51 se implicó en los comités católicos y dio principio a muchas asocia­

ciones católicas. En el VI Congreso Católico de Nápoles (1883), fundó una Fede­ración Nacional que coordinara las actividades católicas en el apostolado de la prensa y por entonces fundó la revista mensual La Buona Stampa.

El último día del año 1884, don Murialdo cayó gravemente enfermo. El 8 de enero de 1885 pidieron a Don Bosco que fuera a darle su bendición. Así lo hizo; y dijo a los josefinos que se iba a recuperar, porque era todavía necesario para cui­dar de la joven Congregación.30 Don Murialdo murió dieciséis años después, el 30 de marzo de 1900. Fue beatificado el 3 de noviembre de 1963, y canonizado el 3 de mayo de 1970.

El testimonio de don Murialdo en el Proceso de Beatificación y Canonización de Don Bosco, aunque comedido, revela una gran estima por él. Dice que llegó a conocerlo por lo santo que era. Don Murialdo y Don Bosco se dedicaron al mis­mo tipo de labor en favor de la misma clase de jóvenes y con la misma inspira­ción: la gloria de Dios y la salvación de las almas. Diferente de Don Bosco por origen y educación, lo era también por personalidad y estilo. Fueron semejantes, sin embargo, en el celo por las almas y por su vocación de servicio a los jóvenes pobres y abandonados. Murialdo fundó una congregación religiosa que tema, ha­blando en general, el mismo objetivo y el mismo espíritu que la Congregación Salesiana.

¿Por qué no se hizo salesiano?, se podría uno preguntar. Un biógrafo de Mu­rialdo, Castellani, da algunas razones. Don Murialdo tomó muy en serio sus obli­gaciones y sus relaciones con la familia. Su enorme amor a la libertad, como ad­mitiría él más tarde en la autobiografía de su vocación, le apartó de la vida religiosa. Sólo a la edad de 45 años «se hizo religioso», al fundar una congregación religio­sa, y eso, no sin una dura batalla. Tenía también el convencimiento de que podía seguir el ideal de santidad personal y apostolado en favor de los pobres como sa­cerdote diocesano.


do con el Estado. Los «intransigentes» consiguieron un instrumento efectivo de organización en la Opera dei Congressi (Congreso Católico de Obreros), fundado en 1875. Este se situó como contrapartida al creciente movimiento obrero y al incipiente socialismo organizado en Italia. En especial, desde 1885 en adelante, promovió un conjunto de actividades de bienestar eco­nómico y social, principalmente en las zonas rurales del norte y del centro. Por el mismo tiem­po, fueron fundados los Cooperadores Salesianos. Aunque en algunos aspectos sus objetivos coincidían con los de la Opera dei Congressi, diferían en que renunciaban al diálogo político y se proponían ayudar la causa de los obreros católicos colaborando con el apostolado salesia­no en favor de los jóvenes.

Es cierto que Don Bosco alimentó esperanzas sobre don Murialdo y que sintió dejarle «escapar». En 1858, cuando don Murialdo era director del Oratorio de San Luis, los dos estuvieron juntos en una audiencia papal y Don Bosco lo presentó a Pío LX con palabras que indicaban su esperanza de mantenerlo en su familia. Diez años después. Pío LX le preguntó por aquel «buen sacerdote de Turín». Don Bosco le res­pondió: «Lo dejé escapar». Cuando, casualmente, Don Bosco se encontraba con Mu­rialdo, le reñía diciendo: «¡Padre, se me escabulló!». Mantuvieron ambos durante sus vida una amistad profunda y duradera, guiada por una comprensión mutua.

NOTA INTRODUCTORIA AL «PIANO DI REGOLAMENTO» DE 185431

Las palabras del Santo Evangelio «Ut filios Dei, qui erant dispersi, congregaret in unum» (para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos) que nos mues­tran al Divino Salvador bajado del cielo a la tierra para reunir a todos los hijos de Dios, dispersos por las varias partes del mundo, me parece que pueden aplicarse Uteralmente a la juventud de nuestros días. Esta porción de la sociedad humana, la más delicada, la más preciosa, sobre la cual se fundamentan las esperanzas de un porvenir lisonjero, no es de por sí de mala índole. Dejando de lado la negligen­cia de los padres, el ocio, el encuentro con malos compañeros, sobre todo en los días festivos, por lo demás es cosa facilísima insinuar en estos tiernos corazones los principios de orden, de buenas costumbres, de respeto, de religión; porque, si sucede alguna vez que ya en esa edad se encuentran algunos maleados, es más por irreflexión que por malicia propiamente dicha.

Estos jóvenes tienen verdadera necesidad de una mano benéfica que se cuide de ellos, les enseñe a practicar la virtud y los aleje del vicio. La dificultad está en cómo reunirlos, cómo hablarles y cómo reformar sus costumbres. Esta fue la mi­sión del Hijo de Dios: esto sólo puede hacerlo su santa religión. Pero esta religión, que es eterna e inmutable en sí misma, que fue y será siempre la maestra de los hombres, tiene una ley tan perfecta que sabe doblegarse a las vicisitudes de los tiem­pos y adaptarse a la diversa condición de todos los hombres. Entre los medios a propósito para difundir el espíritu de religión en las almas ignorantes y abando­nadas, son muy indicados los Oratorios. Éstos son reuniones en las que los jóve­nes, después de haber atendido a las funciones religiosas, se entretienen con di­versiones sanas y agradables.

La ayuda que me han proporcionado las autoridades civiles y eclesiásticas, el celo que han demostrado muchas dignas personas que me dieron su ayuda material o que me ayudaron directamente en mi trabajo, son un signo eviden­te de las bendiciones del Señor y del aprecio público.

Ahora es tiempo de exponer un marco reglamentario que pueda servir como plan de la organización de este sector del sagrado ministerio, y unas líneas-guía para los abundantes sacerdotes y seglares que trabajan en él con gran dedicación y caritativo compromiso.

He comenzado varias veces (a pergeñar tal marco), pero renuncié siempre a causa de las innumerables dificultades que tuve que vencer. Ahora, para preservar la unidad de espíritu y la uniformidad de disciplina, así como para cumplir el de­seo de personas de autoridad que me han aconsejado que lo hiciera, he decidido completar el trabajo, sin preocuparme por el resultado.

Pero quiero que se entienda desde el principio, que no es mi propósito elabo­rar una ley o precepto para nadie. Mi único objetivo es exponer lo que hacemos en el Oratorio de jóvenes de San Francisco de Sales en Valdocco y cómo se ha ido ha­ciendo.

Algunas expresiones que aquí se hallan pudieran inducir a algunos a pensar que yo voy buscando mi propio honor y gloria. Que nadie lo piense; que atribuyan to­do sólo a mi compromiso de escribir cómo se van haciendo actualmente las cosas y cómo están aún en estos momentos.

Cuando me entregué a esta porción del sagrado ministerio, entendí consagrar todos mis trabajos a la mayor gloria de Dios y provecho de las almas, entendí en­tregarme a formar buenos ciudadanos en esta vida, para que fueran un día dignos ciudadanos del cielo. Que Dios me ayude a continuar así hasta el último aliento de mi vida.

APUNTE HISTÓRICO (CENNO STORICO)

DEL ORATORIO DE SAN FRANCISCO DE SALES

Este Oratorio, la reunión de jóvenes los domingos y días festivos, empezó en la igle­sia de San Francisco de Asís. Durante muchos años en el verano, don José Cafas-so acostumbraba a enseñar catecismo todos los domingos a los chicos albañiles en una pequeña habitación aneja a la sacristía de la mencionada iglesia. El enorme trabajo que tema entre manos este sacerdote le obligó a interrumpir esta labor, que tanto apreciaba. Lo asumí yo hacia el año 1841 y empecé reuniendo en el mismo sitio a dos jóvenes adultos que tenían mucha necesidad de instrucción religiosa.36 A éstos se les unieron otros y en 1842 llegaron a veinte, y a veces a veinticinco.




56 Comparar lo que se dice aquí de «dos jóvenes adultos» con lo que Don Bosco dice en las Memorias sobre B. Garelli.

Dos realidades muy importantes aprendí desde el principio: la primera, que en general, los jóvenes no son de por sí malos, sino que con frecuencia lo son por el

contacto con malos compañeros; la segunda, que incluso esos chicos malos son susceptibles de importante cambio moral, si se les aparta de los otros.

En 1843 se continuaron las clases de catecismo al mismo ritmo y el numero as­cendió a cincuenta, el máximo que el lugar que se me asignó podía alojar. Mien­tras tanto, al visitar las cárceles pude comprobar que los infortunados retenidos en tal lugar de castigo eran, en general, pobres muchachos que habían llegado a la ciudad desde lejos, ya por la necesidad de encontrar trabajo, ya animados por al­gún cabeza loca. A estos jóvenes se les deja abandonados en especial los domingos y días festivos y gastan en juegos (de azar) o en golosinas el poco dinero que ganan durante la semana. Este es el comienzo de muchos vicios; en muy poco tiempo, muchachos que eran buenos, se encuentran en peligro y ponen en peligro a otros. Las prisiones no pueden hacerlos mejores de ningún modo porque, mientras están detenidos, aprenden refinadas formas de hacer el mal, de modo que cuando salen de la prisión, se hacen peores.

Me dediqué, por tanto, a esta clase de jóvenes, por ser los más abandonados y en mayor riesgo; y durante la semana, ya con promesas o con pequeños regalos, traté de conseguir más alumnos. Tuve éxito y su número creció grandemente, de manera que, cuando en el verano de 1844 se pusieron a mi disposición locales más amplios, me encontré con que tenía cerca de ochenta muchachos a mi alrededor. Experimenté un gran gozo al verme rodeado de alumnos que se portaban como a mí me gustaba, que todos empezaban a trabajar, y cuya conducta, yo garantizaba, tanto los días de la semana como los domingos. Cuando miraba hacia ellos (sen­tados delante de mí), yo podía contemplar a uno que había vuelto con sus padres de los que se había escapado, a otro colocado con un amo; todos ellos muy bien encaminados en el aprendizaje de la religión.

Pero la vida de comunidad de un lugar como el Convictorio de San Francisco de Asís, el silencio y el buen orden requerido para las funciones que se celebraban en la muy frecuentada iglesia pública, afectaron a mis planes. Y aunque el bene­mérito y recordado don Guala me animó a seguir adelante, no obstante, me di cuen­ta claramente de que necesitaba nuevos (y más amplios) locales. Pues la instruc­ción religiosa ocupa a los muchachos durante un cierto tiempo, tras el cual necesitan alguna salida: excursiones, juegos, y así.

La Providencia lo arregló, y al final de octubre de 1844, yo fui nombrado di­rector espiritual del Refugio. Invité a mis jóvenes a que vinieran a visitarme en mi nueva residencia; y al domingo siguiente, se reunieron allí en número superior a lo acostumbrado. Mi habitación servía de oratorio y de patio. ¡Qué espectáculo! Ni la silla ni la mesa ni ninguna otra cosa de la habitación se libraban de ser ocupa­das amigablemente.

Así las cosas, yo y el teólogo Borelli (don Juan), que desde entonces se convir­tió en un ayudante destacadísimo, habíamos escogido una habitación destinada para comedor y sala de estar de los sacerdotes que trabajaban en el Refugio, que pareció suficiente para nuestros propósitos, y la adaptamos para capilla. El Arzo­bispo dio su benigna aprobación y el día de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre de 1844), se bendijo la capilla por la que tanto habíamos suspira­do, con la facultad de celebrar el santo sacrificio de la Misa y de dar la bendición con el Santísimo Sacramento.

Se demostró que la noticia de una capilla destinada únicamente para los jóvenes, las funciones litúrgicas preparadas especialmente para ellos, un pequeño espacio li­bre para juguetear por él, fueron poderosos atractivos; así pues, nuestra iglesia, que empezó a llamarse oratorio por entonces,32 se llenó rápidamente de gente. Tuvimos también que arreglárnoslas como pudimos. Las clases de catecismo se daban en to­dos los rincones: habitaciones, cocina y pasillos. Todo era oratorio.

Las cosas iban adelante, cuando un suceso (o mejor, la acción de la Divina Pro­videncia por escondidos caminos) volvió nuestro oratorio patas arriba. El 10 de agosto de 1845 se abrió el Hospitalito de Santa Filomena, y los locales que había­mos estado utilizando durante nueve meses hubo que destinarlos a otros usos. Hu­bo que buscar otro lugar de reunión [...].33

Entretanto, como se acercaba el invierno y el clima no permitía ya las excur­siones al campo, yo y el teólogo Borel alquilamos tres habitaciones en la casa Mo­retta, un sitio no muy lejos del actual Oratorio de Valdocco. Durante aquel invier­no nuestras actividades quedaron limitadas sólo a las lecciones de catecismo por las tardes de todos los domingos y fiestas.34

Por entonces, las habladurías que habían ido corriendo durante algún tiem­po, de que los oratorios eran un deliberado modo de apartar a los jóvenes de sus propias parroquias para instruirlos en sospechosas teorías, se hicieron más in­sistentes. Fundamentaban estas críticas en que yo permitía a los jóvenes toda cla­se de diversiones, con tal de que no pecaran o de que no hicieran algo que fuera reprensible. Como respuesta a las críticas (de que yo iba alejando a los jóvenes de sus parroquias), yo hice notar que mi propósito era reunir juntos sólo a los jó­venes que no pertenecieran a ninguna parroquia. En realidad, la mayoría de los muchachos eran de fuera de la ciudad y ni siquiera sabían a qué parroquia per­tenecían. Pero, cuanto más trataba yo de aclarar el asunto, más insidiosos eran los comentarios al respecto.

Con gran pena y no pequeños inconvenientes para nuestras reuniones, en mar­zo de 1846 abandonamos la casa Moretta y arrendamos un prado de los hermanos Filippi, en donde actualmente existe una fundición de hierro. Allí me encontré a cielo descubierto, en medio de un prado cercado por un pobre seto, que dejaba pa­so libre a quien desease entrar. Contábamos entre trescientos y cuatrocientos jó­venes que encontraban su paraíso terrestre en aquel Oratorio, en el que la bóveda del cielo hacía de techo y paredes. Para empeorar la situación, el vicario de la ciu­dad, Marqués (Miguel) Cavour, informó con prejuicios sobre estas reuniones de fin

de semana, y mandó que me personara en la casa consistorial. Me informó breve­mente de los rumores sobre el Oratorio, y me dijo:

—Mi buen sacerdote, acepte mi consejo, deje en libertad a esos granujas, que no harán más que darle disgustos a usted y a las autoridades públicas. Me han ase­gurado que tales reuniones son peligrosas y, por tanto, no puedo tolerarlas.

Yo le respondí:

—No tengo más miras, señor marqués, que mejorar la suerte de estos pobres hijos del pueblo. No pido recursos económicos; únicamente un lugar en donde reu-nirlos. Con este medio espero poder disminuir el número de golfos y de los que van a poblar las cárceles35.

El Arzobispo estaba al tanto de todo y me urgía a tener paciencia y ánimo. Mientras tanto, para poder atender más directamente a mis chicos, me vi obli­gado a dejar el Refugio; y como resultado de ello, me quedé sin empleo y sin me­dios de ayuda.36

A todo proyecto mío se daba una torcida interpretación, me hallaba físicamente exhausto con mi salud deteriorada hasta el punto de que se corrió la voz de que esta­ba loco. Incapaz de hacer comprender a los demás mis planes, me propuse darme tiempo, porque estaba profundamente convencido de que los acontecimientos pro­barían que tenía razón en cuanto estaba haciendo. Además, yo deseba muy mucho poseer un lugar apropiado que mi mente imaginaba que ya era una realidad. Esa fue la razón por la que hasta mis mejores amigos pensaron que estaba fuera de razón. Y mis colaboradores, como veían que no cedía a su opinión y no desistía de mis em­presas, me abandonaron totalmente. El teólogo Borelli siguió adelante con mis ideas. Sin embargo, pensando que no teníamos otro camino, pensó que deberíamos sim­plemente acoger una docena de los chicos más jóvenes y enseñarles el catecismo pri­vadamente, y esperar mejor oportunidad para seguir adelante con nuestros planes.

«No», repliqué, «este no es el camino. Esta es una obra de Dios; él la empezó y él debe terminarla». «Pero mientras tanto», él insistía, «¿dónde reunir a nuestros muchachos?». «En el Oratorio.» «Pero, ¿dónde está el Oratorio?» «Yo lo veo allí ya preparado. Yo veo una iglesia, una casa y un patio cerrado. Está allí y yo lo veo». «Pero, ¿dónde están todas esas cosas?» «No sé dónde están, pero lo veo». Yo insis­tía por mi vivo deseo de tener todo eso. Estaba totalmente convencido de que Dios me lo proporcionaría.37

El teólogo Borrelli se sintió apenado por mi estado y expresó con pena sus du­das sobre mi salud mental. Don Cafasso me aconsejó que no tomara ninguna de­cisión por el momento. El Arzobispo (Luis Fransoni), sin embargo, opinaba que yo siguiera con la obra. Al mismo tiempo, el marqués Cavour sostenía con firme­

za la opinión de que estas reuniones, que decía eran peligrosas, deberían elimi­narse. Pero no queriendo tomar una decisión que desagradara al Arzobispo, él con sus colaboradores convocó un encuentro en el palacio arzobispal. El Arzobispo me confió más tarde que aquel parecía el juicio final. La discusión fue breve, pero el veredicto fue que tales reuniones se debían eliminar absolutamente.

Por fortuna, el Conde (¿Luis?) Provana di Collegno trabajaba entonces en el Consejo del Vicario como jefe del Departamento de Cuentas. Siempre me había animado y ayudado económicamente en mi labor, tanto con su dinero personal co­mo en nombre de Su Majestad el rey Carlos Alberto. Este soberano, de grata me­moria, apreciaba la obra del Oratorio y enviaba ayuda económica en época de gran necesidad.38 Por medio del conde Collegno me expresaba con frecuencia su satis­facción por nuestro especial ministerio sacerdotal. Consideraba nuestro ministe­rio a la par de las misiones extranjeras y hubiera deseado ver que tales reuniones de los jóvenes en peligro estuvieran en todas las ciudades de su reino. Cuando se enteró de mi fama, me envió 300 francos por el mismo Conde con palabras de alien­to. También hizo saber a la oficina del Vicario que le gustaría que continuaran las reuniones dominicales de jóvenes. El Vicario debía tener el cuidado de prevenir cualquier desorden que pudiera surgir.

El Vicario obedeció y dio los pasos para llevarlo a efecto. Colocó cierto núme­ro de guardias de seguridad para que cuidaran el orden y le informaran. Los guar­dias se sentaban durante el catecismo, el sermón y los cantos, y se quedaban du­rante el recreo, y luego informaban de todo al Vicario. Poco a poco su actitud mejoró y gracias a eso, también la situación del Oratorio.39

LOS COMIENZOS DEL ACTUAL ORATORIO DE VALDOCCO Y SU DESARROLLO EN LA ACTUALIDAD [1854]40

Un poco después nosotros alquilamos otras habitaciones en la casa del Sr. Pinardi y empezamos las clases dominicales y nocturnas. El caballero Gonella, nuestro des­tacado benefactor, quedó tan impresionado que montó clases similares en Santa Pelagia.41

La ciudad, también, tras considerar el asunto, abrió clases nocturnas en varios barrios, de modo que todo aprendiz que lo deseara pudiera recibir enseñanza bá­sica. Un domingo de abril del año 1846, se bendijo la actual iglesia con la facultad de celebrar la Santa Misa, enseñar el catecismo y dar la bendición con el Santísi­mo Sacramento.42

Las enseñanzas dominicales y las nocturnas alcanzaron un gran progreso con clases de lectura, elementos de aritmética y lengua italiana, de las que se hizo una exhibición pública en el Oratorio.

Por el mes de noviembre, yo me instalé en una casa aneja al Oratorio.43 Muchos sacerdotes, incluidos don (Juan Bautista) Vola, don (Jacinto) Cárpano, y don (Jo­sé) Trivero, tomaron parte en la vida del Oratorio.

Año 1847. Se estableció la Compañía de San Luis con la aprobación de las au­toridades eclesiásticas. Conseguimos una estarna del santo, celebramos los «Seis domingos» con gran concurrencia, antes de la fiesta solemne de San Luis.

El día de la fiesta de San Luis, el Arzobispo (Luis Fransoni) vino a administrar el sacramento de la Confirmación a gran número de muchachos, se puso en esce­na una pequeña comedia y hubo cantos y música. Se alquilaron nuevas habitacio­nes, gracias a lo cual las clases nocturnas se aumentaron. Se dio alojamiento a dos pobres muchachos, huérfanos, sin oficio, ignorantes en religión y, de este modo, co­menzó el asilo (internado), que fue creciendo poco a poco.

(Sigue a continuación un breve resumen del desarrollo de la obra en los años 1847-1854, en el que relata la apertura de los Oratorios de San Luis y del Ángel de la Guarda, y otros notables sucesos).



Capítulo XX
LOS ORATORIOS DE DON BOSCO (1849-1852): CONFLICTOS, CRISIS Y SOLUCIÓN

A inicios de los cincuenta, los sacerdotes y seglares que estaban entregados al trabajo con los jóvenes en peligro eran muy numerosos. Los Oratorios conta­ban con un director y número suficiente de catequistas, tanto sacerdotes como seglares, algunos muy jóvenes, que asistían a los muchachos y supervisaban las actividades. El personal directivo de los Oratorios, en particular, formaba una especie de asociación informal de hombres y mujeres, unidos básicamen­te por el mismo deseo de ayudar a los jóvenes.

En 1849, el Oratorio de San Francisco de Sales de Don Bosco en Valdocco era considerado el más importante, por el número de jóvenes, de actividades, y porque contaba con el mejor equipo y era el mejor gestionado. El Oratorio de San Luis, al sur de Borgo San Salvario, aunque fundado por Don Bosco, en gran parte era llevado por sacerdotes y seglares muy motivados. Tal era el ca­so también del Oratorio del Ángel de la Guarda en el noreste de Vanchigha, que había sido originalmente fundado por don Cocchi y reabierto por Don Bosco. En 1851-1852, don Cocchi abrió el Oratorio de San Martín en los molinos de Borgo Dora.44

Antes de comentar la marcha de los Oratorios y sus problemas en los años 1849-1852, conviene presentar brevemente a los colaboradores de Don Bosco, apoyándose en los documentos que los mencionan.



1. Primeros socios y colaboradores de Don Bosco en la obra de los Oratorios

Carta de Don Bosco de 20 de febrero de 1850 a la Mendicitá Istruita

En una temprana carta a los administradores de Mendicitá Istruita (Sociedad para la instrucción y cuidado de los pobres)45, Don Bosco menciona los que tra­bajaban en el Oratorio y escribe:

Hasta ahora el trabajo ha sido llevado adelante gracias a la ayuda de gran número de sacerdotes y seglares caritativos. Los sacerdotes especialmente implicados son: don [Juan] Borrelli, don [Jacinto] Cárpano, Dr. [Juan] Vola, don [Pedro] Ponte, don [Juan] Grassino, don [Roberto Félix] Murialdo, don [Juan Francisco] Giacomelli y el Prof. [Francisco] Marengo.
Memorial del Oratorio del teólogo Borel

En un cuaderno que tituló Memorial del Oratorio11, el teólogo Borel indica el nombre de los primeros benefactores, al anotar el nombre de los donantes y sus limosnas. No específica de qué otro modo ayudaban en el Oratorio. La lis­ta incluye:

Los canónigos Fissore, Vacchetta, Melano, Duprez, Fantolini y Zappata; los sacerdotes Aimeri, Berteu, Saccarelli, Vola, Cárpano, Pablo Rossi, Pacchiot­ti, Pullini y Durando; el conde Rademaker, el marqués Gustavo Cavour; el general Miguel Engelfred; Carlos Richelmy; los procuradores Molina y Blen-gini; la baronesa Borsarelli y su hija, Srta. Moia; el caballero Borbonese; la condesa Masino; la Sra. Cavallo y la Sra. Bogner; Benedicto Mussa; Antonio Burdin; Gagliardi y la familia Bianchi.
Los Apuntes Históricos de Don Bosco ('Cenni istorici') de 1862

En un comentario que añadió Don Bosco a los Apuntes Históricos de 1862, menciona un número de colaboradores muy cercanos en la labor del Oratorio:



3 ASC A049ss: Persone, FDBM 552 E4-12. El teólogo Borel llevó las «actas» del Oratorio du­rante muchos años.


Entre los sacerdotes que prestaron ayuda material y moral en la labor de los Oratorios festivos, hay que mencionar a don Sebastián Pacchiotti, don

Jacinto Cárpano, don Juan Vola, don José Trivero, don Pedro Ponte, don Leonardo Murialdo, el caballero Roberto Murialdo, Don Miguel Rúa, don Víctor Alasonatti. Una distinción muy especial merece el teólogo don Juan Borel por haber sido el promotor y sostenedor de la obra. Estuvo siem­pre disponible y trabajó con entusiasmo y eficacia en todo tiempo y de to­das las maneras.46


Artículo de Don Bosco en el Bollettino Salesiano sobre los primeros Salesianos Cooperadores

Escribiendo en el Boletín Salesiano, recientemente fundado, en 1877, Don Bos­co habla de sus primeros Cooperadores, es decir, de las personas que estuvie­ron relacionadas con la obra del Oratorio de diversos modos. Menciona 58 nombres de sacerdotes y laicos, hombres y mujeres.47

[...] Muchos celosos sacerdotes y laicos cristianos querían uitirse a Don Bos­co en este ministerio. Entre los primeros y más importantes, recordamos a los celosos y de digna memoria, el teólogo don Juan Borel, don José Cafas-so y el canónigo (Carlos Antonio) Borsarelli [di Rifreddo]. Éstos fueron los primeros Cooperadores de entre el clero. Pero, como tenían otras apremiantes ocupaciones, sólo podían estar a disposición a ciertas horas y en determi­nadas ocasiones. Por consiguiente, recurrimos a la ayuda de señores de la nobleza y de la clase media, y recibimos una respuesta generosa de muchos de ellos. Ellos venían y se dedicaban a enseñar el catecismo, dar las clases, supervisar a los muchachos dentro y fuera de la iglesia. Con dedicación ejem­plar, guiaban a los chicos en las oraciones y los cantos, los preparaban para la recepción de los sacramentos de la penitencia, la comunión y la confir­mación.

Además de la iglesia, estaban siempre preparados para recibir a los mucha­chos cuando llegaban al Oratorio, asignarles el lugar en el recreo, tomar par­te en sus juegos, manteniendo el orden con buenas maneras.

Otro cometido importante de los Cooperadores era «la bolsa de trabajo». Mu­chos muchachos eran de fuera de la ciudad, a veces de sitios muy distantes; se encontraban solos, sin medios de vida, sin trabajo, sin nadie que pudiera cuidar de ellos. Algunos Cooperadores cuidaban de esos chicos; trataban de que estuvieran limpios; los colocaban con algún patrón honrado y los pre­paraban para presentarse en el lugar del trabajo. Durante la semana, visita­ban a los jóvenes y cuidaban de que volvieran al Oratorio el domingo si­

guíente; para que no perdieran en un día lo que habían ganado con el tra­bajo de varias semanas. Muchos de estos Cooperadores, con gran sacrificio personal, venían con asiduidad todas las tardes durante el invierno, y daban clases de lectura, escritura, canto, aritmética y lengua italiana. Otros, a su vez, venían diariamente a mediodía a enseñar catecismo a los jóvenes más necesitados de instrucción [...j.48

Entre los numerosos sacerdotes que se asociaron a la labor, podemos men­cionar los siguientes: los hermanos [Juan] Ignacio y Juan [Bautista] Vola; don [Pablo Francisco] Rossi, que murió siendo director del Oratorio de San Luis; el procurador [Juan Bautista] Destefanis. Dios ha llamado ya a todos a su morada del cielo. A éstos debemos añadir a don Roberto Murialdo, al presente, director de La Familia de San Pedro y don Leonardo Murialdo, ac­tual director del Instituto de los "Artigianelli". Entre los más antiguos sacer­dotes cooperadores que viven todavía (Dios sea bendito), se deben mencio­nar los siguientes: don José Trivero; el caballero don Jacinto Cárpano; don Miguel Ángel Chiatellino; don Ascanio Savio; don Juan Giacomelli; el prof. [?] Dr. Chiaves; don Antó Bosio, ahora párroco; don Sebastián Pacchiotti; prof. [Juan Bautista] Musso; canónigo [?] Musso, maestro; don Pedro Ponti [Ponte]; el canónigo Luis Nasi; canónigo prof. [Francisco] Marengo; don Francisco Onesti, maestro; don Emiliano Manacorda, ahora obispo de Fos-sano; el canónigo Eugenio Galletti, ahora obispo de Alba [...]/

Tuvimos cooperadores, hombres y mujeres. Algunos de nuestros alumnos no eran muy aseados, sino descuidados y sucios. Nadie los aguantaba y ningún patrón los quería recibir en su taller. Muchas mujeres caritativas vinieron en su ayuda [...]. La primera de las mujeres fue la Sra. Margarita Gastaldi.49

Los citados «colegas, ayudantes, benefactores, cooperadores» de los prime­ros años, colaboraban de diversas maneras con Don Bosco en el trabajo de los Oratorios. Don José Cafasso y el teólogo Borel fueron con mucho, los más nota­bles. Cercanos en importancia eran don Jacinto Cárpano y los primos don Ro­berto y don Leonardo Murialdo. De entre los colaboradores laicos, tal vez los más entregados, fueron el barón Bianco di Barbania, el marqués y la marquesa (De Maistre) Fassati, el conde Balbo di Vinadio y la Sra. Margarita Gastaldi.


7 Aquí falta un párrafo donde se describe cómo se guardaba el orden y cómo se llevaba el Ora­torio, de acuerdo a una serie de reglas, sin recurrir a amenazas ni castigos.

Don Bosco, desde el principio, concibió la obra del Oratorio como un tra­bajo en colaboración, emprendido y llevado a cabo por una conjunción varia­da de fuerzas. Éste fue sin duda su primer concepto de la «sociedad» que iba a trabajar por los jóvenes pobres, una asociación de gente voluntaria compro­metida que dedicara su persona y sus recursos (a diverso nivel) a la obra de los Oratorios. Es en este sentido en el que Don Bosco hablaría más tarde de la So­ciedad Salesiana y de las mismas constituciones, como si existieran ya en 1841.

Nunca abandonó la idea de un servicio en colaboración, incluso después de fundar la Sociedad Salesiana como congregación religiosa con vida en común, de votos simples (1859-1974). Se ha de advertir, pues, que no pensó que la So­ciedad Salesiana fuera un sustituto de la antigua asociación, sino que iba a ser, más bien, el grupo central de entre los que se habían comprometido totalmente con la obra. Escribiendo en el Boletín Salesiano en 1877, consideraba a los re­cientemente «fundados» Cooperadores los continuadores del servicio en cola­boración de los primeros tiempos.50

Las «gracias espirituales» que obtuvo de Roma en 1845 y en 1850, y el de­creto del arzobispo Fransoni de 1852, en el que lo nombraba único director es­piritual de los tres Oratorios, fueron citados por Don Bosco como documentos de la aprobación eclesiástica de esta asociación de colaboradores de los que era el «superior».
2. Fase crítica en el desarrollo del Oratorio de Turín (1849-1852)

Crisis, decisiones y desacuerdos

A lo largo de los años cuarenta, surgieron profundas disensiones sobre el con­cepto y organización del oratorio entre los diferentes directores y grupos de ca­tequistas. Don Bosco difería de ellos en el modo en que trabajaba y en la idea de lo que debía ser el Oratorio. Tal vez, con mayor insistencia que ninguno de sus socios, resaltaba la naturaleza religiosa y espiritual del Oratorio, tal como lo concebía. Castellani resalta que el Oratorio del Ángel de la Guarda de don Cocchi daba tanta prioridad a la gimnasia y ejercicios que parecía un campo de entrenamiento militar.51

Además de las diferencias en la práctica pastoral, había diferencias en la ideología política, que se acentuaron en la crisis política y militar de 1848­1849.52 Pero cuando la crisis pasó, no terminaron las disensiones. Se acentua­ron aún más, porque se aceleró el progreso del Risorgimento y porque el tra­bajo de los Oratorios recibió nuevos impulsos con la entrada de nuevas fuerzas y con las donaciones de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Por entonces, Don Bosco, aunque externamente reclamaba neutralidad, había tomado una pos­tura conservadora, solidario con Don Cafasso, el arzobispo Fransoni y Pío LX.

Con él estaban también el teólogo Borel, don Cárpano, don Roberto y, más tar­de, don Leonardo Murialdo y otros, tanto sacerdotes como seglares.

Don Bosco se encontró así en una situación comprometida con los sacer­dotes más «patriotas» que trabajaban en la obra del Oratorio, como don Coc­chi y don R Ponte. Se daban, además, problemas más prácticos. Hubo que sus-titiiir a los directores y catequistas con frecuencia; surgieron choques y desacuerdos dentro y fuera del Oratorio, por cuestiones de competencia, por el deseo de tra­bajar con independencia, por dificultades en la relación con los párrocos, por la desigual distribución de los recursos, por la rivalidad en asegurar los bien­hechores, etc. No habría que descartar dificultades que surgieron por la dife­rencia de caracteres.

Hay que notar, de nuevo, que la organización original del Oratorio fue un servicio en colaboración, en el que sacerdotes y seglares trabajaban juntos co­mo iguales, como socios y colegas. Don Bosco, por otro lado, trató desde el principio de crear su «propio» Oratorio y consideraba a sus colaboradores co­mo ayudantes subordinados y a él mismo, como «superior» de la «Congrega­ción de los Oratorios».

Ya en 1847 había surgido una propuesta de federar los Oratorios de Turín, actuales y futuros, y otros servicios bajo la misma estructura diocesana, que salvaguardara los intereses de cada uno y fuera árbitro en los casos de disen­sión. Este era el punto de vista de un grupo de sacerdotes muy respetables, co­mo don Marcantonio Durando, superior de los Vicentinos, del Prof. don Ama­deo Peyron, del canónigo José Ortalda y del canónigo Lorenzo Gastaldi. Pidieron a Don Bosco y a don Cocchi, directores de los Oratorios, que aceptaran esa pro­puesta. Don Bosco, aunque manifestó su buena voluntad de trabajar con otros, rehusó entrar en un grupo formal, que podría limitar su independencia.

Según informa, o interpreta, Lemoyne en las Memorias Biográficas, estas eran las razones de Don Bosco:



  1. Estrategia en el trabajo del Oratorio: «Don Juan Cocchi está entusiasma­do con la gimnasia; para atraer a los muchachos, hacen ejercicios con palos y fusiles; pero en su Oratorio casi no existen funciones de iglesia. Yo, en cambio, procuro que nuestro palo sea la palabra de Dios y que las otras armas sean la confesión y la comunión frecuente. Considero las di­versiones como un medio para llevar a los muchachos al catecismo».

  2. Compromiso político: «Los otros varios jefes de Oratorio, todos, quién más quién menos, están entrometidos en cuestiones políticas y su pre­dicación es a menudo más que una instrucción una arenga patriótica. Yo no quiero inmiscuirme en política de ningún modo».53

Otro intento en el mismo sentido se hizo en 1849, con el apoyo del mismo Don Cafasso, cuya autoridad moral, como padre espiritual y protector de la

mayoría de los sacerdotes comprometidos en el ministerio de la juventud, era de gran peso. No se llegó a un acuerdo. Los terribles sucesos del año 1848-1849 (la Revolución liberal, la guerra contra Austria, etc.) y el encarcelamiento y exi­lio del arzobispo Fransoni en 1850 impidieron cualquier otra iniciativa.




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