Arthur j. Lenti


La falta de un padre y la presencia de una madre



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La falta de un padre y la presencia de una madre

¿Cómo afectó al desarrollo psicológico de Juan la pérdida del padre en su ni­ñez? La ausencia de un padre en la niñez y la adolescencia se considera un se­rio obstáculo en el desarrollo psicológico del niño. La pérdida en Juan se vio agravada por la situación en que se encontró la familia presidida por Margari­ta. La madre tuvo que entregarse a largas jornadas de trabajo en el campo, le­jos de la casa para poner la comida en la mesa de una familia, que incluía la suegra enferma. Tuvo que luchar durante dos años con la sequía y la hambru­na y, después, con más días de pobreza y dificultades, sin mencionar todos los otros problemas y presiones. La abuela Margarita Zueca vigilaba a los chicos, pero una abuela no puede sustituir a una madre.

Además, se dice, la pérdida de un padre nunca puede compensarse con la presencia de la madre, no importa lo entregada y capaz que sea. No hay duda de que Margarita consiguió proporcionar sereno apoyo y guía segura por la comprensión mstintiva de la situación, sus recias creencias religiosas, sus fuer­tes principios y sus seguras elecciones. Por otro lado, la buena imagen que ten­ga la madre del padre y que da y hace presente al niño, puede proporcionar una compensación substancial. Que éste era el caso, se pude adivinar por el he­cho de que Juan desde la infancia dio muestras de una valentía inusual y un autodominio, acompañado de un sentido de la realidad, del deber y sacrificio personal. Tales rasgos evidencian la presencia constructiva de la madre. Le­moyne atribuye esto a la sabiduría y al estilo educativo de Margarita.44

Margarita jugó un papel clave como madre en otra importante área. En la primera infancia, así lo dicen los psicólogos, el niño necesita una persona adul­ta con quien relacionarse. Normalmente es la madre. De este modo, las rela­ciones del niño con su madre determinan el sentido de sí mismo y sus relacio­nes con el mundo exterior.


44 MBe I, 49-50. 4SCf.MO, 15-18, 47-53.

Hay señales claras de que las relaciones de Juan con su madre en la niñez fueron «constructivas»; el instinto maternal de Margarita ayudó a Juan a pro­gresar hacia su desarrollo normal y a su madurez. Juan desarrolló un fuerte ego, autoconfianza y capacidad de relacionarse con los demás. Nunca aparece deprimido o retraído, sino más bien dotado de una personalidad fuerte, refle­xiva, activa y feliz. Pasajes de sus propias Memorias lo testifican, como cuan­do habla de su ascendencia entre los compañeros, e incluso entre los adultos, o de su habilidad para divertir, como juglar o atleta.45

La imagen del padre

La vida de familia en Piamonte, aunque no matriarcal, se fundaba, principal­mente, en la figura materna. La relación padre-hijo era secundaria. Los psicó­logos nos dicen hoy que una relación tán exclusiva va en detrimento del niño; por ello se aconseja a los padres que desechen sus roles fijos (la madre cría y educa; el padre trabaja y gana). La pérdida del padre de Juan en su temprana niñez tuvo que dejar un vacío que necesitaba ser llenado, al menos parcialmente.

¿No había imagen paterna a su vera que le ayudara a regularizar la vida? Juan vivía en un familia restringida; pero la familia ampliada no se había ale­jado mucho; de modo que presumiblemente sus varones, tales como los tíos Francisco y Miguel Occhiena y el tutor legal Juan Zueca —los Bosco no se tie­nen en cuenta a este respecto— pudieron llenar el vacío, al menos, hasta cier­to punto. La presencia constructiva de la madre se unió entonces a la presen­cia de la imagen paterna en una situación donde se establece una relación recíproca emocional. En el caso de Juan, Antonio queda de mmediato descali­ficado y los varones de la familia alargada seguían apegados al papel tradicio­nal, muy significativo pero rígido. Lejos de estar presentes en una relación per­sonal significativa, ellos estaban probablemente de ordinario ausentes.46

Sin embargo, Juan tuvo la fortuna, según iba creciendo, de encontrar a sa­cerdotes que se pueden calificar de imagen paterna. Don Juan Calosso fue, en verdad, una de las figuras de padre, y muy sobresaliente, que entró en la vida de Juan.


Don Juan Calosso y el joven Juan Bosco: una relación de padre-hijo

En don Calosso, Juan, ya un adolescente de 15 años, encontró al «buen padre» que había estado necesitando y deseando hacía mucho tiempo. Don Calosso te­nía la suficiente experiencia psicológica para comprender el problema de Juan, quien, a esa edad, se hallaba en medio de la crisis de su adolescencia. Por otra parte, el bueno, pero probablemente desilusionado sacerdote, se encontró ne­cesitado de un hijo de quien pudiera ser padre y vio la oportunidad de hacer al­go digno de valor y que llenara su ancianidad. Una relación profunda y mutua floreció de inmediato. Don Bosco se expresa en los términos más enfáticos:



46 Cf. G. Dacquino, Psicología di Don Bosco, 19-32.

47 MO, 24.


Don Calosso se convirtió para mí en un ídolo. Le quería más que a un padre, rezaba por él, le servía en todo con gusto. Además resultaba un enorme pla­cer tomarse molestias por él —y diría— hasta dar la vida por complacerle [...]. Aquel hombre de Dios me estimaba tanto que, varias veces, me dijo: «No te preocupes por tu porvenir; mientras viva, nada te faltará; si muero, tam­bién proveeré».47

Claramente don Calosso había decidido proveer a la educación de Juan y pretendía tomar las medidas oportunas en caso de su muerte. Más decisivo fue que iniciara a Juan en la vida espiritual. Don Bosco escribe: «Conocí entonces el significado de un guía fijo, un amigo fiel del alma que hasta entonces nun­ca había tenido».48 No es extraño, por tanto, que la muerte de don Calosso re­sultara tan traumática para él. Escribe:

La muerte de don Calosso representó para mí un desastre irreparable. Llo­raba sin consuelo por el bienhechor difunto. Cuando estaba despierto, pen­saba en él; dormido, soñaba con él. Hasta tal punto llegó el problema que mi madre, temiendo por mi salud, me envió por algún tiempo con mi abuelo a Capriglio.49

La relación de Juan con don Calosso quedó truncada trágicamente. El ansia con que Juan buscaba la imagen de un padre y la verdadera dirección espiritual no quedó satisfecha hasta que entró bajo la influencia de don José Cafasso.


Conclusión

Muchos e importantes valores espirituales emergen de las experiencias de Don Bosco en sus primeros años. No sólo superó serias dificultades, no sólo pasó por muchas pruebas penosas. El modo en que encaró estas desgracias confi­guró su carácter y le hizo mucho más firme para ir en pos de sus objetivos. Le­jos de romperse, por ellas aprendió paciencia y confianza en Dios; adquirió una percepción de su cercanía y de la realidad de Dios, el sentido de la oración.




48 MO, 22.

49 MO, 27.

Pero las experiencias de la niñez de Don Bosco fueron formativas también desde el punto de vista vocacional. Desde el comienzo y durante toda la vida, Don Bosco se consideró llamado a ocuparse de los jóvenes abandonados y huér­fanos. Desde su propia experiencia personal, se sintió irresistiblemente atraí­do hacia ellos y mantuvo una profunda comprensión de su desgracia. Su res­puesta emocional a sus necesidades era inmediata y obligada. Su deseo personal por un padre, o por la imagen de un padre, le hizo sentirse llamado por voca­ción al papel de padre de los jóvenes necesitados.

Apéndice

CRONOLOGÍA CORREGIDA HASTA 183150

  1. Enero: la Revolución en España restaura la Constitución de 1812.

Julio: revolución, fomentada por los carbonarios y otras sociedades secre­tas, en Sicilia y Nápoles, que obliga a Fernando I a conceder la Constitución.

  1. 10 de marzo: la Revolución estalla en Piamonte (Alessandria) forzando al príncipe Carlos Alberto, regente, a conceder la Constitución. La Revolución es aniquilada con la intervención de Austria. La Constitución es abolida. Car­los Alberto renuncia a la regencia y se exilia voluntariamente.

  2. 23 de julio: el rey Carlos Félix publica un decreto para la reforma escolar. Elimina el sistema napoleónico y reordena las escuelas públicas del reino. La escolaridad de Primaria, dos años, se hace obligatoria para los niños des­de 7 años en adelante, en su propia localidad.

  3. Juan aprende los rudimentos de lectura y escritura con un campesino de su pueblo. Antonio parece que había aprendido, o aprendería más tarde, los ru­dimentos, no así José.

¿Cuaresma? Margarita prepara a Juan, que ha cumplido 7 años, para la pri­mera confesión y lo acompaña.

  1. Noviembre de 1824-maizo de 1825: Juan acude a la escuela de don Lacqua en Capriglio, este invierno y tal vez, ocasionalmente, el siguiente. Se ve obli­gado a inteiTumpirlo, porque Antonio se opone. Empieza el enfrentamien-to con Antonio por la enseñanza.

  2. Teniendo entre 9 y 10 años, Juan tiene el «sueño de la vocación». Juan em­pieza a reunir a sus compañeros en los prados para el catecismo y diversión.

  3. 11 de febrero: muerte de la abuela de Juan, Margarita Zueca.

  4. 28 de febrero: Juan empieza a acudir diariamente a las clases de catecismo de Cuaresma, preparatorias para la primera Comunión en la iglesia parro­quial de Castelnuovo.

15 de abril (Pascua o durante el tiempo pascual): Juan, a la edad de 11 años, recibe la primera Comunión en la iglesia parroquial de Castelnuovo.

Las fechas que siguen reflejan la cronología que se ha establecido en el anterior comentario.


Invierno: después de un período de duro «enfrentamiento» con Antonio, Juan es enviado a trabajar de mozo de cuadra en la Caseína Cámpora en Serra di Buttigliera.

  1. Febrero: Juan es contratado como mozo en la Caseína Moglia, Moncucco, donde trabaja hasta noviembre de 1829.

Invierno: el Sr. Moglia da a Juan tiempo para ir a clase con don Francisco Cottino, párroco de Moncucco.

  1. Verano: don Calosso, con 70 años, es nombrado capellán de la iglesia de San Pedro de Morialdo.

31 de octubre: el tío de Juan, Miguel Occhiena, llama a la Caseína Moglia y arregla el retorno de Juan a su casa dé I Becchi (3 de noviembre).

5-7 de noviembre: triduo en Buttigliera en preparación del Jubileo procla­mado por Pío VLTI, al suceder a León XII.



5 de noviembre, jueves: Juan se encuentra y charla con don Calosso, cape­llán de Morialdo, en el camino de vuelta de Buttigliera.

8 de noviembre, domingo: Margarita lleva a Juan a ver a don Calosso. Juan empieza a estudiar italiano con él; y en las navidades, latín.

  1. Matzo: presionado por Antonio, Juan después de pasar el principio de la ma­ñana con don Calosso, trabaja en los campos el resto del día.

11 de abril, Pascua: Juan empieza a traducir textos del latín y permanece con don Calosso todo el día.

29 de junio o 26 de julio o 10 de octubre: Juan encuentra al seminarista José Cafasso de Castelnuovo en Morialdo. La capilla en Morialdo estaba dedica­da a san Pedro (29 de junio); santa Ana (26 de julio) era una de las patrañas del pueblo. Las dos fiestas se celebraban con una feria. Don Bosco escribe que fue en la maternidad de María (10 de octubre de 1830), «la principal fiesta para los de los pueblos» (MO, 47).



Septiembre: Juan empieza a alojarse con don Calosso.

21 de noviembre: muere don Calosso a la edad de 71 años. Juan rehusa el di­nero de don Calosso, entregando la llave de la caja fuerte a sus parientes.

Diciembre: deprimido y apenado por la pérdida, Juan es enviado con sus pa­rientes a Capriglio y, en sueños, es corregido.

Finales de año: división de la herencia Bosco (casa, tierras, animales, herra­mientas, pertenencias, dinero) entre los tres hermanos: José y Juan mantie­nen su suerte juntos.

  1. Primavera: José Bosco, con su colega José Febbraro, se hace encargado-apar­cero en la caseína Matta en Sussambrino. Margarita y Juan viven también allí.



NOTA BIOGRÁFICA DE ANTOMO JOSÉ BOSCO, HERMANASTRO DE DON BOSCO (1808-1849)

Francisco Luis Bosco (1784-1817), residiendo ya en la Caseína Biglione, se casó con Margarita Cagliero (1783-1811) el 4 de febrero de 1805, a la edad de 21 años. Su primer hijo, Antonio José, nació el 3 de febrero de 1808. Su segundo hijo, Ma­

ría Teresa, nacida el 16 de febrero de 1810, murió dos días después. Margarita Ca­gliero murió también un año después, el 28 de febrero de 1811. El 6 de junio de 1812, Francisco Bosco se casó en segundas nupcias con Margarita Occhiena, y tu­vo dos hijos (José Luis y Juan Melchor). Francisco Bosco murió el 11 de mayo de 1817. Antonio quedó huérfano a la edad de 9 años.

Antonio nació en 1808, y no en 1803 como dicen Lemoyne y todos los biógra­fos después de él.51 El error puede proceder de una carta de 1885 de Francisco Bos­co, uno de los hijos de José, a don Bonetti, en la que equivocadamente da la fecha del 3 de febrero de 1803.52 Ello corrige la imagen de un mozo de 22 años, que se pelea y acosa a un chaval de 10. En 1825, cuando Juan tenía 10, Antonio era un jo­ven de 17 años desajustado y, probablemente, algo alocado, que intentaba darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor.

Antonio había aprendido a leer y escribir. Los certificados de nacimiento de sus últimos hijos llevan su firma; empezó a exigirse en tales documentos después de 1842. El hermano de Don Bosco, José, por el contrario, siempre firmaba los do­cumentos con una cruz ante testigos. Suscita, pues, perplejidad que Don Bosco afirme que su hermano era un bruto analfabeto.53

Después de la división de la herencia de Francisco Bosco entre los hijos (1830), Antonio se casó con Ana Rosso de Castelnuovo el 22 de marzo de 1831. Tuvieron siete hijos: Francisco (1832), Margarita (1834), Teresa (1837), Juan (1840), Fran­cisca (1843), Nicolás (1845), Catalina (1848), sobrinos y sobrinas de Don Bosco en la línea de su hermanastro. De los dos varones que sobrevivieron, Francisco (1832­1920) no dejó descendencia de varón. Juan (1840-1878) tuvo cuatro chicos, de los cuales sólo Antonio (TI) (1879-1956) mantuvo la línea de la familia Bosco.

Antonio se construyó una casa de una sola habitación unos metros al noroeste de la «Pequeña Casa». Se conserva un dibujo en los archivos. El lugar servía de co­cina durante el día y de dormitorio de los chicos durante la noche, mientras los pa­dres dormían en «la habitación principal» de la Casita. Mamá Margarita permitió a Antonio que la usara.

No se sabe cómo se las arregló Antonio para dar de comer a una familia tan am­plia, con las parcelas de tierra que le correspondieron por la división de la heren­cia. Es probable que trabajara también como obrero asalariado. De cualquier mo­do, la familia debió de vivir en pobreza extrema.




51 Cf. MBe I, 38. Esa es también la fecha que da Lemoyne en su biografía de Margarita Bosco. 32 Cf. P. Stella, Vita, 10, pie de nota 16 y referida al texto. 53 Cf. MO, 24-27-28.

Poco a poco los descendientes de Bosco, tanto los de Antonio como los de Jo­sé, marcharon de I Becchi y se asentaron en otras partes. Entre 1891 y 1926 sus propiedades fueron regaladas a los salesianos o compradas por ellos: la parte de la Pequeña Casa correspondiente a Antonio fue donada por sus descendientes en 1919; los de José hicieron lo mismo en 1926. Hacia el año 1929 el histórico centro, in­cluyendo la casa Cavallo-Graglia y la mayor parte de la colina, junto con la pro­piedad Biglione, estaban ya en manos de los Salesianos.

El Rector Mayor don Felipe Rinaldi proyectó hacer de toda la colina un san­tuario salesiano con vistas a la beatificación de Don Bosco (1929). La pequeña ca­sa de Antonio fue demolida en 1915 para dejar sitio al Santuario de María Auxi­liadora, levantado entre 1915-1918, para conmemorar el centenario del nacimiento de Don Bosco y la institución de la fiesta de María Auxiliadora.54

Antonio murió casi de repente el 18 de enero de 1849, a los 41 años de edad, tras una breve enfermedad. Desde 1831, Antonio no figura ya en la historia de Don Bosco; da la impresión de que los dos hermanastros siguieron siempre ale­jados, pero no fue esa la realidad. Es probable que se diera algún tipo de re­conciliación. Las afirmaciones de Lemoyne en las Memorias Biográficas deben matizarse:

Su hermanastro Antonio, que de vez en cuando venía al Oratorio a visitar a Ma­má Margarita y a Don Bosco, murió casi de repente el 18 de enero [1849], des­pués de una breve enfermedad [...]. A pesar de la oposición en el pasado de An­tonio, Don Bosco no dejó pasar ocasión para mostrarle sincero afecto; una vez muerto su hermanastro, se preocupó del cuidado de sus dos hijos. A uno de ellos, Francisco, lo llevó al Oratorio para aprender a hacer muebles; se hizo hombre honrado. El otro hijo de Antonio permaneció en I Becchi y recibió ayuda de Don Bosco cuando lo necesitó. Esa es la venganza de los santos.35

Como corrección, al describir la diáspora de los Bosco, los descendientes de An­tonio y José, Stella escribe:

Como su padre, Antonio y José se casaron pronto, hacia la edad de 23 y 21 años, respectivamente. Antonio tuvo 11 hijos y 11 sobrinos y sobrinas. José tuvo 10 hi­jos y 30 sobrinos y sobrinas [...]. De los hijos de Antonio, dos chicos y dos chicas alcanzaron la edad adulta [...]. De los hijos de José, dos chicos y tres chicas al­canzaron la edad adulta [...]. Uno de los hijos de José (Francisco, 1841-1911) fue admitido en el Oratorio como artesano [en carpintería] y ejerció ese oficio has­ta su muerte en Turín. El otro hijo [de José], Luis (1846-1888), entró en el Ora­torio como estudiante y, después de algunos estudios, trabajó en un cargo admi­nistrativo en la carrera jurídica. [No se casó nunca, pero] vivió con una mujer casada, con lo que se separó del resto de la familia y de Don Bosco.Sd

Hablando del hecho de que José, y el colega de José de Sussambrino, pero no Antonio, pusieron sus tierras para ayudar al seminarista Bosco a reunir la dote pa­ra su ordenación, Stella añade:

54 La fiesta de María Auxiliadora de los Cristianos fue establecida por el papa Pío VH en 1815,
tras la derrota de Napoleón, en acción de gracias por su liberación del encarcelamiento.


55 MBe IJI, 369; cf. I, 203.

56 P. Stella, Economía, 25-26.


Don Bosco, a su vez, no olvidó nunca la generosidad de su hermano José, quien, distinto de su hermanastro Antonio, se ofreció a ayudar en la reunión de la can­tidad requerida para que Juan anduviera el camino hacia el sacerdocio. Como se

ha indicado, dos de los hijos de José fueron más tarde aceptados en Valdocco por su tío, uno como estudiante y otro como artesano. Pero ninguno de los hijos de Antonio fueron tan favorecidos.57

Don Bosco tuvo dos sueños sobre Antonio, uno en 1831-1832 y otro en 1876.58 Ello parece demostrar que Don Bosco recordaba a su hermano y no le guardaba rencor. Antonio ciertamente no ha gozado de buena prensa en la tradición biográ­fica salesiana.



NOTA BIOGRAFICA DE JOSÉ LUIS BOSCO, HERMANO MAYOR DE DON BOSCO (1813-1862)

José Luis, el hijo mayor de Francisco Luis Bosco de su segunda mujer, Margarita Occhiena, nació el 18 de abril de 1813 —no el 8 de abril como se dice en las Me­morias Biográficas y en todos los biógrafos que las siguieron.39

José es sujeto de varios episodios y consideraciones en las Memorias Biográfi­cas. Aparece como un muchacho tímido, educado, pero terco en ocasiones.60 «Jo­sé era un espíritu educado y sereno, bueno, paciente y prudente; se parecía a su pa­dre y era inclinado a utilizar todo para sacar ventaja, incluso de cosas que parecían ser de poca utilidad. De esta manera, si no hubiera sido tan amante de la vida tran­quila del campo, podría haber llegado a ser un negociante de éxito».61


57 P. Stella, Economía, 38. En una nota (38, n. 26) Stella añade: «En su Última Voluntad, ho-


lógrafo escrito en Varazze el 29 de diciembre de 1871, Don Bosco no se olvidó de especificar le-
gados a sus sobrinos y sobrinas, tanto de la familia de Antonio como de la familia de José». Cf.
ASC A220ss:
Testamenti, 3-5 [FDB 73 B7ss] y MBe X, 574. Se debe tener en cuenta, sin embargo,
que parecería improbable y bastante contraria a la costumbre en una «familia hostil» penalizar
a los descendientes inocentes mucho después de que hubiera muerto el jefe de la familia.


58 MBe I, 229-202; XII, 166.

59 MBe 1,38.

60 MBe 1,64.

61 MBe I, 93.

62 MBe I, 79-80.

63 MBe I, 94.

64 MBe I, 117.

65 MBe 1,163.

66 MBe 1,186-7.

67 MBe 1,192.

Está con Juan en el episodio de la venta del pavo.62 José y Juan se entendían bien.63 Interpretó el sueño de Juan diciendo que su hermano llegaría a ser pastor.64 Para per­mitir que Juan estudiara con don Calosso, José se comprometió a realizar la parte del trabajo de Juan en la granja.65 En el asunto de la división de la hacienda familiar, José escogió juntarse a Juan y Mamá Margarita.66 Cuando Juan fue a la escuela en Castelnuovo y Chieri, José acompañó a Mamá Margarita en sus visitas, «para ver a su hermano».67 No se dice nada de la enseñanza de José, aparentemente, no tuvo nin­guna. Se sabe ahora que firmaba los documentos con una cruz ante testigos.

Después de la división de la herencia familiar (1830-1831), José, cerca de los 18 años, arrendó la hacienda Matta, en la colina de Sussambrino, cercana a Castel­nuovo, como aparcero con un amigo, José Febbraro. Margarita se marchó a vivir con él y Juan también estuvo con José en Sussambrino durante las vacaciones de verano.68

El 18 de marzo de 1833, a la edad de 20 años,69 José se casó con María Calosso (1813-1874), de la que se habla a veces como María Febbraro (el nombre de su ma­dre). De la boda se habla de pasada en las Memorias Biográficas.10. Tuvieron 10 hi­jos: Margarita (1834-1834), Filomena (1835-1926), Rosa Dominica (1838-1878), Francisco (1841-1911), Félix Juan (1843-1844), Luis (1846-1888), Lucía Teresa (1848-1926), Margarita (1851-1860), Alfonso Juan (1854-1860) y Miguel Antonio (1856-1857). De las chicas, sólo Rosa Dominica y Lucía Teresa llegaron a edad adul­ta, se casaron y tuvieron muchos hijos. De los dos chicos que alcanzaron la adultez, Francisco Luis causó disgustos a Don Bosco por su vida poco edificante.71

En 1839, José dejó la aparcería en la granja Matta, cuando el Sr. Alejandro Pes-carmona la compró, y retornó a I Becchi.72 Con sus ahorros y algún préstamo, y más tarde con la ayuda de Don Bosco, tras unos años consiguió construirse una casa, frente a la pequeña Casa. Ordenado subdiácono en otoño de 1840, Don Bos­co no tenía la dote que, por ley eclesiástica, necesitaban los candidatos a las Sa­gradas Ordenes. José ofreció su propiedad para ayudar a Don Bosco a cumplir es­te requisito.73 A lo largo de su vida, José ayudó a Don Bosco de todos los modos que pudo, enviándole productos de la granja al Oratorio e, incluso, dando a Don Bosco dinero que tenía guardado para mejorar su granja.74

Durante la época del Oratorio itinerante (1844-1846), Don Bosco, ocasional­mente, fue a I Becchi para un corto descanso. José había reservado una habitación para él en la casa, al oeste del segundo piso; los dormitorios de la familia ocupa­ban el resto. En 1846, una vez instalado en Valdocco, Don Bosco pasó unos tres meses en I Becchi, recuperándose de la grave enfermedad que casi le llevó a la tum­ba.75 Incluso cuando la pequeña casa quedó vacía, después de que Antonio hubie­ra construido su propia casita muy cerca, Don Bosco seguía yendo a «su casa», la casa de José.


68 MBe I, 203.

69 No a los 21 años, como ha sugerido Stella anteriormente. [Nota de los editores.]

70 MBe 1,271.

71 MB XVIJJ, 532.

72 MBe II, 24.

73 MBe I, 300. Lemoyne cita las Memorias de Don Bosco, pero las Memorias del Oratorio no
mencionan tal cosa, ver MO, 81.


74 MBe IV, 373. Cf. también MBe III, 51; IV, 124.

75 MO, 137-140; MBe II, 386-387.

En 1848 se abrió una puerta en la pared oeste de la casa de José. Una de las ha­bitaciones se remodeló y preparó como capilla, bendecida por don Pedro Antonio Cinzano, párroco de Castelnuovo, el 12 de octubre, tras conseguir que el Vicario de Turín diera el decreto de aprobación. Esta capilla, dedicada a Nuestra Señora del Santo Rosario, fue el primer santuario religioso en la historia de la aldea I Becchi.

Tenía como objetivo servir de centro local de devoción, así como de lugar de pere­grinaje para los chicos del Oratorio. Aquí recibió el clérigo Rúa la sotana en 1852,76 y aquí Domingo Savio encontró a Don Bosco por vez primera en 1854.77

Para la inauguración de la capilla, Don Bosco trajo con él a unos dieciséis chi­cos desde Turín, en una de las primeras excursiones que se repetirían anualmente en otoño hasta el año 1864. Cuando llegaban a I Becchi, los muchachos solían dor­mir en el granero-desván que Don Bosco había construido por su cuenta como un tercer piso.78 Si el número de participantes en la excursión era mayor, a veces lle­garon a más de cien, los que no cabían dormían en el pajar situado sobre el esta­blo al este de la casa.

José estuvo al lado de Mamá Margarita cuando cayó enferma y murió en el Ora­torio en Turín el 25 de noviembre de 1856. Escuchó sus últimas palabras de reco­mendación y comunicó su muerte a Don Bosco, que había salido de la habitación a petición de la madre.79 Después de un mes de la muerte de Mamá Margarita, cuando visitaba a Don Bosco en el Oratorio, José cogió una neumonía. Don Bos­co rezó e hizo rezar a la Virgen; José se recuperó y pudo volver a I Becchi.80

Lemoyne afirma que José tuvo una premonición de su muerte cuando visitó el Oratorio para confesarse y comentar «cierto problema» con Don Bosco. Luego vol­vió a casa y «puso todas sus cosas en orden, como si estuviera seguro de su muer­te, aunque se sentía perfectamente». Una semana después, se puso muy enfermo. Don Bosco alquiló un carruaje y corrió a su lado. Al día siguiente, 12 de diciembre de 1862, José moría en brazos de su hermano.81

Lemoyne recuerda el buen carácter y virtudes cristianas de José: «En Castel­nuovo y los pueblos vecinos era muy conocido como persona de talento singular, honrado y generoso [...]. Sus muchas virtudes procedían de la cristiana educación que le había dado su madre Margarita».82



NOTA BIOGRÁFICA DE DON JUAN MELCHOR CALOSSO (1760-1830)


76 MBe IV, 374-375

77 MBe V, 98-99.

78 MBe TV, 371-3.

79 MBe V, 398-403.

80 MBe V, 428-29.

81 MBe VII, 294.

82 Ibíd.

Juan Melchor Calosso nació en Chieri en 1760, según consta en el registro de la Catedral. Un tío suyo sacerdote fue probablemente el responsable de que Juan y su hermano Carlos Vicente entraran en el seminario de Turín en 1775-1776. Los informes lo sitúan en el tercer año de teología en 1779-1780. No se tiene infor­mación sobre los años siguientes; se puede presumir que realizó su cuarto y quin­to curso con regularidad, obtuvo la licencia en teología en la Universidad de Tu­

rín y fue ordenado en 1782. En 1791 fue nombrado párroco de Bruino, en la Ar-chidiócesis de Turín. En 1807 fue acusado de actividades contra la administra­ción francesa; gracias a la diplomacia del arzobispo Jacinto Della Torre se libró de las consecuencias.

Mucho más serias fueron las acusaciones presentadas contra él en diciembre de 1812 por parte de un grupo de notables jacobinos anticlericales de la ciudad. Estos individuos sobornaron a unos feligreses suyos para que lo acusaran de «in­moralidad abominable». Pero en una carta de fecha de 13 de enero de 1813, una señora de nombre Enriqueta de Malines testificó sobre el carácter moral, buen ejemplo y celo pastoral de don Calosso e insistía en que las acusaciones calum­niosas contra él estaban perpetradas por personas que deseaban que se marchara de la parroquia. Ante tan injustas acusaciones, don Calosso renunció a la parro­quia y se retiró a la vida privada.

El hermano de don Calosso, Carlos Vicente, ese mismo año (1813) fue nom­brado administrador de la parroquia de Mezzenile, un cargo que mantuvo hasta 1819. Luego ganó la parroquia de Berzano San Pedro, donde se mantuvo de 1819 a 1824. Se cree que don Calosso ayudó a su hermano. Los registros parroquiales de Berzano muestran que adrninistró allí algunos bautismos. Pudo haber sido hués­ped de su hermano. Pero no fue capellán en ninguna de las aldeas de Berzano, por­que los registros muestran que estas capellanías estaban vacantes por entonces. En 1823 don Calosso era vicario sustituto en Carignano; finalmente, en el verano de 1829, tomó el cargo de capellán de la Capilla de San Pedro en Morialdo.

Juan Bosco se encontró con don Calosso al principio de noviembre de ese mis­mo año 1829, poco después de volver de la granja Moglia, con ocasión de la predi­cación del Jubileo de 1829. Juan fue su alumno y protegido. El buen sacerdote mu­rió poco después, el 21 de noviembre de 1830.
Capítulo VIII
JUAN BOSCO EN LA ESCUELA DE CASTELNUOVO

Y LOS MOVIMIENTOS REVOLUCIONARIOS DE PRINCIPIOS DE 1830


1. El primer encuentro con José Cafasso, seminarista

Tras relatar la muerte de don Calosso y antes de mencionar su pesar, enferme­dad y el sueño de la reprensión, Don Bosco habla del encuentro con el semi­narista José Cafasso, señalando la fecha del suceso en octubre de 1827.

También en este punto las fechas en las Memorias están desfasadas, al me­nos en dos años, debido a la omisión del período Moglia y al error en fechar el encuentro con don Calosso. Es mucho más probable que el encuentro de Juan con el seminarista Cafasso tuviera lugar en las vacaciones de verano de 1830. Juan estaba por entonces estudiando con don Calosso, y Cafasso, en Castel­nuovo, pasando sus vacaciones veraniegas después de haber terminado su se­gundo año de teología en el seminario de Chieri. Tenía 19 años de edad.1


1 José Cafasso (1811-1860) acudió a la escuela secundaria de Chieri. Como no había todavía seminario en Chieri, se apuntó al curso de filosofía que dirigían los dominicos en dicha ciudad. Terminada la filosofía, empezó su teología como seminarista externo bajo la dirección del pá­rroco de Castelnuovo. Cuando se abrió el seminario de Chieri en octubre de 1829, entró en el se­gundo curso de teología y fue ordenado sacerdote en 1833.

Don Bosco afirma que el encuentro tuvo lugar en el segundo domingo de octubre, la fiesta de la Maternidad de María, la fiesta principal de Morialdo, que en 1830 cayó en el 12 de octubre. Sin embargo, la capilla de Morialdo es­taba dedicada a san Pedro (29 de junio); el patrón del pueblo era san Andrés. Las dos fiestas se celebraban con una feria en el pueblo. Mientras las celebra­

ciones estaban en todo su esplendor, Juan Bosco vio a un joven seminarista a la puerta de la iglesia. A las palabras de Juan: «Señor cura, ¿quiere ver alguna atracción de nuestra fiesta? Yo le acompañaré gustoso adonde desee»,2 el se­minarista replicó que las funciones de la Iglesia eran el entretenimiento apro­piado para un sacerdote. Juan aprendió más tarde que el nombre del semina­rista era José Cafasso. Este primer encuentro fue el inicio de una relación importante. Don Cafasso será más tarde un protagonista significativo en el ca­mino vocacional de Don Bosco.


José Bosco, aparcero

La división de la herencia Bosco, hacia finales de 1830, había liberado a Juan del control de Antonio. Margarita decidió matricularlo en la escuela de Cas­telnuovo, a costa de enormes sacrificios. José, a sus 18 años, decidió hacerse aparcero con un colega en la granja de Matta, en Sussambrino3, situada a me­dio camino entre I Becchi y Castelnuovo. Era una opción impuesta por la po­ca tierra que poseían, que apenas daba para sostener a Margarita, a Juan y a la familia de José, cuando contrajera matrimonio, algo inevitable en un futu­ro próximo. Margarita se fue a vivir con José a Sussambrino, pero la pequeña casa de I Becchi siguió abierta. La marcha a Sussambrino debió tener lugar en el invierno de 1830-1831, ya que el tiempo válido para contratos agrícolas ter­minaba el 25 de marzo. El invierno de 1830-1831 fue también el tiempo en que Juan se inscribió en la escuela de Castelnuovo.


Juan Bosco en la escuela de Castelnuovo

Juan Bosco empezó a acudir a la escuela primaria de Castelnuovo en diciem­bre de 1830. El motivo de tan tardía asistencia fue que don Calosso murió el 21 de noviembre; las clases habrían empezado el 3 de noviembre, después del día de Todos los Santos, pero Juan estuvo enfermo durante algún tiempo des­pués de la muerte de su benefactor4.




2 MO, 26.

3 Este nombre se refiere no a la aldea sino a un montículo aislado y junto al valle, a poco más de una milla al sur de Castelnuovo.

4 MO, 27.

5 MO, 28.

En sus Memorias escribe Don Bosco que tenía que caminar 5 kñómetros cua­tro veces al día para ir y volver a la escuela.5 Iba a Castelnuovo desde I Becchi por la mañana, volvía a I Becchi después de la sesión de la mañana para la co­mida del mediodía, regresaba otra vez a Castelnuovo después de comer y volvía a I Becchi por la tarde. Si José y Margarita estaban ya establecidos en la granja de Sussambrino, situada a no más de 2 kilómetros de Castelnuovo, Juan tendría que recorrer una distancia mucho más corta para frecuentar la escuela.

Pasado poco tiempo, el tío Miguel Occhiena encontró una plaza para Juan en Castelnuovo con un tal Sr. Juan Roberto, sastre y músico. Al principio, Juan sólo usaba ese lugar para la comida del mediodía, que traía de casa cada día. Luego, en el tiempo de frío y tormentas nocturnas doirniría allí, quizá sin ce­nar. Finalmente se convirtió en residente todo el día. Por una cantidad razo­nable, que se podía pagar en especie, con maíz y vino, el Sr. Roberto convino en dar a Juan sopa caliente al mediodía y por la noche, y un lugar para dormir, un pequeño habitáculo debajo de la escalera. Margarita le proveía de comida para toda la semana.



Juan tenía ya más de 15 años; se juntaba en clase con chicos mucho más jó­venes. La escolaridad hasta entonces y su desarrollo cultural habían sido in­termitentes. La ropa y los zapatos que usaba eran los de un «vaquero de I Bec­chi». A pesar de ello, los cuatro primeros meses fueron una experiencia grata para Juan. Esto se debió, en gran medida, a que el maestro don Manuel Vira-no, uno de los dos coadjutores de la parroquia, era persona muy capaz y en­tregada y dio a Juan la oportunidad de mostrar su carácter, inteligencia y me­moria. En los últimos meses del año escolar las cosas empeoraron. En abril de 1831, don Virano fue nombrado párroco de Mondonio. Don Nicolás Moglia, sacerdote de 75 años, le sucedió como maestro. Juan ya había encontrado a es­te sacerdote en la granja Moglia y había recibido de él algunas lecciones de la­tín. Parece que era incapaz de mantener la disciplina; lleno de prejuicios, echó de clase al «vaquero de I Becchi», como caso perdido, le humillaba en cuanto podía y permitió a los demás que lo atormentaran en clase. En las Memorias Don Bosco no lo menciona por su nombre; sólo dice que el sustituto era «un hombre que no sabía mantener el orden y que casi echó a perder todo lo que había aprendido en los meses anteriores».6


6 MO, 29.

7 MO, 29.

8 Al leer los pasajes referentes a los dos maestros y a los «malos compañeros», se debe recor­dar «la finalidad educativa» de las Memorias, como se ha comentado antes.

Durante su estancia en Castelnuovo, Juan experimentó las primeras serias tentaciones bajo la forma de «malas compañías»: lo invitaban a dejar las cla­ses, a jugar y a robar.7 Podría parecer extraño, pero no imposible, aun tenien­do en cuenta la finalidad educativa de las Memorias.8 De cualquier manera, las visitas semanales de Margarita, su temprana preparación moral, la oración, la devoción a la Madonna del Castello, los sacramentos y que continuó practicando fielmente y no sólo por cumplir con las normas de la escuela, le permitieron superarlo.


2. Importancia del año en Castelnuovo

El año en Castelnuovo no fue una pérdida total, aunque el progreso fue escaso.

La enseñanza de Juan con don Lacqua en Capriglio debe situarse como un episodio normal en la vida de un campesino [no se espera más]. El año en la escuela municipal de Castelnuovo, por otra parte, se considera el engarce ini­cial del conjunto [educativo] establecido que conecta con Chieri y Turin.9

La decepción con que vivió sus fallidos intentos de acercamiento al clero lo­cal, al que encontraba frío y distante, en contraste con la cüspombilidad de don Calosso y don Virano, le mostraron la necesidad de un contacto con los jóvenes completamente diferente, si algún día llegaba a ser sacerdote. Stella apunta un comentario sobre la incapacidad de Juan para «romper el hielo» y sobre sus jui­cios peyorativos, nacidos ciertamente del cariño por los sacerdotes del lugar.10


9 P. Stella, Economía, 29.

,0 P. Stella, Vita, 20-21. Su evaluación de los maestros y del clero en términos educativopas-torales en el tiempo de escuela y de formación está en consonancia con la finalidad educativa de las Memorias.

En su tiempo libre, Juan empezó a realizar ocupaciones útiles. Del Sr. Ro­berto, músico y sastre, aprendió música, a tocar el clavicordio y el órgano, a coser y cortar trajes. Tras consultar a su madre, comenzó a emplear unas ho­

ras al día como aprendiz con el Sr. Evasio Savio, el herrero local. No adivina­ba entonces que un día necesitaría estos oficios. Pero si se tiene en cuenta la finalidad educativa de las Memorias, no debe darse excesiva importancia a es­tas actividades extracurriculares.

Entretanto, sin embargo, desilusionado y desmoralizado por la vileza de su segundo maestro, a Juan sólo le quedaba esperar las vacaciones de verano-oto­ño en la granja de Sussambrino.
Vacación veraniega en la Caseína Matta de Sussambrino

Después del año escolar de Castelnuovo, Juan se unió a su madre y a su her­mano José en Sussambrino para pasar con ellos los meses de las vacaciones de verano de 1831. Rosa Febbraro, hija de José Febbraro, pudo recordar cómo empleaba el tiempo estudiando y, a veces, olvidándose de cuidar los animales cuando pastaban. A Rosa no le importaba vigilar las vacas de Juan, mientras él se dedicaba a sus otras cosas.

Cuando frecuentaba la escuela en Calstelnuovo, Juan había entablado amis­tad con José Turco, un muchacho mayor, cuya familia era propietaria de tie­rras y una viña lindando con la granja Matta en Sussambrino, en la parte lla­mada Renenta, el nombre de una fuente natural en la zona. El viejo Sr. Turco, padre del joven, animaba a Juan siempre que lo encontraba. José Turco testi­ficaría en el proceso de beatificación, en 1892, que Juan le habló a él y a su her­mana Lucía de un sueño que lo confirmaba en su vocación.11

Durante las vacaciones, en la tranquila soledad de la granja, Juan, su her­mano José y Margarita, y sin duda su tío Miguel y posiblemente su tía Maria­na, pudieron con calma evaluar la experiencia de Castelnuovo. La decisión fue que Juan solicitara plaza en la escuela secundaria de Chieri.


3. Las revoluciones de 1830-1831 y el avance del Risorgimento

Los años 1830-1831, mientras Juan Bosco se esforzaba en Castelnuovo, pre­parándose para ir a la escuela secundaria de Chieri, estuvieron de nuevo mar­cados por las revueltas revolucionarias y otros acontecimientos políticos que contíbuirían al avance del Risorgimento italiano.12




11 POCT, Sesión 89,4 de julio de 1892, ASC A265-A273: Deposizione dei Testi; FDB 2,135 C2-11.

12 j. A. R. Marriott, The Makers of Modem Italy. From Napoleón to Mussolini, Oxford Uni-
versity Press, London, Humphrey Milford, 1931, 52-55, 56-68.


El resurgir con fuerza del espíritu liberal tuvo su origen en Francia, donde los «legítimos» reyes, los Borbones, habían liderado la Restauración. La así 11a­

mada revolución de julio de 1830 apresuró el fin de la Restauración en Fran­cia y ejerció considerable influencia en el movimiento liberal de Italia.

En los Estados Pontificios, la revolución estalló en febrero de 1831; desde Bolonia, el movimiento se extendió rápidamente a Forlí, Rávena y a otras ciu­dades de la Romagna, que estaba bajo el gobierno del Papa. En Ferrara, a pe­sar de la presencia del cuartel austríaco, los Legados del Papa fueron expulsa­dos y se instaló un gobierno provisional. En pocos días toda la Umbría y las Marcas, territorios de los Estados papales, siguieron el ejemplo. Sólo en el Pa­trimonio de San Pedro (Roma y Lazio, el territorio colindante) la autoridad pa­pal aguantó el envite. El nuevo papa Gregorio XVI, apenas elegido el 1 de fe­brero, concedió algunas concesiones poco relevantes para los deseos del pueblo y tuvo que buscar la ayuda de Austria.13

Las tropas de Austria entraron en los distritos rebeldes y hacia el final de marzo restauraron la autoridad del Duque en Módena y la del Papa en todos sus dominios. El papa Gregorio XVI prometió reformas a sus subditos, pero no las llevó a efecto. Por eso, tan pronto como las tropas austríacas evacuaron los Estados Pontificios (julio de 1831), volvieron a estallar las revueltas. Re­tornaron las tropas austríacas, sólo para comprobar que una fuerza militar francesa se les había anticipado. Francia y Austria rivalizaban así para «prote­ger» al Papa y lograr influencia en Italia: lo que no hizo más que complicar los problemas de Italia.14


Mazzini y la Joven Italia

A pesar de la intervención militar austríaca, el movimiento patriótico seguía progresando. Gran mérito tuvo el nuevo impulso que a la política italiana dio la organización fundada por José Mazzini (1805-1872).




13 En Módena tuvo lugar una insurrección el 5 de febrero y el duque Francisco IV huyó, pa-
ra salvarse, al territorio de Austria, llevándose con él a Ciro Menotti, el jefe de los liberales de Mó-
dena, y allí fue ahorcado. Parma siguió el ejemplo de su vecina, Módena, y la ex emperatriz Ma-
ría Luisa, a pesar de su popularidad personal, se retiró a Piacenza, en los dominios de Austria.
Fue repuesta más tarde por las tropas austríacas y la paz de nuevo reinó en su territorio.


14 Luis Felipe en su ascensión al trono había optado por la no intervención. Pero las repeti-
das intrusiones de las tropas austríacas en los Estados Pontificios levantaron a los franceses. An-
tes de que los austríacos llegaran a Ancona, una fuerza francesa les había precedido (febrero de
1832). Metternich rehusó abandonar su papel de protector del Papa. Luis Felipe se mantendría
allí hasta que los austríacos se marcharan. Y así durante seis años (1832-1838) los dos ejércitos
se enfrentaron entre sí en los Estados Pontificios. Se evitó la colisión, pero el patronazgo de los
dos Grandes Poderes creó una nueva situación al movimiento patriótico en Italia.


Nacido en Génova, y educado allí en la Universidad, captó rápidamente el espíritu revolucionario; atraído al principio por los Carbonarios, le desilusio­nó su falta de dirección. En 1831, mientras vivía en el exilio en Marsella, fun­dó una sociedad secreta revolucionaria, La Giovane Italia, que tenía por fin li­berar a Italia del gobierno extranjero y establecer una república democrática.

En 1831, Carlos Alberto de Saboya-Carignan sucedió a Carlos Félix, que había muerto sin dejar heredero varón. Mazzini, al enviarle su famosa «carta abier­ta al nuevo Rey», le emplazaba a tomar las armas y librar a Italia del dominio austríaco. Como la carta venía de un declarado republicano, no surtió efecto; al contrario, el Rey ordenó arrestar a Mazzini, en el caso de que intentara cru­zar la frontera y entrar en Italia.

Mazzini y sus socios intentaron extender las insurrecciones: un fallido com­plot para asesinar al Rey en 1832, una insurrección en Piamonte en 1833, pron­tamente reprimida, y la «infortunada» expedición a Saboya en 1834. Expulsa­do de Francia y de Suiza, Mazzini vivió exiliado en Inglaterra, pero nunca dejó de promover complots para hacer avanzar su programa político.

Esta era la situación política predominante mientras Juan Bosco frecuen­taba la escuela de Castelnuovo en 1831 y poco más tarde en Chieri. Don Bos­co no hace referencia a ella en sus Memorias. Tal vez cuando las escribía, en los años setenta del siglo xrx, los sucesos no eran ya para él significativos. Pe­ro, como joven estudiante, conoció y vivió tiempos difíciles. Policía armada y espías del gobierno estaban destacados en las ciudades y las poblaciones más grandes, incluyendo Chieri. Los estudiantes tenían prohibido llevar escarape­las y vivían bajo vigilancia. No es probable que Juan viviera estas experiencias sin entendimiento ni preocupación.



Apéndice

LA REFORMA ESCOLAR DEL REY CARLOS FÉLIX

Cuando Juan Bosco se matricula en la escuela primaria de Castelnuovo, el sistema escolar se regía por la reforma educativa llevada a efecto por el rey Carlos Félix en 1822.15 El propósito de la reforma era restaurar en el reino de Cerdeña el sistema de educación Primaria y Secundaria, volviendo a la forma prenapoleónica y pre-revolucionaria.

El sistema contemplaba tres tipos de escuela en los niveles primario y secun­dario. La escuela municipal era una escuela primaria con dos años de instrucción básica. Establecida en todas las ciudades, como Castelnuovo, era financiada por el municipio y gratuita para los estudiantes. La escuela pública era una escuela se­cundaria, con un programa de instrucción de seis años, establecida en las princi­pales ciudades, como Chieri. Aunque financiada por el municipio, había que pa­gar una pequeña matrícula. La escuela regia o colegio real era también una escuela de secundaria con un programa de seis años; establecida en la capital provincial y en otras ciudades importantes, la financiaba el tesoro real. A pesar de su nombre, el colegio real de Chieri al que acudió Juan Bosco era sólo una escuela secundaria pública.

Para supervisar la reforma se establecieron unas autoridades: un magistrado central de la Reforma y, bajo su dependencia, un administrador y un delegado lo­cal. La determinación más importante e innovadora, que se tomó del sistema de Napoleón, fue el hacer obligatoria la escuela primaria de dos años para los niños de 7 años o mayores.




15 La reforma escolar de 1822 es importante, porque Juan Bosco recibe toda su educación
básica dentro de esas leyes. Aquí sólo subrayamos las determinaciones básicas que se refieren
a la escuela primaria (más tarde comentaremos las de Secundaria). El documento de la refor-
ma fue realizado por el jesuíta P. Luis Tapparelli D'Azeglio, hermano del estadista liberal Má-
ximo D'Azeglio.


16 La instrucción de catecismo en el primer año consistía en aprender las preguntas y res-
puestas del catecismo diocesano, de las cuales el maestro ofrecía la simple explicación de las pa-
labras del texto. La instrucción de la doctrina cristiana del segundo año estaba basada también
en el mero texto y consistía en un resumen básico de la Biblia, de la historia de la Iglesia y de al-
gunas enseñanzas de ésta.


Las ordenanzas principales de la escuela primaria impom'an la enseñanza de la lectura, escritura y catecismo diocesano en el primer año; de lengua italiana, arit­mética y doctrina cristiana en el segundo.16

En pequeñas localidades, normalmente un maestro daba clase los dos años en una misma aula. En las ciudades más grandes, en las que el número de alumnos superaba los 70, se empleaban dos maestros y se utilizaban dos aulas. Un maestro enseñaba el primer curso y el otro, el segundo curso en otra aula.

El curso escolar empezaba el 3 de noviembre y duraba hasta el final de sep­tiembre. Las clases se daban seis días a la semana y seis horas al día: tres por la mañana y tres por la tarde. El delegado de la Reforma, de acuerdo con el alcalde, el párroco o los Párrocos, eran los que establecían el horario del día escolar, cui­dando de que todos los chicos, incluso los de las familias campesinas, estuvieran libres para asistir, según las estaciones del año. Los chicos y las chicas no asistían a clase juntos, ni en el mismo edificio.17

El crucifijo se colocaba en todas las escuelas primarias locales. La sesión de la mañana empezaba con las oraciones y terminaba con la acción de gracias (el Agi-mus). La sesión de la tarde empezaba con el Actiones y terminaba con las oracio­nes de la tarde. La primera media hora de cada mañana se empleaba en el estudio del catecismo diocesano. La sesión de tres horas de la tarde de los sábados se de­bía dedicar a la instrucción en la doctrina cristiana. Las letanías de la Santísima Virgen María concluían las clases diarias.

Maestros y párrocos tenían que elaborar un sistema que permitiera a los alum­nos acudir a misa en la escuela o en la iglesia parroquial antes de que empezaran las clases e ir a confesarse una vez al mes. Los estudiantes teman que presentar un certificado bimensual de confesión y los domingos y días festivos debían asistir al catecismo y a las funciones de Iglesia en sus respectivas parroquias.

Todos los maestros debían conseguir un certificado del Obispo de su prepara­ción moral y religiosa y un certificado de capacidad, expedido después de realizar los exámenes de calificación ante las autoridades de la Reforma. Los maestros que no consiguieran este certificado dentro de un año a partir de la publicación de las ordenanzas no podían cobrar su salario.

Las escuelas primarias tenían que ser financiadas por el municipio local, así co­mo también los edificios y los salarios de los maestros. A pesar de la obligatoriedad de la escuela y su gratuidad, sólo un pequeño grupo de niños estaba matriculado.


17 Se establecen escuelas separadas para chicos y chicas. No existia la coeducación ni la co­instrucción, ni siquiera en el primer nivel.

Tales eran, en resumen, las disposiciones de la Reforma relativas a la escuela primaria, según las cuales funcionaba la escuela municipal de Castelnuovo.
Capítulo IX
JUAN BOSCO EN LA ESCUELA SECUNDARIA PÚBLICA DE CHIERI (1831-1835)


1. La ciudad de Chieri

«Al final —recordaba Don Bosco— y tras desperdiciar no poco tiempo, se de­cidió que fuera a Chieri para dedicarme seriamente al estudio [...]. Quien ha crecido entre bosques sin ver más que algún pueblecito de provincias, se im­presiona sobremanera ante cualquier novedad, por pequeña que fuere».1




1 MO, 30.

2 Fundada en tiempo de la república romana (siglo n a. C), como puesto militar probable­mente, Chieri, durante la Edad Media dependía del Obispo de Turín, que la repartía como feudo entre varias familias, que formaban la comuna señorial de Carrium. Se vio implicada más tarde en luchas sangrientas contra Turín y contra el cercano Ducado de Monferrat, lo que obligó a su fortificación para defenderse. En los períodos de libertad Chieri fue una «república» gobernada por un senado democrático. En los siglos xrx-xv estuvo bajo la protección de los Duques de Sa­boya. Pero durante muchos años, la ciudad se vio deshecha por las continuas peleas entre las fa­milias nobles. Se la conocía como Carrium Tunitum (Chieri de las Torres), a causa de las nume­rosas torres levantadas para el prestigio de una casa noble. En el siglo xvi fue ocupada en diversos tiempos por franceses y españoles enzarzados en sus guerras contra Saboya. En el período que siguió bajo el dominio de Saboya, formaba parte de la provincia y diócesis de Turín. En 1785, en vísperas de la Revolución francesa, el rey Víctor Amadeo III de Saboya la entregó a su hijo Víctor Manuel, duque de Aosta, en herencia con el título de Príncipe.

Chieri está situada a 12 kilómetros al sudeste de Turín, en el centro del Pia­monte.2 En esos años era una ciudad de unos 9.000 habitantes. Flanqueaban la ciudad, por el lado nordeste, las últimas estribaciones de colinas cubiertas de viñedos, que producían vinos de alta calidad. Construida parte en el llano, parte en la pendiente, la ciudad gozaba de una saludable posición.

Juan Bosco pasó 10 años en esta hermosa ciudad provinciana, cuatro en la escuela secundaria y seis en el seminario, antes de ser ordenado en 1841. Los años que pasó en la escuela secundaria {real collegio) y en el seminario fueron decisivos para su educación y formación.

Mientras la Revolución industrial había transformado a Inglaterra y a la mayor parte de los países del norte de Europa, en el norte de Italia la mayoría de la gente estaba ocupada en la agricultura. Lentamente iba surgiendo una clase media de comerciantes e industriales; bajo su liderazgo empezó un desarrollo económico que continuó cada vez con mayor intensidad en los años cuarenta y cincuenta del siglo xvtu. Chieri era famosa por su industria textil. Unos 30 talleres producían te­la de lino, algodón, seda y lana. El crecimiento de lino, el cultivo de las moreras pa­ra el gusano de seda y el crecimiento de la oveja merina fue continuo.

Una atmósfera religiosa penetraba todos los aspectos de la vida en la ciu­dad. Chieri, perteneciente a la diócesis de Turín, tenía dos parroquias. La más importante y grande era la «Colegiata» de Santa María della Scala, conocida como el «Duomo», o catedral, por haber sido sede diocesana en otros tiempos. Un colegio de 15 canónigos desempeñaba conjuntamente el cargo de rector y mantenía dos coadjutores que gobernaban la parroquia. La iglesia parroquial menor, dedicada a san Jorge, se elevaba en la parte más alta de la ciudad. To­das las funciones litúrgicas «parroquiales», excepto el bautismo y la extre­maunción, se administraban en el «Duomo». En el siglo xvm hubo una terce­ra iglesia, más pequeña, la parroquia de San Pedro. Los párrocos de las dos iglesias menores eran elegidos por los parroquianos. Los beneficios, anejos a las parroquias eran considerables, los del Duomo en particular.



3 Según el informe en el monasterio de Santo Domingo había 26 dominicos (15 sacerdotes, 5 legos y 6 novicios); en el San Francisco, 11 franciscanos conventuales (6 sacerdotes, 2 profesos escolásticos, 2 legos y 1 un terciario); en la iglesia de San Agustín, 12 agustinos (6 sacerdotes, 3 escolásticos y 3 legos); en la de San Antonio Abad, 27 jesuítas (6 sacerdotes, 5 hermanos y 16 no­vicios), en la iglesia de la Consolata, 3 barnabitas (2 sacerdotes y 1 hermano); en el Oratorio de San Felipe, 17 oratorianos (12 sacerdotes y 5 hermanos); en la parroquia de San Jorge, 14 frailes menores (8 sacerdotes, 2 seminaristas y 4 legos); en el convento de San Mauricio, 22 frailes ca­puchinos (9 sacerdotes, 4 legos y 9 novicios); en el de Nuestra Señora Reina de la Paz, 26 fran­ciscanos reformados (16 sacerdotes, 5 legos y 5 novicios). Esta era la comunidad en la que Juan Bosco, durante un tiempo de discernimiento en 1834-1835, estuvo pensando entrar. Había, ade­más, comunidades de religiosas: monjas cistercienses, clarisas y dominicas, cada una con más de 40 hermanas profesas y otro personal. Estas comunidades, masculinas y femeninas, habían sido suprimidas por Napoleón y sus monasterios y conventos, transferidos a la ciudad. Tras su derro­ta, la Restauración los devolvió a las comunidades y muchas habían regresado. Este resurgir de la vida religiosa en Chieri lo conoció Juan Bosco durante su larga estancia allí.


Un informe de 1753 anota la presencia adicional de clero secular en la ciu­dad de Chieri: 17 sacerdotes y 10 seminaristas, todos del lugar, y otros 10 secu­lares foráneos. Contaba, asimismo, con un buen número de monasterios y con­ventos.3 En Chieri actuaban, además, varias confraternidades. Cada una de ellas tenía su base en una iglesia o capilla dotada de beneficios. Instituciones de caridad (hospitales) proveían a la salud básica y otras prestaban servicios sociales (casa para huérfanas).

La escuela secundaría pública

Chieri se gloriaba de tener una floreciente escuela secundaria para chicos. Acu­dían a ella también chicos de las cercanías y de ciudades bastante distantes. Se había fundado en 1820 según el viejo sistema escolar prenapoleónico. Al prin­cipio estaba situada en el monasterio de los Padres Oratorianos de San Felipe Neri. Esta comunidad religiosa, que había regresado tras la supresión de Na­poleón, dejó de existir poco después por falta de personal.




4 Afirmaciones de Lemoyne corregidas, cf. MBe I, 213.


En 1822 los programas académicos y educativos de la escuela fueron reor­ganizados de acuerdo con la reforma decretada por el rey Carlos Félix. La es­cuela se volvió a situar en los edificios adquiridos al orfanato de niñas en la ca­lle principal.4

En 1831-1832, los primeros años de Juan Bosco en Chieri, los alumnos lle­gaban a 159. Informes del archivo local confirman lo que Don Bosco afirma en las Memorias: la dirección la llevaban los dominicos. Su director, o decano, era el padre Pío Eusebio Sibilla. La escuela se regía de acuerdo con la estricta ob­servancia del programa de reformas impuesto por el rey Carlos Félix5 en todo lo referente a administración, formación religiosa, educación, programa de es­tudios y de disciplina. De ahí que el documento que promulgó la Reforma de­fina muy bien la clase de educación que Juan Bosco recibió en la escuela se­cundaria durante una etapa particularmente sensible de su vida (de los 16 a los 20 años).


2. Juan Bosco en la escuela de Chieri (1831-1835)

Durante las vacaciones de verano-otoño en Sussambrino en 1831, la familia de Juan había decido que se matriculara en la escuela secundaria pública de Chie­ri. Juan empezó a reunir dinero y pertenencias para su manutención y aloja­miento. En una ocasión acudió al festival del patrón en la ciudad de Montafia y trepó por el poste de la cucaña consiguiendo un premio de 20 liras. Se dedi­có también a pedir y hacia el final de octubre había ya casi superado su natu­ral repugnancia. Don José Dassano, párroco de Castelnuovo, y un seglar cató­lico le animaron y ayudaron económicamente.6

A finales de octubre, Juan consiguió el permiso de admisión del párroco. El 4 de noviembre de 1831 caminó 5 kilómetros hasta Chieri con un compañero estudiante, Juan Filippello, que también sería compañero de Juan en el semi­nario y su amigo para siempre. En el camino —lo contó Filippello en el Pro­ceso de Beatificación en 1892—, Juan Bosco diría a su compañero que sería sacerdote, pero no cura párroco.7
Encuadre y sucesos significativos


5 S. Caselle, Giovanni Bosco, 40-43.



6 Parece que la familia de Juan, Mamá Margarita y su hermano, José no estaban en posición de contribuir de manera significativa.

7 POCT, Sesión 91, Julio 8, 1892, ASC A265ss: Deposizione dei Testi; FDB 2,135 C12-D11.

Don Bosco no proporciona mucha información en las Memorias sobre su épo­ca de estudiante. No revela prácticamente nada de su vida interior, excepto cuando habla de su discernimiento vocacional. De la misma manera, sólo muy brevemente, refiere la práctica religiosa y sus ejercicios espirituales, aunque tal brevedad se puede compensar con las ordenanzas del rey Carlos Félix. Ofrece, eso sí, alguna reflexión de naturaleza educativa y describe con cierta extensión su «experimento de oratorio», «su noble ministerio» y actividades sociales. Y

se entretiene considerablemente contando su valentía como estudiante y atle­ta en los juegos después de la clase.8

Básicamente la imagen que proyecta es la de un joven exuberante que ex­perimenta, por vez primera, una relativa libertad, que se da cuenta de los peli­gros y de sus posibilidades. Es un extrovertido que encuentra su espacio, que gana ascendencia moral enseguida, se hace líder entre sus iguales. Alentado en su trabajo escolar y en sus estudios con la ayuda de su prodigiosa memoria, dedica la mayor parte de su tiempo a ejercicios espirituales, a la lectura, al tra­bajo y al juego.

En Chieri Juan maduró; se podría pensar que todas sus dificultades habían acabado. No fue este, por supuesto, el caso.


El sexto, el quinto y cuarto de Gramática en un año [1831-1832]

Margarita Bosco conocía, o le fue recomendada, una mujer de nombre Lucía Pianta, viuda del Sr. José Matta, de Morialdo. Tras la muerte de su marido, Lu­cía marchó a Chieri con su hijo Juan Bautista, que estaba estudiando allí. Ha­bía tomado en renta unas habitaciones en la casa del Sr. Santiago Marchisio; tenía un pequeño negocio subalquilando habitaciones por 21 liras al mes. La Sra. Marchisio, viuda también, arrendaba, a su vez, habitaciones a estudian­tes. El registro de la escuela anota que la Sra. Lucía tenía otro residente, ade­más de Juan y de su hijo, y la Sra. Marchisio tenía cuatro residentes. Juan Bos­co estuvo en la residencia de Lucía este primer año y el siguiente.9



El registro escolar de 1831-1832 ofrece la lista de estudiantes, fechada el 12 de mayo de 1832, por clases.10 Reseña de cada uno el nombre del padre, la pro­fesión y lugar de residencia, el alojamiento del alumno y las cuotas que pagó. Juan Bosco está apuntado en cuarto de Gramática como residente con Lucía Matta; había pagado las cuotas de la escuela.


8 Este examen puede servir de guía para una lectura crítica de las MO y de las MBe: MO, 30­54 y MBe L211-293.

9 Registro de los años 1831-1832 y otros informes se citan en S. Caselle, Don Bosco Studen-te, 40-44.

10 Los estudiantes de sexto eran 21; en quinto, 36; en cuarto, 27; en tercero 26; en Humani-
dades, 15; en Retórica 16; en Filosofía, 18. Total: 159. Cf.
S. Caselle, Giovanni Bosco, 40-43. Los
dominicos habían puesto también un curso de dos años de filosofía semejante al que se daba en
los seminarios.


La escolarización de Juan, aunque desigual, fue exitosa debido a su insacia­ble deseo de aprender. En su primer año pudo completar sexto (preparatorio), quinto y cuarto, es decir, tres cursos en un año. Tres cuartas partes del tiempo de primer año estuvo apuntado en el cuarto curso de Gramática. En este momen­to se encontraba «libre y progresando» y siempre recordó a sus maestros con gran respeto: a los profesores don Valeriano Pugnetti [Pignetti], don Plácido Va-limberti, muy «querido», y al «clérigo» Vicente Cima, «severo en disciplina».




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Página de un cuaderno de Juan Bosco estudiante.




Juan tiene 17 años de edad. Físicamente sobresale en una clase de peque­ños colegas.11 Sorprende a la clase y al profesor Cima recitando de memoria la lección del día sin tener delante el libro, que había olvidado. Habiendo hecho tres años en uno, pasó con buenas calificaciones a tercero de Gramática.
Tercero de gramática [1832-1833]

Tras las vacaciones con su madre y hermano en la granja de Sussambrino, de vuelta a Chieri al principio de noviembre, continuó residiendo con la Sra. Lucía en la casa de Marchisio. Al ver la «obediencia» de Juan, Lucía le pidió que cui­dara de su hijo, Juan Bautista Matta, a cambio de casa y alojamiento gratis.12

Profesor de tercero de Gramática era el dominico don Jacinto Giusiana [Giussiana]. Don Bosco no da detalles sobre sus actividades escolares durante este año. En su lugar habla de otros varios temas que no afectan a ese año en exclusiva. Por lo mismo, son difíciles de ubicar en el tiempo. Baste un breve comentario.
La «Sociedad de la Alegría». Vida social y amistades

La «Sociedad de la Alegría» era un grupo de chicos jóvenes, en su mayoría. Su fundación debe situarse en 1833. En sus Memorias, no obstante, Don Bosco ha­bla de 1832.

¿Cómo se formó esta Sociedad? Don Bosco dice que se puso en contacto con los chicos de Morialdo (I Becchi, donde también la introdujo). En Chieri, sin embargo, Juan se encontraba en un ambiente social nuevo y diferente, en el que entró con miedo y ganas. Quiere tener amigos y hacerse popular, pero no a cualquier costo. Y «quien ha nacido entre bosques sabe cómo arreglárse­las», como él mismo dice. Reconoce que sus colegas estudiantes son «buenos, indiferentes o malos» y aprende cómo tratarlos. Rechaza sugerencias para lle­varlo al teatro, a jugar una partida, a nadar y a robar. Ya había superado insi­nuaciones semejantes en Castelnuovo.


11 Debemos recordar, sin embargo, que Don Bosco, como sus dos hermanos, era poco cor-
pulento y bajo de estatura. Por otra parte, la mayoría de los chicos de la escuela secundaria baja
eran mucho más jóvenes, algunos de sólo 9-10'años.


12 Don Bosco dice que Juan Matta cursaba en la escuela un año anterior al suyo (cf. MO, 33.
MO Ceria,
51: «Pese a ser de un curso superior»). El registro mencionado antes lo coloca un año
detrás de Juan. Todo es, sin embargo, chocante porque Juan Matta había nacido en
1809 (S. Ca-
selle, Giovanni Bosco, 24) y por ese tiempo tendría ya 23 años.

En este contexto, eligiendo amigos, fundó la Sociedad. Juan ayudaba a los compañeros en su trabajo de casa; pronto se encontró rodeado de un grupo de jóvenes que se sentía atraído hacia él, «como había sucedido en Morialdo y Cas­telnuovo». De este grupo surgió la Sociedad. Dos reglas básicas determinan una conducta moral cristiana y el cumplimiento ejemplar de los deberes esco­

lares y religiosos. Había lugar para alegres diversiones, pero no era una «So­ciedad para la buena vida».13 Juan era aceptado como el «líder de un pequeño ejército»; su popularidad era tal, que de todas partes se le reclamaba para or­ganizar diversiones y repasar lecciones a otros estudiantes.

Las Memorias presentan la imagen de un adolescente de convicciones cris­tianas, seriamente comprometido con una vida religiosa y moral. De ahí que la versión de un muchacho extrovertido y superficial, que se podría deducir de la narración que hace Don Bosco de sus aventuras deportivas y en las que ha­cen hincapié algunos biógrafos, es errónea y necesita corrección.

Don Bosco no menciona explícitamente problemas de adolescente. Su de­terminación de evitar a los compañeros «malos» no ha de verse como «debili­dad», miedo o actitud negativa; más bien, se ha de entender en el contexto de la conducta moral del adolescente ejemplar, que prevalecía por entonces y se ofrecía en la escuela. A pesar de cierta reticencia, se suponía que para juntar­se con «malas» compañías sin sufrir daño moral, un adolescente debía haber alcanzado un considerable dominio de sus fuerzas instintivas, pasiones y agre­siones. Ese dominio pide un nivel de madurez emocional que no se espera que haya alcanzado un adolescente de dieciséis años. Para Juan personalmente esa determinación debió ser también una estrategia deliberada de defensa, para resolver sus problemas de adolescencia.

Podemos estar seguros de que Juan, durante algún tiempo, hubo de re­primir sus impulsos sexuales, que consideraba pecaminosos. Pero, más allá de este refreno moral, Juan sublimó, en un sentido mucho más positivo, es­tos impulsos dándose a sí mismo en actos de servicio y practicando el amor del prójimo. Eso demuestra ya una considerable madurez moral. Sus activi­dades en la Sociedad de la Alegría y como un atleta y cómico han de verse en esta perspectiva.

Además, afrontando sus problemas de adolescente, Juan tema la ayuda y el apoyo de buenos sacerdotes, figuras paternas, como don Jacinto Giussiana y don Pedro Banaudi, y la dirección espiritual de su confesor, don José Maloria, así como la ayuda y el ejemplo de amigos especiales. Sobre don Maloria, es­cribirá Don Bosco: «Debo a mi confesor el no haber sido arrastrado por mis compañeros a ciertos desórdenes que los muchachos inexpertos tienen que la­mentar por desgracia, en los grandes colegios».14


13 MO, 33-34.

14 MO, 37.

Hay que notar, aunque sea de paso, que en ningún lugar de sus Memorias que traten esta etapa menciona Don Bosco a muchachas. Es comprensible. No había chicas en el colegio real. Si recibían alguna enseñanza secundaria, lo ha­cían separadas, de acuerdo con la Reforma educativa de 1822. A las chicas las encontraría por la ciudad, en la iglesia, etc., pero se mantenían generalmente aparte y bajo vigilancia. Además, Juan no buscaría la compañía de las chicas

por razones morales, dado su temprano compromiso con la vocación sacer­dotal. A esto se debe añadir que, cuando escribió sus Memorias en los años se­tenta del siglo xrx, había realizado ciertas opciones educativas que, en cuanto concernía a la Congregación Salesiana, no contemplaban a las jóvenes.15

La reunión de amigos en la Sociedad de la Alegría, buena como era, no lle­naba por completo sus ansias de intimidad. Una indicación de la vida íntima de Juan Bosco aparece al intentar establecer relaciones personales cercanas con dos miembros de la Sociedad, Guillermo Garigliano y Pablo Braje [Braja], que sobresalían por su «retiro, piedad y buenos consejos». Juntos se implica­ron en actividades de naturaleza religiosa y recreativa. Braja, «amigo querido e íntimo», murió poco después y «fue a unirse con san Luis, de quien se man­tuvo devoto toda la vida».16 El amigo más cercano de Juan Bosco fue Luis Co-mollo, que se inscribió por vez primera en la escuela en 1834-1835, durante el año de Retórica de Juan.
Vida espiritual y práctica religiosa

Don Bosco reconocerá que la vida escolar estaba saturada de prácticas reli­giosas: «En aquellos tiempos la religión era parte esencial del sistema educati­vo». Y describe la práctica religiosa, impuesta por la normativa de la escuela, como productora de resultados educativos estupendos. Pero Juan y sus ami­gos hacían más de cuanto mandaban las normas de la escuela, especialmente en lo referente a la oración y los sacramentos.




15 Don Bosco se abstiene de hablar de las chicas casi sistemáticamente en charlas o escritos
a lo largo de su vida. Además de la elección vocacional, puede que exista una razón personal. Él,
sin embargo, escribió un libro (no de mucho éxito) de avisos y devociones para chicas, semejan-
te al
Compañero de la juventud (para jóvenes). En 1872 fundó, con María Mazzarello, el Institu-
to de las Hijas de María Auxiliadora para la educación de las chicas.


16 MO, 35-38. Guillermo Garigliano (1819-1902) era cuatro años menor que Juan. Pablo Bra-
je (1820-1832) era cinco años más joven, y murió el 10 de julio de 1832, a la edad de 12 años,
cuando Juan tenía 17. Mientras que la fundación de la Sociedad de la Alegría no se puede ubicar
con seguridad, esta disparidad de edad nos deja alguna duda sobre los recuerdos de Don Bosco.


Juan escogió al canónigo don José Maloria, sacerdote diocesano, como con­fesor regular y director espiritual; fue un paso importante en su vida espiritual. Será, después, el sacerdote que rehusará ayudar a Juan en su discernimiento vocacional. Mientras tanto, le animó a frecuentar con más asiduidad la confe­sión y la comunión, en contra del uso de entonces, por más que se aconsejara la comunión en la escuela. Don Bosco reconoce su deuda con don Maloria al afirmar no haber sido arrastrado a ciertos desórdenes. Nada añade sobre la na­turaleza de estos «desórdenes».

Confirmación

Tampoco habla Don Bosco en sus Memorias de lo que debió haber sido un acon­tecimiento significativo en su vida espiritual. Los informes, sin embargo, men­cionan que el 4 de agosto de 1833, a la edad de 18 años, Juan recibió la con­firmación en la iglesia parroquial de Buttigliera, de manos del arzobispo Juan Antonio Gianotti de Sassari (Cerdeña). El arzobispo Luis Fransoni de Turín es­taba enfermo por entonces. En las pequeñas localidades, la confirmación no se daba ni frecuente ni regularmente.


Examen de segundo de Humanidades

Para pasar de la sección superior, esto es, de tercero de Gramática a segundo de Humanidades, se debía realizar un examen comprensivo. La clase de Juan hizo la prueba exigida con el respetado y temido don José Gazzani (Gozzan). Todos menos Juan la aprobaron. Fue suspendido por haber pasado su examen a otros estudiantes. Don Bosco parece que no da importancia al asunto, pero los documentos de la Reforma lo consideraban como una falta grave. Su maestro, don Giussiana, intercedió en su favor y le concedieron ser examina­do de nuevo. Lo aprobó con sobresaliente y consiguió que se condonara el pa­go de matrícula.17


Segundo de Humanidades (1833-1834)


1' Según el documento de la Reforma, la enseñanza debía ser gratis. No obstante, como se ha dicho antes, un pago moderado se podía cobrar si las necesidades lo exigían. Los registros de la escuela de Chie­ri muestran que Juan consiguió dispensa del pago durante el año académico (1832-1833). En 1831-1832, pagó 9 liras; en 1833-1834 y 1834-1835,12 liras [S. Caselle, Giovanni Bosco, 74].

18 Cuando corrigió la copia de su borrador original de don Berto, Don Bosco insertó una no-
ta: «Juan Bautista Matta de Castelnuovo d'Asti fue alcalde de su ciudad natal durante muchos
años y ahora posee una farmacia en la misma ciudad» [MO, 30].


19 S. Caselle, Giovanni Bosco, 85.

En el verano de 1833, el hijo de Lucía parece que abandonó la escuela y los dos, madre e hijo, no volvieron a Chieri en noviembre.18 El año escolar 1833-1834 resultó ser un año de privaciones. Parece que Juan durmió durante un tiempo en el establo del Sr. Miguel Cavallo, a cambio de cuidar del cabaDo y realizar algún trabajo en su viña. Luego, durante «algún tiempo en las Humanidades», cogió un trabajo de camarero a tiempo parcial en la taberna que el Sr. Juan Pianta, hermano de Lucía, abrió por entonces en la casa Vergnano. Como pa­go, Juan tenía un sitio para dormir, literalmente, «un hueco en la pared». Del Sr. Pianta dice que es «un primo y amigo» de los Bosco.19 Don Bosco tiene pa­labras de alabanza sobre él; pero de hecho, Juan fue explotado y tratado mise­

rablemente, al parecer. Al ver la destreza de Juan, el Sr. Pianta le ofreció tra­bajo permanente como pastelero, lo que Juan rechazó.

El profesor de segundo de Humanidades era don Pedro Banaudi, sacerdo­te diocesano y maestro eminente; sin recurrir a castigos, se había ganado el aprecio y respeto de todos sus estudiantes.20 El día del onomástico del profe­sor, 29 de junio, la clase hizo una merienda. Algunos de los estudiantes aban­donaron el grupo para ir a bañarse, una falta en el código de moral y discipli­na y una trágica decisión, ya que uno de los muchachos se ahogó.21

No hay constancia de las actividades académicas; parece que Juan obtuvo éxito en sus estudios y leyó mucho por su cuenta. Como Juan sacaba tan bien el segundo de Humanidades, sus profesores, don Banuadi en particular, le su­girió que se saltara el primero de Retórica y se presentara a los exámenes de fi­losofía, lo que consiguió con éxito. Pensándolo mejor, decidió seguir en pri­mero de Retórica, durante 1834-1835 por su gusto por la literatura.


Estudio y lecturas de Juan Bosco

Después de describir en las Memorias sus proezas como atleta y charlista y otras actividades, Don Bosco se pregunta si el lector pudiera pensar que descuidaba los estudios. Admite que habría podido dedicar más tiempo a su trabajo esco­lar. Pero añade que, gracias a su prodigiosa memoria, era capaz de retener to­do lo que leía u oía leer; le bastaba sólo estar atento en clase (!). «Además, ha­biéndome acostumbrado mi madre a dormir bastante poco, conseguía emplear dos tercios de la noche en leer libros de mi gusto y dedicar casi toda la jorna­da a ocupaciones elegidas».22

Leía vorazmente. Pidiendo libros prestados a la librería de Elias Foá, en el gueto judío, por cinco céntimos cada volumen, consiguió un volumen al día o mejor cada noche; así pudo conocer los clásicos italianos, los clásicos griegos y latinos. Leía por placer, superficialmente, como reconocerá más adelante.

Don Bosco hace notar que mantenerse despierto y leyendo gran parte de la noche afectó su salud hasta el punto de poner en peligro su misma vida. Esta desconcertante referencia a una enfermedad prolongada y grave que sufrió en sus tiempos de estudiante es de gran interés. Don Bosco estuvo con frecuencia gravemente enfermo y la patología esencial, así parece, era una dolencia bron-quio-pulmonar, que terminó siendo un enfisema crónico, con numerosas com­plicaciones.




20 MO, 42.

21 MO, 42-43 trae una detallada narración del accidente.

22 MO, 53.

Sabemos que estuvo de nuevo enfermo en el seminario y durante el primer año de sacerdocio, y que en el año 1846 casi se muere de una bronconeumo-nía. Tal vez los problemas y la historia médica de Don Bosco tuvieron su ori­

gen en la exageración de sus años de estudiante. Ello, combinado con los lu­gares inapropiados para dormir, la insuficiente alimentación y la falta de ro­pas adecuadas para los gélidos inviernos, pudieron ser la causa básica de sus ulteriores problemas.23


El episodio de Jonás

Un día, en la tienda de libros de Elias Foá, Juan se encontró con un «apuesto y guapo joven hebreo», a quien en sus Memorias llama alusivamente Jonás y con quien entabló amistad. Llegaron a ser muy amigos y empezaron a hablar de religión. Juan Bosco afirmaba que fuera de la Iglesia católica no hay salva­ción; por tanto, Jonás debería hacerse católico. El joven empezó a instruirse en la religión católica con Juan. Lamentablemente un día su madre, a quien Don Bosco describe como maga, vieja y fea, descubrió el catecismo y se de­sencadenó el infierno. Jonás fue a su tiempo bautizado.24

El episodio no es fingido. El nombre del joven era Jacob Leví. Fue bautiza­do el 10 de agosto de 1834; cambió su nombre por el de Luis Bólmida por la familia que lo apadrinó. Parece que su familia le desheredó. Llegó a ser hom­bre de negocios en Turín.25
Crisis y discernimiento vocacional (primavera de 1834)

Don Bosco afirma en las Memorias que empezó a pensar seriamente en su vocación durante el año de Retórica, es decir, en 1835. Escribe que el sueño de la vocación se había repetido y que, siguiendo sus indicaciones, llegaría a ser sacerdote.26




23 Parece que los Bosco eran susceptibles crónicos de problemas respiratorios. Pero, Don Bos-
co, al escribir en los años setenta del siglo xrx, pudo querer avisar a sus jóvenes salesianos.


24 MO, 43-46. El celo de Juan es explicable, porque esa era la interpretación corriente del di-
cho «fuera de la iglesia no hay salvación». También el tratamiento de Don Bosco de la tradición
judía es comprensible en ese contexto social y religioso particular, pero no es excusable. La ca-
racterización de la madre de Jonás por Don Bosco (sin duda hecha para entretener al lector, uno
de los declarados propósitos de las
Memorias) es particularmente poco respetuosa.

25 S. Caselle, Giovanni Bosco, 108-115.

26 MO, 55.

27 El documento de admisión está en ASC A020ss: Accettazione [...], FDB 87 B8.

Para evitar los riesgos espirituales de una vida sacerdotal dedicada al cui­dado de las almas en «el mundo», decidió entrar en los franciscanos. Los ar­chivos demuestran que tomó decisiones en tal sentido, no en el año 1835 sino en la primavera de 1834, durante el año de Humanidades. El 18 de abril de 1834 se examinó y aprobó la prueba para entrar en el noviciado de los frailes menores reformados de la Observancia en Chieri.27 Continúa hablando de que

quedó aterrorizado por un sueño que le amonestaba que no encontraría la paz en el monasterio franciscano.28 Debió suceder en la primavera de 1834. Don Bosco confiesa que, perplejo y desasosegado interiormente, pidió consejo a su amigo Luis Comollo.

Comollo había acudido a la escuela cuando Juan estaba ya en el año de re­tórica. Es por ello que hay que pensar que la crisis y el proceso de discerni­miento empezaron en el año de Humanidades de Juan (1834) y le duraría has­ta el año de Retórica, cuando podría contar con Comollo.
Primero de Retórica [1834-1835]

Al volver a Chieri, en noviembre de 1834, habiendo decidido seguir en prime­ro de Retórica, Juan Bosco encontró alojamiento en casa del sastre Tomás Cu-mino, por 8 liras al mes. Llevaba una recomendación del párroco de Castel­nuovo y ayuda económica de un laico católico local. Durante unos meses durmió en una pequeña habitación húmeda, la mitad bajo el piso. Luego don José Ca­fasso, que había sido residente en la misma casa, consiguió del Sr. Cunrino que le diera una habitación mejor.

Salvo que leyó a los clásicos, ese año no se señalan otras actividades. Don Bosco, sin embargo, cuenta unos cuantos episodios claramente diseñados pa­ra «entretener» a sus lectores salesianos, que es uno de los propósitos declara­dos de sus Memorias. Los episodios de «magia blanca y negra» cuentan los tru­cos que usaba Juan con su amo, el sastre Sr. Cumino, y con el director de la escuela, canónigo don Máximo Burzio.29

Más significativo, dada la intención «oratoriana» de las Memorias, es el pa­saje de las cuatro pruebas con que el mago y acróbata iba atrayendo a la gen­te a las funciones de iglesia. Juan venció al charlatán en todos los campos y el día terminó con la cena en la taberna local.30


Luis Comollo


28 MO, 55-56.

29 MO, 52-53.

30 MO, 51-53. Don Bosco afirma que la cena tuvo lugar en la taberna Muretto (pared peque-
ña). S.
Caselle [Giovanni Bosco, 35] opina que debió ser la taberna Muletto (pequeño mulo), que
existió hasta 1915. Pero Don Bosco escribió claramente «Muretto» en el borrador original
que Don Berto transcribió con fidelidad. N. Cerrato [«II Tempio di Don Bosco» 9 (Diciembre 1994)
6-7] arguye que fue la taberna Moretto, es decir, en otra parte de la ciudad. Moretto en italiano
querría significar «pequeño páramo». Pero su traducción en piamontés, Locanda dij Moré, sig-
nificaría «Taberna de la morera». El que Don Bosco escriba «Muretto» se debe a que la «o» se
pronuncia «u» en piamontés, del mismo modo que Morialdo se pronuncia «Murialdo».


Iniciado primero de Retórica, probablemente en noviembre de 1834, Juan co­noció a Luis Comollo. Luis se había trasladado de su pueblo natal, Cinzano, y

matriculado en la escuela de Chieri, presumiblemente con vistas a entrar en el seminario de allí. Era dos años menor que Juan y estudiaba un año escolar por detrás de él. Luis entró en la vida de Juan, cuando éste presenció un episodio en el que Comollo perdonó a un compañero que lo había maltratado. El hecho fue el catalizador de una amistad cercana y de una relación que fue profundi­zándose con el paso del tiempo y dejó una profunda impronta en la vida espi­ritual de Don Bosco:

De él aprendí a vivir como cristiano. Puse toda mi confianza en él y él en mí. Nos necesitábamos uno a otro. —Yo le necesitaba a él para mi progreso es­piritual; él me necesitaba para su ayuda física.31

En una ocasión, algunos compañeros traviesos se encararon con Comollo y otro muchacho, llamado Antonio Cándelo, durante la clase. Juan se levantó en su defensa y empezó a usar como garrote a un individuo, con lo que se aquie­taron los atrevidos. Más tarde, Comollo se lamentaba con Juan de su violenta exhibición de fuerza. Don Bosco añade: «Me coloqué completamente en sus manos y me dejaba guiar como y por donde él quería»32. Cuando los dos estu­vieron en el seminario, Juan consideró a Luis como un hermano mayor, aun­que Luis tuviese dos años menos y fuese físicamente muy inferior. De nuevo aparece Juan Bosco aquí deseoso de intimidad y de vida interior. El ejemplo de Luis fue claramente una gran ayuda al respecto. Don Bosco escribe (refi­riéndose a su amistad en el seminario):

Este maravilloso compañero fue para mí una fortuna. Sabía avisarme opor­tunamente, corregirme, consolarme [...]. Trataba con él familiarmente y me sentía espontáneamente mclinado a imitarle [...]. Si no fui arrastrado por los inmorales y si progresé en mi vocación a él se lo debo [...]. Sólo en una cosa ni siquiera he intentado imitarlo, en la mortificación [...]; eran otros tantos aspectos que me asombraban y me obligaban a reconocer en aquel amigo un héroe, una invitación al bien y un modelo de virtud para quien habita en un seminario.33

Juan confió a su amigo Comollo las dudas sobre su vocación. Comollo es­cribió una carta a su tío sacerdote, don José Comollo. El sacerdote urgió a Juan que pusiera su confianza en Dios y que entrara en el seminario.




31 MO, 40.

32 MO, 41 La espiritualidad de Comollo, que Juan Bosco admiraba mucho, pero que afortu-
nadamente tuvo el buen sentido de no asumir en su totalidad, se comentará en el contexto de los
años de seminario.


33 MO, 67.

Apéndice


LA ESCUELA SECUNDARIA EN LA REFORMA DE 1822

La Reforma del rey Carlos Félix, de la que ya se ha hablado al tratar el año que Juan Bosco pasó en la escuela primaria de Castelnuovo, concierne a la escuela secun­daria, tanto pública como real; todo está regulado minuciosamente. Conocer su or­ganización y objetivos es oportuno, ya que es el tipo de educación que Juan Bosco recibió.


Calendario, horarios y administración económica

El currículo de la escuela secundaria se orientaba al estudio del latín, el italiano y la literatura. Constaba de seis años, que se denominaban: sexto o preparatorio; quinto; cuarto; tercero de Gramática; segundo de Humanidades; primero de Re­tórica34.

Las clases empezaban el 3 de noviembre y acababan a finales de agosto (el 15 de agosto para primero de Retórica); duraban tres horas y media por la mañana, incluyendo recreos y misa; y dos y media por la tarde, seis días a la semana.

La ciudad era la responsable de proporcionar locales adecuados y el equipa­miento necesario, el mantenimiento y los salarios de los maestros35. Si no podía responsabilizarse de los salarios, con el permiso de la autoridad, la escuela po­día cobrar a los padres una cuota, abonada libremente a la administración de la ciudad. La cuota no podía exceder de 15 liras al año para los alumnos de las sec­ciones inferiores y de 20 liras para los de grados superiores. Se debía, sin embar­go, admitir gratis a los estudiantes pobres o que lo merecieran.


Los deberes de los estudiantes en general


34 A este programa de estudios secundarios le seguían dos años de filosofía (se precisaban pa-
ra acceder a la universidad o a la teología del seminario).


35 Los salarios anuales eran estos: profesores de retórica, 800 liras; profesores de humanida-
des, 720 liras; profesores de gramática y menores, 640 liras; maestros sustitutos, 300 liras; direc-
tores espirituales, 225 liras.


Todos los estudiantes debían recibir el sacramento de la penitencia una vez al mes. cumplir con sus deberes de Pascua y recibir un certificado de su cumpli­miento bajo la pena de expulsión. Se animaba a recibir con frecuencia la sagra­da comunión. Los estudiantes debían asistir a la misa en los días de escuela. Los

domingos y días festivos debían de «asistir a la iglesia» bajo la dirección de un director espiritual36.

Los estudiantes debían demostrar devoción en las funciones sagradas, respeto y obediencia a los maestros y a los directores espirituales. Un fallo grave merece­ría tres días de expulsión y la exigencia de una excusa pública.

Estaban fuera del alcance de los estudiantes los teatros, salas de juegos, salas de baile, bares, restaurantes, tabernas y otros lugares públicos. Quedaban estric­tamente prohibidos los baños, comparsas, juegos en las calles, holgazanear, hacer pandñlas, reuniones en los bares y actuar en teatros sin permiso del director. La falta de cumplimiento después del primer y segundo aviso, se castigaba con el sus­penso del año y las infracciones mayores, con la expulsión de la escuela.

El jefe de policía u otros agentes del Gobierno debían informar a las autorida­des de la escuela de cualquier infracción. Eran castigados con la expulsión los es­tudiantes culpables de comportamiento irreligioso, inmoral o delictivo, ingober­nables, incorregibles u obstinadamente desobedientes o escandalosos. Un consejo instituido por la Reforma y las autoridades educativas decidían sobre la expulsión por medio del voto secreto y por mayoría. La decisión se hacía luego pública con exposición de las razones.
Beberes de los profesores y maestros

Todos los años, escolares, profesores y maestros, para su nombramiento y conti­nuidad, debían obtener el certificado de buena conducta del Obispo y presentarlo a las autoridades de la Reforma. El fallo en la presentación de tal certificado se cas­tigaba con la expulsión.

A los profesores y maestros se les prohibía aceptar dinero o regalos de cualquier tipo de los estudiantes o dar clases particulares, bajo pena de expulsión.

Los maestros debían llegar temprano para estar a disposición de los estudian­tes, controlar el tiempo y preguntar las lecciones antes de misa. Debían turnarse para vigilar a los estudiantes en la misa diaria y en la asistencia a la iglesia los do­mingos y días festivos. La misa a los estudiantes debía celebrarse por turnos37.




36 La asamblea religiosa (congregación) era la reunión general de los estudiantes que se tenía
por las mañanas y tardes los domingos y días festivos bajo la supervisión de dos directores espi-
rituales (capellanes), para las funciones religiosas y la instrucción. En tiempos de Don Bosco, la
asamblea se reunía en la iglesia de San Antonio de los jesuítas.


37 Esto implica que todos, o la mayoría, de los maestros eran sacerdotes.

Los maestros podían expulsar de la clase a los estudiantes desobedientes o irres­petuosos, y los directores espirituales, de la celebración. Debían informar a las au­toridades de la Reforma de la mala conducta de cualquier estudiante, para la po­sible expulsión de la escuela.

Admisión y promoción

Para ser admitido a la escuela secundaria, el estudiante debía haber adquirido en la escuela primaria suficiente conocimiento del catecismo, de la doctrina cristia­na y de la gramática italiana básica, así como haber pasado un examen a tal efec­to. Se les daba entonces un certificado de admisión. El Delegado de la Reforma de­bía guardar el registro con el nombre, apellidos, origen, edad de los estudiantes, y el resultado de su examen.

Una clase no podía tener más de 70 alumnos. En las ciudades más grandes don­de los estudiantes excedían ese número, se debía crear otra clase del mismo grado.

Para ser promovido, el estudiante debía realizar y aprobar un examen al final del año escolar ante el Delegado de la Reforma. Para ser admitido a este examen, el estudiante debía presentar un certificado de su director espiritual o del párroco local, en el que se afirmaba el suficiente conocimiento de la doctrina cristiana, que había ido a confesarse cada mes y que había cumplido con los deberes de Pascua.


Certificaciones de profesores y maestros

Los profesores de enseñanza secundaria debían obtener un certificado de la Uni­versidad de que habían hecho y aprobado un examen. Debían también obtener un certificado del municipio. Sólo se les pagaba el salario, si se cumplían estos requisitos.

Los profesores y los maestros debían ser sacerdotes o al menos «clérigos» au­torizados por el Obispo para llevar sotana, cuando no había sacerdotes disponi­bles. No presentar esa autorización significaba la expulsión sin compensación38.
Alojamiento de los estudiantes

Los estudiantes no alojados con sus familias, parientes o en establecimientos edu­cativos aprobados (internados o residencias), se debían alojar en viviendas apro­badas por el Director, después de consultar a las autoridades eclesiásticas y a las de la Reforma. Sólo se daban permisos para mantener tales residencias a personas de buen carácter que mantuvieran una casa decente y observaran las reglas de alo­jamiento de estudiantes. No se autorizaba a un estudiante a cambiar de vivienda sin el permiso del Director.


Directores espirituales, celebraciones y Ejercicios Espirituales


38 Esta norma estaba determinada expresamente para las escuelas secundarias reales, pero era una norma que subyace para todas las escuelas en el documento de la Reforma.

Todos los estudiantes sin excepción debían asistir a misa los días de escuela, los domingos y días festivos, a la celebración dominical. Estas celebraciones estaban bajo la dirección y el control de los directores espirituales.

Los directores espirituales, normalmente dos, eran elegidos por el Obispo y nombrados por el Magistrado central de la Reforma o por los departamentos de educación. En las celebraciones, los directores espirituales gozaban de la misma autoridad que los profesores tenían en sus clases. Podían castigar o expulsar a los estudiantes que fueran irreverentes, desobedientes o negligentes en el catecismo. En las materias de enseñanza eran responsables ante la Admimstración de la Re­forma y ante el Director. En las materias de religión o espirituales respondían an­te el Obispo.

Debían estar disponibles para oír a los estudiantes en confesión y buscar a otros sacerdotes para que les ayudaran en ese ministerio. Debían animar a la co­munión frecuente. En las celebraciones eran responsables de la celebración de la misa, de predicar y enseñar el catecismo, así como del buen y devoto com­portamiento de los jóvenes.

Tenían que consignar un informe general de las ausencias, retrasos, progre­so en el catecismo o la doctrina cristiana, confesiones (poniendo también el nom­bre del confesor), comuniones y el espíritu de piedad de cada estudiante en un registro especial.

Ambos directores espirituales, al final de cada período bimensual, debían fir­mar la cartilla de admisión en cuanto concernía al programa de religión.

Cada mañana y tarde de los domingos y fiestas, desde el primer domingo en que se abría la escuela hasta el 15 de agosto, fiesta de la Asunción, había celebra­ción. La de la mañana consistía en una pequeña lectura espiritual, el canto del Ve-ni Creator, el oficio de la Bienaventurada Virgen María, Santa Misa, Letanías de la Santísima Virgen, un sermón de instrucción y Laúdate Dominum (Salmo 117) con una oración por su Majestad Real.

Por la tarde, se leía una corta lectura espiritual y se recitaban las tradicionales oraciones, los actos de fe, esperanza, caridad y contrición, y se tenía una lección de catecismo de unos 45 minutos que impartían los directores espirituales u otros sacerdotes, según la necesidad.

Los directores espirituales debían organizar un retiro de tres días para pre­parar a los estudiantes a la Navidad, y un retiro más intenso desde el Viernes de Pasión al Viernes Santo, culminado con la comunión de Pascua, si el Obispo lo permitía.




39 En los exámenes, las calificaciones o notas se daban en latín o con letras de la A a la F: ma­le (mal, F), nescit (no sabe, D), medie (media, C), fere bene (casi bien, B-), bene (bien, B), fere opti-me (casi excelente, A-), optime (excelente, A), egregie (sobresaliente, A+).

El texto de la Reforma finalizaba dando detalladas normas sobre la dirección de las clases, la conservación de los informes y los métodos de enseñanza. Se pro­ponían directrices meticulosas para los exámenes finales, la promoción y premios e instrucciones para la ceremonia final de graduación.39

Capítulo X
CRISIS Y DISCERNIMIENTO VOCACIONAL EN CHIERI (1834 1835)


1. El sueño vocacional de Juan Bosco

En sus Memorias, Don Bosco narra el sueño vocacional original, tenido en I Becchi afirmando que volvió a repetirse «en otras épocas incluso en términos más claros».1 Se refiere al momento de discerrLimiento en Chieri, en el año 1834. Más adelante, relata detalladamente otro sueño vocacional, continuación de ese primer sueño, localizándolo en 1844. Por entonces era sacerdote compro­metido ya en el trabajo del oratorio en Turín y estaba a punto de salir del Con­victorio para aceptar el cargo de capellán de la marquesa Barolo. Llama a es­te sueño «apéndice» del primero. Y afirma a continuación, sin hablar de ningún otro sueño en detalle: «Este sueño (1844), junto con otro iba a convertirse en la base de mis decisiones».2

Estas son las únicas referencias al sueño vocacional y a su repetición que se encuentran en las Memorias. Cierto, también en relación con su discerni­miento vocacional en 1834, da una breve relación de un sueño sobre los fran­ciscanos, a los que se iba a unir. Antes había hecho mención del «sueño» del regaño con ocasión del momento de tristeza ocasionado por la muerte de don Calosso (1830).3 Pero los dos últimos sueños, aunque relacionados cada uno a su manera con la elección de estado, no contienen las imágenes del sueño vo­cacional. Por lo que no han de considerarse repeticiones del mismo.


1 MO, 10-22 y 54. En el capítulo VI se ha presentado ya el relato del primer sueño vocacional.

2 MO, 98-99. 3MO, 54-55 y 25.

En un intento de dar cuerpo al marco que nos ofrece Don Bosco en sus Me­morias, Lemoyne, primero en Documenti y luego en las Memorias Biográficas,

reunió otros relatos adicionales, procedentes en su mayoría de testimonios re­cogidos en el proceso de Beatificación de Don Bosco. Los testigos en cuestión eran José y Lucía Turco, vecinos de Juan en la granja de Sussambrino, así co­mo Don Rúa, don Barberis y monseñor Cagliero. Con un trabajo redaccional, Lemoyne compuso una serie narrativa de nueve sueños, a cada uno de los cua­les asignó la ocasión y el contexto por propia inventiva; de esta manera cons­truyó una «sobrenatural» sucesión de sueños, que habrían marcado y guiado el desarrollo vocacional de Don Bosco, desde I Becchi a valdocco. Tras hablar sobre el sueño que Juan mencionó a su amigo José Turco durante unas vaca­ciones de verano en la granja Sussambrino, Lemoyne escribe:

Al llegar aquí no podemos menos de fijar nuestra mirada en el progresivo y racional sucederse de los varios y sorprendentes sueños. A los nueve años Juan Bosco tiene conocimiento de la grandiosa misión que le será confiada; a los dieciséis oye la promesa de los medios materiales indispensables para albergar y alimentar a jóvenes sin cuento; a los diecinueve un imperioso man­dato le da a entender que no es libre de aceptar la misión encomendada; a los veintiuno se le manifiesta la clase de jóvenes de cuyo bien espiritual de­berá cuidarse especialmente; a los veintidós se le señala una gran ciudad, Tu­rín, en la cual deberá empezar sus trabajos apostólicos y sus fundaciones. Y no terminan aquí, como veremos, las misteriosas indicaciones, sino que con­tinuarán a intervalos hasta cumplirse la obra de Dios.4

Las continuas «misteriosas instrucciones» son el sueño de 1844 y dos sue­ños adicionales que hablan de los Santos Mártires de Turín.5 Conviene hacer no­tar, como dice el mismo Don Bosco, que el sueño vocacional se repitió; tenien­do en cuenta experiencias posteriores, él mismo lo consideraba una guía divina por medio de la Santísima Virgen. La construcción de Lemoyne, con todo, no resiste un examen crítico. Según cuenta en sus Memorias, Don Bosco revela sus dudas personales e incertidumbres que tenía por entonces, a mitad de los años treinta, cuando estaba luchando, en realidad, por discernir su vocación.


Lucha interior de Juan Bosco por el discernimiento vocacional

Al hablar de su discernimiento vocacional cuando era estudiante en Chieri, Don Bosco escribe:



4 MBe 1,343; II, 261-162;-191,191, 228; Ceria, en su edición de las Memorias (MO Ceria, 134, nota al pie) asume la línea de los sueños de Lemoyne.

5 De estos dos sueños que mencionan a los Santos Mártires, uno es el informe variante del sueño de 1844 de don Barberis y el otro es la propia compilación de don Lemoyne a partir de frag­mentos escuchados a Don Bosco a lo largo de varios años. Ver el ensayo sobre el método de Le­moyne ofrecido antes. Los textos de estos sueños, sin comentario alguno, se dan en el apéndice posterior.


El sueño de Morialdo permanecía siempre fijo en mi mente; más aún, se me había repetido otras veces de manera mucho más clara; por lo mismo, y si

quería prestarle fe, debía elegir el estado eclesiástico al que me sentía incli­nado; mas al no desear hacer caso a los sueños, mi forma de vivir, ciertos há­bitos de mi corazón y la falta absoluta de las virtudes necesarias en dicho es­tado, convertían en dudosa y harto difícil la solución».6

Su confesor, don Maloria, que había sido tan útil para Don Bosco guiándo-lo en la vida cristiana, rehusó una y otra vez tomar posición en el asunto de la elección de estado. Juan tuvo que caminar solo. Después de pensarlo mucho y de leer algunos libros devotos sobre vocación, decidió entrar en los Frailes Me­nores Franciscanos, en el convento local de Nuestra Señora de la Paz. Gomo surgieron «obstáculos», buscó el consejo de Luis Comollo.

Don Bosco fecha la crisis vocacional y su intento de unirse a los francisca­nos hacia el final de su primer año de Retórica, en el verano de 1835. Los re­gistros franciscanos muestran, sin embargo, que hizo los exámenes y fue acep­tado para el noviciado el 18 de abril de 1834, durante el segundo año de Humanidades.7 Pero, en la primavera de 1834, Luis Comollo, que como dice Don Bosco participó en la decisión, aún no había ido a Chieri. Hay, pues, que concluir que el discernimiento vocacional de Juan es una larga lucha que co­menzó en segundo de Humanidades con la decisión de irse a los franciscanos (1834) y terminó en primero de Retórica (1835), cuando, con la ayuda de Co­mollo, decidió entrar en el seminario.

En la mente de Don Bosco la elección fue entre el seminario y el noviciado, nunca entre ser y no ser sacerdote. Era obvio que, de entrar en los francisca­nos como religioso bajo obediencia, podría no tener acceso al sacerdocio. Los libros sobre vocación que Juan leyó sugerían que un sacerdote secular estaba expuesto a graves peligros y que la responsabilidad del mismo era asombrosa, que Dios demandaría la más estricta cuenta, y otras ideas similares. En estos libros, como Juan percibía, la vida religiosa en un convento aparecía como un paraíso de refugio para los peligros del mundo. En él existe una mayor facili­dad de salvar el alma y guardar la paz. Se entiende que Juan considerase se­riamente entrar en el noviciado franciscano. Un sueño, como relata en sus Me­morias, vino a disuadirle.8


6 MO, 54. Estas palabras son interpretadas por Lemoyne como una muestra «de afirmación de humildad» por parte de Don Bosco. Lemoyne se permite eliminar parte del texto, como se di­rá más adelante.

7 Documento en ASC: A020s; Accettazione [...], FDB 87 B8. Ver también S. Caselle, Don Bos­co Studente, 97. El documento en latín dice traducido: «Juan Bosco, joven nacido en Castelnuo­vo d'Asti, bautizado el 17 de agosto de 1815 y confirmado, fue aceptado en el convento de Santa María de los Ángeles de la Orden de la Reformá de San Francisco. Está dotado con todas las cua­lidades necesarias y deseables. —El 18 de abril [1834] (Datos transcritos del Volumen U de los in­formes de jóvenes aspirantes aceptados en la Orden desde 1638 a 1838). —[Firmado:] Padre Cons­tantino de Valcamonica, Brescia».

8 MO, 54-55.

Don Bosco hace, a continuación, una anotación más crítica: «Entonces se produjo un incidente que me hizo imposible llevar a cabo mi plan; ya que los

obstáculos eran muchos y duraderos, decidí poner todo el asunto ante mi ami­go Comollo».

Mientras Juan estaba haciendo una novena de orientación, Luis Comollo por escrito presentó el problema a su tío, don José Comollo, párroco de su ciu­dad natal, Cinzano. Al final de la novena, llegó una carta del tío de Comollo aconsejando a Juan que tomara el hábito clerical y continuara sus estudios en el seminario diocesano «hasta que Dios le muestre claramente su voluntad». Juan siguió el consejo del sacerdote.

En sus Memorias, Don Bosco sitúa su discerrrimiento vocacional en los dos últimos meses de su último año en la escuela. El año de Retórica está fechado en 1834 en lugar de 1835. Las únicas personas que participaron en el discer­nimiento y la elección fueron Luis Comollo y su tío don Comollo.


Relación de Lemoyne de la primera crisis y discernimiento

Lemoyne intenta resolver la dificultad hablando de dos momentos diversos de discerrrimiento vocacional, en el segundo año de Humanidades, con la interven­ción del párroco de Castelnuovo, don Cinzano, de católicos laicos y de Don Ca­fasso; el otro, en primero de Retórica, con la intervención de Luis Comollo y su tío. La construcción que Lemoyne elaboró es un ejercicio típico de compilación.

Recogiendo elementos diversos, a veces dispares, consigue construir una historia creíble; contaba con dos informaciones básicas: la primera es que Juan solicitó e hizo el examen de entrada al noviciado de los franciscanos el año de Humanidades, en primavera de 1834. Obtuvo para ello el documento del ar­chivo de los franciscanos. La segunda fue que Juan no pudo contar con Co­mollo hasta el año de Retórica (1835). Los datos dispares dan base para colo­car dos momentos de crisis distintos y para dividir y editar su material de acuerdo con ello.

Para la historia de la primera crisis, Lemoyne reúne material de las Memo­rias de Don Bosco e información del archivo franciscano, referente al examen de aceptación de Juan. Combina estos dos datos en una relación en primera persona, adscribiéndolo todo a «Juan». Escribe:

Con el curso de Humanidades veía Juan que llegaba el momento de tomar una decisión sobre su vocación [...]. Sentía un temor reverencial al pensar en la sublimidad de tal estado [...]. Sobre este punto de su vida Juan escri­bió una página de sublime humildad.9


9 Las Memorias de Don Bosco (escritas en 1873-1875) son la fuente de este pasaje. Pero pa­rece que Lemoyne insinúa que es una «narración» escrita por Juan (desde 1834-1835).


«El sueño de Morialdo permanecía siempre fijo en mi mente; más aún, se me había repetido otras veces de manera mucho más clara; por lo mismo, y si quería prestarle fe, debía elegir el estado eclesiástico al que me sentía in­

diñado, mas al no desear hacer caso a los sueños [...]; mi forma de vivir, cier­tos hábitos de mi corazón y la falta absoluta de las virtudes necesarias para este estado, hacían dudosa y bastante difícil tal deliberación [...]10. Tenía un buen confesor, que pensaba hacer de mí un buen cristiano, pero que en co­sas de vocación, no quiso inmiscuirse nunca.

Aconsejándome conmigo mismo, después de haber leído algún buen libro, decidí entrar en la orden franciscana. Si me hago sacerdote secular, pensa­ba para mí, mi vocación corre el riesgo de naufragar. Abrazaré el estado ecle­siástico, renunciaré al mundo, entraré en el claustro [...]»."

En las Memorias escribe haber hecho un examen y simplemente dice: «Así pues, solicité entrar en los Conventuales Reformados, hice el examen y fui acep­tado». Lemoyne, por otra parte, concreta la breve afirmación de Don Bosco con material de archivo, adscribiéndolo todo a Don Bosco en primera perso­na. Escribe:

En las Memorias de Don Bosco tenemos una narración de que hizo el exa­men de admisión al noviciado franciscano. [Don Bosco] escribe:

«Al acercarse el tiempo de Pascua, que en 1834 cayó el 30 de marzo, yo hice la petición de admisión a la Orden de Frailes Menores Reformados.Yo no ha­bía hablado con nadie de mi intención; no obstante, un buen día, cuando es­taba yo esperando una respuesta, un compañero de clase de nombre Euge­nio Nicco, a quien yo no conocía apenas, se acercó y me preguntó: "¿Así que has decidido hacerte franciscano? Yo le miré con sorpresa. ¿Quién te lo di­jo?" Me mostró una carta y me dijo: "Han escrito que debería decirte que te esperan en Turín para realizar conmigo el examen, porque yo también he de­cidido hacerme religioso en esa Orden". Así que me acerqué al convento de Santa María de los "ngeles en Turín, hice la petición y fui aceptado a me­diados de abril"».12

Las dos informaciones en poder de Lemoyne forman el núcleo de su pri­mera crisis vocacional y discernimiento. Luego, en este punto, Lemoyne aña­de el sueño sobre los franciscanos, como lo narra Don Bosco en las Memorias.


10 Al citar las Memorias de Don Bosco en este punto en las Memorias Biográficas, así como en
los
Documenti, Lemoyne omite una expresión importante desde la «afirmada humildad» citada
arriba, a saber: «ciertos hábitos de mi corazón». ¿Fue intencionada la omisión?


11 MBe 1,241.

12 Aquí Lemoyne en una nota transcribe el documento latino de admisión de los archivos fran-
ciscanos. Don Bosco en sus
Memorias no dice nada sobre su solicitud, examen y admisión. Pero
Lemoyne se toma la libertad de tomar la información de otras fuentes y aplicarla a Don Bosco en
primera persona.


Lemoyne, además, combina, con diálogos apropiados, otra información re­ferente a los párrocos de Castelnuovo, don Dassano y luego don Cinzano, y a algunos laicos católicos de la parroquia. Don Cafasso, a quien dice Juan haber consultado en el Convictorio de Turín, resultó también ser decisivo en el pro­

ceso de discernimiento13. A ninguno de estos se nombra en las Memorias de Don Bosco, en relación con su discerrrimiento vocacional.


Relación de Lemoyne de la segunda crisis y discernimiento

La historia de la segunda crisis en las Memorias Biográficas de Lemoyne sigue las líneas de las Memorias de Don Bosco, en las que Luis Comollo y su tío sa­cerdote son los únicos participantes en el discernimiento.14


Breve reconstrucción crítica

La reconstrucción crítica de la crisis vocacional de Juan y del discernimiento abarcaría desde la primavera de 1834, durante el año de Humanidades en agos­to de 1835, al final del año de Retórica. A principios de la primavera de 1834, después de la lectura de algunos estudios sobre la vocación sacerdotal, decidió solicitar entrar en el noviciado de los franciscanos. Fue aceptado el 18 de abril de 1834. A pesar de esto, sin embargo, la duda persistió y luchó con ella du­rante el resto del año escolar. Podemos suponer que durante las vacaciones de verano, pasadas con la familia en la granja Sussambrino, reveló su intención a su madre y que ella le prometió su apoyo a cualquier decisión que estuviera de acuerdo con la voluntad de Dios.

En noviembre, de vuelta en la escuela (1834) para los años de Retórica (1834­1835), Juan se encontró con Luis Comollo, que acababa de matricularse. Po­demos suponer que, como su amistad y confianza mutua habían crecido du­rante el año escolar, hablarían sobre la vocación. Ello mcluiría la intención de Juan de entrar en el noviciado al final del año escolar. La conversación con Co­mollo, que pensaba entrar en el seminario, pudo acentuar la crisis y alentar más el sueño de los franciscanos. Según se acercaba el tiempo, un sueño cau­só en Juan aún mayor ansiedad:


13 MBe I, 240-254. Don Cafasso fue ordenado en el seminario de Chieri en 1833 y el tiempo
de que estamos hablando era todavía estudiante del curso de teología pastoral de dos años en el
Convictorio en Turín, pero enseguida fue promovido a su Facultad. Como hemos dicho antes,
Don Bosco había encontrado al seminarista Cafasso en 1830 a la puerta de la iglesia de Morial-
do el día de una fiesta local. No está claro si la amistad se desarrolló entre los años 1830 y 1834/1835.


14 MBe 1,296-297.

15 MO, 55-56.


Pocos días antes de la fecha para el ingreso tuve uno de los sueños más ex­traños. Creí ver una multitud de aquellos religiosos con los hábitos rotos, co­rriendo en sentido contrario los unos de los otros. Uno de ellos vino a decir­me: Tú buscas la paz pero no la encontrarás aquí. Observa la actitud de tus hermanos. Dios te prepara otro lugar, otra mies [...].15

Aunque no es una versión del sueño de la vocación —no contiene imágenes de vocación—, éste no deja de tener significación vocacional, ya que, como Juan Bosco lo entendió, le disuadió de entrar en una forma de vida que iría en con­tra del contenido del sueño de la vocación: el apostolado con los jóvenes en si­tuación de riesgo. Obviamente, el sueño confirma la agitación interior y las du­das de Juan, más bien que una falta de observancia religiosa en el convento. Un estado de perplejidad podría haber provocado el sueño y sería simple es­peculación querer saber si éste por sí mismo le habría llevado a reconsiderar su decisión de entrar en los franciscanos o no.

Sea como sea, en este momento Juan decidió poner todo el asunto a la con­sideración de su amigo Comollo y pedir su consejo. No sabemos qué habría opinado Comollo. pero sí que presentó el caso por carta a su tío, don Comollo. La respuesta aconsejaba a Juan, no entrar en el noviciado, sino ir al seminario confiando en la guía providencial de Dios. Tal reconstrucción de los hechos pa­rece la más probable. Pero algunas de las declaraciones de Don Bosco en este sentido todavía requieren cierta atención.
El «plan», el «incidente» y los «obstáculos»

Como cuenta él mismo, después de relatar el sueño de los franciscanos y antes de hablar con Comollo, Don Bosco hace una extraña afirmación:

Se produjo entonces un suceso que impidió llevar a cabo mi proyecto; como los obstáculos eran numerosos y duraderos, resolví exponer el particular a mi amigo Comollo.16

¿A qué «plan» se refiere Don Bosco? Por el contexto, parece ha de verse ese «plan» en relación a su voluntad de entrar en los franciscanos. Es lo que entien­den sin mayores especulaciones Ceria y Lemoyne.17 Si este es el caso, se puede concluir que el sueño no fue decisivo, porque sucedió antes del «incidente».

¿Cuál fue el «incidente» que ocurrió? Ciertamente, no el sueño, pues Don Bosco escribe que «entonces, ocurrió un incidente», después de narrar el sue­ño. Y complicando la cuestión, ¿cuáles eran los «numerosos y duraderos obs­táculos» que encontró en su camino? ¿Fueron trabas económicas o de natura­leza psicológica? ¿Surgieron por el «incidente»?


16 Cf. MO, 56.

17 Cf. MO Ceria, 81, nota a la línea 42; MBe I, 296-7.

Parece preferible entender que el «plan» se refiere a la cuestión de la elec­ción vocacional en general, no simplemente a la entrada en los franciscanos, y que el «incidente» y los «obstáculos» fueron de naturaleza psicológica. La con­testación de don Comollo parece referirse a un problema más amplio, ya que —al decir de Don Bosco— contestó:

Aconsejaría a tu amigo que no entre en el convento por el momento. Que to­me el hábito clerical (y entre en el seminario). Según vaya adelantando en sus estudios, entenderá mejor lo que Dios quiere de él. Que no tenga miedo de perder su vocación porque, apartándose del mundo y siendo diligente en la oración, será capaz de superar los obstáculos.

Don Bosco podía estar refiriéndose a problemas personales, a inalcanzables ideales de santidad o a la ansiedad creada por exigencias que no se considera­ba capaz de cumplir. Puede que no sea por humildad, como quiere Lemoyne, que, al hablar de la repetición del sueño sugiriendo el sacerdocio (diocesano), Don Bosco declare:

Mi forma de vivir, ciertos hábitos de mi corazón y la falta absoluta de las vir­tudes necesarias en dicho estado convertían en dudosa y harto difícil la re­solución.18

Semejante declaración puede apuntar a un conflicto interior serio. ¿Le con­fortó y dio seguridad a Juan un sueño de la vocación en este crítico momento? Lemoyne piensa así y coloca la narración de un pequeño sueño, el sueño del mandato imperativo, en este momento.19 Puede que no sea digno de tenerse en cuenta críticamente, pero la repetición del sueño vocacional en este preciso momento podría resultar plausible.
2. Opción de Juan Bosco por los jóvenes

Podemos preguntarnos si estaba en el subconsciente de Juan la opción por los jóvenes cuando se encontraba debatiendo su vocación y, si fuere así, qué papel jugó en su decisión vocacional.

Don Bosco nos dice en sus Memorias que a la edad de diez años estaba ya implicado en un apostolado juvenil compatible con su edad. A lo largo de los años de estudio en Chieri, «el oratorio» y lo que podemos llamar «ministerio entre colegas» eran un serio compromiso por parte suya. Más aún, las imáge­nes básicas de su sueño vocacional (jóvenes y animales que cambian y la «or­den» de encargarse de ellos) son símbolo del ministerio sacerdotal a favor de los jóvenes. Parece que el sueño volvió a repetirse otras veces en términos más claros. La vocación sacerdotal, que era la sugerencia directa del sueño, estuvo en vistas a la opción por los jóvenes. Tal parece haber sido el significado bási­co que percibió en el sueño.


18 MO, 54. Como hemos dicho, al citar esta «afirmación de humildad» Lemoyne, tanto en Do-
cumenti
como en las Memorias Biográficas (MBe I, 240-241), omite lo que puede ser la frase cla-
ve en la misma, es decir, «ciertos hábitos de mi corazón».


19 Para el texto de este sueño, cuya fuente es don Barberis, ver el apéndice posterior.

¿Cómo podía entonces esperar poder llevar a cabo ese tipo de ministerio de la juventud siendo franciscano y bajo obediencia? ¿Podía encontrar alguna ra­

zón para ehminar la llamada a los jóvenes que, según las propias afirmaciones de Don Bosco, había escuchado claramente en el sueño y que había visto re­forzadas en compromisos concretos con los jóvenes? Lemoyne se da cuenta de la dificultad, cuando declara que «Juan Bosco estaba convencido de que este paso (entrar en un convento) no podía obstaculizar el plan que Dios había di­señado para él».20




20 MBe I, 296. Lemoyne hace la misma afirmación cuando más tarde, en 1844, Don Bosco ex­pone a su director espiritual don José Cafasso, su intención de entrar en la orden religiosa (los Oblatos de la Virgen María) y marcharse a misiones [MBe II, 162-163]. Esta sería otra variante a la opción de trabajar con los jóvenes en peligro.


Parece, por tanto, que en el concreto momento histórico, mitad de los años treinta, la opción definitiva por los jóvenes quedaba como algo perteneciente al futuro. Se podría decir que los diez años siguientes (1834-1844) fueron un periodo de incubación. Quizá esta sea otra prueba de que, en estas circuns­tancias, el sueño de la vocación con sus imágenes y sugerencias no le aportó la claridad y la certeza que declara el biógrafo y que Don Bosco mismo percibió en él, contemplándola «en retrospectiva».

Apéndice


DIVERSOS TESTIMONIOS SOBRE EL SUEÑO DE LA VOCACIÓN EN I BECCHI (1824-1825)21
Elaboración de Lemoyne de una línea sobrenatural del sueño (délos 9 a los 22 años)

Al llegar aquí, no podemos menos de fijar nuestra mirada en el progresivo y ra­cional sucederse de los varios y sorprendentes sueños (que guiaron a Don Bosco en su vocación). A los nueve años Juan Bosco tiene conocimiento de la grandiosa misión que le será confiada; a los dieciséis oye la promesa de los medios materia­les indispensables para albergar y alimentar a jóvenes sin cuento; a los diecinueve un imperioso mandato le da a entender que no es libre de rehusar la misión enco­mendada; a los veintiuno se le manifiesta la clase de jóvenes de cuyo bien espiri­tual deberá especialmente cuidarse; a los veintidós se le señala una gran ciudad, Turín, en la cual deberá empezar sus trabajos apostólicos y sus fundaciones.22


Testimonio de José Turco en el proceso diocesano21

Mi nombre es José Turco. Soy el hijo de Domingo Turco y de Catalina Pilone fa­llecidos. Tengo 82 años de edad. Nací y viví en Castelnuovo d'Asti y soy propieta­rio en esa ciudad. Yo conocí al Siervo de Dios mientras estudiaba en Castelnuovo d'Asti. Era un estudiante responsable, lo sé. Cuando no estaba en clase, se le podía encontrar en la casa de un tal Roberto, que tenía un hijo que asistía a la escuela con el joven Bosco. Por la tarde volvía a casa de sus parientes en la aldea I Becchi


Hasta que no fue sacerdote, el seminarista Juan Bosco solía subir cada día a la cima de una viña propiedad de Turco, en la partida llamada Renenta, donde pasa­ba gran parte de la jornada a la sombra de los árboles de que estaba poblada.

Muchas veces le hemos oído decir: «Hice mis estudios en la viña de la Renenta de José Turco». La finalidad de sus estudios era la de hacerse digno de su vocación y prepararse para la instrucción y educación de la juventud. En efecto, acercóse un


21 Lemoyne: a la edad de nueve años (MBe 1,115). Ver el texto citado anteriormente.

22 MBe 1,263.

23 Textos pertinentes seleccionados: POCT, sesiones 89 y 90 [6 y 7 de julio, 1892] FDBM 2135
C2-11) - [POCT =
Processus Ordinarius Curiae Taurinensis: Proceso diocesano de la Cancillería de
Turín]. Lemoyne: a la edad de 16 años, MBe I, 342.


día a José Turco, con quien tenía gran amistad, mientras trabajaba en la viña, y és­te empezó a decirle: «Ahora eres seminarista, muy pronto serás sacerdote; después, ¿qué harás?» Juan respondió: «Mi intención no es la de hacer de párroco o coad­jutor; me gustaría recoger conmigo muchachos pobres y abandonados para edu­carlos cristianamente e instruirles».

[...]

Me encontré otro día con él y en confianza me contó que había tenido un sue­ño, gracias al cual había comprendido que, con el andar del tiempo, establecería su morada en cierto lugar donde recogería a muchos jovencitos para instruirles en el camino de la salvación.


Narración de don Barberis del informe de José Turco24

Dos días antes de la fiesta de Todos los Santos [30 de octubre], de 1875, un tal Tur­co de Castelnuovo llegó al Oratorio. Había sido colega de Don Bosco, cuando este último todavía asistía a la escuela primaria en esa ciudad. En el curso de la con­versación, sin pedírselo expresamente, ofreció un poco de información que tema que ver con la juventud de Don Bosco. Entre otras cosas relató lo siguiente:

Juanito (que este era el entrañable nombre con el que Don Bosco era conocido entonces) venía con frecuencia a nuestro viñedo, que limitaba con el de su padre, [y venía allí] porque estaba más retirado de las carreteras y [era] [podía ser] me­nos molesto. Él siempre tenía algún libro en la mano. Y, en particular, cuando vi­gilaba las uvas, a él le gustaba subir a la cima de una loma desde donde podía ver a la gente, tanto en su viña como en la nuestra, sin que le vieran. Mi padre a me­nudo lo encontraba allí. Era particularmente amigable con el muchacho. Él le aca­riciaba la cabeza y le decía: «Sé valiente, Juanito; sé realmente bueno, estudia mu­cho, y el Señor te ayudará».

«Confío en que él me ayudará», respondía Don Bosco, «pero nunca me libra de preocupaciones. Una vez que acabe este año, me gustaría estudiar latín y hacerme sacerdote, pero mi familia no tiene los medios. ¿Cómo podrá mi madre permitir­me continuar con mis estudios?»

«No tengas miedo, querido Juanito», [mi padre añadió]; «sólo trata de estudiar muy fuerte por el momento y ser cada vez mejor muchacho. El Señor responderá a tu oración, verás».

«Eso espero», [le respondió.] Y él se retiró a su lugar habitual de estudio, pen­sando profundamente. Apenado aventuró, «¿Quién sabe, quién sabe...?»




24 ASC A000-A003: Cronachette, Barberis. «Notizie varíe dei primi tempi dell'Oratorio [...]», p. 8, «Primo sogno o visione di D.B. a 15 an.», FDB 892 A8 - [Los Ms., en manos de Barberis, lleva el signo de doble comillas en cada línea, signo del uso del texto de Lemoyne.] Lemoyne: a la edad de 16 años (MBe I, 115).

Un día, inesperadamente lo vemos correr y saltar alegremente en nuestro viñe­do y acercarse a mi padre de un alegre estado de ánimo. «¿Qué te ha pasado, Jua­nito?» De preguntó mi padre.] «¿Por qué estás tan alegre ahora, siendo así que es­tabas tan triste ayer tarde?»

«Buenas noticias, muy buenas noticias», [respondió]. «Anoche tuve un sueño. En él he visto que iba a continuar mis estudios y llegar a ser sacerdote. Yo estaré a cargo de muchos jóvenes a cuya educación quiero dedicar el resto de mi vida. ¿No ves? Está todo arreglado. Voy a ser sacerdote».

«Pero eso es sólo un sueño», [mi padre exclamó], «¡es más fácil decirlo que ha­cerlo!».

«Oh», [Juan insistió] «¡el resto es fácil! Voy a ser sacerdote y voy a estar a car­go de muchos jóvenes y les ayudaré mucho».

Con estas palabras, radiante de alegría, él se fue, como siempre, a leer, estudiar y vigilar el viñedo.
Testimonio de Don Rúa en el Proceso Diocesano, citando informes de Lucía Turco y otros25

Desde la primera infancia, Don Bosco dio pruebas de inclinación hacia el sacer­docio. Tal vez el Señor le había dado una visión de futuro de su misión, incluso a aquella temprana edad. Lucía Turco me contó lo que sigue.

Don Bosco visitaba con frecuencia a su familia para pasar tiempo con sus her­manos. Al llegar a la casa una mañana, ellos observaron que se encontraba en un estado de ánimo más alegre de lo habitual. Cuando se le preguntó por qué, él res­pondió que era porque la noche anterior había tenido un sueño que le había hecho muy feliz. Cuando le instaron a que contara el sueño, él relató que había visto a una gran Dama, que iba delante de un gran rebaño, caminando hacia él. Ella se acercó, lo llamó por su nombre, y le habló: «Aquí, Juanito, encomiendo todo este rebaño a tu cuidado».

También oí a otros que había preguntado a la Señora: «¿Cómo voy a cuidar de tantas ovejas y tantos corderos? ¿Dónde puedo encontrar suficientes pastos para alimentarlos?» La Señora respondió: «No tengas miedo, yo te ayudaré». Entonces ella desapareció.

A partir de ese momento se apoderó de él una mayor voluntad de comenzar sus estudios y convertirse en sacerdote. Pero él tuvo que luchar contra serios obstácu­los: las dificultades económicas de su familia y la oposición de su medio hermano Antonio.
Sueño de la «demanda imperiosa»26

[Citando las Memorias de Don Bosco, discernimiento de la vocación en Chieri].




25 POCT, 358 período de sesiones [29 de abril de 1895], juxta inteirogatoiium duodecimum,
p. 4036f, en ASC A265-273: Deposizioni Testi di Rúa, FDB 2184 E7). [Según Lemoyne, a la edad
de 16:EBM 1,317].


26 Según consta en una nota al margen de Documenti I, 153 (Capítulo XVI: 'preparazione.
Scelta dello stato') FDB 968 DI. [Lemoyne: A la edad de 19 años: MBe I, 115].


«Así que el año de retórica estaba llegando a su fin, el momento en que los es­tudiantes, por regla general, intentan tomar una decisión acerca de su vocación».

En este período de su vida, Don Bosco nos dejó líneas escritas con admirable hu­mildad. «El sueño que había tenido en Murialdo permanecía todavía profunda­mente impreso [en mi mente]; en realidad se había repetido en otros momentos, en términos mucho más claros. Por tanto, si yo quería darle fe, tendría que elegir el sacerdocio, hacia el que realmente me sentía inclinado. Pero yo no quería creer en los sueños. Además, mi propio estilo de vida [omite aquí Lemoyne: «ciertos há­bitos de mi corazón»] y la absoluta falta de las virtudes necesarias para que ese es­tado me llenaba de dudas y hacía la decisión muy difícil.»

[Nota marginal] Me pareció ver a nuestro Divino Salvador, vestido de blanco y resplandeciente con una luz más brillante. Iba a la cabeza de una multitud in­calculable de jóvenes. Volviéndose a él, dijo: «Ven aquí. Ponte a la cabeza de es­tos niños; sé su guía tú mismo». «Pero no sé cómo», respondió Juan. Nuestro Di­vino Salvador, sin embargo, insistió imperiosamente hasta que finalmente Juan se puso a la cabeza de esa multitud de niños y comenzó a guiarlos, obedeciendo la orden recibida.

El sueño de la reparación de ropa11 [Sumario]

En este sueño en el seminario, Don Bosco se vio a sí mismo en un taller de sas­tre, no cortando ropa fina, sino arreglando la ropa rota. Lemoyne ve en él la ima­gen del tipo de chicos (pobres y abandonados) a los que Don Bosco recibió el en­cargo de cuidar.


Testimonio de Mons. Cagliero en el proceso diocesano18

Sobre este tema [el sacerdocio], yo sé de un sueño que el Siervo de Dios tuvo cuan­do tenía nueve o diez años de edad. Vio un valle abajo convertirse en una ciudad, y multitud de niños corriendo alrededor por sus calles y plazas, gritando, jugando y blasfemando. Tema un gran horror a la blasfemia, y además era de temperamento impetuoso por naturaleza. Así que, se fue hacia los niños, regañándolos por las blasfemias, y los amenazaba [con golpes] si no dejaban de blasfemar. Y no para­ban, por lo que empezó a agarrarlos. Los muchachos, sin embargo, reaccionaron de igual modo, y se echaron sobre él a puñetazos. Cuando temía por su vida, se presentó un noble caballero en su camino y le ordenó que no huyera y volviera atrás y tratara de persuadir a los golfillos de la calle de que fueran buenos y dejaran de hacer travesuras. Cuando Juan objetó que ya le habían propinado una paliza, el Caballero le presentó a una Señora, que estaba ahora frente a él, con las palabras: «Esta es mi madre, pídele su consejo». La Señora habló y dijo: «Si deseas ganar a estos harapientos de la calle, no debes usar la fuerza, sino ganarlos con suavidad


27 Lemoyne: a la edad de 21 anos (MBe I, 115).

28 POS, Positio super introductione cansae, XVI. Testís, yuxta interrog. 12, p. 87f. Summarium
en FDB 2213 D7f) - [POS =
Pvocessus Ordinarius, Summarium = Proceso Diocesano, sumario; el
testimonio original de Cagliero sobre el sueño se registra en POCT, proc. fol. 1080v.] Lemoyne: a
la edad de 22 años (MBe 1,115).


y amabilidad». Mientras ella hablaba, se dio cuenta de que los golfos de la calle ha­bían sido sustituidos por otros tantos animales. La Señora luego continuó: «Este es tu campo; métete en él y trabaja». Juan obedeció, y pronto vio que los animales se habían cambiado en otros tantos corderos, y él los guiaba como su pastor. En­tonces muchos de los corderos, según iban creciendo se convirtieron también en pastores.

De este sueño [el Siervo de Dios] entendió que debía trabajar por los jóvenes [en peligro], para apartarlos de las malas ocasiones. Yo escuché este sueño de los labios del Siervo de Dios mismo en 1858-1859. Él acababa de regresar de Roma, donde había ido a pedir al papa Pío LX autorización para fundar la Congregación. El Papa le había preguntado qué impulsos naturales y sobrenaturales había teni­do para tal empresa, y que entonces había relatado el sueño [...].


Comentario final

El sueño de reparación de ropa no se ha de ver como una nueva aparición del sue­ño de la vocación; carece de las imágenes de éste. Sin embargo, en la interpreta­ción tradicional expresada por Lemoyne se ve en relación con la opción vocacio­nal de Don Bosco por los jóvenes pobres.

A los informes relatados por los Turco, José y Lucía, les falta desarrollo, pero contienen algunas de las imágenes de los sueños vocacionales.

El testimonio de Mons. Cagliero, a pesar de la mención de «una ciudad», se presenta claramente como una variante del sueño de la vocación de Juan Bosco, a los 9 años de edad. La colocación de Lemoyne al situarlo así fuera de contex­to, es arbitraria, consecuencia de su empeño en construir una línea de sueños so­brenaturales.



Capítulo XI
FORMACIÓN SACERDOTAL

DE JUAN BOSCO

EN EL SEMINARIO DE CHIERI

Los años que Juan Bosco pasó en Chieri, frecuentando la escuela secundaria, fueron decisivos en su formación, por el tipo de educación básica y la forma­ción religiosa que recibió, y por la decisión vocacional a la que llegó, optando por inscribirse en el seminario diocesano. Pero los años siguientes, dedicados al estudio de la filosofía y la teología en el seminario diocesano, fueron aún más importantes. Son los años de formación sacerdotal básica de Juan.


1. Decisión de Juan Bosco de entrar en el Seminario

Además del sueño de la vocación y el discerrrimiento personal que Juan Bosco protagonizó durante sus estudios secundarios en Chieri, otros factores más ob­jetivos influyeron, sin duda, en su decisión de elegir la vocación sacerdotal en el seminario.


La Escuela Secundaria y el reclutamiento de vocaciones durante la Restauración

Durante la Restauración, el sistema escolar en el que Juan recibió su educa­ción Primaria y Secundaria estaba totalmente bajo el control de la Iglesia. El currículo' de estudios, la organización de la vida social y religiosa de los estu­diantes, la abrumadora presencia de la Iglesia y el personal de la Iglesia, tanto diocesano como religioso, en todo el sistema escolar, desde el más alto escalón de su administración al maestro del grado más bajo, garantizaban ese control. Las escuelas eclesiásticas secundarias («escuelas apostólicas» o seminarios me­nores) eran innecesarias y prácticamente inexistentes. La escuela secundaria

pública era el vivero de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, y el prin­cipal sistema de alimentación para ambos. En sus Memorias, Don Bosco se­ñala que de los 25 estudiantes de su clase, 21 abrazaron el estado clerical.1 En realidad, el sistema estaba calculado para que alimentara y canalizara las vo­caciones al seminario y al noviciado. Al inscribirse en la escuela secundaria en Chieri, Juan se hizo parte del sistema.

Para compensar, en algunas zonas se procuró instalar más profesores segla­res en las escuelas, lo que disminuyó la influencia de la Iglesia y el número de jóvenes que no optaban por la vida civil. Se necesitaban urgentemente funcio­narios y aaministradores públicos. Las reformas de Napoleón se encaminaban, entre otras cosas, a la ampliación de ese personal. Pero con la Restauración, las escuelas públicas se convirtieron de nuevo en la fuente preferida de las voca­ciones sacerdotales y religiosas. Las órdenes y congregaciones religiosas, en par­ticular, que habían sido suprimidas y disueltas por Napoleón, se convirtieron en atractivo para los jóvenes en las escuelas. La preferencia por el noviciado, por encima del serninario diocesano, era evidente. Los Religiosos comenzaron a asu-rnir una parte mayor del ministerio de la Iglesia. El clero diocesano y regular se hicieron rivales en la búsqueda de candidatos en la escuela secundaria. Aunque se carece de pruebas directas, este pudo ser el caso de la escuela secundaria de Chieri. Asociaciones juveniles, como la «Sociedad de la Alegría» de Juan Bosco, fueron probables objetivos. Los dominicos Sibilla y Giussiana fueron decano y profesor de Juan, respectivamente. Eran famosos los jesuítas, con sede en la Iglesia de San Antonio, donde se reunía una asociación de estudiantes. Los fran­ciscanos, según Lemoyne, tenían sus ojos puestos en Juan Bosco.2

Por otra parte, el profesor que más admiraba Juan, don Pedro Banaudi, era sacerdote diocesano; también lo era su director espiritual, el canónigo José Ma­loria. El párroco de Cinzano, don José Comollo, al ser consultado acerca de la vocación de Juan, le aconseja entrar en el seminario. Don José Cafasso, los pá­rrocos de Castelnuovo, don Dassano y después de él don Cinzano, habían mos­trado interés por Juan. Parece que, en general, la influencia diocesana sobre él fue la mayor.
El servicio militar


1 MO, 56.

2 Cf. MBe I, 242.

3 MBe I, 299.

Otras consideraciones pudieran haber entrado en juego en su decisión vocacional por el seminario o por el noviciado. Vale la pena recordar a Lemoyne: «Juan tiene ahora veintiún años [veinte], y sólo su entrada en el seminario le puede eximir del servicio militar».3 Lemoyne no da más explicaciones, pero el nombre de Juan Mel­chor Bosco aparece como uno de los cuarenta reclutas en la lista que la ciudad de Castelnuovo envió a los militares del distrito de Asti, y de la que se elegirían, por sor­

teo, a los que tenían que hacer el servicio militar; la elección sería el 5 de noviem­bre de 1835. Juan se había eliminado a sí mismo, al optar por el seminario y reci­bir el hábito clerical el 25 de octubre. Frente al nombre de Juan aparece la anota­ción «exento del servicio por ser un clérigo llamado por su obispo».4 Podemos estar seguros de que esta consideración por sí sola no sería decisiva. Pero fue un factor.


Consideraciones económicas

Lemoyne añade que Juan tuvo que hacer frente a graves problemas económicos. Si Juan hubiera entrado en los franciscanos, sus problemas económicos estarían resueltos. Entrar en el seminario, por el contrario, más que zanjarlos los agrava­ba. El alojamiento y comida en el seminario de Chieri costaban 20 liras al mes. Además, el seminario ofrecía pocas oportunidades de trabajos lucrativos ocasio­nales. La familia de Juan carecía de recursos con que pagar el seminario. Siendo esta la situación, la influencia diocesana debió haber sido fuerte. Y fueron sacer­dotes diocesanos y laicos con posibilidades, relacionados con la vida parroquial en Castelnuovo, quienes vinieron en su ayuda económica. Don Antonio Cinzano, recién nombrado párroco de Castelnuovo, y don José Cafasso, ahora firmemen­te afianzado en el Convictorio Eclesiástico de Turín como profesor ayudante, le recomendaron a don Juan Guala, Rector del Instituto. Este último se hizo cargo de los gastos de Juan en el seminario durante el primer año. Posteriormente, la industria de Juan y la ayuda de Don Cafasso summistraron lo necesario.5


La opción de ser seminarista residente

Al entrar en el seminario como seminarista residente, Juan Bosco escogió el camino más seguro y conservador de la formación sacerdotal. Chieri no era el único seminario en la arquidiócesis; entrar en el seminario como semina­rista residente era la única manera en que un candidato podía estudiar para el sacerdocio. Existía la Facultad Teológica de la Universidad de Turín, que ofre­cía un currículo de cinco años de estudios teológicos. Se tenía acceso a la mis­ma, tras cumplir el requisito previo de un período de dos años de estudios fi­losóficos, pero, de hecho, las normas, el carácter y las tendencias de los profesores de la facultad tendían más a restringir que a fomentar el acceso. Al terminar el curso y el cumplimiento de otros requisitos, el estudiante recibía un diploma y el título de teólogo (máster en Teología).


4 Cf. S. Caselle, Don Bosco studente, 145.

5 Cf. MO, 76; MBe I, 299, 301-306.

Los candidatos que estudiaban para el sacerdocio de esta manera, normal­mente, residían en Turín y vivían en casa o en casas de residencia, mientras asistían a clases en la Universidad. En circunstancias especiales, un candidato podía estudiar su teología como seminarista no residente, bajo la dirección de un párroco local. El programa del seminario de no residentes había sido la nor-

ma durante la represión napoleónica y sería de nuevo la regla en Turín de 1848 a 1863, período durante el cual se clausuró el seminario.6 De 1830 a 1840, los no residentes superaban a los residentes. Había varias razones para esta si­tuación, a saber: el aumento del número de vocaciones en la Restauración y la incapacidad económica de muchas familias. Por otra parte, tal vez más im­portante, no había directrices diocesanas uniformes, a pesar de los decretos del Concilio de Trento. Los obispos, muchos de los cuales habían sido seminaris­tas no residentes, toleraban la práctica. Algunos candidatos preferían, lógica­mente, la mayor libertad que gozaban los no residentes.

Los historiadores apuntan a esta práctica como la principal causa de la fal­ta de formación de muchos de los miembros del clero de entonces, al menos en Italia, aunque por alguna razón, juzgan menos severamente la situación en Piamonte. En cualquier caso, los «externos» ofrecen evidentemente una di­mensión diferente, tal vez no tan deseable, a la vida y a la disciplina del semi­nario. En sus Memorias, Don Bosco no hace referencia a la presencia de estu­diantes clericales no residentes en el seminario de Chieri, pero, como ya se indicó, él habla de «malos» seminaristas y de los «desórdenes» que pudieran haberse debido en parte a la presencia de los estudiantes no residentes.7

El número de candidatos al sacerdocio no residentes, especialmente en la ciudad de Turín, era muy importante, tanto de los que asistían a la Universidad como de los que estudiaban en el seminario. Entre los candidatos que siguieron este tipo de estudios al sacerdocio, se pueden mencionar los arzobispos Loren­zo Gastaldi (1815-1883), Gaetano Cardenal Aümonda (1818-1891), el beato Fe­derico Albert (1820-1876) y san Leonardo Murialdo (1828-1900). San José Ca­fasso (1811-1860) había estudiado como no residente bajo la dirección del párroco de Castelnuovo, hasta su entrada en el seminario de Chieri, que se abrió en 1829­1830.

Los estudiantes no residentes de teología debían estar bajo el cuidado de di­rectores designados. El arzobispo Chiaveroti había encomendado esta direc­ción a los Sacerdotes de la Misión (los Paúles), quienes se encargaban también de los retiros espirituales de los candidatos a la ordenación. Los seminaristas no residentes eran asimismo asignados a una «comunidad clerical», creada en una iglesia parroquial designada. Allí, mientras vivían en lugares de su elec­ción, se reunían y recibían la formación sacerdotal y se implicaban en servi­cios religiosos y de pastoral. En Turín se crearon comunidades clericales en las parroquias de Santa María de la Plaza, la más antigua, Corpus Christi y San Felipe Neri, con la participación de los Padres del Oratorio.


6 Durante estos años (en que estuvo cerrado el seminario diocesano), Don Bosco llevaba un programa de seminario en el Oratorio, tanto para salesianos como para candidatos diocesanos.

La formación sacerdotal era el seminario diocesano para los estudiantes de filosofía y teología residentes. Juan Bosco podría haber optado por estudiar pa­

ra el sacerdocio como un no residente, sin dejar de residir en Chieri. Le habría reportado ventajas económicamente, porque así podría trabajar después de las clases. Asimismo, habría disfrutado de mayor libertad para ejercer el aposto­lado con los jóvenes, en que se había implicado. Pero él escogió el seminario como residente, sin duda porque era lo recomendable, por razones morales y religiosas. Don José Comollo, al ser consultado en el momento del discerni­miento vocacional de Juan, le aconsejó entrar en el seminario.




El seminario de Chieri, más que el seminario de Turín o de la Universidad, era la elección lógica para Juan Bosco por varias razones. La Universidad es­taba por encima de sus medios, de su condición social y de sus expectativas.8 El seminario de Turín estaba lleno y esta fue una de las razones por las que se estableció el seminario de Chieri. Había vivido durante cuatro años en Chieri como estudiante y ya estaba familiarizado con el seminario. Chieri estaba mu­cho más cerca de su casa y de su base de apoyo: los sacerdotes (entre ellos Don Cafasso) y laicos de la iglesia parroquial de Castelnuovo. El hecho de que Luis Comollo iba a entrar en el seminario al año siguiente pudo haber desempeña­do un papel determinante en la decisión de Juan.

Toma del hábito clerical

Juan Bosco fue eximido del servicio militar. De hecho, había tomado el hábito clerical, el domingo 25 de octubre de 1835,9 11 días antes de que empezara el servicio miUtar.

A causa del cólera que asoló Turín, Mons. Fransoni ordenó que los exáme­nes para la toma del hábito clerical se celebraran en Chieri. Juan hizo su exa­men con el canónigo Máximo Burzio en casa de éste. Los amigos de Juan en Castelnuovo le acompañaron de nuevo en esta ocasión. El Sr. Spirito Sartoris le regaló la sotana; el caballero Juan Pescarmona le dio el sombrero de «teja». El párroco de Castelnuovo, don Pedro A. Cinzano, le regaló el manteo.10

Lemoyne, citando testimonios, escribe que muchos jóvenes habían venido de diferentes lugares para presenciar la ceremonia en la iglesia parroquial de Castelnuovo. No queda constancia, sin embargo, de que Mamá Margarita y otros miembros de la familia estuvieran presentes.11 Durante la misa solemne, el párroco don Cinzano vistió de clérigo a Juan. En sus Memorias, Don Bosco señala la importancia y la solemnidad de este evento con palabras llenas de emoción y gratitud a Dios y la Virgen María.12

Después de la ceremonia, el buen párroco insistió en que Juan fuera con él a cenar en el pueblo vecino de Bardella. Juan se sintió molesto por la compa­ñía y la conducta de algunos sacerdotes. Terminada la celebración, Juan refle­xionando sobre el estilo de vida «mundano», hizo siete «heroicos» propósitos, que más tarde formuló en sus Memorias.13 Destaca en ellos la carga negativa de una espiritualidad de la «fuga mundi» y de la espiritualidad que se expresa en ellos.14
2. Entrada en el Seminario


9 En sus Memorias, Don Bosco data su imposición de sotana «en la fiesta de San Miguel (oc­tubre de 1834)» [MO, 59). La cronología de las Memorias aquí está desfasada en un año. Además, la fiesta de san Miguel cae en el 29 de septiembre, mientras la de san Rafael cae en el 24 de oc­tubre (sábado en 1835), que bien se pudo haber celebrado en el domingo vigésimo después de Pentecostés.

10 M. Molineris, Don Bosco inédito, 236-237.
"MBe I, 299-301.


12 MO, 59.

13 MO, 61 (los siete propósitos tomados cuando se puso la sotana).

14 Cf. MO, 61-62 para una descripción de la vestidura.

Juan Bosco entró en el seminario de Chieri el 30 de octubre de 1835. Él escri­be en sus Memorias, adelantando momentáneamente su cronología: «Ib debía presentarme en el seminario el 30 de octubre de ese año 1835».15 En su emotiva

descripción de la despedida de la familia el día anterior, recuerda las «memo­rables palabras» de su madre:




No es el hábito lo que honra a tu estado, sino la práctica de la virtud. Si un día llegas a dudar de tu vocación, ¡por el amor de Dios!, no deshonres ese há­bito. Quítatelo de inmediato, yo prefiero tener un pobre campesino a un hi­jo sacerdote que descuida sus deberes. Cuando viniste al mundo, te consa­gré a la Santísima Virgen. Ahora te aconsejo ser todo suyo [...], y si llegas a ser sacerdote, recomienda y promueve siempre la devoción a María.16

La formación en el seminario


16 MO, 62.

17 MO, 62. El hexámetro latino reza: «Adflictis lentae, céleres gaudentibus horae».

En la mañana del 30 de octubre de 1835, Juan caminó los pocos kilómetros que le separaban de Chieri; al atardecer se dedicó a pasear por el seminario con un amigo, Guillermo Garigliano. Al entrar en el patio interno, se fijaron en el lema escrito en el reloj de sol en el sur de la pared: «Las horas pasan lentas pa­ra los que están tristes, veloces para los que están alegres». Decidieron que ese sería su lema.17 Juan iba a pasar seis años en el seminario, que dejaría defini­tivamente el 26 de mayo de 1841, para iniciar su retiro espiritual de prepara­

ción para su ordenación sacerdotal. Después de un período de dos años de fi­losofía (1835-1837), que completó con los estudios de teología, que realizó en cuatro años, en lugar de en cinco por haberse saltado uno (1837-1841).

Cuando recuerde su etapa de seminarista en las Memorias, Don Bosco pro­cederá no cronológica, sino temáticamente. Sus comentarios hablan de la vi­da de seminario, las vacaciones de verano, la amistad y la muerte prematura de Luis Comollo, el encuentro con el teólogo Juan Borel, los estudios en el se­minario y la ordenación sacerdotal.
La vida de Seminario

El año escolar se inició con un retiro de tres días, al final del cual, Don Bosco preguntó al teólogo Francisco Ternavasio qué debía hacer para ser un buen se­minarista. Y anota la respuesta: «Sólo una cosa, el exacto cumpkmiento de tus deberes». ¡Escueto y austero consejo, en verdad! Don Bosco asegura que lo con­virtió en su regla de vida y pasó «seis años felices» en el seminario.18 Tuvo, sin embargo, ocasión de experimentar, con doloroso pesar, la falta de simpatía de sus superiores y el temor y la desconfianza que los seminaristas tenían hacia ellos. Observó también en una ocasión el mal espíritu de algunos seminaristas; lo que le llevó a elegir, sus amigos de entre los mejores de sus compañeros: «Gui­llermo Garigliano, Juan Giacomelli [...] y, más tarde, Luis Comollo. Para mí, estos tres amigos fueron un tesoro».19

Hablando de las prácticas de piedad, Don Bosco se lamenta de la dificultad de recibir la comunión a menudo y narra cómo él y otros seminaristas debían «aprovechar» la hora del desayuno para recibir la Sagrada Comunión en la cer­cana iglesia de San Felipe. En cuanto a diversiones, Juan se obligó a renunciar a su juego favorito del «marro» y al juego de cartas en el que sobresalía. «Al te­ner mi imaginación ocupada en el juego, después no podía estudiar ni rezar». Don Bosco fecha esta renunciá durante su segundo año de filosofía.20 Pasear en grupo por la ciudad el jueves era una agradable experiencia para aprender.


18 MO, 62-63. Don Francisco Ternavasio (1806-1886) era profesor de filosofía.

19 MO, 64-65.

20 MO, 66: «Hice esto en 1836, hacia la mitad del segundo año de filosofía». La mitad del se-
gundo año de filosofía debió de ser en 1837. El Reglamento prohibía el juego de cartas de ordi-
nario, pero permitía los tarots. Ver en el apéndice las reglamentaciones del seminario.


21 MO, 66.

22 MO, 67.

El círculo de estudio prescrito por el Reglamento daba a Juan la oportu­nidad de brillar. Don Bosco habla de la animación de los debates y las apor­taciones dadas por algunos de sus compañeros.21 Elogia, a continuación, la piedad y espiritualidad de Luis Comollo: «Este estupendo compañero fue pa­ra mí una fortuna [...]. Si no fui arrastrado por los inmorales y si progresé en mi vocación, a él se lo debo».22 Comollo, que se había matriculado en la es­

cuela pública de Chieri el último año de Juan Bosco, iba un año detrás de Juan en sus estudios y entró en el seminario cuando Juan fue a segundo de filosofía (1836-1837).

En el examen de mitad de año, Juan ganó el premio de 60 francos por sa­car las notas más altas. Escribe en las Memorias:

Dios realmente me bendijo; los seis años que pasé en el seminario me con­cedieron siempre dicho premio. Durante el segundo año de teología [1838­1839] me hicieron sacristán, oficio de poca importancia, pero que expresa­ba una singular prueba de benevolencia por parte de los superiores y comportaba el suplemento de ofros 60 francos. De esta manera reunía la mitad de la pen­sión; el caritativo Don Cafasso se encargaba del resto.23


Vacaciones de verano

Al hablar de la reforma del seminario del arzobispo Chiaveroti, se ha mencio­nado el debate en torno a la duración de las vacaciones de verano. Don Bosco habla de un receso de verano de cuatro meses y medio.24 Juan pasaba este pe­ríodo en la granja de Sussambrino, donde su hermano José trabajó de aparce­ro hasta el 1839. Durante las vacaciones, «tiempo peligroso para los clérigos estudiantes», Juan se mantenía ocupado con el trabajo y sus aficiones: la lec­tura, la escritura, la carpintería y las actividades agrícolas. Además, reunía a muchos jóvenes los fines de semana para actividades recreativas y religiosas. Don Bosco añade:

Igualmente me volqué en enseñar a leer y escribir a algunos de ellos; con es­tupendos resultados, pues el deseo, mejor, la pasión de aprender atraía a mu­chachos de todas las edades. Las clases eran gratuitas, pero bajo condición de asiduidad, atención y la confesión mensual. Hubo al principio algunos que, por no someterse a dichas reglas, dejaron las lecciones.25


23 MO, 76-77. En sus Memorias y en todas partes Don Bosco escribe el nombre de su protec-
tor Caffasso, una variante de Cafasso.


24 MO, 67.

25 MO, 68.

26 MO, 67-68.

En las vacaciones de verano, tanto durante la filosofía como la teología, Juan Bosco intentó la predicación con el permiso de los párrocos locales. Don Bos­co menciona cuatro ocasiones: predicó en la ciudad de Alfiano sobre el rosa­rio; en Castelnuovo, en San Bartolomé; en Capriglio, sobre la Natividad de Ma­ría; y en Cinzano, en San Roque, en cuya ocasión, no habiéndose presentado el predicador, aceptó el reto e improvisó.26 El buen párroco de Alfiano, a peti­ción de Juan, le ofreció algunos consejos, haciéndole notar que el sermón ha­bía estado por encima de la comprensión del pueblo.

Abandone el lenguaje y la estructura de los clásicos, hablar el dialecto cuan­do se pueda, y también en italiano, pero popularmente, popularmente, po­pularmente. Más que razonamientos, aténgase a los ejemplos, a compara­ciones, a fábulas sencillas y prácticas. Recuerde siempre que el pueblo entiende poco y nunca se le explican lo bástante las verdades de la fe.

Don Bosco añade: «Este consejo paternal me sirvió de norma todala vida».27

Continúa relatando tres incidentes que le enseñaron «una terrible lección». El primero se produjo durante una celebración en casa de familiares. La cena, en la que se consumió mucho vino, degeneró en una reyerta, con «gritos y ame­nazas» y el lanzamiento de cubiertos y platos. El segundo incidente se refiere a Juan tocando el \dolín, que había resuelto no volver a tocar más, «por ser con­trario a la dignidad y el espíritu eclesiásticos».28 Ocurrió en la fiesta de un pue­blo durante la cena ofrecida por un tío suyo. Invitado por otro músico, cedió a la tentación y tocó el violín para entretener a los invitados. Con el sonido de la música algunas personas comenzaron a bailar alegremente en el patio. Al dar­se cuenta de ello, Juan «rompió el violín en mil pedazos».29 En el tercero, un incidente de caza, Juan persiguió una liebre durante dos millas y, finalmente, la disparó. Mientras sus amigos le felicitaban por la caza, se dio cuenta, aver­gonzado, de que se había despojado de su sotana. Don Bosco concluye:



27 MO, 68. En la tesis del máster, sor Mary Treacy ha transcrito los manuscritos y estudiado
16 de los primeros sermones de Don Bosco que existen en italiano. Al leer estos sermones fecha-
dos en los tres primeros años de sacerdocio de Don Bosco (1841 -1844), se recibe la impresión de
que el consejo del buen párroco no surtió mucho efecto. Cf. Mary Cecilia
Treacy, Le Prediche Gio-
vanili Italiane di San Giovanni Bosco (1841-1844),
disertación de Máster de Arte no publicada
(University of South Africa, October 1997), 378 páginas.


28 MO, 70.

29 Juan había resuelto abandonar el toque de violín cuando tomó la sotana [cf. MO, 61, reso-
lución segunda]. Sin embargo, debió de guardar el peligroso instrumento, y en esta ocasión o bien
lo trajo a la fiesta o lo pidió prestado a alguno de los músicos (quizá había una banda que toca-
ba). No está claro qué violín destrozó. Lemoyne soluciona el problema, poniendo en labios de
Don Bosco una larga explicación que termina con estas palabras: «Entregué el vilolín. Me fui a
casa e hice mil pedazos el mío. Y no me serví más de este instrumento, aun cuando se presenta-
ron ocasiones en las funciones sagradas» [MBe I, 339].



Estos tres incidentes me sirvieron de tremenda lección. Desde entonces me apliqué con mejores propósitos a la vida retirada, completamente persuadi­do de que quien pretenda entregarse, totalmente al servicio del Señor, debe renunciar por entero a las diversiones mundanas. Cierto que a menudo no son pecaminosas, pero también es verdad, por las conversaciones que se tie­nen, por la manera de vestir, de hablar y de comportarse, que encierran siem­pre algún peligro de desastre para la virtud, en particular para la delicadísi­ma virtud de la castidad.30

Amistad y muerte prematura de Luis Comollo

Luis Comollo ocupó un lugar destacado en la vida de Juan Bosco, durante el último año de escuela secundaria. Juan tomó a Luis como modelo de vida es­piritual y cristiana y como un consejero en su crisis vocacional. La influencia de Luis sobre Juan continuó y aumentaría durante sus años de seminario.

Al hablar de sus actividades de verano, Don Bosco nos da una idea de su amistad personal: «Durante las vacaciones, iba muchas veces a verle y otras tantas venía él a visitarme». En el verano de 1838, después de primero de teo­logía de Juan, Luis estuvo un día con él, presumiblemente en la granja de Sus­sambrino. Pasaron unas horas encantadoras ensayando un sermón que Luis iba a predicar sobre la Asunción de María. Luego llegó la hora de la cena y na­da estaba listo. Agarraron un pollo, pero ninguno tenía coraje para matarlo. Fue Luis quien mostró que era de tontos ser tan aprensivos y lograron cenar. En la misma ocasión, en un paseo por las colinas, Luis comenzó a expresar sus premoniciones de muerte. Juan le pidió una explicación. Su amigo respondió: «Desde hace algún tiempo siento un deseo tan vivo de gustar la felicidad de los bienaventurados, que me parece imposible que todavía puedan ser muchos los días de mi vida».31

Posteriormente, de nuevo en el seminario, los dos amigos hablarán a me­nudo de una posible muerte; y, por último, pactaron que quien muriera pri­mero debía dar noticia de su salvación al otro. El 25 de marzo de 1839, Co­mollo habló de la certeza de su inminente muerte. Y, en efecto, Luis murió el 2 de abril de 1839. Don Bosco relata las circunstancias de la muerte de Luis y la subsiguiente terrible aparición en que le informó de su salvación.32




31 MO, 74.

32 MO, 74-75. En su biografía de Comollo (edición final de 1884), Don Bosco da una relación
completa de la aparición, citando testigos del suceso. Para comentarios sobre la biografía de Co-
mollo de Don Bosco y sobre la «experiencia Comollo», ver más adelante.


33 MO, 75. Razones adicionales relacionadas con o independientes de la experiencia de Co-
mollo se dan sobre su enfermedad: depresión, fractura de nervios, tensión ascética, fobias y an-
siedad relacionada con la vocación sacerdotal y los énfasis teológicos, así como en la predestina-
ción y el juicio divino. La enfermedad se agravó por la sistemática debilidad debida a anteriores
enfermedades [cf. MO, 40].


Don Bosco recuerda que se puso gravemente enfermo; atribuye el mal a la espantosa experiencia de la muerte y aparición de Comollo: «Un miedo y ho­rror tales que caí gravemente enfermo hasta situarme a las puertas de la muer­te». Nada más se dice sobre esta enfermedad, pero fue grave y se prolongó has­ta 1839 y 1840.33


El teólogo Juan Borel

Salvo cuanto se ha narrado sobre sus actividades veraniegas, nada cuenta so­bre el primer año de teología (1837-1838). Don Bosco es más explícito sobre el segundo año de teología (1838-1839), el año de la muerte de Comollo. Es tam­bién el año en que Juan fue nombrado sacristán y en el que se encontró por primera vez con los sacerdotes, que serían su fundamental soporte en su mi­nisterio con los jóvenes, el teólogo Juan Borel y don Carlos Borsarelli. La oca­sión fue el retiro espiritual (triduo), dirigido por el teólogo Borel, un «retiro his­tórico». Además de confesarse con este santo sacerdote, al final del retiro, Juan solicitó su asesoramiento sobre la mejor manera de preservar la propia voca­ción. Don Borel respondió: «Una vocación se perfecciona y conserva y se for­

ma en el verdadero espíritu sacerdotal, en un clima de recogimiento y con la frecuente recepción de la Sagrada Comunión».34
Estudios

En sus Memorias, Don Bosco no habla del plan de estudios filosóficos y teoló­gicos, sobre qué temas se enseñaba y cómo. Para obtener información hay que acudir a las fuentes diocesanas.35

El profesor de filosofía, don Francisco Esteban Ternavasio, enseñó en todos los cursos en un período de dos años, siguiendo el plan de estudios filosóficos de la escuela pública, que prescribía los tratados de lógica, metafísica, ética, geo­metría y física.36 Según Stella, el libro de texto utilizado por el profesor puede ha­ber sido Elementa Philosophiae, vigente en Piamonte en tres volúmenes (lógica, metafísica y filosofía moral) de Giuseppe Pavesio.37 Pero Ternavasio, para la pre­paración de sus clases, podría haber utilizado obras más extensas, como Elementi di filosofía, del erudito Pascual Galluppi da Tropea, «el mejor libro de texto de fi­losofía para las escuelas aparecido en Italia hasta ese momento»?8 Sea como fue­re, la enseñanza con un libro de texto sólo era superficial.

El programa de teología comprendía cuatro campos básicos de estudio: teología especulativa, dogmática y moral, y Sagrada Escritura.39 En Chieri, la enseñanza se impartía con los tratados tradicionales de los libros de texto. La lista compilada por el profesor de teología, padre José Mottura, comprendía 14 tratados: Fuentes Teológicas, Dios y los atributos de Dios, Trinidad, Encar­nación, La gracia de Cristo, el Bautismo y la Confirmación, la Eucaristía como sacrificio y como sacramento, la Penitencia, las Órdenes Sagradas, los actos humanos y la conciencia, [La Virtud de] la religión, el pecado y Pecado Origi­nal, Justicia y Derechos.40


34 MO, 76-77. De hecho, el encuentro de Juan con el teólogo Borel ocurrió el año anterior (el
primero de teología). Cf. A.
Giraudo, Clero, 263. Don Bosco recordó el consejo de Borel al orde-
narse de subdiácono. En sus
Memorias y en todas partes Don Bosco escribe el nombre del gran
sacerdote «Borrelli», tal vez tomando «Borel» como una forma dialectal. Sin embargo, la escri-
tura «Borrelli» o «Borelli» sale también en los escritos y documentos oficiales no de Don Bosco.


35 Para los párrafos que siguen me fundo en A. Giraudo, Clero, 269-276. Este autor ha reuni-
do una amplia documentación sobre el tema.


36 A. Giraudo, Clero, 274.

37 P. Stella, Vita, 82.

38 Juicio del filósofo Michele Federico Sciacca en F. Desramaut, Don Bosco, 96-97 y 125.

39 Estatutos del Seminario de Turín V, 4, en A. Giraudo, Clero, 357. Sin embargo, se ofrecían
cursos a parte de Sagrada Escritura en el seminario de Chieri durante estos años.


40 A. Giraudo, Clero, 274-275 y notas al pie 140 y 141.

41 A. Giraudo, Clero, 271, con documentación.

Siguiendo la tradición de la Universidad de Turín, el profesor daba la clase en latín con notas que él hubiera recogido. De ellas se dictaba un extracto, bien al comienzo o al final de la clase.41 Esta forma de enseñar en la que el profesor

«lee» y dicta a los estudiantes producía una formación teológica pobre. En sus Memorias, el propio Don Bosco, escribiendo en 1874, reconoce graves defi­ciencias en la enseñanza de la teología en el seminario, principalmente debido a su importancia.42 Giraudo cita un testimonio aún más crítico de un alumno contemporáneo del seminario de Chieri (1833-1837), escrito en 1848. Este au­tor habla de una teología «desgastada, un reliquia de la época de Lutero, to­talmente irrelevante para las cuestiones candentes de hoy». Continúa:

El seminario prohibía el uso incluso de las obras de los más reputados teó­logos. Estábamos limitados dentro de los estrechos límites del dictado del profesor. Ni una pincelada de literatura, de historia o de cualquier otra dis­ciplina noble estuvo nunca disponible. Las obras sobre estos temas fueron desterradas definitivamente de los recintos sagrados.43

La prodigiosa memoria de Juan Bosco le vino muy bien; habría sido capaz de repetir el extracto literal del profesor. Pero, al parecer, no se contentó con una simple repetición. En los comentarios de la tarde, de vez en cuando sus respuestas disentían de la simple repetición y expresaban otras opiniones. La lectura de libros de la biblioteca del seminario o de la biblioteca personal del profesor o de las bibliotecas de los sacerdotes de la parroquia, a las que tuvo acceso durante las vacaciones, le dio una visión más amplia. Por este tipo de huidas fuera del texto fue reprochado más de una vez.44




42 MO, 86.

43 Jaime Perlo (1816-1898) citado en A. Giraudo, Clero, 272-273 y nota al pie 133. Se pueden
citar muchos autores que se lamentaban de la formación del clero, pobre y desfasada: Vincenzo
Gioberti
(Ilgesuita moderno), Antonio Rosmini (Le cingue piaghe della Chiesa), Guillermo Audi-
sio
(Introduzione agli studi ecclesiastici conforme ai bisogni religiosi e civili) [cf. A. Giraudo, Clero,
275 y nota al pie 142].

44 El anterior compañero de seminario de Juan, don Juan Giacomelli, testificó sobre esto y
recordaba la reprimenda del profesor: «Atente al texto del libro literalmente, como todos los de-
más» [MBe I, 367; cf. A.
Giraudo, Clero, 273, nota al pie 133].

45 Un documento del archivo de la escuela dice que Juan Bosco pasó más de cuatro meses
con los jesuítas en Montaldo, desde el 11 de julio al 17 de octubre 1836. [Copia en el Archivo Cen-
tral Salesiano, FDB 64 A2. Cf. MO Silva, 94.]


46 Del padre Bini no se tienen otros datos [MO Silva, 29].

Bajo el título «Estudios» en sus Memorias, Don Bosco menciona también su progreso en las lenguas. En previsión de una epidemia de cólera en el vera­no de 1836, el Collegio dei Nobili (Colegio de Nobles, popularmente llamada Es­cuela «El Carmelo») de los jesuítas se trasladó de Turín y se instaló en el cam­po, en la ciudad de Montaldo. Por recomendación de Don Cafasso, Juan fue contratado como prefecto de dormitorio y profesor de griego clásico, una len­gua cuyos fundamentos básicos ya conocía 45 Don Bosco escribe que un pro­fesor jesuíta, el padre Bini, le enseñó griego clásico, en el que hizo rápidos y grandes progresos 46 «En ese tiempo estudié también francés y hebreo básico

[bíblico]. Estos tres, hebreo, griego y francés, siempre fueron mis favoritos, tras las lenguas latín e italiano».47


Lecturas en el Seminario

Aunque no hable del programa de estudios del seminario ni del método, Don Bosco da alguna información acerca de sus lecturas adicionales. Narra, en un principio, la historia de su «conversión» del latín y el griego clásicos, que le gustaban mucho, a la literatura cristiana y los escritos ascéticos. Ocurrió al inicio del segundo año de Filosofía (1836-1837). Un día de visita en la ca­pilla se topó con el libro de la Imitación de Cristo y quedó sorprendido por su belleza y profundidad.48

Después de su «conversión», Juan Bosco se hizo un ávido lector de obras religiosas. Su lista, llena de títulos históricos, es impresionante:

Me volqué en la lectura de Calmet, Historia del Antiguo y Nuevo Testamento; de Flavio Josefo, Antigüedades de los Judíos y las Guerras judias; después, de Mons. Marchetti, Razonamientos sobre la Religión; de Frayssinous, Balmes, Zucconi y de muchos otros escritores religiosos. Disfruté también con la lec­tura de Fleury, Historia de la Iglesia, ignorando que se tratara de un libro prohibido, y con mayor fruto aún, leí las obras de Passavanti y Segneri, y to­da la Historia de la Iglesia de Henrion 49



Una breve nota exphcativa sobre estos títulos será suficiente para transmi­tir una idea de la naturaleza y la calidad de lecturas de Juan.50

47 MO, 79-80.

48 MO, 77.

49 MO, 78.

50 Para los datos e información de la publicación de estas obras, me apoyo en F. Desramaut,
Don Bosco, 99-102 y P. Stella, Vita, 66ss.


  1. La primera obra mencionada en la lista es la Historia del Antiguo y del Nuevo Testamento del benedictino don Agustín Calmet (1672-1737) (His-toire de VAnden et du Nouveau Testament et des Juifs, pour servir d'in-troduction á l'histoire Ecclésiastique de M. Fleury (París, 1718), 2 volú­menes. La obra quería ser una introducción a la Historia de la Iglesia de Fleury. En 1830-1831 la obra de Calmet fue adaptada en italiano y po­pularizada con el título, Storia dell'antico e nuovo testamento e degli Ebrei, en la Biblioteca popolare e la moral religiosa (Torino, Pomba, 1830-1832), en 17 volúmenes de bolsillo.

  2. Esta obra, junto con la Gueira judía y Antigüedades judías de Flavio Jo­sefo contribuyeron bastante a la formación bíblica del seminarista Bos­co. No había profesor de Sagrada Escritura, y no se ofrecían por sepa­rado cursos de Escritura en el seminario de Chieri, a pesar de que el plan de estudios incluía un área general titulada «la Sagrada Escritura».

51 MOCe, 110, notas.

52 MO, 64.


  1. Trattenimenti la familia sulla storia di Religione della [...] de Juan Mar-chetti (Torino, Bianco, 1823), 2 volúmenes; consistía en las presenta­ciones populares de la historia cristiana por Marchettí (1759-1829), teó­logo de la Dataria Apostólica y arzobispo titular de Ancyra (Ankara).

  2. Déjense du christianisme ou Conférences sur la religión (París, 1825), de Frayssinous Denys (1765-1841). Esta obra recogía conferencias de Frays-sinous en París, y fue publicada sobre 1807. Esa obra atraía a gran nú­mero de jóvenes. El libro fue traducido al italiano con el título del Dife-sa del Ciistianesimo (Turín y fue 1829). A pesar de la importancia del autor en el período napoleónico, las «pruebas» aportadas contra los fi­lósofos de la Ilustración y el Romanticismo, con recurso frecuente a los milagros, fueron en gran medida ineficaces.

  3. La única obra del filósofo español Jaime Luciano Balmes (1810-1848), que apareció cuando Juan Bosco estaba en el seminario, fue un tratado sobre el matrimonio (1839), de la que no se conoce la traducción. La obra, El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea, a la que se refiere Eugenio Ceria,51 apareció sólo en 1842-1844. Sin embargo, Don Bosco, escribiendo en 1874, pudo haber tenido muy presente la obra (por error) en mente, en una traduc­ción al italiano que había aparecido en 1852.

  4. Ferdinando Zucconi (1647-1732) era autor de Lezioni Sacre sopra la di­vina Scrittura (1.a ed., Roma, 1729). Se trata de conferencias no sobre la Escritura, sino de simples instrucciones apologéticas y morales, basadas en la Biblia.

  5. Juan Bosco escuchó la historia de la Iglesia del abate Bercastel (1720­1794), que se leía en el comedor durante las comidas.52 La Histoire de l'Eglise (París, 1778-1790) de Antoine-Henri Bérault Bercastel, comprende 24 pequeños volúmenes que cubren la historia hasta 1721. Evidente­mente debió haber sido leída en una versión italiana. En efecto, esta obra del ex jesuíta se continuó desde 1721 hasta 1800, en italiano como Sto­ria del cristianesimo dell'Abate di-Bérault Bercastel recata dalla frúncese all'italiana favella dall'Ab. GB Zugno con dissertazioni e nota del tradutto-re (Venecia, 1795-1805) en 36 pequeños volúmenes.

  6. Siguiendo su interés por la historia de la Iglesia, el seminarista Bosco le­yó la Historia de la Iglesia por Claude Fleury (1620-1723). Ésta fue la Histoire Ecclésiastique (Ia edición: París, 1691-1723), una enorme, e in­conclusa, obra en 20 volúmenes. Don Bosco más tarde se dio cuenta de «que debía ser excluida», por sus tendencias galicanas. Fleury era un es­tudioso serio; su obra siguió siendo la historia más frecuentemente con­sultada, hasta el ataque del historiador ultramontano Francois-René Rohrbacher (1789-1856). Su Histoire universelle de la de l'Eglise catholi-que (28 volúmenes, 1842-1849), escrita en contra de Hugue-Félicité de

Lamennais y Claude Fleury, es un gran trabajo, pero no crítico.53 Es pen-sable que el seminarista Bosco leyera a Fleury en una traducción al ita­liano en 27 volúmenes de Gaspar Gozzi, publicada en Venecia (1767­1771) o en Génova (1769-1773).

9. Juan también leyó la historia de la Iglesia por el barón Matthieu Richard HENRiON-Auguste (1805-1862). Su Histoire genérale de l'Eglise en 12 vo­lúmenes es una adaptación y una continuación de la obra de Bérault-Bercastel. Una traducción italiana apareció con el título, Storia univer-sale della Chiesa, dalla predicazione degli Apostoli fino al Pontificato di Gregorio XVI (Mendrisio, Tip. TIcinese della Minerva, 1839-1843), 14 vo­lúmenes. La fecha de publicación muestra que, si Don Bosco leyó la edi­ción en italiano, habría completado su lectura durante los años pasados en el Convictorio (1841-1844).



  1. De Domenico Cavaixa (ca. 1270-1342), Juan Bosco pudo haber leído Es­pejo de la Cmz (Specchio della Croce) o la Vida de los ermitaños Pablo y Antonio.

  2. Jacobo Passavanti (muerto en 1357) fue el autor de una obra sobre la Pe­nitencia rigorista. Titulada El verdadero espejo de la Penitencia (Specchio della vera penitenza, Turín, 1807), la obra era una colección de sermo­nes de Cuaresma pronunciados en Florencia en 1354.

  3. Del famoso predicador jesuíta, prolífico escritor de ascética, Pablo Seg-neri (el Viejo, 1624-1694), Don Bosco pudo haber leído una serie de obras: sus Sennones de Cuaresma (Quaresirnale, Florencia, 1679) o El Devoto de María (II divoto de María, Bolonia, 1677) o, más probablemente, El Ca­tólico instando (II cattolico istruito, Florencia, 1686)54. Segneri era tam­bién autor de Cartas sobre el Probabilismo (Letture sopra la materia del probabile), que se publicó primero en Colonia (1732). Esta última obra la escribió contra un colega jesuíta, el probabiliorista Tirso González.


53 New Catholic Encyclopedia 12, 557.

54 Pudiera ser una coincidencia que Don Bosco escribiera más tarde un tratado con el mismo
título contra los valdenses (o «protestantes»):
El católico instando en religión, conversaciones de
un padre con sus hijos sobre temas contemporáneos,
Turín, P. De Agostini, en «Lecturas católicas»
1 (1953-1954), núms. 1, 2, 5, 8, 9 y 12.


De los títulos mencionados, sólo dos aparecen en el catálogo de la bibliote­ca del seminario: Bercastel y Henrion, ambos traducidos al italiano. En sus Me­morias, Don Bosco afronta la cuestión obvia en sus lectores. Con toda esta lec­tura, ¿qué pasaba con los cursos y tratados? Como fue el caso en la escuela secundaria, asegura que dada su memoria excepcional con escuchar a los pro­fesores en la clase le era suficiente (!). Dedicaba a la lectura todo su tiempo de estudio, casi cuatro horas diarias. Sus superiores estaban al tanto de esta «ac­tividad complementaria»; a pesar de ser contraria a los reglamentos, tácita­mente se lo permitían. La pobreza de enseñanza teológica en el seminario no impidió a Juan Bosco, al parecer, la adquisición de una formación teológica bastante extensa, aunque desorganizada y desigual.

3. Descubrimiento de Luis Comollo y de su espiritualidad

En el seminario reinaba, pues, un severo código disciplinar y una escasa for­mación teológica. Pero para valorar más ajustadamente la atmósfera espiritual que reinaba se ha de tener presente la tendencia de la formación teológica. No se puede hablar de jansenismo en su sentido estricto, es decir, de una influen­cia directa del Augiistinus de Jansenio, y de la teología y espiritualidad que se derivaron, sobre todo, de Port Royal55. Con todo, hubo un ambiente generali­zado de rigorismo en diversos grados, que afectaba prácticamente a todos los aspectos de la vida del seminario y a la formación: la teología especulativa y dog­mática, teología moral y sacramental, la práctica pastoral y sacramental, la doc­trina y práctica de la vida espiritual, el ascetismo, disciplina eclesiástica etc.56 Algunos puntos, en particular, merecen atención. Se producía un desequi­librio en el énfasis puesto en los novísimos, la muerte, el juicio, el infierno y en la cuestión de la predestinación. El sentido del pecado y el concepto de santi­dad y su exigencia que se inculcaba tenían el efecto de restringir la vida sacra­mental, de fomentar la práctica ascética excesiva y de echar un velo de oscuri­dad y miedo en la misma vida espiritual. El acento puesto en la tremenda responsabilidad de los sacerdotes en el cuidado de las almas y en el peligro de la condenación causado por cualquier fallo en corresponder, ejercía una fuer­te presión sobre los candidatos sinceramente comprometidos.

Hay que señalar, además, que estos enfoques, aunque reforzados por la in­fluencia del rigorismo jansenista, estaban en diverso grado en el pensamiento religioso y en la práctica de todo el mundo. San Alfonso, por ejemplo, un pro-babilista benigno en la teología moral y pastoral y en la práctica, destacaba el sentido del pecado, los terrores de la muerte y el juicio, y las exigencias estric­tas de la santidad sacerdotal. También utilizaba la retórica tradicional en este sentido. Así lo hacía el propio maestro y guía de Don Bosco, Don Cafasso.

Tal vez no había muchos candidatos realmente comprometidos en el sa­cerdocio en el seminario, pero Juan Bosco y Luis Comollo ciertamente lo eran. Comollo fue un ejemplo extremo de cómo un seminarista podía verse afecta­do por la omnipresente influencia rigorista, sobre todo si va reforzada por el temperamento personal. Y así fue Juan Bosco, en menor grado.




55 Cuestiones relacionadas con el jansenismo y el cercano rigorismo de Port Royal, y sobre el
probabilismo en la teología moral y pastoral, etc., se comentan en un capítulo posterior en co-
nexión con el Convictorio.


56 Para el comentario sobre esta materia, cf. P. Stella, Vita, 59ss.

Siguiendo el consejo de su madre de juntarse con preferencia con compa­ñeros devotos de María, del estudio y la piedad, Juan eligió como amigos a tres buenos compañeros, Guillermo Garigliano, Juan Giacomelliy, sobre todo, Luis Comollo. La amistad de Juan con Luis, que comenzó durante el año que pasa­ron juntos en la escuela pública, continuó y se perfeccionó en los dos años y medio que pasaron en el seminario. Juan anhelaba cierta mtimidad a nivel per­

sonal y Comollo podía hacerla realidad. Su amistad se convirtió en una pro­funda relación mutua. Hablando de la época de su primer contacto, Don Bos­co escribe:

Pusimos nuestra confianza el uno en el otro. En mi caso yo precisaba ayu­da espiritual; él, ayuda corporal [...] y poniéndome completamente en sus manos, me dejaba guiar como y adonde el quería.57

Sin duda hubo reciprocidad, pero estas palabras muestran que la influen­cia espiritual de Luis sobre Juan era enorme. De su relación en el seminario, Don Bosco escribe:

Este maravilloso compañero fue para mí una fortuna. Sabía avisarme opor­tunamente, corregirme, consolarme, pero con tal garbo y tanta caridad, que en cierto modo me consideraba feliz de proporcionarle motivos para que lo hiciese, por el placer de ser corregido por él. Trataba con él familiarmente y me sentía espontáneamente inclinado a imitarle; aunque estaba mil millas detrás de él en la virtud [...]. Si no fui arrastrado por los inmorales y si pro­gresé en mi vocación, a él se lo debo.58

Es cierto que Juan no imitó las prácticas penitenciales excesivas,59 pero la severidad y la tensión ascética de Comollo, evidente en su estilo de vida, refor­zaron en la mente de Juan el énfasis rigorista, presente entonces en la forma­ción sacerdotal en el seminario. La vida de Comollo fue probablemente el me­jor ejemplo de cómo podía llegar a ser puesto en práctica el reforzamiento de la vida espiritual de un seminarista. Y existen pruebas de que esta acentuación resultó ser también para Juan una dura prueba, más dura con mucho que el «vacío afectivo» derivado del alejamiento de sus superiores o la disipación de compañeros qué encontró en el seminario. Hay pruebas de ciertas aversiones obsesivas impresas en la mente de Juan como resultado de tal énfasis teológi­co y espiritual, con consecuencias que se prolongaron más allá de sus años de seminario.




57 MO, 40.

58 MO, 67.

59 Cf. MO, 67.

Se podría decir que la formación del seminario y la práctica de Comollo se reforzaron mutuamente en su influencia sobre Juan. La vida espiritual incul­cada en el seminario se caracterizaba por una tensión ascética, que a veces se expresaba en una severidad morbosa, en particular en una repulsión a la ex­periencia sexual. La impureza, en sus diversas formas en las que, como se pen­saba, no había parvedad de materia (cualquier fallo era pecado grave), era con­siderada como el más grave de todos los pecados. Mientras que cada pecado tenía su nombre específico, éste no tenía nombre ni se mencionaba. Los sa­cerdotes sólo usaban vagos circunloquios en el interrogatorio de los peniten­

tes sobre la materia. La vergüenza de este pecado era tal, que los penitentes no solían tener la valentía de confesarlo.60

Stella, hablando en general, escribe: «Esta tensión ascética contribuyó a ace­lerar la muerte de su amigo Comollo, y al mismo Don Bosco lo llevó al límite de sus fuerzas».61 Y Stella añade:

La vida de Comollo en el seminario parecía un largo examen de conciencia. Cada pensamiento, palabra, obra era analizado bajo la rriirada del divino juez. Como recuerda Don Bosco, Comollo pasó el último año de su vida me­ditando sobre la obra del jesuíta Pinamonti. Que se titulaba, L'Infemo aper-to al cristiano perché, no v'entri [El Infierno abierto al cristiano para que no entre en él], con una casi obsesiva atención a Cristo como juez y al juicio fi­nal con su sentencia irrevocable.62

Don Juan Francesia, hablando de su propia experiencia con Don Bosco en esta cuestión, declaró en el Proceso de Beatificación:

Al estudiar el tratado sobre la predestinación, Don Bosco experimentó temor por su propia salvación. Comentó este problema en la clase y también en pri­vado con sus profesores. También tuvo una reunión con el rector sobre este tema, pero nada pudo restablecer su tranquilidad. Sufrió bajo este íncubo durante mucho tiempo y, finalmente, cayó enfermo a cuenta de ello. Su con­fesor le visitó y le dijo: «Bosco, ¿qué está escrito en el Evangelio? [...]. Quie­ro decir, ¿qué exige el Señor [de nosotros] para la vida eterna? ¿No está es­crito, "Si quieres entrar en la vida?". ¿Entiendes lo que significa "Si quieres"? Su gracia no te abandonará; todo lo que necesitas hacer es corresponder». Estas palabras devolvieron la paz a su espíritu, y poniendo toda su confian­za en el Señor, se dedicó a sus estudios. Don Bosco me confesó a mí mismo, que había tenido estos temores.63




60 Esto era lo que Don Bosco buscaba para los chicos en la confesión. El creía que confesa-
dos estos pecados, se eliminaba ya el peso de la culpa, la alegría lo sustituía y estaba abierto el
camino a la santidad cristiana.


61 P. Stella, Vita.76.

62 P. Stella, Vita, 81.

63 Citado en P. Stella, Vita, 63s. Pero hay que tener en cuenta la advertencia de Stella (en no-
ta al pie, 36) sobre el testimonio de Francesia.


64 Cf. MO, 75.

La aparición de una enfermedad, referida pero no identificada, se re­monta a principios de 1839. Don Bosco la atribuyó a la experiencia del mie­do por la aparición de Comollo.64 Lemoyne insiste en su duración y grave­dad, pero se abstiene de especular sobre sus causas. Escribe en referencia al año 1840: «La salud de Juan siguió deteriorándose. Había estado en cri­sis durante un año y por fin se vio obligado a guardar cama. Toda la comi­

da le causaba náuseas y padecía insomnio crónico, por lo que los médicos realmente le desahuciaron».65

Parece que, en realidad, la causa fundamental de la prolongada enferme­dad, si es que era depresión o crisis nerviosa, radicaba menos en esa aterrado­ra experiencia que en el acentuado énfasis de la enseñanza teológica y de la es­piritualidad del seminario, así como en el ejemplo de Comollo. Los acontecimientos que rodearon la muerte de Comollo, especialmente el pacto entre Luis y Juan, fueron probablemente sólo una parte de un proceso que tiene que ver con el temor respecto a la predestinación y la salvación personal. Si así hubiera sido, el paralelo entre Don Bosco y Francisco de Sales es demasiado evidente.

Cualquier seminarista que tomara en serio esas cuestiones sería un candi­dato a una crisis nerviosa. Luis Comollo tomó muy en serio las cosas y no so­brevivió. Juan Bosco las tomó también en serio y, sin embargo, sobrevivió, aun­que no salió completamente indemne. Fue capaz de superar este conflicto psíquico, así como las tensiones normalmente relacionadas con la virilidad ju­venil, porque, a pesar de todo, su ego y situación psíquica eran fuertes y esta­ban adecuadamente equilibrados.

El modelo formativo impuesto por el Reglamento de monseñor Chiaveroti había insistido en la obediencia interior y el reconocimiento de la llamada de Dios como las bases de la vida espiritual de un seminarista. La «piedad» y las prácticas religiosas, la fidelidad a los sacramentos y su ferviente devoción for­maban su alimento esencial. Se inculcaba la seria dedicación al estudio: «¡Ay de los sacerdotes ignorantes!». El ideal sacerdotal incluía la dedicación a la ca­ridad pastoral, las virtudes sacerdotales y santidad personal. La santidad sa­cerdotal exigía la castidad, la oración, el despego, el ascetismo y la tradicional «fuga mundi».66 Siendo todo ello cierto en la vida del seminario, el modelo for­mativo sufrió el iriflujo de una doctrina teológica rigorista.

Más tarde, en el Convictorio, bajo la dirección espiritual de Don Cafasso, la figura paterna, con quien iba a establecer una fuerte relación afectiva durade­ra, Don Bosco encontró curación, integridad y una firme identidad.67 No obs­tante, jamás dejó atrás Don Bosco una espirituaHdad orientada a la muerte-jui­cio. Los novísimos eran fundamentales en la predicación, en los escritos de devoción, en la discusión teológica. El tipo de piedad inculcado en el Oratorio, a través, por ejemplo, del Ejercicio de la Buena Muerte, reflejaba este énfasis.




65 MBe I, 385-386. Lemoyne añade que Juan permaneció en cama durante un mes cuando su
madre Margarita, totalmente ajena a su grave condición, vino a visitarle un día, trayendo una ho-
gaza de pan de maíz y una botella de vino. ¡Cuando se marchó Margarita, Juan comió el pan y se
bebió el vino y se curó!


66 A. Giraudo, Clero, 245-288.

67 Cf. G. D'Acquino, Psicología, 40-45.

El deseo de Don Bosco de perpetuar el modelo Comollo y ofrecer a sus mu­chachos una orientación para su vida espiritual a través de una biografía de Co­mollo, habla de la permanente fascinación por la espirituaHdad de éste.

Biografía de Luis Comollo

La de Comollo fue la primera de varias biografías que escribió Don Bosco. Re­dactada y publicada, primero, en 1844, cuando Don Bosco se encontraba to­davía en el Convictorio, tuvo otras tres ediciones: 1854, 1867 y 1884. La pri­mera edición era un folleto de 84 páginas en formato pequeño.68

La obra estaba dedicada a «los reverendos seminaristas de Chieri». Su de­clarado objetivo era rendir homenaje a un santo amigo y proponerlo como un modelo para los seminaristas. La pequeña biografía se basaba en un borrador elaborado por el seminarista Juan Bosco en 1839, el mismo año de la muerte de Comollo.69 Una segunda edición, revisada y ampliada, aunque no se anote así, se publicó en 1854 en las Lecturas Católicas; era un folleto de 154 páginas en el formato pequeño de esa serie. Presentaba a Comollo al público en gene­ral como «el joven ejemplar, un modelo para cualquier persona preocupada por su propia salvación». Ofrecía material biográfico adicional y un nuevo prefa­cio y conclusión.

Incluía también material parenético inculcando la buena conducta moral; de esta forma, la biografía de Comollo se convirtió en el vademécum de buena conducta en el Oratorio. Domingo Savio lo tomó como modelo y los miembros de la Compañía de la Inmaculada prometían «tratar de imitar a Luis Como­llo». Comollo, el moderno «san Luis», se mantuvo como el modelo del joven y, en particular, del joven que deseaba encaminarse al sacerdocio. El libro fun­cionó, se podría decir, como manual del aspirante salesiano, de la Compañía de la Inmaculada en la década de los cincuenta del siglo xrx y sirvió de mode­lo para futuros salesianos. Más tarde, la biografía de Savio (1857) rivalizó con la de Comollo, pero nunca la sustituyó. Comollo siguió teniendo gran influen­cia espiritual en el Oratorio durante los años sesenta y más adelante.




68 Cenni storíci sulla vita del chieríco Luigi Comollo, morto nel seminario di Chieri, ammirato
da tutti per le singolari virtü, scritti da un suo Collega, Torino, lipografia Speirani e Ferrero, 1844
en
OEI, 1-84. Para el texto, introducción y comentarios, ver también Alberto Caviglia, II primo
libro di Don Bosco,
en Opere e scritti editi e inediti di Don Bosco, Vol. V, Torino, SEI, 1964, Part. I
[9-128]. La vida de Luis Comollo en castellano se halla en Juan Bosco.
Obras fundamentales, Ma-
drid, BAC, 1979, 75-111.


69 Infermitá e morte del giovane Chierico Luigi Comollo scritta dal suo collega C[hierico] Gio.
Bosco. Nozione sulla nostra amicizia e sulla sua vita. MS. 24 páginas, en ASC A228ss: Comollo,
FDB 305 Cl 1-E10. Para la edición crítica de este Ms. ver Juan
Canals Pujol, La amistad en las di-
versas redacciones de la vida de Comollo escrita por san Juan Bosco.
Estudio diacrónico y edición
del manuscrito de 1839, RSS 5:2 (1986) 243-262. Para la estructura y extractos de la biografía de
Comollo de Don Bosco, ver el apéndice posterior.


Una tercera edición, prácticamente sin cambios, se publicó en 1867, ya que se había agotado la edición de 1854. Esta reimpresión, de 104 páginas en un formato más grande, demuestra que la biografía de Comollo todavía estaba muy en uso en el Oratorio en la década de los sesenta. Una cuarta edición, de­finitiva, completamente revisada, apareció en 1884, con don Juan Bonetti co­mo editor literario, pero con la firma de Don Bosco; era un libro de formato

grande y 120 páginas.70 Reza el prefacio: «Esta edición no es una simple repe­tición de las anteriores». Además de su nueva forma literaria, se presentó «el nuevo material que antes no parecía adecuado para su publicación o que lla­mó nuestra atención más adelante». Entre los añadidos importantes, cabe se­ñalar las palabras que la Virgen dirige a Comollo en la aparición en su lecho de muerte y la narración completa de la visión terrorífica de Comollo después de su muerte. Extremo que se había mencionado, pero no descrito en edicio­nes anteriores, aunque había sido narrado ya en las Memorias del Oratorio (1874).7' La edición 1884 es una obra nueva, menos por la documentación adi­cional que por su calidad y su objetivo. Incrementa nuestro conocimiento de Comollo y le confiere un nuevo carácter, el modelo de la vida cristiana, santo sin más, aunque no utilizó el término.

Se podría preguntar por qué Don Bosco quiso hacer con Comollo lo que no hizo, por ejemplo, con Savio, es decir, transformar y glorificar su personaje. Parece que Don Bosco quiso dar importancia permanente a Comollo, el santo, en un momento, a mediados de los ochenta, en que el futuro de su propia obra parecía asegurado; podía, pues, mirando atrás, evaluar sus experiencias vita­les. Lo cual obliga a preguntarse sobre la naturaleza de la relación de Don Bos­co con Comollo y de la deuda que con él tenía.


70 Cf. MBe, LX, 1 Don Caviglia hace notar que la copiosa edición de Bonetti afectó a la cali-
dad literaria de esta edición (A.
Caviglia, Opere e scritti V/l, 18 y nota al pie 2).

71 Cf. MO, 75-76.

72 A. Caviglia, Opere e scritti, V/l, 21.

Caviglia ve una gran afinidad espiritual de Don Bosco con Comollo. En pri­mer lugar, la biografía de Comollo posee un sabor autobiográfico en el sentido de que Don Bosco refleja sus propios pensamientos, valores, devociones, las opciones pastorale y el espíritu de su obra posterior como educador y funda­dor. Y lo que es más importante, en opinión de Caviglia, «el Comollo de Don Bosco tiene el alma de salesiano». Especula que Comollo podría haber llegado a ser, si hubiera .vivido, sin duda un santo: e incluso cree que hubiera sido un compañero con el que Don Bosco podría haber compartido su vida apostólica y los logros de fundador.72

Apéndice

MONS. COLOMBANO CfflAVEROTI (1754-1831), ARZOBISPO DE TURÍN (1818-1831)

Gaspar Carlos Juan Colombano Chiaveroti [Chiaverotti, Chiavaroti] nació en Tu­rín el 5 de enero de 1754. Después de obtener el doctorado en Derecho civil y ca­nónico en la Universidad de Turín (1774), ejerció en su pasantía en la oficina jurí­dica del Senado piamontés. Los Chiaveroti eran una familia de abogados y médicos. Colombano, sin embargo, pronto dejó esa profesión; a pesar de las objeciones de su padre, entró en el monasterio-cenobio camaldulense de Turín. Hizo los votos en 1776 y fue ordenado sacerdote en 1781. Luego, ocupó los puestos de maestro de novicios y de los nuevos profesos, y en 1793 fue elegido Visitador General de la Fe­deración de cenobios camaldulenses. En 1795 fue elegido prior del cenobio cerca­no a Lanzo (Turin). Cuando la comunidad fue disuelta por Napoleón en 1802, el Abad Chiaveroti dejó el hábito religioso y se quedó hasta 1817 como Rector de la iglesia, al servicio de la población local. En 1817, en la Restauración, Víctor Ma­nuel I puso su nombre en una lista de nuevos obispos y Chiaveroti fue nombrado obispo de Ivrea, una sede que ocupó durante un año.

Después de su breve permanencia en Ivrea, en 1818, por elección real fue nom­brado Arzobispo de Turín, puesto que había estado vacante desde la muerte del arzobispo Jacinto Della Torre en 1814. Se opuso con todas sus fuerzas a ese nom­bramiento, escribiendo incluso al Papa y al Secretario de Estado, cardenal Con­salvi, para que lo retiraran. La Santa Sede le aconsejó que apelara al Rey. Lo hi­zo y, en respuesta, recibió la notificación de que era «la voluntad de Su Majestad que acepte el nombramiento». Continuó objetando hasta que recibió la palabra clara de Pío VII.73


73 Se debe tener en cuenta que los reyes de Cerdeña, al igual que otros muchos monarcas, go­zaban del privilegio de nominación de obispos. Este privilegio, abolido por Napoleón, fue res­taurado por la bula papal de 1817.

Algunos recibieron con miedo el nombramiento de un monje con poca expe­riencia del mundo. Los conservadores no favorecieron el nombramiento a la sede primaria de un reino de alguien que pertenecía a la «burguesía» y no a la antigua nobleza piamontesa. Con este nombramiento, el rey esperaba tener un arzobispo que fuera lo suficientemente flexible para colaborar con la política eclesiástica del Rey, especialmente en las negociaciones en curso con la Santa Sede para la re­constitución del patrimonio de la Iglesia en la diócesis y parroquias del reino.

El episcopado del arzobispo Chiaveroti se caracterizó, en el aspecto religioso, por la polémica teológica que se mantuvo entre la Universidad, el seminario y el Convictorio; en el aspecto sociopolítico, por los movimientos revolucionarios. Él resultó ser un hombre conciliador, cercano y fue, en general, bien aceptado. Su ac­ción pastoral y los escritos lo muestran rotundamente conservador, defensor acé­rrimo de los principios de la Restauración. Su principal preocupación pastoral iba a ser la situación de la Iglesia a la que trató de recuperar de la época napoleónica.

Antes en Ivrea y después en Turín, tuvo que hacer frente a una Iglesia necesita­da de reorganización y reforma. En una carta contemporánea habla de «grandes abusos todavía evidentes entre el clero de las diócesis de Turín, Vercelli, Ivrea, men­cionando en particular la corrupción moral y la insubordinación hacia el Sumo Pontífice y hacia sus Sagradas Majestades Reales». No menos preocupante era el hecho de que muchas ciudades no teman ningún sacerdote; las parroquias ha­bían perdido sus beneficios y, en consecuencia, sus ingresos. Un estudio de las parroquias mostraba que muchas de ellas carecían de medios de subsistencia. El arzobispo pidió ayuda a las autoridades; siguieron negociaciones largas, pacien­tes y no siempre con éxito. Pero se logró recuperar al menos, parte de las tierras y bienes inmuebles de la diócesis y de las parroquias, que bajo Napoleón habían sido expropiadas.

Chiaveroti fue un buen y celoso obispo, pastor y reformador. Su principal pre­ocupación pastoral se centró en la mala calidad, así como en el reducido número de sacerdotes. Estos hechos básicos dictaron su programa de reformas. Se preo­cupó de la atención al fortalecimiento de la formación sacerdotal y la disciplina. No estando satisfecho sólo con la disciplina externa, abogó por una renovación es­piritual y una nueva dedicación al ministerio.74 Mejoró la formación pastoral, cul­tural y espiritual de los sacerdotes y prestó especial atención al examen de los can­didatos a la vocación y al programa de formación del seminario. Así fue como el número de sacerdotes ordenados aumentó de 30 en 1818 a 61 en 1831.75

La reforma fue un éxito, pero el arzobispo Chiaveroti no vivió para ver sus re­sultados. Murió en 1831 los 77 años de edad. Le sucederá Mons. Luis Fransoni.

EL SEMINARIO DE LA ARQUIDIÓCESIS DE TURÍN
Antes de Napoleón


74 Para el programa de formación en el seminario del arzobispo Chiaveroti y para la adapta-
ción del arzobispo Fransoni del mismo para el seminario de Chieri, ver arriba y en el apéndice LT
que seguirá.


75 Sussidi 2, 235 (citando fuentes de archivo).

Después de los decretos del Concilio de Trento sobre la reforma del clero y sobre los seminarios, la diócesis de Turín intentó repetidas veces aplicarlo con una se­riedad no igualada en las demás diócesis de Italia, con excepción de la de Milán. Las resistencias a la reforma nacían de la política eclesiástica absolutista de la Ca­

sa de Saboya. No obstante, se operó un progreso moral, espiritual y pastoral a lo largo de los siglos xvi y xvn.

El seminario de Turín fue fundado en 1567 por el arzobispo cardenal Jerónimo Della Rovere, pero languideció por falta de financiación y lugares apropiados. El primer edificio importante para el seminario se levantó en torno a Í660; fue am­pliado entre 1725 y 1729 hasta albergar a unos 80 seminaristas.

La reforma escolar y los estatutos de 1729 ordenados por Víctor Amadeo LT pu­sieron la educación secundaria bajo control estatal. Como consecuencia, los estu­dios secundarios (seminario menor) se enmuraron del programa del seminario. Só­lo la filosofía y la teología se mantuvieron. Al parecer, la medida no afectó a la calidad de las vocaciones sacerdotales, ya que el programa de la escuela secunda­ria en el Reino de Cerdeña, estaba organizado en torno a la religión y era supervi­sado e impartido casi totalmente por el clero. No era este el caso en otros Estados de Italia o en Francia.

El seminario desarrolló pronto una estrecha asociación con la Escuela de Teo­logía en la Universidad, que frecuentaban los seminaristas. La Escuela de Teología de la Universidad, la Congregación de Superga, fundada en 1730, y las cuatro «con­ferencias» de teología moral-pastoral, creadas en 1738, trabajaban juntas; eran res­ponsables de mejorar la formación sacerdotal, la disciplina, el espíritu y el presti­gio sacerdotal. Obviamente, el seminario y su programa estaban bajo la autoridad del Arzobispo; él era el responsable de la formación sacerdotal y de la admisión de los candidatos a las órdenes sagradas. Pero, debido a la política de la Casa de Sa­boya, la formación teológica había caído, cada vez más, bajo el control real, hasta que el concordato de 1741 permitió que el seminario con sus profesores y admi­nistración disfrutaran de mayor libertad y autoridad.

Un informe contemporáneo de la Santa Sede ordenaba que los seminaristas re­sidieran en el seminario durante ocho meses al año, bajo la supervisión atenta del Rector y su personal, que asistieran a clases de filosofía y teología en la Universi­dad y recibieran instrucción complementaria en el seminario.

La Instrucción de 1742 del papa Benedicto XIV (1740-1748) para la reforma del clero dio un paso adelante en la aplicación de los decretos del Concilio de Trento y se convirtió en la guía para los seminarios del Reino de Cerdeña, del de Turín en particular. Sin embargo, debido a la falta de locales, desde sus inicios, el semina­rio de Turín podía acomodar a un número limitado de seminaristas. Para paliar esta situación nació el seminario externo (chiericato estemo). Estos seminaristas asistían a las lecciones de filosofía y teología, pero vivían en casa o en residencias, un grave inconveniente en materia de disciplina. Aunque, para obviar el inconve­niente, el edificio del seminario de Turín se amplió hasta dar cabida a alrededor de 150 seminaristas, siguió sintiéndose la necesidad de un segundo seminario.

El segundo seminario se fundó en 1780 en la ciudad de Bra, unos 55 kilóme­tros al sur de Turín. El seminario de Bra funcionó como el de Turín, pero eviden­temente, no gozaba de las ventajas de la enseñanza de la Universidad y de un equi­po selecto. La ampliación alivió los problemas sólo en parte. El seminario externo y sus problemas duraron en realidad muchos años más.



Durante él periodo napoleónico

En enero de 1801, iniciado el período napoleónico en Italia, los seminarios fueron cerrados y sus edificios y bienes confiscados. En muy pocos años, la disciplina y la formación del clero, así como las vocaciones sacerdotales, disminuyeron seria­mente. Tras los ataques y un tiempo de turbulencia, se estableció el nuevo sistema; la situación social y política recuperó una cierta normalidad. Pero los tres proble­mas del clero: la disciplina, la formación y las vocaciones sacerdotales siguieron sin resolverse, debido a la falta de seminarios.



El arzobispo Jacinto Benigno Della Torre,76 con diplomacia y paciencia, consi­guió recuperar el edificio, muy necesitado de reparación, y algunos de los bienes del seminario anterior. Un decreto imperial del 16 de febrero de 1807, confirmó la devolución y permitió su funcionamiento. Restaurado, el seminario abrió en no­viembre de 1807 con 63 seminaristas residentes, que ya no estudiaban filosofía y teología en la Universidad, y una plantilla de 10 profesores. Para obtener la apro­bación oficial, el Arzobispo presentó al gobierno de Napoleón en París, el progra­ma o Reglamento del seminario, en el que sin revelar sus preocupaciones pastora­les, insistía en temas organizativos. El Arzobispo siguió trabajando para mejorarlo; en 1813, hacia el final de la época napoleónica, la arquidiócesis contaba con 210 serninaristas. De éstos, 150 residían en el seminario, 24 estudiaban bajo la super­visión de su párroco y 30 acudían a la restablecida Escuela de Teología en la Uni­versidad como seminaristas externos.


76 Jacinto Benigno Della Torre de los condes de Luserna (1747-1814), nativo de Saluzzo (unos 19 kilómetros al sur de Turín), entró en la Orden de San Agustín y tuvo cargos de responsabili­dad en la comunidad. Primero fue nombrado Obispo de Sassari (Cerdeña) y después de Acqui (Piamonte). En 1805, en la cumbre del revuelo de Napoleón en Italia, fue nombrado Arzobispo de Turín (1805-1814). A su muerte y tras cinco años de vacante (1814-1819), fue nombrado Co­lombano Chiaveroti (1819-1831) Arzobispo de Turín, y tras él, Luis Fransoni (1831-1862); Luego, tras otro tiempo vacante de cinco años (1862-1867), fue nombrado Alejandro Ottaviano Riccar-di de los condes de Netro (1867-1870), al que siguió Lorenzo Gastaldi (1871-1883).

Más tarde, en 1809, un decreto imperial permitió el establecimiento de escue­las secundarias eclesiásticas (seminarios menores). Pudo establecerse el semina­rio menor de Giaveno, a unos 23 kilómetros al oeste de Turín, en el edificio de una abadía benedictina suprimida. Pero el reducido número de estudiantes y la falta de fondos obligó enseguida a su cierre. En 1811, en el contexto de la reorganiza­ción de la Universidad y de toda la enseñanza secundaria bajo la administración de Napoleón, se permitió a las escuelas secundarias eclesiásticas continuar como parte del sistema. Pero se limitaba a una por distrito y a capitales de distrito como Chieri. Así fue como, en 1812, se fundó en Chieri una escuela secundaria eclesiás­tica. Ocupaba los inmuebles de la suprimida Universidad (jesuíta) de San Antonio, que, además, servía de residencia para la población estudiantil. Se trató también de un breve experimento, pues el sistema napoleónico fue derrocado con el edicto de Restauración expedido por el Congreso de Viena en mayo de 1814. El arzobis­po Della Torre murió en el mismo año a los 67 años de edad.

Después de Napoleón

Después de la muerte del Arzobispo de Della Torre en 1814, coincidiendo con el fi­nal de la época napoleónica, la sede de Turín se mantuvo vacante durante más de cuatro años hasta el nombramiento de arzobispo Columbario Chiaveroti.

El nuevo Arzobispo se encontró con una diócesis que, con un clero desconcer­tado y necesitado de reforma, precisaba reorganización. Su principal preocupa­ción pastoral se centró en la deficiente calidad, así como en el reducido número de sus sacerdotes. Promovió un programa de reformas, que inició por el seminario. Lo primero que hizo fue sustituir la reglamentación de 1808, insuficiente con el nuevo conjunto de estatutos (Costituzioni peí Seminario), publicados en 1819. Se mantendrán en vigor hasta los nuevos estatutos de 1874-1875, promulgados por el arzobispo Lorenzo Gastaldi. Fiel a su labor de renovación, Mons. Chiaveroti nom­bró, en 1821, al canónigo Francisco Icheri di Malabaila, futuro obispo de Cásale, rector del seminario. Y reabrió, igualmente, en 1821, el seminario de Bra, cerrado durante la época napoleónica.

En su informe de 1821 a la Santa Sede, el Arzobispo declaraba 160 seminaris­tas residentes en Turín y 40 en Bra. En 1825, la arquidiócesis tema inscritos alre­dedor de 500 seminaristas, aunque sólo 220 de ellos podían ser alojados en los se­minarios; los restantes 280 estaban inscritos como externos. Los dos seminarios existentes tuvieron que agrandarse y se creó un tercero, el de Chieri, en 1829. A pe­sar de ello, la fórmula del «seminario externo» siguió teniendo gran importancia.

Hay que recordar que la reforma escolar de 1822 del rey Carlos Félix puso to­da la enseñanza secundaria en un contexto religioso, con bases prerrevoluciona-rias, bajo la guía del personal de la Iglesia. En la práctica hacía innecesarios los se­minarios menores como centros eclesiásticos de enseñanza secundaria. No obstante, Mons. Chiaveroti optó por reactivar el pequeño seminario menor de Giaveno.
El modelo de formación sacerdotal de la reforma de Chiaveroti

En los estatutos del arzobispo Chiaveroti de 1819, la organización de la vida del se­minario se presenta de modo muy formal y jurídico. No se ofrece ninguna moti­vación o directrices para la autoformación, como se encuentran en los estatutos de otros seminarios, por ejemplo, Milán o Módena. Otros elementos, sin embargo, co­mo las charlas de moral prescritas semanalmente, cartas del Arzobispo, etc., de­muestran que a los seminaristas se les ofrecían los ideales de la vida espiritual y la santidad. Es lo que se desprende también de escritos contemporáneos, como la vi­da de Luis Comollo escrita por Don Bosco


Ver A. Giraudo, Clero 245-288.

La mejor presentación del modelo sacerdotal que pretendía el Arzobispo es, pro­bablemente, su «Carta al clero», publicada como prefacio del calendario litúrgico anual. Los puntos esenciales del modelo de formación sacerdotal propugnada por el arzobispo Chiaveroti pueden resumirse como sigue.77


  1. El espíritu del seminarista

Obediencia interior, no sólo el cumplimiento.

Mantener una actitud de respuesta a la llamada de Dios en la vocación sa­cerdotal.



  1. Prácticas religiosas

Actitud interior de reverencia y oración. La fidelidad a las prácticas religiosas.

Mantener un clima de fervor, especialmente con la recepción de los sacra­mentos.



  1. Dedicación a los estudios

La ignorancia en un sacerdote es fatal.

Sacar el máximo partido de estudio, conferencias, revisión y grupos de es­tudio.

Utilización de los autores y los libros de texto aprobados.


  1. Modelo ideal de sacerdote

Objetivo y perspectiva de la formación sacerdotal: consagración a Dios a tra­vés de la vida espiritual y dedicación al ministerio sacerdotal por el bien de las almas.

Un sacerdote es pastor y una «víctima de la caridad» modelado en la cari­dad de Cristo.

Virtudes sacerdotales y búsqueda de la santidad. Fundación y organización del Seminario de Chieri

Los nuevos Estatutos, pensados para el seminario de Turín fueron asumidos y adap­tados en Bra y Chieri. De hecho, las normas para el seminario de Chieri, estable­cidas por el Arzobispo, la fundación del seminario de Chieri, en 1829, estuvo mo­tivada por un número cada vez mayor de aspirantes, por ser nueva la situación política y por consideraciones doctrinales.

En el plano político, los brotes revolucionarios de 1821 y los disturbios de enero y marzo de los estudiantes universitarios de ese año, causaron el cierre temporal de la Universidad. Los seminaristas no participaron directamente, pero se vieron afec­tados, ya que asistían a la escuela de teología en la Universidad, y el seminario en su conjunto tenía estrechos vínculos con ésta. El clima político no era adecuado para el modelo de formación sacerdotal que el Arzobispo trataba de inculcar.


78 Los jesuítas fueron restablecidos oficialmente por el papa Pío VII en 1814 y volvieron a Tu­rín poco después. Las Amicizie eran asociaciones (secretas) de curas y laicos que surgieron de los

En el campo doctrinal estaba naciendo un conflicto entre el clero y la Univer­sidad, entre «predestinacionismo» y «rigorismo», de origen jansenista, y «moli-nismo» y «benignismo», de origen jesuíta. Esta última postura teológica iba ga­nando terreno por influjo de los jesuítas, e instituciones afines como las Asociaciones de Amistad (Amicizie) o el Convictorio Eclesiástico de Turín.78 Se abrió una grave

fisura por las controversias que siguieron a continuación. El Arzobispo hizo a los clérigos un llamamiento a la unidad y la caridad. A principios de 1829, el profesor de Teología Juan Dettori fue despedido de la Universidad. La polémica y las pro­testas que siguieron causaron el cierre temporal de la Escuela de Teología por la Autoridad de la Reforma. El Arzobispo transfirió las clases de filosofía y teología al seminario y nombró instructores de tendencias moderadas.

En este contexto surgió en 1829 el nuevo seminario de Chieri. La decisión no resolvió el conflicto entre rigoristas y benignistas, ni siquiera en el seminario de Chieri; alejó, eso sí, de la agitación de la capital a un buen número de los semina­ristas diocesanos, que encontraron una atmósfera formativa más tranquila.

El nuevo seminario de Chieri se fundó en el convento del Oratorio de San Feli­pe Neri, que había pertenecido a los Padres Oratorianos, desposeídos por Napole­ón en 1802. La ciudad de Chieri había obtenido de la adrmnistración francesa el uso, no la propiedad, de los locales para su escuela pública y para las oficinas de la ciu­dad. Aunque en un primer momento la ciudad cuestionó la ocupación de la pro­piedad por parte de la arquidiócesis, se contentó después con una pequeña com­pensación, puesto que la presencia del seminario le aportaba beneficios y prestigio.79

El Rector del seminario de Turín supervisó la restauración y adaptación de los edificios en 1828 y 1829. El seminario se abrió en el otoño de 1829 con sólo cursos de teología, bajo la dirección del joven teólogo Sebastián Mottura. El Rector go­bernó el seminario con considerable habilidad admimstrativa, con destreza en el trato con las autoridades y con oportuna severidad en sus relaciones con los semi­naristas. En el primer año de funcionamiento, la inscripción fue de 76 estudiantes de teología. Entre ellos estaba el santo José Cafasso, que había entrado en su se­gundo año de teología.80

Muchos de los estudiantes, según los informes del Rector al Arzobispo, eran in-discipMnados y tuvieron que ser sancionados con firmeza. El Rector, al principio, contaba sólo con la ayuda de dos profesores, empleando a siete laicos para las ta­reas domésticas.81




jesuitas, profesaban la teología jesuíta, la teología moral y la práctica del benignismo así como la teología ultramontana. El Convictorio (al que acudió más tarde Don Bosco) surgió de la escuela jesuítica. El 23 de febrero de 1821, el Arzobispo aprobó definitivamente el Convictorio Eclesiás­tico, fundado por don Luis Guala y el padre Pío Brunone Lanteri. En 1823, tras el cierre de la Uni­versidad en 1821, el Arzobispo confió el prestigioso Colegio Universitario de San Francisco de Paula a los jesuítas.

79 Anejo al convento de los Oratorianos estaba la iglesia de San Felipe Neri, tradicionalmen-
te llevada por los sacerdotes del Oratorio. La iglesia no era parte de seminario, que tenía su pro-
pia capilla.


80 José Cafasso había comenzado sus estudios sacerdotales como seminarista bajo la guía del
cura párroco de Castelnuovo.


81 Estos siete empleados hacían de guarda, cocinero, ayudante de cocina, dos camareros, cria-
do de bodega y portero.


Cuando Juan Bosco entró en el seminario en el otoño de 1835 se habían añadi­do dos años de filosofía. Los seminaristas ascendían a cerca de cien, distribuidos en siete cursos, dos de filosofía y cinco de teología. Un equipo de cinco superiores lle­

vaba el programa académico: el padre Sebastián Mottura, 40 años de edad, rector; el padre José Mottura, 26 años de edad, director espiritual; el padre Lorenzo Pria-lis, 32 años de edad, profesor de teología; el padre Inocencio Arduino, 30 años de edad, instructor y repetidor en la teología; y el padre Francisco Ternavasio, 29 años, profesor de filosofía. El rector, padre Mottura, desempeñaría el cargo hasta 1860, en que fue destituido por orden del arzobispo exiliado Luis Fransoni.


Reglamento del Seminario de Chieri por el arzobispo Luis Fransoni

Mons. Chiaveroti murió en 1831, dos años después déla fundación del seminario. Su sucesor, Mons. Luis Fransoni82, no introdujo modificación alguna en el pro­grama de formación en el seminario. Se puede suponer que compartía las ideas de su predecesor sobre la formación sacerdotal. El Reglamento que escribió el arzo­bispo Fransoni para el seminario de Chieri se basa en los del seminario de Turín, y su carácter institucional es aún más pronunciado.


Disciplina

Según los Sínodos de la arquidiócesis, el seminario debía ser «cerrado», como un claustro. Su disciplina era severa y la rutina de la vida ordinaria y la actividad es­taban reguladas en todos los detalles bajo el control del Rector y su equipo. El Re­glamento describe una situación en la que personal, dirigente y estudiantes que­dan separados netamente. El Rector recibía los informes y tomaba las decisiones desde un aislamiento casi inaccesible83. El intrincado sistema de supervisión a tra­vés de la organización de los prefectos guarda parecido con la vigilancia y el con­trol de la policía.84

Los Estatutos para el seminario de Turín de monseñor Chiaveroti (1819) ha­blaban de un año escolar de ocho meses en el seminario y de unas vacaciones de cuatro meses de verano. Roma rechazó un tiempo tan largo de vacaciones; una nueva propuesta de tres meses se topó, asimismo, con objeciones de la Congrega­ción Romana. Parece que Chieri, bajo el gobierno de monseñor Fransoni, siguió las disposiciones originales de su antecesor, pues Don Bosco habla de unas vaca­ciones de verano de cuatro meses y medio.85


82 Luis Fransoni (1789-1862) fue obispo de Fossano de 1821 a 1831, y luego fue nombrado
primero administrador (1831) y más tarde arzobispo de Turín, el 23 de febrero de 1832. Opues-
to a toda forma de liberalismo, sufrió encarcelamiento y exilio. Vivió en Lyon (Francia) de 1850
hasta su muerte (en 1862).


83 En sus Memorias, Don Bosco trae comentarios críticos de la tremenda lejanía del rector y
de los profesores del seminario [MO, 63].


84 Don Bosco fue prefecto de estudios de un dormitorio durante su último año [MO, 76].

85 A. Giraudo, Clero, 374 (texto de los Estatutos de Turín); MO, 67-68, 75.

86 En sus Memorias, Don Bosco alude a sucesos de este tipo [MO, 63-64].

Una serie de disposiciones en el Reglamento parecen anticiparse a casos serios de mala conducta, grave o cercana a actos «delictivos» de los seminaristas.86 Los prefectos reciben instrucciones sobre cómo hacer frente a tales hechos. La pre­

senda de seminaristas extemos se puede considerar, en parte, como prueba de cier­to «espíritu mundano» en algunos de ellos. Evidentemente, en lo que a disciplina se refiere, los seminaristas no residentes eran una anomalía, ya que vivían con muy poca disciplina y, sin embargo, eran admitidos libremente a las órdenes. Los se­minaristas residentes, por el contrario, eran objeto de severas sanciones por las in­fracciones de los reglamentos. Sin embargo, el Reglamento no hace ninguna refe­rencia a los seminaristas externos.


Estudios

Sorprende la poca atención que el Reglamento dedica a los estudios. Los pocos ar­tículos sobre ellos están principalmente relacionados con la disciplina en la sala de estudio. El programa de estudios teológicos tenía una orientación apologética y ca­suística. El objetivo principal era proporcionar las herramientas con que se pu­dieran refutar las objeciones contra la fe católica y resolver los problemas mora­les. El cambio de paradigma que el espíritu crítico había introducido hacia una teología bíblica, histórica y positiva no impactó la enseñanza del seminario durante la mayor parte del siglo xrx, en Piamonte.

Los tratados de filosofía y teología se enseñaban en libros de texto aprobados y prescritos por el Arzobispo. Estaban redactados en latín, como se daban las lec­ciones. El profesor «leía» el libro de texto y añadía comentarios a modo de expli­cación. Una repetición se celebraba todos los días por la noche, excepto los sába­dos; un instructor o tutor repetía la lección de la mañana. En las tardes de cada día escolar, las clases se reunían en círculos de estudio por grupos, bajo la supervisión de un prefecto del personal para discutir cuestiones relacionadas con el tema pre­sentado en el aula.87

Un tiempo considerable de la jornada se empleaba en «estudio» vigilado, du­rante el cual, pasado en la sala de estudio común, los seminaristas estudiaban la lección asignada en el libro de texto o realizaban la tarea señalada. Los Estatutos añaden: «Durante el tiempo de estudio, la lectura de cualquier otro libro distinto del libro de texto, incluso si se refiere a la materia de estudio, está prohibida sin el permiso expreso del profesor».88


87 Reglamentaciones del Seminario de Chieri, cap. III y los Estatutos del Seminario de Turín,
Ch.
III, en A. Giraudo, Clero, 37'4; cf. MO, 66.

88 En sus Memorias, Don Bosco habla de una extensa lectura, además de los libros de texto
prescritos, hecha obviamente durante el tiempo de estudio. Y añade: «Los superiores lo sabían
de sobra y me dejaban hacerlo»
[MO, 79]. Se debe tener en cuenta que de los 11 autores men-
cionados por Don Bosco, sólo dos están en el catálogo de la biblioteca de
1834. Los otros pueden
haber sido añadidos entre los años
1837, fecha del catálogo, y 1841.

Ni los Estatutos, ni el Reglamento contemplaban ninguna provisión para el uso de la biblioteca del seminario por parte de los estudiantes. La biblioteca en el Se­minario de Chieri se creó en 1834 con los libros traídos de la biblioteca del Semi­nario de Turín. En el catálogo, figuran 184 títulos, muchos de los cuales eran obras en varios volúmenes. Obras que figuran en los siguientes nueve títulos: la Sagrada Escritura, 17 títulos; Padres de la Iglesia y Escritores Cristianos antiguos, 15 títu­

los; documentos de la Iglesia, 36 títulos; Historia de la Iglesia, Antigüedades cris­tianas, hagiografía, 17 títulos; Teología Dogmática y Apologética, 27 títulos; Teo­logía Moral, 11 títulos; Sermones, Homilías y diversos discursos, 29 títulos; Escri­tos ascéticos, 14 títulos; Historia civil, Literatura, etc., 9 títulos.89

Dado el sistema vigilado de estudio, los seminaristas parece que no teman ac­ceso normal a la biblioteca. Juan Bosco, con todo, pudo haber conseguido algunos libros para su lectura extracurricular de la biblioteca o de los profesores.

LOS SEMINARIOS DE LA ARQUIDIÓCESIS DE TURÍN A PARTIR DE 1840

Los seminarios, el de Turín en particular, se vieron afectados de diversas maneras por la Revolución liberal de 1848. En 1849, monseñor Fransoni, por razones dis­ciplinarias y políticas, cerró el seminario de Turín. No abriría sus puertas de nue­vo hasta 1863, después de la muerte del Arzobispo, en 1862.

Siendo arzobispo Alejandro Octaviano Riccardi di Netro (1867-1870) los cua­tro seminarios de la arquidiócesis de Turín continuaron activos hasta el curso 1868­1869, tal como habían sido organizados por monseñor Chiaveroti. Entonces, por razones económicas, todo programa del seminario se volvió a distribuir. Bra, al igual que Giaveno, se convirtió en un seminario menor, una escuela eclesiástica se­cundaria.90 A Chieri se le asignó sólo el programa de dos años de Filosofía y el de Turín siguió siendo el único Seminario Teológico de la arquidiócesis.

BIOGRAFÍA DE LUIS COMOLLO ESCRITA POR DON BOSCO (1817-1839) '
Estructura, fuentes y contenido de la biografía91

La biografía de Comollo, en todas las ediciones, se divide en cuatro partes: (1) Luis hasta su llegada a Chieri (1817-1834); (2) Luis en la escuela pública de Chie­ri (1834-1836); (3) Luis en el seminario (1836-1839); (4) Luis después de su muer­te. La tercera parte es la más larga (en la edición de 1884 ocupa 63 de un total de 120 páginas).


89 A. Giraudo, Clero, 403-411.

90 Un importante hito de la progresiva secularización de la sociedad promovida por la Revo-
lución liberal (de
1848) era eliminar la educación del control de la Iglesia. Al ser progresivamen-
te eliminada la religión de las escuelas públicas, que estaban bajo el control del Estado, las es-
cuelas privadas secundarias de la Iglesia (seminarios menores) se hicieron de nuevo necesarias.


91 Las referencias son a Cenni storici sulla vita del chierico Luigi Comollo, como fueron re-
producidos en
OEI (1844-1855).

Don Bosco estuvo al lado de Comollo desde fines de 1834 a 1839. Hasta 1834, no lo había conocido. La información para los años anteriores la obtuvo de perso­

ñas que lo conocieron. Don Bosco menciona algunas mentes. Una fuente fue don José Comollo, tío y director espiritual de Luis, párroco de su ciudad natal de Cin­zano. Para la edición revisada de 1884, Don Bosco obtuvo alguna información del padre de Luis, Carlos. Don Bosco también menciona «otro señor», «una persona re­lacionada con Luis», «un amigo de la niñez de Luis» y un cierto padre Strumia. Por último, había dos recuerdos que Luis mismo confió a un «compañero cercano».

Del primer año en Chieri de Luis (1834-1835), Don Bosco tenía conocimiento directo y también información proporcionada por el Sr. Jaime Marchisio, casero de Luis, y por los sacerdotes relacionados con la escuela. Don Bosco menciona a los sacerdotes Vicente Robiola [Raviola], decano, don Francisco Calosso, director espiritual, y a Juan Bosco, profesor.

Para los años de seminario de Luis (1836-1839), Don Bosco se basó en sus es­trechos contactos personales y en el testimonio del personal del seminario. Men­ciona a los sacerdotes Sebastián Mottura, rector, y José Mottura, director espiri­tual, los profesores y sacerdotes Inocente Arduino y Lorenzo Prialis. Los seminaristas también le proporcionaron algunas informaciones, que no son reconocibles.

Por último, los padres de Luis dieron noticias sobre los períodos de las vaca­ciones de verano. La última parte de la biografía trata de Luis después de su muer­te. Se compone de algunos comentarios personales de Don Bosco, algunos elogios de los seminaristas y profesores y, en la edición 1884, de tres «gracias» añadidas a la descripción de la aparición.

La «investigación» de Don Bosco, para la biografía básica de 1844, fue minu­ciosa. Sin embargo, la supresión de datos relativamente importantes y la adición de nuevo material en ediciones posteriores, especialmente en la última de 1884, plantea algunas cuestiones. Como en todas las biografías de que es autor Don Bos­co, está claro el propósito didáctico-educativo. Este objetivo también motivó mu­chos de los cambios. De ahí que surja, legítima, la pregunta sobre la «historicidad» del relato. Después de examinar una serie de ejemplos, Desramaut aboga por ella; la biografía de Comollo sería, globalmente, veraz92.


Extractos de la primera edición (1844)

Les puedo asegurar que las cosas que he escrito aquí son ciertas, pues las he visto o escuchado personalmente, o aprendidas de personas dignas de crédito (p. 4).


Primeros años


12 Cf. F. Desramaut, Les Memorie I, 110-112.



Luis estaba dotado por la naturaleza de un alma hermosa, un corazón abierto, una disposición dócil y de suave espíritu (p. 5). Aprendió a leer y escribir con facilidad, y utilizaba estas habilidades para su propio bien y el de otros. Los domingos y días festivos, especialmente [...] él se reunía con los niños de su edad y los entretenía con la lectura, les explicaba las cosas que había aprendi­do, o les narraba edificantes historias [...]. Nadie se atrevía a decir malas pala­

bras en su presencia y, si alguien lo hacía inadvertidamente, se lo hacía ver de inmediato, «guarda silencio; Luis puede oírle [...]». Si escuchaba a alguien len­guaje malo o irreverente, se lo advertía con maravillosa dulzura: «No utilice es­te lenguaje, es indigno de un cristiano» (p. 6).

Los adultos se maravillaban al ver tan alto grado de virtud en una persona tan joven (p. 7). Era obediente a sus padres en todo [...], y buscaba cuidadosamente adelantarse a sus mandatos (pp. 7-8). Tan bellas y virtuosas disposiciones se unían a una verdadera devoción y amor por todo lo religioso. En su primera confesión dio pruebas de su profunda devoción. Después de hacer un cuidadoso examen de conciencia, fue a confesarse. Arrodillado ante el confesor, con pena y dolor por sus pecados (si se puede hablar de pecados) y con reverencia por el Sacramento, se hi­zo un mar de lágrimas. Tuvo que ser confortado y tranquilizado antes de que pu­diera hacer su confesión. Con la misma devoción y la edificación de los presentes, recibió por primera vez el Cuerpo de Cristo. A partir de ese momento, creció en el amor de estos dos sacramentos [...] (pp. 9-10).

Como seminarista solía decir: «De la obra de San Alfonso titulada Visitas al San­tísimo Sacramento, aprendí a hacer la comunión espiritual. Este ha sido mi apoyo en todo peligro durante el tiempo que permanecí vestido de laico» (p. 10). El joven Comollo estuvo libre de esos fallos infantiles que son propios de esa edad. Mante­nía la calma y la paciencia no importaba lo que pasara. Era siempre amable con sus compañeros, modesto y respetuoso con sus superiores, obediente y deseoso de ayudar en la iglesia, lo que hacía con gran devoción (p. 11). Incluso siendo niño pe­queño, ofrecía ramilletes de florecillas a la Virgen, y se abstenía de algún alimento [...]. Cuando traían a la mesa un plato que le gustaba particularmente, se abstenía de él en honor de María (pp. 12-13).


Comollo se inscribe en la escuela pública en Chieri

Al comienzo del año escolar 1835, el propietario de la casa en que vivía [en Chie­ri] me dijo: «He oído que un santo estudiante va a ser huésped en tal o cual casa». Yo pensaba que estaba bromeando. Pero insistió. «Es un hecho. Creo que es el so­brino del párroco de Cinzano, un joven de extraordinaria virtud» (p. 13). Durante varios días yo había advertido la presencia de un estudiante (a quien no conocía), cuya conducta era tan modesta, amable y cortés que yo estaba realmente impre­sionado. Mi admiración creció cuando vi su diligencia en la clase. Apenas llegaba se ponía en su puesto y no se movía de él, salvo cuando lo requería el deber (pp. 13-14). [Con dulzura se negaba a tomar parte en juegos violentos], un compañero le dio una fuerte bofetada en la cara. Yo me molesté mucho por ese acto, y espe­raba la represalia de Comollo, ya que era mayor y más fuerte. Pero con verdadero espíritu cristiano, Comollo se dirigió a su agresor y le dijo: «Si estás satisfecho, ve­te en paz. Estoy feliz en dejarlo así» (p. 14-15).

[Testimonio de un profesor]: «Comollo estaba dotado de gran inteligencia y de la más amable disposición natural. Se entregaba al estudio con diligencia, ni más ni menos que a la piedad [...]. Podría ser propuesto como modelo de buena con­ducta, de obediencia y docilidad para cualquier joven» (15-16). «Usted me pide que haga observaciones sobre cualquier excelente cualidad que pudiera haber obser­

vado en él. ¿Qué puede ser más destacable que su invariable equilibrio y la cons­tancia en una época muy propensa a la frivolidad y la inconstancia? Todos los días de los dos años que lo tuve en clase observó el más alto nivel de perseverancia y de trabajo diligente, de bondad, y de entrega a la virtud y la piedad» (p. 17).

[Testimonio del amo de la pensión]: «Era siempre, equilibrado, imperturbable y alegre en cualquier situación» (p. 17). «Yo mismo nunca le escuché quejarse del mal tiempo, o de tener demasiado trabajo o estudio» (p. 18).

[Testimonio del capellán de la escuela]: «Pertenecía a esa rara raza de estu­diantes que se distinguen por su dedicación al estudio y a la piedad. Pero Comollo los superaba de pies a cabeza a todos ellos» (p. 19).

Concentrado siempre en su vida espiritual, nunca aparecía infeliz o triste. Por el contrario, estaba siempre alegre y, desde su propia felicidad, era capaz de ani­mar a otros con su dulce forma de hablar. Le gustaban las palabras del profeta Da­vid: «Servid al Señor con alegría» (pp. 23-24). Y así, con la estima de sus compa­ñeros y el afecto de sus superiores, honrado y admirado como auténtico modelo de todas las virtudes, completó su ciclo de estudios secundarios de estudio. Era el año 1836 (p. 26).
Comollo recibe el liábito clerical y entra en el Seminario

[El día de la imposición de sotana], totalmente consciente de la solemnidad de la ocasión y de la importancia religiosa del acto, con profundo recogimiento y con la modestia de un ángel, recibió el tan deseado y honrado hábito clerical [...]. Él so­lía decir que [ese día] experimentó un cambio total de corazón. Sus preocupacio­nes y tristezas desaparecieron, al tiempo que la felicidad y la alegría de corazón ocuparon su lugar (pp. 26-27).

[Al entrar en el seminario], comenzó a dar pruebas de las virtudes que, aunque eran parte de la vida ordinaria, fueron extraordinarios en su madurez. Las virtu­des que especialmente lo distinguían eran el exacto cumplimiento del deber, la pie­dad y el estudio, y un ardiente espíritu de mortificación. Había aprendido de la lec­tura de la vida de san Alfonso, que este santo había prometido hacer buen uso de cada momento. Comollo quedó admirado y resolvió imitarlo (p. 27).

Puedo decir con sinceridad que en los dos años y medio que viví cerca de él en el seminario, nunca le escuché una palabra que se desviara de su profundamente arraigada convicción: «De las personas, hablar bien o callar» (p. 30).

La hermosa flor de devoción que había cultivado en su país, lejos de desapare­cer con el paso de los años, floreció en plena belleza y alcanzó perfecta forma du­rante sus años de estudio en el seminario (p. 31).

[Después de recibir la Santa Comunión] rezaba, pero su oración era interrum­pida por sollozos, suspiros y lágrimas. Advertido de que refrenara esas muestras externas de piedad, respondía: «Mi corazón está tan lleno de alegría que, si no lo liberara, me ahogaría». Ésta era la prueba de que había avanzado mucho en el ca­mino de la perfección, porque los pasos de tierna devoción, dulzura y alegría eran los efectos de la fe viva y ardiente caridad. Estas virtudes estaban profundamente arraigadas en su corazón y eran la inspiración de todo lo que hizo (p. 33).

Esta devoción estaba acompañada de una mortificación ejemplar de todos sus sentidos externos [...]. [Cuando paseaba con otros seminaristas], nunca permitía que sus ojos vagaran. Entablaba conversación con su compañero sobre un buen tema, y nunca se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Sucedió que su pa­dre venía de vez en cuando a saludarlo. Cuando su compañero, más tarde, le men­cionó el hecho, él respondió que no se había dado cuenta. Algunas niñas, primas suyas que vivían en Chieri, venían a verlo, pero para él, tener que tratar con las mu­jeres era una situación dolorosa. Así que, después de haber dicho lo necesario por cortesía o por necesidad, suavemente les pedía que vinieran con menos frecuen­cia, y luego, que se marcharan. Cuando se le preguntaba si las primas eran altas o bajas de estatura o especialmente guapas, respondía que debían ser altas, a juzgar por su sombra, pero que no sabía nada más de ellas, ya que nunca las había mira­do. ¡Qué bello ejemplo que imitar para cualquier persona que aspire a o está en el estado eclesiástico! (pp. 34-35).

Cuando se le advirtió de que [su abstinencia en la mesa] podría perjudicar su salud, respondió: «Lo importante es que mi alma no sufra daños» [...]. Un compa­ñero que se sentó en la mesa con él en varias ocasiones expresó su convicción de que Comollo estaba cometiendo suicidio [...] (p. 36).

Su virtuosa acción era el signo de un corazón virtuoso. Hay que decir que el co­razón de Comollo ardía constantemente de amor a Dios y de amor al prójimo, así como del ferviente deseo de sufrir por amor a Jesucristo (p. 37).

[Durante las vacaciones de verano, Comollo escribió a Juan Bosco:] «Hay algo que me llena de alegría y de temor. Mi tío [párroco de Cinzano] me ha pedido que predique el sermón en honor de la Asunción de Nuestra Señora. La perspectiva de tener la oportunidad de hablar de esta querida Madre mía llena mi corazón de ale­gría» (pp. 39-40). Uno de los presentes dijo: «Sólo un santo podría hablar como él». Otro añadió: «En aquel pulpito se le veía como un ángel, tal era su modestia y la forma directa de hablar» (p. 41).

[Testimonio de una persona con la que estuvo Comollo en Turín]: Estábamos to­dos muy impresionados por la modestia, los corteses modales, la dulzura y la senci­llez de Luis. Cada una de sus palabras y sus actos trasmitía una piedad genuina, es­pecialmente cuando estaba en oración; entonces parecía San Luis (p. 43).

[Después de varios párrafos sobre las premoniciones de muerte de Comollo, Don Bosco habla de la oración de Comollo]. He podido aprender de él el secre­to de cómo podía estar dedicado por largo tiempo a la oración sin la menor dis­tracción. Me dijo: «voy a decirte cómo me preparo para la oración, si me pro­metes no reírte cuando me eche a tierra. Con mis ojos cerrados apretados, me imagino que estoy en un magnífico salón ricamente decorado de la forma más artística. Un majestuoso trono se eleva al final del mismo en el que está senta­do el Todopoderoso, rodeado por todos los coros de los Bienaventurados. Pos­trado cara en tierra delante de Dios, con toda la atención de que soy capaz, ha­go mi oración (p. 47).



La enfermedad y la muerte de Comollo

[A pesar de su vida santa, Comollo teme estar frente a su divino Juez. Don Bosco lo refleja:] Ay, ¿cómo no podrá tener miedo el pecador si las almas santas temen ponerse cara a cara con su divino Juez para dar cuenta de su vida? (p. 49).

La mañana del 25 de marzo de 1839 [...], me reuní con él en el pasillo. Le pregunté si había pasado una buena noche, y él respondió con franqueza que todo se acababa para él. «Siento que un frío glacial invade cada nervio de mi cuerpo [...], pero lo que realmente me asusta es la perspectiva del próximo se­vero juicio de Dios [...]. Vamos a tener que partir». Le dije que no estuviera tan angustiado y preocupado. Él me cortó y me dijo: «No soy pesimista y no estoy ansioso, pero el hecho es que debemos enfrentarnos al gran e inexorable juicio de Dios, y ese pensamiento desequilibra todo mi cuerpo y alma» [...]. En el trans­curso de su enfermedad, le oí hablar de estos temores, no una vez sino más de quince veces (págs. 49-51).

[Se permite a Juan Bosco pasar la noche del Sábado Santo, 30 de marzo, jun­to a la cama de Comollo enfermo]. A las ocho y cuarto de la noche creció la fiebre hasta el punto de que comenzó a temblar y delirar. Rompió en lamentos dolorosos y fuertes, como si estuviera amenazado por algún objeto aterrador [...]. A conti­nuación, mirando a la gente de alrededor de la cama, gritó, «¡Ay, el juicio!». Él co­menzó a retorcerse y luchar tan violentamente que los cinco o seis de nosotros que estábamos junto a su cama, apenas podíamos dominarle. [Más tarde, esa noche, Comollo recupera la lucidez y la calma y parece normal, incluso feliz]. Le pregun­té qué había provocado el cambio. Al principio parecía incómodo y poco dispues­to a explicarse. Luego, después de asegurarse de que los otros no oían, me dijo sua­vemente: «Hasta ahora yo tenía miedo de la muerte por temor a los juicios de Dios. Yo estaba realmente aterrorizado, pero ahora ya no siento miedo y me siento en paz. Te diré por qué, puesto que eres mi buen amigo».

[Visión de Comollo en el lecho de muerte] Según me encontraba con el te­mor del juicio divino, en un instante me encontré en un profundo y amplio va­lle donde rugía una furiosa tormenta que me golpeaba con toda su fuerza. En el centro de este valle vi un enorme abismo del cual salían enormes llamas ar­dientes. Me paré en el borde aterrorizado, no fuera que pudiera caer en ese hor­no ardiente. Me volví intentando huir, pero un enjambre de monstruos aterra­dores se acercó a mí para empujarme a las llamas. Entonces desesperado, empecé a gritar para pedir ayuda. Hice el signo de la cruz, a la vista de la cual, los mons­truos doblaron la cabeza, se arrugaron y retrocedieron un poco. Sin embargo, todavía se me mantuvieron a raya. Luego desde la oscuridad, un grupo de bri­llantes guerreros vino en mi ayuda. Atacaron a los monstruos y matando a al­gunos, ahuyentaron al resto. Liberado de ese terrible peligro, empecé a caminar a través del valle y llegué a los pies de una alta ladera. Su cumbre sólo era ac­cesible por una escalera cortada en su pendiente más pronunciada, en cuyos pel­daños se movía un enjambre de numerosas serpientes venenosas, listas para ata­car a quien intentara el ascenso. No había otro camino para la cima, pero yo estaba allí aterrado y agotado y no me atrevía a intentarlo. A continuación, una bella Señora, ricamente vestida, claramente no otra que nuestra querida Madre

María, me tomó de la mano, me puso de pie, y me invitó a seguir el camino que me llevó hasta subir las escaleras. Al pisar ella los peldaños, las serpientes ve­nenosas volvían sus cabezas y nos permitían pasar. Cuando llegamos a la cima me introdujo en un magnífico jardín, donde vi las cosas más hermosas que se puedan imaginar. Esto había producido el efecto de aquietar mi corazón y me dio tal tranquilidad de espíritu que, lejos de tener miedo a la muerte, yo estoy esperándola, ansioso de unirme con mi Señor» (pp. 54-56).

[Exhortaciones de Comollo en su muerte a Juan Bosco]: «Mantengamos el pac­to que hicimos los dos, es decir, oremos por la salvación del otro (Oremus ad invi-cem ut salvemur). Quiero que nuestro pacto se extienda hasta la muerte no sólo de uno de nosotros, sino de los dos [...]. Y permíteme que te advierta. Tú no tienes la certeza de una vida larga, pero sin embargo, puede que sea así, pero tarde o tem­prano tendrás que hacer frente a la muerte, y con la muerte, al juicio. Por lo tan­to, vela para que toda tu vida sea una preparación para ese importante momento» (pp. 60-61).

«Si el Señor en el futuro, te llama a ser director de almas, insiste en el pensa­miento de la muerte y el juicio, sobre el respeto debido a las iglesias [...]. Cultiva una especial devoción a María Santísima; mientras luchemos en este valle de lá­grimas, no podemos encontrar otra ayuda más poderosa. También cultiva e incul­ca la frecuente recepción de los sacramentos de la Confesión y Comunión. Son los medios y las armas con que superan todos los ataques del enemigo [...]. Fmalmente, ten cuidado del tipo de personas con las que te juntas, te asocias o te haces amigo. No estoy hablando sólo de las mujeres u otras personas seglares, que son un peli­gro evidente para nosotros, sino también de seminaristas. De ellos, unos son ma­los y deben ser totalmente rechazados, y otros no son ni malos ni buenos, y tú tie­nes que atender las peticiones que sean necesarias, pero no familiaridad. Por último, algunos son realmente buenos, y tendrás que buscar su compañía para tu progre­so espiritual. Sin embargo, dado que son pocos los buenos, tienes que estar en guar­dia y proceder con gran cautela» (pp 61-64).

Estos sentimientos, expresados en un momento en que uno habla de lo que sa­le del corazón, nos dan su auténtico retrato espiritual. El pensamiento de los no­vísimos, la recepción frecuente de los Sacramentos, una tierna devoción a la Ma­dre de Dios, evitar las malas compañías, buscar la compañía de aquellos que nos pueden alentar a la piedad y el estudio fueron las directrices que tomó para su vi­da y conducta (p. 65).

[La noche del 1 de abril de 1839, Comollo recibió la Unción y santo Viático. A continuación, ofreció una oración a María, que termina con las palabras:] «Mi que­rida y misericordiosa Madre, ven en mi ayuda ya que estoy a punto de compare­cer ante el juez divino. Presenta tú mi alma a tu divino Hijo. Así yo, confiado, pre­sentaré mi alma por tus manos ante la suprema majestad de Dios, cuya misericordia espero alcanzar» (pp. 68-69).

[Comollo falleció el 2 de abril de 1839, a las dos de la madrugada. Mientras se recitaba el «proficiscere», Comollo yacía] inmóvil en una actitud de serenidad y fe­licidad radiantes, que irrumpió una dulce sonrisa, como si de repente hubiera si­do sorprendido por una visión maravillosa y encantadora (pp. 70-71).

Las virtudes de Comollo pueden no haber sido extraordinarias, pero, sin em­bargo, fueron singulares y sobresalientes, hasta el punto de que puede ser pro­puesto como modelo para cualquiera, ya sea religioso o laico. Y es cierto que con la imitación de Comollo un joven se puede convertir en virtuoso, y un se­minarista se convertirá en ejemplar y en verdadero y digno ministro de la Igle­sia (pp. 81-82).



Capítulo XII
ÚLTIMO AÑO EN EL SEMINARIO Y PRIMERO DE MINISTERIO SACERDOTAL (1840-1841)

En un breve capítulo de sus Memorias, Don Bosco habla de su ordenación sacer­dotal y de las órdenes que precedieron durante su último año en el seminario:



1 MO, 81-82. Las ordenaciones, por antigua costumbre, se conferían en uno de los tiempos penitenciales litúrgicos llamado de témporas. También se celebraban en otros días litúrgicos, co­mo el sábado Sitientes (el sábado después del cuarto domingo de Cuaresma) o el domingo Lae-tare. Los doce días de témporas se distribuían en cuatro tríadas (miércoles, viernes y sábado), una por cada estación del año. Las témporas de invierno se observaban después del tercer domingo de Adviento; las de primavera, después del primer domingo de Cuaresma; las de de verano, des­pués de Domingo de Pentecostés; y las de otoño, después de la fiesta de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre). Los nombres Sitientes y Laetare derivan de la palabra que inicia el canto de entrada de la liturgia del día; términos que provienen, respectivamente, de Isaías 55:1: «Todos los que tienen sed [sitientes] vengan a beber», e Isaías 66:10: «Alegraos [laetare] con Jerusalén y go­zad por ella, todos los que la amáis».


El año de la muerte de Comollo (1839), en el tercer curso de teología, recibí la tonsura junto con cuatro órdenes menores. A continuación del mismo cur­so, me vino la idea de intentar realizar un curso durante las vacaciones [...]. [El arzobispo Fransoni] me concedió el favor implorado [...]. Estudiando, lo­gré terminar en dos meses los tratados correspondientes al curso que dese­aba adelantar, y fui admitido al subdiaconado en las ordenaciones de las tém­poras de otoño [...]. Hice diez días de retiro espiritual en la Casa de la Misión en Turín [...]. De retorno al seminario realicé el quinto curso de teología [...]. El sábado de Sitientes de 1841 recibí el diaconado correspondiéndome ser ordenado sacerdote en las témporas de verano [...]. La fecha de mi ordena­ción sacerdotal era la vigilia de la fiesta de la Santísima Trinidad».1

1. Último año de Juan Bosco en el Seminario

Las fechas en las que Juan Bosco recibió las diversas órdenes2 fueron las si­guientes:



  1. La tonsura y las cuatro órdenes menores (ostiario, lector, exorcista y acó­lito), el domingo de Laetare, 29 de marzo de 1840 (¿fue el 4 de abril, sá­bado de Sitientes?).

  2. Subdiaconado, el sábado de témporas de otoño, 19 de septiembre de 1840.

  3. Diaconado, el sábado de Sitientes, 27 de marzo de 1841.

  4. Sacerdocio, sábado de témporas de verano, 5 de junio de 1841.

Juan Bosco recibió todas sus órdenes en Turín de la mano del arzobispo monseñor Luis Fransoni. Por razones políticas este prelado no celebraba or­denaciones en la catedral, sino en la capilla arzobispal, es decir, la iglesia de la Inmaculada Concepción, junto al palacio del Arzobispo.3

Las ordenaciones fueron precedidas de un retiro espiritual de diez días. Los candidatos de los seminarios de la Arquidiócesis lo hicieron en Turín en la «Ca­sa de la Misión», como recuerda Don Bosco en su Testamento Espiritual.4 Era una casa de retiro dirigida por los Paules, o sacerdotes de la Misión, congre­gación fundada por san Vicente de Paúl5


2 Ver A. Lenti, Tire Most Wonderful Day 19-54.

3 Construida por los paúles poco después de establecerse en Turín en 1655. Suprimidos los jesuítas por el papa Clemente XIV (1773), fueron sustituidos por los paúles en la iglesia de los Santos Mártires. En 1777, su casa original pasó a ser residencia oficial del Arzobispo, y la igle­sia de la Inmaculada Concepción se convirtió en la capilla privada del arzobispo. Cf. F. Giraudo y G. Biancardi, Itineraii, 126-127.

4 F. Morro, Testamento Spiiituale 20.

5 Cf. F. Giraudo y G. Biancardi, hiñeran, 123-124.

6 La comunidad de la Visitación (la orden de monjas fundada por san Francisco de Sales) ha­bía sido fundada en Turín en 1638 por santa Juana de Chantal. La hermosa iglesia de la Visita­ción se había construido unos treinta años más tarde. El convento se suprimió en tiempo de de Napoleón en 1801; y cuando regresó la comunidad se estableció en otro sitio (F. Giraudo y G. Biancardi, hiñeran, 123, 126).

El arzobispo Colombano Chiaveroti les había confiado especialmente la pre­paración de los candidatos al sacerdocio. Con este fin, en 1830, les había en­tregado la antigua iglesia y convento de la Visitación. Bajo la dirección del su­perior, el padre Marco Antonio Durando, que gozó durante muchos años de gran influencia en la Iglesia de Turín, se agrandaron los locales y se creó un im­portante programa de retiros.6




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