Ahora o nunca



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Capítulo 8

Mal no atendió la llamada de Beth. Estaba tendida en un mullido sofá de la sala, en su exclusivo apartamento de la Quinta Avenida, contemplando inexpresivamente las nubes grises que se amontonaban sobre Central Park.

Había reunido demasiadas energías para la entrevista de Londres, funcionando a base de nervios y adrenalina. El multimillonario resultó un hueso duro de roer, más de lo que ella esperaba. De cualquier modo, había alborotado el avispero; por la noche, cuando el programa saliera al aire, causaría sensación.

Lo mejor era que ese viejo cretino y cruel no podría hacer absolutamente nada. Antes de partir Mal había consultado todos los detalles con el departamento legal. El amenazaba con un pleito, pero no lo haría. No podía, pues todo era verdad. Lo que pasara a continuación era asunto de la policía y de su prometida, aunque al parecer ella no pensaba abandonarlo.

Mal meneó la cabeza, admirada. Eso demostraba el poder que tenía el dinero. Lo único que esa mujer podía pensar era que había pescado a un ricachón; no se le ocurría que, cuando él se aburriera, bien podía ser ella la siguiente en “caer” por esa escalera. Porque el viejo no estaba dispuesto a desprenderse de un solo penique. Se llevaría todo a la tumba o lo dejaría para un monumento en su honor: un centro de arte o un museo que llevara su nombre; de ese modo, aun después de que él hubiera desaparecido, la gente seguiría pronunciando su nombre todos los días. Estaba decidido a seguir viviendo después de la muerte, si eso era posible.

Mal bostezó, fatigada; ni siquiera el Concorde podía eliminar por completo las consecuencias de cambiar de huso horario. Se lamentaba de no haber tenido tiempo para visitar algo de Londres, pero no conocía a nadie allá, exceptuando su propio equipo de producción. Había recibido muchas invitaciones, desde luego: cenas, inauguraciones y fiestas de caridad; en Inglaterra era plena temporada social. Pero ese tipo de cosas no la divertían. Por el contrario, era trabajo difícil: un salón lleno de desconocidos, que sólo deseaban estar con ella porque era una celebridad. Habría tenido que ser el entretenimiento de la velada, sonreír y mostrarse cortés, chispeante, entablar conversación. Por eso había rechazado todas las propuestas.

Sólo más tarde, después de una solitaria cena en su apartamento del hotel, lujoso y lleno de flores, se preguntó con melancolía si no sería ése un error. Al fin y al cabo, tal vez habría podido encontrar a alguna persona cuyos ojos establecieran un contacto significativo con los suyos, un hombre que la reconociera por sí misma, no por lo que era, alguien que la hiciera reír, alguien con quien pasarlo bien.

Las nubes cubrieron el sol; Mal se ciñó la suave bata de color crema, escondiendo los pies descalzos bajo el cuerpo, en el sofá tapizado con cretona de rosas estampadas.

Para los visitantes, el apartamento de Mal era siempre una sorpresa. Todos esperaban una decoración acorde con su manera de vestir: elegante, sencilla y monocromática. En cambio se encontraban con una casa de campo a la antigua, con fotos de la familia y jardín-terraza.

Su hogar estaba lleno de antigüedades inglesas y cómodos sillones, de estampados florales artísticamente descoloridos. En las mesas se apiñaban las fotografías con marco de plata. En los estantes había libros de ediciones raras, junto con las últimas biografías, novelas policiales y éxitos de librería. Sus paredes claras, cubiertas de seda, estaban decoradas con cuadros perfectamente iluminados: antepasados, caballos y perros, acuarelas de fincas toscanas y suaves paisajes ingleses. Frente al hogar de piedra caliza, de estilo francés, había una mesa de café de roble macizo, con pilas de libros artísticos. Aun en tardes bochornosas como ésa tenía siempre el hogar encendido, junto con el aire acondicionado para combatir el calor, simplemente porque le encantaba contemplar el fuego.

También le gustaba estar rodeada de flores en grandes ramos: espuelas de caballero, fragantes alhelíes blancos, cabezas de dragón, margaritas enormes y rosas claras, gordas, perfumadas y caóticas, que se repetían en una pintura de un gran artista holandés del siglo XVII. Pero su favorita era la evocativa fragancia de las lilas; durante su breve y dulce temporada no quería otras flores.

Aunque pocas personas lo sabían, en la intimidad de su hogar la sobria y adusta Mallory Malone opinaba que cuanto más, tanto mejor.

Arrancándose de la cómoda hondura del sofá, salió a la terraza, donde dos fuentes gemelas de piedra chapoteaban musicalmente. Mientras inspeccionaba sus plantas, hundió los dedos manicurados en la tierra para arrancar alguna mala hierba y retiró las flores marchitas de las azaleas; luego cortó una ramita de romero y retorció las hojas para gozar de su aroma.

Por fin se sentó en el banco de madera tallada, desde donde se veían las torres de Manhattan.

—Si cerrara los ojos —pensó en voz alta, cerrándolos con fuerza, mientras se acercaba el romero a la nariz—, podría estar en la Provenza escuchando cantar las cigarras, los pájaros y el viento en los olivares, en vez de oír el tránsito y la llamada del teléfono.

Abrió los ojos para echar a su alrededor una mirada intranquila. No estaba habituada a tener tiempo libre. No sabía qué hacer con él. Se levantó para pasearse otra vez por la terraza. Recogió alguna otra flor marchita y levantó una mirada ceñuda hacia los nubarrones. Cayeron las primeras gotas de lluvia; hubo destellos de relámpagos y retumbar de truenos, en pocos segundos aquello fue un diluvio. Ciñéndose la bata al cuerpo, Mal huyó adentro.

El teléfono estaba sonando otra vez. Corrió al estudio para atender, pero se detuvo al oír el chasquido del contestador automático. Debía recordar que necesitaba descanso. Y eso significaba no atender el teléfono.

Vacilando, echó una mirada al aparato. No había nada malo en averiguar quién había llamado, sólo para asegurarse de que no la habrían olvidado por completo.

Escuchó doce mensajes. Ya estaba aburrida cuando llegó al decimotercero, el de Beth Hardy.

«Lamento interrumpir tu paz —decía Beth—, pero este asunto tiene cierta urgencia. ¿Recuerdas a la universitaria de Boston, la que fue violada y asesinada? Me pediste que pusiera a trabajar al equipo de investigación en eso, por si te interesaba. Pues bien, esta mañana llamó desde Boston un tal detective Harry Jordan. Quiere que te ocupes del caso. Le dije que tenías la agenda completa y que estabas de vacaciones. Se fastidió bastante al enterarse de que no estabas disponible, pero me pareció mejor hacértelo saber. Mientras tanto, espero que estés pasándolo bien... o que descanses, al menos. A propósito: él dejó el número de su oficina y el de su casa, que no figura en el listín. ¿No te parece mucho lujo para un policía? Por si acaso, aquí lo tienes». Una risa. Mal se hundió en el sillón de rosas estampadas, frente al escritorio. Se había olvidado de la joven brutalmente violada y asesinada.

—Summer Young —dijo en voz alta, era un nombre mágico; sin duda los padres la habían amado mucho.

Apoyó los pies descalzos en el sillón para rodearse las rodillas con los brazos, la mirada perdida en el espacio, pensando. Luego tomó el auricular para llamar al detective Jordan.

El teléfono de su oficina sonó diez veces antes de que se conectara el contestador automático.

—No me extraña que necesite ayuda, detective —dijo ella al teléfono, irritada—. Ese maldito aparato tardó tanto en atender que estuve a punto de cortar sin dejar mensaje. Por favor: haga que se ponga en marcha después de tres timbrazos, ¿quiere? Eso me ahorrará tiempo y mala sangre. Ya sabe dónde comunicarse conmigo. Ah, sí: habla Mallory Malone.

Ya enfadada con él, cortó violentamente y fue a la cocina. Mientras esperaba que hirviera el agua, tamborileó con dedos impacientes sobre el mármol de la encimera. Luego puso un saquito de infusión de bayas silvestres en un jarrito de rosado diseño floral y lo llenó de agua hirviente, revolviendo hasta que obtuvo un color bastante subido. Después tomó una ración de pastel de limón bajo en calorías y marchó de nuevo a la sala.

Comió el pastel en dos minutos exactos.

—Esto es por tu culpa, detective Harry Jordan —protestó, calculando las calorías con aire culpable. Pero luego se echó a reír—. Caramba, lo que necesito es una buena cena. ¿Cuánto hace que como a las corridas? ¿O sola? Eso no tiene gracia.

Aburrida, tomó el teléfono de la mesa de café para marcar el número particular de Jordan.

En ese momento Harry estaba entrando, vestido con pantaloncitos grises, una remera gris empapada de sudor y zapatillas gastadas. Llevaba a pulso una bicicleta de montaña de doce velocidades y traía el casco puesto. Squeeze llegó al teléfono antes que él, pero sus habilidades técnicas no iban más allá de operar el botón de “Alarma” en el radio-despertador: se limitó a ladrarle gozosamente.

—Sal del paso, perro. Esto es asunto de hombres. —Harry se dejó caer en el sillón para levantar el auricular—. Sí, aquí Jordan —dijo, todavía jadeando.

—Y aquí Mallory Malone, detective Jordan.

—¿Mallory Malone? —quedó atónito. Era la última persona de quien esperaba recibir noticias.

—A juzgar por sus jadeos, espero no haberlo pillado haciendo algo que no debería —añadió ella, punzante.

Él enarcó las cejas.

—Espero que jamás me pille haciendo algo indebido, señorita Malone. Pero tal vez tengamos diferentes puntos de vista sobre lo que yo debo o no debo hacer.

—Sin duda.

La voz de la mujer era seca, casi agria. Él sonrió, disfrutándola.

—Gracias por la llamada. Sólo por curiosidad: ¿Cómo averiguó mi número particular?

—No conviene subestimar las posibilidades de un buen equipo de investigación.

—En otras palabras, no interesa lo que conoces, sino a quién conoces.

—Posiblemente. Mientras tanto, ¿por qué no me dice qué problema tiene?

—Más específicamente, son tres problemas, señorita Malone. Tres asesinatos, todos de jóvenes universitarias radicadas en Nueva Inglaterra. El patrón es siempre el mismo. Han sido secuestradas en un aparcamiento o una calle tranquila, por la noche, y llevadas a un lugar solitario. Les han cortado el pelo. Han sido violadas y luego les han cortado las muñecas, limpiamente, como con un bisturí. Han muerto desangradas: la primera, en una granja venida a menos; la segunda, en un embarcadero desierto, sobre el río; esta última, en una playa remota. En los dos primeros casos se había denunciado la desaparición de las chicas, pero los cadáveres sólo fueron encontrados por casualidad, varias semanas después. Summer Young, la víctima más reciente, estudió hasta tarde en la biblioteca de la universidad; luego fue caminando hasta el aparcamiento para retirar su coche. Fue secuestrada y conducida a una playa solitaria. Pero la playa no estaba tan desierta como el asesino esperaba. Aunque el atacante huyó, dos pescadores pudieron verle la cara durante un momento, a la luz de una linterna. Basándonos en esa fugaz impresión hemos podido armar un retrato robot.

—¿Tienen un retrato del asesino? —exclamó ella, sorprendida.

—En efecto, señora.

—Señorita Malone —corrigió ella, con evidente irritación—. Detesto lo de “señora”. Me hace sentir centenaria.

Él la provocó, bromeando:

—Nadie le daría más de treinta y cinco años, señorita Malone.

—Muchísimas gracias, detective —había un filo de hielo en su voz—. Supongo que su propio físico resiste bien las presiones del tiempo y la fuerza de gravedad. Pero volvamos a Summer Young. Esta última semana estuve en Londres. Ignoraba que existiera un retrato robot. Quiero verlo y hablar más del caso. Necesito conocer todos los datos de que usted disponga. Sin ocultar nada.

—¿Eso significa que le interesa ayudarnos? —Harry ya no bromeaba.

—Me interesa ayudar a las víctimas inocentes y evitar nuevos asesinatos, detective. No me interesa ayudar a la policía a cumplir con su deber.

Harry acusó el golpe en el mentón.

—Sí, señora... señorita Malone. Puesto que tenemos los mismos objetivos, no dudo de que podremos trabajar juntos. Amistosamente.

—¿Estará libre mañana al anochecer?

—Puedo arreglarlo. Dígame dónde y a qué hora; allí estaré.

—Yo misma iré a Boston —aclaró ella, sorprendiéndolo.

—No es necesario. Puedo ir yo.

Por el interés que ella demostró, podría haberse ahorrado la frase.

—Tomaré el avión que sale de La Guardia a las siete. ¿Hay algún restaurante donde podamos encontrarnos?

—Claro. A la vuelta de la estación de policía. Se llama Ruby's. Sobre la calle Miller.

—Estaré allí a las ocho y media, detective.

—Será un placer, señorita Malone.

Hubo un chasquido y la línea quedó muerta.

—¡Qué placer ni placer! —murmuró Harry, pasándose las manos por el denso pelo oscuro.

Squeeze inclinó la cabeza a un lado, con la lengua afuera y los ojos vivaces.

—La gente tiene razón, Squeeze —revolvió con afecto el espeso pelo plateado—. La señorita Malone es muy recia... la señora.







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