Al otro lado de la laguna Estigia


parte de una tribu urbana, y yo soy miembro de excepción de los hippys amargados que critican la política involucionista del Gobierno



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Todos formamos parte de una tribu urbana, y yo soy miembro de excepción de los hippys amargados que critican la política involucionista del Gobierno.

Mi lucha lleva traje propio : sandalias, camisas largas y anchas, pelo largo y barba de una semana, pantalones lilas, gafas de pasta de diseño italiano, y porro de hachís en la mano derecha.

El hombre que golpea se sienta a mi lado con la pistola cargada y me apunta; y estallo en un apasionado llanto de cólera y hastío; y sufro por la injusticia que ha caído como una tormenta sobre los hombres.

Me acorralan y me pegan, y puedo ver otra vez al hombre que golpea que lo hace con ganas; es una prostituta del Estado sin amor, sin fuerza en el corazón; es un alma sin construcción, casi desplomada y llena de cicatrices provocadas por la falta de entendimiento de cada una de sus acciones. Le han mandado cargar contra seres humanos que respiran su mismo aire, personas con las que camina sin ser visto en este difícil mundo contaminado por todo pero sin haber encontrado todavía a un causante que se haga responsable de la catástrofe. Mis hijos ya no verán la luz y no pedirán más clemencia para mantenerse dignamente en pie, nosotros (los de ahora) nos sentamos en círculos con nuestras viejas sandalias del verano pasado para ver como se destruye el mundo que otros crearon.

Los perros del Gobierno se preocupan sólo de su mes de mierda estival dónde gastarán el dinero de sus cobardes opresores, y pensarán en su vuelta al trabajo. Los psiquiatras ya se han dado prisa en inventar una nueva enfermedad denominada síndrome post-vacacional. ¡Menuda chorrada!.

Todos necesitamos creer en algo y siempre emparejamos un problema cotidiano con una enfermedad mental. Así todos estamos más tranquilos y nos amparamos en un tratamiento basado en la actividad en una sociedad que se quema lentamente sin poder socorrerla a tiempo. No se puede apagar el fuego de la ira de millones de seres humanos. La política se basa en tapar los ojos a la población para que no vea claramente lo que les va a caer del cielo. Hagamos lo que hagamos ya estamos condenados por nosotros mismos o similares. Al fin y al cabo ya no hay nada que te permita reaccionar, hemos caído desde lo más alto hacia lo más lejos.

El hombre que golpea no enseña su rostro, se ha infiltrado entre los manifestantes como un cobarde más que privará a sus propios hijos, si es que los tiene, del aire que ahora mismo él respira.

Según Ibsen los hijos pagamos los pecados de nuestros padres, y a las generaciones venideras les queda mucho que pagar, la cuenta se ha incrementado notoriamente; y es una cuenta que sólo se podrá saldar con vidas humanas.

El hombre que golpea logra detenerme para arrastrarme al final, pero allí no queda nada, no hay nada, sólo está la muerte. La puerta se cierra, me muero para poder estar vivo.

Abúlicamente

La soledad es imposible, pues está poblada de fantasmas.

ENRIQUE VILA-MATAS
Me despierto cansado y con los ojos tristes debido al potente efecto de los tranquilizantes que estoy tomando. Tengo una especie de depresión debida a un fuerte shock traumático que sufrí al ver morir a mi amada esposa de cáncer de colon. Se lo diagnosticaron a los cuatro meses de nuestro matrimonio, y la postró en cama durante ochenta y seis días más. Fue todo tan rápido que el de arriba no me dio tiempo a echarla de menos. Mis amigos ya no llaman, puesto que se han cansado de mi amargo llanto. Hace nueve meses que vivo inmerso en mi particular locura lacrimal. Me siento como un pez que ha picado un enorme anzuelo.
Me ahogo lentamente, y no puedo arrancar esa minúscula cuchilla que se ha aposentado en mi gaznate. Sangro sin mancharme, en apariencia; otras veces sangro de verdad, y es en forma de amargas lágrimas. Estoy solo, vivo, pero muy solo; la soledad no es mala, pero es una compañera que no te cae del todo bien; y es que nunca habla y cuando lo hace te obliga a callarte. Las respuestas van navegando sin encontrar una buena pregunta a la que contestar.

Dulce rostro de mejillas sonrosadas y ojos azules, el pelo desenredado y fino; y siempre cubriendo su cara, cómo si no quisiera que descubriesen su lánguida y ausente mirada de provocadora de la belleza. La recuerdo bajo la presión de mi triste agonía nostálgica de perdedor cum laude.

Hace diez años caminaba solo por las calles de Barcelona, me acababa de dejar una novia esquizofrénica con la que estuve seis meses exactos de estúpidas discusiones y desagradables sesiones golfas de cine francés en versión original; que aburrido resulta ser intelectual o ir de listo por la vida.

Soy una vida sin luz que ni siquiera puede aburrirse mirando las mismas caras de siempre, no tengo a nadie, no tengo a quien ver, a quien mirar, algo que reconocer.

Me duermo y a las dos horas me despierto sudando y solo; y suenan tambores , porque en la soledad siempre hay mucho ruido, y suele ser un ruido martilleante; son muchos latidos que se despliegan a lo largo de tu cuerpo.

SUENA EL TELÉFONO : ¡RING,RING,RING...!.

Es Elena que me quiere pegar un polvo, pero antes desea visitar una exposición de pintura vanguardista, y luego ir al cine a ver una de esas paranoias mentales de algún seguidor de Tarkovsky.



Siempre te tragas mierdas freudianas de chalados mentales que pintan barcas azules bajo fondo gris, o dirigen documentales de hora y media sobre yonquis homosexuales que hablan de la mala suerte de vivir en un mundo injusto; y todo grabado con cámara al hombro(steadycam) y música de Bach.

Elena es una hortera de cuidado(la recuerdo en tiempo presente)ya que no combina ningún color en sus espectaculares modelitos que son una mezcla de Versace y Mango. Es una chica que sufre al respirar debido a su particular visión idealista del mundo, es una inconformista nata que quiere arreglar el mundo, pero no su propio mundo.

Se sacó el carné de conducir en la proximidad de los cuarenta años. Su vida es como una película de John Woo, a ralentí, siempre esperando que los demás den el primer paso.

No entiendo cómo me pude enamorar de una persona así, pero no es fácil resistirse a una persona tan defectuosa, siempre fui un forofo de los defectos femeninos. Elena tenía una particular afición a la masturbación clitoridiana, y eso le hacía despreocuparse por completo por realizar sexo conmigo. Al principio de conocernos, me llamaba semanalmente para follar, pero mi cuerpo cuarentón no podía aguantar demasiadas erecciones, y Elena no era presa fácil en la cama; tardaba unos tres cuartos de hora en correrse, y yo en quince minutos ya me había ido, y eso me hizo plantearme el sexo oral preliminar que consistía en pasarle mi lengua por el clítoris; luego la masajeaba, y cuando estaba a punto de correrse le metía mi pene estrecho durante diez minutos exactos; acabábamos sudando y gimiendo, como si fuésemos actores porno.

Nos conocimos en un bar musical al que solía acudir después del gimnasio; y allí estaba yo a las siete y treinta y cinco, con mi pelito mojado, y unas gotas de Gaultier en mi vistoso cuello de cisne. Fue una época en la que me dio por llevar sandalias menorquinas, las tenía de todos los colores.



Ella se fijó en mis horribles pies que suspiraban un podólogo a toda costa. Se me acercó y me comentó que su padre era un especialista de renombre en el campo de los juanetes, y una eminencia de los callos.

Me atreví y pedí hora después de aceptar amablemente la tarjeta con el teléfono de la consulta situada en el numero diez de la conocida calle Mallorca.

Elena, por aquel entonces, trabajaba de enfermera. Sentí una enorme vergüenza al descalzarme delante de ella y de su padre, el doctor Santamaría. Las jodidas sandalias me provocaban una fuerte olor a Manchego semi-curado.

El doctor me regaló un millón de sonrisas nerviosas cada vez que presenciaba el intercambio de miradas entre su hija y yo, el poseedor de los pies más desagradables del planeta.

En la primera visita pague seis mil pesetas, y me realizaron un molde para unas plantillas de doce mil que debía pagar a la semana siguiente. Acudí sin nervios pero preocupado por si podría llevar plantillas con mis habituales sandalias, la respuesta fue negativa y el doctor me condenó a llevar otra clase de calzado. También me recetó unos polvos para los pies. Elena me acompañó a la puerta, y cuando iba a cerrar la puerta, se detuvo para invitarme a cenar en un mejicano especializado en frijoles con machaca y agua de Tamarindo.

Esa noche Barcelona estaba a treinta y dos grados, y si a eso le unes la comida picante te conviertes en un pollo mojado de arriba abajo.

En aquellos años yo vivía en un tranquilo barrio de Granollers; siempre me había perseguido el silencio durante mi triste vida, era algo premonitorio. Elena, después de la cena me invitó a una ducha en su casa para evitarme un desagradable viaje mojado hacia mi querido Granollers.

Por supuesto que acepté, y sin intenciones sexuales en la cabeza, aunque ella si las tenía, y muy claras. Al llegar me fui al baño de cabeza, después de pedirle cordialmente una toalla grande. Me entregó una con un agradable perfume a suavizante. Cerré la puerta dejándola entreabierta por si Elena deseaba preguntarme algo. Y sin vacilaciones, la chica entró desnuda y con un preservativo en la mano. Se metió sin contemplaciones en la bañera conmigo, y comenzó a tocarme el pene. Después se lo puso en la boca mientras yo le enjabonaba el pelo con un Fructis de Garnier. Utilizamos también unas Perles de Bain Parfumées de Van Cleef, y un Body Scrub de Make Up Store, un estupendo gel exfoliante.

Me puso el preservativo con la boca, y la envestí fuertemente hasta corrernos. Al salir nos dimos un Body Cream Scape de Calvin Klein.

Luego Elena pulverizó la almohada con Sep Perchance Dream Pillow Mist Sensory Therapy, lo que nos proporcionó un sueño relajante de tres horas. Al despertar miré el reloj, eran casi las tres de la madrugada y debía marcharme ya que entraba a trabajar a las ocho y media, y tenía que ir a mi casa a cambiarme de ropa y coger el maletín con los dossieres. En esos años tan gratificantes trabajaba en una prestigiosa empresa de asesoramiento e inversión, y tenía una consultoría esa misma mañana con el Presidente de Motorola PC para dirigirle el programa de “marketing”.

Elena se despertó y me acompaño desnuda hasta la puerta donde me beso desaforadamente. Antes de marcharme, saqué un bolígrafo de mi bolsillo y le apunté en sus nalgas mi teléfono.

-Mírate al espejo y descubrirás mi número-le dije misteriosamente-.

Bajé las escaleras, ya que no me apetecía esperar el ascensor. Nunca tuve paciencia para esperar.

Al día siguiente Elena y yo volvimos a quedar, y así sucesivamente hasta el día de nuestra boda. La celebramos en el barco de su abuelo, un magnate dedicado a la ortopedia. Había cumplido los cuarenta y tres años, y por fin estaba casado.
Me libré de la silenciosa soledad durante unos agradables y complacientes meses de amor y amistad. La quise, es verdad que la quise con locura y precaución. Me enfrenté a un duelo diario de confianza, sacrificio, y total entrega; y todo gustosamente, y cada día era mejor que el anterior; y hacíamos el amor semanalmente pero con el corazón en la mano; y todo con nuestras mejores sonrisas.

Un nueve de febrero a las siete y cuarenta y tres de la tarde llegó llorando a casa, le habían diagnosticado un incurable cáncer que se la llevaría sin concesiones. La enfermedad fue como una tercera persona viviendo en casa, pero nuestro amor era tan fuerte que nos mirábamos intensamente durante unos preciados minutos al día, en la acción nos cogíamos fuertemente de la mano, e incluso llegábamos a creernos la esperanza de superar la enfermedad juntos. Había más ternura en nuestro contacto físico que en cualquier pareja sana de dieciochoañeros.

Me despierto cansado y con los ojos tristes debido a su ausencia. No está, se ha ido para siempre.
Cada mirada
Siempre mira igual, con grandes dosis de sexo; en sus ojos se refleja el deseo, siente muchas irrefrenables emociones. Es como si me necesitase, suplica una oportunidad para abrazarme y decirme qué tal le va la vida. A mí no me ha ido mal del todo, tengo un perro que me quiere y un coche que se queja cada diez mil kilómetros. Mis padres viven tranquilos en un lujoso apartamento de noventa metros cuadrados situado en una urbanización sin hooligans de Ibiza; pero mi vida es más sencilla que la de mis progenitores, toco la guitarra en un club de jazz del Born barcelonés y vivo muy cerca de allí, en un estudio de cincuenta metros cuadrados por cuarenta napos al mes. Y me siento triste pero contento porque vivo para mi música, y hago lo que quiero, menos follar como me gustaría y con quien me gustaría. Magda es la camarera del local con la que me gustaría pasar un cuarto de hora de sexo guarro y masoca, donde las reiteradas penetraciones anales la hiciesen soñar con un universo de colores y un perfume cósmico de endorfinas revoloteando en compañía de una docena de mariposas rojas.

Magda tiene un tipito de lo más adorablemente escandaloso, siempre lleva sandalias de plataforma a lo drag y minifaldas de temporadas atrasadas de Zara. Su pelo es una cascada salvaje de rizos negros en busca de un trozo de cara donde colocarse cruelmente para ser acariciados por sus aterciopeladas manos(no sé como se lo hace siendo camarera)que vuelven cada mechón a su sitio correspondiente. Su dentadura es obscenamente perfecta, y acompaña a unos enormes labios africanos. Es la más sexy de la tribu (me refiero a la peña del bareto) y además lo sabe. Lo que más cachondo me pone es verla cogiendo cajas y cargando las jodidas neveras pegajosas de la barra del final del escenario. Yo toco los jueves y viernes por veinte mil a la semana y cualquier copichuela que me venga de gusto. Algunas noches también me pagan la cena: un puto bocata de hamburguesa fría con queso y desagradable pepinillo francés avinagrado(la especialidad del restaurante de la esquina), y todo acompañado por una consistente salsa de yogurt y ketchup. La Merche(otra de las camareras)se lo come en cinco segundos, la muy guarra se lo traga como si fuese un pene egipcio de algún estilizado faraón.

La Magda dice que la Merche es una viciosa de cuidado, se ve que la pilló en el almacén haciéndoselo con el repartidor de las birras. Cada noche el local se llena de desconsiderados turistas occidentales amantes del daiquiri y consumidores empedernidos de Ron Punch(un brebaje dionisiaco de ron, zumo de naranja, y grosella). La música de mi guitarra acompaña sus estados insolentes de embriaguez, y a veces hace de suave banda sonora de sus sutiles esnifadas en los sucios y desagradables baños repletos de orines. La Magda es novia de Josema, el pianista cubano admirador de Michel Camilo con el que lleva seis años de estúpido noviazgo idílico. A Josema lo conocí una noche de putas en un lujoso hotel de Panamá donde hicimos un festival de Jazz latino producido por Rubén Blades. Desde entonces nos hicimos íntimos amigos y creamos el dúo Charanga, el encontró el curro en el bar. Antes estuvimos un año deambulando por las calles de Gijón, donde incluso llegamos a actuar en el mismísimo teatro Jovellanos durante una gala benéfica para los niños del Tercer Mundo. Allí conoció a la Magda durante una sesión de madrugada de Surf, los dos mantiene este hobby playero. Siempre lleva unos ajustadísimos modelitos de Quicksilver que realzan su enorme busto de noventa y cinco.

Sus muslos quedan aprisionados bajo elegantes pantalones blancos de cremalleras, y su culo queda bien sujeto gracias a sus minúsculas tangas de precisión. Es toda una mujer-estatua llena de suave glamour caribeño. Es la responsable de mi primer mojito de la noche. La Merche en cambio, es muy calorra y viste como una foca de circo en una piscina municipal de algún pueblo costero de Filipinas. Josema fuma puros cubanos, y nos contagia con sus embrujadas notas rítmicas que obligan a bailar sin ser escuchadas. Es un misterio que sólo conocen sus perfilados dedos.

Aprendí a tocar la guitarra al mismo tiempo que me inicié en el importante arte de la masturbación; es decir, a los doce años de edad, y en mi pueblo natal murciano : Los Alcázares.

Allí hacia tanta calor que tu mente se envenenaba de lascivia, lo que despertaba unas crueles ganas de mover tu miembro hasta quedarte empapado de una extraña mezcla de semen y sudor. Una tarde me hice un pajote en la playa, mientras contemplaba las abusivas olas de un mes de marzo. Me corrí en la arena, que a posteriori pude remover con los pies para ocultar los millones de espermatozoides que iba desperdiciando con mi todavía desconocido e inidentificable mundo de música y sexo.

La guitarra me la regaló un rockero vecino mío que murió de sida con tan sólo veintiséis años, era un poco maricón y tantos viajes a Grecia lo llenaron de esperma malo que le derivó en una cruel inmunodeficiencia. Su cara se volvió cadavérica como el dibujo que llevaba detrás de su chupa de cuero llena de estrías . Ese instrumento estaba poseído por su odio y rencor hacia la jodida y desastrosa sociedad, cada vez que la tocaba me convertía en un despiadado diablillo de película de serie B americana.

Mi apodo artístico era Jim Alcázar, aunque me llamaba Francisco Navarro Rodríguez(un habitual y desapercibido nombre de españolito de a pie) y no sabía hablar otra cosa que no fuese castellano con tacos.



Mis padres se querían, y pude disfrutar de un estupendo buen rollo familiar toda mi vida. Me emancipé a los dieciocho, al día siguiente de ver una película de Bruce Lee en el destapado cine de verano de Los Urrutias en Punta Brava. Quería ser tan grande como Bruce pero dando golpes de guitarra, y lo conseguí después de patearme media Asturias con mi sidoso instrumento de precisión de aquel pobre rockero mariquita.

A los veintiuno me trasladé al barrio de Carabanchel en Madrid, donde vivíamos Josema, Magda, y yo en un pisito de sesenta metros cuadrados a reformar y con butano. Nunca teníamos nada en la nevera, y eso hizo que nos espabilásemos a todo gas. Por las mañanas tocábamos en el metro(en la parada de Antón Martín)y por las tardes en un cutre club del barrio de Bilbao. Siempre terminábamos hasta el culo de cubatas y cervezas que nos tiraban esos imbéciles amantes de OBK. El techno arrasaba por aquellos años sin cabida para un jazz de precisión como el que hacíamos Josema y yo. Entonces nos decidimos a abandonar la ciudad del Bernabéu para aposentar nuestros culitos en otro cutre y butanero piso del Raval barcelonés. Allí nos fue un poquito mejor, ya que la ciudad Condal gozaba de mayor infraestructura musical : los túneles de los transbordos metropolitanos eran mucho más largos y estrechos, lo que nos permitía un mayor acercamiento a nuestro público. En esa época de calamidades, fichamos a un saxofonista Jamaicano llamado Néstor Cifuentes. El tío era un gorila de dos metros amante del zumo de piña y la paella congelada que había venido a Barcelona en busca de una pedagoga con la que se enrolló en un hotel de su lisérgica isla. La muy zorra le dio un teléfono falso y una equivocada dirección.

El tío estuvo tocando con nosotros hasta reunir el dinero para el billete de vuelta, fue una putada de las gordas porque Néstor era muy grande. Josema encontró por casualidad a un gordo que tenía un bar de mojitos en el Born y que nos alquilaba un piso en mejores condiciones en las que estábamos. Nos pusimos a tocar dos veces a la semana, y pudimos colocar a la Magda detrás de la barra. Durante la semana daba clase de guitarra a pijos que iban de hippys y hablaban con más eses que la familia Martínez Bordiu. Por las tardes hacía encuestas a doscientas pelas el cuestionario para colaborar con un consumismo idiota que sustentaba una sociedad capitalista que envenenaba a los ciudadanos con innecesarios productos que compraban para no utilizar jamás. Yo hacía preguntas tan útiles como: ¿dime cinco marcas de yogurt?, o ¿que marca deportiva consumes habitualmente?.

Mi vida no me la cuestionaba nunca, aunque con un currículum así se reducían mis posibilidades sexuales. Ninguna mujer me podría mirar con un mínimo de interés suscitado, y en este mundo las miradas son la clave. Ahora, querido lector, alza la vista y dime qué estás mirando.


No quiero ser mayor

Esta historia empieza un día en un jardín privado perteneciente a un conjunto determinado de inmuebles. En el hay un campo de básquet, una pista redonda de patinaje que envuelve una esplendorosa palmera tropical, unos columpios, y la típica fuente donde pasas el verano refrescándote. Cada tarde se llenaba de niños de edades diversas, siempre formaba pequeños grupos como si fuesen sindicatos organizados minuciosamente para entenderse sólo entre ellos mismos, utilizando un único lenguaje diferente para cada juego.

Recuerdo una tarde calurosa de agosto a una precisa hora lorquiana, todos sudaban de lo lindo mientras el agua se deslizaba por mi sucia nuca después de haber machacado por veinte puntos de diferencia al equipo que lideraba Martín Folch el ilegítimo hijo de un arquitecto millonario que nunca estaba en casa. Martín veía a su padre tres veces al año, normalmente estaba de viaje quién sabe dónde. Su madre, la rubia cuarentona Catalina Heras, se pasaba las mañanas en la peluquería y las tardes de compras en tiendas de moda de prestigiosas marcas.

Según tenía entendido, Catalina mantenía un romance con Gustavo García, el quiosquero de la calle Cerdeña que le reservaba el Woman, Hola, Lecturas, Cosmopolitan, y el Interviú. Gustavo era amigo de mi padre, y a veces escuchaba como le describía el cuerpo de la Katy, y las maravillas que realizaba con sus asiliconados labios.

Aquella tarde estaba cansado, y tenía la sensación de una completa y terrible ausencia de todo. Me sentía como un perro que acaba de comer y no deja de tener hambre; es como si no me hubiese servido nada, necesitaba algo que no conocía. Nos habíamos sentado todos en la zona de los toboganes, y Martín le había robado un cigarrillo mentolado a su madre. Esteban trajo las cerillas, y Marcos un botellín de güisqui. Las chicas compraron trufas en la horchatería, y el mariquita de Benjamín un coco helado y siete cucharillas, una para cada uno; y pudimos tocar a tres cucharadas por persona. El cigarrillo se lo fumaron entre Esteban, Marcos, Eli, Maite, y Martín. Benjamín y yo nos quedamos con las diminutas trufas bañadas en Ballantines. Nos pusimos a hablar de nuestros sueños de adolescentes, y todos lo tenían claro menos yo.

Maite nos explicó que soñaba con ser azafata de vuelo (aeromoza, según su porteño acento), y de todos los destinos a los que le gustaría viajar. Incluso se puso de pie y nos hizo las señalizaciones de las puertas de salida de un ficticio boeing 727 con destino a Ibiza. En el viaje nos sentamos dispersos en el avión, Marcos era el comandante. Eli les dijo a Esteban y Martín que no podían fumar en vuelos de menos de una hora. Benji se puso también de auxiliar de vuelo y me sirvió un zumo de naranja para acompañar mis trufas. Éramos felices, nos imaginábamos los paisajes, nos podíamos reír sin preocupaciones.

Por fin llegamos a nuestro destino, y entonces Marcos nos explicó que le gustaría ser policía de aduanas; y nos lo imaginábamos haciendo una detención a Martín(quien siempre quiso ser un famoso mafioso)con droga en el equipaje.




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