Aportaciones de la Pragmática



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Aportaciones de la Pragmática

M. Victoria Escandell Vidal



Departamento de Lengua Española y Lingüística General

UNED
Introducción

Pocas disciplinas han conocido en los últimos años un auge tan espectacular como el que ha experimentado la Pragmática. Su nivel de desarrollo se deja ver en la abundante investigación, la existencia de sociedades científicas, los congresos internacionales y las innumerables publicaciones a que ha dado lugar en forma de monografías, colecciones de estudios o revistas especializadas. Este auge, desde luego, no se debe al mero azar: la adopción de una perspectiva pragmática ha permitido arrojar nueva luz sobre diversos fenómenos, y así se han propuesto enfoques esclarecedores en muchas áreas, como la referencia nominal y temporal, la deixis, el orden de palabras y la estructura informativa, o los marcadores discursivos. En estos ámbitos se ha puesto de relieve la necesidad de tomar en cuenta a los participantes en la comunicación y su entorno para poder ofrecer una caracterización completa de los fenómenos. Si el enfoque pragmático se revela necesario para explicar muchas cuestiones que parecían simplemente gramaticales, no resultará extraño que también sea imprescindible en todos los aspectos para los que es consustancial el apelar a aquellos elementos que, siendo externos al sistema de la lengua, condicionan el uso que hacemos de ella. La enseñanza de lenguas no podía —no debía— ser una excepción.

Por otro lado, en los últimos treinta años la competencia comunicativa (Hymes, 1971; Habermas, 1984) se ha convertido en el objetivo central al que debe aspirar la enseñanza de una segunda lengua o una lengua extranjera. Uno de los componentes básicos que se reconocen dentro de la competencia comunicativa es precisamente la competencia pragmática. Aunque se presenta bajo diferentes denominaciones (competencia sociolingüística, Canale y Swain, 1980, Canale, 1983; competencia pragmática, Bachman, 1990, y Bachman y Palmer, 1996; en español, véanse los trabajos recogidos en Llobera (ed.) 1995), lo que se quiere en todos los casos es recoger la intuición general de que, además de las reglas gramaticales, hay otras pautas que determinan la adecuación del uso lingüístico.

En consecuencia, la Pragmática se ha convertido en una materia obligada en la formación del profesor de una segunda lengua o de una lengua extranjera. La Pragmática le ofrece las herramientas teóricas y metodológicas necesarias para poder avanzar en la descripción de las reglas y los principios —la mayor parte de las veces, no conscientes— que están en vigor cuando nos comunicamos, y que permiten lograr una mejor comprensión de los mecanismos que subyacen al modo en que los hablantes usamos la lengua. En este capítulo se presentarán las nociones más importantes y se comentarán los enfoques y los fenómenos que puedan tener más incidencia en la enseñanza de lenguas.
1. La comunicación humana

Antes de introducir los conceptos básicos de la Pragmática, y puesto que todas nuestras reflexiones girarán alrededor de la comunicación, parece conveniente precisar qué se entiende por comunicación. Es frecuente identificar comunicación con ‘transmisión de información por medio de un código’. Esta definición puede servir para otros fines, pero desde luego resulta claramente inadecuada como caracterización de la comunicación humana; y lo es, además, en varios sentidos. Por un lado, propone equivocadamente equiparar la comunicación con la transmisión de información. Sin embargo, todos sabemos que no siempre es ésta nuestra finalidad comunicativa; al contrario, lo más frecuente es que la mayor parte de nuestras interacciones no intercambien información, sino que hagan otras cosas: cosas como pedir, saludar, agradecer, insultar,.... Si cuando salgo de la peluquería alguien me dice ¡Anda, te has cortado el pelo!, difícilmente podría pensar que mi interlocutor trata de informarme de algo que desconozco (a saber: que me he cortado el pelo); su intervención tiene que ver, más bien, con otros aspectos del mantenimiento de las relaciones sociales. En consecuencia, la transmisión de información es simplemente una más de las finalidades de la comunicación humana, pero no la única y tampoco la más importante.

En segundo lugar, es fácil darse cuenta de que el uso de un código lingüístico compartido tampoco es un requisito necesario para que podamos comunicarnos con éxito; en realidad, para que haya comunicación no es preciso que haya un código de ninguna clase (ni lingüístico ni no lingüístico). No hay ninguna convención de ningún tipo por la que agitar a la vista de una persona un manojo de llaves signifique ¿Te has acordado de coger las llaves?, o bien ¡Ya he encontrado las llaves!, o bien Me han dado las llaves; pero todos estaremos de acuerdo en que, en la situación apropiada, éstos (entre otros) serían contenidos fácilmente inferibles a partir del gesto de mostrar las llaves. Los humanos, además de saber interpretar eficazmente los símbolos convencionales de un código aprendido (entre ellos, los signos lingüísticos), somos capaces de obtener información a partir de indicios (o síntomas) y de iconos; y no sólo eso, somos capaces de explotar con fines comunicativos la capacidad de nuestros congéneres de interpretar indicios: es decir, sabemos producir intencionalmente indicios para que los demás los interpreten. Ello indica, pues, que el proceso de descodificación no es la única fuente de la que obtenemos contenidos; también la inferencia (el razonamiento que nos permite deducir nuevas informaciones a partir de otras ya existentes) desempeña un papel decisivo en la comunicación. Este papel es todavía más importante de lo que pudiera parecer en un principio ya que, como veremos, también lo comunicado verbalmente recibe una interpretación inferencial. Lo que hace que el modo en que nos comunicamos sea creativo, y no puramente mecánico, es precisamente nuestra capacidad de superar el código y de transmitir contenidos por medios no convencionales.

A la caracterización de la comunicación hay que añadirle otro ingrediente básico: la intencionalidad. Para que podamos decir que hay comunicación en sentido estricto es necesario que haya intención de comunicar. Esta condición permite dejar fuera de los comportamientos comunicativos todos aquellos hechos casuales de los que podemos extraer información: se trata, por tanto, de excluir los indicios no producidos intencionalmente. Si noto que mi interlocutora está esperando un bebé, de esa observación obtengo una información que quizá antes no poseía; sin embargo, no puedo decir que mi interlocutora haya querido comunicarme que está embarazada. La razón de restringir la noción de comunicación a lo intencional es muy simple: si tiene interés estudiar la comunicación es porque es un tipo de comportamiento, una forma de conducta, y como tal se puede describir, enseñar y aprender. Tendría escaso sentido mezclar indiscriminadamente los gestos controlados (espontáneos o premeditados) y aquellos sobre los que no se tiene ningún control.

En resumen, cuando hablamos de comunicación tenemos que entender que nos estamos refiriendo a un tipo de comportamiento por el que un individuo intenta que se originen determinadas representaciones en la mente de otro individuo (nuevas informaciones, refuerzo de informaciones ya existentes, actuación sobre las relaciones sociales, etc...). Esta definición resulta, sin duda, poco usual, pero se ajusta más a la realidad de la comunicación humana: recoge su carácter intencional, sin imponer condiciones ni sobre el tipo de medios utilizados (lingüísticos o no), ni sobre la naturaleza de los contenidos (informativos o no). La comunicación verbal es, pues, sólo un caso particular de comunicación, aunque —eso sí— el más complejo y también el más interesante.
2. Los objetivos de la Pragmática

Para centrarnos ya en la comunicación de base lingüística, comencemos examinando el siguiente fragmento, que corresponde a un intercambio real:

[En una hamburguesería. El empleado está colocando el pedido en la bandeja del cliente]: Cliente: — ¿Tienes mostaza?

[El empleado deposita unas bolsitas de mostaza sobre la bandeja.]

Cliente: — Gracias.

Si examinamos con detalle esta interacción, podríamos encontrar algunos aspectos sorprendentes. El más llamativo probablemente es éste: el cliente formula una pregunta (¿Tienes mostaza?), pero no recibe ninguna respuesta verbal; en su lugar, el empleado realiza una determinada acción (darle mostaza al cliente); y, sin embargo, el cliente se siente perfectamente satisfecho. ¿Cómo podemos explicar este comportamiento?

En realidad, como todos sabemos, el intercambio anterior no tiene nada de extraño: la pregunta se interpreta como una petición, y la acción del empleado cumple con lo solicitado, lo cual origina la expresión de gratitud del cliente. Todo ello no tiene, como decíamos, nada de sorprendente; es más, lo que resultaría auténticamente extraño es que el intercambio se desenvolviera de otra manera: por ejemplo, que el empleado respondiera Sí a la pregunta, sin hacer nada más; o que dijera: Yo, no [tengo mostaza]. Aquí hay, pero no es mía, es del restaurante. O que el cliente se sintiera sorprendido al recibir la mostaza; o que la rechazara exclamando: ¡Yo no te he pedido mostaza; sólo te he preguntado si tenías!; o que interrogara con recelo: ¿Es tuya, o del restaurante? Si el cliente o el empleado se comportaran así, empezaríamos a dudar de sus facultades mentales. Y, sin embargo, cualquiera de estas respuestas es perfectamente ajustada, verdadera e incluso comprensible. ¿Cómo puede ser?

La tarea de la Pragmática consiste precisamente en proporcionar una respuesta adecuada a preguntas como esta. En el ejemplo anterior, la pregunta se interpreta como una petición, y como tal es resuelta. Por tanto, es como si a lo largo del proceso de comunicación los enunciados fueran adquiriendo dimensiones nuevas que sobrepasan el significado estable que se les atribuye en virtud del código de la lengua. La naturalidad del intercambio muestra que nuestra actividad comunicativa está sometida a otras pautas que van más allá no sólo de las que regulan la buena formación de las estructuras gramaticales, sino también de las que gobiernan la pura y simple transmisión eficaz de información. Lo que parece evidente de entrada es que lo que se comunica, en cierto sentido, va más allá de lo que se dice literalmente.

El objetivo de la Pragmática es, así pues, tratar de establecer con precisión qué factores determinan sistemáticamente el modo en que funcionan nuestros intercambios comunicativos. Veamos con algo más de detalle los dos supuestos básicos en los que se asienta este programa:


  1. En la puesta en uso de nuestra capacidad lingüística en la comunicación intervienen factores distintos a los que gobiernan el código de la lengua. ¿De qué otro tipo de factores puede tratarse? A propósito del ejemplo que estamos comentando hemos visto ya que en nuestra interacción entran en juego consideraciones como los roles de los interlocutores, o las expectativas que la situación extralingüística crea acerca de los comportamientos respectivos del empleado y el cliente. Pero, ¿hay otros factores? ¿cuáles son?

  2. La intervención de tales factores, y el consiguiente comportamiento comunicativo a que estos dan lugar, no es algo aleatorio o arbitrario, sino que responde a patrones sistemáticos, como sugiere la unanimidad que hemos alcanzado sobre el ejemplo anterior. Establecer regularidades y generalizaciones es el objetivo central de la teoría. Se atenderá sólo, pues, a aquellos aspectos que resulten recurrentes y, por lo tanto, en cierto modo, previsibles. De no hacerlo así, cualquier observación no pasaría de ser una mera anécdota y carecería del más mínimo interés científico. Además de ser un requisito imprescindible para el desarrollo de la teoría, encontrar sistematicidades es también una necesidad para la enseñanza: si podemos hablar de competencia (es decir, de un conocimiento interiorizado), y si la competencia puede enseñarse y adquirirse, es precisamente porque existen regularidades.

Con la meta de caracterizar la contribución de los elementos extralingüísticos a la comunicación, la Pragmática toma como objeto de estudio el conjunto total de enunciados de una lengua. Éste no es un objeto exclusivo, sino que lo comparte con la Gramática. Esta coincidencia de objeto no debe ocultar la diferencia que existe entre ambas, y que no atañe a los fenómenos analizados, sino a la perspectiva con que se aborda su estudio: la Gramática debe atender sólo a los aspectos internos, constitutivos, que afectan a las relaciones formales entre elementos lingüísticos; a la Pragmática le corresponde, en cambio, adoptar un enfoque más amplio, que tome también en consideración a los usuarios y su entorno.

Y si en Gramática el criterio básico es el de buena formación estructural (gramaticalidad), cuando se adopta un enfoque pragmático la clave es la adecuación. La adecuación no es una exigencia nueva, sino la consecuencia necesaria de los planteamientos que hemos adoptado: si hay principios sistemáticos que regulan la comunicación, sólo los enunciados que se ajusten a ellos serán adecuados; los que no lo hagan (como las respuestas extravagantes que comentábamos a propósito de nuestro ejemplo), serán inadecuados. Mientras que ser gramatical es una propiedad esencial, permanente y definitoria de las expresiones —una secuencia o es gramatical o no lo es—, ser adecuado es una propie dad relativa, que tiene que ser evaluada en relación con un contexto de emisión. Si en nuestro ejemplo el empleado de la hamburguesería hubiera respondido Aquí tienes a la pregunta ¿Tienes mostaza?, habríamos calificado su intervención de adecuada; pero si la pregunta hubiera sido ¿Tienes coche? o ¿Tienes perro? una respuesta como Aquí tienes habría estado, seguramente, fuera de lugar.


3. Los factores pragmáticos: Elementos y relaciones

Hechas estas precisiones, podemos ahora retomar la cuestión central que ocupa a la Pragmática. Hemos dicho que esta disciplina trata de identificar aquellos otros factores que, siendo ajenos al código lingüístico, intervienen decisivamente en el uso que hacemos de la lengua. ¿Cuáles son estos factores? ¿cuál es su naturaleza?



Si volvemos a la situación que nos sirve de ejemplo, podremos observar que en ella, como en cualquier otro intercambio comunicativo, intervienen como piezas clave cuatro elementos básicos:

  • Emisor (E): Es un hablante que produce intencionalmente una expresión lingüística en un momento dado, ya sea oralmente o por escrito. La noción de emisor está construida sobre la de hablante (entendida en el sentido de ‘persona que posee el conocimiento de la lengua’), pero está sujeta a dos condiciones más: por un lado, se es emisor cuando se hace uso de la palabra; por otro, como acabamos de ver, se es emisor cuando se comunica intencionalmente.

  • Destinatario (D): Es el hablante al que se dirige el emisor. La condición es de nuevo importante, porque excluye de la condición de destinatario a los oyentes ocasionales que captan por casualidad un mensaje. En las interacciones dialogales, emisor y destinatario van intercambiando sus papeles.

  • Situación (S): Incluye todo aquello que, física o culturalmente, rodea al acto mismo de enunciación.

  • Enunciado (e): Es la expresión lingüística que produce el emisor. Funciona como la unidad mínima de comunicación y está delimitada por el cambio de emisor, sin que se tomen en consideración otros factores estructurales como la complejidad sintáctica o la longitud.

Estos elementos son protagonistas necesarios, y representan las coordenadas esenciales de todo acto comunicativo verbal. Si queremos entender bien una muestra de comunicación, tendremos que tener claros cuáles son los valores concretos de estos elementos: quién le dijo qué a quien en qué circunstancias. Pero, con ser importantes, no son los únicos factores que hay que tener en cuenta. Tan importantes como los elementos, son las relaciones que entre ellos se establecen:

  • La intención. Es el propósito o la meta que el emisor quiere conseguir por medio de su enunciado. Puede concebirse como la relación dinámica entre el emisor y la situación (E Æ S), y en particular entre el emisor y aquel aspecto de la situación sobre el que éste quiere actuar, bien para introducir cambios, bien para evitar que éstos se produzcan. Volviendo a nuestro ejemplo inicial, la intención del cliente es obtener un poco de mostaza: si en la bandeja del pedido no hay mostaza, la intención del emisor al producir su enunciado es modificar esta situación y hacer aparecer la mostaza en la bandeja. La intención es importante, asimismo, porque funciona como un principio regulador de la conducta, en el sentido de que guía al emisor a utilizar los medios que considere más adecuados para alcanzar sus fines. Además, la intención no sólo es decisiva desde el punto de vista del emisor y de la producción del enunciado; también es central desde el punto de vista del destinatario y de la interpretación: efectivamente, el reconocimiento de la intención del emisor es un paso imprescindible para que no se produzcan malentendidos. Para reconocer y atribuir intenciones a su interlocutor, el destinatario se basa en su conocimiento del mundo, en el comportamiento observable (incluido el comportamiento verbal) y en las expectativas creadas por la situación.

  • La distancia social. Es la relación entre los interlocutores (E Æ D, y en consecuencia, DE) ) tal y como la configuran los patrones sociales vigentes en cada cultura. En el ejemplo que estamos comentando es el tipo de relación que se establece entre empleado y cliente en virtud de diversos factores, tales como los roles que a cada uno corresponden, la edad o el grado de conocimiento previo.


4. El enfoque cognitivo

Estos elementos y estas relaciones son, como decíamos, constituyentes básicos de cualquier acto comunicativo. Comprender cómo funciona un intercambio concreto pasa por identificarlos y caracterizarlos, lo cual no es difícil ni complicado. Sin embargo, esto no es suficiente; hace falta ver cómo interactúan unos con otros, y esto ya presenta más dificultades. La más notable es la heterogeneidad de los factores que hemos señalado: individuos, situaciones, relaciones sociales, intenciones,... ¿Cómo se combinan?

Las dificultades desaparecen tan pronto como se adopta un enfoque cognitivo, es decir, cuando se contempla la contribución de estos factores tal y como la perciben y la manejan los individuos que participan en el intercambio. Los datos de la situación extralingüística, la relación con el interlocutor o las intenciones comunicativas dejan de ser realidades heterogéneas, ya que tienen todos el mismo estatuto en nuestras mentes: son conjuntos de representaciones internas. Podemos concebir las representaciones internas como proposiciones en las que el individuo recoge su visión del mundo, de los demás individuos, y de sus propias creencias.

De este modo, conseguimos reducir la heterogeneidad inicial a un formato común único, y lo que tenemos, por tanto, son representaciones internas que contraen diversos tipos de relaciones con otras representaciones internas. Esta homogeneidad de formato es también la que facilita, como veremos, la relación entre los contenidos transmitidos lingüísticamente (que, en el fondo, no son más que representaciones externas) y todos los factores ajenos al sistema de la lengua.

El manejar las representaciones mentales de los diversos elementos en lugar de los elementos mismos permite explicar la subjetividad que inevitablemente tiñe todas nuestras acciones y los errores que cometemos en ocasiones. A efectos cognitivos, lo que cuenta no son los individuos, las relaciones o las intenciones como tales, sino las representaciones que nos hemos formado sobre ellos. La idea es la siguiente: nuestro comportamiento está condicionado no por la realidad tal como es, sino por la manera (correcta o no) en que la percibimos. Así, cada uno de los elementos que hemos identificado intervendrá en nuestra interacción sólo en la medida en que lo hayamos interiorizado, y sólo en el modo en que lo hayamos hecho. Claro está, nuestros sistemas cognitivos están diseñados para producir representaciones lo más ajustadas a la realidad posible, pero esto no evita que haya confusiones. Si confundo a la peluquera con una antigua colega de la Universidad, toda mi interacción estará guiada no por la realidad, sino por la manera en que me la represento, y ajustaré mi discurso a las condiciones de la persona que creo tener delante: el malentendido está asegurado. Por supuesto, el conjunto de representaciones de que hablamos no es un conjunto estático y prefijado de antemano, sino que se irá modificando a lo largo del proceso comunicativo mismo, con la adición de nuevas representaciones, la actualización de algunas, la supresión de otras… En el momento en que advierta el error, modificaré las representaciones que estoy manejando.

Así pues, los factores que intervienen en la comunicación pueden reducirse al conjunto de representaciones internas con que cada individuo entra en el proceso comunicativo. La representación del entorno es decisiva para la comunicación. Muchas de las representaciones que tengamos serán de carácter puramente individual, y tendrán que ver con detalles específicos de la situación concreta o con las preferencias, los deseos y la manera de ser de cada uno; pero un gran número serán representaciones compartidas con otros miembros del mismo grupo social o de la misma cultura; representaciones que se van adquiriendo paulatinamente como parte del proceso de socialización del individuo:



... convertirse en un miembro normal de una cultura es sobre todo una cuestión de aprender a percibir, pensar y comportarse como lo hacen los demás miembros de esa cultura. (Janney y Arndt, 1992:30)

O, en palabras de Jackendoff, 1992:74



El modo en que los individuos son capaces de comportarse en la sociedad depende del modo en que son capaces de representarse internamente el entorno social

Desde pequeños nos vamos acostumbrando a determinados patrones de interacción asociados a determinadas situaciones, y son estos hábitos los que acaban generando una base de conocimiento interiorizado relativamente estable. Las representaciones que compartimos no son simplemente proposiciones aisladas; al contrario, forman estructuras de conocimiento más complejas, que comprenden secuencias predeterminadas y estereotipadas de acciones que definen situaciones comunes. (Schank y Abelson, 1977:41) Estas estructuras han recibido diferentes nombres: frames ‘marcos’ (Hymes,1974); scripts ‘guiones’ (Schank y Abelson, 1977). Estas representaciones nos proporcionan esquemas de referencia que facilitan la interacción y el procesamiento, ya que contienen información sobre la manera de tipificar las situaciones y las relaciones con los demás; son, además, la principal fuente de las expectativas con las que cada uno aborda el intercambio comunicativo. Por ejemplo, cuando entramos en un restaurante activamos automáticamente el marco correspondiente, que nos permite anticipar las líneas generales de la secuencia de acciones que van a tener lugar, los derechos y obligaciones de cada uno de los participantes, etc.

Este conjunto compartido de representaciones estructuradas es precisamente el que permite dar fundamento a nociones como las de competencia pragmática o estilo de interacción, que resultan centrales tanto para la Pragmática en general como para la enseñanza de segundas lenguas o lenguas extranjeras. Podemos, por tanto, caracterizar el contenido de la competencia pragmática como el conjunto de representaciones interiorizadas relativas al uso de la lengua que comparten los miembros de una comunidad.



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