Al otro lado de la laguna Estigia



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Benji quería ser un famoso psiquiatra autor de libros de autoayuda, y nos hizo una demostración de terapia con Martín tumbado en el césped(como si la hierba fuera un diván) confesándole su trauma infantil que le había hecho convertirse en un traficante de mayor.

Eli nos confesó que le gustaría ser enfermera, y empezó haciendo prácticas(siempre en la imaginación de unos niños jugando en el parque)en la consulta de Sebastián, quien aspiraba a ser un famoso cirujano plástico especializado en clientela del mundo del espectáculo. Ese día acudió a la consulta Maite para ponerse unos escandalosos pechos de la talla noventa y cinco.

Todos jugaban a ser algo en la vida, todos menos yo. Cuando me preguntaron si quería ser algo de mayor, les dije que no quería ser mayor. Odiaba crecer en un mundo sin sentido donde una profesión te podía marcar para el resto de tu vida, un trabajo podía definir tu valía en la sociedad. No quería representar ningún papel, y no estaba dispuesto a pasar por el aro.

Con el tiempo aprendes que nada es como te gustaría que fuese, y de los siete nadie cumplió con sus objetivos y aspiraciones en la vida.

Maite terminó como cajera de hipermercado trabajando cuarenta horas semanales por ochenta y dos mil pesetas, se casó con un camionero gallego y vivían de alquiler en una zona industrial de Barcelona.

Marcos puso un restaurante de platos combinados gracias a un préstamos de diez millones que le hizo su padre.

Esteban acabó de funcionario en una prisión después de aprobar por los pelos unas forzosas oposiciones que le obligaron a hacer sus padres.

Benji se hizo peluquero y hace una semana ignaguró su propio establecimiento situado dentro de unos grandes almacenes.

Eli murió en un accidente de tráfico después de pasar tres días seguidos bailando en uno de esos festivales de música rara que tanto gustan a los jóvenes. Iba tan drogada en el momento del impacto que se quedó con una astuta sonrisa postmortem.

Yo, en cambio, soy escritor en paro y de vez en cuando sirvo comida en una terraza de un bar especializado en pinchos morunos y patatas bravas. He escrito miles de relatos como este, y nadie se ha arriesgado a publicarlos. Hace poco gane un premio como guionista de un cortometraje, lo utilizo como un vulgar pisapapeles donde amontono las facturas que nunca puedo pagar. Nunca quise ser nada en la vida, y por suerte no soy nadie ni valgo para nada. Intento vivir sin lujos y sin emociones, soy uno más de esos jodidos niños que crecieron sin querer y que se aguantan resignados en una sociedad que no te permite ser feliz sino tienes un puesto de trabajo admirable.
Necrológicamente vivo

Paseamos y vemos que todo está cerrado; los muros grises de la ciudad ocultan la luz que de vez en cuando se cuela por alguna piedra ligeramente agujereada por el paso del tiempo; y pasa arrastrando miles de partículas; y mientras tanto las nubes se mueven muy rápidas, como en sintonía con todo lo demás; y todo es velocidad.

Nos dirigimos cautelosamente hacia un inmueble de ocho pisos donde reside el protagonista de esta increíble historia; un hombre serio y disciplinado que ha envejecido con elegancia hasta llegar a unos espléndidos cuarenta y tres años. Siempre tiene miedo, y eso lo convierte en una persona de difícil trato, un desconfiado. Tiene por costumbre comprar el periódico en el mismo quiosco y a la misma hora. Su nombre y apellidos son de lo más normales, cien por cien peninsulares, nada en él está fuera de lo común; y es que Javier García Rodríguez es un ciudadano que nunca destacó en nada. Se casó con su novia del Instituto, acabó su diplomatura en publicidad, y se puso a trabajar en el octavo piso de un edificio de oficinas perteneciente a una de las mejores agencias de publicidad del país.

Un sábado de agosto baja unas horas más tarde que de costumbre a comprar su periódico junto a su predilecta revista de la programación televisiva(no diré marcas porque ningún medio de comunicación ha querido pagar este espacio publicitario, ¡qué lástima porque la novela se está vendiendo que te cagas!)y su cupón de lotería rápida. Rasca las cuatro casillas para quedarse a dos velas, y seguidamente echa un vistazo a la programación de la semana; y lo hace sentado en el banco de una plaza cercana a su domicilio. Luego ojea el diario sin dar importancia a ninguna de las noticias, y ese misterioso día se para en las necrológicas donde puedo leer su propia esquela. Se asombra del escabroso hecho y enseguida mira la fecha del periódico para advertir que se trata del domingo siguiente. Le han vendido el periódico del día después y en él pone claramente que Javier morirá a las seis y cincuenta de la tarde víctima de un accidente de tráfico. Entonces se acuerda que le había dicho a su familia que los llevaría a pasar todo el santo día a la playa. Se pone a sudar como un cerdo mientras camina hacia su mierdoso apartamento familiar de sesenta y cuatro metros cuadrados. Un único lavabo minúsculo compartido con la foca de su esposa y dos niños malcriados de ocho y doce años. Al pequeño le pusieron el mismo nombre que al padre y a su hermana mayor la llamaron como la madre.

En agosto todo el mundo va a la playa como si fuese una obligación, no estar moreno supondría la degradación por parte de la sociedad que te rodea. Javier entra apresuradamente al inmueble donde vive y, sin esperar el ascensor, sube corriendo por las escaleras cayéndosele el periódico al suelo. Al llegar a casa Javier se desmaya, su mujer va rápidamente a socorrerlo.

-¿Qué te pasa cariño?-le pregunta asustada su dulce y preocupada mujer.

Javier no habla, no responde.

-¡Estás muerto!-le dice una voz interior que lo despierta de golpe.

Javier abre los ojos, su dulce(vuelvo a insistir con el dichoso adjetivo)mujer lo abraza en un cursi y desbocado acto de puro amor.

-¡Está aquí y viene a por mí!-exclama Javier atemorizado.

-¿Quién está aquí?, ¿qué coño estás diciendo?-se extraña su dulce(insisto)mujer.

-La muerte, la he sentido; y sé que ha venido a buscarme, está aquí por mí; y no se va a ir con las manos vacías, porque tiene sed. ¡Ayúdame!.

Javier se levanta con la cara completamente roja y con una desencajada expresión de horror como si hubiese visto a El Fary en tanga. Se dirige a la ventana y salta al vacío.

...unos días más tarde...

Un vecino de Javier sube por las escaleras tranquilamente y tropieza despistadamente con el periódico que hay tirado entre los escalones. Se agacha y lo abre justo por la página que habla del suicidio de su vecino. Mientras va leyendo observa como la foto que ilustra la noticia(la cara de Javier)empieza a cambiar de forma, el hombre se asusta y tira el periódico al suelo y sigue subiendo las escaleras.

...un día más tarde...

Una chica está fregando las escaleras del inmueble y se agacha a recoger el periódico que hay en el suelo.

...unas semanas más tarde...

Un basurero está limpiando las papeleras de un parque, en una de ellas hay un viejo periódico. Lo abre para leerlo y le sale una mano que lo agarra por el cuello. Y así es la muerte, una gran mano que no te suelta una vez que te tiene en su poder. Cuando te señala te vas, y todos hemos venido al mundo con nuestra propia señal.

Paseamos y vemos que todo está cerrado.


LA BANCA GANA
Natalia Sánchez había montado, a sus veinticuatro años, un supuesto próspero negocio de peluquería. Era un ejemplo claro de mujer emprendedora, una despreocupada empresaria que trabajaba cincuenta horas semanales para hacer frente a los innumerables pagos que la torturaban mensualmente. Jamás pensó en todo lo que le podía caer encima. No facturaba demasiado y los pagos a los proveedores se iban demorando, el gestor la agobiaba, sus padres y hermanos no dejaban de criticarla (dos hombretones mayores que ella, de veintiséis y veintiocho respectivamente), pero La Nati cogía fuerzas de cualquier sitio para afrontar diariamente la lucha con los estúpidos de sus clientes. En el banco, al principio de abrir persiana, la trataban como una diosa, pero poco a poco se les empezaba a ver el plumero; y sobretodo cuando empezaban a llegar cantidad de recibos impagados. Un día le sonó fuertemente el teléfono de su bien acondicionada tienda, escuchó la desagradable voz de la directora de la sucursal bancaria donde había solicitado su préstamo.

-Debes dos letras del préstamo, si no te pones al corriente con los pagos te lo reclamaran nuestros abogados.

Natalia se asustó y se puso nerviosa; es decir, sudores fríos, dolor lumbar, mareos, falta de apetito, y un largo etcétera de sensaciones.

Por la noche había quedado con su pareja, Luisa, una estupenda lesbiana de metro ochenta y cinco y perfectos pechos de silicona; y todo ello acompañado por un cuerpo fruto de duras sesiones de fitness; y unos profundos ojazos azules.

Luisa y Nati cenaron criadillas con tinto en un conocido asador argentino; y de primero compartieron una provoleta de gambas y otra de setas. Al finalizar el gustoso menú, decidieron pasear por un parque cercano en el cual Nati le comunicó la desgraciada noticia. Luisa la insultó de todas las formas posibles y le dijo qué cómo era posible que no se diese cuenta de lo poco rentable que iba a resultar el proyecto en el que se había embarcado. Lloraron juntas después de dos interminables horas de trapos sucios que sirvieron para que Luisa accediera a pagar las deudas contraídas por Nati con la condición de que está pusiera el negocio en traspaso lo antes posible.

La cosa siguió sin ir a buen puerto, y se volvió a pillar los dedos por segunda vez; pero se calló y aguantó hasta que el banco la embargó y la dejó tirada como una colilla.

-Corren tiempos difíciles para los negocios-le dijo la directora del banco.

Nati acabó su apasionado romance con Luisa y se propuso renacer con un nuevo trabajo y una nueva vida; olvidándose una vez más que España es el único país del mundo que te quita cualquier oportunidad de triunfar en la vida, en este trozo de mapa te despojan de todo sin ningún tipo de remordimiento.



Nati consiguió entrar a trabajar en una conocida cadena de fast food por ochenta y dos mil pesetas al mes. También tuvo que volver a sus estudios de empresariales, que había dejado colgados en el segundo año de carrera para estudiar peluquería. Se volvió heterosexual y conoció a un magrebí de treinta centímetros de pene llamado Hassan. Se fueron a vivir a una de esas jaulas de cuarenta metros cuadrados llamadas estudio; estaba ubicado en el gótico barcelonés y pagaban una mensualidad de cincuenta y ocho mil pesetas al mes más gastos. Sus vidas eran miserables y trabajaban para vivir y poco más. Todos los agostos se achicharraban de calor en una ciudad condal diseñada para que los ricos paseen por los jardines hechos con los impuestos de los pobres, ya que sus gestores se las ingenian para que los más favorecidos nunca paguen un duro y se les devuelva siempre un buen pellizquito.

Nati y Hassan fumaban porros como única opción para poder soñar en un mundo con tantos obstáculos para todos aquellos que tienen buenas ideas y que quedan supeditados a trabajos basura con ridículos salarios.

Hay un perro cabrón suelto llamado Estado y se caga en todas las esquinas para que los ciudadanos llevemos su mierda colgando de la suela de los zapatos. Nati y Hassan saben que siempre irán llenos de esa mierda que no se pueden limpiar por mucho que lo intenten, son dos piezas más de ese enorme engranaje político sin sentido que nos rapta para azotarnos con fuerza.

Creemos que miramos pero en realidad nos dirigen los ojos, creemos que respiramos pero en realidad nos dejan respirar, creemos que andamos pero en realidad nos trazan nuestro camino; y esta obra no cambiará las cosas porque qué es un solo hombre delante de un inmenso agujero negro.

Nati y Hassan saltan y gritan, se creen libres pero sólo lo intentan. Tenían sueños pero se equivocaron al intentar hacerlos realidad, porque los sueños son precisamente eso, sólo sueños.

Siempre puedes mirar al cielo y darte cuenta que eres pequeño a su lado pero que te permite observarlo, y eso es algo que no debes olvidar.

Nati y Hassan observan todo desde la barrera, trabajan y consumen. Todos contentos, sin ambiciones, sin necesidad de salir de sus degradadas condiciones sociales.

Algunas veces se preguntan lo que podían haber conseguido de la vida, pero no hallan la respuesta.

Tengo un amigo musulmán que los conoce muy bien, según él los dos están muy bien : enamorados y juntos. El otro día me invitó a una cerveza en una tasca de la plaza Virreina, me comentó que al llegar a Barcelona pensaba en todas las posibilidades que tenía una ciudad así para alguien de su condición, pero que se estaba dando cuenta de los brazos tan estrechos y cerrados que posee la ciudad con todos los extranjeros. Todo lo de fuera molesta, y creo que es la ciudad más xenófoba del mundo, y lo peor es que nadie se quiere dar cuenta. Nunca he visto tantos pies descalzos apaleados por hipócritas que alardean de su escondida hospitalidad. Cuando quiero desconectar cierro los ojos, ahora los abro y dudo a la hora de pestañear. Tengo miedo de contagiarme, de gritar en el lado contrario de mi beneficiosa lucha.

Ayer llovió toda la tarde, unas cuantas almas se mojaron, yo estoy seco pero lloro. He quedado con Hassan y Nati, igual viene mi otro amigo musulmán llamado Armand (el de Virreina). Son las ocho y cuarto en mi reloj, dijimos que nos veríamos a las nueve en la plaza Real. Llega la hora nos damos unos besos de cortesía y nos metemos, mal mirados, en un bar de tapas. A Nati le encanta la tortilla de patatas bien cuajada y con cebolla y ajo, a Hassan le chiflan las croquetas de pollo, en cambio Armand sólo bebé trinaranjus de limón con mucho hielo, yo no sé lo que quiero; y pasan los minutos mientras hablamos de fútbol, un jugador francés a fichado por el equipo de la capital; y a mí no me importa una mierda, pero no me inmuto y dejo pasar las horas.

Salimos a la calle y alzo la vista para ver unas peligrosas nubes negras que presagian la peor de las lluvias posibles. Nos mojamos hasta conseguir refugiarnos en un portal sitiado por la peor chusma de la ciudad, todos nos miran extrañados. Nati abraza fuertemente a su macho, Armand me mira a punto de echarse a reír, yo sigo pensando en mis cosas y ni varío en mi persistente apatía. Estoy cansado y no dejo de repetir en mi garganta el sabor aceitoso de esas vulgares croquetas de ave. Armand saca un pañuelo y se seca su cabeza rapada, lo hace con un elegante y sensual gesto. Nati lo mira con deseo y Hassan no se percata de la acción ya que mira fijamente cada uno de los coches que pasan.

Se me acerca una vieja para pedirme unas monedas y se las niego con un preciso ademán. La vieja huele a una extraña mezcla de orines, tabaco, y sudor. Al girarse echa un escupitajo al suelo, lo hace de forma brusca y salvaje; camina lentamente, como si no moviese los pies, casi clavada; viste de riguroso y haraposo negro y en ella destacan unas gafas de sol sin cristales que se clavan en una nariz aguileña imperial. Su voz casi no se oye, está perdida en el vacío, pero sus tristes ojos dicen lo que su garganta no puede pronunciar.

Nati se lía un porro mientras la lluvia cae con descaro y violencia, casi parece que se levante el agua desde el mismísimo suelo; y es cómo si fuese todo al revés.

Justo delante hay una sucursal bancaria, y Nati la mira con asco; y también con miedo, pero sobretodo con mucho asco. Y sus ojos se mueven desde el porro hasta el banco, y otra vez vuelta a empezar.



Se para un taxi justo delante nuestro, se abre la puerta y baja una mujer cincuentona de cuidado aspecto y con paraguas de diseño en la mano derecha y bolso también de diseño en la izquierda. Entra en el portal y a posteriori cierra el paraguas y se toca su larga cabellera rubia. Me fijo en las estupendas sandalias sin talón de Farrutx que me permiten disfrutar de sus perfectos dedos en unos estilizados pies de sirena. Lleva una falda de cuadritos, larga, y elástica, con botones y una espectacular obertura donde muestra una largas piernas atléticas. Me mira directamente a los ojos para dirigirse hacia mí, pero después pasa de largo y sube las escaleras. Miro a mi alrededor, y después de clavar mis ojos en mis tres amigos corro por las escaleras hacia arriba. Casi sin poder respirar, me paro en uno de los pisos después de ver una puerta semiabierta. La empujo y entro sigilosamente pero no veo a nadie mientras me detengo en cada una de las baldosas rojas del apartamento. Recorro un largo pasillo hasta llegar a un comedor perfectamente rectangular. La música está puesta, suena Kayleigh de Marillion. Paso del salón y voy hacia uno de los lavabos, la puerta está casi abierta y se escucha el ruido de la ducha. Veo ,detrás de la cortina del plato de ducha, su escultural silueta pasándose una especie de esponja. Me pongo muy cachondo y empiezo a sudar por la frente. La cortina se abre y se percata de mi presencia sin asombrarse en absoluto, es cómo si me estuviese esperando. Me agarra fuertemente de la cintura y me empuja hacia ella, dándome un fuerte morreo durante toda la acción. Me cuesta respirar hasta que separa sus jugosos labios de los míos. Ahora aprovecho para coger aire y respiro salvajemente mirando las gotas que cuelgan del techo. Ahora miro hacia abajo para contemplar sus eróticos pies de uñas pintadas, voy subiendo hasta ver su despejado pubis, su agradable ombligo, y finalmente sus dos pechos tan bien formados. Me vuelve a besar y me vuelvo a ahogar. Me cae agua en la cabeza, está fría; pero sigo teniendo calor, y eso me molesta muchísimo. De golpe me baja los pantalones, y también mis calzoncillos de Calvin Klein; en cambio la camiseta me la saco yo mismo, es mucho más sexy que lo haga así. Se agacha hasta llegar a mis partes para metérsela entera por la boca. Luego para, cierra el grifo del agua, me coge de la mano y salimos empapados de la ducha. Abre uno de los armarios para sacar dos toallas enormes con las iniciales J.C., me seco rápidamente y luego me envuelvo en ella. La mujer hace exactamente lo mismo pero se pone la toalla en la cabeza. Salimos del baño y se tumba boca arriba encima de un colchón de agua de una de las habitaciones donde entramos. Ahora suena la canción Everybody’s got to learn sometime de The Korgis. Nos besamos con una mezcla de erotismo y ansiedad, me mira a los ojos, yo también la miro; estoy sintiendo a una mujer como hacia tiempo no sentía. Es todo muy especial, cierro los ojos y vuelo y lo veo todo azul; y me está sucediendo a mí. Finalmente saca un preservativo que hace que se convierta todo en una liturgia rutinaria más en nuestra antes apasionada toma de contacto. Cuando estás con una mujer siempre sucede lo mismo, al principio sientes e incluso te atreves a mirar hasta que un oscuro hastío embarga la agradable situación como si fuese un banco al que le debes dinero. Me corro, sudo, y me canso; y esto último sobretodo. Me levanto para dirigirme al lavabo donde me saco el preservativo que dejo encima del bidé. Me echo rabiosamente agua en la cara, me miro frente al espejo y veo a un infeliz que ha pegado un polvo para seguir siendo aún más infeliz. Nada cambia, todo continúa siendo más de lo mismo. Por cuántas historias debo pasar para entender el significado de mi vida.

Vuelvo a la habitación para coger la cajetilla de cigarrillos que tengo en mis tejanos de marca. Ahora suena la canción Don’t let the sun cath you crying de Gerry and The Pacemakers .Salgo al salón donde me tumbo en pelotas en un sofá de cuero negro y enciendo el cancerígeno objeto de mi deseo, me lo fumo lentamente hasta que empieza a sonar una de esas melodías de serial televisivo de un móvil. Oigo como la mujer se despierta y se pone a hablar. Después de una discreta conversación de dos minutos sale vestida y con el paraguas en la mano y me dice lo siguiente:

- Bueno Braulio Ramírez me debes quince mil pesetas.

Me quedo totalmente perplejo y le contesto enfurecido:

- Yo no me llamo Braulio, me parece que aquí ha habido un malentendido.

La mujer empieza a echar chispas y eleva notablemente su tono de voz.:

- ¡No te hagas el sueco!, me dejaste un mensaje en el contestador diciéndome que quedábamos aquí y que guardabas la llave bajo la alfombra. Me esperarías en el portal unos minutos y luego subirías para que no nos viesen entrar juntos. Yo me tenía que duchar y tu entrarías luego.

La bromita ya me empieza a sacar de quicio, y añado:

- ¡Qué coño es esto, acaso es una de esas coñas de cámara oculta!.

La mujer se pone pálida de golpe, casi no sabe que decir. Sin darme cuenta apago el cigarro y enciendo otro. Vuelvo a sudar. Ella se pone a llorar y me levanto para abrazarla y consolarla. Nos sentamos en el sofá y me explica cómo ha llegado a convertirse en prostituta:


  1. Conocí a un porteño del que me enamoré locamente, entonces me comentó su idea de abrir un bar musical. Enseguida ...(pausa larga)...fui al banco para pedir un crédito. Le dejé el dinero y el muy cerdo se marchó. No sabía qué hacer, estaba en la ruina; y fue entonces cuando un amigo me habló de poner un anuncio en el periódico como chica de masajes.

  2. Curiosamente tengo una amiga que le pasó algo parecido, tenía un sueño y montó su propio negocio, y todo le fue mal y se quedó con una deuda acojonante. ¡Claro está qué ella no se ha metido a puta!, bueno, hace algo parecido. También se pasa el día rodeada por trozos redondos de carne.

La mujer se echa a reír, yo hago lo mismo por empatía. Saco dinero de mi cartera, unas veinte mil pesetas, y sin que se dé cuenta se las pongo en el bolso. Por un momento notó que lo sabe, me ha parecido que miraba de reojo. Hablamos largas horas, y me apunta su teléfono con un lipstick rouge en mi mano derecha. Nos besamos y le seco las lágrimas con mis pulgares antes de que el rimel la ennegrezca el rostro. Pienso que ha sido una noche estupenda, y que ese Braulio se ha perdido una buena pieza. Seguramente estará en un portal resguardándose de la lluvia, o a lo mejor se quedó sin dinero por culpa de un cajero estropeado; me lo imagino dándole golpe y maldiciéndolo por haberse tragado su tarjeta de débito.

En definitiva, si queréis algo con mucha fuerza primero debéis pedírselo a alguien cercano; ya que seguramente os lo dará, y sino no vayáis jamás al banco porque siempre te cobran más de la cuenta; y nunca pierden, siempre ganan.

A veces pienso que lo vida no es más que una sucesión de crueldades por las que debemos pasar para aprender que nada es para siempre, que todo es efímero. Cambiamos de trabajo, de pareja, de casa, de coche, de amigos, y un largo etcétera que nos endurece. Aunque olvidamos que son tan sólo cambios, todo es fugaz.

Yo no debo dinero al banco, hace poco me planteé pedir un crédito para comprar un coche nuevo pero me di cuenta que mi viejo trasto es lo único que puedo poseer con plena libertad y sin deudas. Además le tengo un cariño especial porque tiene algo que ni con todo el dinero del mundo se puede comprar : mis recuerdos.



Un simple mensaje, una complicada respuesta
El ganado obstaculiza el paso de los automóviles que se dirigen a ese pequeño pueblo rural donde se celebran unas armoniosas y perfectas fiestas municipales para dar la bienvenida al verano. Los informes hablan de serios problemas en el abastecimiento de agua.

Conseguimos llegar con nuestra camioneta alquilada a las cinco y cuarto de una calurosa y horrible tarde de sol. Todos llevamos gorra y gafas protectoras. Matilde se ha llenado la cara con una crema de factor veinte, en los brazos ha gastado un veinticinco, en sus blancas piernas un treinta, y en el abdomen pantalla total; y todas las cremas son waterproof. Paco se ha comprado una gorra de los Rolling’s, negra con una lengua roja en relieve. Jacinto lleva una de promoción de una conocida marca de tabaco americana. Yo, en cambio, soy un poco más sibarita y me compré una de Ralph Lauren de color azul y con el dibujo del caballito en rojo.

Lo primero que hacemos al llegar al pueblo es descargar el equipo y subirlo al auditorio. Paco y Jacinto cogen las cámaras y los tres focos que hemos traído. Matilde se encarga del equipo de sonido (grabadora, percha, y varios micrófonos) y de la nevera con las bebidas. Finalmente, yo cojo los monitores, un par de silla y la bolsa con los bocadillos.




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