Ahora o nunca



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Capítulo 1


La noche era fresca, oscura y sin luna, con una leve brisa que alzaba la cabellera castaña de la muchacha. Él la miró cruzar lentamente el aparcamiento de la universidad, hacia el pequeño descapotable Miata, de color rojo. Sus binoculares de visión nocturna captaban todos los detalles. Aunque era tarde (bastante pasada la medianoche) y el aparcamiento estaba lleno de sombras, aquellos pies calzados de zapatillas parecían arrastrarse, como si ella estuviera demasiado fatigada para pensar siquiera en posibles peligros.

A él le encantó... Le encantaba esa pasmosa inocencia con que caminaba hacia él, sin sospechar.

Lo sabía todo sobre ella. La había observado durante semanas enteras, trazando planes para esa noche. Conocía su domicilio: el apartamento, fuera del campus, que compartía con otras dos estudiantes. Conocía la distribución de ese apartamento.

Había inspeccionado el caos de su cuarto, en cuya cama se tendió para olfatear, en las sábanas, el leve aroma de su cuerpo joven y lozano. Para conservar ese recuerdo, esa señal que provocaba la excitación que estaba a punto de culminar, robó unas bragas de entre la ropa sucia amontonada en el suelo y las apretó contra su cara, en un tormento de pasión trémula que lo llevó al límite.

Se dominó, reservando el salvaje placer y el dolor para más adelante, y echó una mirada de disgusto a esa revuelta madriguera de estudiantes: los ceniceros desbordantes, las latas de coca-cola vacías, las cajas de pizza y el amontonamiento de discos compactos, velas y ropa sucia que cubría todos los lugares posibles. Se preguntó, asqueado, cómo era posible que ella viviera así. Después de guardar las bragas de algodón en el bolsillo, volvió a cruzar tranquilamente la puerta-ventana y el patio, hacia el callejón, y se alejó de allí.

Conocía sus horarios de clase; sabía que la muchacha estaba cursando el ciclo preparatorio de Medicina y que, en la secundaria de Baltimore, había sido la mejor alumna de su clase. Conocía su nombre; sabía que usaba ropa interior de Calvin Klein, remeras Gap y zapatillas Converse rojas. Sabía dónde compraba su café y su panecillo de moras, todas las mañanas, adonde iba por la noche y a qué hora se acostaba. También sabía que ella no tenía novio, que rara vez salía con muchachos y que estaba inmersa en sus estudios para los exámenes finales del semestre. Y que por eso arrastraba los pies al cruzar el aparcamiento, en dirección a él. Estaba exhausta.

Él tenía puesto su “uniforme”: un jersey negro de cuello alto, de buena calidad, como los que usan los esquiadores; un pasamontañas negro que le cubría la cabeza y la cara, dejando sólo ranuras para el viento; pantalones negros para gimnasia y zapatillas negras también. Mientras esperaba, agazapado en la parte trasera del Miata, su ritmo cardíaco se iba acelerando; por fin lo inundó la oleada de adrenalina.

Mantuvo los ojos pegados a los binoculares, que le permitían ver todos los detalles. Cómo se movían los pechos bajo la camisa blanca. El modo en que las calzas negras le delineaban los muslos, adhiriéndose a su pubis. La expresión fatigada de su cara bonita, cuando echó una última calada al cigarrillo antes de arrojarlo al suelo.

La colilla encendida quedó ardiendo allí, muy roja, y él frunció el entrecejo, enfadado por tanta irresponsabilidad y falta de pulcritud. La vio echar una mirada cautelosa a la furgoneta Volvo, de color gris plomo, bien lustrada, que él había aparcado junto al Miata. Por su expresión fugaz, comprendió que sentía temor; para ella era la esencia de la respetabilidad suburbana de Boston, gente de su hogar, que no ofrecía peligro.

Apretando la bolsa con los libros contra el pecho, buscó la llave y la introdujo en la cerradura para abrir la puerta. Él contuvo la respiración, encogiéndose aún más. ¿Revisaría ella la parte trasera? En todo caso, él estaba preparado.

La chica arrojó la pesada bolsa de libros al asiento vecino, con un gruñido de alivio; luego puso la llave en el contacto y buscó a tientas otro cigarrillo.

Para él era un motivo de orgullo que la víctima no supiera qué había pasado. Un veloz y experto golpe en la carótida cortó momentáneamente el flujo de sangre hacia el cerebro. El paquete de cigarrillos cayó de su mano y ella se curvó hacia adelante, sin sentido, golpeando su frente contra el volante.

Él tiró de su cabellera castaña para erguirla contra el respaldo y frunció el entrecejo al ver el moretón, que ya estaba tomando un tono purpúreo. Le gustaba que sus muchachas estuvieran prístinas, sin marcas. Salió de la parte trasera, maldiciendo por lo bajo la pequeñez del Miata. Luego abrió la portezuela izquierda para sacarla del asiento de conductor. Durante algunos segundos se limitó a sostenerla en brazos, disfrutando de su indefensión, maravillado por su ingravidez, por su suavidad, por los femeninos olores mezclados del perfume y el lápiz labial. Luego la acomodó en el fondo del Volvo, se apresuró a cerrarle la boca y ligarle las muñecas con esparadrapo y la cubrió con una oscura manta a cuadros.

La colilla de cigarrillo aún ardía en la noche. Después de apagarla con un pisotón, la levantó para arrojarla al cubo de basuras más cercano.

Una vez cerrada la portezuela trasera, subió al asiento del conductor y puso el seguro a las otras. Luego se quitó el pasamontañas negro, que reemplazó por una discreta bufanda de seda a cuadros y una chaqueta de mezclilla de buena calidad pero bastante gastada. Mientras se pasaba las manos por el pelo, echó una última mirada por encima del hombro antes de poner el coche en marcha y dirigirse hacia la salida. Todo estaba tranquilo. Dejó escapar un suspiro satisfecho y pulsó el botón del reproductor de CD, llenando el vehículo con una delicada cantata de Bach, en tanto giraba hacia la izquierda.

El trayecto era largo (más de una hora), pero agradable. Como un experto, seguía mentalmente la complicada geometría de la música, marcando el ritmo con la cabeza. Sonreía al pensar en su chica, que “dormía” en la parte trasera, esperándolo. Sacó las bragas del bolsillo y se las llevó a la cara para inhalar su olor, estimulándose con la promesa de los placeres venideros.

Cruzó todo Gloucester y luego Rockport; algo más al norte, costa arriba, aminoró la velocidad para circular por la desierta calle principal de una población pequeña. Ochocientos metros más allá se desvió por un camino secundario que conducía a la playa, donde aparcó al socaire de un pequeño muelle de madera.

Echó un vistazo rápido a las tres o cuatro embarcaciones, atento al suave batir del mar en la playa y al chapoteo de las olas contra los cascos. No había más luz que la de las estrellas y una vaga fosforescencia, suspendida sobre el mar.

Después de quitarse la chaqueta y la bufanda, bajó del coche para abrir la portezuela trasera. Echó un vistazo a la esfera luminosa de su reloj. Eran las dos y media. Ella seguía tal como la dejara, con los ojos cerrados, pálida la bonita cara bajo el pelo largo y oscuro. «Qué pelo tan suave —pensó, haciendo correr las hebras lustrosas por entre los dedos—. ¡Qué pelo tan largo, hermoso y detestable!»

La sacó rudamente del vehículo y volvió a alzarla en vilo. Le apoyó una mano contra la cara, deslizando un dedo por esa piel joven y suave. Ella parpadeó, gimiendo. De pronto lo miró.

Tenía los ojos azules, pero las pupilas dilatadas los tornaban casi negros y tenía dificultades para enfocar la visión. Maldiciéndose por no haberse puesto el pasamontañas, se apresuró a cubrirle la cara con la manta y la cargó hasta la playa.

La dejó junto al descascarado muelle de madera y volvió a golpearle el cuello con la mano. La chica dejó caer la cabeza; estaba inconsciente. Le quitó el esparadrapo de las manos y le pegó una y otra vez, castigándola con una furia de puñetazos en la cabeza, la cara y los pechos. Hizo una pausa en la tarea, con la respiración acelerada. Luego, con dedos trémulos, le desabotonó la camisa.

Se sentó sobre los talones para observarla. Los pechos eran pequeños: dos perfectas esferas de pezones rosados, con feas marcas azules y rojas, dejadas por sus golpes. Con un grito de angustia, se arrojó sobre ella para morder y chupar sus pechos con maniática ferocidad.

Después de un rato, incorporándose, sacó un cuchillo pequeño, inmaculadamente limpio, y guardó la vaina de plástico en el bolsillo. Probó el filo en el dedo con un suspiro satisfecho. Luego levantó a tirones la cabeza de la chica y comenzó a cortarle el pelo con sistemáticos navajazos. Le llevó tres o cuatro minutos, que disfrutó segundo a segundo. A veces pensaba que ésa era la mejor parte. Rió al contemplarla así, semidesnuda, con la cabeza esquilada, indefensa ante él. Era un canto de puro placer.

Luego le quitó las calzas negras, ya con prisa; casi no podía esperar, porque la urgencia se le acumulaba adentro. Le bajó las bragas, idénticas a las que había robado del cuarto, y miró fijamente esa enredada mata de vello oscuro, trémulo de expectativa. Él no llevaba ropa interior bajo los pantalones negros de gimnasia; en un segundo estuvo sobre ella, pujando hacia adentro, maldiciendo su estrechez, glorificándose con su olor: odiándola.

Pujó una y otra vez. Era casi demasiado, casi insoportable; con el alarido trepidando adentro, se detuvo una fracción de segundo.

Tenía en la mano el delgado cuchillo. Le puso las palmas hacia arriba y, con veloz eficiencia, cortó primero la muñeca derecha; luego, la izquierda. La rica sangre salió a borbotones, pulsando al compás de su terrorífico orgasmo.

Se sentó sobre los talones, aún estremecido. No había en el mundo otra sensación igual a ésa. A ese perfecto instante de poder.

Un ruido hizo que volviera bruscamente la cabeza. Había alguien en la playa. Vio el haz de luz de una linterna, oyó voces de hombres. Se apartó de un brinco.

Al oír ese ruido, el pescador que caminaba por la playa levantó la linterna. Durante una fracción de segundo, la cara del hombre quedó atrapada en su rayo, con la mirada fija, como la del venado que se encuentra ante los faros de un coche.

Luego viró en redondo y echó a correr. Abrió bruscamente la portezuela del auto y, mientras ponía el motor en marcha, arrojó el cuchillo al suelo. Con las luces apagadas, puso el coche en dirección contraria y salió disparado por el camino de tierra.

—¡Mira cómo vuela ese tío, Frank! ¿No te parece raro? —dijo Jess Douglas a su amigo.

—Como murciélago salido del infierno —se maravilló Frank Mitchell—. Me parece que ha habido mucho magreo por aquí.

Sus risotadas levantaron ecos sobre el golpear de las olas, en tanto ellos recogían el aparejo de pesca y se dirigían hacia el muelle y el barco.

El haz de luz de la linterna de Jesse se acortó al dar contra el cuerpo desnudo y despatarrado de la chica, iluminando, como en una película de terror en blanco y negro, los parches oscuros en la arena, alrededor de las manos, y la sangre que aún manaba de sus muñecas.

—Buen Dios —dijo Frank, estremecido—. Oh, buen Dios, mira esto.

Jess dejó caer el aparejo de pesca para apoyarle los dedos en el cuello, buscando el pulso.

—Aún vive —murmuró—. Ese cretino le ha cortado las venas. Dame tu pañuelo, Frank. De prisa, hombre.

Frank se arrancó del cuello la bufanda de algodón para entregársela.

—Afortunadamente, fui boyscout —murmuró Jess, mientras le aplicaba un torpe torniquete en la muñeca izquierda.

Indicó a Frank que apretara la vena, aunque no serviría de mucho.

—¡Cristo! —Exclamó, secándose en la frente, el sudor del miedo y el espanto—. Ahora me explico por qué ese hijo de puta huía de ese modo. Casi la ha matado. Tenemos que pedir ayuda, Frank. Tú sujeta el brazo a esa chica, por lo que más quieras, mientras yo corro a la cabina de la playa.

—¿Y si él vuelve? —Frank miraba con inquietud hacia la oscuridad.

—¿Tienes miedo? —preguntó Jess, levantándose.

—¡Qué te parece!

—Yo también. —Jess ya iba playa abajo, a paso lento—. Si ese cretino vuelve, dale una buena, Frank. Tu vida o la suya, recuerda. Lo único que te pido es que no saques el dedo de esa vena. Hasta que llegue el auxilio.




Capítulo 2

El perro, un gran siberiano plateado y blanco, de ojos asombrosamente azules, salió deslizándose debajo de la cama. Permaneció en posición de alerta, con las orejas erguidas y la lengua colgando, fija la vista en el indicador digital del radio-despertador, que parpadeaba en verde: 4:57... 4:58... 4:59... 5:00.

Entonces levantó velozmente la pata delantera, tocando el botón de alarma.

El detective Harry Jordan, de la policía de Boston, División Homicidios, rodó hasta quedar de espaldas, con los ojos aún fuertemente cerrados. El perro lo observaba, esperando un nuevo movimiento. Como no lo hubo, subió de un salto a la cama y se echó, con la cabeza apoyada en el pecho de Harry y los ojos clavados en su cara.

Diez minutos después volvió a sonar la alarma. Esta vez el perro la dejó sonar.

Harry abrió inmediatamente los ojos grises y se encontró con los del siberiano. El perro meneó la cola lentamente, pero no apartó la cabeza de su pecho.

Harry lanzó un gruñido. Los ojos que había estado mirando en su sueño no correspondían a un siberiano.

—De acuerdo, ya me levanto —dijo, revolviéndole el denso pelaje del cuello.

Sacó las piernas de la cama, desperezándose con fruición. Luego caminó descalzo hasta la ventana, para inspeccionar la aurora como de peltre.

Harry Jordan, desnudo, era un estupendo espectáculo. Tenía cuarenta años, un metro ochenta y cinco de estatura y ochenta y un kilos de puro músculo, pese a su estricta dieta de porquerías comidas en la cantina de Ruby, a la vuelta de la estación de policía. Su pelo era oscuro y rebelde; tenía ojos serenos, de color gris oscuro, y generalmente barba de un día.

Sus colegas lo llamaban “el Profe”, porque se había graduado de abogado en Harvard, pero lo que más les impresionaba eran sus hazañas de futbolista, de las que aún se hablaba con gran respeto. Lo que no sabían, porque él se lo había reservado (además, ya no le parecía importante) era que Harry había heredado mucho dinero.

El abuelo le había dejado un fondo en fideicomiso del que pudo disponer, finalmente, al cumplir los treinta años, junto con la vieja y bella casa de Beacon Hill. Harry habría podido disfrutar más de ese dinero a los veinte años, pero tal vez su abuelo estaba en lo cierto: si hubiera podido echarle mano a esa edad, a estas horas lo habría gastado todo en coches veloces y mujeres fáciles... y en buscarse a sí mismo. De ese modo había tenido que buscarse por el camino más difícil.

No olvidaría jamás las palabras que le había dicho su padre cuando él estuvo a punto de suspender ese primer año de abogacía:

—¿Por qué diablos no apartas el cerebro de los cojones y lo pones a trabajar? —fueron sus coléricas palabras—. Abróchate la bragueta, Harry. Devuélveme las llaves del Porsche, pega el culo a una silla de la biblioteca y estudia, hombre.

Al final Harry se enderezó. Después de recibir su diploma de abogado, ingresó en el bufete de la familia. Cuando no pudo aguantar más, renunció para entrar como novato en el Departamento de Policía de Boston.

Cuando se le preguntó por qué, tanto su padre como el oficial de reclutamiento recibieron la misma respuesta: «Los abogados ya no se ocupan de la justicia. Se limitan a armar galimatías legales, a buscar tecnicismos para que los culpables salgan en libertad y a embolsar sus buenos honorarios. Al menos de este modo tendré la satisfacción de atrapar a los criminales».

Y lo hacía. Harry era buen policía. Fue progresando: del patrullero a los servicios de rescate, la brigada de Fraudes y la de Drogas y Vicios, hasta llegar a jefe de detectives. Se había casado a los veintiocho años con una chica de veinte, pero a ella no le gustó dejar de ser la esposa de un abogado para pasar a ser la esposa de un policía. La separación lo dejó anonadado. Trató de abrazarla y besarla, pero ya era demasiado tarde: para ella, el amor ya no existía.

Harry convirtió la casa de Beacon Hill en apartamentos y alquiló las tres plantas superiores. Su apartamento estaba en la planta baja y tenía jardín; al instalarse en él compró un cachorro: el siberiano. Parecía un lobo; era lo más parecido a un animal salvaje que se podía conseguir. Squeeze lo acompañaba a todas partes.

Harry recorrió el pasillo para abrir la puerta trasera, que daba a un patio cerrado de buen tamaño. El perro pasó como una bala junto a él, con un gozoso gruñido; se detuvo por un momento a olfatear el aire fresco de la mañana y luego inició sus habituales deambulaciones por el generoso desorden del jardín, impregnado de polen.

Harry con un potente estornudo, marchó gozosamente hacia el cuarto de baño. «Tengo que cortar la hierba», se prometió, como todas las mañanas. Su único problema era el tiempo, es decir: su falta de él. Aun así le gustaba su jardín. Y también le gustaba su cuarto de baño.

Era enorme y anticuado: de forma cuadrada, con el suelo original de mosaicos blancos y negros, un hogar con rejilla de hierro forjado, una bañera de caoba que habría dado cabida a un gigante y un inodoro Victoriano, decorado con flores azules y con depósito de cadena. En el viejo lavabo de mármol habría podido chapotear un hombre de buen tamaño; eso compensaba la falta de un mármol donde poner las cosas. A él le gustaba así.

Al salir del baño volvió a recorrer el pasillo. En lo que en otros tiempos fuera la elegante sala de una rica dama del siglo XIX, junto al piano de cola de ébano, se veía una incongruente máquina Nautilus. Esa era su próxima tarea, pero primero necesitaba una taza de café.

La cocina de Harry no tenía nada de anticuada: era todo granito negro y acero inoxidable, pero últimamente no tenía tiempo para cocinar ni para recibir. De todo el equipamiento de cocina, el único elemento que aún funcionaba era la cafetera. En ese momento, entre gorgoteos y toses, el indicador rojo parpadeó, anunciando que el café estaba hecho. Harry pensó, impaciente, que su vida estaba dirigida por indicadores digitales; hasta su reloj de pulsera tenía uno.

Llenó de café un sencillo cazo blanco y le echó dos terrones de azúcar; iba ya hacia el Nautilus cuando sonó el teléfono.

Fue a atender, enarcando las cejas con resignación: a las cinco y diez de la mañana, una llamada sólo podía traer problemas.

—¿Qué pasó, Profe? ¿Esta mañana Squeeze no le acertó al botón de la alarma?

Harry bebió un sorbo del café caliente. Era Cario Rossetti, su compañero de trabajo y amigo personal.

—No me permitió los cinco minutos adicionales. Creo que quería salir.

—Discúlpame que llame tan temprano, pero supongo que prefieres enterarte de esto cuanto antes. Ha habido otro caso de esos, otra muchacha violada y apuñalada. Sólo que ésta no murió. Al menos, todavía no, está en el Hospital General de Massachusetts, muy grave.

Harry echó un rápido vistazo al reloj digital que tanto lo había irritado momentos antes.

—Nos encontraremos allí. Di al jefe que estamos en camino. ¿La chica está consciente? ¿Ha dicho algo?

—Que yo sepa, no. Yo mismo acabo de llegar. El turno de la noche fue tranquilo hasta que llegó esa llamada, a eso de las tres. Un par de pescadores la encontraron en la playa, cerca de Rockport. La brigada de rescates de emergencia la trajo en helicóptero desde allí. El oficial de turno era McMahan. Está aquí, con Gavel, pero esto nos corresponde a nosotros, Harry. Supuse que querrías hacerte cargo.

Jordan recordó los jóvenes cuerpos, brutalmente mutilados, de las dos víctimas anteriores.

—En diez minutos estaré allí —dijo, ceñudo.

No tenía tiempo para darse una ducha, ni siquiera para lavarse los dientes. Se echó agua fría en la cara, hizo un buche de Listerine y, después de ponerse unos tejanos, una camisa azul y una vieja chaqueta de cuero negro, llamó al perro con un silbido. En tres minutos exactos estaba en la calle.

Harry aún no había superado su pasión por los coches veloces. Frente a la casa, en el sitio de costumbre, estaba su Jaguar verde, modelo 1969, preparado para correr. El perro se echó en el hermoso asiento trasero, de cuero tostado, y un minuto después salían a toda marcha de la plaza Louisburg, rumbo al hospital.







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