Al otro lado de la laguna Estigia



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Un viejo que hay en la entrada nos indica el camino para llegar al escenario donde nos espera la banda de músicos. Matilde estornuda un par de veces y unos muchachos le desean salud, ella lo agradece con un gracioso ademán y se echan a reír. El director de la banda me saluda efusivamente, casi reverenciándome. Es un tipo alto, feo, y flacucho que le sudan las manos de una forma escandalosa. Se acerca mucho al hablar y puedo notar su desagradable halitosis porcina. Le digo que vamos a empezar con un plano general mientras tocan El concierto de Aranjuez, luego intercalaremos primeros planos de cada uno de los músicos; y mientras digo esto último señalo a Paco y Jacinto, ya que son los operadores de cámara. Al director le parece todo bien y me lo hace saber con un fuerte apretón en mi brazo derecho seguido de una palmadita en mi hombro izquierdo. Matilde saca una lata de Nestea y se la bebe moviendo eróticamente los labios por toda la lata. Paco prepara los trípodes y Jacinto coloca las baterías en las cámaras.

Noto el frío del aire acondicionado y se lo agradezco al director, me parece un cómodo ambiente para poder rentabilizar mejor nuestro trabajo. Enciendo un cigarro y miro el techo del auditorio y le pregunto al director cuánto tiempo lleva construido. Me dice que lo hicieron hace tres años gracias a una subvención del gobierno que consiguió el antiguo alcalde socialista que tenían. En ese preciso instante me doy cuenta del lado de España donde me encuentro; ya se sabe que este siempre ha sido un país partido por dos bandos.



Jacinto y Paco me echan una mano con los focos para situarlos estratégicamente donde mejor podamos jugar con la luz. Quiero una iluminación parecida al trabajo de Vittorio Storaro en Tango, pero el jodido presupuesto lo convertirá en un capítulo de Santa Bárbara.

Mi teléfono móvil vibra y lo cojo, es cuando veo una señal de mensaje enviado en la pantalla. Hago clic con el dedo y leo lo siguiente: Si aún me quieres puedes tenerme. Eva.

No sé quién coño puede ser y qué pretende decirme, ahora mismo no caigo, no creo conocer a ninguna mujer llamada Eva.



Después de unos segundos pensando vuelvo a guardar el móvil en el bolsillo lateral derecho de mis bermudas del Coronel Tapioca. Le hago una señal a Matilde para que se vaya preparando y coloco las sillas bien juntas con los monitores encendido. El móvil vuelva a vibrar, he recibido otro mensaje : No quiero vivir si no estás a mi lado. Eva.

Me pongo a sudar y empiezo a notar una ligeras palpitaciones, Matilde lo nota y me trae un agua tónica de la nevera. Me pregunta por mi estado de salud y le contesto que no se preocupe que ha sido sólo el cambio repentino de temperatura. Se interesa por lo que hacia con el móvil y le digo que estaba mirando la hora porque parecía estar atrasada. La muy imbécil me confirma que son las cinco y cincuenta y tres minutos. Jacinto me mira indignado, noto una mezcla de celos y cansancio en sus ojos. Paco trabaja a su bola, sin preocuparse por el entorno. Se produce un intercambio de miradas entre Jacinto y Matilde, me doy cuenta y ellos se percatan. Matilde me mira con una sonrisa de medio lado y yo le clavo mis brutales ojos negros.

Jacinto se acerca y me pregunta si quiero hacer antes alguna prueba, le digo que no con un gesto seguro y autoritario.

Estamos a punto de empezar, muevo la claqueta y la banda se pone en marcha con una bonita melodía del maestro Rodrigo. Ahora tengo otra vez frío, intento no pensar en ello; y es que todo es psicosomático, sobretodo la mayoría de cambios en las temperaturas corporales.



Matilde es la típica chica bajita y regordeta pero sin ningún tipo de complejos. Sus ojos son de un azul brillante y están perfectamente encajados en su angelical rostro de Lolita viciosa. Sus manos son especialmente bellas, es decir son tersas y suaves, casi aterciopeladas, y tienen un brillo muy especial. Su culo es inmenso pero está bien disimulado bajo esos vaqueros negros que realzan sus cortas piernas. No lleva ninguna clase de adornos, si exceptuamos unos monísimos pendientes de ositos de la prestigiosa firma Tous.

Matilde es una notoria ingeniera de sonido que lleva diez años de profesión a sus espaldas, ha trabajado con los mejores y sigue acarreando una repelente falsa modestia que la hace tan vulgar como sus zapatos, del cuarenta y dos, y tan aburrida como sus sucias camisetas propagandísticas. No me la he follado y creo que tampoco lo haría, en cambio a Jacinto parece que le hace tilín cada vez que la ve.



Jacinto Pérez Rubalcaba es un vulgar cámara de cuarenta y tres años y alopécico desde los veinte, pero el muy cabrón se las lleva de calle gracias a su vigoroso aspecto de culturista de playa. Trabajamos juntos desde hace unos veinticinco años, prácticamente después de salir de la Facultad. Siempre hemos tenido una de esas falsas amistades que no se aguantan por ningún lado debido a los fuertes paralelismos diferenciadores de caracteres tan claramente establecidos. Jacinto no es mal tío lo que pasa es que yo siempre he sido un tipo que iba a la mía sin mirar mi entorno, y él es un atleta aventurero que se preocupa siempre por el prójimo; y sobretodo si son mujeres guapas y con un cierto interés hacia el sexo masculino. Nuestra relación profesional, en cambio, va de maravilla; y es que nos complementamos de una forma brutal. Con tan sólo una mirada nos lo decimos todo claro y sin problemas. Mis arqueos de ceja son increíbles, parezco Paul Newman, y me sirven para comunicarme en mi propio lenguaje que utilizo con todos aquellos que me rodean. En un lenguaje preciso y directo, donde las palabras sobran.

De Paco no voy a decir nada, puesto que casi no lo conozco; no sé ni sus apellidos ni su pasado, ni siquiera su edad.



Recuerdo a una chica rubia de unos treinta; y muy guapa, por cierto. La puedo acariciar en ese coche de segunda mano en ese vulgar descampado de una fábrica de cemento de las costas del Garraf. Nos pusimos a fornicar salvajemente, con mucha rabia. La agarré del cuello y la estrangulé, todavía no lo entiendo. Luego me adentré en las profundidades de la fabrica abandonada y la enterré no sé adónde. Ahora me puedo acordar de su nombre, creo que se llamaba Eva Crespo. Una estupenda muñeca de un espectacular cuerpo de origen panameño. La conocí después de unas cinco caipirinhas en un lujoso local cerca de la calle Muntaner.

Mi Siemens vibra de nuevo y leo el mensaje recibido:

Me has dejado sola, tengo miedo, aquí todo es oscuro. Vuelve pronto, ven a mi lado. Eva.

Me pongo a llorar de golpe y la orquesta para instantáneamente; y todos me miran, les asombra mi estado de pánico; y vomito en el suelo y Matilde me mira con desprecio y asco, mucho asco(quiero matizar);y caigo redondo al suelo con mareos, ahora todo me da vueltas.

Paco y Jacinto se acercan y me cogen de la cabeza, no puedo respirar y me pongo entre morado y verde; Matilde me trae un poco de agua fría, y me abre la boca para que pueda beber.

Me miran expectantes para que les explique de una vez por todas lo que me está pasando.

Ahora arranco a llorar...

...una larga pausa, y siguen mirando.

(calor, mucho calor)

Noto los latidos del corazón en mi cabeza,, me vuelvo loco por momentos.

(más calor y sudores fríos)

Esa noche(me acuerdo)llamé a Jacinto las cuatro de la mañana y tardó tres cuartos de hora en llegar a la fabrica de Uniland. Juntos fuimos a buscar un sitio digno donde enterrar el cadáver de Eva. Jacinto no se lo podía creer, aunque en ningún momento lo vi del todo preocupado; en realidad, tenía una mirada de frialdad y decepción, pero nunca de terror o de asombro.

Lo echamos en medio de un bloque de cemento a medio secar que parecía haberse caído accidentalmente. Recuerdo como se hundía poco a poco, con una precisa lentitud.

Después de aquello jamás volvimos a ser los mismos, nuestra amistad cayó y se hundió en el olvido, con el cadáver se fueron también nuestros mejores sentimientos.

La banda se levanta tras aceptar las indicaciones de su halitósico director y nos dejan a los cuatro en la escena.

Paco empieza a gritar y yo todavía no sé qué coño va a pasar ahora. De repente saca una pistola y me apunta directamente al cráneo.


  1. Vas a morir hijo de puta asesino-me dice con un tono de voz que jamás había escuchado(excepto en mi época de estudiante).

Jacinto y Matilde se abrazan cagados de miedo. A mí se me dilata tanto el esfínter que me sale la mierda líquida por debajo del pantalón.

  1. Lo sé todo-me suelta Paco de golpe y en un tono más violento que el empleado anteriormente.

  2. ¡Está bien!-le digo-. ¡Déjame en paz!-le suplico-. Fue un error, te lo prometo, yo no quise hacerlo. Estaba muy excitado, ella me dijo que la estrangulase, que era su método para conseguir un perfecto orgasmo. Me pasé-lo admito-.

  3. Esa noche os seguí con el coche y lo vi todo. Entre los dos llevasteis el cuerpo de Eva hasta ese horrible sitio lleno de cemento-me suelta el jodido Paquito.

Matilde se despega de golpe de los brazos de Jacinto. Nos mira a los dos con asco. Jacinto se acerca a mi lado, y ahora nos apuntan a los dos con el arma. Matilde besa a Paco en la boca y Jacinto se muerde el labio de rabia contenida.

  1. Era mi hermana, y tú hijo de puta te la cargaste-me pega una patada en los huevos mientras pronuncia una frase de alucine.

No es posible, todo esto es la ostia. Tantas coincidencias de relaciones en las personas que se supone eran mis amigos.

Ahora caigo en lo difícil que resulta conocer a las personas; puedes creer, incluso saber algo, pero siempre lo desconoces.



  1. Vais a pagar por aquello que hicisteis-sentencia Paco.

  2. Yo sólo le ayudé con el cuerpo, simplemente la cogí por las piernas para arrastrarla hasta la fosa de cemento-le suelta Jacinto en pleno acto de confesión.

  3. Vale lo mismo matar que ayudar a hacerlo, es el mismo acto pero con distinta jerarquía-le matiza Matilde-,debiste denunciarlo a la policía cuando pasó todo.

  4. ¡Por favor, entiéndeme!-le suplica Jacinto.

  5. Era mi hermana, mi única familia-dice Matilde desenmascarándolo todo finalmente- y esa noche estábamos todos celebrando el cumpleaños de mi novio Paco en ese local de cócteles. Eva no estaba sola, había venido con nosotros, lo que pasa es que bebió mucho y se fue de nuestra mesa hacia la barra. Allí es cuando entraste tú en la escena y la seguiste invitando a beber.

  6. Vimos como la emborrachabas y te la llevabas para follártela-suelta Paco-y por eso te seguí con mi coche cuando salisteis. En un principio pensé que la acompañabas a casa y por eso no quise decirte nada. Tenías cara de buen tío.

Por un momento pienso que es una escena surrealista, que parece todo sacado del peor film teenager americano. De aquí puede salir uno de esos guiones bodrios propios del peor cine del star system. Si algún productor se ha leído la historia le propongo el siguiente cásting:
DIRECTOR BANDA ................ Geofrrey Rush

MATILDE ................. Toni Collette

PACO ................. Olivier Martínez

JACINTO ................ Jean-Marc Barr

EVA .................. Saskia Reeves

EL REALIZADOR KILLER .................. Jude Law


Pero todo es verdad y pasó tal y como lo he explicado. Aunque supongo que queréis saber como acabó todo el sarao. Nos habíamos quedado cuando Matilde presenta su relación directa con Jacinto (novios) y la fallecida Eva (su hermana).

Intentemos analizar el desarrollo de la historia. No encuentro lógico que hayan pasado tantos años sin que me denunciasen a la policía. Además, que coincidencia que él fuese operador de cámara y ella ingeniero de sonido.¿Y qué pasa con el supuesto rollo de Matilde con mi colega Jacinto?, ¿por qué se descubre el pastel en ese puto pueblo?,¿por qué se describe tan minuciosamente al director de la banda y no se sabe nada de Paco?.

No os preocupéis, ya se sabe que las respuestas suelen ser complicadas.

Volvemos a la escena final : tenemos a Paco apuntándonos a mí y a Jacinto con su arma(¿de dónde saca un arma un operador de cámara?) después de que su novia Matilde nos ha aclarado su sed de venganza. Entonces tenemos dos posibles finales, uno lógico y otro más comercial; el lógico sería un tiro en la cabeza y todo queda resuelto; en cambio optaremos por hacer volver a los cuatro personajes hasta la fábrica para desenterrar el cadáver(eso da mucho juego en la banda sonora)y a posteriori Paco dispara dando muerte a los asesinos de su cuñada. Pero resulta que a mí no me alcanza del todo ninguno de los proyectiles disparados y salvo mi vida.

Entonces paso un par de meses en un hospital recuperándome de las heridas sufridas y evitando responder a la policía fingiendo un profundo estado de amnesia total. Durante todo ese tiempo ingresado preparo minuciosamente mi VENGANZA FINAL (que sería el título de la película).


Hágase la sangre
Una historia triste es cuando sufre las consecuencias directas de la tragedia, aunque en mi caso no fue así; es decir, a mí no me sucedió nada pero a mi alrededor perecieron todos y de forma brutal.

A las seis de la tarde siempre nos reuníamos en un viejo bar cercano a la Plaza del Sol, era una modesta y pequeña bodega en la que se comían los mejores callos de la ciudad acompañados por un impresionante tinto a granel del Bierzo.



A María le gustaba rebañar el plato con las cortezas de pan que nadie del grupo se comía por temor a una represalia en las encías. A Marcos no le gustaba demasiado hablar, cosa comprensible por su molesta tartamudez. Los dos eran novios desde hacia tres años y medio, aunque no vivían juntos; ya se sabe que en la sociedad del bienestar cada uno vive como puede y en casa de sus padres. Yo los conocía de la época del Instituto, cuando no éramos nadie. Han pasado muchos años y seguimos sin ser nadie. Yo me dedico a limpiar las calles de la ciudad con un traje casi espacial y de un color que no te permite ocultar la vergüenza que se siente. Siempre estoy rodeado de mierda pero me pagan demasiado bien como para dejarlo, y de cara a la galería soy un funcionario que trabaja para el Ayuntamiento. Mi piso es una puta mierda de cuarenta metros cuadrados donde de un salto puedes pasar de la cocina al retrete. Lo peor de todo es que nunca puedo cocinar pescado porque se me pega el olor en las sábanas y en toda la ropa barata que me permito usar. No tengo vicios insanos salvo las buenas comidas grasientas a las que someto a mí adiestrado cuerpo de ochenta kilos y metro ochenta de estatura y los cigarrillos que me fumo de vez en cuando. Nunca me afeito y mis amigos me llaman El Mesías en un tono afectivo y desenfadado. Me llamo Gael Ocaña y antes de la tragedia que os voy a contar debo admitir que nunca me consideré una persona normal; más bien todo lo contrario, mi vida fue un absurdo desde los comienzos y la pelota cada vez se fue haciendo más grande.

Marcos se pedía su ración de morcilla de Jaén y se la restregaba metódicamente en un trozo de pan que luego mordisqueaba como una zorra anoréxica mientras me clavaba los ojos en mi cráneo alopécico como intentando descubrir cuando me quedaré por completo calvo.

María seguía con los callos como si el mundo se fuese a acabar pasado mañana, saboreaba cada trozo y lo acompañaba con largos tragos de vino. Yo me sentía más incómodo que El Fary en un concierto de Sex Pistols, pero seguía inmune a lo que allí estaba pasando. De repente escuché que los italianos de la mesa de al lado comentaban un partido de la Juve con la típica emoción que puede apoderarse de un espagueti cuando habla de su podrido y corrupto país. Cada vez elevaban más el tono de voz y el ambiente se empezaba a caldear, incluso el camarero gordo del peluquín tuve que pedirles que bajasen el tono de voz si no querían que los echasen.

A las siete y cinco en punto apareció nuestro buen amigo Gonzalo que venía de dirigir una de sus famosas terapias de grupo que consistía en colocar a siete ex-toxicómanos alrededor suyo para moderar cada una de sus intervenciones. Gonzalo había escrito más de tres libros acerca de las adicciones en los seres humanos y la importancia del entorno en la desintoxicación. Era un tipo atractivo, aunque algo bajito pero bien disimulado con unas buenas y zancudas botas de diseño italiano. Siempre desprendía un excelente olor a perfume del caro y su piel era más aterciopelada que la de cualquier modelo del Vogue. A sus treinta y dos años no tenía pareja, pero disfrutaba de la promiscuidad como si fuese Henry Miller en el París de ligueros y acordeones. Siempre hablaba de su última conquista y esa tarde nos explicó que había conocido a una brasileña en un local de salsa. Se llamaba Camila y trabajaba en Sitges en un bar de mojitos y caipirinhas, se le acercó cuando Gonzalo degustaba un perfecto Daiquiri de fresa en una de las barras del fondo del local. A las dos horas estaban dando saltos en un hotel de carretera de Castelldefels mientras bebían un extraordinario cava de Sant Sadurní d’Anoia, creo que Brut Nature del caro. Luego la llevó a casa y se intercambiaron los números del móvil como quinceañeros endorfínicos.

Al principio de Gonzalo pensé que era gay, por su sofisticado aspecto, pero poco a poco me fui dando cuenta que no era más que un hombre atormentado al que le gustaba lucirse para agrandar su pobre ego. Nos vimos por primera vez en la fiesta de cumpleaños de mi amiga Julia, una lesbiana que ejercía de profesora en un colegio de pijos de Bonanova y que mantenía un discreto romance con mi hermana, la desheredada y la vergüenza familiar.

Julia sabía cocinar como nadie y sus fiestas eran todo un acontecimiento gastronómico. Ese día preparó cigalas al oporto con crema de ostras. Mientras ejercíamos de improvisados gourmets, Gonzalo me salpicó con una de las cigalas. Lo primero que pensé es que quería ligar conmigo, pero al cabo de unos minutos me di cuenta que era más macho que John Wayne.

Han pasado los años y mi amistad con Gonzalo sigue estando actualizada, y eso no es fácil en los tiempos que corren donde imperan los caracteres egoístas y los intereses propios. Gonzalo era diferente, nunca criticaba y siempre tenía una respuesta amable para una pregunta descolocada.

Los italianos seguían elevando el tono de voz mientras el camarero les volvía a reprochar el escándalo que estaban causando en la taberna. Yo seguía contemplándolo todo como si fuese un niño asombrado al ver su primer cuerpo femenino desnudo. Todo me parecía nuevo, como si no fuese conmigo, inalcanzable e imperceptible. Hubo un momento en el que cerré los ojos y al abrirlos todo estaba en su sitio como perfectamente ordenado. Saque el paquete de cigarrillos y encendí uno para fumar con asco; cabe decir que estoy intentando dejarlo, pero por el momento las ansias son superiores a mí.

Pensé en el extraño mensaje que me dejó Vanesa en el contestador, estaba como ausente, noté su voz como despedazada ante un cruel castigo existencial. La última vez que la vi fue hace nueve meses, ella lucía una preciosa melena rubia casi impecable. Me estuvo hablando de su violenta relación carnal con un chico marroquí al que conoció en Punta Cana, era un cachas desconsiderado y egoísta que le otorgaba largas noches de sexo.

Marcos me animó a pedir unas cañas que yo no dudé en rechazar. El camarero gordo las trajo y realizamos un brindis emotivo por el gran encuentro amistoso.

Gonzalo se pidió una ración de morcilla cordobesa, la especialidad de la casa, y nos hizo el ademán de compartirla. Yo dije que no, mientras María se apuntó al juego. A veces pienso que la vida te permite jugar para que aprendas a perder. Esa tarde me encontraba angustiado, aunque volví a encender otro cigarro para seguir con el único vicio que podía llegar a admitir. Nunca he llegado a reconocer todos mis males por miedo a un castigo divino.

Marcos me explicó su intención de realizar un safari por África y la intención de aprender a cazar para volver con una pieza que exponer en el salón de sus padres; total, son unos viejos permisivos que hacen lo que les dicta el niño.

María seguía en su empeño de ponerse hasta las botas de tapas y Gonzalo se esforzaba por seguir con la misión.

Los italianos se levantaron de la mesa y pagaron la cuenta. Uno de ellos se metió antes en el lavabo mientras los demás lo esperaban en silencio como pasmarotes. Al cabo de unos minutos salió de los servicios con la cabeza bañada en sangre. En ese momento nos asustamos todos. Sus amigos se pusieron a hablar en alguna jerga romana. Empezaron a acusar al camarero del enorme charco de agua que había hecho que su amigo resbalase y se diese de cabeza con el retrete. La cosa fue a más y allí empezó a gritar todo el mundo. Yo me mantuve callado mientras mi cigarrillo perforaba la chaqueta nueva que me había comprado con tanto esfuerzo. El camarero se puso nervioso y sacó un machete con la intención de parar la revuelta, y fue cuando inesperadamente uno de los italiano empuñó un revolver para volarle los sesos.

La sangre nos salpicó a todos, María se llevó la peor parte y se puso a gritar como una loca. No me lo podía creer, era la cosa más anormal que me había pasado en vida. Gonzalo se agachó para esconderse detrás de la mesa y Marcos se puso colorado como un tomate.

Fue entonces cuando me levanté de la silla y salí tranquilamente del local dejando a mis amigos tirados como colillas. Me dirigí a una cabina y llamé a la policía que tardó unos quince minutos en acudir a la llamada de socorro. Llegaron varios coches y un furgón, salieron por lo menos treinta agentes armados hasta los dientes. Un tipo alto con bigote situaba a cada uno de los hombres rodeando el lugar. De repente salieron los italianos y se liaron a tiros, uno de ellos llevaba a Marta cogida del cuello. El tipo del bigote ordenó a sus hombres que no dispararan y se puso a negociar con la frialdad de un político en plena campaña electoral. En cinco minutos se plantó en la escena una unidad móvil de televisión que se puso a retransmitir el acto.

Mis nervios se empezaron a apoderar de mí y comencé a llorar en silencio, noté como me sudaban las manos.

María se descolgó de su agresor de un precipitado golpe y arrancó a correr hasta la zona policial. Fue entonces cuando acribillaron a los tres italianos mientras en mi cabeza sonaba La Traviata.

Desde aquel día no volvimos a quedar y jamás hablamos de lo sucedido. Gonzalo se casó con la brasileña y se fueron a vivir a Gavá. Marcos y María lo dejaron y ella se puso a salir con su profesor de yoga. Yo seguí limpiando mierda pero nunca me he podido desprender de la suciedad que me provocó aquel suceso sangriento. Con los años he aprendido a convivir con ello pero sin dejar de pensar en el daño que puede hacer una tragedia de esa magnitud en una perfecta amistad. Ahora estoy solo, pero tengo mi escoba y una ganas enormes de seguir barriendo; y cada vez que lo hago intento borrar una huella porque son las huellas las que hacen a los seres tan humanos y vulnerables.

Esta mañana me he afeitado como intentando despojarme de toda la suciedad que tantos años he llevado conmigo. No me noto diferente, aunque los demás me miren de otra forma. Respecto a mi poco pelo, aún lo conservo gracias a Dios pero con la diferencia de que mi amigo Marcos ha dejado de mirarme.




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