Al otro lado de la laguna Estigia



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Este verano quiero hacer algo especial y he pensado en viajar a Italia, no sé lo que me puede llegar a pasar pero no creo que sea peor que mi absurda vida.

El color de la sangre es diferente en cada uno de nosotros, esa tarde me permitió observar que no somos iguales aunque lo parezca.

Hace tiempo que no veo uno de aquellos sabrosos platos de callos ni puedo oler una de las magníficas morcillas que tanto le gustaban a María.

No me creo mejor que nadie y eso me ha costado un duro periodo de aprendizaje, creo que lo más importante de un ser humano es conocer su interior y saber cada una de sus limitaciones.

Esta noche he quedado con Vanesa para cenar, ya que me tiene que explicar su relación con un chico peruano que conoció en Portugal. Por lo visto es un cabronazo que la maltrata físicamente. Puede que pasen los años pero lo verdadero permanece sin cambio alguno.

Creo que me acostaré pronto y espero no pensar en lo que se me avecina al atreverme a seguir viviendo en una sociedad cada vez más parecida a una de esas junglas que Marcos quería visitar.



divagando solo y desnudo

Me desnudo delante de una chica a la que acabo de conocer y siento como mi miembro se agranda lentamente hasta llegar a un tamaño aceptable. La chica me mira disimuladamente con temor a ser descubierta. Ella permanece sentada y con toda la ropa puesta. Yo la invito a que se ponga cómoda y entre dudas logra aceptar quedándose con una minúscula tanga puesta. Sus pezones están duros pero sigue hablándome como si nada hubiese ocurrido. Le propongo que nos rocemos sin ninguna intención aparente, ella dice que sí con un gesto libinidoso.

Nos tumbamos y le realizo un masaje de lo más profesional, con crema incluida. Ella se gira para contemplarme y yo le propino un cálido beso digno de una comedia romántica Hollywoodiense. Estamos desnudos pero seguimos cómodos con la situación. Me pregunta si alguna vez he masturbado a una chica sin acostarme con ella después, yo le respondo afirmativamente para que a posteriori me indique que lo haga. Empiezo a rozarla suavemente con mis dedos bañados en una crema Anne Möller y ella empieza a gemir con la libertad de un cisne en un lago. Seguimos hasta que lograr correrse. Seguidamente me invita a marcharme puesto que se está quedando dormida ya que mañana trabaja en unos multicines por ochenta miserables billetes al mes. Me visto mientras mi pene se oculta poco a poco hasta quedar ridiculizado por completo. Me pongo las botas y voy al lavabo para peinarme concienzudamente mi espesa cabellera rizada. Me despido tímidamente y salgo a la calle en busca de un taxi que llega en un par de minutos.

Por fin llego a casa, cojo una revista de contenido erótico y me masturbo hasta quedarme dormido. Ha pasado un día más en mi vida, ha sido sólo un día más sin nada especial.

Mañana volveré a intentarlo con otra chica, aunque vuelva a terminar masturbándome solo y desnudo.

Muérete estrella

Los muertos me escuchan aunque no siempre les hable. Ellos saben escuchar como nunca llegará a aprender un vivo. Cada noche me acuesto explicándoles lo que me ha sucedido a lo largo del día, pero ellos no dicen nada; y es que sólo escuchan.

Mi habitación se empequeñece a medida que pasa la noche hasta que sólo noto la sábana que me cubre.

Al despertar ellos siguen estando allí como esperando ser elogiados por haberme dejado dormir.

He conocido el espíritu de una niña de ocho años llamada Elody. Me explica constantemente que su padre cogió el coche sin apenas dormir y que la llevó a un sitio que no conocía, ella no sabe salir de allí y me pide ayuda. Intento hacerle entender que ha muerto y que jamás entenderá que Dios le haya abandonado en un lugar tan lejos del suyo. Le propongo que siga el primer camino que le marque su intuición. Me hace caso y desaparece; y ya no está a mi lado para hacerme compañía.

Hoy me ha visitado el alma de un terrorista libanés que se arrepiente de todo el mal causado, me pide que le ayude a pedir perdón a los familiares de sus víctimas. Le ayudo y hago unas cuantas llamadas a los teléfonos que me indica. Lo resuelvo y se va, dejándome otra vez solo.

Unos días más tarde conozco al espíritu de Elvira, una mujer que murió víctima de las palizas que le propinaba su marido. Curiosamente no me pide ayuda, sólo quiere que la escuche y le dé todo mi amor. Pasan unos meses y me confiesa que se ha enamorado de mí, yo le digo que también siento amor hacia ella.

Esa noche escuché mi silencio antes de cortarme las venas para conocer a Elvira. Mi silencio siguió a mi lado hasta que me di cuenta que Dios me había enviado a otro lugar donde no estaba Elvira.

Había muerto por amor hacia una imaginación mía, entonces me di cuenta de mi enfermedad mental y de mi equivocación al no buscar tratamiento psiquiátrico.

Esperando un abrazo de Dios
Me mantengo de pie para no admitir que estoy cansado. Cada quince minutos me froto las manos, y al hacerlo noto el aroma impregnado a tabaco. Me he fumado unos cuantos, casi he podido calcular un paquete y medio. Sigo dando caladas sin saber hacia que dirección echar el humo.

Estoy esperando una llamada y no dejo de mirar el teléfono. Hoy he podido hablar con ella durante cuarenta minutos, no me ha dicho nada importante puesto que sólo hablaba de ella; y de sus vacaciones, sus aspiraciones, la lucha contra el cáncer, y la invención de la vacuna contra el sida.

Siento lástima de mi mismo, y siento ganas de tirarme en un colchón sin sábanas y totalmente desnudo. Me miro el cuerpo y no siento ganas de acariciarme, me noto extraño, como encajado en un cuerpo que no es el mío.

No hay música en la sala y la luz es tenue, casi apagada.

Ayer vi una película de un tipo que rapta a una chica de jugosos pectorales blancos, una piel blanca y transparente.

Sueño con el último beso de Luz en aquella fiesta irlandesa del día de San Patricio. Me amargo y estoy a punto de gritar, pero no lo hago por miedo al qué dirán de los vecinos.

Mi vida ha girado siempre entorno al miedo, casi sintiendo miedo de mi mismo y de esas reacciones tan perturbables a las que me someto diariamente.

Ángel se ha ido a Marruecos con una Filipina de veinticuatro años que conoció en el Puerto Marítimo de El Masnou el jueves por la noche. Tengo el piso para mí solo hasta el domingo que viene.

No puedo sonreír pero me miro frente al espejo con la única intención de hacerlo.

Suena un tremendo disparo y por fin vienen a abrazarme.




He pisado mierda

Camino con miedo de pisar lo que no me pertenece y arrastrarlo conmigo. Los pasos son cortos y espaciados como marcando un suave ritmo de Jazz.

Anoche no pude dormir, me acosté a las dos de la madrugada pensando en las facturas que tenía que repasar. Llegar a fin de mes me parece un juego de lo más retorcido, mi sueldo no llega para satisfacer todas esas nuevas necesidades que me voy creando a diario.

Mi coche es viejo, y no puedo cambiarlo; mi piso es viejo, y no puedo arreglarlo; mi trabajo es inestable, y sigo trabajando; mi novia no me desea, y sigo acostándome con ella.

Ayer despidieron a Paco, el informático, y se fue triste y a la vez sin demostrarlo en su mirada. Podía reconocer cada uno de sus sentimientos de frustración, lo conocía desde hacia diez años. Los dos empezamos juntos en la empresa. Yo era contable y estaba en el departamento de ventas, mientras él estaba mejor situado como jefe del departamento de facturación. Éramos buenos amigos, bebíamos juntos cada semana y compartíamos afinidades futbolísticas. Su mujer, Gema, era un encanto que preparaba como nadie la tortilla de patatas que nos comíamos viendo los mejores goles de la temporada. Siempre tenía en casa una garrafa de un Jumilla excepcional que te provocaba largas noches paradisíacas.

Hace tres semanas que no sé nada de ellos, creo que han dejado el apartamento del Ensanche para irse a Tenerife a casa de los padres de Gema. A Paco siempre le fascinó el sol y la vida junto al mar.

Ahora vuelvo a estar solo mientras repaso las facturas por quinta vez consecutiva en la misma noche de delirios conceptuales.

Ayer se suicidó la portera con el matarratas que cada noche colocaba estratégicamente en el parking del inmueble. La mayoría de vecinos no han asistido a su funeral. Yo lo he hecho, aunque la verdad es que no tenía nada mejor que hacer. He llevado un ramo de gardenias, que era lo más barato que había en la floristería. No noto tristeza pero sí un largo y asfixiante dolor de ver como un cuerpo envejecido se ha introducido en un trozo de tierra rodeada de cemento y con una aplastante lápida que tapa una existencia sin pena ni gloria. Sé que ese es el destino con el que nos marcan a todos al nacer, pero eso no hace que de vez en cuando no piense hacia donde van a parar los pasos. Unos pasos perdidos, enterrados, y aniquilados.










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