Al otro lado de la laguna Estigia



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que he conocido. Por sus manos sabía que le gustaban las naranjas y las mandarinas; por su jersey los calamares fritos y empanadillas, algunas veces bistec, y toda una gama de fritos; algunos de sus besos olían a plátano; sus labios tenían aroma a fresas también; no se puede olvidar el olor a tierra de su cuello; o el de membrillo en los codos; o el de jazmín en los hombros; vainilla en las axilas; canela en los glúteos; y toda una serie aromatizante que me volvía loco.

Era un aroma andante, podía pasar horas sólo oliéndola persistentemente , y sin aburrirme.

Tenía el mejor olor a sexo que haya podido distinguir en toda mi vida, me provocaba tantas palpitaciones. Podía notar todo el amor, que por ella sentía, en mi nariz.

Cierro los ojos, y mi órgano olfativo sigue despierto en la evocación de sus fragancias corporales. Incluso tenía un espectacular sudor con el que podía dormir toda la noche.

Algunos días tenía miedo a ducharme, por si desaparecía el olor de la cita anterior. Pero en cada cita aparecía un nuevo aroma, distinto pero más atrayente que los demás. Todos me gustaban, eran inauditos.

Ella también tenía muy desarrollado el olfato, casi compartíamos las mismas olores. Pasábamos por un sitio y podíamos definir el olor de la misma manera.

Las calles del barrio de Gràcia en Barcelona tenían un olor especial, una mezcla de tierra y vino. Nuestras manos se juntaban mientras nuestras narices, allí arriba, despertaban con las mismas pasiones. Cada rincón nos producía una nueva sensación que no queríamos abandonar. Recuerda la esquina de Torrijos con Sant Lluis, tenía un dulce olor a jazmines; aunque tenías que pasar antes por dos contenedores de basura. Después de algo desagradable viene una cosa buena. Y lo más curioso es qué sólo recuerdas lo segundo. Las cosas malas se olvidan tan rápido que no te das cuenta que han sucedido, supongo que tenemos un filtro en la mente que borra los inconvenientes, o al menos nos permite dejarlos de lado sin un posible retorno.
Trozos de ayer
Cargado con porciones del pasado, entró en un Centro Comercial de conocida ubicación en Barcelona. Aunque haya perdido la fe, sigo fijándome en las mujeres que por allí respiran. Sé que pasan de largo, y que aunque llegué a conocerlas también pasarán. En cada mirada noto un susurro a mi delicado oído, y no es la típica vocecilla de esquizofrénico, que va, es algo más concreto. En ella encuentro un tono familiar que me dice lo que debo hacer con todo el amor que llevo en mi interior. Su intención es protegerme de darlo todo para que después me martiricen con ese dolor llamado rechazo. Evito mirar, y es difícil porque soy un tipo bastante guapo.

Una dependienta, que me vende un perfume de ocho mil pesetas, me penetra con sus impresionantes ojos verdes. Se llama Isabella, y es Brasileña. Lo sé porque me la encuentro dos horas más tarde en un bar céntrico, y se sienta a mi lado para conocerme.

-¡Perdona!, eres el chico que me ha comprado la de ciento veinticinco de Hugo Boss. Me he fijado en ti, ¡me encantan tus ojos!.

-A mí tu nariz, es preciosa. Casi una rampa de perfección que une dos mundos distintos entre tus ojos y tus labios.

-¡ Qué bonito!, jamás me habían dicho algo así.

-La imaginación es escasa, pero muy efectiva. A veces nos olvidamos de lo importantes que son las palabras. Me lo enseñó una antigua amiga.

-¿ Cómo de antigua?.

-(Disimulando) ¿ De qué estamos hablando?.

-(Riéndose) ¡ Muy hábil y precavido !.

-También me enseñó el poder del silencio.

La conversación duró unos tres cuartos de hora. Estuve más tiempo escuchando que hablando. Me explicó casi toda su vida, y yo sin soltar prenda. Dos días más tarde me llamó para cenar en su casa. La cena duró dos larguísimas y aburridas horas, en las que saboreé un elegante y sabroso guacamole acompañado por los típicos triángulos de maíz frito.

También pude degustar una pizza congelada con intenso sabor a orégano.

Su apartamento tenía unos sesenta metros cuadrados, con escasos muebles, y una descuidada decoración. Sólo a destacar un póster de Lenny Kravitz en relieve.

-¿Te va Lenny? -pregunté con cierta arrogancia.

-Es el hombre más guapo del universo.

-¿Conoces a alguno de Marte? -Dije haciéndome el gracioso de turno.


Mi antigua amiga me enseñó que si te sientes acorralado frente a una mujer debes ser gracioso, y romper en pedazos el hielo. Lo había clavado, Isabella no dejaba de reír; y yo le miraba su preciosa dentadura de pequeños trozos de estrellas que iluminaban algo olvidado en mi interior.

Mi antigua amiga me enseñó el poder que ejerce una perfecta sonrisa, Isabella tenía una de las mejores y se le hacían unos hoyuelos tan monos.

Me había enamorado de una sonrisa, pero había descuidado su olor. Todavía no sabía que clase de aroma corporal poseía ese cuerpo del delito.

Tardamos tres días en hacer el amor, aunque fue más bien un poquito de sexo rodeado de prejuicios aburridos y estúpidos. La eyaculación fue escasa y precoz, tenía tantas ganas de hacerlo que no pude pararme a disfrutar.

Me había vuelto a escapar de la realidad, en el fondo lo único para lo que sirvo es huir; y es que se me da como a nadie, huyendo puedo ser magistralmente ridículo.

Me cuesta mirar las cosas de frente, y ahora comprendo las quejas de mi antigua amiga; cuando una cosa no me gusta, huyo lo más deprisa posible, y no sé detenerme; tengo una gran incapacidad para enfrentarme a los problemas, nunca admito nada, todo es culpa de los demás, y siempre hay un factor externo. Ir de perfecto por la vida ha sido mi gran error todos estos años, mi antigua amiga desconfiaba de esa presunta perfección.

Es cómo si ocultases algo de lo que te avergüenzas, aunque en realidad no sabía el qué.

Nunca supe del todo cuales eran mis valores personales, quizá carecía de tales. Tampoco podía definir con exactitud las cosas que me gustaban hacer: ni quienes eran realmente mis amigos, o en qué sitios me gustaba estar, o qué clase de música escuchar, o sí me gustaba ir al cine, o al teatro, o a tomar café.

Estaba tan perdido que pedía a gritos ser rescatado. Pero ella no estaba, hacía meses que se había marchado de mi lado.

Mi antigua amiga ya no quería saber nada de mí, ya le había devuelto todas sus cosas : cuatro cintas grabadas, seis discos compactos, unos apuntes de Psicología que me prestó, y una amarga sonrisa. Pero me había quedado con otras cosas : insomnio, depresión, malestar, apatía, ganas de suicidarme, lágrimas, pinchazos en el corazón, y unas enormes ganas de gritar para pedir auxilio.

Ya no me quería seguir enseñando, se había cansado. Era un discípulo en busca de maestro y de ejemplos válidos para poder restaurar mi ausencia de valores.


Fotos y fechas
Alimentas tus recuerdos una y otra vez mirando una foto de ella en bikini negro junto al mar. Su mirada se cierra evitando al sol, pero no deja de estar muy bien iluminada. Cuántas cosas positivas ves en una persona cuando miras con ese filtro llamado amor.

En la foto se pasean miles de estrógenos rodeando su impecable cuerpo. Las piernas las dobla para que sus rodillas puedan sentir la arena, y en la majestuosa pose se apoya con la palma de la mano derecha, dejando la izquierda sobre su muslo derecho. Sonríe ligeramente, con esa expresión de estar soñando. Se puede observar que está relajada, feliz, rodeada de aquello que más le gusta; y lo sabe muy bien, porque le ha costado muchos años averiguarlo.

La brisa se acerca sigilosamente a su piel, es cómo si sintiese deseos irrefrenables de atraparla bajo su red. Si mantengo los ojos sin parpadear, puedo introducirme en la imagen, incluso llego a los olores. Su piel es parte del mar, mi nariz se transforma al recibir estímulos de todo su cuerpo. Ahora siento el pelo, el olor a gel de farmacia ligeramente perfumado, a crema hidratante, a luz sobre un viento de bosque verde en primavera.

Viajo una y otra vez a su interior. Me caigo al mar, y ella ríe traviesamente. La veo cómo una dulce muñeca de porcelana que está construida pensando en mí, hecha con buen gusto para poder poseerla manteniendo su integridad. Es de esas cosas que debes dejarlas ir de vez en cuando, ella por si sola decidirá su vuelve o no. No seas impaciente, no la atosigues. Ahora es el momento para ella de disfrutar con sus amistades, sus seres más cercanos la añoran hasta el punto de odiarme por haberla raptado amorosamente. Las mujeres preciosas nunca pertenecen a nadie, siempre buscan en ellas mismas a su dueño.

¿Cómo he podido cagarla con la persona a la que quería?, he tocado los acordes que no debía en una guitarra desafinada. La música nace libre o no nace jamás, si fuerzas su composición se destruye para siempre. Pero existen otras melodías a las que puedes acompañar, no te olvides que solo eres el acompañante. Tuviste la oportunidad de crear, pero se ha destruido cada nota. No queda nada, sólo tú; y estás solo, sólo tú; y te quejas, y lloras; en fin, sólo eres una persona, un trozo de carne cruda o a medio hacer.

¡ Respira, respira, respira !


rosas mal cortadas
Y me pincho con sus espinas porque no las agarro con delicadeza, me olvido que son rosas rojas y las trato bruscamente. Me acerco una a la nariz y no consigo descifrar su olor, se escapa en el aire, y se pierde. No se enciende por nada del mundo, mi pasión por su olor ha perdido la chispa. No distingo las flores, estoy perdido.

La llamo y no contesta, la busco en las cafeterías donde solíamos ir y tampoco está.

Vuelvo a leer sus cartas una y otra vez, cómo si estuviese buscando un significado oculto. Miro las fotos, siguen igual de brillantes.

Su número telefónico me aparece reiteradamente por la mente, no logro evadirme, lo peor es que sé que no voy a arreglar nada así. Debo olvidarla, pero qué me ha hecho para tener que hacerlo. Por qué no existe un amor sin reciprocidad, por qué está mal visto amar sin ser amado. Los demás te juzgan como a un loco obseso, no ven el dolor que habla solo en tu interior, no ven todo el amor que has dado, no ven las mañanas que compartías besos.

Llueve y sale el sol, todo a la vez en unos meses de mierda; y todo se traduce en un frío seco y en un calor desagradable.

Compasión
Ricardo ya no era feliz, en realidad nunca lo fue del todo, últimamente estaba atravesando la famosa crisis de los treinta; y todo aquello que tocaba lo hacía mal, sin ritmo, y por supuesto, sin pasión; irreconocible, incansable hombre agotador, puercoespín urbano lleno de miedos tan absurdos como serios.

El güisqui navegaba entre miles de vasos absorbidos en un único e impecable trago goloso; largo, con hielo, sin limón.

Las cosas que realmente gustan son siempre negativas, y se escapan de tu mínima comprensión.

Me da lástima, antes éramos amigos; y aunque, aún lo somos, ya no es lo mismo, no estamos pa ostias. Las arrugas cansan, y te notas físicamente agotado cada vez que te miras al espejo.

Quedamos en un café teatro para hartarnos de jotabés hasta que nos salen por las orejas. Nos dejamos una seis mil pesetas en la barra, la camarera nos echa el ojo rápidamente.

Se llama Yolanda, se hace llamar Yoli, y creo que vive en Hospitalet; y seguro que cerca de Bellvitge, tiene pintas de eso y mucho más.

Yolanda me dice que sale en diez minutos, y le propongo que se una a la fiesta. A Ricky le parece bien, para él todo vale, ha llegado a un alto grado de conformismo.

La esperamos en la esquina de la plaza de al lado, sale corriendo del local, me ve de lejos, y al acercarse sufre una lesión en el tobillo que la hace venir directamente a mis brazos.¡Gracias Dios por echarme una mano!.

Los zapatos de tacón siempre actúan como nexo en las relaciones humanas y Evaristo lo sabía. Por eso, desde pequeñito se preparó para trabajar en una elegante zapatería de Bonanova. Por ahí pasaban las mujeres maduras más bellas del planeta. Evar tenía una estupenda agenda con más de treinta teléfonos útiles; es decir, todos servían para acabar en la cama con alguna mujer.

La mayoría eran divorciadas y viudas, aunque también existía la mujer liberal con tiempo ocioso; esas eran las más peligrosas, no desistían de su objetivo.

Evaristo conocía el valor de un selecto zapato de tacón, conocía a perfección los materiales utilizados y todas las clases de pieles que se podían emplear en la fabricación del calzado.

No era un tipo demasiado guapo, pero podía arrebatar cualquier sonrisa femenina en menos que canta un gallo.



Vestía trajes de cuarenta mil pesetas con camisas de cinco mil y corbatas de dos mil. En cambio, en lo que a calzado se refiere, utilizaba lo mejor. Sus pies se movían con agilidad, casi flotaban. Llevaba los mejores Lottusse de la tienda. Brillaban como nunca antes lo hicieran unos zapatos, el sol acompañaba al magistral calzado. Él aseguraba que podía sentir el tacto con la superficie, y la verdad es que nadie lo dudaba. Poseía una de esas caras de satisfacción perennes que tanto gustan. Su nariz era gorda, aunque encajaba perfectamente con su enorme cabeza. No se puede decir nada de sus ojos, estaban tan achinados que no se podía distinguir el color; eran como los de Toshiro Mifune.

Llevaba una perilla en estupendo estado de conservación, el mejor afeitado desde Errol Flynn. Cubrían su rostro como si fuesen rosas adornando un jardín, aunque en este caso la zona verde estaba algo estropeada; es decir, alguna caries que otra, y dientes profundamente separados.

Ricky, Yoli, y yo entramos en un bar con Karaoke. Enseguida vemos a Evaristo apoyado en la barra dando conversación a Jenny, la camarera rubia de bote con tetas y orejas operadas; según algunos, la nariz tampoco es suya.

Yoli, como es normal es las mujeres, odia el descaro y la falta de pudor de Jenny. Lo puedo advertir en las insultantes miradas que se dedican, mientras Ricky y yo hacemos un güisqui detrás de otro; como si fuesen agua.

Yoli le pide a Jenny un Malibú con piña, y se lo bebe a pequeños sorbitos. Evaristo sonríe a diestro y siniestro, todas las mujeres advierten su presencia. Mira el reloj cada quince minutos, como esperando la hora ideal para ligarse alguna fulana que esté de paso esa noche; y es que las clientas habituales ya lo conocen de sobras.

Esa madrugada se abrieron vehementemente las puertas, y entraron dos mulatas y una chinita. Vestían con escotes a lo Versace, y sus labios estaban estúpidamente pintados. Los ojos no miraban, perforaban y arrancaban emociones endorfínicas. Evar se acercó enseguida a la china y se puso a hablarle de algo tan curioso como la sopa de aleta de tiburón. Tuvo la suerte de dar con el tema exacto de conversación interesante, puesto que la oriental era Chef de cocina de un conocido restaurante de la Villa Olímpica. A Ricky le salió el tiro por la culata, ya que se puso a bailar con una de las mulatas salsa y no hacía otra cosa que pisarle patosamente sus enormes pies embutidos en unas sucias sandalias de piel de cocodrilo.

A mí me fue aún peor, pasé toda la noche escuchando los problemas de Yoli con su antiguo novio. El tío era un cocainómano que le propinaba escandalosas palizas conocidas en su vecindario. Se llamaba Armando y trabajaba de portero en una discoteca del Eixample, había llegado a ser campeón de España de Aikido con veinticuatro años. Ahora era campeón de palizas a mujeres débiles y trabajadoras, porque si pegas a una ricachona repelente aún queda justificado; pero, pegar a una buena mujer que se parte la espalda sirviendo copas a horteras de pantalones de pana en mayo.

Yoli no pudo contener las lágrimas y se precipitó concienzudamente a mis estupendos hombros. Me puse pinocho mientras la abrazaba, creo que fue la extraña mezcla de olores que desprendía. Su pelo era áspero y me provocaba un serio picor en el cuello. Sus manos estaban más secas que el Guadiana, y eso es algo demasiado desagradable. Quería evitar el contacto físico a toda costa, pero notaba sus desafiantes pezones duros como gomitas de borrar.

Por suerte, Ricky vino a mí para seguir con las rondas de virilidad. Me dio una ligera sacudida en el brazo, con la suficiente fuerza como para moverme bruscamente y tirar la copa de Yoli al suelo. La empapé de arriba abajo, y se fue llorando al lavabo. Yo la seguí para preocuparme por su situación, pero acabé con la nariz rota por el segurata de los lavabos; me confundió con un exhibicionista que siempre estaba al servicio de señoras.

A las cinco de la mañana estaba en urgencias con toda la ropa teñida en sangre, la cabeza a punto de estallar, y un serio problema de halitosis alcohólica. La enfermera era más bruta que un vikingo en un burdel caribeño. Tenía cara y voz de hombre, su nombre también la acompañaba. La enfermera Juani Ordóñez poseía la envergadura de un buque ruso y la subnormalidad de una Miss Simpatía.

Su olor era similar al de un perro abandonado en un basurero municipal, su pelo insultaba al peor peluquero de la ciudad, y sus manos eran dos enormes sartenes. Se había pasado doce horas de guardia, y no podía discernir si era una persona o un muñeco de trapo. Manipulaba mi nariz como si fuese un imperfecto canelón sin relleno. La sangre chorreaba que daba gusto, la escena parecía sacada de la saga de Rocky.
Plubicidad subliminal
Ricky tenía la teoría de que todo estaba manipulado, no poseíamos una pizca de libertad. Me preocupaba no tener poder de decisión y percibir inconscientemente estímulos de intensidades fronterizas con los umbrales de los sentidos o análogas. Podía ser cierto qué no me conociera a mí mismo, qué no tuviese valores propios, y que mis deseos fueran prefabricados.

Respecto al tema, tenía mis propias conclusiones que llegaban a tal extremo que parecían manías paranoicas. No veía la televisión durante los espacios publicitarios, giraba bruscamente la cabeza para distraerme con un libro de pinturas rupestres del hombre de las cavernas. Tampoco podía leer novelas, periódicos ni revistas, prospectos de medicamentos, etiquetas de alimentos, y rótulos de tiendas. Podía ser verdad que cualquier producto extendía sus tentáculos para agarrar a un público totalmente volcado al consumismo frívolo de productos innecesarios.



Todas mis dependencias eran parte de ese enorme juego de la manipulación de la plebe. No necesitaba fumar Camel, hablar por mi nuevo nokia, comer una salsa de tomate light, llevar una camisa Ralph Lauren, un reloj Tag, unos vaqueros Guess, una chaqueta Armani, un suéter Armand Bassi,etc.

Miro la sección de contactos de una revista de ocio de la ciudad. Mucha gente busca amigos para salir al cine o al teatro. Pero la realidad es otra muy distinta, las salas están llenas por solitarios seres que sienten la necesidad de aguantarse a ellos mismos. La soledad, deseada o no, es tan absurda como un concurso de belleza. Nos empeñamos en disfrutar de nuestro propio espectro andante, pero ahora está sentado en una butaca de ochocientas veinticinco. Casi dos horas de estupideces mal contadas, y encima solo para no poder comentarlo con nadie.

La chica se marcha, cierra la puerta.

Un portazo.

¡Gracias!.

Fue bonito mientras duró. Lástima que ya no sienta lo mismo, se me ha roto el hechizo.

Tanta frialdad caminando sin rumbo, haciendo daño por donde pasa, impidiendo hacer crecer la hierba.

Me lo estaba diciendo constantemente, en cada mirada se podía ver su discreto desencanto. No era yo ese ser que tenía que amarla. Su estado era de infelicidad, de rechazo, de una suave hostilidad que te apartaba de golpe, sin una mera concesión. Cuando alguien quiere echarte de su vida es lo más brusco posible, ella no fue menos. Dijo un largo adiós acompañado de un devuélveme mis cosas.


Intercambio
Siempre es duro, jamás te acostumbras del todo. Estaba tumbado en un horrible sofá beige cuando sonó el teléfono. Normalmente no soporto el sonido, pero aquella tarde lo deje sonar sin atreverme a descolgarlo. Sabía que era ella, con todas las disculpas que no iba a pedir, y no podía soportar otra derrota. No acababa de despegar del todo, aunque había conocido a una veintena de mujeres. Todas tenían encanto, pero carecían de olor; no es que no lo tuviesen, es que sencillamente no olían como ella.

Bailas a su lado, mientras su pelo va rozando tu cara, puedes olerla incansablemente sin necesidad de realizar otra cosa. Es un momento en el que todo fluye, te olvidas de toda la crueldad del mundo y te concentras para no olvidar jamás lo mucho que representa poder abrazarla para compartir un baile de semejante magnitud. Con el tiempo te das cuenta de su diferente percepción de las cosas, lo que para ti ha sido algo especial para ella era algo más. Mientes para no darte cuenta de lo solo que estás en e l mundo y de lo poco que valen tus sentimientos en una práctica sociedad moderna.



A las dos horas vuelve a sonar, y esta vez lo cojo y le digo cosas, miles de cosas, casi susurrando para ser escuchado. Y lloro, y me emociono al escuchar su voz, y respiro su perfume una y otra vez. Me dirijo hacia la ventana para contemplar el cielo, y las nubes dibujan su silueta con un letrero en el que pone Por cortesía divina. No quiero colgar, alargo la conversación hasta el máximo sin intención de suplicar. Quiero un día como los de antes, un único y preciado día para poder abrazarla hasta enloquecer. No entiende que es la única mujer que he llegado a querer, y por eso se ha marchado, porque me condenan a sufrir.

Parece que el cielo se me vaya a caer encima en cualquier momento.




Un café y nada más

No olvidas cada uno de sus sorbos a ese café con leche bien cargado y sin espuma, no soporta la espuma. Pide dos azucarillos que son abiertos con impaciencia y movidos compulsivamente.

Son ya las seis de la tarde, estoy incómodo, y no paro de mirar el reloj. Ella, como siempre, no lo nota; y es que siempre va a la suya. Quiere comprarse una falda negro pero desconoce la altura exacta. Le recomiendo que por debajo de las rodillas pero se compra todo lo contrario. Me conformo y no le hablo en un par de horas, mientras ella me explica una historia sobre su hermana y el novio.

Se ve que conoció a uno de esos guaperas de oficio en el curro nuevo. Salieron durante un agotador y desquiciado año, y finalmente se compraron un fantástico piso en un pueblo de la geografía catalana, y al ladito del mar.



El seguía viendo a sus amiguetes, hiendo al fútbol y al gimnasio, y ni siquiera se recogía la cama. A su hermana le entró el síndrome de la chacha emancipada, y abandonó el hogar después de dos terribles meses de convivencia masculina. Cuando lo explicaba podía notar que me preguntaba con los ojos si yo sería igual de desastre a la hora de compartir nuestras vidas en un obligado espacio llamado dulce hogar. Por supuesto le dije que no, a los tres meses lo dejamos. Ahora pedía siempre un café solo, a veces con hielo.

Dormía solo, y deambulaba por las mismas calles por las que acostumbrábamos a pasar. Volvía a asomarme reiteradamente por la ventana. Ya no jugábamos a eso llamado amor. Llegaba la noche y sólo me preocupaba por la programación televisiva. Después de cenar me tomaba un enorme café americano, y ni eso podía evitar que durmiese plácidamente en una gran cama para mí solo. Lo mejor de mi actual situación era que no tendría que oler jamás su desagradable perfume, y la muy imbécil se bañaba en él.




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