Año V número 25 La violencia en la Escuela



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Violencia e indisciplina


Es muy común que se identifique violencia e indisciplina, pero se trata de hechos con peculiaridades diferentes y que tienen distintos efectos en los actores.

Los actos de violencia se originan en procesos subjetivos y en el juego de las interrelaciones de los actores, se alimentan de representaciones y significaciones imaginarias a partir de la constitución subjetiva (psíquica) y se manifiestan a partir de desencadenantes específicos en el marco de la institución escolar.

Por su parte los actos de indisciplina, si bien siempre refieren al sujeto y, por supuesto, a las relaciones intersubjetivas, tienen que ver siempre con las relaciones pedagógicas en el marco de la propia práctica áulica y/o institucional. Se trata de obstáculos o conflictos con la tarea y, específicamente, con los modos de enseñar, con el uso de los espacios y el tiempo, con las normas institucionales, etc.



Violencia y hostilidad

Por otra parte, consideramos relevante la diferencia que se establece entre hostilidad y agresividad, por los efectos y las consecuencias que pueden producir los actos violentos.

Así, mientras la violencia puede buscar producir miedo, por la amenaza o la agresión, la hostilidad suele manifestarse entre sujetos unidos por vínculos importantes (compañeros, alumno-docente), ubicándose al otro en el lugar del adversario, sobre el que se proyecta la agresividad no aceptada como propia y se lo trata de hacer sentir culpable de sus propias acciones.

En este sentido, muchas de las conductas que consideramos agresivas, no lo son; son conductas hostiles. La hostilidad opera frecuentemente como un mecanismo de defensa; por lo cual, es necesario diferenciar entre un acto de agresión y un acto hostil. En los actos hostiles la primera víctima es el sujeto que lo provoca en tanto, generalmente, provoca la ruptura de vínculos con sus pares y, consecuentemente, genera dificultades en la integración grupal.



Disrupción y líos en las aulas

Se trata de acciones que realiza un alumno (o varios) dificultando o impidiendo la actividad normal en el aula, molestando y/o hostigando a otros alumnos. No obstante, como señalamos, no necesariamente son hechos de violencia. En general son problemas de disciplina, en tanto sólo alteran la labor en el aula y remiten a las relaciones pedagógicas, específicamente.

La importancia de este tipo de actos remite al costo académico que tienen, fundamentalmente, por cuestionar la función del docente y por romper el clima grupal.

Intimidación y acoso entre pares

Estas manifestaciones refieren a formas de maltrato entre pares, sean alumnos o docentes, que adquieren la forma de bromas, motes, rumores, mentiras o insultos. Se trata de acciones descalificantes que, si bien no conllevan violencia física, los efectos psicológicos son relevantes.

La intimidación constituye una modalidad de violencia que procura generar miedo en el otro, y puede vivenciarse como una amenaza o acoso que reduce la capacidad de defensa.

Agresiones físicas directas

Comprende todo tipo de manifestaciones que van desde peleas entre alumnos o grupos, hasta los "coscorrones" proporcionados por los docentes.  



Robos y destrucción de útiles entre los alumnos

Constituyen una expresión que conjuga la violencia física y simbólica, particularmente, por la amenaza que conllevan frecuentemente estos actos.  



Portar armas en la escuela

Se trata de la manifestación de la violencia que más preocupa a los padres, docentes y a la sociedad toda pero, no obstante su peligrosidad y la difusión que adquieren algunos casos por los medios masivos de comunicación, afecta solamente a un pequeño porcentaje de los actos violentos y a un bajo número de escuelas.

 

Violencia, víctima y victimario


Los rostros de la violencia serán distintos si se ven desde el lugar de la víctima o desde el victimario.

"Desde la posición del victimario, la violencia sería toda aquella conducta realizada con intención de destruir, herir, coaccionar, atemorizar, a otras personas, a un grupo, a uno mismo, a instituciones u objetos considerados de valor para alguien; ya sea valor material o simbólico" (Garay y Gezmet). Abarca una amplia gama de manifestaciones que va desde miradas o gestos amenazantes hasta homicidios, pasando por la bofetada o la destrucción de objetos del otro. Desde esta perspectiva, la violencia conlleva intimidación, acoso y amenaza y siempre supone la intencionalidad de dañar, fastidiar, molestar o destruir al otro

En cambio, desde la posición de la víctima, la efectividad de los comportamientos violentos suponen la eficacia, en la víctima, de la intimidación y la amenaza, lo cual hace pensar en algún tipo de implicación de la víctima en la situación, por lo menos, a través de estrategias o conductas fallidas (baja autoestima, imágenes negativas de sí misma, relaciones poco seguras, etcétera). Por lo tanto, no se trata (necesariamente) de actos violentos sino de vivencias de los sujetos que son o se sienten víctimas de violencia.

No obstante, la importancia desde la mirada de la víctima cobra relevancia si se reconocen la gran cantidad de hechos, fundamentalmente, de intimidación y amenaza que se producen en la escuela, que no son comunicados (ni a los padres ni a los docentes), y por las consecuencias que tiene en las víctimas: estrés, enfermedades físicas, baja autoestima, rabonas frecuentes, autoagresión e, incluso, violencia contra los demás. Pero, necesariamente, tendrán que analizarse desde las dos miradas y en el marco del entramado de instancias que constituyen los hechos violentos.

La comprensión de un mismo hecho de violencia, según se mire desde la perspectiva del victimario o desde la víctima, es radicalmente distinta. Y, por lo tanto, las estrategias para resolver todo acto de violencia en la escuela variará según la posición o la mirada que adopten directivos y docentes. Por ello consideramos necesario apelar a la complementariedad de las perspectivas para su análisis.

"Cuando esta diferenciación no está dada, cuando no se estudia el fenómeno antes de actuar, cuando los hechos son vivenciados como catastróficos a partir de las propias vivencias, de los propios temores adultos de sentirse amenazado, se deciden sanciones y se toman medidas guiadas por el impulso y por demandas inmediatistas que pueden dar origen a una cadena de acciones y reacciones violentas. Los actores involucrados al no sentirse correctamente interpretados y sancionados con justicia pueden, ahora sí, reaccionar con depredación y agresiones con intención de vengarse" (Garay y Gezmet,).

* * *

Diario “La Nación”, 7/09/07.

Violencia en la escuela

Por Jorge Werthein


Para LA NACION

Internet está siendo utilizado para llamar la atención por jóvenes que suben películas a You Tube: videos que muestran peleas, uso de drogas, armas, y ahora también vandalismo. Ese fenómeno, llamado happy slapping, fue iniciado por jóvenes en el sur de Inglaterra, filmando o fotografiando con teléfonos celulares momentos de violencia perpetrados contra un tercero o actos de vandalismo en general, y se ha vuelto tan grave que, en algunos países, como en Francia, ya son penados. Aquí, una noticia que describe la acción del grupo de jóvenes que destruyeron un aula en una escuela de Rosario se titulaba: “Cuando los profesores no están, vean lo que sucede en nuestra escuela”.  

¿Qué es lo que lleva a que los jóvenes, además de  realizar actos de vandalismo, quieran exhibirse y mostrarles a miles de personas lo que pueden hacer? Los jóvenes son gregarios, sufren influencias multiculturales, sienten una gran impotencia y desconfían de las instituciones y de la “sociedad de los adultos”. Muchas veces, para esos jóvenes, la manera de dejar de ser niños, de transformarse en adultos es por medio de actitudes de exhibicionismo, de ruptura del orden establecido, de mostración frente a sus pares. La sociedad del espectáculo les proporciona esa posibilidad, creando también subculturas de violencia, donde las reglas y los valores son establecidos por ellos mismos.

Por eso es cada vez más común el uso de las nuevas tecnologías para documentar y difundir situaciones de violencia, que se desdobla en dos tipos: la violencia física, ejercida en el acto en sí, y la simbólica, enorme, que representa el que los agredidos vean esas imágenes mostradas una y otra vez por medio de Internet y la Web, sin que puedan frenar la difusión de su propia humillación. 

 Además de que el incidente se dio en una escuela, el hecho muestra también cómo las instituciones que atienden a la juventud no están logrando ni responder a los fenómenos de violencia que se suceden ni entender cómo y por qué ocurre; problema que se presenta en un gran número de países.

Decir que esas situaciones son producto de los altos niveles de violencia presentes fuera de la escuela no es suficiente. Entender el contexto familiar, el de los barrios donde están ubicadas esas escuelas y, especialmente, las relaciones de la escuela con su entorno, con los padres de los alumnos, del cuerpo docente con sus alumnos y viceversa, de los alumnos entre sí es fundamental para diagnosticar lo que ocurre dentro de ese establecimiento escolar y, entre todos los agentes educativos, buscar soluciones. Entender por qué las escuelas ya no son protectoras ni son protegidas, forma parte de ese esfuerzo.

La respuesta a estas situaciones de violencia no debe ser sólo la represiva. No cabe duda de que las conductas inaceptables deben ser penadas y que hay que imponer límites, pero las respuestas no pueden limitarse a la expulsión de alumnos de un centro escolar, como si así estuviésemos también expulsando los conflictos inherentes a ese establecimiento. No debemos usar mecanismos aparentemente rápidos para enfrentar problemas profundos, que merecen ser analizados, diagnosticados y enfrentados en forma decidida. No se puede decir más que la violencia en las escuelas, en algunos casos potenciada por el uso de Internet, es un problema que puede ser rápidamente evitado. Es un problema muy serio que está afectando la vida de alumnos y profesores, impidiendo que la escuela sea ese ambiente al que todos tienen deseos de ir y quedarse.

* * *


Educared, Sección “Caleidoscopio”.

TEMA DE LA SEMANA


Violencia en la escuela

El fenómeno de la violencia en el ámbito escolar se ha convertido en tema preocupante en Argentina en las últimas décadas. El episodio de Carmen de Patagones en 2004, cuando un alumno disparó indiscriminadamente a sus compañeros, causando tres muertos y cinco heridos, dio a la violencia en la escuela una enorme repercusión a nivel nacional. Episodios posteriores, como el del chico correntino que habría matado a su compañero con un arma blanca días pasados, vuelven a poner el problema en la vidriera de los medios de comunicación.

Esta clase de situaciones traumáticas, en las que llegan a perderse vidas de manera tan insólita como desgarradora, a menudo responde a una situación de repetida violencia cotidiana. Esta violencia, conformada por la suma de una serie actitudes, conductas y situaciones producidas día a día en la escuela, tales como la discriminación, la marginación, el autoritarismo, etcétera, resulta menos visible que episodios como el de Carmen de Patagones, pero conforma la base del problema de la violencia escolar. A menudo, este marco cotidiano de convivencia violento, al no desencadenar en episodios traumáticos de agresión, es tolerado o directamente no considerado como un problema de importancia, lo que dificulta la posibilidad de una convivencia fructífera en el ámbito escolar y alienta a los jóvenes a incorporar determinadas conductas de violencia como parte normal de la vida cotidiana.

Discriminación y prejuicios como formas de violencia

El Proyecto para la prevención de la violencia en la escuela media, un amplio estudio realizado en escuelas de todo el país (a excepción de la provincia de Neuquén) por investigadores del Instituto Gino Germani, de la Universidad de Buenos Aires, señala que más de la mitad de los alumnos de la escuela secundaria rechaza explícitamente a sus compañeros de origen oriental, sin importar si se trata de compañeros que emigraron recientemente a nuestro país o de ciudadanos argentinos nativos, hijos de ciudadanos orientales emigrados a Argentina tiempo atrás. Asimismo, más de la mitad de los alumnos rechaza también de forma explícita a los judíos. Estos alarmantes porcentajes de actitudes xenófobas y antisemitas se vuelven aún más altos cuando se pregunta a los adolescentes indagando la presencia de prejuicios machistas. Cerca de las tres cuartas partes de los mismos coincide en frases como “las mujeres que sufren violencia por parte de sus maridos o parejas algo habrán hecho o se lo habrán buscado”, o “el hombre que parece más agresivo es más atractivo”.

Estos prejuicios traen consigo una enorme carga de violencia, porque conducen al rechazo de una persona a partir de características que nada tienen que ver con el comportamiento, con las conductas o con la forma de ser de esa persona. Ser rechazado por los rasgos físicos o por las creencias religiosas y culturales genera rencor y resentimiento. A menudo los adolescentes que son discriminados responden a esta violencia gratuita mostrada contra ellos con otras formas de violencia, que generan a su vez un mayor rechazo, creándose de esta forma un clima de convivencia escolar que reproduce patrones de intolerancia y conflicto anclados en los prejuicios característicos de nuestra sociedad.

La escuela tiene un importante papel simbólico como el espacio en el que los niños y jóvenes aprenden no sólo un conjunto de contenidos curriculares, sino pautas de sociabilidad y comportamiento ciudadano. Frases populares como “¿no te enseñaron nada en la escuela?” dan cuenta de este lugar. Es por eso que si en ese mismo lugar se reproducen en el tiempo conductas y actitudes ligadas a la intolerancia y la discriminación, resulta muy difícil formar ciudadanos que respeten las diferencias y puedan, en lugar de rechazarlas y condenarlas a priori, nutrirse de ellas para desarrollarse como personas más completas. Si la escuela reproduce la xenofobia, el antisemitismo, el machismo, etcétera, de la sociedad presente, los alumnos del futuro también llegarán a la escuela cargados de estos prejuicios, por la simple razón de que quienes fueron alumnos en la actualidad salieron de la escuela sin herramientas que les permitan ejercer una crítica razonada sobre sus propios prejuicios. Si como sociedad queremos cambiar esto, es precisamente la escuela el lugar en el que los adolescentes pueden ser provistos de elementos conceptuales que les ofrezcan la capacidad para superar las creencias ligadas a la intolerancia y a la discriminación, promoviendo esquemas que les permitan aprender a tolerar la incertidumbre y a construir la propia identidad sin necesidad de establecerla contra los que se perciben como diferentes.



Violencia en la sociedad y violencia en la escuela

Cuando los alumnos discriminan a un compañero fundándose en que es judío, coreano o chino; o cuando acuden a la violencia para resolver un conflicto personal, no hacen más que trasladar a la escuela comportamientos que encontramos en la sociedad. La xenofobia, por ejemplo, está ampliamente extendida en nuestra sociedad. En Argentina tenemos nombres despectivos para los ciudadanos de todos los países limítrofes: las personas de Bolivia no son bolivianas, son “bolitas”, los paraguayos son “paraguas”, etc. Podemos apreciar cómo esta característica de nuestra sociedad repercute en el clima social escolar al observar una particular forma de violencia escolar: el rechazo y la discriminación de los diferentes. El rechazo es la única forma de hostigamiento mencionada abiertamente por quienes la protagonizan: mientras que la mayoría de las otras ofensas y conductas violentas no son en general reconocidas por parte de los adolescentes que las practican, rechazar a los diferentes es en cambio ampliamente aceptado, como si fuera algo legítimo o comprensible, lo que se vincula fuertemente con los altos porcentajes de alumnos que expresan no aceptar a compañeros de otros orígenes, religiones o nacionalidades.

Cuando este tipo de violencia, como la discriminación por nacionalidad o religión, es incorporado como un rasgo característico del clima social escolar, los alumnos son empujados a reconocer acríticamente que la violencia forma parte de las relaciones de todos los días entre las personas, y la violencia es así invitada en la propia escuela a ser percibida como algo natural. Esta naturalización de la violencia, se observa efectivamente en alarmantes proporciones entre los adolescentes de la escuela media, ya que tres de cada cuatro alumnos están de acuerdo con frases que naturalizan la violencia, como “la violencia forma parte de la naturaleza humana” o “las peleas que se producen entre jóvenes los fines de semana son inevitables”. Naturalizar la violencia en la escuela obstaculiza severamente la posibilidad de trabajar en pos de otros modos de vinculación social que permitan la integración y ofrezcan herramientas para la resolución de conflictos en forma no violenta.

La exposición precoz y continua a la violencia en el medio familiar es también un importante factor en la socialización de los niños y jóvenes en cuanto a la adopción de modalidades violentas. Puede suponerse que los alumnos que afirman que viven en un medio familiar en el que las peleas y discusiones son frecuentes pueden ser ellos mismos actores de manifestaciones de violencia en la escuela. El Proyecto para la prevención de la violencia en la escuela media ha encontrado, en efecto, diferencias notables en los perfiles de las manifestaciones de violencia según el clima familiar. En todos los casos los perfiles más altos en cuanto a víctimas y protagonistas de violencia muestran porcentajes más altos de ambientes familiares muy conflictivos. Como ejemplo, podemos señalar que quienes viven en ámbitos familiares desfavorables han protagonizado un 24 % más de episodios de violencia escolar que quienes viven en ámbitos favorables.

Precisamente debido a este mecanismo de arrastre de conductas violentas desde la vida social de los alumnos hacia el clima social de la escuela, es necesario que las instituciones educativas realicen un esfuerzo consistente para luchar contra los prejuicios que encaminan a los alumnos a internalizar la violencia como algo natural, contra la que nada se puede hacer ya que viene dada en la vida social.

Violencia y actitudes autoritarias

La percepción de prácticas autoritarias por parte de los docentes es un elemento que contribuye a la creación de conductas violentas por parte de los alumnos. Diferentes estudios demuestran que cuanto mayor es el nivel de autoritarismo por parte de los docentes y las autoridades de la escuela, mayor resulta también el número y la gravedad de los episodios de violencia entre los propios alumnos. Esto no debe ser entendido en términos de que el autoritarismo produzca de un modo directo (en el sentido de causa-efecto) las situaciones de violencia en la escuela, sino en el sentido de que obstaculiza o interrumpe los canales de comunicación y de mediación que facilitan que los conflictos no se expresen en forma violenta. El autoritarismo por parte de los docentes implica la ausencia de la función socializadora de la escuela en cuanto a la tolerancia de los diferentes y la defensa de sus derechos, creando un clima social propicio a las manifestaciones de violencia.

Las conductas autoritarias por parte de los docentes promueven doblemente la violencia escolar. En primer lugar, cuando los alumnos observan que los docentes imponen sostenidamente su autoridad basándose en un conjunto de reglas y actitudes que son percibidas como arbitrarias, actitudes que no dejan espacio para que los alumnos puedan expresar las razones que los llevan a considerarlas de ese modo; a menudo, al no contar con otros canales de expresión, responden de forma violenta, como forma de resistirse a determinadas normas y prácticas escolares. En segundo lugar, cuando los alumnos reciben cotidianamente señales autoritarias por parte de los docentes, es común que ellos mismos reproduzcan esta actitud en la resolución de sus propios conflictos. De este modo, en lugar de promoverse el enriquecimiento colectivo a partir de la integración de las diferencias entre los alumnos, estas diferencias pueden conducir a situaciones de violencia cuando los jóvenes dirimen sus diferencias reproduciendo las conductas autoritarias que observan en los docentes. La resolución autoritaria de un conflicto por parte del docente, al cancelar la solución colectiva que, a través del intercambio y la explicación, incluye al alumno al ofrecerle participación en el resultado de esa resolución y lo hace sentirse parte de la misma, fomenta las resoluciones individuales de los conflictos cotidianos y dificulta el aprendizaje de la integración no violenta de las diferencias.

Las conductas y actitudes autoritarias por parte de los docentes, tanto en la enseñanza curricular como en el tratamiento de las cuestiones de conducta, promueve el desarrollo de actitudes individualistas en los alumnos, cercenando el crecimiento de los espacios de actividad y reflexión colectivos, espacios que además de facilitar el proceso de enseñanza y el aprendizaje, facilitan también la integración de los alumnos entre sí al promover un clima social de intercambio y participación que, a su vez, ayuda al desarrollo de la actividad curricular en el aula.

* * *

Gabriel Conte y Jorge Werthein

Patagones, armas en escuelas, violencia y después


Se cumple un aniversario de la masacre de Carmen de Patagones. La violencia,
especialmente la violencia armada ha marcado la actividad escolar en países
latinoamericanos como Argentina y Chile.

Existe un antes y un después después de trascendentes hechos que dejaron muertos y heridos. El recuerdo de la masacre de Columbine en Estados Unidos, graficada mejor que nadie por el cineasta Michael Moore, ha marcado profundamente a los sistemas educativos y a las comunidades que los circunda en todo el mundo.

En un diálogo que se enmarca en la búsqueda de respuestas, caminos, tal vez de soluciones, con el director de la Organización de las Naciones Unidas para la
Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en Brasil, Jorge Werthein y Gabriel Conte, se plantean el tema mirando el fondo del problema y cómo abordarlo.

Gabriel Conte - Entendemos que la educación puede ser una buena herramienta para


afrontar las múltiples causas del delito creciente en los países
latinoamericanos. Pero, ¿cómo se puede conseguir un equilibrio de
convivencia en las escuelas para lograr que la calidad educativa no se vea
deteriorada por ello? ¿Puede romperse ese círculo vicioso de la violencia?

Jorge Werthein - Desde hace algunos años, la Oficina de la Unesco en Brasil


viene realizando investigaciones acerca de las violencias en las escuelas
brasileñas. Hasta ahora, hemos podido identificar que hay problemas serios de
convivencia dentro de las escuelas, que resultan en varias formas de agresión,
tanto verbal, como moral y física. Lo interesante es que no está restringida a
la relación entre pares, o sea,
entre estudiantes, sino que tiene lug ar también entre maestros y alumnos. Es de
doble vía: docentes y estudiantes son a la vez agresores y agredidos. Nuestras
investigaciones sugieren que ello es un síntoma de la falta de comunicación
entre los actores sociales presentes en la escuela -como no se comunican, no hay
entendimiento. Luego, surge el conflicto, que desborda en agresiones.
Naturalmente, las causas de dicha ausencia de comunicación, tanto como los
orígenes de la violencia, necesitan mayor estudio. Sin embargo, muchos expertos
coinciden en que hay más violencia en la escuela cuando hay menos sentimiento de
bienestar entre alumnos y docentes. En el espacio escolar estaría una
posibilidad de romper el
círculo vicioso de la violencia. Convertir el aprendizaje y la permanencia en la
escuela en una experiencia placentera es muy importante. Ello pasa por conferir
centralidad al alumno en el proceso de aprendizaje, darle la sensación de avance
y permitirle que se sienta cómodo en las aulas.

GC- ¿Hay recetas, acciones concretas en su experiencia que puedan aplicarse para


disminuir la violencia escolar?

JW- No considero que haya recetas infalibles o algo que se pueda aplicar y que


lleve necesariamente al fin de la violencia escolar. Hay sí experiencias
exitosas que merecen atención y que pueden ofrecer
alternativas viables para cambiar la realidad en las escuelas en todo el mundo.
Una de esas experiencias es la del Programa Abriendo Espacios en Brasil, una
iniciativa de la Unesco, llevada a cabo en asociación con el Ministerio y las
Secretarías de Educación de varios Estados en Brasil. La idea es abrir las
escuelas durante los fines de semana para la organización de diversas
actividades extracurriculares, tales como
prácticas deportivas, talleres culturales o actividades de formación
profesional. Con el apoyo de voluntarios y profesionales de la propia comunidad
próxima a la escuela, estas actividades, abiertas a la
participación de todos, permiten el fortalecimiento de las redes sociales. En
otras palabras, favorece la comunicación entre los actores que conviven dentro y
fuera de las escuelas. Las mejorías son claras. En las escuelas que participan
del programa, se ha logrado disminuir sustancialmente los índices de
criminalidad. Se nota también una mejoría en los desempeños de los alumnos en
aula. Esta experiencia se está ampliando y el objetivo es extenderla a todas las
escuelas del sistema público brasileño. La experiencia ha atraído la atención de
otros países, como Argentina.

GC- ¿Existe un vínculo entre la violencia escolar y la violencia que se da en la


sociedad?

JW- Sí, dicho vínculo existe, pero la cuestión es más compleja que eso. La


escuela es un espacio social y es afectada por varios fenómenos de la sociedad
en la cual está inserida. La reproducción del crimen organizado, el tráfico de
drogas, las agresiones entre parejas, por ejemplo, son fenómenos que pueden a
veces ser observados dentro y fuera de las escuelas, interfiriendo en
determinados establecimientos de la enseñanza. Sin embargo, muchas personas -los
propios profesionales de la educación- tienden a "externalizar" el problema de
la violencia en las escuelas o a "naturalizarlos"; eso es grave. Entender la
escuela como espacio de reproducción de comportamientos que tienen su origen
fuera del ámbito
escolar es importante sólo si, al mismo tiempo, se considera el papel social de
la educación, del educador y de la escuela en la corrección de dichos
comportamientos. No se pueden permitir determinismos. Por otro
lado, hay determinados tipos de comportamiento y situaciones que se generan en
la escuela que tienen que ver con la distribución de los roles sociales, con las
relaciones de autoridad y poder. Estos comportamientos y situaciones también
pueden ser causas de violencia y merecen, por lo tanto, la atención del
educador. Una vez más, es fundamental que el educador esté conciente de su papel
social, en la promoción de
comportamientos y valores que se reproducirán a lo largo de toda la vida del
ciudadano.

GC- Algunos hechos paradigmáticos marcaron 2004 en cuanto a violencia en las


escuelas, aunque el origen de esos hechos no haya estado estrictamente dentro de
la escuela y nos referimos a la masacre de Carmen de Patagones y al de Chile,
donde alumnos mataron a sus compañeros. ¿La violencia nació ese año, se propagó,
creció o simplemente se puso de manifiesto? ¿Desde cuándo puede decirse que se
viven climas de violencia en las escuelas de Mercosur, para acotar el área de
estudio?

JW- No se puede decir si la violencia nació, se propagó o creció en el último


año. No es posible decir cuándo tuvo origen el fenómeno analizado. El objeto de
estudio "violencia en las escuelas" se va modificando en el tiempo. La violencia
se define social y históricamente. Lo que hoy se llama violencia en una escuela
brasileña, puede que, en otro tiempo, no se identificaba como tal. Acuérdese
que, no hace mucho tiempo, el castigo corporal del alumno por parte del docente
era una práctica usual, mientras hoy se la considera inaceptable. Mensurar la
violencia, por lo tanto, es algo muy complejo, quizás poco relevante. Lo que sí
es fundamental es reconocer los rasgos de la violencia en las escuelas de hoy,
estudiar sus causas y explorar estrategias para combatirla. Las tragedias de
Carmen de Patagones y de Chile, tanto como la de Estados Unidos o Brasil, llaman
nuestra atención para las consecuencias extremas de situaciones de violencia
dentro de las escuelas. En nuestras investigaciones en escuelas brasileñas
vemos, por ejemplo, que las agresiones verbales se tornaron más frecuentes y que
la violencia entre maestros y alumnos es bidirecional.
Dichos rasgos reflejan valores vigentes en la cotidianidad y sugieren problemas
en las relaciones que se forman dentro de las escuelas. Si se logra trazar un
diagnóstico de la violencia en las escuelas, se puede
actuar más eficazmente para combatirla. Estamos avanzando hacia eso, pero no
existe aun un diagnóstico satisfactorio acerca de este problema en el mundo.

GC- ¿Cuánto aportan a esa violencia la proliferación y fácil acceso a las armas


de fuego por parte no solo de jóvenes sino de adultos?

JW- El fácil acceso a armas de fuego sirve en parte como explicación de las


tragedias nombradas anteriormente. Si los chicos no tuvieron acceso a dichos
dispositivos, jamás se hubiera llegado a consecuencias tan fatales. Pero no
basta limitar el acceso de los chicos a las armas de fuego - lo
que está prohibido en todo el mundo, al menos formalmente. Los niños, sobretodo
cuando más chicos, tienden a replicar los comportamientos de sus padres. Si sus
padres tienen un arma dentro de casa, el mensaje que se pasa al niño es que uno
tiene derecho a defenderse con un arma de fuego, aunque eso implique quitarle la
vida a alguien. Ese es un valor que va en contra de los principios democráticos
del imperio de la ley y que alimenta un sentimiento de inseguridad entre todos -
incluso entre los portadores
de armas de fuego. Por ello se hace importante promover el desarme y sacar de
manos civiles dispositivos hechos para matar.

GC- Las ONGs argentinas vienen trabajando desde hace tiempo en propuestas de


planes de desarme. La única experiencia en ese país es la provincia de Mendoza.
Desde el año 2000 vienen proponiéndolo a la Nación. Y ahora parece que hay
interés. ¿Augura Ud. éxito a esa propuesta?

JW- Naturalmente. El Gobierno de Argentina se ha mostrado muy interesado en


promover un Plan Nacional de Desarme, similar a la experiencia brasileña. Hemos
tenido, en la Unesco, la oportunidad de acompañar e
incluso intermediar intercambios entre autoridades de los dos países en ese
sentido. He tenido también la satisfacción de acompañar por medio de la prensa
argentina un debate bastante interesante acerca de la mejor manera de promover
uno de los elementos de dicho Plan - el canje voluntario de armas. Ello prueba
no solo que el Gobierno está tratando del tema, sino que también la sociedad
está activamente involucrada; eso es fundamental. El Plan de Desarme de Brasil
está obteniendo inmenso éxito y no hay razones para pensar que lo mismo no
sucedería en Argentina. La violencia en los dos países sigue un mismo estándar
que se observa también en muchos países de América Latina: está más concentrada
en los centros urbanos, afecta sobretodo a hombres jóvenes con menos de 25 años,
que son también las principales víctimas de ataques con armas de fuego, se
relaciona al crimen organizado y se agrava ante el deterioro de la situación
socioeconómica. Esa similitud favorece la adopción de estrategias similares. Aun
más importante: la cercanía entre Brasil y Argentina y la internacionalización
de la violencia requieren que se lleve a cabo una estrategia conjunta de combate
a la violencia en toda la región - el desarme civil incluido. Creo que se camina
hacia ello.

GC- ¿Cómo ve el desarrollo del Plan de Desarme de Brasil?

JW- Lo veo muy bien. El Plan de Desarme Brasileño es un buen ejemplo de
estrategia integrada, que propone medidas en el corto, mediano y largo plazo. Se
inscribe en un marco legislativo muy bien elaborado que le da más fuerza.
Engloba acciones preventivas y combativas y favorece comportamientos positivos.
Véase por ejemplo el canje de armas. Se dio a la sociedad la oportunidad de
entregar voluntariamente sus armas, la mayoría de ellas ilegales, sin que se
preguntara su origen o utilidad. Las armas se cambian por un valor en dinero,
que varía entre 100 y 300 reales brasileños según el tipo de arma. Cualquier
persona puede entregar el arma, bastando para eso llenar una hojita que le
permite hacer el traslado del arma hasta el local de canje. Pero el canje
voluntario de armas tiene duración limitada. Aunque ante su éxito - más de 200
millones de armas recogidas - el Gobierno decidió extender el período de acopio,
luego del fin de esa etapa, una legislación mucho más severa entra en vigor,
restringiendo aun más la posesión, el porte, la venta y el uso de armas de
fuego. Paralelo a eso, se hace hincapié en concienciar a la población sobre la
importancia del desarme civil en la promoción de la seguridad. Así, por ejemplo,
se promovió el Desarme de Niños, mediante el cambio de juguetes bélicos por
otros no violentos. Están involucrados los tres Poderes - Ejecutivo, Legislativo
y Judicial - el sector privado, la sociedad civil organizada. Se cuenta con el
apoyo de los medios y de los ciudadanos. El involucramiento de todos deja claro
que el problema de la seguridad concierne a todos los ciudadanos, creo que esa
es una de las claves del éxito brasileño.

GC- ¿En qué puntos del plan de acción de un plan de este tipo pondría Ud. el acento?

JW- Para el éxito de cualquier plan de acción que se destine a dar fin a la
inseguridad, es preciso el econocimiento de las múltiples causas de la
violencia. Ello exige la elaboración de una estrategia integrada, que actúe al
mismo tiempo y de manera coordinada en diversos frentes. Es esencial que no se
restrinja la seguridad a una cuestión de policía. Es también y fundamentalmente
una cuestión de educación, así como de
garantías institucionales, de acceso a servicios básicos, de empleo, entre
otros. Si se desea que los resultados sean sólidos y duraderos, hay que asegurar
un papel prioritario a la educación: es ella la herramienta más eficaz en la
construcción de una cultura de paz.

GC- ¿Cree que la educación puede cumplir un rol importante en la reversión de


los problemas de inseguridad? ¿Cómo?

JW- No tengo dudas en cuanto a la importancia de la educación en la reversión de


los problemas de inseguridad. Dice la carta constitutiva de la Unesco que,
"puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los
hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz". Considero esa afirmación
verdadera y la educación es una de las maneras de llegar a la mente de hombres y
mujeres. Así se diseminan, crean y promueven valores y comportamientos para la
paz. La educación debe
permitir al ser humano desarrollar las competencias necesarias para el debate y
el razonamiento, debe incentivar la tolerancia y el respeto, valorar la
diversidad y la pluralidad cultural. Además de ese impacto
directo, la educación produce efectos sobre otros dominios de la vida cotidiana
que pueden incidir de manera favorable en el combate de la inseguridad, por
ejemplo, por medio de la formación de la conciencia
ciudadana y la capacitación profesional. La educación debe desarrollar en el
individuo las competencias necesarias para la vida, permitiéndole no solo
insertarse efectivamente en la sociedad, en cuanto ciudadano
participativo, sino también aprender a lo largo de toda su existencia. Sin
embargo, no podemos permitirnos caer en idealismos. La educación es fundamental
y merece ser tratada con prioridad, pero no es suficiente para poner fin a la
inseguridad. Debe ser un componente esencial de una estrategia integrada.

GC- ¿Es optimista con respecto a que se avance en la superación de la violencia?


¿Qué decisiones y acciones son clave para ellos de parte de la sociedad, los
gobiernos, los entes estatales y privados y la sociedad civil organizada desde
su punto de vista?

JW- Sí, soy optimista. Superar la violencia no es una tarea sencilla, pero es un


desafío por el cual urge luchar. La principal decisión tiene que venir de todos
en conjunto - sociedad civil, gobierno, sector privado - y
consiste en apostar en la promoción de una cultura de paz como la estrategia de
salida a esa situación de inseguridad. En esa estrategia, cada uno tiene su
responsabilidad. El Gobierno tiene que garantizar la
seguridad de los ciudadanos por medio de las instituciones legales. La sociedad
civil debe apoyar al gobierno y rechazar las falsas garantías de seguridad,
basadas en supuestos derechos individuales: el desarme de la población civil es
muy importante. El sector privado tiene que asumir sus responsabilidades
sociales y explorar las muchas maneras por las cuales puede contribuir para el
bienestar de la sociedad. Los empresarios tienen que entender que la seguridad
favorece también a sus negocios. Hay que garantizar que todos estos actores
estén en constante diálogo y que actúen coordinadamente dentro de un marco
estratégico para revertir la violencia y promover la paz.

Fuente: Gabriel Conte y Jorge Werthein

* * *

VIOLENCIA EN LA ESCUELA (Lic. Verónica Alvarez).

No es ningún descubrimiento que la violencia se está incrementando a través de los años, y la escuela no está ajena a todo esto, es algo así como la caja de resonancia de lo que sucede en la sociedad.

Lo importante es reconocer que estamos en una sociedad violenta, que daña, golpea no sólo físicamente sino psíquicamente a sus integrantes, en la que la inseguridad (situación que los chicos manifiestan frecuentemente como preocupación) produce miedo, que nos paraliza y nos inhibe a hacer cosas.

Hoy me voy a referir a la violencia doméstica, más sutil, más cotidiana, menos escandalosa en cuanto a la noticia periodística.

¿Cuántas veces gritamos por gritar, criticamos o discriminamos? ¿Cuántas veces con un silencio “golpeamos” a quienes amamos o desvalorizamos con palabras y hechos a nuestros seres queridos?

Estoy convencida que nuestros hijos nos escuchan, nos miran, y cuando la incoherencia entre lo que decimos y hacemos se instala provocamos sentimientos encontrados en ellos, que son causales de violencia.

En mi tarea como psicopedagoga en más de una ocasión, me encuentro con padres que critican al colegio (que ellos eligieron para sus hijos) o a la docente frente a la mirada inocente de los pequeños. No hace falta ser un especialista para entender que sentimiento puede despertar en el niño esto.

 O padres que a los gritos retan a un niño cuando no le sale la tarea de la escuela, sin pensar que quizás no es que no quiera sino que no pueda resolverla. Lo único que logran es generar escenarios de malestar y displacer frente a algo que tendría que ser placentero: el aprendizaje.

Comencemos a promover actitudes de paz, de contención, de seguridad, evitando estas situaciones que de tan simples nos pasan desapercibidas pero que tanto daño hacen a través del tiempo.

Lo único que hacemos al generar estos sucesos es descargar una tensión que es nuestra (preocupaciones, conflictos laborales o personales) y proyectarla en otro que nada tiene que ver.  

Partiendo de nuestra realidad diaria podremos comenzar a producir cambios, pero cuidado, el cambio tiene que estar primero en nuestro interior, debemos estar convencidos de esto para luego transmitirlo a los demás.

Es fundamental que desde nuestra mirada de adultos, padres, educadores, podamos brindar además de coherencia, certidumbre (en un mundo donde la incertidumbre está a la orden del día y nos descoloca), juicio crítico: explicándoles los criterios de qué está bien y qué está mal, más allá de lo que los demás nos intentan inculcar.

Sé que no es fácil, pero basta pensar un poco, serenarnos, tomarnos ese ratito de tiempo para ver que hay detrás de lo que un hijo me dice, o de una conducta que me preocupa, pedir ayuda a profesionales cuando sentimos que no podemos solos, y así poder seguir creciendo en este mundo nada fácil, nada pacífico, en esta hermosa tarea de ser padres.

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“Página 12”.

REPORTAJE A SILVIA SILBERMAN, EX JEFA DE PSICOLOGIA EDUCACIONAL EN LA CIUDAD DE JERUSALEN


“Con respecto a la violencia, la escuela nunca es neutral” 

Por Rubén H. Ríos

Silvia Silberman, psicóloga argentina radicada en Israel, dirigió entre 1984 y 1993 el Servicio de Psicología Educacional de la Municipalidad de Jerusalén y actualmente es consultora en la especialidad. En diálogo con Página/12, explicó por qué la escuela, por sus acciones u omisiones, siempre contribuye a mitigar o bien a agudizar la violencia en sus alumnos, y describió la tarea de los psicólogos educacionales en Jerusalén, que intervienen en una gama de situaciones que van desde la crisis desencadenada por el suicidio de un alumno hasta la problemática de los chicos superdotados. La doctora Silberman estuvo hace unos días en Buenos Aires invitada por la Universidad de Palermo, donde dirigió el taller “Violencia en las escuelas. Una mirada desde la perspectiva sistémica”.


–¿En qué consiste el Servicio de Psicología Educacional de Jerusalén?
–Este organismo presta servicios de salud mental a la población de Jerusalén en edad escolar: jardín de infantes, primaria y, en menor medida, secundaria. Mi contribución fue una visión sistémica y organizacional de la escuela: se atiende al niño individual y a su familia, se da consultoría al docente, pero se observa también el contexto organizacional. El psicólogo del servicio trabaja una vez por semana en la escuela. Su trabajo es acordado con el director de la escuela, bajo contrato: negocian, de acuerdo con los intereses y necesidades de cada uno, una forma de trabajo que se renueva una vez por año.
–¿Encontró usted una problemática específica en la población escolar de Jerusalén?
–Jerusalén es una ciudad muy fragmentada. Entre los distintos barrios hay diferencias socioeconómicas, institucionales, geográficas, étnicas, educacionales: hay tres equipos, que trabajan con distintos grupos. Uno se dirige a la población en general; otro, a la población árabe, ubicada en el este de Jerusalén; y otro, a la concentración de judíos ultraortodoxos en el norte de la ciudad. Estos grupos, además de las diferencias étnicas, tienen distintas percepciones de la escuela y la educación. Por ejemplo, cuando llegaron en masa los etíopes, la problemática correspondía a una transición cultural muy dura, ya que procedían de comunidades primitivas, agrícolas, que no tenían afinidad con la cultura occidental de Jerusalén.
–¿Cómo responde el servicio, teórica y prácticamente, ante tanta variedad de problemas? 
–El servicio, en el momento que yo me retiré, tenía más de cien psicólogos. Estos responden evaluando la problemática especial de la escuela y atendiendo en ella con equipos especializados. Por ejemplo: un equipo sistémico de psicología de familia; otro de dificultades de aprendizaje que trabajaba a partir de tests para localizar problemas muy finos en el proceso cognitivo, pues hay chicos que no perciben o no discriminan formas o sonidos, o no pueden conectar el grafismo con el sonido o coordinar los distintos elementos de la palabra oral o escrita. También hay gente que trabaja en psicoterapia individual dentro de una tendencia psicoanalítica. Además, el trabajo en las escuelas desde una visión organizacional y desde el paradigma de “consulta de salud mental” de Gerald Caplan, uno de los pilares de la psiquiatría social en Estados Unidos. Este paradigma se basa en una intervención a nivel de la persona que está en contacto directo con el asistido: en nuestro caso, la idea es que el maestro pueda comprender la conducta del niño y modificar la suya para atender a las necesidades del chico.
–Eso implica reconocer en el docente un rol muy importante.
–Así es. El maestro está en contacto con el niño a un nivel muy directo. Si el maestro no entiende aquello que le sucede al niño, produce una situación conflictiva y a veces muy dolorosa. Y si el maestro aprovecha la consulta no sólo ayuda a un niño específico: también ha aprendido algo que le servirá en su trabajo en el futuro. Hay que tener en cuenta que, cuando un servicio tiene éxito, el número de derivaciones y consultas aumenta y no disminuye. En Jerusalén el Servicio de Psicología Educacional recibe, de cada camada de niños que ingresan a la red escolar, entre un 10 y un 20 por ciento de derivaciones de todo tipo. Esto incluye también consultas para niños sobredotados. Muchas veces la escuela no ofrece al niño sobredotado las mejores posibilidades de desarrollo; hace de él un problema. A veces lo deja en paz, pero no le da posibilidades de expresión. 
–Estas dificultades incluyen la violencia escolar...
–En cuanto a la violencia, hay que observar ciertas particularidades de Israel. En una situación en la que hay mucha tensión por un enemigo exterior, la violencia no está en el foco de atención. Pero a medida que disminuye la violencia exterior, se hace más patente la violencia de los chicos. No suele haber casos tremendos, como en Estados Unidos, donde niños en la escuela matan a sus compañeros, pero hay casos aislados en los que adolescentes agreden gravemente o matan a otro. Sin embargo, la violencia en la escuela no tiene que llegar a límites fatales para constituirse en un problema. Chicos que se pelean y se lastiman o que atacan a la maestra, o que van armados a la escuela porque se sienten amenazados, son síntomas de violencia. La violencia no es exclusiva de los grupos marginales, también encontramos casos en las clases altas.
–¿Cuáles son las condiciones para la generación de violencia escolar?
–Me interesa la contribución inherente, específica, de la escuela a la violencia, aunque ella misma no sea creada por la escuela. Es que la escuela puede mejorar o empeorar el problema de la violencia. Se trata de focalizar cuál es la contribución que la escuela hace a la violencia general. Por ejemplo, cuando la escuela ofrece más posibilidades a los chicos de seguir adelante en los pasos siguientes de la educación, entonces hay menos violencia. Cuando la escuela limita las posibilidades de educación siguiente, la violencia aumenta. A iguales condiciones de ingreso de los chicos, hay escuelas que mejoran sus posibilidades para estudiar, pero hay escuelas que las empeoran. 
–A mayor educación menor violencia, ¿pero también a la inversa?
–La escuela tiene la sensación de que la violencia que se produce dentro de ella es un reflejo de la violencia social, y en cierta manera esto es cierto. Pero la escuela nunca es neutral. Ayuda o perjudica en dos vertientes fundamentales: violencia y posibilidades de continuar estudiando. En todo caso, el discurso del maestro puede mejorar o empeorar la situación del chico. La mejora cuando ayuda al niño a desarrollar el nivel metacognitivo, cuando lo ayuda a preguntarse por qué le pasa lo que le pasa, a repensar lo que le sucede. Empeora, incrementa la violencia, cuando no le pregunta, cuando castiga, cuando el maestro cree que sabe mejor lo que le sucede que el niño mismo, cuando lo discrimina, cuando pone el acento en las notas y no en el proceso de trabajo.
–¿Con qué tipo de intervención se responde? 
–Se desarrolló un servicio de emergencias que atiende cualquier crisis. Este servicio comenzó a raíz de una matanza perpetrada en plena calle a la hora en que los chicos iban a la escuela, que desencadenó una crisis en el establecimiento. Otra crisis es el caso de un suicidio: la conmoción que el suicidio de un chico produce en la escuela exige una intervención de emergencia, con el fin de elaborar con los chicos la situación en la misma escuela, con sus maestras, y a veces en forma individual. La tendencia anterior era mandar a los chicos a la casa ante cualquier emergencia, pero eso no permite elaborar el trauma. Este servicio se fue extendiendo a la atención de situaciones terminales, por ejemplo con relación a la muerte próxima del padre o la madre del niño, como un trabajo de prevención para que el niño pueda elaborar y resignificar las situaciones traumáticas. Pero el punto de anclaje es siempre el maestro y su grado.
–La intervención que usted propone implica una gran responsabilidad del docente.
–Sí, pero aquí se incluye el problema organizacional de la escuela. Porque el docente necesita, por el grado de su exposición, una cantidad enorme de apoyo. Tanto en lo emocional como en lo profesional. Lo que la escuela hace o no hace para el maestro es crítico para que él pueda llevar adelante sus funciones o no. Por ejemplo, el trabajo con la ansiedad de los niños y con la suya propia no puede llevarse adelante sin apoyo de la escuela. La responsabilidad, entonces, corresponde a la escuela.

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Agencia de Noticias “DERF”.


Violencia: de la calle a la escuela

La Escuela de Psicología Social analiza los factores que coadyuvan a reproducir la violencia en el sistema educativo - Sugiere encarar la problemática a partir de generar una "alianza pedagógica" que permita recobrar las tareas pertinentes a cada rol dentro del sistema educativo y buscar respuestas en forma cooperativa. stión que nos convoca Nadie habla de "violencia bolichera" cuando ocurren agresiones dentro de los locales bailables. Pero no se duda en catalogar como casos de "violencia escolar" cuando un chico lleva un arma al aula o una estudiante apuñala a su ex novio en la puerta de la escuela.


Especialistas como Fernando Osorio, asesor del Observatorio de Violencia en la Escuela del Ministerio de Educación de la Nación, diferencian el concepto de "violencia escolar", que definen como una consecuencia de los procesos antidemocráticos que se viven en el interior del sistema educativo, de la "violencia en la escuela" que son situaciones de violencia social que irrumpen en las aulas.
Las psicopedagogas María Angélica Marmet y María Mercedes Martorell analizan el problema en esa misma línea. "Un sistema injusto porque excluye en lo político, en lo económico y en lo social es violento. Por lo tanto, genera respuestas violentas que están expresadas en los distintos ámbitos de la vida cotidiana, en el fútbol, las familias, la calle y también en las escuelas", explicaron.
"Este fenómeno se tiende a analizar como si estas situaciones sólo se produjeran en la escuela y de forma específica en ese lugar. Lo que no se articula para el análisis y la búsqueda de respuestas efectivas, son las condiciones para que ese estallido se pueda dar en la escuela. Es decir, lo que padeció, acumuló y aprendió esa persona en los otros ámbitos que transitó durante su vida y durante el día con las condiciones existentes en la escuela, para que existan posibilidades de reproducción de esta violencia", advirtieron las directoras de la Escuela de Psicología Social de Santa Fe Dr. Enrique Pichón RiviŽre.
Desde la Psicología Social entienden esta violencia como un emergente de este modelo neoliberal que produce fragmentación social, ruptura de los lazos solidarios, la exaltación del individualismo y sobre todo la pobreza, la exclusión y la impunidad.
"Lo que se instaló es un modelo de relaciones: quien tiene más fuerza y más plata es el que tiene más poder y el que resuelve. Si vemos que en causas judiciales inmensas hay quienes son llamados a declarar y quienes no, la impunidad se instala como valor de supervivencia y se reproduce en la vida cotidiana, y por lo tanto también en la escuela. Mucha gente en esta sociedad piensa que la única forma de subsistir es con un arma en la mano. Y los chicos a esto lo aprenden", analizaron.
Sin palabras
La historia de vida de esa adolescente que acuchilló a su ex novio y compañero de clases en la puerta del colegio Simón de Iriondo en octubre pasado no es la misma de aquellos dos jóvenes que agredieron a un alumno en la vereda del Almirante Brown.
Sin embargo, Graciela Gómez, directora del Simón de Iriondo, opina que hay ciertos factores generales a tener en cuenta. "Santa Fe es una ciudad que está por encima de la media nacional en cuanto a cantidad de jóvenes en condiciones de pobreza y de indigencia. Si a esa realidad se suma la de una dirigencia corrupta, que no resuelve esa situación, con hogares donde ya no existe la dinámica familiar y una sociedad consumista donde vale el que tiene tal marca, el límite es difuso. No es fácil sostener valores que otros espacios no los tienen", opinó.
A la directora de Polimodal del Almirante Brown, Mirta Morales, le preocupa la soledad en la que se encuentran los jóvenes. "Están tratando de resolver sus conflictos solos, se ven desamparados, no hablan con los padres de lo que les pasa, no recurren a los adultos".
La docente advierte que entre los adolescentes tampoco media la palabra en sus relaciones: "Hay una causa y enseguida se pasa al acto violento; en el medio no existe la palabra, la paciencia, la tolerancia, sólo la reacción".
El diálogo como mediador de conflictos prácticamente está desaparecido. "Nos pusimos a pensar como hipótesis qué relación hay con la fragmentación del pensamiento, los video clips, los juegos de computadora donde no se procesa para ver qué hago para resolver tal situación, si no que prima el estímulo-respuesta", dejaron planteado las psicopedagogas.
Propusieron recuperar en las aulas la posibilidad de pensar con los propios jóvenes qué les pasa, instalar la reflexión y verbalización sin llegar a que se acusen.
Alianza pedagógica
Las estrategias que buscan prevenir o actuar sobre la violencia en la escuela apuntan en general a promover la escucha entre los distintos actores y a favorecer el uso de la palabra para resolver cualquier tipo de diferencia o conflicto. Sin embargo, la queja que se escucha entre los docentes es que están solos, desbordados, casi sin argumentos ante situaciones que se les escapan de las manos, y sin orientación sobre cómo actuar o implementar las herramientas como la mediación escolar.
La inseguridad llega a tal punto que el secretario general del gremio Amsafe La Capital, Hugo Sagardoy, aseguró que hay docentes que dudan en bajarle la nota a un chico ante el temor de su reacción.
La Escuela de Psicología Social hace tiempo que trabaja con las escuelas en la problemática de la violencia y sugiere encarar como respuesta una "alianza pedagógica".

En primer lugar, entiende que se debe recuperar la misión de la escuela: enseñar. "Hay una falsa contradicción entre educar y asistir, que genera vivencias de confusión respecto de lo que hay que hacer", apuntaron.


Martorell y Marmet proponen recobrar las tareas pertinentes a cada rol dentro del sistema educativo y planificar acciones que vuelvan a establecer la necesaria alianza pedagógica entre todos los involucrados.
"Hay que comprender que si el maestro no está, los chicos no aprenden; si los chicos no van a la escuela, el maestro no tiene trabajo; si los padres no llevan los chicos a la escuela, ésta no existe; si los directivos no dirigen, la escuela sería un caos; si los porteros no organizaran el espacio físico, tampoco se podría enseñar; y si el Estado no brinda las condiciones necesarias, el sistema no funciona".
Agregan que "en la medida en que todos se den cuenta de que el otro no es enemigo, si no una persona necesaria para que yo pueda cumplir mis fines y objetivos, se puede pensar que esta soledad no es tal y que juntos, desde los distintos roles y responsabilidades, pueden enfrentar los problemas de una manera cooperante y solidaria. El Estado y Ministerio de Educación tienen un papel prioritario e indelegable en esta alianza pedagógica".
Para las psicopedagogas existe una enorme reserva profesional y ética en las instituciones educativas que permite reflexionar las distintas situaciones en conjunto. Con ese rumbo sugieren trabajar en la prevención de la violencia.

Cronología


El 20 de octubre una chica del ex Colegio Nacional hirió gravemente con un cuchillo a un compañero en la vereda de la institución. El adolescente debió ser hospitalizado.
El 25 de octubre en la escuela Estanislao López del barrio Santa Rosa de Lima, una adolescente de 15 que golpeó a otra de su misma edad habría intentado echar mano de un cuchillo que escondía en una de sus zapatillas. Intervino la preceptora y el hecho no pasó a mayores.
El 28 de octubre un escolar de 12 años atacó a otro de su misma edad, infligiéndole una herida en el brazo derecho con una navaja. Fue en la escuela Ignacio Crespo de Santo Tomé.
Ese mismo día, en la puerta del Almirante Brown, un par de adolescentes atacó a otro en la puerta de la institución.
En Rosario fueron varios los hechos ocurridos en los últimos días. Los llamados que recibe el SOS Escuela de esa ciudad se multiplicaron por dos en los últimos años y recibe cuatro denuncias diarias de casos de violencia escolar.

0-800


Una de las decisiones que se tomaron desde el Ministerio de Educación fue la de incorporar hace unos meses un servicio gratuito (0800-555-3728) que atiende de 9 a 17 horas. Detrás funciona el equipo de profesionales del Programa de Convivencia y Prevención de la Violencia en las Escuelas, que brinda acompañamiento y asesoramiento a los establecimientos que han vivido casos de violencia.

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La Formación Docente ante la Violencia y la Convivencia Escolar.

Autor: Dupont, Amelia Matilde

C.P 7600




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