Antonio Blay


LAS BASES DE LA TRANSFORMACIÓN INTERIOR



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2. LAS BASES DE LA TRANSFORMACIÓN INTERIOR




¿Es realmente posible la transformación interior?

En el capítulo anterior hemos visto de forma resumida de qué manera se forma nuestra personalidad y qué factores son los que influyen en mayor grado para alterar nuestro óptimo funcionamiento o para disminuir el natural desarrollo de nuestras facultades. Y la pregunta que de un modo natural surge ahora es la siguiente: «¿Es posible transformar la personalidad? Todas esas cosas que están deformadas de antiguo y que son las que nos causan tantos malestares interiores, inseguridad, timidez, angustia, apatía, resentimiento, celos, ¿hasta qué punto se pueden realmente modificar, superar o eliminar? Cuando esos rasgos negativos han llegado a calar tan hondo que vienen a constituir casi como una segunda naturaleza, hasta el punto de que uno se ha habituado a ellos y, aunque con dolor, los encuentra ya normales en su propio modo de ser, ¿habrá medio capaz de conseguir su radical eliminación?».

Hay normalmente una reacción de desánimo cuando se habla de la posibilidad de transformación interior. Reacción que proviene de la creencia o temor de que todo cuanto se pueda decir sobre transformación del carácter y de la personalidad es pura teoría, son maneras, palabras, muy bonitas quizás y muy poéticas, pero que a fin de cuentas uno seguirá irremediablemente con sus problemas, con sus defectos y con sus debilidades, puesto que, digan lo que digan, esto no hay quien lo cambie.

Esta reacción se debe a que todos hemos pasado por la experiencia de repetidos ensayos y múltiples esfuerzos para corregir determinado defecto de nuestro carácter, intentando poner en práctica los consejos que con tanta profusión y entusiasmo todos nuestros amigos nos han estado dando: «Tú, lo que debes hacer es no preocuparte tanto. Tómate las cosas con más tranquilidad», o bien: «Lo que te falta es tener más voluntad, más constancia», etcétera. Hay toda una serie de «recetas» que todo el mundo está siempre dispuesto a recomendar a los demás, pero que tienen el inconveniente de que no nos ilustran acerca de cómo llegar a tener esa deseada voluntad, esa fe o ese entusiasmo. Buenamente hemos intentado hacer un esfuerzo para comportarnos de acuerdo con tales consejos, pero apenas si hemos podido mantener durante 24 horas la línea propuesta. Hemos repetido parecida experiencia una y otra vez y, como es lógico, cada fracaso ha ido acompañado de una sensación de desánimo, de frustración y de inutilidad de todo esfuerzo encaminado a ese fin. La acumulación de experiencias negativas en este sentido nos ha condicionado negativamente respecto de todo nuevo intento de mejora y de transformación.

Ahora bien, la verdadera causa de nuestros fracasos no ha sido la imposibilidad de cambiar, sino el haber querido transformarnos sin saber qué es lo que debíamos transformar, ni cómo debíamos llevar a cabo esa transformación. Los resortes que mueven la personalidad en uno u otro sentido son profundos y complejos. Su manejo no resulta tan sencillo y económico como las frases de «si quieres conseguir fuerza de voluntad trata de hacer aquello que no te gusta y verás como al cabo de dos meses serás más fuerte, etc.». Si no se tiene fuerza de voluntad, imposible mantenerse dos meses haciendo lo que no gusta; y si se consigue es que ya se tiene.

Quiénes pueden conseguirla

Podemos transformarnos radicalmente, deshacer y superar los elementos negativos que se han afianzado en nuestro interior. Y esto no sólo por un tiempo más o menos corto, sino definitivamente, para siempre. Pero para conseguirlo hay que reunir determinadas condiciones que resumimos del modo siguiente:


1. La persona que desea cambiar ha de tener en su interior un potencial de energía latente.

2. Asimismo debe poseer un deseo, una necesidad real, fuerte, imperiosa de transformarse.

3. Finalmente es preciso que consiga adoptar ante el problema de su transformación una actitud mental inteligente.
Explicaremos estos puntos:
1. Disponer de un potencial energético en el interior
Sólo se puede cambiar si en el interior hay energía acumulada que no se ha vivido de un modo consciente y voluntario. Cuando el sujeto ha sufrido muchas represiones, existe este potencial.

¿Cómo saberlo en cada caso concreto? Se manifiesta en un desacuerdo, que uno mismo aprecia y experimenta, entre su actitud y conducta normal y su estado de tensión interior, producido precisamente por la presión de la energía latente que no ha podido vivirse conscientemente. En la medida en que se vive de acuerdo con la energía disponible, la persona permanece tranquila, efecto de haber manejado y consumido toda la energía en cada momento. Pero si sólo actúa en parte y en parte se inhibe, la energía no liquidada provoca un desasosiego que el sujeto puede percibir claramente, y que se traduce de ordinario en contracturas musculares, casi siempre inconscientes. Hay personas que están apretando siempre las mandíbulas, o los brazos, o que contraen el plexo solar, etcétera, no sólo durante el trabajo, sino también después cuando llega la hora del descanso.

Las personas que están siempre dispuestas a protestar, a quejarse, sobre todo cuando la queja y el lamento se experimentan dentro con intensidad, indican tener un caudal de energía sin circular. Aparte de que exista una causa justificada para su postura de oposición, ésta brota de la insatisfacción interior, que se proyecta hacia el exterior a través de la mente.

La mayor intensidad de estos síntomas es indicio de una mayor cantidad de energía reprimida, y por lo tanto de una mayor aptitud para cambiar. Quien haya agotado su energía porque la ha vivido del todo, convirtiéndola en experiencia, no podrá transformarse apenas. O a lo sumo su transformación consistirá en la natural evolución por la acumulación de nuevas experiencias. La base de toda transformación a fondo está en que se libere de nuestro interior la energía reprimida que presionaba sobre el yo consciente y que entonces el yo consciente pueda vivir y manejar en primera persona esta energía.

Hay personas que hablan mucho sobre lo que les gustaría conseguir y que se quejan de todo, pero que tienen un hablar vacío, que no lleva resonancia de carga interior. Esta actitud no significa nada en este sentido de transformación. Únicamente, y a lo más, que tienen ideas negativas.
2. Sentir un interno deseo y necesidad de cambiar
Hay personas que viven estados psicológicos deformados, que no son su verdad interior, pero ya se han acostumbrado de tal modo a ellos que no sienten ninguna necesidad de cambiar, aunque a veces digan lo contrario, cuando se imaginan por un momento siendo de otra forma diferente. Se siente la necesidad de cambiar cuando se experimenta un cierto desequilibrio interior. Si dentro están equilibradas las fuerzas reprimidas y las actualizadas, existe una tensión, una protesta íntima, pero la persona se mantiene estable sin variar ni intentarlo siquiera. Es preciso que se rompa ese equilibrio para que surja de nuevo la urgencia de cambiar.

En estos casos no se trata de pensar mucho en la necesidad del cambio, sino sentirlo hasta tal punto que llegue a ser lo más importante de la vida. Son muchas las personas que viven insatisfechas, pero se han hecho a ese género de vida y consideran normal su padecer interior, como si se hubiesen arrellanado en la dura almohadilla de su tara psíquica. En cambio se consideran víctimas y mártires, y creen que su estado les da derecho a buscar ciertas compensaciones. En los hombres es ésta una causa frecuente de autojustificación de una vida más o menos libertina. Otros encuentran compensación en aficiones o gustos que pueden permitirse, sobre todo si viven en una posición económica desahogada. Es frecuente encontrar hombres incluso lo bastante inteligentes para ver y darse cuenta de su problema, pero que prefieren, por comodidad y pereza, seguir su tenor de vida. Si no pudieran compensarse con ninguna de esas satisfacciones complementarias, su malestar interior sería tan intenso que les haría buscar una solución.

Sólo tienen una garantía de poder cambiar los que experimentan un fuerte malestar, por sufrir gran tensión interior, y son muy conscientes de ella.
3. Adoptar ante el problema del cambio una actitud inteligente
Algunas personas se quejan mucho de sus conflictos interiores, pero viven mentalmente de tal manera que son incapaces de moverse de sitio y de dar un solo paso hacia su liberación. Porque están tan adheridas a sus problemas que no comprenden siquiera lo que les pasa ni aciertan a hacer lo que deberían. Se quejan, pero sin mirar lo que les duele, es decir, dónde precisamente está el motivo de su mal: no consiguen objetivar su situación para poder manejarla con éxito; se diría que han sido hipnotizados por su conflicto.

Y es muy frecuente en las personas que tienen problemas interiores de urgente solución, cuando experimentan el desasosiego que produce esta urgencia, pasarse la vida quejándose, no sólo cuando hablan con los demás, sino aun para sus adentros, en soliloquios interminables. Pero evidentemente, lo único que no sirve para nada es quejarse: no se hace más que gastar energía en salvas. Para cambiar lo eficaz es hacer algo, no quejarse.

La primera condición que se debe esforzar en cumplir el que vive en este estado de hipnosis por su problema es despertar de él, desprenderse y apartarse, para poder verse a sí mismo como si fuera otra persona distinta la que le mirara. Y si no llega a conseguir esto del todo, al menos intentarlo seriamente. Pues sólo podemos apreciar objetivamente y dirigir bien lo que tenemos fuera, que no se identifica con nuestra óptica.

Con frecuencia la causa de que no se consiga cambiar está aquí: aunque se reúnan las otras dos condiciones, si la persona no se coloca en esta actitud inteligente, es aparente e imposible todo movimiento o cambio. Muchas personas que han venido a consultarme buscando un consejo y una solución para sus problemas personales, se han pasado una o dos horas exponiéndome sus quejas en un continuo lamento, y luego se han marchado tan convencidas de que habían hecho una consulta. Es muy natural y muy humano que cuando nos duele algo nos quejemos y busquemos a alguien que nos escuche; pero sería más inteligente que el interesado procurase guardar en su interior una parte de la tensión y sentimiento que experimenta y utilizase esa energía en adoptar una actitud más abierta, más objetiva ante su conflicto íntimo. En la consulta explicaría lo que siente, pero quedaría en su interior un hueco para preguntarse a sí mismo al mismo tiempo, ¿por qué esto?, ¿cómo saldré de aquí?, ¿qué debo hacer?, y de este modo se hallaría en condiciones de oír la respuesta.

Cuando, debido a un problema interior, se atraviesa una situación extremadamente difícil, uno se queja y ocupado sólo en lamentarse no busca solución; como no la busca, no la encuentra, y continúa quejándose: así el mal parece mucho mayor y dura más de lo que debería durar.

La actitud inteligente ante un problema consiste, pues, en tratar de comprender el problema, objetivándolo, y buscar en seguida soluciones adecuadas. La búsqueda es una consecuencia natural de esta actitud.


La persona que reúne los tres requisitos antedichos puede transformarse radicalmente. Toda persona posee básicamente en su interior todo lo que necesita para poder cambiar. La transformación interior no es efecto de la incorporación de elementos externos, sino que consiste tan sólo en una nueva distribución de los mismos elementos que ya posee la persona. En el interior de cada hombre existe todo cuanto requiere para poder vivir de un modo pleno y positivo, toda la fuerza de vida, de voluntad, de belleza, de inteligencia, toda la energía que necesita. Es la mente la que se ha ido aislando, por las represiones, los bloqueos y los condicionamientos negativos, de lo que eran las fuerzas vivas. Llega entonces un momento en que sólo vive pendiente de las ideas: no siente ya apenas ni sus instintos más elementales, empiezan a producirse perturbaciones en su salud, se resiente su aparato digestivo, el sistema nervioso y circulatorio, etc., porque se va alejando cada vez más de su verdad biológica, viviendo encerrada en el castillo de sus ideas.

Otra razón que hace que sea factible la transformación interior es que se conocen los mecanismos y las técnicas que pueden producir esta transformación. No es éste un terreno completamente virgen en el orden de los conocimientos: sabemos lo suficiente para poder identificar estos mecanismos y manejarlos.

Y una razón más que certifica la posibilidad de realizar dicha transformación es que de hecho la experiencia así lo demuestra. Hay muchas personas que han cambiado. Y lo han conseguido poniendo en práctica un tipo determinado de disciplina interior. Todo el que se ejercita en el trabajo interior bien orientado llega a realizar una modificación de sus estados interiores.

La experiencia nos enseña que cuando las técnicas se comprenden y se practican bien, se produce siempre el mismo resultado de transformación. En este sentido podemos tener la certeza de que no depende nuestro cambio de unas condiciones exteriores, de que las cosas me vayan bien o de que mejore mi condición económica o mi situación amorosa, afectiva o familiar. Estos factores pueden ayudar mucho, pero básicamente no dependemos de ellos. Podemos emanciparnos de todo factor externo y producir una transformación interior aparte de las cosas externas. Así que, aunque lo ideal es unir ambas cosas, la ayuda externa al trabajo interno, sin embargo, en el peor de los casos, cuando los factores externos no sólo no ayudan, sino que son contrarios, si se trabaja de verdad interiormente, puede uno transformarse totalmente, pues, en el fondo, repetimos, todo depende de que los contenidos interiores del individuo funcionen bien y él viva conectado con todos estos niveles que funcionan bien.



Requisitos que debe reunir toda técnica eficaz

Claro que la sencillez aparente que parece desprenderse de lo que decimos, en lo que se refiere a condiciones y requisitos para poder llevar a cabo con eficacia la transformación interior, no es tan grande a la hora de la práctica. Pues las técnicas que se usen tienen que reunir determinadas condiciones que indicamos a continuación:


1. Las técnicas tienen que producir un aumento de la energía disponible en el yo consciente. Esta energía puede venir de cuatro fuentes distintas:
- En primer lugar de las reservas de nuestra fuente biológica o energía vital.

- En segundo lugar de la cantidad de energía acumulada en nuestro inconsciente.

- En tercer lugar de la enorme cantidad de energía que hay en nuestro consciente, pero asociada a la imagen o la idea de las cosas externas.

- Por último de la infinita fuente que constituyen nuestros niveles superiores.


Nos ocuparemos de las técnicas adecuadas para conectar con estas fuentes en los cuatro capítulos de la segunda parte. Cada una de ellas es una gran reserva de energía que podemos convertir en experiencia nuestra y que es capaz de transformar por completo nuestra personalidad. No decimos que la modifique en detalles accidentales y sin importancia, sino que la cambie en rasgos que se habían tomado antes equivocadamente como constitutivos de nuestro modo de ser. Es una auténtica incorporación de energía a nuestro yo consciente, energía enteramente ignorada hasta entonces por nosotros. Lo mismo que va transcurriendo la vida de un modo natural desde la infancia a lo largo de los años, incorporando energía al yo consciente, podemos conseguirlo más rápidamente mediante las técnicas y sin los déficit que con frecuencia han tenido esta incorporación en nuestro vivir limitado.
2. Hay que conseguir que la mente funcione de modo despierto y lúcido, no de la forma crepuscular y sonambúlica con que ahora lo hace. Nos cuesta darnos cuenta de lo poco despiertos que vivimos, y, por lo tanto, entender lo que significa este vivir despiertos de que aquí hablamos, porque cada hombre sólo ve con su mente actual y no puede establecer comparaciones con estados mentales que nunca ha poseído hasta que no llega a conseguir situarse en otros distintos del actual. Pero a medida que se trabaja y se van descubriendo, el mismo sujeto se admira de lo dormido que vivía y se pregunta qué ha estado haciendo hasta entonces, como si su existencia anterior hubiese sido letárgica. Todos recordaremos quizás instantes que hemos tenido de una gran y extraordinaria claridad y lucidez mental, como si fueran chispazos que apenas duran un momento; si comparamos el grado de lucidez habitual con ellos, advertimos una diferencia, que deja entender la que existe entre nuestra actual lucidez y la que podríamos tener y de la que somos capaces. Pues nuestra mente puede funcionar permanentemente de aquel modo sin esfuerzo ni desgaste.

Esta lucidez mental implica además una ampliación del horizonte consciente actual, de modo que en cada instante la mente se abra en todas direcciones; mientras que ahora está crispada sobre un objeto determinado excluyendo el resto.


3. Y en tercer lugar, supone que la mente se integre, es decir, que unifique todos los sectores de la personalidad, que estructure en un solo eje mental todos los niveles, desde el físico-vital a los superiores. Ahora cada sector funciona por separado: por eso unas veces me siento de un modo y otras de otro diferente, quiero una cosa, pero pienso en otra, planeo hacer algo y luego obro de diferente manera y hago otra cosa distinta. Es una constante dispersión por falta de integración y unidad mental. Nuestra mente se ha ido construyendo a través de puntos diferentes que no coinciden, ni están centralizados en un eje. Es preciso construir este eje y encontrar el centro donde integrar en él la mente. Entonces automáticamente todo nuestro psiquismo se va unificando en él y la persona empieza a ser de verdad una. Pues ahora somos más bien la suma de contenidos heterogéneos que están inconexos en nuestro interior. Tenemos la ilusión de ser nosotros mismos, pero de hecho cuando estamos trabajando nos sentimos de un modo distinto a cuando vamos con los amigos o cuando nos arrodillamos en el templo. No es sólo que hagamos cosas distintas, sino que, por ejemplo, yo me vivo a mí mismo como si fuera una persona distinta con reacciones y móviles diferentes mientras estoy en casa, en familia, que cuando salgo a la calle y tengo que convivir con los de fuera, o si voy al campo o a la playa, etc. ¿Por qué falta ese eje de referencia, único y permanente? Es otro de los efectos básicos que deben conseguirse en toda verdadera transformación.
4. Por último, las técnicas deben estructurar interiormente, es decir, combinar de modo distinto los condicionamientos, de manera que se adopten actitudes constructivas y positivas. Cuando una persona dispone de energía y amplifica la mente, las actitudes brotan solas; y viceversa, cuando las actitudes se modifican y mejoran, entonces se libera energía y la mente se amplifica. Son tres cosas que van tan estrechamente unidas que de hecho no forman más que tres aspectos de una misma realidad. Y podemos trabajar los tres a la vez acelerando así el proceso.

SEGUNDA PARTE: NUESTRAS GRANDES RESERVAS DE ENERGÍA PSÍQUICA Y TÉCNICAS PRÁCTICAS PARA SU APROVECHAMIENTO




3. CAPÍTULO PRELIMINAR. GENERALIDADES




¿Ha conseguido usted su pleno desarrollo?

No cabe duda que son muchas las personas convencidas de que en su vida consiguen el máximo rendimiento de sus facultades y capacidades y de que funcionan perfectamente. Si, en efecto, esto es así, gozarán de un estado de ánimo que se hallará caracterizado por las cualidades siguientes, indicio de que están en lo cierto:


- una actitud siempre positiva, serena, tranquila

- una íntima satisfacción permanente, independiente de los vaivenes del mundo exterior

- un profundo disfrute de todas las situaciones de la vida

- una visión clara del papel necesario que cumplen dentro del conjunto, incluso en las cosas desagradables

- no tener puntos personales fijos en los que son especialmente susceptibles: significaría que en ellos precisamente no han conseguido la meta de la completa realización

- una sincera e incondicional actitud abierta hacia los hombres y hacia Dios


Todos cuantos se sientan perfectamente encajados en el mundo, sin el menor problema de adaptación en ningún aspecto, logrando un pleno rendimiento externo y viviendo con entera satisfacción interior no precisan leer lo que vamos a explicar en estos capítulos.

Pero en el grado en que esto no sea así, el conocimiento de las técnicas que vamos a proponer será de suma utilidad, ya que mediante ellas puede conseguirse elevar de un modo definido y en grado notable el nivel del rendimiento.



Causas de la falta de rendimiento

Por regla general la falta de rendimiento se debe:


- A que vivimos encajonados entre nuestro mundo interior de impulsos y el mundo externo de la sociedad. Las normas sociales cercenan desde nuestra infancia muchos impulsos que hemos de ir sacrificando en aras de la mejor adaptación a las exigencias externas. Y dentro nos va quedando un remanente cada vez mayor de energías no liberadas que posteriormente no encuentran forma apta para salir. Esta carga de energía reprimida es un contingente energético robado a nuestra mente consciente, que no puede hacer uso de él, es decir, de energía nuestra inutilizada, que empobrece nuestro posible rendimiento. E incluso, además, actúa en contra nuestra, pues empuja desde dentro en el inconsciente y nos vemos en la necesidad de evitar que salga, teniendo que emplearnos en ello, porque consideramos que echaría por tierra los valores de nuestro yo consciente, estructurado de acuerdo con las normas sociales.

- Tampoco conseguimos el máximo rendimiento porque el ambiente no nos ha estimulado a lograr el desarrollo de que somos capaces, a educarnos hasta el nivel que deberíamos de acuerdo con los recursos de que nos ha dotado la naturaleza. No se nos ha enseñado a vivir con plenitud, a dar todo lo que podemos dar. Se nos ha dicho que debíamos estudiar y rendir al máximo, pero no se nos ha indicado cómo, ni en qué. No es de extrañar que tengamos completamente dormidas muchas facetas de nuestra mente y de nuestra personalidad.



Factores que estimulan el desarrollo superior

La evolución ascensional de la persona hacia su completo desarrollo se pone en marcha y progresa cuando obra sobre ella uno de los dos factores siguientes, o ambos a la vez:

- el estímulo interior: el interés, la curiosidad, la aspiración, etc. que empujan al individuo a ir desarrollando de modo espontáneo sus cualidades

- una exigencia exterior que requiere de nosotros la actualización de nuestras capacidades. Necesitamos vivir equilibrados con el ambiente en que nos movemos, que constituye un estímulo poderoso para nuestro desenvolvimiento: cuando, por ejemplo, nos damos cuenta de que desconocemos cosas que podrían sernos muy útiles, sea desde un punto de vista económico, sea para aumentar nuestro prestigio, o porque son del dominio común, sentimos un fuerte impulso a informarnos sobre el particular. Tenemos una natural tendencia a querer saber lo que todo el mundo sabe.

Sin embargo, el estímulo externo está limitado por el promedio del nivel conseguido por las personas que forman la sociedad en que nos desenvolvemos. El ambiente deja de ser estímulo desde el momento en que nos encontramos a la altura de los demás. Ahora bien, aunque cese el estímulo exterior, por haber llegado a donde todo el mundo, no quiere decir que hayamos logrado nuestro pleno desarrollo. En realidad entonces no hemos conseguido de ordinario alcanzar la madurez, la verdadera edad mental adulta. Aparte de haber dejado sin cultivar importantes zonas entre las que podríamos encontrar los matices personales en que podríamos tal vez destacar.

Prueba de ello es que si, por determinadas circunstancias, nos vemos obligados a vivir en un ambiente más selecto, más cultivado y desarrollado, nos damos cuenta de que nos cuesta mucho trabajo ponernos a la altura debida. Y no hablamos sólo del aspecto intelectual y menos aún de una educación de las formas sociales, sino que nos referimos a todos los niveles que abarca la personalidad humana, desde el físico al de la voluntad espiritual, y, dentro de cada uno, a las diversas capacidades que abarca.

El hecho de que el promedio de la gente viva «en un grado medio» respecto al rendimiento de sus facultades es la causa de que nuestro desarrollo se haya quedado estancado de este «grado medio», que hemos llegado a considerar normal y hasta correcto, es decir, término de lo que debe conseguirse.

Ahora bien, por encima de esta apreciación en que abunda la mayoría de las personas, defendemos aquí que no es así: que todos poseemos muchas más facultades y los medios para cultivarlas. Y la prueba la tenemos, por ejemplo, en que, en situaciones de apuro, sacamos recursos insospechados de la riqueza de reservas con que contamos, y surgen cualidades en un grado que no solemos utilizar nunca en la vida ordinaria, tanto capacidad de resistencia física, de vigor, de esfuerzo, de rapidez, etc., como capacidad psicológica de inventiva, ya que en un momento dado, urgidos por la necesidad, descubrimos un nuevo modo de enfocar las cosas o de resolver un problema que se nos ha planteado, de energía de voluntad, de dominio de la situación, etc.

Éstas y muchas otras son facultades latentes que existen en todos nosotros y que no hemos desarrollado hasta el grado que nos es posible alcanzar en ellas, sea por falta de impulso interno -inercia interior, carencia de presión-, o porque no hemos tenido un estímulo externo adecuado.

Lo peor es que estamos tan acostumbrados a esta condición mediocre en que se ha estabilizado nuestra personalidad que ni siquiera nos damos cuenta de ella. Ni de que podríamos conseguir nuestro completo desarrollo -el nuestro, es decir, aquel de que nosotros somos realmente capaces, aparte del que otros hayan o no alcanzado-. Nos conformamos con lo que se considera normal en nuestro ambiente, y así continuamos.



Podemos realizar todos los estados interiores que anhelamos

Alguien podrá preguntarse si realmente es capaz de rendir más, de llegar más lejos. En el capítulo anterior hemos hablado ya de un indicio muy elocuente y seguro para conocerlo. La señal infalible y la garantía cierta de que una persona es capaz de un rendimiento superior al actual y de que puede verdaderamente vivir en ese estado superior es que exista en su interior descontento, malestar, protesta, rebeldía porque no se encuentra satisfecho de sí mismo. La persona que vive adaptada a su ambiente y que se siente en él del todo tranquila, sin inquietud, sin notar en su interior presión alguna de oposición al actual estado en que vive, es que, de ordinario, nada hay en ella pendiente de ulterior desarrollo.

La causa psicológica de este hecho reside en que las cualidades por desarrollar -cuando no están enteramente dormidas y en pura potencia, sino que apuntan de verdad en el individuo - despiertan, por disonancia con la inferioridad a que se ven obligadas a vivir, una protesta interior sorda, pero vehemente, que aflora en forma de irritación, descontento, malestar, indicando que algo debe cambiar.

La elocuencia de estos síntomas la hemos podido comprobar muy a menudo en las visitas clínicas de personas que nos han venido a consultar sobre sus problemas personales. En tales casos solemos mirar siempre a la capacidad reactiva de dichas personas, más que a lo que nos dicen, aunque evidentemente también esto lo tengamos en cuenta. Si demuestran una gran capacidad reactiva, una intensa rebeldía interior, un poderoso sentido de protesta, la energía de que son indicio estos estados es la materia prima que podemos invertir en provecho del propio sujeto. Entonces la cuestión se reduce a un simple problema de técnicas: transformar esa energía latente en actual y plenamente consciente. Y aplicando las técnicas convenientes, han conseguido resolver sus problemas y, al mismo tiempo, han aumentado considerablemente su coeficiente de energía y poder personal.

Si en realidad podemos cambiar y desarrollarnos subiendo a estados superiores es porque existen recursos en nuestro interior. No tiene que venirnos nada de fuera. Muchas veces envidiamos cualidades que poseen los demás, pero lo único que nos puede proporcionar una completa satisfacción es desarrollarnos nosotros del todo, actualizar toda la riqueza que poseemos dentro de nosotros mismos. Porque cualquier sensación, hasta la más pequeña, que podemos experimentar de limitación y de frustración proviene de nuestro interior, de que existen allí capacidades a medio actualizar. Ilustra esta idea la siguiente comparación: las copas que hemos colocado sobre una mesa pueden ser grandes o pequeñas, pero una vez que están todas llenas, en ninguna cabe más; lo mismo ocurre con los estómagos: los hay más voluminosos y menos, pero en cuanto todos han quedado saturados, ninguno ansía más comida, desaparece el hambre. Es decir, que el grado del hambre, de la necesidad de comer, viene dado por nuestra capacidad estomacal sin saciar, no por la capacidad de los demás. Si hubiéramos alcanzado nuestro completo desarrollo interior, no envidiaríamos a nadie; a lo más, disfrutaríamos viendo que otros poseen capacidades superiores. Y nosotros nos sentiríamos por nuestra parte enteramente satisfechos y pletóricos en nuestra vida.

Ahora bien, así como el hambre es la expresión de un vacío interior, de una exigencia de comida que necesitamos y el apetito indica incluso qué alimentos preferimos, que son de ordinario los que entonces somos más capaces de ingerir y asimilar -esto ocurre sobre todo a los animales, que no han embotado la capacidad selectiva del apetito, no equivocándose entre hierbas que son para ellos alimenticias y otras que les resultan venenosas-, de modo semejante, el deseo de ser más, de llegar a tener una gran energía, un mayor empuje, una serie de cualidades a, b, o c, procede de nuestro interior y viene determinado por la falta que sentimos de lo que no hemos desarrollado siendo capaces de ello. Por lo tanto, desarrollándolo por completo alcanzaremos nuestra plenitud y con ella la total satisfacción de nosotros mismos.

Como se trata de una afirmación de suma importancia, ya que puede transformar nuestra vida, haciéndonos llegar más allá incluso de donde habíamos nunca soñado, voy a repetirla y ampliarla. Todo lo que deseamos de verdad, con entera sinceridad, proviene de nuestro interior y, por lo tanto, podemos realizarlo en nosotros. Es decir, que podemos realizar absolutamente todas las cualidades internas, todos los estados interiores que deseamos y en el mismo grado precisamente en que somos capaces de desearlos.

¿Cómo? A su debido tiempo expondremos en este libro las técnicas concretas que nos conducirán a meta tan codiciada. Baste ahora con que el lector se dé cuenta de que no se trata de una exageración ni de una frase vacía o una afirmación gratuita. Es un hecho comprobado en innumerables experiencias que deriva de que todo cuanto somos capaces de desear es sólo una proyección, que se manifiesta a través de nuestra mente, de lo que potencialmente poseemos y está ya contenido en nuestro interior, en cuanto capacidad de conseguirlo. Claro que muchas veces es un estímulo externo el que despierta este deseo, pero nunca llegaría a brotar y a consolidarse si no existiese ya dentro la capacidad de su realización.

Esta capacidad no realizada pide y a veces exige con gran vigor expresarse en forma de afirmación de nuestra personalidad. La falta de afirmación es debida a las frustraciones sufridas, y nos hace experimentar la sensación de vacío respecto a parte de nosotros mismos y del deseo de llenarlo con las cualidades a, b, c.

Obsérvese bien que estamos hablando todo el tiempo de un deseo vivo en nuestro interior, no pensando fría y teóricamente, que entonces más que deseo sería conclusión intelectual. Sólo nos referimos, pues, a nuestra capacidad de realizar lo que brota en forma de impulso espontáneo de nuestro interior, de las profundidades de nuestro inconsciente, que es la fuente de información más genuina y segura de nuestras verdaderas necesidades.



Nuestras grandes fuentes de energía

Dentro de nosotros existen fuentes poderosas de energías que representan unos haberes positivos a nuestro favor, de los que solemos utilizar una mínima parte. Estas fuentes principales de energía son cuatro:


1. Nuestra biología.

2. Nuestro inconsciente.

3. Toda la vivencia, toda la valoración que hemos ido acumulando en nuestro interior proveniente de fuera, del mundo.

4. Los niveles superiores, llamémoslos espirituales o suprapersonales, de nuestra personalidad.

Llegar a conocer bien estos depósitos, saber a fondo las leyes por las que se rigen y aprender a sintonizar nuestra mente con ellos es tanto como hacernos con el secreto del método más eficaz para actualizar toda la energía de que somos capaces. Es disponer del medio seguro para llegar a la actualización total de nuestro ser.

4. NUESTRA ENERGÍA BIOLÓGICA




Principio básico de la incorporación energética

Conviene mencionar primeramente el hecho conocido de que la enfermedad disminuye nuestra natural energía física y psíquica. Cuando nuestra salud se resiente, decrecen nuestras fuerzas, nuestro interés por las cosas, nuestra facultad de sintonía con el mundo exterior -personas, situaciones, etc.-, en fin, nuestra capacidad de proyección y exteriorización.

Además, quien más quien menos, todos tenemos en nuestro cuerpo zonas u órganos débiles. Aunque siendo aún jóvenes no se aprecie todavía cuáles son, sin embargo existen y disminuyen el grado de energía vital. A veces incluso hay enfermedades larvadas, que más adelante se manifiestan, pero que existían ya en forma latente desde hacía largo tiempo.

Es evidente que cuanto mejor sea el estado de salud de que goce una persona, de modo más natural se sentirá lleno de energía biológica y psicológica. La energía biológica es la base primera de nuestra energía psíquica.

No hablaremos aquí del efecto natural de la salud sobre el estado de ánimo, sino de la posibilidad que tenemos de recoger energía psíquica directamente de los grandes depósitos que todos poseemos de energía biológica. Pues nuestra biología es un generador permanente e incansable de energía. Produce mucha mayor cantidad de energía de la necesaria para el consumo normal del organismo. La prueba es que cuanto más se necesita, más se tiene, aunque, naturalmente, con un límite que depende de la fortaleza de cada individuo. Son incontables los casos -y todos tenemos algunos en nuestra historia personal - en los que personas al parecer débiles han llegado a rendir hasta grados inconcebibles, al encontrarse en situaciones de grave peligro o de extraordinaria exigencia exterior o interior: en campos de concentración, en catástrofes, en hambres prolongadas, en guerras, etc., o en estudios, ejercicios ascéticos, etc.; somos capaces de un rendimiento tanto en despliegue de energía como en resistencia del que andamos muy lejos en nuestro vivir cotidiano. Energía que se produce en un momento dado y energía que se está continuamente generando.

Todo este caudal de energía discurre aparte de nuestra vida consciente. Nuestra mente, nuestro psiquismo, apenas se aprovecha de su riqueza. Sólo lo hace indirectamente, por el aumento de optimismo -euforia- que la salud y la abundancia de energía orgánica producen en nuestro estado de ánimo. Pero aquí hablamos de recoger esta energía biológica e incorporarla directamente a nuestra vida psíquica.

Si nuestra mente no se enriquece con la energía biológica es porque no es apenas consciente de ella. Siempre anda ocupada en sus actividades mentales, pensando, elucubrando sobre una serie de temas, y se olvida de los procesos biológicos que tienen lugar en nuestro cuerpo: así se explica que nunca tenga la oportunidad de tomar contacto con el depósito de energía de nuestras funciones biológicas.

Si aprendiéramos a relegar por unos momentos a segundo plano nuestras ocupaciones mentales habituales y centrásemos nuestra atención en nuestros procesos biológicos energéticos, la energía que desplegamos en ellos y que ahora recorre un circuito cerrado sin pasar por la mente, al poner en ella la atención, ampliaría su circuito incluyendo en él el hecho tan simple de ser objeto directo de la atención de nuestra mente, y entonces tomaríamos conciencia de esa energía biológica, que además de realizar sus propias funciones en el nivel fisiológico, incrementaría -y esto es lo importante - la conciencia de nuestra propia energía, es decir, nuestra energía psíquica. Porque, en definitiva, nuestra energía psíquica se nutre de la conciencia de la energía que poseemos. Si es mucha pero no somos conscientes de ella, de poco importa para nuestra vida práctica: obraremos como débiles en las reacciones y actitudes de nuestra vida psíquica. Pero si aprovechamos la que tenemos tomando conciencia de la mucha energía de que disponemos siempre -aun en el peor de los casos-, entonces gozaremos de la riqueza de una vida psíquica enérgica y vigorosa, fundada sobre una base real, ya que la energía de la cual tomamos conciencia es realmente nuestra.

La puerta de nuestra mente es la atención: la atención hace que nos abramos mentalmente en una u otra dirección. Por ella sintonizamos con las cosas, con las personas, con nosotros mismos. Cuando atendemos a una cosa, especialmente si lo hacemos, como es lo ordinario, en una actitud mental rígida y tensa, no percibimos las demás. Pero si dirigimos el foco de la atención hacia un tipo determinado de energía, la mente se incorpora aquella energía, porque se hace consciente de ella.

Este es el principio que sirve de base a las técnicas de incorporación de energía. De él se desprende que está en nuestra mano enriquecer nuestra energía psíquica a voluntad, pues sólo basta que prestemos atención hacia las fuentes inagotables de energía que posee nuestro ser.

Alguien podrá objetar que la energía no es única, sino múltiple y diferenciada, es decir, que la energía física, o la biológica, es de especie distinta de la psíquica y que por lo tanto no es posible aumentar la una con la otra. La dificultad se resuelve fácilmente sabiendo que la energía de nuestro ser es única, aunque queda especificada por los niveles que le sirven de cauce. Por esta razón podemos descargar nuestra energía en los distintos niveles: en el biológico, en el afectivo, en el intelectual, en el espiritual, etc. Los excesos sexuales son una descarga de energía en el nivel instintivo-vital, energía que también podría haberse sublimado, de haber estado cultivados los niveles espirituales, gastándola en el amor abnegado al prójimo, o en el estudio entusiasta y asiduo.

Por lo demás, este principio ha venido siendo cultivado desde hace milenios en técnicas orientales como el Yoga, que utiliza la atención de la mente dirigiéndola hacia los focos donde se acumula nuestra energía, para incorporársela. Sin querer ya referirnos a las facultades que adquieren por ejemplo algunos faquires indios con fines exhibicionistas, como la de permanecer largo tiempo sin respirar y suspendiendo muchas funciones vitales, o sufrir sin la más leve queja ni apariencia de dolor terribles torturas, etc., que no siempre son habilidades fundadas en trucos. Los casos legítimos de esta clase obedecen a un adiestramiento basado en aumentar la energía por una atención intensamente dirigida a centros que tienen la virtud de prestar fortaleza a la mente para dominar el cuerpo:

Existen principalmente tres tipos de prácticas muy indicadas para producir esta incorporación de la energía que reside en nuestro mundo biológico a nuestra mente consciente:
1. El ejercicio físico consciente.

2. La respiración consciente.

3. La relajación consciente.

Ejercicio físico consciente

En cualquier movimiento físico que realicemos, estamos generando energía y consumiéndola a medida que pasa a través de nuestro organismo físico. Es una energía física. Según el principio antes expuesto, si, mientras vamos ejecutando el ejercicio en cuestión, nuestra mente está atenta, siguiendo sus pasos y la sensación de potencia desplegada en él, la energía no será ya sólo física, es decir, no discurrirá únicamente por nuestro organismo, sino que pasará también por nuestra mente, que la convertirá en consciente, es decir, en energía psíquica.

Así pues, todo ejercicio físico que requiera esfuerzo, si se lleva a cabo con mucha atención y siendo plenamente conscientes de que somos nosotros quienes desarrollamos el esfuerzo, siguiéndolo por dentro, producirá automáticamente una incorporación de energía. No se trata de hipótesis, sino de hechos comprobados, y que, para salir de dudas, todo el mundo puede practicar y comprobarlos, puesto que están al alcance de todos.
Deporte, gimnasia, yoga
Con este fin puede aprovecharse cualquier forma de ejercicio físico: el deporte, la gimnasia, y sobre todo, lo recomiendo especialmente, el Yoga físico, es decir, el Hatha Yoga.

Los dos requisitos necesarios para obtener el fin pretendido de incorporación de energías son:


- que el ejercicio se practique con mucha lentitud

- que la mente esté por dentro bien consciente de la sensación de esfuerzo y de la energía que produce el ejercicio.


El deporte tiene el inconveniente de obligar a quien lo practica a estar tan pendiente del aspecto de lucha y competición que la mente no puede permanecer fácilmente atenta a la sensación corporal de energía. No obstante, tiene un fuerte efecto estimulante general por dos razones: porque mientras se practica el deporte, la mente descansa y se repone. Y porque con el ejercicio se estimula la circulación de energía, y por lo tanto, de un modo indirecto, también se beneficia el cerebro del incremento de energía en todo el organismo.

Sin embargo, aquí hablamos de entablar un contacto más directo con la energía circulante en el ejercicio, para aprovecharla al máximo: queremos tomar conciencia de la energía de un modo inmediato.

Por eso la gimnasia se acerca más a nuestro propósito, ya que prescinde de toda relación externa exigiendo una mayor atención a uno mismo. Aun así, el concepto occidental de la gimnasia no permite una completa concentración de la mente en los ejercicios, pues con frecuencia éstos han de ser bruscos, o no lo suficientemente lentos, mirando más al desarrollo muscular que a facilitar la concentración de la atención.

El ejercicio muscular ideal es un tipo de gimnasia como el del Hatha Yoga, que exige una gran lentitud en su práctica; más que ejercicios musculares son posturas que están premeditadas para producir efectos concretos sobre los plexos nerviosos y sobre las glándulas endocrinas. Cumplen a la perfección los requisitos citados para toda incorporación de energía física en el consciente, ya que es absolutamente necesario que se practiquen con suma lentitud, y se indica en cada ejercicio el punto donde ha de fijarse la atención y su desplazamiento durante el curso del ejercicio.

Por vía de ejemplo describimos a continuación las posturas del Hatha Yoga más importantes para incorporar energía.
El arbolito. Estando de pie, los brazos caídos junto al cuerpo y apoyando el peso del cuerpo sobre la pierna derecha, se eleva el pie izquierdo resbalándolo hacia arriba por la parte interior de la pierna derecha hasta poner el talón en la ingle y los dedos del pie apoyados con fuerza un poco por encima de la rótula. Puede usarse de las manos para colocar el pie así. Entonces, juntando las manos como en la oración, se elevan los brazos, inspirando lentamente hasta llegar a la mayor altura posible. Tras unos instantes, se dobla el tronco hacia adelante hasta tocar el suelo con las manos mientras se espira. Después de unos segundos empieza a levantarse inspirando hasta quedar con las manos arriba, que por fin baja volviendo a la postura inicial, delante del pecho. Espira y baja luego el pie. Descansa y repite lo mismo con la otra pierna (véanse figuras 1, 2 y 3).

La atención: durante la flexión, en el abdomen, y erguido, en la nuca.



Padahastasana o postura de la cigüeña. Estando de pie con los brazos caídos junto al cuerpo, los va levantando hasta que estén verticales, mientras inspira. Se mantiene así unos segundos sin respirar. Luego, espirando dobla el tronco hacia adelante, sin abandonar la postura de brazos y cabeza, hasta que ésta llegue a las rodillas y pueda cogerse los tobillos con las manos, permaneciendo así unos segundos sin respirar, con los pulmones vacíos. Luego yergue el tronco siempre con los brazos en línea recta y aspirando hasta recuperar la vertical. Y baja los brazos espirando (véanse figuras 4 y 5).



La actitud mental la dirige al punto central entre los ojos, dentro de la frente.
Bhujangasana o postura de la cobra. Sobre el suelo, boca abajo, y las palmas de las manos sobre el piso a la altura de las axilas, inspira, y empieza a levantar la cabeza y luego la parte superior del tronco, sin apoyarse en las manos, sino haciendo tracción con los músculos de la espalda. Cuando no pueda elevarlo más, hace uso de las manos para levantar el resto del tronco, con cuidado de no elevar la parte inferior, es decir, del ombligo hacia abajo. Entonces, tras unos instantes así, espira despacio, mientras perfecciona la postura. El tipo de respiración, durante el tiempo que se mantiene este asana, será superficial. Para descender, lo mismo, pero a la inversa, empezando por apoyarse con las manos hasta que pueda seguir sin utilizar más que el esfuerzo de los músculos de las manos (véase figura 6).

La atención está centrada en la columna vertebral, en las distintas vértebras que va doblando según progresa el ejercicio.


Shalabhasana o postura del saltamontes. En el suelo boca abajo, con los brazos a lo largo del cuerpo y las palmas sobre el suelo, apoyando la cabeza en el mentón o en la frente, se hace una inspiración completa, y con un impulso enérgico se levantan ambas piernas hacia arriba sin doblar las rodillas y se mantienen lo más alto posible de dos a diez segundos. El peso del cuerpo se apoya en la palanca formada entre el mentón o la frente, el tórax y las manos. Y entonces lentamente se bajan las piernas y se espira el aire (véase figura 7).

La actitud mental debe estar centrada en las últimas vértebras de la columna.
Ejercicio de extensión general. De pie con las manos juntas, los brazos caídos y pegados al cuerpo. Mientras inspira profundamente, levante ambos brazos hacia adelante y hacia arriba, paralelos, extendiéndose cada vez con mayor fuerza, como si quisiera desprenderse de ellos y elevarse sobre el suelo. Entre tanto, va levantando los talones, hasta quedar, cuando llega al punto máximo de extensión, de puntillas y con los brazos totalmente extendidos hacia arriba, tocándose las puntas de los dedos de ambas manos. Entonces continúe con la actitud total de máximo estiramiento y sostenga el aliento mientras baja los brazos hasta dejarlos en posición horizontal. En todo momento, pero sobre todo al llegar a ese punto máximo del ejercicio, interesa experimentar la sensación de estiramiento total de dedos, manos, brazos y hombros, y se consigue tratando de alejarlos del cuerpo con el mayor vigor posible, aunque sin movimientos bruscos (véase figura 8).

La postura horizontal de los brazos debe mantenerse tres o cuatr